por Alberto López Girondo | Jul 1, 2010 | Sin categoría
Los datos, como es de esperarse dadas las circunstancias que vive Honduras, no son del todo certeros. Pero dos asesinatos en menos de 24 horas pusieron de manifiesto el clima de violencia e inseguridad que cunde en la pequeña república centroamericana. Luis Arturo Mondragón fue el noveno periodista asesinado desde el golpe del 28 de junio pasado contra el presidente constitucional Manuel Zelaya. El ex funcionario y dirigente liberal Roland Valenzuela, integrante del Frente de la Resistencia, se sumó al otro día a los 300 ciudadanos asesinados en ese mismo período, en que se computan al menos 150 presos políticos y más de 9.200 personas resultaron afectadas por violaciones a sus derechos fundamentales. «Durante los cuatro meses que van del gobierno de Porfirio Lobo, esa cifra llega a por lo menos 700 personas», declaró a un diario peruano Mery Agurcia, miembro del Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Honduras.
Según familiares de Mondragón, el director y propietario del Canal 19 había denunciado amenazas y presiones por sus críticas a funcionarios y diputados locales. Las autoridades dijeron que Mondragón tenía varias denuncias en su contra por robo de ganado y violación de una menor en 2004. Lo cierto es que un grupo de sicarios disparó contra él mientras hablaba por teléfono a la salida de la emisora, en la ciudad de El Paraíso, a unos 110 kilómetros de Tegucigalpa. En el caso de Valenzuela, allegado y seguidor de Zelaya, la información oficial dice que fue baleado por un empresario tras una fuerte discusión por dinero, en un hotel de San Pedro Sula.
Más allá de las explicaciones de funcionarios gubernamentales, de lo que no quedan dudas es que la vida vale poco en Honduras. Y mucho menos desde que Zelaya fue sacado en piyama de su residencia y puesto en la frontera por haber querido plantear un debate popular por la reforma de la Constitución, el 28 de junio del año pasado.
Impunidad
«Se ha profundizado la impunidad, el país se ha militarizado y hay una intolerancia contra la oposición. Continúan los secuestros y las torturas. Sectores importantes, como el de los maestros, son víctimas de una serie de agresiones desde la institucionalidad del Estado. El gobierno está atacando a los generadores de opinión que están reportando la situación de los derechos humanos en Honduras», agregó Argucia, que estuvo en Lima para plantear la perspectiva de la oposición hondureña en la cumbre de la oea de principios de junio.
Las amañadas elecciones de noviembre de 2009 dejaron el gobierno en manos de Porfirio Lobo Sosa, «un profesional con elevada formación en universidades extranjeras y miembro de una familia solvente del interior del país, dedicada a faenas agrícolas», como ensalzan columnistas amigos del poder hondureño. Pero no son éstas las virtudes que lo acercan a los centros de las decisiones mundiales. Y que precisamente son las que lo enfrentan a los países de su propio continente, que lo expulsaron de todos los organismos regionales hasta que se resuelva de un modo democrático la situación interna de ese país.
Desde entonces, el régimen hondureño viene intentando un acercamiento en todos los foros en que puede meter baza. Así ocurrió en la cumbre de presidentes latinoamericanos y la Unión Europea que se hizo en Madrid a mediados de mayo. El país anfitrión había girado invitaciones a todos los miembros de los organismos involucrados, pero recibió un fuerte rechazo de los mandatarios de unasur y de la oea que lo obligó a tomar la tangente de desinvitar sutilmente a Lobo. Sin embargo, al término del encuentro, el presidente de gobierno español José Luis Zapatero recibió en su despacho al hondureño como si nada hubiera sucedido.
La Casa Blanca hizo sentir su presión en una declaración conjunta firmada por los presidentes Barack Obama y el mexicano Felipe Calderón, quienes dieron su apoyo al proceso hondureño en un encuentro fronterizo destinado a tratar temas binacionales como las nuevas leyes anti migratorias del estado de Arizona y el narcotráfico desde Ciudad Juárez.
Más fuerte y explícita fue la defensa del hondureño que hizo Hillary Clinton en la cumbre de la oea. Allí, la secretaria de Estado reclamó el pronto retorno de Tegucigalpa al organismo regional creado a instancias de Estados Unidos al término de la Segunda Guerra y como reaseguro frente a la Guerra Fría con el bloque comunista.
«Este es el momento para el hemisferio de avanzar como un todo y dar la bienvenida a Honduras dentro de la comunidad interamericana», proclamó Clinton ante delegados de los 33 países miembros.
Para Clinton, Lobo fue ungido presidente en elecciones «libres y justas», y demostró desde su llegada al poder «un consistente y fuerte compromiso con un gobierno democrático». Incluso, dijo, cumplió con su promesa de crear una Comisión de la Verdad para investigar el proceso político del país desde el golpe de Estado hasta las elecciones.
Comisión
La presión fue tan importante como para que los países acordaran que el chileno José Miguel Insulza, secretario general de la oea, anunciara la creación de una comisión de alto nivel que visitará Honduras para evaluar la situación jurídica y política del país después del 27 de enero y la posible recomendación de aceptar el retorno de Honduras. México, Colombia y Perú, encolumnados detrás de Estados Unidos, encabezaron la defensa de Tegucigalpa, contra la oposición del resto del continente, y especialmente de Brasil, que ya había manifestado su parecer cuando puso a disposición la embajada de su país en Tegucigalpa para alojar al destituido Zelaya en un intento por volver atrás el golpe.
«Brasil mantiene su posición de que el presidente Porfirio Lobo debe dar condiciones para que el presidente Zelaya vuelva al país en perfectas condiciones de seguridad», insistió el 15 de junio Marcelo Baumbach, vocero de la presidencia de Brasil.
El presidente Lobo, mientras tanto, denunció que había un intento de golpe de Estado en su contra, similar al que desplazó a Zelaya. Algo que no logró conmover al fiscal de Honduras, Luís Rubí, quien se negó a investigar «por lo que se dice o por lo que se habla. El Ministerio Público es una institución seria y vamos a actuar responsablemente». Lobo, entonces, se fue a Sudáfrica para no perderse el debut del seleccionado de su país frente a Chile por la Copa del Mundo.
Alguien dentro de Honduras le sugirió que, por las dudas, llevara piyamas.
Revista Acción, 1 de Julio de 2010
por Alberto López Girondo | May 10, 2010 | Sin categoría
El oráculo es la respuesta que un dios daba a una indagación personal, casi siempre relacionada con el futuro del consultante, y por extensión, el sitio donde se desarrolla el augurio. En la antigua ciudad de Delfos, al pie del monte Parnaso, estaba el tal vez más famoso de los oráculos. Era un templo donde en la época clásica moraba Apolo y al que recurrían los helenos en busca de señales sobre el porvenir.
Pero sus profecías tenían ese toque de misterio que agiganta las respuestas al precio de hacerlas evasivas, difusas. «Si Creso cruza el río Halys, caerá un imperio», le respondió el oráculo al enviado del rey lidio, un día del año 547 antes de Cristo. Se venía Ciro II con sus batallones persas y algo había que hacer, aparte de diseñar estrategias de batalla con los generales. La respuesta daba confianza y el rey siguió al pie de la letra lo que interpretó como un signo positivo. Efectivamente un imperio cayó. El de Creso.
La anécdota, conocida desde la escuela, es ilustrativa de lo que ocurre por estos días en aquella región bañada por el mar Egeo. Porque el porvenir que le esperaba a los griegos actuales parecía claro desde hace tiempo. Pero, enfrentados a su destino de europeos, marcharon hacia un final que no por anunciado es menos dramático.
Los mismos gurúes que habían dibujado perspectivas jugosas con los papeles de la deuda griega –mientras en Atenas barrían debajo de la alfombra el déficit mediante una ingeniería financiera elaborada por Goldman Sachs y JP Morgan–, diseñaron como remedio un escenario de brutales recortes presupuestarios sin tomar en cuenta que, para imponer esas conocidas recetas neoliberales, deberían lidiar con una población hastiada de pagar siempre los platos rotos de una fiesta a la que nunca es invitada.
La bomba, activada durante el período del conservador Kostas Karamanlis en el gobierno, le estalló a Giorgios Papandreu en las manos. Como en las tragedias de Eurípides, el primer ministro socialista iba derecho hacia la catástrofe y lo sabía. Pero no podía hacer nada. Pertenecer a la eurozona implica aceptar reglas de juego como las que impusieron la Unión Europea y el FMI.
El final también es previsible.
Revista Acción, 10 de Mayo de 2010
por Alberto López Girondo | May 1, 2010 | Sin categoría
Se siente cómodo en el segundo plano. Prefiere escapar a los focos y trabajar en silencio. «Me di cuenta de que habíamos perdido y me dediqué a rehacer mi vida», resume cuando habla de su salida de la cárcel, donde pasó casi toda la dictadura. La derrota a la que alude es la de la «Tendencia», que en los 70 había impulsado hacia el peronismo a miles de jóvenes influidos por el pensamiento de John William Cooke. A partir de entonces, en Mendoza, de donde es oriunda su mujer, fue gomero y picó paredes hasta construir con paciencia una empresa de instalaciones eléctricas, para ganarse la vida, porque no tenía nada. Cuando parecía que la política estaba divorciada definitivamente de él, se cruzó nuevamente con Néstor Kirchner y Cristina Fernández, de quienes había sido conducción como jefe de la JUP en La Plata. Y llegó a la Cámara de Diputados de la mano de Julio Cobos, con la Concertación, «porque en el PJ no me quieren», cuenta. Personaje insoslayable, por lo tanto, para hablar de este momento del país y para entender a una generación que fue protagonista de un momento crucial de la historia argentina.
«La situación política está viviendo un “crescendo” de realineamientos, acompañados por una tendencia a la violencia verbal en los últimos tiempos», afirma. «Pero por más pirotecnia verbal que haya, por más discursos descalificadores o justificadores, entiendo que existe una disputa por el poder real en la República Argentina».
–¿Entre quiénes se produce esa lucha por el poder real?
–A mí no me gusta usar lugares comunes. Me parece que no explican nada. Cuando uno repite la realidad muchas veces, incluso hasta con cierta premisa maniquea, el supuesto receptor no presta el oído. Me parece que hay que ser inteligente para explicar las posiciones que uno tiene y fundamentarlas bien. Incluso también con un dejo de autocrítica. Aquí no hay ángeles y demonios. Más allá de lo que se haya propuesto Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003, nunca explicitó en profundidad el sesgo y el sentido que tenía el proceso que se inició en aquella época. Insisto, más allá de la voluntad inicial, lo cierto es que ha lesionado partes del poder real de la Argentina, de aquel poder que transformó a la política en un brazo ejecutor de decisiones de la economía concentrada. Ese es el poder en la Argentina. Ahí, en esa complejidad, hay que hablar del grado de concentración de la economía, del rol de los grandes medios concentrados de difusión y de información pública y, siguiendo con ese hilo de razonamiento, hasta explicarnos la inflación.
–¿No habría una falla central en el hecho de no contar con más aliados, tanto en el Congreso como en el resto de la sociedad?
–Uno no puede disentir con esa afirmación. Ahora, en los hechos reales, creo que es en el Parlamento donde más crudo se ve, porque ahí están todas esas expresiones y es donde se dan los intentos de acordar con algunos sectores. Podemos decir, con cierto sesgo autocrítico, que a veces no cae bien, ni a los que pueden ser amigos ni a los propios, cierto estilo de avanzar con hechos consumados del kirchnerismo. También creo que las críticas entre compañeros se deben dar puertas adentro. No sirve de mucho andar ventilando esas cosas, ya que con el grado de sensibilidad actual, cualquier crítica al Poder Ejecutivo es bienvenida para los opositores más acérrimos. Pero también tengo que decir que soy diputado nacional por la Concertación de Mendoza, fruto de un acuerdo con Julio Cobos. Yo soy peronista, mis orígenes no tienen nada que ver con el radicalismo. Sin embargo, como testigo cercano, puedo decir que con Cobos se cometieron errores al no incorporarlo a un sistema de decisiones. Con esto no digo que hay que ponerlo a mandar, pero por algo llegó, algo trajo y eso hay que reconocerlo. Yo creo que eso falló desde el comienzo, y las pequeñas cosas luego se transforman en grandes. Ahí una parte. La otra parte es el componente interno de él.
–¿Cuál sería ese componente interno?
–Cobos es un hombre ideológicamente indefinido, por lo tanto, preocupante. Jamás explicitó cuál es la idea de país a que aspira. No lo podemos rastrear en su gestión como gobernador de Mendoza, porque fue un buen administrador, un hombre bien abastecido por el Gobierno Nacional gracias a lo cual realizó un interesante caudal de obra pública. Eso fue la gobernación de Julio Cobos y eso no lo define.
–¿Por qué entonces la alianza con Julio Cobos y no con otro dirigente?
–Hay un discurso de Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2006 que creo que fue fundante, aunque luego se falló en la aplicación de los conceptos. Ese discurso se basó en dos ejes fundamentales. Uno, el de las verdades relativas, que nos ayuda a suponer que se puede construir un amplio frente que represente los intereses nacionales y populares más allá de las diferencias conceptuales y metodológicas que se puedan tener en determinados momentos y, por otro lado, la convocatoria a concertar políticas alrededor de un eje nacional y popular. Creo que las dos cosas se hicieron con mucha torpeza, ya que todo se redujo a una fórmula presidencial que generó mucha expectativa. La visualización de los factores de poder real hizo que ante un conflicto sectorial se desatara en la Argentina una pequeña guerra política que nos retrotrajo en el tiempo. Pasamos de pensar que podíamos avanzar diciendo que las verdades de todos los que estábamos de algún modo vinculados históricamente con lo nacional y popular eran relativas y que por lo tanto podíamos aspirar a conciliarnos, a enfrentarlos. Ese fue el contexto en el cual una persona sin historia militante ni de pertenencia a la política, como Julio Cobos, hizo lo que hizo.
–Pero a Cobos le tocó ese momento clave porque la votación terminó empatada. Si él no hubiese tenido que decidir otra sería la historia.
–Todavía los elementos que emergieron de la crisis de 2001 están absolutamente presentes. Yo ingresé por la Concertación y no estoy en el bloque del Frente para la Victoria. No pertenezco al Partido Justicialista, creo que el peronismo, a lo largo de su historia, desarrolló una corriente que podríamos llamar conservadora y, si bien tenemos un origen común, no me considero parte de esa corriente. En los momentos extremos de la Argentina esa corriente tiende a ser un factor de preservación del equilibrio de poder que en ese momento esté en vigencia. El menemismo es el caso más extremo y creo que Eduardo Duhalde es el caso más atenuado. Hay toda una franja del peronismo, no despreciable, que termina asociada con los factores de poder que impiden cualquier intento transformador de la Argentina. No los hago mis enemigos, eso lo viví muy de cerca en la década de los 70. Estoy muy vacunado contra la reedición de aquel enfrentamiento.
–¿Hay modo de recrear la concertación?
–La concertación ha quedado atrás. A lo mejor quedó en un grupo de gente proveniente del radicalismo que confió y que cree en esto. En mi caso, a pesar de que esto haya sido muy mal manejado, veo como factible –aunque no en el corto plazo– esta idea de la confluencia de lo mejor del radicalismo y lo mejor del peronismo. De alguna partecita puedo hablar, por lo menos de julio de 2007 a junio de 2008 y de la convivencia con ellos. Por supuesto que tenemos puntos de desacuerdo. Cuando estalló el conflicto del campo, tuve un diálogo con Julio Cobos y con Daniel Katz. En el momento del primer corte de ruta, me dijeron que era el pueblo el que estaba alzado, y yo les dije que no, que debajo de esa línea hay por lo menos siete u ocho millones de argentinos, que no se trataba de aquello que yo llamo pueblo. Ahora bien, creo que esas diferencias son conciliables. Si yo pongo el énfasis en pensar en un virtuoso proceso de inversión y desarrollo en la Argentina para que se genere empleo donde, según mi punto de vista, sea todo equilibrado y no un proceso concentrado, ellos, a lo mejor piensan más en los programas educativos en donde los pobres se tienen que educar para ver cómo se las rebuscan. Pero también eso es conciliable.
–¿Volvió a hablar con Cobos después de todo lo que pasó?
–No, con Cobos no hablo desde unos quince días antes de su voto. Me di cuenta de que estaba jugando mal. Él fue el que me convocó al bloque de la Concertación. Eso me pareció interesante. Primero porque me había propuesto ser diputado nacional por Mendoza, y el peronismo no había hecho lo mismo porque creo que no me quiere. Me convocó y acepté. Aunque debo reconocer que no fue fácil. La vertiente más orgánica del Partido Justicialista que concurría con la Concertación tenía el derecho de poner al candidato, pero Cobos arregló todo con Alberto Fernández. Por supuesto, en la disputa por mi candidatura, la respuesta de Alberto Fernández fue: «Al Pampa lo propongo yo y si hay alguna otra propuesta hay que discutirla con Kirchner». Y la verdad es que ninguno se animó a discutir con él.
Creo que Kirchner le había hecho la cruz a Cobos desde mucho antes. Con Néstor hemos hablado mucho de esto. Porque yo no creo que Cobos sea un traidor. Puede ser muchas cosas, pero no es un traidor. El caso es que termino en el bloque de la Concertación, pero todo eso implosiona y el bloque se parte ahí nomás. Nosotros votamos la 125 el 4 de julio de 2008 en Diputados, pero yo hacía una semana que había roto con Julio Cobos. Cuando me di cuenta de que estaba jugando a dos puntas, que a través de la diputada Laura Montero se armaban reuniones con Felipe Solá, Enrique Thomas y otros pasados de bando; insisto, aun antes de su voto en el Senado. En ese momento decidí no llamarlo nunca más. Lo he criticado muy duramente cuando él, tiempo después, descalificó el viaje de Cristina a La Habana, en el momento de la asunción de Obama. Ese tipo de actitudes serviles no las tolero, él sabe del valor simbólico de estas cosas.
–Hablando de símbolos, es curioso que Mendoza se haya convertido en cierto modo en eje de la oposición al Gobierno y también a la ley de Medios.
–Mendoza es el núcleo inicial del poder empresario y mediático del grupo Vila-Manzano y por la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual van a tener que desprenderse de bienes de su propia empresa. Hay añejas relaciones con la Justicia. El grupo Vila, aun antes de juntarse con Manzano, tiene una historia que se puede resumir muy fácilmente: nunca le pagaron a nadie. ¿Qué hacen? Pagan en los tribunales o no pagan nunca. Actuaron así con los ex dueños de radio Nihuil, del diario La Capital de Rosario… Yo trabajaba en una gomería y me tocó ir a cobrarles. No había manera. Una de las primeras cosas que hacen crecer al grupo Vila es el emprendimiento inmobiliario Dalvian, en la década que va de los 70 a los 80. Este barrio privado está a un costado del Parque General San Martín, a tres minutos de auto del microcentro de Mendoza. Al lado hay un terreno de 32 hectáreas que pertenece a la Universidad Nacional de Cuyo. ¿Qué sucede? Vila se lo apropia y entra en conflicto con el Estado Nacional y con la Universidad Nacional de Cuyo. El valor de esas tierras no lo conozco en detalle, pero que es millonario y en dólares, estoy seguro. Tras 20 años de proceso, la jueza Pura de Arrabal, la misma que sacó la cautelar por la ley de Medios, les ha dado en primera instancia la razón. En ese juzgado trabaja un secretario que tiene un parentesco con Nicolás Becerra, que también es empleado de ese grupo. Becerra, el menemista y ex procurador general de la Nación. La Cámara de Apelaciones también les dio la razón. Esto es Vila. Todo esto se conoce. Mendoza no es tan grande.
–¿Cómo marcha la gestión del gobernador Celso Jaque?
–Jaque está jaqueado. Está haciendo un gobierno ineficiente. Arrancó con un grave pecado: ser funcional al estado de paranoia que se generó en la sociedad con el tema de la inseguridad y haciendo una promesa que, para los que entendemos de política, es totalmente infantil e incumplible: dijo que en seis meses iba a solucionar todo. Por eso ese gobierno empezó muerto y seguirá muerto hasta el último día.
–¿Se puede decir que el cobismo está cada vez más fuerte en Mendoza?
–La política no es un juego en donde lo que pierde el otro me lo llevo yo. Los radicales siempre dicen que ellos son más feroces en las internas que en las generales. Entonces, con el poder a la vista, las internas se potencian. Me extraña mucho que los medios nacionales no hayan prestado atención a cómo se han ido decantando las situaciones en los distintos partidos de cara a las recientes elecciones en la capital mendocina. Hay un detalle interesante: el intendente, Víctor Fayad, un radical histórico –tres veces candidato a gobernador, ex diputado nacional, con una brillante gestión como intendente entre 1987 y 1991– ganó sin recursos y con un radicalismo absolutamente devaluado la intendencia en 2007, con Cobos en la Concertación. O sea, el radicalismo que él integró sacó en la provincia el 10%, pero Fayad ganó las elecciones en la capital. Cuando se perfilaban las elecciones del año pasado, el partido de Cobos –el Confe– y la UCR hacen una interna conjunta para elegir la lista de candidatos de cara a las elecciones del 2009. Fayad la ignora absolutamente y entra en colisión con el partido de Cobos y con radicales como Sanz, que ahora están profundamente vinculados con Cobos. Fayad se mantiene en la suya y dice «vamos con la lista 3 y los candidatos los pongo yo». Hubo quince días de peleas públicas entre ellos en las que también estaba involucrado Cobos.
–¿Y qué pasó?
–Los que entendemos de esto sabíamos lo que iba a pasar. Cobos iba a bajar todas las banderas porque él no se podía arriesgar a que un radical le ganara una elección en su provincia. Eso es lo que sucedió, y los cobistas ahora están muy enojados con él. Incluso declaran públicamente que «Julio Cobos hizo lo de siempre: nada». Ni te cuento las cartas que han mandado a los diarios los concejales que estaban en las listas. Mendoza está agarrada de un hilo. Lo que pasa es que el peronismo local es un desastre. Por eso creo que en 2011 al peronismo de Mendoza le gana cualquiera.
–En lo personal, ¿está trabajando en alguna línea interna o formando otro espacio político?
–Yo no me quedé quieto e hice un partido político en Mendoza llamado Compromiso Popular. En diciembre de 2007 tomamos la decisión, en marzo de 2008 juntamos las 4.500 afiliaciones y fuimos reconocidos por la Justicia Electoral. Nos presentamos solos en las elecciones de junio y sacamos un orgulloso 1,44% de los votos provinciales. Para las recientes elecciones conformamos un frente de centroizquierda con otros dos pequeños partidos reconocidos a nivel distrital –el Polo Social y el partido Todos– más el Partido Comunista, el Partido Humanista y el Partido Solidario. Yo creo que la política tiene un componente esencial, que son las relaciones de fuerzas. Individualmente uno puede tener prestigio o ser de algún modo reconocido, pero si vos no garantizás un caudal de votos a la larga alguien te lo hace notar. Para que uno pueda avanzar y, en el caso de que le vaya bien, prosperar en este medio, hay que tener fuerza. Las cosas hay que construirlas.
–¿No en el peronismo?
–¿Qué pasó en esos años? La renovación peronista, el menemismo, por Mendoza pasó (José Octavio) Bordón, que es un demócrata cristiano y no un peronista. A ver, el peronismo al que yo adhiero es un peronismo con vocación de transformación y de igualitarismo social y no el peronismo de los símbolos y nada más. Siempre digo lo mismo: hubo un peronismo antes y otro después de Cooke. El mío, el de mi experiencia, el de mi generación, es el de después de Cooke, el de aquella frase «el peronismo será revolucionario o no será». A lo mejor, hoy en día yo lo definiría de otra manera, pero es eso.
–¿Cómo se definiría hoy?
–Transformador. Yo no usaría la palabra «revolucionario», porque las palabras también se gastan. No sé si hoy usaría la consigna «Liberación o dependencia». No podemos convocar hoy con pensamientos del año 1973.
Revista Acción, 1 de Mayo de 2010
por Alberto López Girondo | Abr 15, 2010 | Sin categoría
La intrincada aprobación de la ley de Atención Accesible y Protección del Paciente, o más sencillamente ley de Salud, puso foco en algunos personajes que sin dudas serán protagonistas de la política estadounidense en los próximos años. El primero en esta lista es Marcelas Owens, ese chico que muchos confundieron con el inefable Gary Coleman, el pequeño Arnold de la serie Blanco y negro de fines de los 70. En segundo plano, pero con una importancia decisiva para torcer voluntades en la áspera votación en el Congreso fue la líder de la bancada demócrata, Nancy Pelosi. Otro «invitado especial» al estrellato es el pediatra y sanitarista Donald Berwick, candidato oficial para ocupar el puesto de director de los programas Medicare y Medicaid, vacante desde 2006, los organismos que llevarán a la práctica la nueva cobertura.
Tangencialmente, la ley también revitalizó a los grupos ultraconservadores nucleados en el Tea party que a regañadientes van encolumnándose detrás de la ex candidata a vicepresidenta, Sarah Palin, una de las abanderadas de la oposición, que se proponen judicializar la ley para trabar en los tribunales lo que no pudieron –por escaso margen– conseguir en el Capitolio.
Porque más allá de la polémica desatada en EE.UU. por las nuevas reglas de juego en el multimillonario negocio de la atención sanitaria, lo que sin dudas está en disputa es el rol del Estado en la atención de la población en general y especialmente la de menores recursos. Y, de paso, la vieja lucha en las antiguas colonias británicas entre el más crudo individualismo y la idea de que la intervención estatal representa un contrapeso a las fuerzas más despiadadas del mercado en favor de la ayuda solidaria a los más pobres.
Ese y no otro es el fundamento de la tremenda oposición a la ley y del empecinado esfuerzo de los grupos progresistas por apoyar al presidente Barack Obama, a pesar de las críticas que su política exterior despierta dentro y fuera de los Estados Unidos. No es casual que coincidan tirios y troyanos en que la ley podría representar el fin de la era neoliberal que comenzó en la época de Nixon y se consolidó siete años después de su estrepitosa caída, en 1981, cuando asumió la primera magistratura el actor de Hollywood, Ronald Reagan.
Pequeño militante
Marcelas Owens tiene once años y perdió a su madre hace cuatro. Tiffany Owens murió de una enfermedad curable, pero con un tratamiento que no pudo costear porque no tenía seguro médico. En un demencial círculo vicioso, había perdido ese beneficio porque se había quedado sin trabajo. La echaron porque estaba demasiado enferma como para poder cumplir horarios y rutinas de servicio en un restaurante en Seattle. Era una de los 32 millones de estadounidenses sin cobertura sanitaria. Tenía 27 años y era madre de tres niños que habían crecido sin padre. Demasiadas ausencias al mismo tiempo.
Marcelas y sus hermanitos quedaron a cargo de la abuela. Pero él llevó adelante su empecinada lucha por cambiar las cosas, a una edad en que otros chicos piensan en juegos electrónicos o deportes. De alguna misteriosa manera, los tiempos de Marcelas coincidieron con los de su país. Y su lucha llegó a oídos de la senadora demócrata por Washington, Patty Murray, en un mitin por la ley organizado en Seattle en octubre pasado. Ella lo presentó al presidente Obama, quien también había quedado huérfano al cabo de una tenebrosa lucha contra las aseguradoras de salud por parte de la mujer que le había dado la vida y lo crió en un hogar sin padre. Por eso el niño fue símbolo de lo que estaba en juego con la ley. Y por eso estuvo junto al presidente en el Salón Este de la Casa Blanca cuando Obama promulgó la ley y se quedó con una de las 22 lapiceras que utilizó para tan magno acontecimiento.
El mandatario dijo entonces que la reforma era una deuda pendiente con su propia madre, Stanley Ann Dunham, muerta en 1995 a los 51 años, de cáncer. Pero ese toque de dolor personal molestó sobremanera a la oposición. Y quien mejor mostró el cariz del rechazo fue Russ Limbaugh, un conductor radial de extrema derecha tan ingenioso como corrosivo: «Marcelas, tu madre se habría muerto de cualquier manera, porque el Obamacare no empieza sino hasta 2014». Pero no se quedó allí. «Esto es simplemente explotación de un niño de 11 años forzado a contar su historia para beneficio del Partido Demócrata y de Barack Obama», insistió.
«¿Dónde estaba la abuelita cuando la mamá estaba enferma?», se preguntó desde la misma trinchera Glenn Beck, presentador de la Fox, la cadena enfrentada a Obama desde su nominación en las internas demócratas. «¿Dónde estaban todos esos izquierdistas que ahora pasean a Marcelas cuando su madre vomitaba sangre?», agregó, tan brutal como se puede ser en Estados Unidos sin que tiemble el pulso.
El Tea party
La ceremonia del té es un rito que se cumple religiosamente en Japón, China y hasta a su manera en Inglaterra. Para los estadounidenses, sin embargo, el Tea party es una liturgia ligada con el más profundo nacionalismo. Es un sello de identidad. Porque recuerda el Motín del té (otra versión de la frase) que se produjo el 16 de diciembre de 1773 en Boston, cuando un grupo de colonos enardecidos lanzaron al mar un cargamento de la valiosa infusión en protesta por el aumento de gravámenes a la importación en Gran Bretaña. Ese es uno de los principales antecedentes para la Declaración de Independencia, tres años más tarde.
Los grupos Tea Party, y en general la derecha estadounidense, reivindican este acto como fundante de la nacionalidad, lo mismo que el de portar armas. Valores sagrados que debe defender todo ciudadano que se precie de good american. Por eso promueven como virtud patriótica el individualismo, la responsabilidad fiscal, la limitación en los poderes del gobierno y la libertad de mercado. «Estas ideas de libertades individuales que Dios nos ha dado han sido escritas por los padres fundadores», dice uno de estos grupos, TPN. A esto agregan «la libertad de expresión, la Enmienda 2 (relativa al uso de armas), nuestras fuerzas armadas y fronteras seguras para Estados Unidos de América». Sobre estos ideales es que se sustentó el neoliberalismo en los 80. Y subsiste a pesar de triunfos escuetos como la ley aprobada por Obama luego de muchas concesiones a propios y ajenos para lograr la sanción.
Mamma a la antigua
Se llama Nancy Patricia D’Alesandro Pelosi y acaba de cumplir 60 años. No hace mucho que se dedica a la política. Recién a los 47, cuando sus hijos ya estaban criados, decidió involucrarse en una actividad que siempre le había atraído, herencia de su padre Thomas, que había sido alcalde de Baltimore, o de su madre, feminista cuando la sola palabra escandalizaba al vecindario.
Pero buena continuadora de la estirpe italiana y del rito católico y apostólico romano, a Nancy le tocó el gen de la maternidad a la antigua. Hasta que el menor de sus cinco hijos terminó el secundario y a coro le dijeron: «Mamá, es hora de que hagas tu vida».
En poco tiempo esa vida propia la llevó a la Cámara Baja y en mucho menos a liderar el bloque demócrata. Casada con Paul Pelosi –empresario inmobiliario y dueño del equipo Sacramento, de la United Football League–, Nancy tiene dos virtudes que cotizan en cualquier parlamento. Es flexible, pero dura. Suave, pero persistente. Suele lograr lo que se propone, aunque en el camino tenga de dejar algunos jirones. Así consiguió sumar los votos para aprobar la ley e impidió la dispersión de los demócratas de la derecha. La reforma pasó la Cámara de Representantes por 219 votos contra 212. Ningún republicano votó a favor. En contra lo hicieron 34 demócratas.
En el camino, la ley perdió contundencia: ya no hay una opción pública, es decir, un sistema de salud estatal que compita y fije precios al privado. El precio para que Obama consiguiera lo que no pudieron Bill Clinton ni Harry Truman.
Revista Acción, 15 de Abril de 2010
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