por Alberto López Girondo | Ago 7, 2010 | Sin categoría
Las burocracias de los países latinoamericanos tienen una concepción del mundo que va a contrapelo de lo que proponen los actuales gobernantes. Una visión subalterna para cada una de las naciones con el poder central.
Una regla elemental de la diplomacia dice que los mandatarios deben llegar a un encuentro cumbre para la firma los documentos que han elaborado antes los funcionarios menores. No es norma del buen arte que los acuerdos se alcancen sobre la hora y bajo el impulso personal de los signatarios. Cuando eso ocurre, algo anda mal en el engranaje de las relaciones.
Este momento excepcional de los países sudamericanos obedece a circunstancias históricas poco comunes, pero fundamentalmente a la coincidencia en tiempo y espacio de un grupo de presidentes con similares visiones del mundo, un consenso interno importante y, sobre todas las cosas, la voluntad política de construir territorios de integración sólidos y duraderos, que subsistan más allá de su propio paso por este mundo.
El Mercosur prosperó de voluntades similares entre el gobierno de Raúl Alfonsín y José Sarney cuando a mediados de los ’80 firmaron la Declaración de Iguazú, que plasmaba el deseo frustrado de Perón, el brasileño Getúlio Vargas y el chileno Carlos Ibáñez del Campo en los años cincuenta. La fecha de nacimiento establecida para el Mercado Común del Sur, sin embargo, es la firma del Tratado de Asunción entre los cuatro miembros iniciales, la Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay.
Pero la simple enumeración de quienes dieron el puntapié inicial a ese esbozo de integración ya indica sobre qué bases se sustentaba. Carlos Saúl Menem, Fernando Collor de Melo, Andrés Rodríguez y Luis Alberto Lacalle Herrera fueron notorios representantes de la concepción neoliberal que primaba hace 19 años, y uno de ellos, el paraguayo, ni siquiera puede decirse que había llegado al poder democráticamente.
La última cumbre, que se desarrolló en San Juan esta semana, mostró de un modo categórico la realidad de un grupo de presidentes que buscan formas de avanzar en la integración. Pero también el nivel de oposición que encuentran en esta etapa clave, tanto de los sectores más conservadores de cada sociedad como de los estamentos intermedios en la burocracia diplomática de cada país.
Los detalles de esta puja se dejaron ver el lunes, cuando los cancilleres anunciaron los acuerdos políticos más trascendentes en años, pero aún faltaba la frutilla del postre, que era consensuar el Código Aduanero. Para los medios concentrados nacionales y muchos periodistas especializados, la demora en rubricar ese documento era una prueba de divergencias insalvables, de que las negociaciones estaban estancadas. Esa mirada burlona y prejuiciosa desmerece siempre cualquier resultado que pueda obtener ese puñado de gobernantes de sesgo progresista en el subcontinente.
Porque ese día se había anunciado la creación del Instituto Políticas Públicas de Derechos Humanos del Mercosur (IPPDDHH), un organismo que tiene como objetivo explícito “contribuir al fortalecimiento del Estado de Derecho en los Estados Partes, mediante el diseño y seguimiento de políticas públicas en Derechos Humanos, y a la consolidación de los Derechos Humanos como eje fundamental de la identidad y desarrollo del Mercosur”. La institución funcionará en la ESMA, el predio que simboliza como pocos la represión de los ’70 en el Cono Sur a través del Plan Cóndor, ese otro Mercosur, pero de la barbarie.
También se aprobó el Acuerdo sobre el Acuífero Guaraní, que define a esa preciada reserva natural como un “recurso hídrico transfronterizo” del que los países del Mercosur “son los únicos titulares”. Esto es, son los únicos dueños de una de las reservas de agua más grandes del planeta y determinarán el uso y explotación que se le dará “de acuerdo con sus disposiciones constitucionales y legales, y de conformidad con las normas de derecho internacional aplicables”.
Recién el martes, tras la llegada de los presidentes, se avanzó en los aspectos más trascendentes de la parte económica y “se destrabó” el esperado Código Aduanero. Quienes lograron “destrabarlo”−sin entrar en detalles− fueron la presidenta Cristina Kirchner y el uruguayo José Mujica. Otros aspectos que hacen a la política común y que cristalizaron en el documento final de la Cumbre fueron “destrabados” por Cristina y el brasileño Lula da Silva.
Lo que no se ve tanto es quiénes son los que traban este tipo de compromisos. El ex dirigente metalúrgico paulista reveló una parte de la cuestión, cuando dijo que los presidentes “sufren muchas presiones” de los sectores económicos y de empresarios de cada país, que “quieren vender pero no comprar”. Y agregó, lapidario: “eso no es comercio internacional”.
Lo que sigue es un catálogo de expresiones que muestran dónde se ocultan los enemigos de la unidad. Lula y Cristina coincidieron en que “el comercio entre naciones debe ser equilibrado, tener un camino de doble mano”. El brasileño destacó varias veces en la conferencia de prensa conjunta que los avances del Mercosur, “son una respuesta a quienes se oponen al bloque”. Y abundó: “Existe una confianza mutua que no existía tiempo atrás.” A modo de aclaración, Cristina dijo que se habían “saldado los diferendos que teníamos”. Y resaltó que “muchos no creían que se pudiera llegar a firmar el Código”, sin mencionarlos.
Hace pocas semanas, Mujica y Cristina habían dado un paso enorme para “destrabar” otro conflicto no menos determinante para el futuro de la unión continental, como lo es el corte del puente de Gualeguaychú por la instalación de la pastera de Botnia en Fray Bentos. También en este caso, la respuesta vino del diálogo directo de los mandatarios entre ellos y con los vecinos de la asamblea popular que durante tres años bloquearon la ruta al puente internacional.
“No hay que temerle a los conflictos, hay que temerle a la esterilidad de los conflictos, cuando son nada más que mera confrontación. Toda superación tiene contradicción”, filosofó Mujica. El uruguayo destacó la actitud para “dejar atrás el chauvinismo, en el que cada país se creía el centro del universo” y apostar por la integración. Lo que ninguno de ellos creyó conveniente decir es que la solución no vino de los cuerpos diplomáticos de carrera sino de los superiores políticos, y de una relación personal entre ambos mandatarios que superó diferencias y promovió avances decisivos.
Las burocracias de los países latinoamericanos tienen una formación y una concepción del mundo que va a contrapelo de lo que se proponen los actuales gobernantes. Una visión subalterna para cada una de las naciones con relación al poder central. La oposición en muchos rincones de los cuerpos diplomáticos va desde el “cajoneo” de los temas fundamentales hasta el “teléfono descompuesto”, que provoca irritaciones innecesarias. Y puede llegar hasta las “denuncias graves”, como la supuesta “diplomacia paralela” entre la Argentina y Venezuela.
Como si las relaciones entre países que forman parte de un bloque de integración no se debiera realizar en todos los niveles del aparato estatal… Integración significa que los países deben coordinar la diplomacia para el trato con el resto de las naciones del mundo, y no para aplicar la desconfianza entre compañeros. Nadie pretendería canales diplomáticos para tratar divergencias entre las provincias argentinas, por poner un ejemplo. Tampoco debería haberlos en el Mercosur, la Unasur, o las instituciones que vayan surgiendo a futuro. Para eso están los organismos respectivos de cada área.
Salvo que se reduzca al país hermano a un mero socio comercial del que hay que defenderse porque tiene un apetito voraz, que es la tesis que defiende el candidato opositor para las elecciones brasileñas de octubre próximo. “Lula se subordina a Chávez”, dijo José Serra, seguramente pensando en canalizar las aspiraciones de muchos empresarios paulistas, donde gobernó hasta hace unas semanas. “Basta de perder tiempo con el Mercosur y no hacer respetar los intereses de los exportadores brasileños a la Argentina”, es su mensaje de campaña. Posición que extraña, porque es evidente la fuerte influencia de las empresas brasileñas en este lado del mapa, donde en los últimos años compraron una parte sustancial del aparato productivo local.
“Debemos avanzar hasta que el Mercosur sea algo de lo que nadie tenga la menor duda: de que somos amigos en la construcción de un bloque político, económico, social y cultural”, dijo Lula cuando recibió el martillo del Mercosur de manos de la presidenta argentina, Cristina Fernández. De eso se trata.
Tiempo Argentino, 7 de Agosto de 2010
por Alberto López Girondo | Ago 6, 2010 | Sin categoría
«Esto parece un estado de sitio, me imagino que habrá sido así hace 30 años.” La frase, en boca de Camila Vallejo, la joven de 23 años que lidera a los universitarios que reclaman una profunda modificación del sistema educativo chileno, sonó a descubrimiento. Pero no es porque recién tuviera conciencia de que esas escenas fueron cotidianas en las calles de Santiago por aquellos lejanos setentas. Después de todo, viene de una familia de militantes comunistas ligados al gobierno de Salvador Allende. Sin embargo, una cosa es la imagen que dejan los recuerdos de los mayores, los libros de historia o los documentales, y otra el áspero sabor de las bombas lacrimógenas, las corridas y los palazos en la propia espalda.
La represión policial, que el jueves castigó la marcha convocada por los estudiantes trasandinos y terminó con la detención de 874 muchachos, fue justificada por el vocero presidencial y primo de Sebastián Piñera, Andrés Chadwick. “La policía actuó conforme a la ley y está cumpliendo con su responsabilidad. Cuenta con el respaldo del gobierno”, sostuvo, sin reparar en que las brigadas antimotines actuaron al amparo de un decreto emitido en 1983 por el dictador Augusto Pinochet para disolver las protestas cada vez más masivas en su contra.
“Alguien se ha empeñado en que, como los ‘indignados’ han tomado la Puerta del Sol como un símbolo, pues nosotros también tenemos que tomarla como demostración de que no les vamos a dejar instalarse allí”, lamentó, a más de 10 mil kilómetros de distancia, José Manuel Sánchez Fornet. El hombre sabe algo de lo que habla, ya que es el secretario general del Sindicato Unificado de la Policía española (SUP) y en declaraciones a la Cadena SER se deshizo en reproches contra “los errores políticos” cometidos en Madrid cuando expulsaron a los “indignados” del 15M de Puerta del Sol, provocando una situación tensa que el mismo jueves dejó un saldo de al menos 20 manifestantes heridos.
María Dolores Carrión es delegada del gobierno central en la Comunidad de Madrid y, al mismo tiempo, es una profesional de carrera que asumió en abril pasado como enlace entre las dos administraciones. Por eso recordó que el PSOE está haciendo un trabajo conjunto con el ayuntamiento, en manos del PP. Si bien no lo dijo expresamente, quedó en el aire la sensación de que los dos partidos, que públicamente tienen duros enfrentamientos de cara a las elecciones adelantadas para noviembre en el plano nacional, quieren la capital “limpia” de quejosos antes de la visita programada de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Juventud, que se desarrollará en Madrid del 16 al 21 de agosto.
“No se puede desalojar un lugar por la mañana y que por la noche se reproduzca la situación. Hay que poner los medios para evitar que eso vuelva a reproducirse”, dijo la delegada, también a la Cadena SER, para justificar la carga policial que se abroqueló para que los manifestantes no vuelvan a ocupar los espacios públicos.
Se comienza a percibir en los grandes medios españoles y en los dirigentes políticos la caracterización de los “indignados” como una suerte de piqueteros a la europea. En la misma categoría en que pusieron en su momento a Evo Morales, conocido primero como el dirigente cocalero boliviano que encabezaba cortes de ruta para manifestar la voluntad de cambio de la población, harta de las mismas leyes neoliberales que están hundiendo a los países desarrollados. Todavía se recuerda el desdén con que fue tratado Morales en su primera visita a España como presidente, por haber ido a una entrevista con el rey español vestido con su ahora tradicional chompa.
Temiendo esa tercermundización, será que el dirigente gremial policial Sánchez Fornet recomendó a los 15-M “organizarse de otra forma”, o sea, sin cortar el tráfico, para luchar mejor por la “noble causa que defienden”. Será también por esta razón que Ignacio Lario, presidente de la Asociación de Comerciantes de Preciados el Carmen y Arenal (Apreca) –por las calles que rodean a la Puerta del Sol– reclamó que “en caso de que fuese necesario, la policía use la fuerza”.
No puede decirse que Lario manda a decir las cosas. “Si tienen autorización para concentrarse en Sol, bien, si no, la policía no debería permitirlo, porque están cometiendo una clara ilegalidad”, se explayó. Y para hacer cumplir las leyes, recomendó a las autoridades seguir “una serie de pasos: no se puede empezar dando voces ni palos, aunque llega un momento en que las personas no quieren retirarse y entonces la única persona que, por ley, puede usar la fuerza es la policía”. La hoja de ruta del tendero es un verdadero plan de operaciones: primero la policía “hablará”, luego “ordenará”, después “forzará” y, finalmente, “usará la fuerza”.
Para agregar más leña al fuego, el Partido Popular –favorito para las próximas elecciones– no ahorró lisonjas hacia su caudal electoral. Así, el secretario general de los conservadores madrileños, Francisco Granados, afirmó que “está planteándose muy seriamente” convocar a una contramanifestación en apoyo de los comerciantes. “Que 300 indignados estén condicionando la convivencia de más de 3 millones de habitantes” de Madrid, le resulta intolerable. Algo parecido piensa el candidato socialista al gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba.
En Santiago, mientras tanto, las imágenes de la brutal represión policial se cruzaron con las del incendio de una sucursal de la tienda La Polar, ubicada detrás de la Casa Central de la Universidad de Chile. Testigos citados por los medios santiaguinos dicen que casi en simultáneo con la represión, un grupo de jóvenes habría levantado las cortinas de hierro para luego lanzar varios artefactos incendiarios hacia el interior. De inmediato comenzó a circular un video en YouTube, donde se muestran nerviosas imágenes del incidente.
Poco costaba asociar el incendio intencional con la efervescencia estudiantil. Que pide, como se sabe, educación gratuita y universal, y no una educación planificada con un objetivo exclusivamente comercial. Y hasta judicialmente, quizás la propietaria de la cadena minorista pueda explicar sin problemas el siniestro ante los sabuesos de las compañías de seguros.
Porque, vamos, el local había cerrado más temprano por las marchas de los jóvenes díscolos y las autoridades dieron asueto al personal. Incluso los primeros en llegar fueron los carabineros, que intentaron apagar las llamas con sus carros Neptuno lanzaagua. Para peor, los bomberos tardaban en llegar por las corridas de los estudiantes perseguidos por la policía.
La otra parte de esta historia es que La Polar está por estas horas hundida en uno de los mayores escándalos financieros de Chile. La cadena minorista está acusada de malas prácticas crediticias, de abuso y estafa, en una operatoria que afectó a miles de clientes y provocó, según los analistas, una mayor volatilidad a la Bolsa chilena.
Mientras tanto, en Italia la fiscalía de Trani, al sudeste del país, incautó decenas de documentos de las calificadoras de riesgo Moody’s y Standard & Poor’s, en el marco de una investigación sobre los cuestionados manejos de las dos agencias, que con sus informes suelen generar volatilidad en los mercados mundiales desde hace décadas.
Claro que hasta hace diez años los mercados que volaban estaban de este lado del Atlántico y debajo del Ecuador, y ahora los que tiemblan ante el embate de la especulación están en el primer mundo. Que hasta ahora se preciaba de no mostrar sino muy esporádicamente las calles llenas de revoltosos.
Tiempo Argentino, 6 de Agosto de 2010
por Alberto López Girondo | Ago 1, 2010 | Sin categoría
‘Quiero que la gente vea la verdad’, dijo el joven analista de inteligencia al famoso hacker, que lo delató al Ejército. Había copiado centenares de miles de documentos sobre la guerra desde Irak. Estuvo preso en Kuwait.
El muchacho se presentó ese verano de 1969 en el aula magna del Haverford College, de Filadelfia, atestada de pelilargos indignados por el curso de una guerra que había definitivamente dividido a la población de los Estados Unidos y despertaba protestas en todo el planeta.
“Mi nombre es Randy Kehler, soy graduado de la Universidad de Harvard –dijo el joven, de 25 años recién cumplidos–. Mi país depende de que personas como yo se conviertan en dirigentes de empresas, que sirvan en oficinas públicas. Mi país depende de que lo dirijan personas como yo.” En el auditorio, entre los estudiantes rebeldes, había un correcto funcionario del gobierno federal, de 38 años, atravesado por una duda existencial.
“Lucho por causas justas –continuaba Kehler–, y no creo que nuestra causa en Vietnam sea una de ellas. Por eso no iré a pelear allá. Soy americano y me niego a servir en otro país para defender intereses personales. Dentro de unos días iré a prisión. Creo que la mejor manera, la única manera de luchar, es sacrificándome.”
Daniel Ellsberg, analista de la Rand Corporation que trabajaba para el Departamento de Estado se revolvía en la grada, junto a cientos de jóvenes que buscaban la forma de combatir lo que entendían como una barbarie. Ellsberg también era un brillante egresado de Harvard, y estaba en las filas de Robert McNamara, quien de la Ford Motor Company pasó a la Secretaría de Defensa durante los años más dramáticos de Vietnam, y luego sería director del Banco Mundial.
Kehler era lo que se llama un objetor de conciencia. Como Muhammad Alí, ese extraordinario boxeador de peso completo nacido Cassius Marcellus Clay que en la plenitud de su carrera había tomado dos decisiones fundamentales: se convirtió al islamismo y se negó a hacer el servicio militar en Vietnam. “No tengo ningún conflicto con el Vietcong, nunca un Vietcong me insultó llamándome niger”, decía. Alí fue despojado de su título mundial, y durante cuatro años no pudo boxear porque le retiraron la licencia.
Hay una larga tradición en los Estados Unidos en torno a la objeción de conciencia que encuentra un gran exponente en otro egresado de Harvard, Henry David Thoreau. Escritor y filósofo, en 1849 se negó a pagar impuestos porque se oponía a la guerra contra México y a la esclavitud, por lo que pasó una temporadita entre rejas. Sus ideas están volcadas en La desobediencia civil.
“Cuando salga de la prisión –adivinaba Kehler desde el estrado del Haverford– quedaré marcado. Nunca seré un ejecutivo. Nunca podré servir en una oficina pública. Nunca más seré confiable para muchos. Esa marca quedará en mí… pero la llevaré con orgullo.” Era el tipo de discurso que necesitaba Ellsberg para decidirse a fotocopiar los cerca de 7000 documentos sobre Vietnam que había atesorado en su oficina. Algunos de esos expedientes los había elaborado personalmente, ya que para tener información de primera mano se había internado por meses en las selvas del Extremo Oriente con las tropas de su país.
Ellsberg era un patriota y quería saber en qué se estaban equivocando, por qué razones estaban empantanados en una guerra que creía necesaria en favor de la libertad, la democracia y la civilización. “En Vietnam no estamos del lado equivocado. Somos el lado equivocado”, descubrió amargamente. Y eso pretendió explicar en despachos de funcionarios de alto rango de la administración central y de legisladores en el Capitolio. Pero la realidad le demostró que, si quería cambiar las cosas, debería hacer circular esa información ante el público. La sociedad tenía que saber por qué morían de a miles los hijos de su país y en qué se dilapidaban los fondos públicos.
Corría el año 1971 cuando Daniel Ellsberg envió el material a The New York Times y al Washington Post. Que los dieron a conocer como “Los papeles del Pentágono”. Fue a prisión, por traición a la patria. El gobierno de Richard Nixon demandó a los diarios, que lograron un fallo de la Corte Suprema a favor de la libertad de prensa que se usa como jurisprudencia en varios países del mundo.
Nixon no era precisamente una hermana carmelita. Lo corroboró por esos meses, cuando un grupo de “plomeros” instaló micrófonos para espiar la convención demócrata en el Hotel Watergate, donde se elegiría al candidato para las presidenciales de ese año. Investigando el caso, dos curiosos periodistas del Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, se toparon con información que les pasaba un misterioso personaje que les hizo jurar a rajatabla que mantendrían su anonimato.
El informante, bautizado “Garganta Profunda”, en alusión a una famosa película pornográfica de la época, les fue dando las pistas que permitieron recomponer la maniobra de espionaje, y sobre todo la responsabilidad presidencial. Nixon tuvo que renunciar en medio del escándalo, en 1974. La fuente anónima había sido William Mark Felt, número dos del FBI al momento del escándalo Watergate. Lo confirmaron luego de que el propio Felt se diera a conocer en 2008, cuando le quedaban pocos meses de vida.
En estas tierras también hubo personajes dispuestos a todo en defensa de causas justas. Tal vez el más emblemático sea el coronel Felipe Varela, catamarqueño de Valle Viejo, que se plantó contra el gobierno porteño para oponerse a la guerra contra el Paraguay. No tuvo empacho, Varela, en vender sus propiedades y ponerse al frente de un sentimiento popular muy arraigado. La de la Triple Infamia era una guerra de Mitre, el imperio brasileño y los comerciantes británicos contra los pueblos rioplatenses. Un genocidio.
“¡Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin conciencia!… ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo los mercaderes de los cruces de Uruguaiana, a precio de oro, de lágrimas y de sangre argentina y oriental!…¡ Abajo esta guerra premeditada, guerra estudiada, guerra ambiciosa de dominio, contraria a los santos principios de la Unión Americana, cuya base fundamental es la conservación incólume de la soberanía de cada República!”, escribió Varela en el Manifiesto a los Pueblos Americanos.
El mismo espíritu es el que animó ese milico que, en medio de una partida, descubrió que el gaucho al que intentaban reducir no merecía morir ante esos soldados del gobierno. “¡Cruz no consiente / que se cometa el delito / de matar ansí un valiente!”, dice el verso del Martín Fierro. Jorge Luis Borges, en su biografía apócrifa de Isidoro Tadeo Cruz, reflexiona: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.”
Ese momento le llegó hace unos meses a Bradley Manning, un analista de inteligencia de la Segunda Brigada de la Décima División del Montaña del Ejército de los Estados Unidos apostada en Irak, de apenas 22 años. El chico conoce todos los secretos de la tecnología web, estaba en contacto con información privilegiada y admiraba a Adrián Lamo, un hacker condenado por violar los sistemas informáticos de Microsoft, The New York Times y Yahoo.
En un correo electrónico le describió su conmoción al ver de qué modo la policía iraquí detenía a un grupo de personas que imprimían panfletos que catalogaban de antipatrióticos. “Después de eso… vi las cosas de manera diferente. Estaba activamente implicado en algo con lo que estaba totalmente en contra”, escribió, según la agencia AP.
“Si tuvieses acceso a redes clasificadas 14 horas al día y siete días a la semana durante más de ocho meses, ¿Qué harías?”, quiso saber en otro mail. Y mientras escuchaba a Lady Gaga, copió centenares de miles de expedientes y videos que mandó a Wikileaks, el sitio creado por Julian Assange. “Quiero que la gente vea la verdad”, se justificó ante Lamo. Pero el hacker lo delató al ejército.
Manning fue arrestado en mayo pasado, luego de que circulara un video llamado Daño colateral, donde se muestra un ataque desde un helicóptero estadounidense en Bagdad, en julio de 2007, en que fueron masacrados desde el aire una docena de civiles, entre ellos dos periodistas de Reuters.
El Pentágono dice que Mannig fue el responsable de la filtración de 92 mil documentos sobre la Guerra de Afganistán que aparecieron en la Web. Hace dos meses fue detenido y estuvo preso en un centro de detención de Kuwait. El viernes lo trasladaron a Virginia. La única imagen que se conoce de él es una con boina militar y sonrisa de niño recién salido del secundario.
Tiempo Argentino, 1 de Agosto de 2010
por Alberto López Girondo | Ago 1, 2010 | Sin categoría
La imagen de los presidentes de Rusia y Estados Unidos, comiendo una grasosa hamburguesa en el restaurante Ray’s Hell Burger como dos colegiales que faltaron a clases, tal vez quería mostrar el nuevo clima entre los dos países que años ha podrían haber llevado al mundo a una guerra nuclear. Cuando Washington y Moscú eran sede de dos grandes potencias y tenían cada una a medio mundo bajo su influjo. Esa escapada era, supusieron los medios, una forma de mostrar de qué modo cambió todo desde la caída del muro de Berlín y cómo los últimos acuerdos en el ámbito nuclear se extendían a otros espacios políticos comunes.
Con lo que viene sucediendo desde entonces en el círculo del espionaje de ambas naciones, podría interpretarse que el Ray’s era el único sitio donde Dmitri Anatólievich Medvedev y Barack Hussein Obama II podrían confiarse algún secreto sin la incómoda presencia de micrófonos ocultos como los que seguramente pululan por los despachos oficiales.
Porque, es bueno recordarlo, no habían aún digerido la comida cuando el FBI anunció, con bombos y platillos, que se había desarticulado una amplia red de espías al servicio de Rusia que operaba en Estados Unidos desde hacía una dos décadas.
Entre la decena de presuntos agentes había una periodista peruana, Vicki Peláez, que durante años publicó una columna en un diario anticastrista de Miami; su marido, un fotógrafo que se hacía llamar Juan Lázaro, y una Mara Hari que según parece operaba en Gran Bretaña, Anya Kushchenko, más conocida como Anna Chapman, de insinuantes curvas y se dice que varios protagónicos en películas porno en su haber.
Voceros rusos salieron enseguida a comentar que había «muchas contradicciones» en las informaciones sobre la detención de los espías del SVR, el Servicio Ruso de Inteligencia Exterior. «El momento en el que se hizo fue elegido con especial delicadeza», deslizaron. Y por supuesto, como se usa en los protocolos diplomáticos, el Kremlin pidió explicaciones a la Casa Blanca. Pero todo se resolvió sospechosamente rápido. Los detenidos se reconocieron culpables ante la jueza federal Kimba Wood. Y a la semana fueron intercambiados por Igor Sutiagin y Seguei Skripa, que espiaban para EE.UU. y Gran Bretaña desde Rusia.
El operativo de canje fue armado como para Hollywood: en la mañana del 9 de julio un avión Jakolev Jak-42 blanco con bandera rusa descendía sobre Viena-Schwechat, el aeropuerto de la capital austríaca. No habrá sido casual la elección del lugar, ya que operan allí unos 3.000 agentes internacionales, dedicados al espionaje económico, científico, técnico y está la sede del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Después de la nave rusa bajó un chárter de la empresa Vision Airlines. Quedó bastante disimulada la escena de la permuta, pero es fácil imaginarla.
Megacanje
Los personajes implicados en la operación de megacanje fueron el director de la oficina que reveló el caso, y el titular de la CIA, la agencia que encabezó el canje. Robert Mueller ocupa su cargo en la FBI desde exactamente una semana antes del 11 de setiembre de 2001. Fue nombrado por George W. Bush luego de la renuncia del anterior jefe del espionaje interior, Louis Feeh, envuelto en el escándalo de Robert Philip Hanssen, un agente que había espiado para Moscú durante más de 20 años.
Leon Edward Panetta, en cambio, llegó a la CIA de la mano de Obama. Es un viejo militante demócrata sin experiencia previa en el mundo de la vigilancia. Fue una propuesta pensada para lavar la imagen de la agencia de espionaje más cuestionada.
Diez días más tarde, el diario The Washington Post comenzó la publicación de un extenso y profundo trabajo de investigación sobre las agencias secretas que operan en Estados Unidos. Se trata de una monumental pesquisa que demandó dos años
–o sea, desde que Obama se mostró como seria opción de poder en reemplazo de Bush– y ocupó a un equipo de 17 periodistas, diseñadores y fotógrafos.
Los datos más concluyentes de ese trabajo del matutino más cercano a los demócratas –conocido porque en los 70 publicó la trama de «Watergate» que volteó al gobierno del republicano Richard Nixon– muestran que desde ese fatídico 11 de setiembre de 2001, los servicios secretos se incrementaron hasta tal punto que actualmente hay 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 compañías privadas relacionadas con el contraterrorismo, la seguridad interior y la inteligencia, que se extienden en unas 10.000 locaciones a lo largo de todo el país y que ocupan nada menos que a 854.000 espías.
Estas cifras muestran un universo de intereses impresionante, comparable al lobby bélico y militar sobre el que hace décadas alertaba el ex presidente Dwight Eisenhower, que podrían explicar en parte los hechos ocurridos desde aquella inocente hamburguesa presidencial.
El minucioso informe firmado por los periodistas Dana Priest y William Arkin, puede consultarse en (http://projects.washingtonpost.com/top-secret-america/). Allí se muestra que muchas de las oficinas superponen esfuerzos y están fuera de todo tipo de control estatal. Peor aún, que trabajan fuera de los códigos éticos o políticos que pretenda dictarle cualquier gobierno.
Un mapa incluye la ubicación de 786 sitios donde el Departamento de Defensa desarrolla tareas de inteligencia en todas sus particularidades (desde operaciones especiales hasta acciones psicológicas). Del total, 535 pertenecen al Departamento de Seguridad Nacional y 449 de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI). Además, hay 234 que dependen del Departamento de Justicia, 92 de la Dirección de Control de Drogas, 36 de la Agencia Central de Inteligencia, 34 de otras agencias civiles relacionadas con la «seguridad nacional» y 20 de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad, un departamento clave que concentra su actividad en el espionaje electrónico.
La base de la NSA está en Fort Meade, Maryland, considerada por el Post como «la capital de EE.UU. secreto». El diario señala que allí se desarrolla una tarea discreta, pero que tiene impacto en la sociedad. Cómo será de discreta que, dice el informe, «la mayoría de la gente no se da cuenta de que se aproxima, por ejemplo, al epicentro de Fort Meade, puesto que el sistema de orientación satelital (GPS) en sus automóviles empieza a dar direcciones incorrectas que atrapan al conductor, porque el gobierno interfiere con todas las señales», agrega.
La cuestión más peligrosa en términos de ciudadanía, sin embargo, es la cantidad de compañías privadas que tienen conchabo en el área del espionaje estadounidense. Y de personal contratado, casi un tercio del total. Unos 265.000 contratistas que, para las autoridades, representan un peligro ya que «son gente que trabaja sólo por la paga y no por vocación patriótica», corrobora el secretario de defensa Robert Gates.
El director de la CIA, Leon Panetta, declaró que trabajan en un plan de cinco años para reducir costos en ese rubro. Pero que aún dependen de los contratistas para hacer muchas tareas de inteligencia.
Algo importante parece estar ocurriendo en el secreto mundo de los agentes secretos. El caso es cómo seguirá esta historia.
Revista Acción, 1 de Agosto de 2010
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