por Alberto López Girondo | Nov 1, 2012 | Sin categoría
El sistema democrático que dejó la dictadura brasileña resulta más un embrollo destinado a impedir cualquier cambio profundo en la distribución del poder que entre 1964 y 1985 diseñaron los militares que un modelo para la extensión de los derechos ciudadanos. Lo dicen los analistas más diversos y lo corroboró incluso el presidente del Supremo Tribunal Federal de Brasil, Ayres Britto, en un dictamen por el que se condenó por delitos de corrupción a tres encumbrados dirigentes del PT en una causa en la que todos los jueces que participaron de la investigación reconocieron que no hay ninguna prueba material para semejante fallo. Que se manejó sólo con indicios y aportes absolutamente subjetivos luego de la denuncia de un oscuro personaje de ese país que estuvo separado de la política durante diez años por cargos sí comprobables de corrupción. Uno de los condenados es José Dirceu de Oliveira e Silva, un ex dirigente guerrillero que integró el grupo formador del partido del ex presidente y dirigente metalúrgico Lula da Silva.
IMPACTO. La Justicia brasileña llevó el proceso hasta las últimas consecuencias pero levantó críticas en la sociedad.
Dirceu fue el factótum, también, de la gran transformación del Partido de los Trabajadores, que llevó a Lula al poder en 2003, pero que un par de años más tarde caería en desgracia por una combinación de un ataque de la derecha más reaccionaria del país, con apoyo de los medios concentrados y de una Corte de Justicia que al tiempo que intentaba demostrar dignidad en condenar actos que consideró de gravedad institucional sin evidencias, niega el derecho a investigar los delitos de lesa humanidad cometidos por uniformados en los que hay multitud de pruebas tangibles y demostrables.
Quizás la estocada final contra Dirceu y José Genoino, que era el presidente del PT al inicio de la causa, tenga que ver precisamente con el impulso que el ala izquierda del partido trabalhista le quería dar a los juicios por la Verdad –que puso en marcha finalmente Dilma Rousseff– mientras que Lula sentaba las bases para poner en marcha los cambios más profundos en la historia moderna del Brasil, bajo un sistema democrático diseñado para impedírselo.
Vida de novela
La historia de Dirceu podría ser la base para una novela. Nacido en Minas Gerais, se instaló en San Pablo donde devino en líder estudiantil en aquellos acalorados días de 1965, a poco de que los militares se instalaran en el Planalto con un proyecto económico de corte desarrollista-represivo. En 1968 cae detenido en el interior del estado de San Pablo en el marco de un congreso de estudiantes. En 1969 dos grupos guerrilleros, el MR-8 (por el día de octubre en que fue muerto el Che Guevara) y Acción Libertadora Nacional (ALN), secuestraron al embajador de Estados Unidos en Brasil, Charles Burke Elbrick. Dirceu y otros 14 presos políticos fueron liberados y deportados como parte del acuerdo para dejar en libertad al diplomático. Dirceu fue primero a México y luego a Cuba. Allí se hizo una cirugía estética y cambió su identidad para volver clandestinamente a su país, donde fue conocido como Carlos Henrique Gouveia de Mello. Ni siquiera la mujer con la que se casó entonces sabía de su pasado. Mientras tanto, la dictadura le había quitado la ciudadanía. Con la amnistía de 1979, «rehizo» su cara original y volvió a su país para fundar, unos años más tarde, el PT junto con un puñado de dirigentes obreros e intelectuales de izquierda.
Recuerda Ricardo Romero, politólogo y docente en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la de San Martín (UNSAM) y especialista en temas brasileños que renueva cotidianamente en su sitio www.politicabrasil.com.ar, que fue Dirceu el que diseñó la estrategia para la toma del poder por la vía democrática. Es decir, aceptando unas reglas de juego que no facilitaban las cosas. Lula había perdido en tres ocasiones y en el PT primó la idea de que si se quería dejar de ser un partido testimonial y de oposición era necesario armar coaliciones. Así fue que se diseñó una política de alianzas con partidos de centroizquierda primero y luego con sectores más conservadores pero dispuestos a apoyar un neodesarrollismo que prometía beneficiar a la clase trabajadora por su impulso a la producción nacional pero que iba en principio a atacar a los viejos «coroneles» de los que solía escribir Jorge Amado, esos caudillos feudales del Nordeste del país, sin ir más lejos.
De esta urdimbre nació el acuerdo con el vicepresidente que tuvo Lula, José Alencar, un empresario textil de derechas, líder de un movimiento de la Iglesia Evangelista con gran inserción en medios radiales en todo el territorio del país.
Prender el ventilador
Uno de estos aliados, Roberto Jefferson, sería el que clavaría el frío puñal por la espalda, con el apoyo de la revista Veja, en ese año de 2005 que dejaría como un gran hito para la historia latinoamericana el entierro del ALCA en Mar del Plata. Esa, que parece otra historia, quizás no lo sea tanto en vista de lo que se jugaba entonces en los medios brasileños primero y en el interior del PT después.
Según el entonces diputado Roberto Jefferson, Dirceu, a la sazón el jefe del gabinete de Lula, era el encargado de repartir sobresueldos de hasta 12.000 dólares por mes a aliados del PT gobernante para acelerar leyes esenciales para la gestión. El caso saltó a la prensa como el mensalão (literalmente «sueldón mensual») entre enero de 2003, cuando asumía el PT, y principios de 2005. Según Jefferson, que admitía no tener ninguna prueba, los beneficiarios fueron legisladores de los aliados partidos Progresista (PP, conservador) y Partido Liberal (PL, derecha, el del vicepresidente). Él mismo, como miembro del Partido Trabalhista Brasileiro (PTB), declaró haber recibido dinero del PT para financiar su campaña en el marco de la alianza interpartidaria.
El problema es que toda esa información la sacó a la luz luego de haber sido denunciado por la revista Veja en el marco de una denuncia de irregularidades en el Correo que lo involucraban directamente. Ya Jefferson había estado en el centro de los debates algunos años antes, cuando era la única espada que en el Congreso defendía a Fernando Collor de Melo en el juicio por corrupción que finalmente lo obligó a renunciar.
El caso es que Jefferson –como diría Amado– «prendió el ventilador» para defenderse del caso del Correo y acusó a Dirceu, al presidente del PT, José Genoino, y al tesorero Delúbio Soares de haber pergeñado un esquema de corrupción del que juró que el presidente Lula no tenía conocimiento.
El caso ponía en el tapete el sistema que amañó la dictadura y por el cual, resalta Romero, ningún partido puede tener mayoría parlamentaria, lo que obliga a una permanente negociación. Se lo conoce como sistema de preferencias. «Hay una doble elección: un candidato adhiere a un partido pero junta votos de manera personal. Se trata de una lista no bloqueada o plurinominal», aclara. Eso personaliza la elección y hace que la negociación sea no sólo con la oposición sino también hacia adentro del propio partido. Cada diputado tiene su base territorial a la que necesita rendir cuentas logrando dinero para obra pública o incluso para conseguir cargos a los adherentes.
Por otro lado, tienen más representación regiones con menos población a expensas de los distritos más populosos. Lo que hace que Recife tenga en comparación más representantes que San Pablo. Y no es mal visto que un dirigente pase de bando por cuestiones momentáneas. «No es raro que un diputado entre por un partido, se pase a otro en medio de una negociación clave y luego vuelva al partido original». De tal modo que cada decisión a nivel parlamentario se tiene que dar con los bloques pero también con dirigentes que tienen peso territorial.
Es así que prendió la denuncia contra el PT, acusado de haber «comprado» votos de congresistas para que le aprobaran las leyes que el gobierno necesitaba.
El problema es que no había nada que vinculara a los condenados con el llamado mensalão, más allá de que el partido pudiera haber girado fondos para la campaña de sus aliados, como señala el fallo del Tribunal, que por 6 votos a 2 consideró que Dirceu «comandó la actuación» de los operadores de un procedimiento de financiación ilegal que desvió dineros públicos para «comprar apoyos» en el Congreso a través de transferencias irregulares a dirigentes de partidos aliados.
Curiosamente el presidente del Supremo Tribunal Federal (STF), la Corte Brasileña, se descargó en un veredicto contra el sistema político en general. Así, tras condenar a los reos (a los tres se suman dirigentes y algún empresario que habría actuado de intermediario) descargó sus críticas al «modelo de gobierno de coalición» del que dijo que sólo debería existir en los períodos preelectorales. «El sentido de las alianzas es su transitoriedad», dijo Ayres Britto. «Cada partido goza de autonomía política, administrativa y financiera en gran medida. Tiene una identidad ideológica o político-filosófica que se pone en suspenso para formar alianzas en el período electoral». Una vez terminado este período, considera, «son sustituidas por alianzas tópicas, puntuales, episódicas, para la aprobación de proyectos específicos». Luego critica lo que llamó alianzas ad aeternum, «que implican un condicionamiento material a la hora de las votaciones».
Pruebas elásticas
Para agregar algo más de leña al fuego, el jurista brasileño Fábio Konder Comparato, sostiene que se le agregó una P al viejo terceto de tradicionales condenados en Brasil. Antes, ironiza, sólo eran encarcelados pretos (negros), pobres y prostitutas. Ahora se le agregaron políticos. Y cuestiona que la justicia no avance sobre otros delitos que en el marco de las instituciones de ese país se han cometido y se cometen, pero que atañen a partidos de la derecha.
Breno Altman, director del sitio Opera Mundi y de la revista Samuel, centró su análisis en el tratamiento de la prensa de temas que ensucian a personajes de la envergadura de Dirceu y golpean tan de cerca a Lula. El dato que apunta Altman es la forma en que los medios mostraron a los jueces del STF de acuerdo con el voto que fueron deslizando, ya que no emiten sentencia en conjunto.
El magistrado que ofició de relator, Joaquim Barbosa, y el revisor, Ricardo Lewandowski, son dos caras de una misma moneda. El primero, que encontró culpables de corrupción activa a los acusados a pesar de reconocer la falta de pruebas, es un héroe mediático que destacan como «la estrella, el negro que habla alemán, el mineiro que baila forró, o el juez que ama la historia y los trajes de Los Angeles y París». Lewandowski, en cambio, fue acusado de parcialidad y se lo ubica al borde de la venalidad por haber absuelto a Dirceu luego de haber registrado que no se probó una acción específica de su parte en el delito que se le asigna.
Otros jueces como Gilmar Mendes, en la visión de Altman, trasuntaron en sus dictámenes «revanchismo contra el PT», mientras que del ministro Marco Aurélio de Mello se limita a observar que «es el mismo que había dicho que el golpe de 1964 fue un mal necesario». Los demás, acota, hablaron de dignidad pero sin apelar a la presunción de inocencia, al punto que la ministra del STF, Rosa Weber, proclamó que la «elasticidad de las pruebas» permite condenar sin ningún problema.
Revista Acción, 1 de Noviembre de 2012
por Alberto López Girondo | Oct 15, 2012 | Sin categoría
China es noticia en estas semanas por varias causas. Tal vez la principal sea que a medida que avanza la crisis económica mundial se muestra como el faro del crecimiento al que apuntan los líderes mundiales. No es casualidad que los mandatarios europeos vayan desfilando regularmente por Beijing en busca de apoyo financiero para hacer negocios o simplemente para dar señales a los mercados, que toman en cuenta las variables del gigante asiático antes de elaborar cualquier evaluación y para tomar decisiones.
MECANIZACIÓN. El gobierno impulsa la tecnificación del campo.
En estos meses, y en medio del escándalo que sepultó a uno de los más firmes sucesores de la actual dirigencia china, como es el caso de Bo Xilai –condenado él por corrupción y su esposa por asesinato– mucha tinta va a correr con relación al cambio de la cúpula partidaria en noviembre, que en marzo de 2013 implicará la renovación del Ejecutivo con el recambio del presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao, que finalizan sus 10 años de mandato.
Lo que no se modificará en la próxima gestión es sin dudas el lineamiento general de la economía y las metas establecidas en el 12º Plan Quinquenal, que comenzó a implementarse en 2011. En ese programa económico se establece como uno de los pilares del período alcanzar la autosuficiencia en materia alimentaria. En tal sentido, según explicó el subdirector general de Cooperación Internacional del Ministerio de Agricultura chino, Xie Jianmin, a un grupo de periodistas latinoamericanos invitados a conocer los avances en la materia del país a fines de agosto, casi al término del verano boreal, esperan en un par de años cubrir el 95% de la demanda interna de granos.
Una mala noticia para muchos países sudamericanos que –como en el caso argentino– tienen a China como uno de los principales destinos de sus exportaciones agrícolas. Basta para mostrar la situación con decir que el comercio chino-latinoamericano en ese rubro ya suma 40.000 millones de dólares al año y la perspectiva para 2013 no es menor, ya que representará el 10% del intercambio total entre los dos polos de desarrollo mundial en que se han convertido Asia y América Latina.
Misterio y apertura
Aún hoy, China aparece como un pueblo misterioso para los occidentales, que normalmente se asientan en tradiciones grecolatinas para explicar el nacimiento de su cultura. China tiene escritura desde hace unos 4.000 años y pierde sus orígenes en los abismos de la historia. Eso hace que la República Popular China de estos días hunda parte de sus tradiciones en Confucio, aquel filósofo y maestro de doctrina que vivió en el siglo V antes de Cristo y que nutre gran parte de las certidumbres en que se basa el ideario que esa sociedad tiene sobre sí misma. El otro pilar es Mao Zedong, el líder de la revolución comunista que en 1949 creó lo que llaman la Nueva China. Mao es la figura dominante en todos los documentos oficiales, es la representación del país y es la imagen de todos los billetes de la moneda oficial, el yuan.
Mao, hace exactamente 40 años, dio un imprevisible paso con su acercamiento a Estados Unidos, que selló con una histórica visita del entonces presidente Richard Nixon, obligado a renunciar dos años después por el escándalo de Watergate. Como sea, desde aquella visita China fue acercando posiciones con la potencia norteamericana, hasta que a la muerte de Mao, en 1976, y luego de un período de turbulencias, se asentó en el gobierno una cúpula partidaria que, de la mano de Deng Xiaoping, incorporó la economía china al libre mercado.
Y en efecto, desde la llamada Apertura de 1979, China fue incorporando los principales postulados del capitalismo y logró un desarrollo impactante que la han llevado a ser ya la segunda potencia económica del planeta con la expectativa de superar el volumen del PBI de Estados Unidos para 2020.
En el campo, que fue el sostén de la revolución en sus inicios, los chinos siempre tuvieron un problema difícil de resolver, aun con la reforma agraria que siguió a la revolución. Con la apertura también vendrían tiempos de cambio para el modelo agrario chino. Si bien la propiedad de la tierra es colectiva, la nueva legislación prevé que cada agricultor tenga el derecho de gestión sobre un terreno asignado mediante el llamado Contrato de Responsabilidad Familiar, con una retribución en función de los rendimientos. Este contrato puede ser transferido en una eventual herencia, pero también permite la asociación de agricultores para conformar sociedades o cooperativas. Lo que no pueden hacer es vender la propiedad definitiva de la tierra.
Un bien escaso
Es que la tierra en un país que ya tiene casi 1.400 millones de habitantes es un verdadero problema. Las cifras oficiales machacan –como para que a nadie se le olvide– que China tiene el 21% de la población mundial pero apenas el 9% de la superficie cultivable. Son, actualmente, 121 millones de hectáreas, lo que deja 0,092 hectáreas per cápita, el 40% del promedio mundial. Para complicar aún más las cosas, como toda sociedad que se precie de incentivar el desarrollo, la población tiende a querer mudarse a las ciudades en busca de otros horizontes. El dato es que unos 20 millones de personas se incorporan a la vida urbana cada año, aun a pesar de que todavía existe lo que se llama el «hukou» o registro civil, una legislación tradicional en el Oriente Extremo que limita los movimientos de la población, ya que los emigrantes en las ciudades resignan algunos de sus derechos de educación y hospitalización gratuitos.
Es la urbanización más acelerada en la historia del hombre, que ubica ya a la mitad de la población china viviendo en centros urbanos. Lo que obliga a construir nuevas ciudades y a desarrollar carreteras y parques industriales, y de este modo se van suprimiendo áreas cultivables en forma constante. Se calcula que por esta razón se van perdiendo 200.000 hectáreas anuales de tierras productivas.
El gobierno, a la vez que impulsa la creación de colosales emprendimientos inmobiliarios para que la mudanza no sea además un problema medioambiental, hace lo posible para retener a los pobladores en sus campos. Así, mientras viene eliminando otra tradición milenaria como la de los impuestos agrarios, genera el desarrollo tecnológico en la producción y mejora los ingresos de los campesinos. Por un lado, la Academia de Ciencias Agrarias desarrolla investigación en todas las áreas de incumbencia, desde la producción de granos, la ganadería y la pesca. Tiene incluso un Instituto de la Batata, sin ir más lejos.
De este modo, en las zonas más deprimidas, según los datos oficiales, los campesinos han pasado de ingresos por 1.275 yuanes (unos 200 dólares) en 2001 a 3.270 yuanes (515 dólares) en 2011, mientras que un ganadero puede sobrepasar incluso los 10.000 yuanes (unos 1.575 dólares). La pobreza , de acuerdo con las mismas estadísticas, bajó en las zonas agrícolas de poco más de 94 millones de personas en 2000 a 27 millones en 2010.
Pero como la mecanización es un fenómeno indetenible, y en vista de los rendimientos que necesitan para cubrir su cada vez más explosiva demanda interna, los agricultores van construyendo cooperativas de producción, que normalmente trabajan con cooperativas de conductores de las maquinarias. En muchos de esos emprendimientos el Estado es el tercer socio, con su aporte en tecnología e investigación a través de laboratorios diseminados a lo largo y ancho del territorio. En todo el país hay 521.770 cooperativas conformadas por 41 millones de familias. Las unidades de gestión organizadas abarcan, a su vez, a 110 millones de familias.
Gengis Khan
Otro rubro en el que China aspira a crecer es en la ganadería. La invitación a los periodistas latinoamericanos incluía un recorrido por las legendarias praderas de Gengis Khan, el conquistador mongol que unió pueblos nómades en el norte de China hasta ocupar gran parte de Asia entre 1170 y 1220. Allí, entre la región de Manchuria y la provincia autónoma de Mongolia Interior, los descendientes de aquellos pueblos guerreros aún viven en carpas tradicionales, las yurtas, o construyen sus viviendas de ese formato circular pintadas de blanco con arabescos azules que les vienen de sus ancestros. Muchos van sumando a sus explotaciones de ovejas la incorporación de vacas lecheras y la creación de tambos con las más modernas maquinarias. Se extiende también en esta región la conformación de cooperativas, lo que les facilita el acceso a créditos y racionaliza costos. El Estado también suele ser una de las patas de las sociedades.
Pero la producción y el consumo de lácteos todavía es incipiente en un país que no tenías estos productos como una parte esencial de su alimentación. Así lo explicaban en una de las plantas elaboradoras de leche de la provincia de Heilongjiang, Wondersun, un emprendimiento que une capitales privados de Taiwán y un 66% en manos estatales y que tiene cerca de 20 plantas en toda China. «Nuestro mercado –decía uno de los directivos– , tiene todo para crecer: en China se consumen 17 litros de leche y derivados por persona por año contra 200 de Europa».
Pero para crecer, sin embargo, deberán cambiar la imagen que quedó en el mercado tanto local como exterior luego de un sonado caso de contaminación masiva con leche para bebés. El incidente se remonta a 2008, murieron 5 bebés y fueron internados de gravedad cientos de miles en todo el país luego de haber consumido leche con un agregado mortal de melanina, un producto rico en nitrógeno que se usa en la industria maderera y que puede servir para «disfrazar» la dilución de la leche. Uno de los empresarios detenidos dijo que la había agregado para disimular el olor de la leche vacuna y aumentar su contenido en proteínas.
El hecho reveló una ineficaz tarea de inspección, pero también puso a prueba la capacidad de las autoridades para enfrentar situaciones límite. Porque en los primeros días los responsables de los distintos distritos involucrados esquivaron las respuestas, lo que generó la ira de muchos sectores de la sociedad. Había por lo menos 69 marcas de 22 compañías chinas diferentes involucradas en el caso pero el daño fue para la industria en su conjunto.
Los empresarios y las autoridades gubernamentales están seguros de haber aprendido la lección. Por eso abrieron sus puertas a la prensa occidental en un intento conjunto por mostrar no sólo sus logros tecnológicos sino las nuevas reglas de seguridad de sus plantas, que incluyen la certificación de la Organización Internacional de Normalización (ISO) que establece y verifica la gestión continua de calidad en todos los procesos industriales.
Revista Acción, 15 de Octubre de 2012
por Alberto López Girondo | Oct 1, 2012 | Sin categoría
Por eso ahora, su hijo, Miguel Ángel Asturias Amado, lamenta lo poco que se recuerda al autor de La trilogía bananera. Sobre todo en Argentina, el país donde publicó su obra, donde vivió con intermitencias desde 1948
Fue hace 45 años y el galardón no era solo para él, sino que era un Nobel de Literatura al Boom Latinoamericano, esa explosión de voces, aromas y colores que inundó las bibliotecas del mundo en los años ’60. Después de todo, Miguel Ángel Asturias Rosales (1899-1974) había estado en los orígenes de ese movimiento y había desmenuzado como nadie el realismo mágico de estas tierras.
hasta 1962 y donde completó su universo literario desde una casa en una isla del Tigre, sobre el río Sarmiento, que llamó Shangri-la. El refugio en el que se sumía los fines de semana con su esposa argentina Blanca Mora y Araujo. De Buenos Aires se fue cuando los militares derrocaron a Arturo Frondizi. Lo habían detenido junto con una camada de intelectuales «peligrosos» para el régimen. Cuando salió en libertad no quiso repetir los avatares sufridos con la caída de Jacobo Arbenz. Su hijo es un argentino más, aunque guarda como un tesoro la memoria del laureado novelista y su amor por Guatemala. La polémica con otro Asturias, Rodrigo, líder del grupo guerrillero Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) –quien usó el nom de guerre «Comandante Gaspar Ilom», como uno de los personajes de otra novela, Hombres de maíz, y fue uno de los negociadores de los acuerdos de paz de Guatemala en 1996– es otro capítulo de esta verdadera muestra de las contradicciones latinoamericanas. De todo esto habló Asturias Amado con Tiempo Argentino durante más de una hora y media en su departamento cercano a la cancha de River. Decorado con obras originales de dos amigos del escritor: un cuadro de Juan Carlos Castagnino y un collage de Rafael Alberti. «Mi padre venía de una familia de clase media guatemalteca, religiosa y tradicional. Digo esto para marcar que no provenía de un hogar pobre.» Se apura Asturias Amado. Todo para contar que la joven Asturias pudo ir a la universidad. «Hizo medio año de Medicina y se metió en Abogacía.» Luego describirá esta etapa en Viernes de dolores, «una referencia al viernes anterior al Viernes Santo, cuando los estudiantes salían por las calles a manifestarse contra la dictadura de entonces. Iban todos disfrazados y ahí nace una canción de protesta que se llama ‘La Chalana’ y de la que mi padre había sido coautor y que todavía se sigue cantando».–¿Podría decirse que fue allí que comenzó su relación con las letras?–Mi padre hace su tesis sobre el problema social del indio, muy cuestionada luego porque, a la usanza de lo que se planteaba entonces, ve como solución el cruce del indígena con el europeo.–¿Proponía una mixtura social?–Un cruce entre la raza indígena-guatemalteca-maya y otras razas europeas. En la Guatemala de ese entonces estaban muy de moda ese tipo de teorías. Incluso los liberales de izquierda, con influencia del mexicano Benito Juárez, planteaban también ese tipo de cosas. Pero mi padre se recibe, empieza a ejercer la abogacía y mi abuelo, pensando que podía correr problemas, lo manda para Inglaterra con un amigo de él. Terminó en París, donde encontró un medio intelectual muy abierto. Y ahí mismo comienza a estudiar las mitologías mayas en la Universidad de La Sorbona y luego traduce del francés al castellano el Popol Vuh, el libro sagrado maya. En París conoce a Rafael Alberti y Pablo Neruda. Cada escritor se había propuesto contar lo que pasaba en su país y él habla de lo que pasaba con la dictadura de Manuel Estrada Cabrera. Así nace El señor presidente, su obra más famosa. Luego publica Leyendas de Guatemala, con prólogo de Paul Valéry. Cuando la dictadura cae, él vuelve a Guatemala, donde se casa, nace mi hermano Rodrigo y después yo. –Allí es cuando comienza a participar en política.–Con el triunfo de la revolución de 1944 hay elecciones libres por primera vez, y mi papá es nombrado agregado cultural de la embajada en México. Pero viene la separación con mi madre y él va a Buenos Aires en 1948, también como agregado cultural. Aquí la conoció a Evita y al poeta Oliverio Girondo, y consigue que la editorial Losada le publique El señor presidente.–Con lo que comenzó su gran repercusión como escritor…-Sí, ese libro fue un éxito. En el año 1953, le dan el premio al mejor libro editado en francés y se va a la embajada guatemalteca en Francia. Era un momento muy importante en América Latina, porque Jacobo Arbenz gana las elecciones.–El Che Guevara estaba allí entonces.–Exactamente. El caso es que Don Jacobo nombra a mi padre embajador en El Salvador, porque quería poner gente de confianza en los países limítrofes para evitar una posible invasión a Guatemala. Pero no lo pudieron evitar. Mi padre estaba muy triste, nunca se imaginó que Estados Unidos iba a entrar como lo hizo, bombardeando al pueblo. Lo que más se le criticó a Don Jacobo es que no repartió las armas, los indígenas se defendieron con machetes. Su caída significó una cantidad enorme de exiliados políticos y, a partir de ahí, comienza el sufrimiento de Guatemala, que se profundiza con 30 años de una guerra civil terriblemente violenta, con miles de muertos, ciudades y pueblos destrozados, que se terminó con la firma de la paz que desgraciadamente no trajo resultados. Poca gente conoce la Revolución Guatemalteca y la posterior guerra civil, conocen bastante más la de Nicaragua y la de El Salvador.–¿Cómo fue la situación de su padre después de caído Arbenz?–Primero se queda en El Salvador y luego hizo un viaje por Europa con un «pasaporte de no argentino», que el país le da a personas que no tienen un país de origen y Argentina se responsabiliza por ellos. Finalmente, regresa a Buenos Aires y se integra mucho más, junto con otros escritores sudamericanos.–Formaba parte de un sector más bien antiperonista.–Perón fue un tema muy delicado para el guatemalteco. Cuando cae Arbenz, una de las embajadas donde más gente se refugió, además de la mexicana, fue la argentina. El Che, por ejemplo, fue a la embajada mexicana y por eso termina en México, donde conoce a Fidel Castro. Perón manda dos aviones a buscar a los que se habían refugiado en la embajada argentina. Pero muchos eran del Partido Comunista, y en una redada contra comunistas en Argentina, agarraron a un guatemalteco. Entonces, Perón ordenó que se metiera a todos los exiliados en la cárcel. Hay que tener en cuenta que el PC argentino estaba dentro de la Unión Democrática y era un furibundo opositor al peronismo. En la Conferencia de Caracas de la OEA, (el preámbulo de la invasión) todos votan en contra de Guatemala, menos tres que se abstienen, México, Argentina con Perón y Bolivia con el primer Paz Estenssoro. Hace unos días fui a conocer la Casa Rosada y entré al Salón de los Patriotas Latinoamericanos y me llenó de alegría ver que estaba Jacobo Arbenz.–¿Qué ideología tenía su padre?–Era un tipo de izquierda no partidario. Después de la caída de Arbenz es totalmente coherente con su posición de izquierda. Apoya a Cuba, denuncia permanentemente lo que pasaba en Guatemala y en el resto de América Latina. La Argentina es el país donde mi padre escribió y publicó la mayoría de su obra, tenía su casa en el Tigre, que la sigue manteniendo la familia de su última mujer. Amaba Argentina. Sus tres países fueron: Guatemala, por ser su país de origen; Francia, porque París fue su lugar de formación; y Argentina, donde estuvo hasta el año ’62. Vivía en Libertador y Basabilbaso. Estaba cerca de la zona de librerías, de la avenida Corrientes, vivía a dos cuadras de lo de su amigo Girondo, y estaba cerca del tren que lo llevaba al Tigre.–Borges también vivía por ahí…–Pero no se frecuentaban. Una vez Borges, en un congreso, no quiso subir al ascensor porque estaba el «comunista» Asturias. Cuando, después de ganar el Premio Nobel, le preguntaron a mi papá qué opinaba de Borges, dijo: «No voy a hablar de los vencidos».–¿Por qué se va de Argentina?–Se va cuando cae Frondizi, porque lo meten preso. Frondizi cae porque Framini ganó la elección en la provincia de Buenos Aires. La noche del golpe de Estado, los militares se llevan presos a todos los intelectuales de izquierda y los meten en un barco. Muchos de ellos eran habituales de mi casa. La razzia estuvo a cargo de un general Túrolo, al que (Ernesto) Sábato le pide en una carta que libere a mi papá y le dice: «En el futuro no van a hablar de quién lo llevó preso a Asturias sino de que Asturias estuvo preso en Argentina.» Cuando mi papá sale de prisión, ya no le da confianza vivir en la Argentina. Había tenido mucha participación en la famosa Conferencia de la OEA de Punta del Este, a la que va el Che Guevera. Mi padre fue el presidente de la conferencia paralela que se hace apoyando a Cuba. Mi padre conocía al Che, había ido a Cuba tres veces. Yo ya estaba en segundo año de Ingeniería y decidí quedarme. Mi padre salió sin rumbo fijo. Comenzó a vivir de charlas en universidades, muy al límite de las cosas, por supuesto. En 1966, un 1 de mayo, estando en Génova, sale a comprar el diario y se entera de que le dieron el Premio Lenin de la Paz en la Unión Soviética. Eso era algo de plata y una condecoración importante. En ese mismo tiempo triunfa en Guatemala lo que se llamó el tercer gobierno de la revolución, un amigo de la familia nuestra, Julio César Méndez Montenegro, y lo nombra embajador en París. Es otra de las grandes controversias, pero antes de aceptar habló con los grupos de izquierda y, desde París, él les dio pasaporte a todos los que estaban por allí estudiando o trabajando y que habían sido expulsados por los gobiernos militares y entonces no tenían documentación. Pero la guerra civil seguía.–O sea que chocaba con la guerrilla del hijo. ¿Cómo se vivió eso en la familia?–Nosotros no sabíamos nada de Rodrigo, él nunca nos involucró, no había correspondencia. Rodrigo vivió muy mal, mi hermano sufrió mucho, daban plata por su cabeza. Sé que sufrió mucho la aceptación de la embajada (ver aparte). Pero a continuación vino el premio Nobel de Literatura. Que no se lo dan por un libro sino que la Academia Sueca habla de que el Boom Latinoamericano ha sido muy impactante en el mundo y dice que el principal representante de ese boom era Miguel Ángel Asturias –El premio no era a él.–No, el premio era al Boom Latinoamericano y al máximo representante. Lo que a mí me duele es que en ningún momento, cuando se habla del Boom, lo nombran a él. En la época de los militares estaba prohibido hablar de él y yo sé que es complicado como escritor, que es difícil leerlo. Pero que no se diga una palabra…–¿Se lo respeta en Guatemala?–No, allá sigue la misma disyuntiva de que es un escritor comunista no querido y no le dan el valor que tiene. La obra de mi padre ahí está escrita, su acción de vida fue importante, activó mucho políticamente y se comprometió bastante, con sus errores, que los tuvo, pero nunca claudicó, nunca traicionó la causa de la revolución guatemalteca. Inclusive, lo hablamos con mi hermano luego de que se firmara la paz. Yo le pregunté qué pensaba de nuestro padre y me dijo que a esta altura lo entendía. Que entendía lo que debía haber sufrido mi papá cuando él estaba en la guerrilla. Había muchas muertes en Guatemala y él pensaba que no iba a poder hacer nada desde la guerrilla. «Embajada y guerrilla–¿Cómo fue ser hijo de Miguel Ángel Asturias?–Un gran orgullo, con ventajas y desventajas o cosas tristes. No lo pude gozar como padre, porque no estuvo a mi lado en circunstancias clave de mi vida. Como todo creador, era egoísta, un trotamundos total, y eso se sufre. Pero es un gran orgullo. Me enseñó la humildad, al no haberme mezclado en la parte pública de su vida. Y además, me enseñó el amor a Guatemala.–¿Volvió a Guatemala?–Mientras vivió mi padre no, y mientras mi hermano estuvo en la guerra tampoco. Volví cuando mi madre se enfermó y volví a internarla y a esperar su muerte. Tenía miedo de la dictadura, por portación de apellido. Pero no por Gaspar, porque cuando se firma la paz, los militares mismos dijeron «¿cómo no nos dimos cuenta de que era el hijo de Asturias?». Porque cuando comenzaron las negociaciones se presentaban con nombres de guerra y documentos reales, y allí lo descubrieron. Otro gran orgullo es ser hermano de Rodrigo.–¿Cuál fue el rol de su hermano, Rodrigo Asturias, en los años de la guerra civil en Guatemala?–Él había estudiado en La Plata y cuando volvió a Guatemala se convirtió en uno de los dirigentes más importantes de la guerrilla. Se puso como nombre de guerra Gaspar Ilon, un personaje de mi padre, que en uno de sus libros libera a toda Guatemala. Mi hermano fue parte de todo el proceso que culminó en la firma de la paz. La organización que lideró tenía una base indígena y fue de las guerrillas más importantes en los ’80. Murió hace siete años de un infarto. Fue candidato a presidente, no tuvo éxito en la parte democrática. Creo que la firma de la paz no ha sido positiva para la revolución guatemalteca. Los problemas que llevaron a la guerra siguen existiendo. No se resolvieron porque los acuerdos que deberían haberse convertido en leyes nunca se firmaron. Los pueblos siguen explotados 100 por ciento.–¿Cómo vivieron el distanciamiento con su padre?–Mi padre era embajador cuando comenzó la guerra. Muchos querían que renunciara y no lo hizo hasta que no terminó el gobierno de Méndez Montenegro. Y yo, como sabía que no era un traidor, le pregunté qué pasaba, teniendo en cuenta la situación de mi hermano. Él me dijo que Montenegro era amigo, que se había jugado por él para que lo nombraran, que le parecía incorrecto que ahora que había ganado el Premio Lenin y el Nobel le diera un portazo. Desde el punto de vista político, un absurdo, pero desde el punto de vista humano es lógico.
Tiempo Argentino, 1 de Octubre de 2012
por Alberto López Girondo | Sep 1, 2012 | Sin categoría
La elección del compañero de fórmula del republicano Mitt Romney es toda una definición sobre el cariz de este final de campaña para los comicios nacionales de noviembre, en los que el presidente Barack Obama se juega por la reelección. Ex gobernador de Massachusetts, Romney –que hizo su fortuna con fondos de inversión y no muestra demasiada claridad en sus cuentas fiscales–, eligió como aspirante a vice a un católico de 42 años de Wisconsin, Paul Ryan, experto en recortes presupuestarios.
Los estadounidenses que votan –que usualmente no llegan a ser ni la mitad de los ciudadanos habilitados para hacerlo, en un universo de por sí restringido por impedimentos legales a grandes porcentajes de la población– deberán elegir presidente y definir de ese modo el rumbo que seguirá el país en los próximos 4 años. El actual ocupante de la Casa Blanca, Barack Obama, va por un nuevo mandato en un marco particularmente hostil, dominado por la profunda crisis económica que afecta al país del norte desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008. A su favor puede mostrar la aprobación de la reforma a la ley de salud, recientemente avalada por la Corte. En la columna del debe, no faltan quienes señalan como su principal promesa incumplida, no haber desmantelado la base militar de Guantánamo. Otras críticas se focalizan en que no pudo cambiar el rumbo decadente de la economía ni reducir el índice de desempleo a menos del 8%.
«Hemos creado 4,5 millones de nuevos puestos de trabajo en los últimos 29 meses y 1,1 millón de empleos nuevos este año», se justificó a principios de agosto el presidente para admitir a continuación que «aún hay muchos compañeros allí afuera que están buscando trabajo».
Manos de tijera
Pero muchos de esos «compañeros», curiosamente, se inclinan por supuestas soluciones cada día más afines al discurso de la derecha, un dato no menor que se refleja en el candidato elegido por los republicanos y también en quien lo secunda en la oferta electoral. Porque Ryan, joven, atlético y de ojos azules, es el niño mimado del mayor grupo de presión dentro del partido conservador, los ultramontanos del Tea Party, quienes se encargaron de bloquear todo intento progresista de Obama. Del compañero de fórmula de Romney admiran especialmente su apego por las tijeras como único modo de resolver la crisis que envuelve al país, pero sobre todo por el lugar hacia adonde apunta el filo: los planes sociales.
A finales de junio, la Corte Suprema convalidó la constitucionalidad de la única modificación fuerte que hizo Obama desde que, pleno de expectativas, llegó a Washington en los albores de 2009: la reforma del sistema de salud. Una retahíla de gobernadores republicanos y fundaciones neoconservadoras habían presentado demandas contra la reforma sanitaria porque entendían que alteraba un principio básico de la Constitución como es el de la libertad individual. Es que la ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, según su denominación técnica, penaliza a quien no tenga un seguro de salud, ya sea personal o estatal, es decir, lo obliga a estar cubierto.
El espaldarazo judicial a la ley fue aprobado con el voto positivo de cinco magistrados contra cuatro. Sonó a triunfo rotundo, pero poco duró el envión y las encuestas reflejaron que no cambiaba demasiado el humor de los votantes de cara a noviembre.
«La reforma del sistema de salud, que para estándares europeos es una medida tímida, para los Estados Unidos es lo más cerca que estuvieron de una experiencia revolucionaria en los últimos años», acota Gabriel Puricelli, presidente del Laboratorio de Políticas Públicas y uno de los pocos invitados argentinos a la Convención Demócrata, la ceremonia donde formalmente es ungido el candidato a la presidencia por el partido, que este año se desarrolla en el edificio Time Warner Cable Arena de Charlotte, Carolina del Norte. Efectivamente, como señala este especialista en el entramado político estadounidense, el proyecto fue presentado con pompa y circunstancia ni bien Obama se asentó en su despacho, pero encontró rechazo incluso entre muchos legisladores demócratas y tuvo que negociar a la baja la mayoría de sus artículos.
«Esta es realmente una gran victoria para nosotros, a pesar de todas las dudas que me genera esta ley», festejó Michael Moore, el cineasta que con su documental SickO alertó sobre la inhumanidad que subyace en el sistema sanitario que en los 70 impuso Richard Nixon.
Sin embargo, no es sólo por razones ideológicas que esta apocada ley está en el centro del debate de la campaña. Una de las explicaciones de las resistencias de la derecha a la tímida reforma de Obama, según el sociólogo estadounidense James Petras, es que el poder real de su país defiende una clara política de recorte a los programas sociales para solventar el aparato represivo, con énfasis en «contratistas (mercenarios) policiales y militares privados y operaciones clandestinas en todo el mundo».
Petras viene advirtiendo en los últimos años –desde los 90, pero particularmente luego de los atentados a las Torres Gemelas– acerca de un notable crecimiento de lo que llama el «Estado policial», con la creación vertiginosa de agencias, organismos y departamentos de vigilancia y control sobre millones de personas que en forma totalmente secreta son catalogados como virtualmente peligrosos para las instituciones estadounidenses. Petras pone en la misma bolsa a todos los gobiernos, desde George Bush padre hasta Obama y aporta datos para demostrarlo. «El presupuesto militar pasó de 359.000 millones de dólares en 2000 a 544.000 millones en 2004 y 903.000 millones en 2012», recalca el docente universitario y autor de decenas de libros donde desnuda el sistema imperial de su país.
Pablo Pozzi es otro conocedor de lo que ocurre al norte del Río Bravo. Titular de la cátedra Historia de los Estados Unidos en la Universidad de Buenos Aires, pone el dedo en la llaga de Guantánamo, como ejemplo de lo que Obama prometió, que podría haber hecho «en los primeros cien días de gobierno y no hizo» y representa un punto débil ante su electorado de centroizquierda.
«Votantes de las grandes ciudades, jóvenes que no son evangélicos, liberales y sectores progresistas, son muy críticos de la política exterior de Obama, ellos esperaban más. Esperaban efectivamente que Guantánamo se cerrara, que se volviera al Estado de Derecho, que se pusiera fin a la Patriot Act (ley que con la excusa de combatir el terrorismo avanza sobre las libertades individuales), que hubiera algún tipo de propuesta más coherente y más inmediata de retirada de Irak y Afganistán».
La guerra y la paz
«¿Es una masa importante de gente la que piensa como esos sectores progresistas?», pregunta Acción. «Es gente relativamente influyente, personas que en Nueva York manejan medios de comunicación y poder económico», dice Pozzi.
En coincidencia, Puricelli destaca que en este punto el presidente se quedó a mitad de camino, porque «el cierre de Guantánamo era totalmente consistente con el retiro anticipado de Irak. No cerrar Guantánamo tiene costos para Obama. Hay un sector de la izquierda del partido demócrata, particularmente de la sociedad civil, de la academia, que se movilizó muy fuertemente en su primera campaña y que priorizaba el cierre de Guantánamo. A nivel simbólico lo veía casi como más importante que retirarse de Irak, porque Guantánamo daña la legitimidad internacional de los Estados Unidos y es absolutamente contrario a los mejores principios constitucionales a los que adhiere la izquierda realmente existente de los Estados Unidos».
El cineasta Moore representa a ese sector y ni bien la Academia Sueca la otorgó a Obama en 2009 un sorpresivo Premio Nobel, le escribió una carta personal a Obama en la que le dijo: «Usted está realmente en una encrucijada. Puede escuchar a los generales y expandir la guerra (sólo para dar lugar a una previsible derrota) o puede declarar terminadas las guerras de Bush y traer todas las tropas a casa, ahora. Eso es lo que un verdadero hombre de paz haría. No hay nada malo en que usted haga lo que el último tipo no pudo hacer –la captura del hombre o los hombres responsables de los asesinatos en masa de 3.000 personas el 11 de setiembre–. Pero no puede hacerlo con tanques y tropas».
Que no iba a cumplir con lo que se espera de un Nobel de la Paz ya lo habían advertido otros intelectuales de Estados Unidos. El lingüista y docente del MIT, Noam Chomsky, desconfiaba incluso desde antes, de cuando ganó la interna demócrata. Pero fue más duro en una reciente entrevista con Democracy now, el programa de Amy Goodman. «Si a la administración Bush no le gustaba alguien, lo secuestraban y lo enviaban a las cámaras de tortura. Si la administración Obama decide que no le gusta alguien, lo asesinan, por lo que no tiene que tener cámaras de tortura por todas partes». La referencia es clara hacia los asesinatos selectivos y la utilización de drones, los aviones no tripulados que hacen estragos en Pakistán, Afganistán y se extienden ahora a otros países árabes.
¿Quiso Obama hacer algo distinto y no pudo? Según Puricelli, «en su política exterior hay una intención y algunas medidas prácticas para posicionarse de una manera distinta, sobre todo en Oriente Medio y a partir de su discurso en el El Cairo, al principio de su mandato, de jugar un rol muy cauteloso como lo hizo frente a la Primavera Árabe, que ha dado mucho más margen a Arabia Saudita y Catar. Hubo una reorientación de la política exterior con una línea mucho menos intervencionista, de respetar un poco el proceso doméstico de cada país pero, al mismo tiempo, todos los programas que tiene en marcha el Complejo Militar Industrial y el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas han seguido su curso como si no hubiera cambiado el gobierno. Yo creo que con Guantánamo encuentra una correlación de fuerzas que no le permite hacerlo. El retiro de Irak lo hace y Guantánamo no lo hace».
Por eso, lo que Obama pudo exhibir como un triunfo puertas adentro de Estados Unidos, como el homicidio de Osama bin Laden, en mayo de 2011, no alcanzó para levantar el crédito en una gestión que no pudo bajar el índice de desocupación de forma significativa y peor aún, hacer crecer la esperanza respecto a que la economía funcionará mejor con él. La crisis económica pone en riesgo empleos y la esperanza de un futuro para millones de votantes que aceptarían cualquier promesa, según reflejan las encuestas, a pesar de que ya conocen la medicina de la restricción presupuestaria.
Malas influencias
Para Pozzi, «hay una escisión profunda en la sociedad norteamericana, entre los que tienen y los que no tienen; evangélicos y no evangélicos; grandes ciudades y ciudades del interior. Hay un corrimiento de la sociedad hacia la derecha que explica el ascenso de Romney. Y es una cantidad de gente muy grande de jóvenes seducidos por las tendencias evangélicas o fundamentalistas cristianas, incluyendo a una cantidad de gente pobre o humilde».
Cabría acotar que esa tendencia no comienza con el actual mandatario. Y que incluso Obama es consciente del laberinto en que está metido. «El resultado concreto de su administración ha sido una política centrista si somos buenos, y de ciertos corrimientos hacia la derecha si somos malos. O sea, él se para y dice que él personalmente está a favor del matrimonio igualitario para captar el voto de la comunidad gay que es muy importante, pero al mismo tiempo no hace nada al respecto», señala Pozzi, que se autodefine como único historiador de Estados Unidos en la Argentina.
Resulta relevante, por cierto, la influencia de fundamentalistas como el movimiento Tea Party y los sectores ultrarreligiosos que no sólo condicionan al conservadurismo más retrógrado dentro de la sociedad, sino al propio seno de los dos partidos con chances de ganar las elecciones. Inserción manifiesta, como es obvio, entre los republicanos, que en las primarias eligieron entre Rick Santorum, un católico antiabortista y antigay, o Mitt Romney, un mormón igualmente antiabortista y antigay, y que ahora logró unir ambas tendencias con el dúo Romney-Ryan. Además, como señala la lúcida Bryce Covert en The Nation, defiende una política que afectará principalmente a las mujeres, porque eliminar los ya escuálidos programas sociales repercutirá en primera instancia en ellas, que son beneficiarias de un 70% de los planes. Habrá que ver entonces si los ojos azules le alcanzan.
Los próximos 4 años
Se supone que un Obama ganador tendría posibilidades de concretar lo que no pudo lograr en su primer mandato, debido a que otros 4 años le permitirían no estar tan pendiente de complacer a un electorado que será necesario para quedarse en el Salón Oval. Pero si en los primeros días de su gestión, cuando tenía todo el viento a favor y el empuje del triunfo electoral, no hizo nada fuera del esquema habitual de los mandatarios estadounidenses, sería poco esperable que haga algo diferente ahora. Y, además, su campaña no cambió los ejes de la anterior de un modo drástico. Pone énfasis, sí, en aumentar impuestos a los ricos, algo que no logró hacer en este período y que le permite justificarse diciendo que la mayoría republicana no dejó resquicio para que fructificaran esas iniciativas. Pero es posible que ese punto se relacione también con que su contrincante en ese sentido está «flojo de papeles» con una fortuna calculada en 250 millones de dólares convenientemente oculta en los pliegues de paraísos en las Islas Caimán.
La cuestión es si llegaran a ganar los republicanos. Para Puricelli, si esto ocurre, «Estados Unidos en vez de jugar este rol de defensor del estímulo frente a la crisis internacional que encarna Obama, se podría correr a la lógica de austeridad de Merkel, suponiendo que Merkel llegara a enero del año que viene si continúa bancando las políticas de austeridad, algo que hoy en día es difícil de prever». Para Pozzi, un triunfo del ex mandatario de Massachusetts implicaría «un retorno a las peores formas de intervencionismo norteamericano de la época de Bush».
Romney mostró algunos de esos rasgos brutalmente imperiales en estos últimos meses. El ex gobernador de Massachusetts alcanzó cierta fama de buen gestor en su momento cuando salvó del desastre las Juegos Olímpicos de Invierno de 2002 realizadas en Salt Lake City, que venían de una serie de escándalos de corrupción en la junta organizadora y pasaron a la historia como las mejor desarrolladas en la historia de ese país. Ese antecedente le sirvió de trampolín para la gobernación de su estado y hace unas semanas para estar como invitado en los juegos de Londres. Pero allí mostró la hilacha: primero cuestionó, como si fuera un ciudadano británico, que justo en el momento en que se llevaba a cabo las Juegos Olímpicos aparecía la información que una empresa de seguridad privada «no tiene suficientes empleados y hay una supuesta huelga de los empleados de inmigración y aduanas, algo que no resulta muy alentador». Para rematar puso en duda el éxito del evento: «Es difícil saber cómo va a acabar saliendo todo». Un puñetazo demoledor en el rostro del conservador David Cameron que le granjeó, además, las pullas más feroces de los diarios sensacionalista de la isla.
En su visita a Israel no fue más diplomático. Se encargó de tranquilizar a los sectores más duros del gobierno de Benjamín Netanyahu con un «hay que emplear todas las medidas posibles para poner fin a la deriva nuclear del régimen iraní». Para luego levantar polvareda al declarar que Jerusalén es la capital de Israel. Un tema controversial en vista del pedido de admisión de Palestina como Estado pleno ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Revista Acción, 1 de Septiembre de 2012
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