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Las luchas por la autonomía

La sorpresa por la presentación de las nuevas camisetas del Barcelona, con la imagen de Messi, Iniesta y Puyol luciendo casi desafiantes la casaca suplente con los colores de la bandera catalana, apareció opacada por los dos atentados que pusieron nuevamente sobre el tapete el problema checheno: las explosiones en el maratón de Boston, que causaron la muerte de tres personas, y la de un coche bomba en la capital de Daguestán, que dejó un saldo de ocho víctimas fatales. En ambos casos sobrevoló el fantasma de grupos separatistas de la república, ex integrante de la URSS que buscan alejar a Chechenia de la influencia de Moscú mediante métodos cruentos. Otra pizca de independentismo sobre vuela Escocia, donde se programó un referendo para el año 2014 con anuencia del primer ministro David Cameron. Los ejemplos son tres de las decenas que pueden computarse con algunas características más o menos comunes: son regiones con una fuerte impronta cultural y lingüística insertas en un marco nacional al que grandes capas de la ciudadanía rechaza en busca de autonomías plenas.
El caso catalán tiene hondas raíces en la historia española. En 2014 se cumplirán 300 años de la Guerra de Sucesión en España, cuando la casa de los Borbones ganó a la austríaca de los Habsburgo el trono madrileño y el 11 de setiembre de 1714 Barcelona cayó en manos de la muy centralista y absolutista casa real de origen francés. La Guerra Civil (1936-1939) encontró nuevamente a Cataluña como uno de los centros de la lucha contra el centralismo, junto con el País Vasco. No por casualidad, los pactos de La Moncloa de 1977, tras la muerte del dictador Francisco Franco y la entronización de otro Borbón, Juan Carlos, consolidaron una monarquía parlamentaria en la que los catalanes y otros pueblos de fuerte nacionalismo como los vascos y los gallegos, pasaron a gozar de una amplia autonomía.
Puede decirse que durante el período de crecimiento de España, tras su ingreso a la Unión Europea y la expansión hacia América Latina de los 90, todo marchaba relativamente bien, salvo las incursiones de ETA, que sin embargo no alcanzaron para hacer temblar el orden establecido, al punto que el año pasado propusieron el fin de la lucha armada para incorporarse a la vida política.
Al estallar la crisis financiera, que en la península golpeó como en ningún otro lado por el modo en que la economía se había basado en la burbuja inmobiliaria, los catalanes comenzaron a desarrollar cada vez con mayor empuje la idea de la independencia. Un poco, porque el centralismo ya no es tan atractivo y otro poco, porque las cuentas reflejan que el aporte de la región a las arcas del país es bastante mayor en términos impositivos que el que reciben como servicios.

El color del dinero
Ciertamente, Cataluña es una de las regiones más prósperas de España y el hecho de formar parte de un colectivo la obliga a colaborar para el desarrollo de otras zonas menos favorecidas. Cosa que en tiempos de vacas gordas tal vez no cuente demasiado, pero cuando el cinturón aprieta resulta irritante para grandes capas de la sociedad. Fue así que el 11 de setiembre de 2012, durante la celebración de la Diada de Cataluña, más de un millón de personas salieron a las calles a pedir por la independencia. Una cifra impresionante si se repara en que la región no tiene mucho más de 7 millones de habitantes. Desde entonces, el independentismo viene creciendo fuerte entre las autoridades –que, bueno es decirlo, son las mismas que antes de la marcha de setiembre en Barcelona– y se promueve un referendo para el año próximo. Madrid tampoco ayuda demasiado y además de mensajes bastante autoritarios del gobierno de Mariano Rajoy, aprobó una ley de educación que limita la enseñanza del idioma catalán en las escuelas públicas que no hizo sino irritar aún más al sentimiento nacional.
El caso escocés tiene otras vertientes pero también hay un contenido económico aparte de cualquier otra consideración cultural. Porque a diferencia de los borbones, la casa real británica otorgó ciertas libertades a sus nacionalidades que, salvo en el caso de los irlandeses, lograron por mucho tiempo calmar ansiedades. Una acción mínima, pero de alto valor simbólico, es que tanto escoceses como galeses e ingleses van con sus propios equipos a los campeonatos mundiales de fútbol y rugby. Así y todo, el descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte a principios de los 80, puso a los escoceses de cara a la posibilidad de pensar un futuro más beneficioso sin tener que compartir la enorme riqueza con el resto del Reino Unido. «Es el petróleo de Escocia» es uno de los eslóganes más contundentes al que recurren los nacionalistas. Lo aplicó el ministro principal escocés, Alex Salmond, para llegar al poder y lo usa aún para negociar con Cameron los términos del referendo que se hará en 2014.

Olor a petróleo
Pero algunos estudios encargados a un grupo de especialistas no son tan optimistas sobre el futuro de Escocia fuera del amparo de la reina Isabel II. Un informe elaborado por un equipo del que formó parte el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz determinó que la secesión es viable, siempre y cuando mantenga como moneda la libra esterlina y no dé el salto al euro en el que pensaban los secesionistas. También el Banco de Inglaterra debería seguir siendo el prestamista de última instancia para ese nuevo país. Entre las propuestas de los expertos contratados por Salmond figura también la creación de un «fondo de estabilidad» para gestionar los ingresos del petróleo del Mar del Norte, que la nueva nación pasaría a controlar en más de un 95%.
También tuvo olor a petróleo la separación de Sudán del Sur, formalizada el 9 de julio de 2011 luego de varias décadas de guerra civil por el control de las ricas regiones del sur sudanés. Tras miles de muertos, los líderes de la Unión Africana lograron convencer al sudanés Omar Hasan Ahmad al-Bashir, acusado de crímenes de lesa humanidad durante el conflicto en Darfur, de que una autonomía del sur descomprimiría una situación bélica estancada que no iba a tener fin. Así fue que en los primeros días de 2011 se realizó un referendo que dio como resultado una casi unanimidad en favor de la creación del Estado número 194 de la Organización de Naciones Unidas.
La ONU, en tanto, tiene un problema de difícil solución en los Balcanes, la región europea donde la última de las guerras civiles europeas –y una de las más violentas– dejó un mosaico de nuevos países tras la caída del comunismo en Yugoslavia. Una de esas naciones, Serbia, considera que Kosovo es una provincia autónoma dentro de su propio territorio, según estableció en su Constitución y según mantiene la Resolución 1.244 del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, al cabo de otra guerra civil, desde 1999 el territorio está a cargo de la Misión de Administración Provisional de las Naciones Unidas en Kosovo y de la OTAN.
En febrero de 2008, Kosovo se declaró independiente con la anuencia de Estados Unidos y la mayoría de los países de la Unión Europea. La República de Kosovo es reconocida por 98 de los 194 países de la ONU y entre los que se niegan a la secesión aparecen, por supuesto, Serbia, pero también Rusia, China, España y la abrumadora mayoría de los países latinoamericanos.
La negativa española se justifica alegando que aceptar la independencia de Kosovo implicaría tolerar la de Cataluña o el País Vasco. Los chinos tienen su propia complicación en Tibet, una región que goza de autonomía pero busca la independencia desde hace más de 60 años. En Moscú, desde la caída de la Unión Soviética, padecieron una sangría de territorios, entre ellos los países bálticos, Bielorrusia, Ucrania y Georgia, y quieren parar ahí.
Chechenia volvió a ser noticia cuando los hermanos Tsarnaev fueron acusados de haber colocado dos ollas a presión repletas de explosivos cerca de la meta del maratón bostoniano. De una familia originaria de Chechenia, los jóvenes nacieron en Daguestán y fueron criados en Estados Unidos. Según el FBI, el atentado tiene raíz en el fundamentalismo islámico (una venganza por la intervención de tropas estadounidenses en Afganistán e Irak contra el pueblo musulmán, dijeron). Sin embargo, investigaciones periodísticas revelaron que Tamerlán Tsarnaev, el que cayó baleado por la policía, había tenido encuentros en el Cáucaso norte con grupos radicalizados independentistas de Chechenia. Los mismos que hace unos días habrían hecho estallar un coche bomba en aquella ciudad en Makhachkala, la capital daguestaní.

La vía armada
De un modo dramático, Irlanda del Norte padeció durante décadas el azote de la represión del gobierno central británico y el crecimiento de grupos armados como el Ejército Republicano Irlandés (IRA). La respuesta de los grupos paramilitares GAL en España para combatir a la ETA tuvo una orientación similar.
Sin la misma violencia pero con un grado equiparable de insistencia, varios grupos culturales reclaman mayores dosis de autonomía, cuando no la independencia, en otros países europeos. Piensan en algo similar a lo que pudieron lograr, amigablemente, checos y eslovacos en lo que se llamó un «divorcio de terciopelo» en 1993. La Liga del Norte, en Italia, reclama la secesión de la Padania rica e industrializada para no seguir sosteniendo con sus impuestos al sur «pobre y atrasado». Como sucede con catalanes y vascos, hay en este reclamo un fuerte componente de egoísmo federal, aunque en el caso italiano se le agrega una cuota de racismo para nada desdeñable. Son, por lo demás, el ala derecha de la alianza que sostuvo a Silvio Berlusconi en el gobierno.
En Francia, el nacionalismo tiene varias vertientes, algunas vinculadas con España, como la región vasca del noroeste o al sur, en Rosellon, que sería parte de una Gran Cataluña. También ensayan versiones localistas los bretones, donde se propone la igualdad de las lenguas nativas con el francés y un rescate del folklore y los símbolos regionales. Algo similar ocurre en Córcega, la tierra natal de Napoleón. Más drástico, el amplio sur galo reclama la creación del Estado de Occitania, junto con Mónaco y algunos territorios de España (Valle de Arán) e Italia (Valles Occitanos, cerca de Turin).
Un caso particular es el de Canadá, donde la provincia franco hablante de Quebec ya hizo dos referendos para declararse independiente. Pero los secesionistas no tuvieron éxito y siguen bajo el amparo de la corona británica.

Revista Acción, 15 de Junio de 2013

Apenas un puñado de argumentos ad Hitlerum

Leo Strauss fue un filósofo político de origen alemán que tuvo que emigrar y terminó como profesor en la Universidad de Chicago. En un artículo publicado en 1951 planteó una suerte de humorada lógica, la reductio ad Hitlerum, una falacia del tipo ad hominem. La tesis de Strauss era que cuando una discusión se alarga demasiado no habrá de faltar el que acuse a su oponente de defender posiciones nazis, con lo cual se termina todo debate posible. Parafraseando a Mafalda, el inmortal personaje de Quino, hubiera bastado con decir que Hitler amaba la sopa para que la madre de la adelantada niñita hubiese dejado de atormentarla con el despreciado potaje. Siguiendo esta línea podría razonarse que como el genocida austríaco era vegetariano, comer vegetales lleva inevitablemente al antisemitismo. El genial Woody Allen bromeó en cierta ocasión con que cada vez que escuchaba a Wagner le venían ganas de invadir Polonia.
En plena época de internet, el estadounidense Mike Godwin elaboró en 1990 la llamada “Ley de Godwin”, que establece que «a medida que una discusión online se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis, tiende a uno».
La propensión a caer en estas exageraciones –que le dan la razón a Strauss y a Godwin- lleva a que en Estados Unidos el Tea Party haya acusado a Barack Obama de nazi cuando logró aprobar la ley de Salud, que obliga a que cada ciudadano tenga alguna forma de cobertura sanitaria y sino a que el Estado se la provea. O cuando intentó en vano limitar el permiso para disponer de armas de fuego en poder de civiles. Llegaron a trucar una foto del presidente al que le agregaron el bigotito y un mechón bien hitlerianos. Nada más alejado de cualquier tipo de alegoría: si algo caracterizó al nazismo fue un racismo para nada compatible con un negro. Pero en fin…
Fue tan desmesurada la comparación que hubo quien estableció las similitudes entre el mandatario estadounidense y el canciller del Reich. «Ambos, Hitler y Obama, llevaron a cabo concentraciones en estadios al aire libre para excitar y para inflamar las pasiones de la gente (…) escribieron libros antes de llegar al poder y luego escribieron otro libro con las metas para (sus países).
Ambos cambiaron sus apellidos a lo largo de sus vidas. Hitler solía ser Schickelbruber, Obama fue Soetoro. Uno ocultó sus ancestros judíos, el otro hizo alarde de sus raíces musulmanas para calmar la tormenta inevitable. Ambos fueron seguidos por sus partidarios ciegamente, sin cuestionarlos(…) usaron su poder y coerción para ocultar sus certificados de nacimiento (…) recurrieron a los jóvenes para crear una fuerza juvenil dedicada a sus ideales (…) fueron conocidos por su tremenda destreza oratoria, recibieron mesiánicas comparaciones, tienen canciones de adoración escritas para ellos. Como Hitler, Obama hipnotiza al pueblo incluso cuando es obvio que lo que está diciendo no es verdad, usa el asesinato como medio de control de la población». Uno de los mayores cultores de estas exorbitancias es un comunicador de la derecha más retrógrada de Fox Channel, Glenn Beck.
Pero no solo en Estados Unidos se aplica con ligereza el mote de nazi o fascista, otra forma de reductio ad Hitlerum que pone fin a cualquier discusión. Como cuando se le pone bigotito a la canciller Ángela Merkel. Contra esta demasía tropezó el periodista Carlos Boyero, del diario El País, condenado a pagarle 6000 euros al entrenador José Mourinho por haber escrito en agosto de 2011 que el técnico del Real Madrid «es un nazi portugués».
En Argentina el término también tiene un uso frecuente. Elisa Carrió, una de las más proclives al brulote, trató de «nazis e idiotas útiles» a los legisladores que votaron por la recuperación de los fondos de las AFJP. Repitió la acusación cuando se aprobó la ley para la extracción compulsiva de ADN para determinar la identidad de posibles hijos de desaparecidos. «Esto es fascismo puro», sostuvo, al considerar que la norma tenía como únicos destinatarios a los hijos adoptados por Ernestina Herrera de Noble. «El kirchnerismo es el nazismo sin campos de concentración», abundó más tarde. Era más o menos para la época en que la revista Noticias publicó en tapa una foto trucada de Néstor Kirchner con uniforme nazi y el título «Fachoprogresismo, la maquinaria del miedo».
Otro que abusa del mote es el alcalde porteño, Mauricio Macri, quien no dudó en calificar de fascista al gobierno nacional luego de la sanción de la Ley de Medios. «Este es el gobierno más fascista que hemos tenido en años», consideró en un encuentro de la derecha hispanohablante al que asistió el presidente de gobierno español, José María Aznar. No fue mucho después de aquel incidente que costó la vida de tres personas (uno nacido en Paraguay y los otros dos en Bolivia) durante la ocupación del Parque Indoamericano. “La inmigración está descontrolada”, había dicho esa vez, sin que le temblara el bigotito.
El fascismo es una ideología basada en la unidad monolítica de la sociedad en torno de estructuras corporativas. Según la Enciclopedia Clarín, publicada en el año 1999 sobre la base de una de Plaza y Janés, fascismo es un «sistema político caracterizado por tendencias autoritarias antiparlamentarias, a menudo antisemíticas, totalitarias, militaristas, nacionalistas, imperialistas y corporativistas (…) se caracteriza por la reacción contra el movimiento democrático que partió de la revolución francesa y también por la encarnizada oposición a las concepciones liberales y socialistas del hombre y el ciudadano (…) sus fuerzas de choque (los camisas pardas) fueron subvencionados por la alta burguesía y recibieron ayuda de militares de la reserva e incluso del propio Estado”. Otra enciclopedia, esta vez publicada por La Nación en 1992 pero elaborada por Salvat, agrega a esta definición que el fascismo “desató una sangrienta represión contra obreros y campesinos”.
Esta no es más que una larga introducción a un par de consideraciones acerca del editorial de La Nación titulado 1933, del que ya otros hablaron con mayor solvencia. Publicado por el diario que fundó aquel militar que persiguió a los últimos caudillos federales para retomar el poder de los porteños y que luego, y al mismo tiempo, fue protagonista principal del genocidio del pueblo paraguayo en una guerra hecha solo para beneficio de la alta burguesía vernácula e internacional. Y que como para ponerle una frutilla al postre, fundó ese mismo diario el 4 de enero de 1870, cuando era evidente que Paraguay no podría ganar la guerra de la Triple Infamia pero Solano López todavía intentaba salvar a su pueblo en una derrotero final que lo llevó a la muerte el 1 de marzo en Cerro Corá. Un diario que, en paralelo a la historiografía oficial pergeñada por Mitre, está destinado a ocultar el genocidio de un millón de paraguayos y las matanzas que se sucedieron desde entonces en el país.
Mitre tuvo como embajador plenipotenciario en Estados Unidos a Domingo Faustino Sarmiento, quien lo sucedería en la presidencia en 1868. «Se nos habla de gauchos… La lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos», le había escrito a Mitre el 20 de setiembre de 1861.
Hace varias semanas el tema de la corrupción volvió a ser eje de debate en el terreno político. En ese marco es que La Nación publica el incendiario texto sin firma, con lo que se destaca como política editorial. Una pocas líneas donde asocia al gobierno de encaminarse hacia acciones que justamente combatió al forzar el enjuiciamiento hasta las últimas consecuencias de los delitos de lesa humanidad. Pero además, para calificar a alguien de nazi o fascista se debería estar parado en la vereda de enfrente de las corporaciones y la alta burguesía, por lo menos, y no es ese el caso de La Nación.
Porque puede ocurrir como en el cierre del programa más visto la noche del domingo pasado, cuando el conductor, visiblemente irritado, dijo mirando a cámara pero hablándole al empresario Báez : «Lázaro, usted antes de 2003 era sub-nadie. Era menos que nadie. Era un cajero del Banco Santa Cruz. Sub nadie. Hoy maneja el 93% de la obra pública de la provincia».
Cuando se escuchan frases como esta uno no puede menos que preguntarse si el problema con Báez –que deberá probar que no cometió delitos ni se aprovechó de su cercanía con Kirchner para enriquecerse a costa de la sociedad- es que robó o que era un empleado bancario. Y si, además, un cajero es un sub-nadie. Sería como cuestionar que Magnetto era apenas un contador, un sub-nadie, o que Ernestina Herrera era secretaria, otra sub-nadie, y hoy son dueños del Grupo Clarín, que muy bien aprovechó dineros públicos para crecer.
Raro que el gremio bancario no saliera a cuestionar esa desvalorización de su tarea. Tal vez estaban mirando el fútbol (cualquier cosa acá lo tienen, http://tn.com.ar/politica/lanata-a-lazaro-tiene-que-agradecerle-a-dios-que-todavia-esta-libre_390049 ). O temen que los acusen de defender a Báez, cosa que esta columna no pretende. Pero así están las cosas.

Tiempo Argentino, 1 de Junio de 2013

Crisis financieras, terroristas y filtraciones

Las formalidades de la diplomacia tienen estas cosas. Ante el anuncio del nuevo gobierno de Islandia de que va a poner en el freezer el ingreso de su país a la Unión Europea, las autoridades de la Comisión Europea (CE) indican que «tomaron nota» del comunicado y señalaron que mantienen su «voluntad de diálogo» con una nación que continúa siendo un «socio privilegiado» a pesar de los problemas que los enfrentan con la fría isla del Atlántico Norte. El principal, sin dudas, es el quebranto de miles de ahorristas británicos y holandeses con la caída del principal banco islandés, conocido en Europa como Icesave, en 2008. Puede decirse con poco margen de error que precisamente Islandia es el ejemplo más acabado de las consecuencias que deja el estallido de una burbuja financiera en una sociedad.
La crisis fue generada por la caída sucesiva de tres de los principales bancos del país en septiembre de 2008. En pocos días el Glitnir, el Landsbanki (Icesave) y el Kaupthing fueron intervenidos por el gobierno del primer ministro conservador Geir Haarde.
Luego vendría una devaluación de más del 35% y la caída en picada del PBI, con su correlato de desocupación y corte en la cadena de pagos.
El gobierno de Haarde tuvo que llamar a comicios y a principios de 2009 ganó una coalición de izquierdas liderada por Jóhanna Sigurðardóttir. El principal problema con el que se enfrentó la primera ministro fue quién pagaría los platos rotos del banquete, ya que los perjudicados no eran islandeses y además, tampoco ellos habían sido los invitados a la fiesta. La salida en lo político pasaba por dejar colgados a los ahorristas, algo a lo que la UE no estaba dispuesta a aceptar. Fue así que se analizó el llamado a un referéndum para que el pueblo soberano decidiera.
Fue en este contexto que el secretario permanente de la Cancillería islandesa, Einar Gunnarsson y el consejero político, Kristjan Guy Burgess, se reunieron con el adjunto de la Embajada de Estados Unidos en Reykjavik, Sam Watson. La serie de encuentros fue en enero de 2010 y quedaron reflejados en sendos cables enviados a Washington por el solícito Watson. Los textos muestran la preocupación del gobierno por frenar las presiones del FMI y de la UE y su deseo de evitar la convocatoria a la consulta, que temían fuera a profundizar una crisis a la que no veían salida.
Después de haber presentado un panorama sombrío sobre el futuro del país, ellos dijeron que «los comentarios públicos de apoyo de los EE UU o la ayuda en poner el tema (islandés) en la agenda del FMI sería muy apreciada», dice un cable. Otra minuta cuenta que según los funcionarios del gobierno «el tema (de quién pagaría las deudas del) Icesave fallaría en un referéndum nacional (y que luego) Islandia estaría de vuelta al punto de partida con los británicos y los holandeses. El país, además, estaría mucho peor porque habría perdido credibilidad internacional y el acceso a los mercados financieros.»
«Gunnarsson –escribió Watson– sugirió que el asunto Icesave, si continúa por su curso actual, podría causar Islandia un default en 2011 cuando una serie de préstamos venzan y podría hacer retroceder a Islandia unos 30 años.» La respuesta de Watson fue que EE UU era neutral en este asunto y que –módica respuesta diplomática– esperaba una rápida solución. «Por otra parte, los EE UU ha apoyado la posición de Islandia en el último examen del FMI y se espera que vuelva a hacerlo en función de las circunstancias.» Gunnarsson y Burgess le retrucaron que entendían la posición que declaraba Washington, pero que «era imposible permanecer neutral en relación con el asunto Icesave. Islandia, decían (los funcionarios), estaba siendo acosada por dos poderes mucho más grandes y una posición de neutralidad era equivalente a quedarse mirando cómo se producía el acoso (sin hacer nada para evitarlo)». Los islandeses agregaron, según el informe, «que la intervención de EE UU en el FMI podría ser de ayuda (…) Gunnarsson reconoció que (…) siendo realistas, este tema nunca entra en la agenda del FMI, a menos que se aplique una presión externa».
Luego de este pedido de clemencia a Estados Unidos, el gobierno islandés fue a referéndum, donde ganó la opción de no pagar, y en enero pasado la Unión Europea admitió que la conducta de Islandia no ameritaba multar al país por dejar colgados a ahorristas privados.
La administración Sigurðardóttir pudo argumentar en su favor que para fines de 2012 había logrado un crecimiento del 1,6% y reducir la desocupación a un 4,6 por ciento. Pero el precio fue un impiadoso programa de ajustes dictado por el FMI. Por lo demás, si bien el ex primer ministro Haarde fue a juicio ante un tribunal especial por su responsabilidad en la crisis, fue absuelto en abril del año pasado. Y hace un par de semanas, los mismos partidos que llevaron al país a la bancarrota en 2008 ganaron las elecciones legislativas, con lo que vuelven a gobernar luego de un interregno de poco más de cuatro años en que la centroizquierda hizo el trabajo sucio.
Ahora, esa nueva administración demora el ingreso a la UE porque las últimas encuestas dicen que por abrumadora mayoría los islandeses no quieren saber nada con el continente. Quizás temen que británicos y holandeses les reclamen los más de 4000 millones de euros que quedaron atrapados en el corralito de hielo.
Ese archivo secreto que Sam Watson envió a sus jefes en el Departamento de Estado, conocido como Rayjiavik-13, fue el origen de la oleada de cables publicados por WikiLeaks en ese año de 2010. En su mayoría filtrados por el soldado Bradley Manning. El joven, luego de año y medio de cabildeos, finalmente será juzgado a partir del 3 de junio por una serie de cargos que lo dejarán en el mejor de los casos entre rejas por lo que le quede de vida. En el peor, claro, podría terminar ejecutado por traición a la patria.
Pero hay un cargo del que este martes pudo zafar. El fiscal, por razones que no explicó, le «hizo precio» por la filtración de las charlas de Watson con los melindrosos Gunnarsson y Burgess. El propio Manning –que hoy tiene 25 años– se declaró culpable de 10 de los otros 20 delitos que se le imputan. Pero no eran acusaciones relevantes, las que importan tienen penas de cadena perpetua a 150 años de prisión.
La jueza militar Denise Lind cerró el expediente por la filtración de unos 700 mil documentos clasificados, que en su mayoría se refieren a la guerra en Irak y Afganistán. La magistrada se manifestó confiada en que podrá equilibrar el derecho a un juicio público y las presiones de los organismos de seguridad. Por lo pronto, durante el juicio se usarán seudónimos, códigos o sumarios que no contemplen datos considerados peligrosos para la defensa nacional. Algunas de las sesiones serán a puerta cerrada.
A Manning lo acusan de «ayudar al enemigo». El analista, que estaba en Irak cuando se topó con la información ultrasecreta, alegó en su momento que quería que todo el mundo supiera las cosas que las tropas de su país hacían a nombre de una guerra por los valores occidentales.
Mientras tanto, el diario económico The Wall Street Journal publicó que el gobierno de Barack Obama elaboró un plan para cerrar la cárcel de Guantánamo, una de sus promesas electorales de 2008. El diario adelantó que el mandatario no dará demasiados detalles de cómo piensa hacerlo, pero entiende que una de las razones, que ningún republicano rechazaría, es que cuesta mucho dinero mantenerla. «Es caro. Es ineficaz. Daña nuestra imagen internacional. Reduce la cooperación con nuestros aliados en los esfuerzos antiterroristas. Es una herramienta para el reclutamiento de extremistas. Es necesario cerrarlo», había dicho Obama hace unos días ante periodistas.
En otro gesto sin explicación, la administración Obama reconoció públicamente que cuatro ciudadanos estadounidenses muertos en Afganistán en 2011 habían sido eliminados con aviones no tripulados. Entre ellos estaba el predicador de Al Qaeda Anwar al Awlaki. Esta revelación se superpuso con la información de que agentes del FBI habían matado a un joven checheno de 27 años, Ibragim Todashev, en la ciudad de Orlando.
La información oficial dice que Todashev era amigo de Tamerlan Tsarnaev, el mayor de los hermanos sospechosos del atentado en la maratón de Boston. El FBI dijo que uno de sus agentes había sido atacado por Todashev y no tuvo más remedio que disparar. Todashev y los Tsarnaev provenían de la república caucásica de Daguestán, aunque eran de origen checheno.
Precisamente en la capital de ese país, Majachkalá, ocho personas perdieron la vida y otras 22 resultaron heridas por la explosión de dos coches bomba en un atentado que las autoridades rusas inscriben en el marco de las luchas separatistas chechenas. En Estados Unidos son muchos los que, como los analistas Barry Grey y Nick Barrickman, en Global Research, piensan que los chechenos residentes en Estados Unidos estaban siendo utilizados por agencias de inteligencia para atentar en Rusia.

Tiempo Argentino, 24 de Mayo de 2013

Ahora Videla sabe la verdad

Hace algunos años, el escritor y periodista Martín Caparrós escandalizó a muchos con una idea provocadora. El contexto era obviamente otro (ni falta hace mencionar que seguramente no publicaría hoy un texto semejante) y el recuerdo de los pormenores de ese artículo puede ser traicionero. Un problema porque el archivo del diario Crítica, que había fundado Jorge Lanata poco antes, no resulta accesible como para ser más fiel al original.
Pero la idea era más o menos que la clase media argentina es tan díscola como para horrorizarse ante una denuncia de corrupción contra la dirigencia política pero no suele hurgar demasiado en qué cosa exactamente implica un acto corrupto.
El ejemplo revulsivo –obviamente lo que buscaba el autor era una demostración por el absurdo– era que había un hombre que ocupó la presidencia argentina al que no se acusaba de haber robado y que eso podía demostrarse en que vivía en el mismo departamento de cuando había asumido el cargo, entre otros detalles menores. Ese hombre era Jorge Videla.
Prosiguiendo con esta brutal línea de análisis se puede afirmar que, además, ese presidente llegó al poder con un plan que aplicó sin reparar en deslices y que fue muy eficiente y productivo en su tarea. Tanto que en el camino quedaron treinta mil desaparecidos por causas políticas y otros cientos de miles que padecieron las consecuencias de un modelo económico regresivo. Que una cosa estaba atada a la otra.
Videla fue todo eso y justamente por haberlo sido representa lo peor del género humano. Porque llevó hasta el paroxismo esos métodos criminales en su afán de hacerlos más efectivos.
Fue el frío ejecutor de un plan sistemático para imponer a sangre y fuego un modelo de creación y distribución de la riqueza injusto e impiadoso. Pero a continuación también fue capaz de hincarse a rezar con el mismo fervor. No para pedir perdón por los pecados cometidos en ese camino, sino para dar cuenta del avance de su programa de exterminio.
Videla nunca mostró arrepentimiento. Entre otras cosas porque estaba convencido de que sus actos estaban inscriptos en un objetivo divino. Creía, como tanto genocida habido en el planeta, que Dios le soplaba al oído.
Desde ayer, parafraseando al poeta Charles Bukowski, Videla sabe cuál es la verdad.

Tiempo Argentino, 18 de Mayo de 2013