por Alberto López Girondo | Jun 3, 2016 | Sin categoría
La designación de Susana Malcorra en la Cancillería fue una de las sorpresas que deparó el nuevo presidente. La mujer, con un pasado en empresas privadas, venía de ser jefa de Gabinete del secretario Ban Ki-Moon en la Organización de las Naciones Unidas y no figuraba en la lista de aspirantes. La decisión de Mauricio Macri se muestra ahora con nitidez: Malcorra es su apuesta para ocupar el cargo que Ban dejará a fines de año. Una jugada ambiciosa que puede darle una resonancia similar a la de Jorge Bergoglio como papa, pero más amistosa.
Malcorra representa ese «volver al mundo» que vira 180 grados en relación con la política exterior del kirchnerismo. Así, mientras en 2003 Néstor Kirchner se unió a Lula da Silva para consolidar los vínculos que construyeron el modelo de integración regional, la primera visita del nuevo canciller brasileño, José Serra, fue a Buenos Aires para tejer una alianza en sentido opuesto. Macri y el presidente provisional Michel Temer, uno surgido de elecciones y el otro de una operación legislativa, son proclives a un acercamiento estrecho con Estados Unidos y la Unión Europea y a cambiar al perfil del Mercosur.
En el marco de la geopolítica, esto cuestiona las relaciones con China. Pero el gigante asiático es el principal comprador de los productos más rentables de los dos países. Y si el golpe en Brasil suena a ofensiva contra la influencia china, negocios son negocios y ya hubo guiños para calmar las aguas. De hecho, cuando Macri anunciaba la candidatura de Malcorra, la canciller completaba una gira que la había llevado por Gran Bretaña, Rusia y China. Con cada uno de estos países hay temas por aclarar, y cada uno de ellos es clave para su designación. Son miembros del Consejo de Seguridad y el veto de uno solo de los cinco (los otros son Francia y Estados Unidos) haría caer la postulación de esta ingeniera rosarina de 61 años.
La relación más delicada, sin embargo, es con Londres. La disputa por las Malvinas fue uno de los caballitos de batalla del kirchnerismo y, ni bien asumió, Macri propuso «desideologizar» todo. Lo que implica, para él, abandonar la idea de un mundo multipolar para acercarse a los poderes que atienden en Washington y Bruselas.
¿El gobierno del Reino Unido daría el visto bueno a una candidata argentina? Macri tuvo un intercambio amable y discreto con el premier David Cameron en Davos. No se habló de Malvinas, se dijo a la prensa, y se supone que el diálogo fue en inglés, lengua a la que no le teme el mandatario argentino.
El anuncio de la candidatura de Malcorra coincidió con uno del titular de la petrolera británica Rockhopper Exploration plc, quien aseguró que habían encontrado pruebas de que en el área marítima Sea Lion, al norte del archipiélago y en un territorio que Argentina reclama como propio, habría unos 1.000 millones de barriles de crudo.
En otra época, esto habría significado una protesta encendida del gobierno nacional, ahora mereció apenas un artículo periodístico. La canciller ya había declarado que las islas no son el tema principal en la relación con Londres. Unos días antes se había dejado transcender que se evaluaba restituir vuelos hacia Malvinas y dar asistencia sanitaria a los pobladores, algo que fue suspendido desde 2003.
Otro modelo
Con ser un tema crucial para la argentinidad –el reclamo por las islas figura en la Constitución Nacional de 1994 y hace unas semanas un fallo de la onu aceptó que la plataforma marítima argentina incluye a las Malvinas– hay otros aspectos que muestran la profundidad de los cambios implementados en el Palacio San Martín desde el 10 de diciembre.
Ya lo había dicho en campaña, pero desde ese día arreció el embate contra la administración de Nicolás Maduro. Para el gobierno, siguiendo el planteo de la secretaría de Estado de ee.uu., la República Bolivariana es un régimen reñido con la democracia que mantiene presos políticos. Fue tanto el fervor antichavista que Malcorra tuvo que salir a morigerar el reclamo de aplicar la cláusula democrática contra Caracas en el primer encuentro de presidentes del mercosur al que le tocó asistir a Macri, en Asunción.
Que la gestión de Cambiemos es contraria al proceso de integración iniciado por Hugo Chávez, Kirchner y Da Silva queda también patente en todo el proceso destituyente contra Dilma Rousseff. Es cierto que el primer viaje de Macri fue a Brasilia para «presentarse» con la presidenta. Pero estos gestos son hijos de la necesidad más que del deseo. Como dijo Malcorra, «cuando Brasil estornuda, a Argentina le agarra neumonía» y esta alianza estratégica es fundamental para el país. Más bien, es tal vez la única política de Estado en la que coinciden tirios y troyanos.
Sin embargo, es obvio que hay más simpatía entre Macri y cualquier gobierno que no sea del pt. Por eso la Casa Rosada fue la primera en reconocer implícitamente al gobierno provisorio con frases de ocasión sobre la institucionalidad de la movida que desplazó a Rousseff. Lo mismo haría luego Washington.
Este primer salvavidas diplomático fue respondido con premura por Serra, dos veces derrotado en presidenciales por el pt y crítico despiadado del mercosur. Serra representa los intereses de la burguesía paulista que juega sus fichas a la tradicional alianza con Estados Unidos. El mercosur al que aspira, igual que Macri, es el que permitiría acuerdos comerciales por fuera del organismo regional.
De allí que esta nueva Argentina busque ser país observador de la Alianza del Pacífico, el modelo de integración fomentado desde Washington que incluye a Chile, Perú, Colombia y México. Una plataforma para llegar a los acuerdos transatlántico y transpacífico que pretende Obama antes de dejar el Salón Oval, en enero de 2017, y resulta una etapa superior del alca, sepultado en Mar del Plata en noviembre de 2005 en las narices de George W. Bush.
Resta saber si estas nuevas amistades y las que negocia Malcorra entre los países del Consejo de Seguridad alcanzarán para que la canciller se convierta en la sucesora del coreano Ban. También, si se diluirán las denuncias contra Malcorra por el ocultamiento de abusos sexuales a menores cometidos por Cascos Azules en África. Teniendo en cuenta la declaración de principios contra la suspensión de Rousseff de países de la unasur y la celac, si la canciller Argentina pretende representar a América Latina en la onu como lo hizo el peruano Javier Pérez de Cuéllar entre 1982 y 1991, va a tener que trabajar mucho hasta la votación, que se realizará en octubre.
Revista Acción
Mayo de 2016
por Alberto López Girondo | Jun 3, 2016 | Sin categoría
Que el sistema de justicia está entre los principales reclamos de la sociedad parecería una exageración. Sería más aceptable decir que la inseguridad o el empleo figurarían el primer lugar en cualquier encuesta. Porque los casos de robos violentos ocupan la mayor parte de los noticieros; aunque últimamente, la ola de despidos a todo nivel preocupa a los argentinos a nivel personal, aunque los canales llenan espacios con casos de corrupción vinculados especialmente al gobierno anterior. Sin embargo en cualquiera de estas situaciones el ciudadano de a pie reclama justicia. Tanto la víctima de un hecho violento como el despedido sin justa causa o el espectador impávido frente a una maquinita que cuenta desaforadamente billetes o ante la revelación de cuentas en paraísos fiscales.
Y precisamente esta es uno de las fallas más flagrantes en el sistema político argentino. El Poder Judicial está en crisis y como fruto de esa crisis, su credibilidad está entre las más bajas de la historia. «¿Entran por una puerta y salen por la otra?» dice el comentarista con los labios fruncidos de indignación. «Es una operación mediática en mi contra», se queja el dirigente envuelto en una causa judicial. «Que la justicia investigue», se desentiende el funcionario acosado por denuncias. La sensación es que un buen abogado y sólidos contactos con el Poder Judicial garantizan impunidad. Y los intentos por dar transparencia y efectividad a uno de los tres poderes del Estado chocan con una realidad contundente: si hay un consenso en la sociedad es que los jueces investigan solo a los que dejan el poder, que un empresario que evade impuestos y vacía una empresa nunca paga y que el habitante de un barrio privado con dinero no suele quedar preso por homicidio. ¿Habrá forma de resolver la cuestión?
El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner intentó reformas al Código Penal y pudo ponerle punto final al Código Civil y Comercial. En el primer caso ese intento se frenó porque el diputado Sergio Massa logró colar la cuestión de la punitividad de delitos ligados al narcotráfico como eje de su campaña y ante un escenario en que arreciaban mediáticamente los casos de inseguridad, muchos de los mismos que habían apoyado la reforma se echaron atrás y se obligaron a bajar el tema de la agenda.
Donde sí hubo avances fue en el Código Procesal Penal, que montado en el cambio de paradigma hacia un sistema de acusación para dejar atrás el sistema inquisitivo, puso a la defensiva al establishment mas tradicional del Poder Judicial. «La idea de un sistema acusatorio con un fiscal protagonista del proceso, con un juez que no investigue y con un defensor que pueda defenderse de la contraparte y no también de los jueces, nunca pudo cumplirse porque lógicamente estamos ante jueces omnipotentes que no quieren resignar su poder», dice Felix Crous, fiscal de la Procuración General de la Nación y uno de los fundadores de la Asociación Civil Justicia Legítima, quien acota que el actual sistema inquisitivo resulta en la práctica ser «muy útil para aquellos que quieran conseguir la simpatía, hospitalidad y beneplácito» de esos magistrados.
Este comentario genera tres apuntes al margen: que modelo judicial es mejor, por un lado, y qué jueces integran ese club del rechazo a la reforma y quiénes son los encargados de conseguir las simpatías judiciales. A la primera pregunta se puede responder que, como suele ocurrir en derecho, hay media biblioteca de un lado y media del otro.
Inquisición
El sistema inquisitivo, que por su nombre despierta inmediato resquemor, proviene del Derecho Romano Germánico y luego de una institución católica de triste fama como lo es la Inquisición. Un juez se arroga el derecho de iniciar una investigación sin necesidad de que hubiera denuncia o acusación previa alguna. Es el sistema que rigió desde la colonia en los países que estuvieron bajo el dominio español o portugués y por eso integraba el corpus legal instituido.
El proceso acusatorio, en cambio, tiene su origen en los países británicos y nació en el marco de una cultura que buscó formas de impedir los abusos del poder monárquico sobre los ciudadanos. A primera vista parece un modelo más amigable con el ejercicio de la democracia. Sin embargo, hay quienes sostienen que en países como los sudamericanos -donde desde hace un par de décadas se viene imponiendo en sus sistemas judiciales a instancias de las reformas propuestas por el Banco Mundial- puede encerrar la paradoja de que si la víctima de un hecho no tiene dinero para investigar o no encuentra eco en la fiscalía, su caso puede quedar impune. El ejemplo que se pone es que en ninguno de estos países la investigación de los crímenes de lesa humanidad se inició a instancias del Poder Judicial. «El secreto es que tanto en un sistema como en el otro, algún estamento debe investigar, caso contrario, no estamos haciendo justicia», sería el resumen de esta posición.
De todas maneras, en el derrotero hacia un sistema acusatorio no parece haber escollos. Tanto Justicia Legítima como el proyecto que quedó en el freezer y el que ahora impulsa el gobierno de Mauricio Macri, se basan en el nuevo rol que se les asigna a los fiscales. De allí que muchos crean que la efervescencia que se vive en el edificio de Comodoro Py 2002, la sede de los tribunales federales, sea la manifestación de la resistencia tenaz a cualquier cambio. Una trinchera desde donde esos doce magistrados que llevan adelante los casos de corrupción del sistema político nacional buscan que todo siga como está. Para mantener en sus manos vidas y haciendas de todos los funcionarios, electos y no, de los gobiernos que han sido, de los que son, y eventualmente de los que vendrán.
Lealtades
Pero desde fines de 2014 el sólido sistema de lealtades creadas en torno a los 12 jueces federales asentados en Buenos Aires crujió de un modo inesperado a partir del desplazamiento del patriarca de los espías nacionales, Jaime Stiusso. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Pues que el ex jefe de la SIDE era el hombre que durante décadas había canalizado la necesidad del sistema político en encontrar respuestas en el Poder Judicial, un método que la exmandataria decidió cercenar de cuajo.
El cambio de gobierno podía haber implicado nuevas relaciones con el poder de los irónicamente llamados «doce apóstoles» de Retiro. Pero la diputada Elisa Carrió, seguramente la principal gestora del acuerdo entre la UCR y el PRO que dio vida a Cambiemos, sostiene con fervor una tesis contraria. Para la dirigente chaqueña, el presidente de Boca Juniors, Daniel Angelici, es la cabeza de un equipo de operadores judiciales que mantiene las riendas del poder político dentro del sistema judicial, «Los jueces de la servilleta» se los llamó en aquellos tiempos.
«El presidente de Boca Juniors interfiere en la Justicia con el consentimiento del Presidente”, dijo Carrió en un programa de televisión, para agregar luego, mirando a cámara con el ceño fruncido: «Angelici, no maneje la Justicia Federal porque voy a ir contra usted. Yo tengo una relación excepcional con el presidente Macri, pero nunca voy a acordar con nadie la impunidad ni el manejo político de la búsqueda de la justicia».
La legisladora señala no solo al titular del equipo xeneixe en ese entorno oscuro de presiones, sino al vicepresidente 3 de Boca y ex vicerrector de la UBA, Darío Richarte, y al secretario de Finanzas de la actual AFI, Juan José Gallea. Todos ellos estuvieron el la SIDE de Fernando de la Rúa, terminaron salpicados con el pago de sobornos en la llamada causa Banelco y nunca se fueron del todo de los organismos de inteligencia nacional, a los que ahora volvieron oficalmente.
Pero hay coincidencia en que si bien la denuncia de Carrió, un tema que era vox populi antes de que ella lo difundiera, se basa en hechos reales, lo que se verifica en estos momentos es una suerte de rebeldía del Poder Judicial. Una rebeldía que pone en jaque a la dirigencia política y para algunos, incluso, al modelo de convivencia democrática. «Comodoro Py es como un Estado libre asociado a la República Argentina», deslizan las lenguas más afiladas en los tribunales federales.
Enrique Zuleta Puceiro es uno de los impulsores de este ambicioso plan de reforma judicial que el gobierno de Macri envió al Congreso, el proyecto Justicia 2020. El docente universitario y encuestador reconoce el ambiente levantisco entre los jueces más conservadores, pero al mismo tiempo cree que este proyecto tiene muchas posibilidades de llegar a buen puerto.
«Son cuestiones que se vienen debatiendo en la sociedad desde la época de Raúl Alfonsín y que ahora se pueden poner en marcha porque este es un gobierno sin amplia mayoría legislativa», considera. Para Zuleta Puceiro, los proyectos que se presentaron el tiempos del kirchnerismo «resultaron conflictivos porque hubo ciertos puntos álgidos que fueron exacerbados al extremo» y eso volteó los consensos que se habían alcanzado. En esto, Crous difiere: «resulta en algún punto hasta contradictorio uno con el otro». El tema de controversia más dramático, cree, es en la reforma del Ministerio Público.
DIsparen sobre la Procuradora
La Constitución de 1994 creó una Procuraduría General como un órgano extrapoder en el Estado nacional. Pero las leyes constitutivas quedaron para resolver en el futuro. En estos 22 años hubo algunos avances hasta que la ley del kirchnerismo definió una institución con un poder ahora cuestionado por el propio presidente y su ministro de Justicia. Germán Garavano es hombre de la Fundación Fores, el Foro de Estudio sobre la Administración de Justicia, un think tank creado en tiempos de la dictadura para elaborar proyectos sobre el único de los poderes que no se presenta a comicios en los sistemas democráticos occidentales. En Fores y con la dirección de Garavano se elaboró el proyecto 2020.
«En lo que hace a los fiscales, el proyecto busca recortar el poder de Alejandra Gils Carbó», se queja Crous, haciéndose eco de las protestas de toda la oposición a las fuertes presiones que sufre la procuradora por parte de Cambiemos . Tanto Macri como Garavano no se anduvieron con vueltas: pidieron públicamente que Gils Carbó diera un paso al costado y ante la negativa enviaron un proyecto ley que literalmente desguaza su cargo en cuatro subprocuradores.
Zuleta Puceiro no coincide en que ese plan tenga como único objetivo forzar al renuncia de la funcionaria, pero señala que en todo caso «es una propuesta, y para que salga aprobada deberá contar con consensos legislativos. Toda reforma que en ese área se establezca deberá contar con consensos, es la única forma de que permanezcan en el tiempo». La mesura del encuestólogo tiene un fundamento: el proyecto no cuenta con un apoyo contundente entre los radicales, los principales socios políticos del macrismo, pero no lo pueden decir abiertamente para no crear fisuras puertas adentro de la alianza gobernante. Ya tenían bastante con Carrió y ahora margarita Stolbizer se sumó a las críticas en este hecho puntual.
Nuevo corpus
Pero el proyecto Justicia 2020 apunta a algo más que la Procuraduría. Se trata de un corpus legal que integran 140 leyes dividido en 7 ejes y que incluye al Consejo de la Magistratura, el organismo también creado en 1994 para el control y la designación de jueces y que nunca cumplió debidamente su función. La última reforma de 2013 fue cuestionada porque «torció» la balanza hacia un lado que el establishment leguleyo y la oposición de entonces no aceptaron. Es otra de las deudas pendientes de la democracia que no termina de consolidar un funcionamiento adecuado a las necesidades de la ciudadanía.
En las últimas semanas dos magistrados severamente cuestionados como Norberto Oyarbide y Raúl Reynoso renunciaron a sus cargos cuando sus casos estaban en la mesa de entradas del Consejo de la Magistratura. El caso de Oyarbide es más conocido: era uno de los «jueces de la servilleta» y lleva años de denuncias por actuaciones irregulares, cuando no escandalosas. Reynoso pareció como un adalid de la lucha antidrogas en Salta hasta que se descubrió su connivencia con las bandas de narcotraficantes. La renuncia no evitaría una investigación por su responsabilidad penal, pero como en el caso de su par porteño, le deja a salvo una onerosa jubilación, lo que despertó las quejas de algunos de los integrantes de ese cuestionado organismo. Un editorial del diario La Nación previo a conocerse esa definición dejaba muy en claro la sensación que despertaba en los sectores incluso afines a Cambiemos. Una definición a la que no sería ajeno el titular de Boca Juniors: «(Si se acepta su renuncia, Oyarbide) se habrá burlado una vez más de la ley y de la ética judicial. Se reirá de todos los ciudadanos y será un pésimo ejemplo para todos los corruptos, empezando por muchos de sus pares». El editorialista buscaba que Macri dejara seguir el curso de los hechos en el Consejo de la Magistratura. Pero aceptó la renuncia al otro día de enviada.
Luego, Garavano dijo en un reportaje a Clarín que esperaba que hubiera nuevas renuncias en el Poder Judicial. Así podría entenderse el apuro en los casos Oyarbide y Reynoso. Podría entenderse como una señal para que otros se bajen sin necesidad de derramamientos de sangre.
Custodios del poder real
Una de las características del sistema judicial en los países democráticos occidentales es que, según define el académico Roberto Gargarella, «se trata de un poder contramayoritario».
El modelo actual nace de la Revolución Francesa y de la independencia estadounidense. En ambos casos, cuenta la historia, los jueces hicieron lo posible para bloquear cualquier reforma. Una cosa era cambiar el sistema político y otra amenazar la propiedad privada. Y una democracia verdaderamente reivindicativa no solo proclamaría la igualdad ante la ley sino también la igualdad de oportunidades y la justa distribución de la riqueza.
Un gobierno de mayorías que siguiera sin cortapisas la voluntad de los votantes que lo llevaron al poder estaría impulsado a avanzar sobre las inequidades en que la sociedad está inmersa. Un espinoso asunto, sobre todo en tiempos de revulsión social. El Poder Judicial fue el encargado de impedir que este tipo de justicia se consumara.
«Desde entonces se aplicó una interpretación de la división de poderes basada en un paradigma diferente -señala Gargarella en un trabajo académico-: el de los sistemas de contrapesos». Es decir, el concepto de que cada uno de los poderes observe el comportamiento de los otros de un modo vigilante. El problema es que una verdadera mayoría es efectiva, y por tanto más peligrosa para los poderes fácticos, cuando logra controlar el Ejecutivo y el Legislativo. Es entonces cuando se juega la carta del Poder Judicial. El único que en el país no se somete al escrutinio de las urnas, que dura en su cargo en forma vitalicia y que incluso mediante una acordada de los tiempos del menemismo, no paga impuesto a las ganancias.
Este rol que se atribuyen los magistrados podría servir para explicar el hecho de que los gobiernos populares se terminan enfrentando al Poder Judicial en la medida en que pretenden avanzar en reivindicaciones sociales. Lo sufrió Franklin D. Roosevelt, que forzó la renuncia de jueces de la Suprema Corte que se oponían a sus reformas keynesianas. Lo sufre el PT en Brasil, a manos de un juez que se mostró como militante en contra de la presidencia de Dilma Rousseff y al mismo tiempo , sin que se le ocurriera que podría ser incompatible, ordenó llevar por la fuerza pública el ex mandatario Lula da Silva. Como para demostrar que es más poderoso que el líder más carismático de su país en más de medio siglo.
De allí el peso que tienen el toda América Latina las ONG que tratan las cuestiones judiciales y la importancia que se da a la formación de cuadros judiciales a través de organismos fomentados desde Estados Unidos.
Revista Acción
Mayo de 2016
por Alberto López Girondo | May 29, 2016 | Sin categoría
Sergio Machado se convirtió en una bomba de tiempo para la dirigencia política de Brasil. El hombre presidió una empresa de Petrobras ligada al área de logística, Transpetro, como parte de los acuerdos entre el PT y el PMDB, que fueron la base sobre la que Lula da Silva y Dilma Rousseff gobernaron en continuado desde 2003. Pero desde que estalló la causa de corrupción en la petrolera estatal, entró en el plan de delación premiada con el sistema judicial brasileño. Y grabó todo, de modo que esos archivos sonoros -enviados a los medios a cuentagotas- van dejando un tendal que ya enchastró al partido creado por el líder metalúrgico hace 30 años y ahora se esparce como una mancha de aceite sobre el grupo que tomó el Planalto por asalto hace 17 días.
El primero en caer fue el fugaz ministro de Plenamiento, Romero Jucá, presidente interino del PMDB, quien en una conversación con Machado revela una verdad que hasta entonces era solo sospecha bien fundada: que el golpe contra Dilma tenía como trasfondo detener el avance judicial sobre los involucrados en la causa Lava Jato, por corrupción política con dineros de Petrobras. Ni qué decir que eso fue un argumento a pedir de boca para Dilma Rousseff, que no está implicada en causa penal alguna y fue separada del cargo acusada de una maniobra contable.
Se difundieron diálogos que afectan al presidente del Senado y al ex presidente Sarney, impulsor del impeachment.
El jueves trascendieron dos nuevas «filtraciones», una con el presidente de la Cámara de Senadores, RenanCalheiros, y la otra con el ex presidente José Sarney. Calheiros es un personaje clave en la sustanciación del impeachment -podía haber rechazado el último planteo de Diputados enviado por el reemplazante del corrupto Eduardo Cunha, pero aceleró la apertura del juicio político- y se lo escucha dialogando con Machado entre otras cosas sobre la necesidad de poner fin al acoso judicial a los dirigentes sospechados. Y sostiene que para eso sería imprescindible poner límite a la ley sobre delación premiada.
Sarney, el mandatario que en 1985 firmó con Raúl Alfonsín el documento que sirvió de base para la creación del Mercosur y luego acordó la alianza con Lula da Silva en 2002, en una grabación trata de calmar los temores de Machado a ir preso de por vida y se compromete a ayudarlo desde su cargo de senador vitalicio.
La historia de Machado ofrece un perfil exacto de lo que es el político promedio en el gigante sudamericano y explica en gran medida al crisis actual. «Tucano» en su origen, es decir, miembro del PSDB, el partido opositor a Lula y Dilma, se pasó en 2001 al PMDB, cuando ya estaban avanzadas las negociaciones para la coalición con el PT que tenía aires de ganadora en las próximas presidenciales.
En 2003, a instancias de Calheiros, el flamante presidente Da Silva lo nombró en Transpetro, que tiene el control de los oleoductos, gasoductos y los buques petroleros de la más grande empresa energética de Sudamérica. Su calvario judicial comenzó en octubre de 2014, cuando la consultora Price WaterhouseCoopers (PwC) se negó a firmar un balance contable de Petrobrás si Machado no era alejado de su puesto, luego de once años en ese sillón clave.
Fue uno de los primeros en ingresar en el sistema de delación premiada y destapó varias ollas sobre la corrupción en la petrolera. Para la prensael eje fue puesto, entonces, sobre dirigentes del PT. Pero ahora sale a la luz el resto del iceberg. Se dice que cuando negoció con la justicia, aceptó ponerse un micrófono escondido entre sus ropas para implicar a otros dirigentes tan sucios como él.
Cuentan quienes lo trataron que en Transpetro, a su vez, que estaba bastante paranoico desde hacía y que, a la manera de Richard Nixon, hacía grabar todas las conversaciones que mantenía en su despacho. De allí el terror que producen estas filtraciones que publicó en primer lugar Folha de Sao Paulo. Y por eso catalogan al ex titular de Transpetro como un hombre-bomba. Si cambian la ley de delación y el Lava Jato no llega hasta el hueso, seráuna señal inequívoca del alcance de los archivos malditos de Machado. Y la prueba de la podredumbre generalizada en el sistema político brasileño. «
Frentes populares para defender lo conquistado
En 1989 Lula da Sliva se presentó a elecciones con una alianza de partidos de izquierda -PT, Partido Comunista y Partido Socialista- y movimientos sociales que se llamó Frente Brasil Popular. Derrotado por Fernando Collor de Melo, a instancias de José Dirceu decidieron formar coalición con un partido de centro derecha nacido en tiempos de la dictadura, el PMDB. Así fue que el PT llegó al poder en 2003.
En setiembre de 2015, cuando ya era evidente que el golpe contra Dilma Rousseff no se iba a detener tan fácilmente, las principales centrales gremiales, los movimientos sociales y los colectivos de defensa de derechos de género, de diversidad sexual y racial e indigenistas reflotaron el FBP. Por un lado como homenaje a aquella coalición, según explica a Tiempo Iole Ilíada, vicepresidenta de la Fundación PerseuAbramo, del PT. la mismo tiempo, con la idea de ir conformando una suerte de Frente Amplio a la brasileña.
Por lo pronto, hace unos días el PT hizo una autocrítica sobre sus errores en estos últimos años y para evaluar los pasos a seguir en el futuro. «Hay que tener en cuenta que en octubre hay elecciones municipales y ese va a ser un test para Michel Temer y sus aliados», alerta el politólogo Ricardo Romero, especialista en asuntos brasileños y docente en la UBA. De allí que el presidente del PT advirtiera que no harán alianzas locales con partidos que apoyaron el impeachment.
Pero Ruy Falcao fue más lejos y cuestionó los acuerdos con partidos como el PMDB, que finalmente le clavó un puñal por la espalda. «El partido terminó contaminado por la financiación empresarial para sus campañas», dice el documento final de ese encuentro clave. El PT. añade el texto, quedó «rehén de acuerdos tácticos para el manejo del Estado».
El FBP no es el único frente para enfrentar la defensa de los derechos conquistados en estos años y atacados de cuajo por el golpe contra Dilma. También está el Frente Pueblo Sin Miedo (FPSM). En ambos está el MST y las centrales sindicales, pero en este último no figura el PT.
Tiempo Argentino
Mayo 29 de 2016
por Alberto López Girondo | May 29, 2016 | Sin categoría
El tono general fue de análisis profundo y descarnado, de crítica y evaluación de errores cometidos por los sectores progresistas de la región, pero también de optimismo ante este embate de la derecha en varios países tras el triunfo de Mauricio Macri en Argentina y el apartamiento de Dilma Rousseff del poder en Brasil. Álvaro García Linera, Emir Sader y Eduardo Rinesi participaron en una charla organizada por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y la Fundación Germán Abdala para debatir un tema que resulta candente, «la restauración conservadora». El encuentro se desarrolló ante una sala que desbordaba, el auditorio Roberto Carri de la sede de Constitución.
El vicepresidente boliviano, notable orador y un fino analista político, se hizo cargo de que los gobiernos que en lo que va del siglo estuvieron en el poder en Latinoamérica representaron un «republicanismo plebeyo» contrario al que desde los inicios de la historia se enseñoreó en nuestros países. Y destacó que esta década larga fue el período de mayor crecimiento e integración en 200 años. Pero si bien reconoció que «no estamos en un buen momento», al mismo tiempo insistió en que se debe luchar por retomar la senda virtuosa que ahora parece perdida. «Estamos en el fin de una primera oleada revolucionaria, hay un reflujo y debemos acelerar una segunda oleada que nos lleve más lejos». La síntesis podría resumirse en que no se puede bajar los brazos. «Luchar, vencer, caer, levantarse, y volver a luchar», puntualizó el vicepresidente boliviano «hasta que se acabe la vida».
«Es necesario identificar dónde están nuestras debilidades, para superarlas y retomar la iniciativa», dijo.
Didáctico, García Linera detalló varios puntos que a su modo de ver representaron los puntos más destacados en este proceso regional. «En el plano político hubo un ascenso de las clases sociales al control del Estado». Esto implicó que en el caso de Bolivia, un 20% de la población se incorporó a las clases medias.
También hubo un fortalecimiento de la sociedad civil y un notable proceso de redistribución de la riqueza en el continente más desigual del planeta. «se amplió la capacidad de consumo de la población en general», destacó.
Estas políticas posneoliberales y el fortalecimiento de las instituciones regionales produjeron un crecimiento en los grados de libertad de los países latinoamericanos. Lo que permitió que en el caso de su país, se pudiera con ayuda de los gobiernos vecinos y las instituciones como Unasur parar un golpe contra el presidente Evo Morales en 2008, «cuando de nueve departamentos que hay en Bolivia, no pudiéramos ni Evo ni yo pisar en cinco, gobernados por la derecha».
Pero esas fortalezas convivieron con un cúmulo de debilidades que ahora pueden producir desazón, pero, dijo, es necesario afrontar. ¿Qué no hemos hecho bien? se planteó. Teniendo en cuenta que la derecha siempre va a estar al acecho, abundó, porque nunca va a renunciar a sus privilegios. Pero «es necesario identificar dónde están nuestras debilidades, para superarlas y retomar la iniciativa». Y la primera debilidad pasa por las contradicciones al interior de la economía. «No tenemos que olvidar que política es economía», apuntó García Linera, haciendo hincapié en que el proceso político revolucionario debe garantizar los satisfactores básicos de la sociedad para mantener la iniciativa.
Otra debilidad es haber hecho redistribución sin politización. Esto es, que los logros de la sociedad no fueron en muchos casos entendidos como parte de un proceso político. Un error que, reconoció, implicó haber perdido en Bolivia el referéndum de febrero pasado «por no haber entendido las nuevas sensibilidades que hay en sectores de clase media que se incorporaron a la economía en estos años y que nosotros no supimos entender».
Este punto es importante porque implica saber que para que los cambios sean profundos «es necesario constituir otro sentido común». Y el problema es que ese sentido común todavía está representado por los grandes medios de comunicación.
Pero para los movimientos populistas un tema clave también es el de la continuidad del liderazgo, lo que en el caso boliviano se intentó zanjarmediante la consulta popular para una nueva reelección de Evo Morales. «Es algo que no hemos resuelto para regímenes democráticos», destacó. Otro tema fue que la integración económica continental es aún débil, una cuenta todavía pendiente y que en momentos de reflujo como los que ahora se viven, aparecen como un grave déficit. Porque, sostuvo García Linera, «cada gobierno está viendo su espacio geográfico, su mercado, y pierde perspectiva. Hay limitaciones».
Nada es fácil, agregó el vicejefe de gobierno boliviano, quien propuso le creación de un gran estado plurinacional continental «que respete la idiosincrasia de cada país» pero represente una unidad de 450 millones de personas y todas las riquezas de la naturaleza. «Solos somos presa de la angurria y el abuso de empresas y países del norte»
¿Que va a pasar en el futuro? García Linera propuso no ser pesimista. Porque la derecha no tiene nada que ofrecer, «todo lo que propone es ir hacia atrás». No es como en los 90, que podía plantear el combate de la inflación o sea suerte de utopía privatista. «Ellos son como zombies, como muertos vivientes -agregó- nosotros somos el futuro». «
La democracia bajo la mirada de Rinesi
Eduardo Rinesi comenzó su exposición intentando una caracterización de las distintas etapas que vivió el concepto de democracia desde el fin de la dictadura. Para el filósofo, era natural que en América Latina y en Argentina una «palabra tan polivalente» tuviera distintos significados se la asociaran con lo peor de una sociedad. «Los últimos gobiernos de la dictadura entendían a la democracia como el orden, opuesto al populismo». La forma de resolver esa cuestión fue arrasar con las libertades individuales. Frente a ese poder temible del Estado, era casi natural que se iniciara en los ’80 una democracia asociada a la utopía. Pero con un fuerte contenido antiestatalista. «En los largos ’90 la democracia se la asoció con una rutina, más desangelada, que garantizaba ciertas garantías mínimas, ciertos derechos elementales y libertades básicas, con votación cada dos años», añadió Rinesi.
Pero todo estalló en el aire a fines del 2001 en una «suerte de espasmo participativo». Fue una democracia muy vigorosa, asambleística. Era la idea participativita de la defensa de derechos que el neoliberalismo había dejado de lado, defensa de la libertad positiva para participar en la cosa pública. «En el 2003 empieza otra historia: la democracia no es como orden hay una democratización de un proceso de administración, de universalización de derechos».
En tal sentido el ex rector de la Universidad de General Sarmiento sostuvo la importancia de apropiarse de la idea de republicanismo y liberalismo en el buen sentido. «Porque nosotros, los populistas, somos los verdaderos republicanos», resumió.
Sader: «Eligieron el peor Congreso»
El sociólogo brasileño expuso sobre los problemas relacionados con el actual momento que vive Brasil luego de la aprobación del juicio político a Dilma Rousseff. Y fue contundente: «Ellos (los conservadores) perdieron cuatro elecciones y como sabían que no podrían derrotar a Lula en 2018 buscaron un atajo para sacar a Dilma del medio».
Relató luego que esta fue la última elección en que hay financiamientos privados se aprovecharon, afirmó, de una situación especial y lograron imponer sus propios candidatos. «Eligieron el peor Congreso en la historia de Brasil», aseguró Sader. Y ese Congreso fue el que dio «un espectáculo vergonzoso el 17 de abril» al votar el impeachment en Diputados.
Pero como buen analista de la realidad, desde que es uno de los intelectuales de la izquierda latinoamericana más brillantes, pidió reparar en los errores cometidos en el gobierno del PT. «Se hizo una política económica errada, un ajuste fiscal injusto» que hizo caer la crisis en los más pobres. Pero también inistió en los errores gruesos en la política económica ya que «nunca un ajuste lleva al crecimiento» y cuestionó una estrategia política catastrófica que le quitó apoyo popular al gobierno.
Sin embargo, lo que terminó siendo decisivo para la suspensión de Dilma fue la mayoría parlamentaria de derecha, acicateada por los medios hegemónicos. «Este es un gobierno de bandidos, con perdón de los bandidos», ironizó Sader. Con todo, el sociólogo destacó que aún no está todo dicho sobre el futuro del gobierno, ya que las manifestaciones a favor de Dilma son masivas y crece el malestar por los escándalos que envuelven al gobierno provisorio.
Tiempo Argentino
Mayo 29 de 2016
La foto es de Edgardo Gómez
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