por Alberto López Girondo | Feb 3, 2020 | Sin categoría
La guerra del gobierno de Donald Trump contra el gigante chino Huawei se trasladó a otro campo de batalla: el Reino Unido. Curiosamente en el momento en que los mandatarios de ambas naciones están más cercanos. Hace tres días Gran Bretaña comenzó formalmente el proceso de divorcio de la Unión Europea para el que aún faltan cuestiones legales y fiscales por resolver antes de fin de año. Pero en la práctica, ya no duermen en la misma cama que compartían desde hace 47 años. Y los “britons” necesitan el respaldo de sus primos americanos para capear el temporal que se avecina, sin respaldo continental. (Ver acá)
Sin embargo, unos días de días antes de la fecha cumbre del Brexit, el primer ministro Boris Johnson autorizó que la telefónica más cuestionada por Washington participara del despliegue de la red 5G en el país. Contraviniendo directivas de todos los funcionarios de Trump, que lanzan pestes contra Huawei desde que la administración republicana puso a la firma en la lista de enemigos por considerar que a través de sus aparatos y redes hace espionaje a favor de Beijing.
La participación del gobierno chino en Huawei es innegable y el fundador de la empresa, Ren Zhengfei, integró las fuerzas armadas de esa nación como ingeniero militar y recibió apoyo oficial para desarrollar su empresa.
Pero si de espiar se trata, las denuncias del ex empleado de la CIA Edward Snowden sobre los programas de espionaje utilizados por EEUU a través de su agencia NSA deberían también formar parte del debate político-mediático.
Algo de esto tienen en cuenta los representantes de la Unión Europea, que vienen debatiendo la participación de Huawei en la red continental de 5G. El miércoles pasado, Bruselas emitió directivas sobre seguridad que parecen tomar en cuenta ambas amenazas, la estadounidense y la china.
Entre las medidas clave, recomienda a sus miembros fortalecer los requisitos de seguridad para los operadores de redes móviles; evaluar el perfil de riesgo de los proveedores; aplicar las restricciones pertinentes para los proveedores considerados como de alto riesgo y garantizar que cada operador cuente con una estrategia de vendedores múltiples apropiada para evitar o limitar cualquier gran dependencia en un proveedor único y evitar la dependencia en proveedores considerados de alto riesgo.
«El conjunto de herramientas es un paso importante en lo que debe ser un esfuerzo continuo en el trabajo colectivo de la UE para proteger mejor nuestras infraestructuras críticas», dijo Margaritis Schinas, vicepresidente de Promoviendo el Estilo de Vida Europeo, según destaca un cable de la agencia de noticias china Xinhua.
La aprobación de Johnson, en tanto, es limitada. Permitirá que la empresa asiática construya parte de la red restringida a partes de infraestructura «no centrales» y mientras no tenga más del 35% de participación en el mercado.
Esa autorización, a horas casi del Brexit, despertó críticas dentro de su propio partido, el conservador. Para un grupo importante de legisladores “tories”, cualquier proveedor considerado de alto riesgo por el servicio de inteligencia británico debería ser eliminado de la cadena de suministro, señala el diario The Guardian.
Pero para el MI6, el famoso servicio de espionaje de la corona, que afirma haber investigado a Huawei en el pasado, ninguna de sus aplicaciones “representa un desafío que no podamos controlar”.
Del otro lado del Atlántico, el clima es bastante más hostil a la decisión de Johnson. Comenzando por el secretario de Estado, Mike Pompeo, que viene batallando desde mediados del año pasado para que Londres les diera un portazo a los chinos.
«Esto no es sobre una compañía (por Huawei); esto es sobre un modelo del Partido Comunista chino, que establece requisitos a estos negocios, diciendo lo que deben hacer, y no son solamente requisitos legales, son inversiones financieras importantes. Hay altos funcionarios en esta compañía que están vinculados al Partido Comunista chino», recalcó Pompeo desde la capital inglesa, donde comenzó una gira que se extiende hasta mañana y que lo llevó por Ucrania, Bielorrusia y Uzbekistán.
«El Partido Comunista chino representa la amenaza central de nuestro tiempo», denunció, como si estuviera en tiempos de la Guerra Fría y antes de 1972, cuando Richard Nixon viajó a Beijing pare entrevistarse con el líder de la revolución china, Mao Zedong.
El lobby contra Huawei – segunda en venta de celulares a nivel mundial, detrás de Samsung y adelante del Iphone de Apple- continuó con una carta firmada por 42 congresistas de EEUU enviada a la Cámara de los Comunes alertando sobre los riesgos de utilizar la tecnología china. La nota original fue publicada por el diario sensacionalista inglés Daily Mail y reproducida por medios argentinos. En ningún momento se indica quiénes son esos congresistas, aunque es fácil deducir quiénes podrían estar detrás de la movida mediática.
Los republicanos Marco Rubio, Tom Cotton, Mitt Romney y John Cornyn encabezan la iniciativa contra Huawei y ya estuvieron haciendo campaña contra la aprobación de Johson desde que la propuesta tomó cuerpo.
“Huawei es una malvada compañía de telecomunicaciones china dirigida por el Estado que busca dominar el futuro de las redes 5G. Es un instrumento de poder nacional utilizado por el régimen en Beijing para socavar a las empresas estadounidenses y otros competidores internacionales, participar en espionaje en países extranjeros y robar propiedad intelectual y secretos comerciales”, sostiene Rubio, un hijo de inmigrantes cubanos anticastristas que hace campaña contra cuanto gobierno popular aparezca en América Latina.
Otro para quien la Guerra Fría sigue vigente.
Tiempo Argentino, 3 de Febrero de 2020
por Alberto López Girondo | Feb 2, 2020 | Sin categoría
La ceremonia tuvo lo suyo: diputados británicos dejaron la Eurocámara en la última sesión con el Reino Unido como miembro de la Unión Europea acompañados por el estruendoso sonido de las gaitas y gritando: «¡Adiós!, no volveremos». Sin embargo, ese instrumento aerófono caracteriza a dos pueblos del archipiélago que no terminan de digerir el divorcio del continente y en el caso de Escocia, amenazan con un nuevo referéndum para dejar la tutela de Londres y volver a Bruselas.
Mientras tanto, los memes ilustraron mejor que nada el clima que se vive en esos lares tras el paso más trascendente para la unidad continental desde que la Vieja Albión ingresó a la Comunidad Europea en 1973. Algunos advertían que iban a disfrutar del último queso cheddar de fabricación europea. Desde ahora, las etiquetas dirán que es importado del Reino Unido. Situaciones como esta serán habituales a partir de este sábado. Pero la transición promete ser menos traumática de lo que los más pesimistas auguran.
Este 1 de febrero empezó un período de transición que al cabo de once meses deberá remover 12 mil regulaciones y 55 impuestos europeos, mientras Bruselas espera el último pago de la cuota de participación como socio de los británicos. Paralelamente, se instalarán controles fronterizos aunque en el caso de Irlanda, el punto más importante es que no se impondrán aduanas para no azuzar viejas disputas entre el Ulster y la República de Irlanda a las que la pertenencia a la UE pusieron fin hace más de 25 años.
El caso de Escocia tiene también su peso. Descontentos y víctimas de políticas neoliberales que devastaron su industria desde los años ’80, en 2014 el clima popular anti-inglés llevó a una salida arriesgada pero que resultó efectiva. Se llamó a consulta popular y por un 55,3% a 44,7% los escoceses eligieron quedarse en el Reino Unido.
Pero en ese momento –era premier británico el conservador David Cameron– hubo promesas de revertir añares de decadencia y grandes firmas amenazaron con profundizar la caída dejando el norte de la isla británica para mudarse a Inglaterra.
Dos años más tarde, envalentonado por ese éxito, Cameron pretendió acallar las voces antieuropeas con otro referéndum. Pero el tiro le salió por la culata. Con un aditamento: si bien en la general el Brexit ganó por un ajustado 51,9 a 48,1%, tanto en Escocia como en Irlanda del Norte triunfó el voto por permanecer en la Unión Europea. En Ulster el resultado fue del 56% a 44 y en Escocia un abrumador 62 a 38. Es más, en el distrito de Londres el resultado fue del 60% por quedarse y 40% por permanecer.
Esas tensiones están creciendo en el norte de la isla de Gran Bretaña, al punto que la ministra principal escocesa, Nicola Sturgeon, busca el modo de ir nuevamente a las urnas para otra consulta independentista. A mitad de enero, el primer ministro Boris Johnson rechazó al permiso pero el tema no se acallará así como así.
«Voy a hacer todo lo posible para conseguir un referéndum este año», insistió Sturgeon. «Los conservadores provocan a Escocia. (Los nacionalistas) estamos ganando y ellos lo saben». Por otro lado, ya no está el paraguas re la UE para solventar la unidad nacional y hasta no sería extraño pensar que sotto voce del otro lado del Canal de la Mancha alientan el separatismo.
El Reino Unido y Europa nunca fueron un matrimonio bien avenido y desde la creación del Mercado Común, a fines de los ’50, el entonces presidente francés Charles de Gaulle se opuso al ingreso de los ingleses. Recién después de su muerte, y con el presidente Georges Pompidou en el Palacio del Elíseo, París dejó de lado la bolilla negra. Pero siempre fueron una piedra en el zapato: no quisieron formar parte de la zona euro ni aceptaron sumarse al pacto fiscal continental o a la libre circulación a través de las fronteras.
El principal sostén en esta nueva etapa será para Londres el gobierno de Donald Trump. Johnson espera cumplir con el deseo manifiesto de los británicos: volver a ser una potencia militar y recuperar el fulgor imperial. Aunque sea bajo el ala del imperio estadounidense.
Pero si es así, ya empezó con el pie izquierdo. El jueves le dio luz verde al desarrollo de la red 5G a la compañía china Huawei. Como para que sus nuevos mejores amigos sepan que con los ingleses matrimonio y fidelidad no suelen ser sinónimos. «También influye sobre Malvinas y Gibraltar
Más allá de los cimbronazos económicos y sociales que producirá el retiro del Reino Unido de la Unión Europea, hay dos aspectos geopolíticos que también quedarán expuestos, muy cercanos al corazón de los argentinos y los españoles: el reclamo por la soberanía sobre las Islas Malvinas y el Peñón de Gibraltar.
Hasta ahora, la UE representaba para Londres la seguridad de que podría patear la pelota afuera eternamente sobre dos cuestiones que tanto españoles como argentinos mantienen como un símbolo de su cultura e identidad.
En el caso de las islas del Atlántico Sur, el Tratado de Lisboa, de diciembre de 2007, una suerte de Constitución regional, reconocía al archipiélago argentino como territorio británico de ultramar. En el caso de Gibraltar, en posesión inglesa desde 1713, existió el compromiso sellado en Bruselas para mantener un diálogo a tres partes: Londres, Madrid, y las autoridades locales, para establecer reglas de convivencia o un eventual traspaso. Los gibraltareños se ponen a «cambiar de monta» pero, conocedores de su particular situación, en el referéndum de 2016 votaron casi en forma unánime (97%) por quedarse en Europa.
Ahora deberían instalarse aduanas en el puerto y es probable que se produzcan tensiones habida cuenta de que cerca de 10 mil españoles trabajan día a día en ese lugar y hasta ahora tenían frontera libre. Para Argentina, el Brexit representa una oportunidad para hacer cumplir la Resolución 2065 aprobada durante el gobierno de Arturo Illia, que insta a mantener negociaciones entre ambas partes para resolver la soberanía.
«En Malvinas tenemos una tierra a la que nunca vamos a renunciar y siempre vamos a reclamar como propia», arengó el presidente Alberto Fernández a los tripulantes del rompehielos Almirante Irízar al poner en marcha la campaña antártica, el 4 de enero pasado.
Tiempo Argentino, 2 de Febrero de 2020
por Alberto López Girondo | Feb 2, 2020 | Sin categoría
Como abrazados a sus penurias políticas particulares, los mandatarios de Estados Unidos e Israel anunciaron el «Acuerdo del Siglo», un plan que llamaron de paz pero que difícilmente pueda ser aceptado por los principales involucrados en ese documento, los palestinos. A poco de andar los días, fue evidente que son pocos los que creen que esa movida espectacular de la Casa Blanca pueda implicar algún cambio duradero. Pero al borde de las definiciones sobre el juicio político a Donald Trump y en el comienzo de las Primarias para elegir los candidatos a las presidenciales del 3 de noviembre, mientras a su vez Israel se prepara para el tercer comicio con un primer ministro, Benjamin Netanyahu, tratando de esquivar un proceso por corrupción, el plan de Trump para el Medio Oriente muestra un perfil de marketing muy adecuado para el momento.
El plan de la administración Trump, pomposamente presentado como un arreglo definitivo al conflicto palestino-israelí, lo viene pergeñando el yerno del presidente, Jared Kushner, desde hace dos años. Y teniendo en cuenta que el joven viene del mundo inmobiliario, tiene algunos toques de propuesta de consorcio, ya que como parte de la solución, ofrece inversiones y perspectivas económicas atractivas para los palestinos.
Sin embargo, los críticos coinciden en que resulta inaceptable ya que legaliza la ocupación de colonos israelíes en tierras que para la comunidad internacional pertenecen al Estado palestino, que desde 1948 no se pudo conformar precisamente por esas diferencias. Al mismo tiempo, cristaliza la situación de los pobladores del escaso territorio, sometidos a control, vigilancia y la provisión de elementos esenciales como el agua de las autoridades israelíes.
«Es el bofetón del siglo y terminará en el basurero de la historia», sentenció Mahmud Abbas, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, único organismo con carácter estatal que los palestinos pudieron conformar. «Es un copy-paste del proyecto del primer ministro y de los colonos israelíes», agregó el negociador palestino Saeb Erekat.
«Es un plan que nace muerto», se sumó el mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan, quien al mismo tiempo fustigó la actitud condescendiente que mantuvieron los gobiernos de la región. «Los países árabes que apoyan un plan semejante traicionan a Jerusalén y a su propio pueblo y algo más importante: a toda la humanidad», dijo Erdogan en un encuentro con líderes de su partido, el AKP. «Arabia Saudita está silenciosa. ¿Cuándo harás oír tu voz? Omán, Bahréin, también. El gobierno de Abu Dabi aplaude. ¡Vergüenza! ¡Vergüenza!», se enardeció. Recién ayer la Liga Árabe emitió un comunicado rechazando el plan de la Casa Blanca.
Las voces críticas se hicieron oír también entre los israelíes. Así, el escritor y periodista Gideon Levy inició su columna para el diario Haaretz, de Tel Aviv, con el recuerdo de Omar Abu Jeriban, un habitante de Gaza que en 2008 fue arrojado al costado de una carretera por efectivos israelíes que lo habían sacado de un hospital «con una bata clínica, herido, débil, descalzo, sin comida ni agua y conectado a un catéter». Un caso horroroso que sólo reflejó en aquel momento el periódico afín a la izquierda de Israel.
«La posición del policía que tiró al hombre herido fue asumida ahora por Donald Trump y Benjamin Netanyahu, el rol del hospital fue asumido por el mundo. En 2008 fue una tragedia humana, (este martes) fue una tragedia nacional», agregó Levy, hijo de inmigrantes alemanes que escaparon de la persecución nazi, quien por sus habituales planteos en contra de la ocupación de Cisjordania y la asfixia a los habitantes de Gaza suele ser acusado de agente de Hamas. «Dejaron a los palestinos sangrando a un costado del camino», concluyó.
Mientras tanto, Netanyahu se reunió en Moscú con Vladimir Putin a la vuelta de su viaje a Washington. Una visita de cortesía para informar personalmente sobre los alcances del acuerdo anunciado en la capital estadounidense. Rusia es un jugador esencial en Medio Oriente desde que tomó las riendas del combate al terrorismo de ISIS y por su ayuda al gobierno de Bashar al Assad. El presidente ruso tiene también su influencia en los cientos de miles de emigrados de esa nacionalidad que, desde las colonias israelíes en Palestina, son claves para la elección del 2 de marzo.
Como parte de esa misma gira, Netanyahu logró otro guiño de Putin, que indultó a Naama Issachar, una joven que había sido detenida un año atrás en el aeropuerto de Moscú con un paquete que contenía cannabis. Condenada a siete años de prisión por posesión y contrabando de drogas, regresó este jueves a Tel Aviv y apareció en los medios junto al primer ministro, quien se ufanó de sus dotes diplomáticas en un caso que conmovió a la opinión pública, alertada desde abril pasado por la madre de la mujer, Yama, que inicio la campaña por su liberación.
Que el acuerdo pega fuerte en la campaña electoral israelí lo demuestra no sólo el fervor con que Netanyahu se subió a ese carro de cara a su intención de que esta tercera vez logre la diferencia que le permita un nuevo mandato. Como el escenario político en Israel es tan intrincado Trump no tuvo más remedio que invitar también al candidato que le viene peleando cabeza a cabeza las urnas a Netanyahu, el general retirado Benny Glantz.
Hábil, el exjefe de las fuerzas armadas fue a Washington pero pidió una entrevista privada con Trump. No quería quedar pegado a su contrincante, al que espera finalmente sacar de la cancha dentro de un mes. Ambos representan a distintos sectores de la derecha israelí. Netanyahu está en el gobierno hace diez años y va por un nuevo período. Su principal enemigo por estos días es el fiscal general Avichai Mandelblit, quien lo acusa de fraude, corrupción y abuso de poder.
Tiempo Argentino, 2 de Febrero de 2020
por Alberto López Girondo | Ene 19, 2020 | Sin categoría
En medio de la crisis provocada por el asesinato del general iraní Qasem Soleimani y del comienzo del juicio político contra Donald Trump en el Senado, el presidente estadounidense celebró la firma de un tramo del acuerdo comercial con China que promete poner fin a una parte sustancial de las controversias entre ambas potencias. La fecha coincidió con el 29° aniversario del inicio de la operación Tormenta del Desierto, la primera incursión de tropas occidentales en Irak, durante el gobierno de George Bush padre.
Si algo une a estos acontecimientos es que aquella ofensiva contra Saddam Hussein –finalmente eliminado con la segunda invasión, realizada por Bush hijo en 2003– es que al cabo de casi tres décadas y cientos de miles de muertos y desplazados, el escenario resulta más endeble para los intereses imperiales de Washington y cada vez más firme en favor del crecimiento chino en esas regiones. Si Trump intenta mostrar la firma del convenio como un éxito de su estilo de negociación al borde del abismo, en realidad representa el avance de un mundo multipolar opuesto al sueño de una hegemonía absoluta de EE UU sobre el planeta tras la caída de la Unión Soviética, en ese mismo año de 1991.
Como ya se dijo en estas páginas, un misil lanzado desde un dron mató el 3 de enero a Soleimani en Bagdad cuando iba a un encuentro con las autoridades iraquíes en busca de un acuerdo para pacificar la región y que incluía a Arabia Saudita y Siria. El ataque también causó la muerte de Abu Mahdi al-Muhandis, número dos de las Fuerzas de Movilización Popular y otros siete militares iraníes. La represalia de Teherán fue una andanada de misiles sobre dos bases de EE UU en Irak que no produjo víctimas.
La situación en Irak es dramática desde antes incluso de aquella primera invasión, de la que, hay que recordar, también participaron 500 miembros de la Armada Argentina en dos corbetas, un destructor, un buque de carga, dos aviones de transporte y tres helicópteros enviados por el gobierno de Carlos Menem para el bloqueo del Golfo Pérsico. La ocupación total de 2003 no hizo sino agravar las cosas, aunque la versión estadounidense señalaba que iban a instaurar la democracia y el desarrollo del país.
Saddam Hussein, un laico apoyado en sectores islámicos sunnitas, mantenía a las mayorías chiítas y a los kurdos sojuzgados. Bush padre, que había sido jefe de la CIA, apoyó a grupos chiítas para debilitar al régimen de Saddam, que sin embargo había sido aliado incondicional de Washington. Con la caída del líder político, esa rama musulmana tomó preminencia. El dato es que es la misma visión del islamismo que desde 1979 gobierna en Irán.
Barack Obama llegó al poder en 2009 por la promesa de retirar las tropas de Irak. Fue su carta moral ganadora en las elecciones. Pero no cumplió con el programa que le granjeó el Nobel de la Paz de ese año. Trump, desde una perspectiva economicista, también juró dejar que los iraquíes decidieran por su destino. El gasto bélico le resulta insostenible, pero el impeachment promovido por los demócratas lo pone contra las cuerdas.
Soleimani fue el estratega de la lucha contra los grupos fundamentalistas de ISIS, que con apoyo de Washington sirvieron para mantener a las autoridades iraquíes y al gobierno sirio bajo fuego durante casi un lustro. El triunfo sobre el terrorismo abrió las puertas a una progresiva «emancipación» de la dirigencia iraquí.
Así fue que el primer ministro Adel Abdul Mahdi recibió con beneplácito ofertas de acercamiento de Beijing. En septiembre pasado, una delegación encabezada por Abdul Mahdi negoció un acuerdo para la reconstrucción del país, devastado por la invasión estadounidense. El premier habló de «un salto cuántico» en las relaciones entre ambas naciones.
Desde entonces comenzaron movilizaciones «contra la corrupción del gobierno» orquestadas por la oposición. El analista de origen italiano Federico Pieranccini reveló la preocupación de Abdul Mahdi en un discurso secreto ante una comisión del Parlamento.
Según sus palabras, Trump le dijo que las protestas eran el punto de partida para una embestida mayor, como colocar francotiradores que dispararan contra las multitudes. Cada muerto se habría de computar como represión del gobierno si es que no renunciaba a los acuerdos, que incluían la compra de cien mil barriles de crudo al día por 20 años. El hombre presentó entonces la renuncia, que no fue tratada.
Luego del asesinato del general iraní, el Parlamento votó una declaración exigiendo que EE UU retire totalmente sus tropas. En un cruce inesperado, el general William Sheely anunció que en pocos días iban a trasladar todos los efectivos fuera del territorio iraquí. Pero pronto fue desmentido por el Departamento de Estado. Trump llegó a amenazar a Bagdad que si no retiraba o al menos desoía al congreso sobre el retiro de militares de EE UU iba a desplegar una catarata de sanciones tal, que las que padece Irán desde que decidió romper unilateralmente el acuerdo nuclear, iban a parecer caricias.
Rusia, que también tiene algo que decir en esa región, y este jueves Ali al Ganmi, integrante del Comité Parlamentario de Seguridad y Defensa, defendió en una entrevista a un medio iraquí el convenio con Moscú para la compra de misiles S-400. «De acuerdo con la Constitución, Irak es libre de armarse, adquirir el equipamiento militar necesario y comprar cualquier sistema que considere apropiado según las circunstancias», se explayó. «Turquía también quiere su lugar
La situación en Libia luego de la ocupación de la OTAN, en 2011, no dista mucho de la que padecen las otras regiones desde esos no tan lejanos días en que Occidente prometía democratizar al mundo árabe. Tras el derrocamiento de Mohamar Kadafi la nación quedó partida en dos. Uno de los sectores se asienta en Trípoli, el llamado Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA). El otro, liderado por el general Khalifa Haftar, viene tomando posiciones para hacerse del control total, al costo de miles de vidas.
Esta semana, representantes de ambos bandos se reunieron en Moscú para lograr algún tipo de acuerdo de paz, a instancias de Vladimir Putin. Pero Haftar, que fue clave en su momento para derrocar a Kadafi, se negó a firmar una tregua y se fue de la capital rusa alegando que el compromiso no tomaba en cuenta las demandas del ejército a su cargo.
Ahora el mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan, otro que aprovecha para meter baza en esa región ante el evidente repliegue estadounidense, dijo que su gobierno comenzó a desplegar tropas en Libia para apoyar al GNA, el único polo de poder reconocido por las Naciones Unidas.
Tiempo Argentino, 19 de Enero de 2020
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