Abogado y economista, Ernesto Samper Pizano fue el último secretario general de la UNASUR, presidente de Colombia entre 1994 y 1998 y uno de los máximos referentes del Grupo de Puebla. Descendiente de una de las familias más tradicionales de Colombia, que alumbró intelectuales y dirigentes políticos desde la época de la colonia, comparte lazos afectivos muy fuertes con Argentina junto con su hermano Daniel, autor de libros con el luthier Jorge Maronna. En una charla por Zoom a horas de la segunda vuelta en Ecuador en la que ganó el conservador Guillermo Lasso y la primera en Perú, Samper consideró que en la región «hay un virus peor que el del COVID-19: el de la polarización ideológica», que la derecha utiliza «para pescar en el río revuelto de la izquierda dividida». Y señala que las oligarquías latinoamericanas, «siguen todavía con el cordón umbilical amarrado al programa de Trump». –Se aleja la posibilidad de que la UNASUR vuelva a Quito, ¿verdad? –Desde la Casa de la Patria Grande, en Buenos Aires, estamos montando programas sectoriales como el tema de la salud y podemos sobrevivir en la medida en que vayan concretándose espacios progresistas en la región. El Grupo de Puebla ha acordado trabajar en la CELAC, que es el organismo al que están concurriendo todos los países. Es una pena que no vayamos a poder utilizar la sede de UNASUR en la Mitad del Mundo a menos de que el nuevo presidente de Ecuador decida volver a considerar a Quito como la capital de la Integración. Pero no sería una reunión de países contra Venezuela y a favor de la agenda que impulsaba Donald Trump. Así es la democracia, tenemos que aceptar los resultados y también aprender las lecciones y es que hay un virus peor que el del COVID-19 y es el de la polarización ideológica, que es el arma que está utilizando la derecha para que la gente no concurra a las elecciones a escoger entre distintas alternativas políticas sino para decidir sobre un enfrentamiento que se plantea de manera violenta con el apoyo de los poderes fácticos que han venido reemplazando en la región a los partidos políticos. –La sensación es que Donald Trump le facilitó la tarea a Joe Biden con la destrucción de organismos regionales. –No hay que tener una visión tan pesimista. Hay vientos progresistas que soplan sobre la región. La elección de López Obrador en México, Alberto Fernández en Argentina, la posibilidad de una Constitución antipinochetista en Chile, habrá un candidato de centroizquierda en la segunda vuelta de Perú. La llegada de Biden representa una bocanada de oxígeno político para la región. Hay señales de que va a desradicalizar las relaciones de Estados Unidos con América Latina. Debemos aceptar que este tipo de episodios como el de Ecuador no son retrocesos sino tropiezos que se presentan en el camino de recuperar la gobernabilidad progresista en la región. –¿Cómo cree que impactó el uso de herramientas como el lawfare y las fake news a través de las redes en el voto en Ecuador? –Es evidente que Andrés Arauz compitió en las más difíciles circunstancias. Hasta último momento se discutió la legitimidad de su candidatura y padeció acciones hostiles en materia electoral, la persecución de Rafael Correa, la intervención desvergonzada del fiscal colombiano en los asuntos internos de Ecuador para tratar de vincularlo con el narcotráfico y el terrorismo en Colombia. No fue propiamente una campaña limpia. Estuvo llena de obstáculos, llena de sobresaltos, de zancadillas, esto nos debe llevar a reflexionar a los sectores progresistas sobre cuál es el sistema democrático en el que nos estamos moviendo. Las guerras jurídicas que ocurren en Argentina o Brasil muestran que hay enemigos poderosos que debemos enfrentar en esas condiciones, con los fiscales convertidos en actores políticos. –Los medios de comunicación concentrados también son enemigos poderosos. –A esto llamaba poderes fácticos, que son nuevos actores políticos que hacen política sin responsabilidad política, dentro de los cuales están los grupos económicos, los grupos comunicacionales, las ONG internacionales, los jueces y fiscales convertidos en protagonistas mediáticos y hasta las agencias calificadoras de riesgo. Si no abrimos los ojos a estas dificultades vamos a tener lo que se vivió en Ecuador: un enfrentamiento de una derecha polarizada apoyada por estos poderes fácticos y una izquierda dividida y fragmentada, huérfana de cualquier acceso mediático y defendiéndose como gato panza arriba en las redes sociales. –En lo personal usted ha sufrido este tipo de situaciones y ahora aparece convocado a declarar en relación con el asesinato del dirigente político Álvaro Gómez Hurtado en 1995. –Esto forma parte del folclore nacional. En Colombia también hay un Gobierno de derecha y un fiscal de derecha y hay unos organismos oficiales que están detrás de los mismos intereses. En Colombia las causas contra los expresidentes no se tramitan en la Justicia ordinaria. Se hacen a través de las comisiones de acusación del Congreso y ese es el escenario por el que debo responder por todos mis actos de gobierno. No he sido convocado ni siquiera en condición de investigado. Simplemente es un tema que produce efecto mediático como para que aparezca la inquietud de si voy a algo a lo que no tengo que ir.
(Horacio Paone)
–Hablando de Colombia, la situación sobre los acuerdos de paz parece bastante dramática: siguen asesinando militantes y dirigentes. –Digamos que el vaso de los acuerdos de paz esta a medio llenar. La parte que está llena es la de que se desmovilizaron 12.000 combatientes. También que se creó una Justicia para la paz donde hay una comisión de la verdad, una jurisdicción de paz, una búsqueda de personas desaparecidas. A pesar de todos los intentos de este Gobierno (el de Iván Duque) por derribarlo, por quitarle recursos y posibilidades de acción y gracias al respaldo de la comunidad internacional, este acuerdo sigue funcionando. La parte que está vacía del vaso es que el Gobierno no ha puesto ningún interés en la protección de los sectores que deberían estar beneficiados por los acuerdos: no ha hecho una entrega de tierras, no ha reparado adecuadamente a las víctimas y está destruyendo los cultivos ilícitos de manu militari cuando lo que se convino en La Habana es que deberían ser sustituidos a través de un proceso voluntario. Todo esto sumado a la presencia del narcotráfico en algunas regiones. Tenemos la sensación de que el vaso está más desocupándose que llenándose. Es preocupante porque nos queda un año de un Gobierno que no cree en la paz, no cree en los acuerdos, y no está dispuesto a hacer nada para dar el paso de reactivar las conversaciones con el ELN, que en este momento está sentado a la mesa en La Habana esperando a que llegue alguien a negociar. –La situación sanitaria en la región es preocupante y eso también hace lamentar la parálisis de la integración latinoamericana. –Tenemos el 8% o el 9% de la población mundial, el 30% de los contagios y el 28% de las muertes. Hay casos atípicos como Brasil, que ha tenido un manejo desafortunado de la pandemia, como lo tuvo Trump. En términos generales podríamos decir que estamos pagando el costo de haber privatizado la salud en muchos países, de haber abandonado los programas epidemiológicos que se habían conseguido a través de mecanismos como el Instituto de Salud de UNASUR, y la presencia de un sector informal que supera el 50% de personas para las cuales medidas como el aislamiento no las aísla solo del virus sino de la comida, del trabajo y de la vida misma. Esa es una diferencia con lo que ocurre en Europa. Allí hay sectores formales, subsidios, canales que no los tenemos. Registramos estos niveles de contagios porque la gente esta saliendo para comer. Para sobrevivir. –¿No cree que la dirigencia europea muestra mayor interés en el cuidado de sus habitantes, que las oligarquías locales que se inclinan más por salidas a lo Bolsonaro? –Es que en muchas partes estas oligarquías ya se vacunaron en EE.UU. y eso establece un contraste con lo que está pasando en la región. Pero a mí me parece que Europa ha sido una de las regiones más desafortunadas en el manejo de la pandemia. Cada país se ha comportado con un nacionalismo sanitario que va en contra de todas las declaraciones políticas de unidad europea. Alemania cerrando totalmente sus fronteras, quitando el acceso a respiradores a cualquier país, las decisiones de prohibir la exportación de vacunas, la falta de capacidad de países como Francia e Italia para iniciar un proceso de vacunación masiva, han probado la incapacidad total de Bruselas de poner en marcha una solución a la más grave crisis que haya tenido la integración europea en muchos años. Aunque aquí tampoco hemos sido capaces de poner en marcha mecanismos conjuntos, existen por lo menos unas bases de solidaridad que se están haciendo presentes en muchos países. Si nosotros hubiéramos logrado, como hemos pedido en el Grupo de Puebla, que las vacunas se convirtieran en bienes universales –es decir, de libre acceso a costos aceptables o a la concesión de licencias obligatorias para poder clonar las vacunas– no estaríamos en la situación en que hoy día estamos. En Colombia se están planteando reformas tributarias con las cuales los contribuyentes van a ser las víctimas de la pandemia. Van a ser los pensionados, los asalariados, los desempleados los que van a tener que pagar más impuestos dentro de este concepto neoliberal de que lo que hay que hacer es quitarle impuestos a los de arriba para que generen más empleo. –Joe Biden y su secretaria del Tesoro, Janet Yellen, anunciaron planes que hacen hincapié en lo contrario, en que la rebaja de impuestos en verdad no ha generado puestos de trabajo. –Exacto. Y a mí me llama la atención que las oligarquías latinoamericanas, que están siempre tan dispuestas a imitar lo que haga el presidente de EE.UU., en este caso no lo están siguiendo. Y no lo hacen porque tienen una concepción de derecha que va más allá de sus afectos por el señor Biden. Siguen todavía con el cordón umbilical amarrado al programa de Trump. Hay dos maneras de salir de esto: reduciendo gasto social y el déficit fiscal, que es la vía neoliberal que ha fracasado, o imitar el modelo de Keynes en los años 30 cuando puso dinero en el bolsillo de los consumidores para que a través del aumento de la demanda se pudiera reactivar la economía. Es la única forma sensata de hacerlo. Que eso implique que haya que buscar otras fuentes de financiación sí, pero no puede ser lo único ponerle un impuesto a la clase media para sacar a un país de la crisis. Nosotros seguimos encasquetados en el modelo neoliberal y eso es lo que nos va a reventar realmente.
«El mío fue un gobierno social»
–Usted forma parte de una de las familias más tradicionales de Colombia, sin embargo tiene una visión del mundo diametralmente opuesta a la de la oligarquía. –No hay que confundir oligarquía con aristocracia. Nosotros somos más aristócratas que oligarcas. No nos distinguen por grandes cantidades de dinero o patrimonio sino por tareas que hemos venido cumpliendo en favor de la sociedad. Yo podría decir que mi cercanía a esas oligarquías desde mi condición aristocrática me ha permitido conocer las entrañas del monstruo. Y precisamente si algunas dificultades he tenido con las oligarquías de Colombia y de Estados Unidos es que pensaban que yo era una especie de oveja negra en el rebaño de los oligarcas blancos. Por eso soy atípico en ese sentido y lo son los de mi familia que han estado trabajando… Mi abuelo que formó una biblioteca, mi hermano que no solamente es admirado en Argentina, sino que uno de sus sueños era haber nacido en Argentina. Porque es un fanático del fútbol, de Les Luthiers, de la carne. Yo creo que una de sus grandes tragedias es no haber nacido argentino. Ahí estamos y así se explica por qué sabemos dónde hay que aplicar el dedo en la llaga. –¿Qué tipo de padecimientos sufrió por ser oveja negra? –Obviamente la incomprensión de los poderes oligárquicos colombianos, que han llegado a armar una conspiración para tumbar a mi gobierno, que ha sido quizás el último gobierno social que ha existido en Colombia. No lo digo yo, lo dicen las cifras. Llevamos la salud de 8 millones a 23 millones de personas que hoy día se están beneficiando de esos canales para salir de la pandemia. Eso ha implicado una reorientación del gasto público y una diferencia con EE.UU. que se mantuvo hasta el final de mi gobierno. El mío no fue muy complaciente con EE.UU., fue un gobierno social, soberano e independiente y eso es algo que cuesta en América Latina. –Lo llamativo es cómo hizo para llegar a la presidencia, siendo que a los progresistas les cuesta todo mucho más. –Hubo una coyuntura histórica. El Partido Liberal que yo integraba, era más un partido socialista que un partido liberal en términos europeos, con una larga tradición histórica y alimentado por realizaciones de movimientos sociales, reformas agrarias, sindicatos. Era una especie de peronismo a la colombiana. Ese sentimiento se expresó durante muchos gobiernos liberales. Yo creo que fui el último presidente de ese peronismo colombiano de mitad del siglo. Después llego Álvaro Uribe y todo voló como en átomos y hoy día tenemos una gran fragmentación y eso es lo que aprovecha la derecha para pescar en el río revuelto de la izquierda dividida.
Todo indica que también en Estados Unidos la solución a los problemas políticos pasa por el Poder Judicial. Incluso, por una buena Mesa Judicial como la que Donald Trump sostiene que armó Joe Biden para avanzar contra su abogado Rudolph Giuliani, a quien el FBI allanó este jueves en el marco de una investigación por sus actividades como lobista en la Ucrania post golpe de 2014.
La causa contra Giuliani se relaciona con supuestos trabajos de “cabildeo” a favor de funcionarios ucranianos a cambio de un estipendio durante la gestión de Trump en la Casa Blanca. Pero también lo imputan buscar que la justicia de aquella nación investigara las actividades del hijo de Biden, Hunter Biden, como beneficiado por negocios con una empresa energética luego del golpe de estado prooccidental contra el prorruso Viktor Yanukovich en 2014 que desencadenó un conflicto que desde entonces viene escalando entre Kiev, Moscú. la OTAN y Washington.
En el medio de este cruce, Trump fue llevado a juicio político en 2019 por esas presiones al gobierno de Volodímir Zelenski para avanzar contra Biden Jr, aunque no pudo ser destituido. Los demócratas denuncian desde 2016 una presunta injerencia rusa en las elecciones que depositaron en el Salón Oval al polémico empresario inmobiliario y dejaron en la puerta del lado de afuera a Hillary Clinton.
Si aquella movida de Trump tenía que ver con presiones judiciales en el país europeo, esta que compromete a Giuliani puede inscribirse en una maniobra de los demócratas para terminar de dejar fuera de carrera a ese sector ultra de los republicanos. “Rudy Giuliani es un gran patriota. Simplemente ama a su país, y allanaron su apartamento”, protestó el ex presidente en el canal Fox Business. “Es un doble estándar tan grande que no creo que nadie haya visto algo así antes… Es muy, muy injusto”, prosiguió Trump.
Biden, por su parte, replicó en la NBC que no estaba informado sobre el avance de la causa contra Giuliani. “No es el rol del presidente decir quién será procesado, cuándo será procesado, quién no debe ser procesado (…) El Departamento de Justicia es el abogado del pueblo, no el abogado del presidente”, agregó, para afirmar finalmente que “Trump politizó el Departamento de Justicia, y muchos funcionarios renunciaron, simplemente se fueron”.
Efectivos de la agencia federal allanaron el departamento de Giuliani en Nueva York y sus oficinas en el mismo edificio. Andrew Giuliani, hijo del ex alcalde, afirmó que el caso tiene ribetes políticos y “es la continuación de la polarización del Departamento de Justicia, que debe terminar”. Y agregó que la medida judicial es algo “extremadamente perturbador, asqueroso y absolutamente absurdo”.
Dos colaboradores de Giuliani en Ucrania, Lev Parnas e Igor Fruman, habían sido acusados en 2019 de violar las leyes de financiamiento de campañas mientras que en enero el Departamento del Tesoro sancionó a cuatro ucranianos que ayudaron a Giuliani en sus gestiones, por cargos de injerencia electoral. Un asesor de campaña de Trump, Paul Manafort, también había sido involucrado en negocios no muy claros con dirigentes ucranianos y Michael Cohen, el anterior abogado del exmandatario, Michale Cohen, había sufrido un allanamiento espectacular en abril de 2018.
Giuliani, de 76 años, fue alcalde de Nueva York entre 1994 y 2001 y viene de varios traspiés. Representó a Trump en sus denuncias sobre fraude en las elecciones de noviembre pasado con poco éxito. Y el sábado pasado fue “premiado” con los Razzles, sarcásticos galardones que se otorgan a la peor actuación en una película, previo a los Oscars. Sucede que Giuliani aparece en un par de escenas -contra su voluntad- que lo dejan mal parado en el la última de Borat, el personaje creado por el actor y guionista Sacha Baron Cohen.
Había alcanzado su momento cúlmine luego de su actuación tras el ataque a las Torres Gemelas, cuando estuvo en todos los frentes mostrando empatía con los rescatistas y familiares de las víctimas. Por estas tierras había sido ejemplo de mano dura un poco antes, cuando arreciaba la crisis de la convertibilidad y crecían los índices de delitos.
Su lema de “tolerancia cero” fue emblema de dirigentes locales. Uno de los que más miga hizo con Sergio Massa, actual titular de la Cámara baja de la Nación. El eje de la campaña del diputado oficialista a la intendencia de Tigre y desde su banca en el Congreso fue el combate a la inseguridad urbana. Giuliani estuvo en Argentina en 2017 para presentar el libro “Así lo hicimos”, donde Massa cuenta cómo le fue con esos planes durante su gestión en Tigre, entre 2007 y 2013.
A meses de los 90 años, Tirso Sáenz tiene una lucidez envidiable para recordar la Cuba de los primeros tiempos de la Revolución. Fue un colaborador muy cercano al Che en el Ministerio de Industria y cuenta en esta charla por zoom desde su actual residencia en Brasil, que el guerrillero argentino, que ocupó ese cargo entre 1961 y 1965, fue “el mejor ministro de la revolución”. También revela aquel gesto insolente de un cónsul de EEUU en La Habana que, ante la posibilidad de emigrar, lo llevó a quedarse en la isla “a ver que pasa” y destaca que se hizo revolucionario por el cariño con que lo trataron y la confianza que le dispensaron. A 60 años de la gesta de Playa Girón, donde su participación fue clave para la provisión de combustible a las tropas, Sáenz tiene mucho aún para decir, aparte de esa docena de libros en que desmenuzó su visión de aquellos tiempos.
-¿Cuál fue su rol en los sucesos del 16 al 20 de abril?
-Yo era director del Instituto Cubano del Petróleo, que abarcaba toda la industria que fue nacionalizada, la Standard Oil, la Shell, la Texas. Las dos refinerías principales estaban en La Habana y era el lugar más cerca de donde iba a ser el ataque. Estábamos con inventarios bajísimos, llamé al ejército, nos pusimos de acuerdo rápidamente con un sistema de señas, contraseñas, avisos, contraavisos, y aquello funcionó perfectamente. Convocamos a técnicos, trabajadores, todos los ingenieros, muchos de los cuales se iban del país porque no eran simpatizantes. Los llamamos y les dijimos “estamos acuartelados, no podemos irnos, la refinería tiene que funcionar para garantizar el triunfo de la revolución”. Fueron 72 horas en que yo dormitaba en mi silla frente al teléfono, porque no podíamos cambiar de voces. La refinería funcionó como un reloj, un entusiasmo tremendo. Tanto que cuando comienza el ataque nosotros teníamos stocks para nueve días, y un barco de gasolina de la Unión Soviética demoraría 25 días. Ese era el corazón para poder mover las tropas; si nos bombardeaban no había forma. Todo funcionó tan bien que no tuvimos que racionar y cuando terminamos, el inventario aumentó cinco días. La refinería no paró un segundo. Y eran momentos en que por el bloqueo no podíamos recibir repuestos y el petróleo que venía de la URSS era muy corrosivo, con mucho contenido de sales. Pero hasta el petróleo se comportó como socialista.
-¿Desde cuándo sabían del ataque en Playa Girón?
-Yo personalmente no sabía. La noche anterior unos aviones procedentes de EEUU bombardearon aeropuertos cubanos para debilitar la pequeña fuerza aérea cubana. Esa fue la señal de aviso, y yo me fui para la refinería. Desde mi oficina escuché el famoso discurso de Fidel convocando a la movilización y declarando que Cuba era socialista. Fueron tres días críticos. Después hubo algunos sabotajes que hicieron mucho daño. Hubo una lancha pirata que salió de la base Guantánamo y atacó a la refinería de Santiago de Cuba con ametralladoras. Dicen que los americanos no tienen nada que ver con esto. ¿Dónde se entrenaron las tropas? En los pantanos de La Florida ¿Se pueden armar cientos de hombres, con uniforme, sin que el gobierno se entere? ¿Ese barco que traía a las tropas, de dónde salió? Lo interesante es que las tropas cubanas no eran todas regulares, había gran cantidad de milicianos, obreros, trabajadores, fueron importantes para combatir, o sea que fue el pueblo realmente y en 72 horas liquidó el problema.
-¿Cómo llegó a ser viceministro del Che?
-Mi padre era baterista de una orquesta pero se preocupó porque yo estudiase, me pagó una buena escuela y me gané una beca para estudiar ingeniería en los EEUU. No hubiera podido estudiar de ninguna otra forma. Me gradué como ingeniero químico y volví a trabajar en una filial de la Procter and Gamble en investigación. Cuando triunfa la revolución, el presidente de la compañía me quería llevar y me entregó una carta para que me dieran una visa en la embajada. El cónsul que me entrevistó era tan grosero que tenía la carta en el bolsillo y no se la di, lo mandé a la mierda. Llegué a casa y le dije a mi esposa: “Nos quedamos, vamos ver qué pasa”. Yo no tenía antecedentes revolucionarios de ningún tipo. Pero el éxodo en Cuba de los ingenieros fue del 75% y el 50% de los médicos. Un ingeniero que se quedaba, aunque no tuviera antecedentes, el Che le daba la confianza. Aun así, me preocupé de que alguien pensara que yo tenía una actitud oportunista. Pedí ver al Che para explicarle y le conté lo que me había sucedido en la embajada norteamericana. Me dijo: “Está bien, ¿usted quiere trabajar con nosotros? pues bueno, vamos a trabajar”. Me estrechó la mano y ese fue el inicio. Primero en la dirección del Petróleo, luego viceministro de Industrias Básicas y después vice de Desarrollo Técnico. Mi experiencia era de investigaciones y me llamó a la tarea del Nuevo Instituto de Investigaciones. Permanecí ahí hasta que él se fue. Yo estuve en la última reunión del Che como ministro. Fue una reunión técnica con representantes de la URSS para la ampliación de una siderúrgica. Me dijo que se iba a cortar caña, me dio un apretón de manos y no lo vi nunca más.
-Usted publicó un libro sobre esa gestión del Che ¿cómo era como ministro?
-Yo diría que el Che fue el mejor ministro que hemos tenido en Cuba. Muy exigente, muy estudioso. Él conocía la industria cubana porque la había estudiado, iba a los centros de trabajo, estudió los procesos tecnológicos, daba instrucciones muy claras, muy precisas, escuchaba y estimulaba la discusión. Tú tenías que discutir y a veces las discusiones eran fuertes pero respetuosas. Muchas veces la razón la tenía él, otras veces yo y otras tantas la razón estaba en la mitad del camino, pero siempre surgía algo mejor. Fue un formador de cuadros revolucionarios, estimuló la educación, la capacitación: era una de las áreas que yo tenía, la formación de recursos humanos. El ministerio de Industria, y todas sus fábricas, se convirtió en una gran escuela. porque también se hacía alfabetización. Organizamos escuelas dentro de cada fábrica y también aprovechábamos las becas que nos daban los países socialistas, que eran muchas. Las medidas que tomaba el Che tenían un sustrato político ideológico, soluciones técnicas puras no tenían importancia si no estaban asociadas a una visión en que el hombre era el centro del proceso.
-¿Qué resultados se pueden ver hoy de ese proceso?
-Hay dos momentos que definen en cuanto a la visión de futuro. Una fue en 1962, cuando Fidel en un discurso por la creación de la Academia de Ciencias dijo que el futuro de nuestra patria tiene que ser el de un hombre de ciencia, de hombres de pensamiento. Y después el Che, que no fue sólo un pensador sino un actor. Muchos de los institutos creados en aquel momento existen hoy.
-¿Esos centros se relacionan con el desarrollo de vacunas contra el Covid?
-Cuando apareció el dengue en Cuba, año 67, 68, había un finlandés que tenía un laboratorio y producía interferón. Fidel pensó que ese podría ser un elemento importante para la atención de enfermedades virales. Así se empezó a producir interferón y luego vacunas, medicamentos biotecnológicos y hoy Cuba, que es un país pequeñito, es una potencia biotecnológica capaz de lograr que los cubanos puedan tener su propia vacuna. Me atrevería a decir que todos estos avances tecnológicos comenzaron en el ministerio.
La tarea de un revolucionario en Brasil
“Me convertí en revolucionario con el ejemplo de los revolucionarios”, relata Tirso Sáez. “Me quedé en Cuba y al poco tiempo me dije: caramba, antes trabajando para la multinacional, ahora para el pueblo de Cuba. Una dimensión diferente. Por otra parte, comencé a conocer a revolucionarios, que no eran los comunistas de colmillos largos que me asustaban. Eran gente normal, que me acogieron muy cariñosamente, me dieron su confianza”.
–¿Cómo terminó en Brasil?
–En 1994 falleció mi primera esposa. Años después me contrata la Universidad de Campinas como profesor, en un acuerdo con Cuba. Aquí me reencontré en 1997 con una mujer, brasileña, a quien había conocido años antes en una conferencia internacional en Madrid. Es especialista en Ciencias Políticas. Decidimos casarnos pero, para ella, ir a Cuba era un problema por su trabajo, sus hijos, la familia. Acá fui fundador de la Asociación de Cubanos Residentes, nuestra función es defender la Revolución Cubana. La primera edición del libro del Che la escribí aquí en Brasil. Aquí mi trabajo es fundamentalmente vinculado a Cuba.
Cuando todavía no cumplió los cien días en el Salón Oval, el presidente Joe Biden avanza en varios frentes por lo menos arriesgados, en busca de recuperar la hegemonía estadounidense. Mientras fronteras adentro busca apoyos legislativos para incrementar impuestos a las grandes corporaciones para un New Deal del siglo XXI, en las relaciones exteriores se muestra incluso más agresivo que su antecesor, aunque con maneras melifluas que Donald Trump no acostumbraba lucir.
Luego de las últimas amenazas contra Vladimir Putin, que generaron una agria respuesta del presidente ruso, la última jugada fue el documento que emitió ayer, recordando el 24 de abril de 2015 como un genocidio armenio a manos del Imperio Otomano. Es la primera vez que un mandatario estadounidense utiliza esa frase para referirse a la matanza de un millón y medio de armenios en la Primera Guerra Mundial, lo que generó la pronta respuesta del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, acusando al inquilino de la Casa Blanca de “querer reescribir la historia”. Para Turquía, la masacre armenia, el Meds Yeghern, fue un suceso terrible durante los estertores del Imperio Otomano que enlutó también a la nación turca, fundada en 1923. Pero jamás aceptaron la denominación de “genocidio” que reclaman los armenios y que reconoce medio centenar de países en el mundo, entre ellos, la Argentina.
El viernes, Biden mantuvo una cumbre virtual con Erdogan en la que le adelantó el paso que pensaba dar y le pidió un encuentro cara a cara para coordinar “una relación bilateral constructiva”. Sabe que juega con fuego porque Turquía es un socio de la Otan y la inquina de Erdogan con Washington viene de larga data. No acepta la protección a Fethullah Gulen, un líder islámico al que acusa de agente de la CIA, refugiado en Pensilvania desde 1999 y sindicado como responsable del intento de golpe de Estado de 2016.
En el tablero internacional, Biden perfecciona una estrategia de rodear a Rusia que había florecido con Barack Obama. Esta semana lo dijo claramente Putin en su discurso anual ante la Asamblea de la Federación. Los medios occidentales resaltaron la advertencia del mandatario ruso: “No traspasen la línea roja (…) o los provocadores se arrepentirán como no se han arrepentido en mucho tiempo”. Para darle más dramatismo a la frase, aclaró que Moscú definirá qué es línea roja y qué no.
Pero la argumentación venía ligada a los últimos antecedentes de avances de EE UU y la Otan hacia las fronteras de Rusia. Desde el golpe contra Viktor Yanukovich en Ucrania en 2014 hasta la intentona contra Alexandr Lukashenko en Bielorrusia hace unos meses y las operaciones contra Venezuela. “No queremos quemar puentes, pero si alguien percibe nuestras buenas intenciones como indiferencia o debilidad y tiene la intención de hacer explotar estos puentes, debe saber que la respuesta de Rusia será asimétrica, rápida y dura”.
Ni bien Biden asumió su cargo, lanzó sucesivas diatribas contra Putin, al que llegó a catalogar de asesino. En este contexto, la situación de Alexandr Navalny resulta clave. El bloguero convertido en líder de la oposición a Putin fue detenido a su regreso de Alemania luego de un tratamiento médico por un episodio que para los medios occidentales fue un intento de envenenamiento.
Hace tres semanas, Navalny inició una huelga de hambre en el penal de Pokrov como protesta por las condiciones de su detención, entre las que sumaba la falta de atención médica por problemas de columna. Su salud se deterioró de manera peligrosa hasta que este viernes aceptó cesar el ayuno. “No retiro mi petición de ver al médico, que es necesario, pero pierdo la sensibilidad de partes de mis manos y de mis piernas (…) Dada esta evolución y estas circunstancias, comienzo a poner fin a mi huelga de hambre”, escribió en su cuenta de Instagram.
Este hecho coincidió con el retiro de las tropas rusas que hicieron maniobras cerca de la frontera con Ucrania y que para la Otan resultaban una amenaza para Kiev. Si bien los movimientos militares eran en territorio ruso, donde el organismo europeo no tiene injerencia, Moscú alega haber terminado con los ejercicios y organizó la vuelta a casa de los efectivos.
Pero la tensión ahora se traslada a Armenia. Luego de la escalada bélica de septiembre pasado en Nagorno Karabaj, el territorio de mayoría armenia dentro de fronteras de Azerbaiyán, quedó en Ereván el sabor amargo de la derrota. El cese el fuego se logró luego de la intervención diplomática de Putin. Armenia tiene fuertes ligaduras con Rusia, mientras que los azeríes recibieron el apoyo de Turquía.
En este delicado juego, Turquía –tras la declaración de Biden– acumula más razones para dar la espalda a Europa, donde ya sabe que jamás la dejarán entrar en la UE, y ahora incluso para salirse de la Otan. Putin, en tanto, entiende claramente que está en la mira de Washington como no pasaba desde la Guerra Fría, y promete actuar en consecuencia.
Comentarios recientes