Norberto Palese, conocido popularmente como Cacho Fontana, murió el 5 de julio de 2022, a los 90 años, sin haberse enterado aún de que un día antes había muerto la madre de sus hijas, de la que se había separado hace 40.
Me crié en un conventillo de Pepirí y Famatina, en Parque Patricios, frente al club Piraña, para más datos. Se escuchaba a todo volumen el Fontana Show y los radioteatros de lo que era Radio Porteña, hoy en el dial de Continental. Las voces de Héctor Larrea y Antonio Carrizo se mezclan con la nostalgia de aquellos tiempos.
Mi vieja me dijo que escribiera una carta al programa de Cacho Fontana, que sorteaba aparatos electrodomésticos. A las pocas semanas aparecen dos señores preguntando por mi. En la cama, mi viejo dormía la siesta. Los tipos no creían que el del nombre que les habían anotado era yo. Tenía 10 años.
«Ganaste el sorteo de una heladera, un lavarropas y una cocina Eslabón de Lujo y un televisor Standard Electric, pibe», me dicen, con una sonrisa de vendedores de peines, mientras preguntaban por algún adulto mayor. Igual que aquella emisora, esas marcas ya no existen.
Cuando le avisé a mi viejo, respondió con desdén: «Dejate de joder que me levanté a las 4 de la mañana». Era colectivero en la línea 404, que ahora es 44 y tiene otros colores. Y no me creía, pensaba que era otra de mis tonterías infantiles. Pero era cierto.
Recuerdo la entrada al edificio de Radio El Mundo, donde ahora está Nacional. Un Cacho Fontana con cara de cansado, sin afeitar pero muy amable y paternal que me dijo que me olvidara que del otro lado había gente escuchando. Me llevó al estudio donde grabaron la primera vez que hablé frente a un micrófono. Entrevistado por el tipo más famoso de la radio.
Nunca pude escucharme. El día que pasaron la entrevista estaba en el colegio. Dicen que estuve bien, que no parecía nervioso. Esa grabación también se perdió en el tiempo.
El día que vinieron a entregar las cosas había una multitud en la calle. Fue el acontecimiento del barrio. ¿ya dije que el programa lo escuchaba literalmente todo el mundo? Como estábamos cerca de fin de año, los vecinos me llevaron a las casas de lotería para que les eligiera un número. Si alguien ganó algo nunca me enteré.
Los aparatos no cabían en la pieza donde vivíamos todos: mis viejos, mi hermano y yo. El televisor quedó arriba de la heladera, con dos agujas clavadas en una papa como antena. El lavarropas y la cocina no se pudieron usar hasta dos años más tarde, cuando nos mudamos a un lugar donde había gas y una pileta individual en el patio.
Hasta antena pudimos poner.
Los aparatos se fueron descomponiendo o quedando obsoletos. Hasta que se fue para siempre, mi vieja usó la heladera. Aún la conservo y la pongo en marcha cuando voy a una casita que tenemos en Monte. Funciona al pelo, solo le cambiamos el burlete y no le queda nada de la pintura original. Pesa una barbaridad, “es puro fierro, ya no se hacen de estas”, me dijo el fletero que la llevó.
Dicen que ahora las heladeras usan la energía de una manera más racional, no como las que se hacían hace 59 años.
Pero la verdad, no me lo creo.
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