por Alberto López Girondo | Nov 11, 2017 | Sin categoría
Columna de opinión.
Medios gráficos argentinos asignaron enviados especiales para el encuentro que este sábado disputó el equipo de Argentina con el seleccionado de fútbol ruso. La televisión se hizo presente también en el estadio Luzhniki. Fue un acontecimiento relevante, porque se trató del partido inaugural en el campo de juego donde en menos de un año se disputarán los partidos más importantes de la copa más importante de la FIFA. Porque jugó Argentina luego de todo lo que tuvo que sufrir para clasificarse. Porque el técnico Jorge Sampaoli tuvo la posibilidad de consolidar al equipo sin las urgencias de sumar puntos.
Un par de días antes se recordaba la toma del Palacio de Invierno, un acontecimiento que conmovió al mundo, al decir de su historiador John Reed. Un hecho que marcó a fuego a todo el siglo XX e imprimió el ritmo a la clase trabajadora y al sistema capitalista mientras estuvo vigente. Tuvo influencia decisiva incluso en la cultura de varias generaciones.
Pero solo hubo un enviado de un medio gráfico local, Tiempo Argentino. Había de un canal, Barricada TV, y nadie más que quisiera reflejar cómo se vivían esos días en la Rusia actual.
Es cierto que el periodismo de hoy día no es el mismo del de hace una década, sin ir más lejos. Que los costos son altos, que desde el punto de vista empresarial, la información circula de tal modo que todo lo que ocurre en cualquier lugar del planeta se conoce al instante. Y cualquier administrador sin visión periodística puede creer que se trata de gastos que no reportan beneficios.
Para Tiempo, en cambio, es fundamental buscar poder estar donde resulta clave ver lo que ocurre con la mirada que reclaman nuestros lectores. Esos lectores y asociados que valoran el esfuerzo que significa tener enviados en el sur del país para contar con la mejor información y una óptica acorde sobre el caso Maldonado, por ejemplo.
También lo fue en este caso para tener un enviado a esos lugares donde hace un siglo el destino de la humanidad daba un giro trascendente. Y mostrar con ojos argentinos, los ojos de Tiempo, qué queda de esa utopía. «
Tiempo Argentino Sábado 11 de Noviembre de 2017
por Alberto López Girondo | Nov 10, 2017 | Sin categoría
Las obras en el centro que encara el alcalde capitalino, del riñón de Putin, avanzan a paso rápido pero en las afueras el debate es por las destrucción de las jruchovskas, viviendas de baja calidad de la era de Nikita Jruchov.
La inauguración del Estadio Luzhniki, el campo de juego donde se disputará la final de la copa del Mundo 2018, como se sabe, contará con la presencia del equipo argentino, pero con el gancho de su figura más convocante, Lionel Messi. Cuando este sábado comience a rodar la pelota se habrá cumplido uno de los objetivos que se fijó el gobierno de Vladimir Putin cuando decidió proponer a Rusia como sede del máximo certamen de la FIFA. Para esa tarea fue preparando durante cinco años al gobernador de la región siberiana de Tiumén, Sergei Sobianin, y finalmente logró colocarlo como alcalde de Moscú en 2010. Desde entonces el Lord Mayor moscovita literalmente dio vuelta a la ciudad para embellecerla y dejarla en condiciones de recibir la mirada de miles de periodistas y turistas de todo el mundo que sin dudas acudirán al evento. Pero tal vez no consiga dejarla como la pensó.
En el centro de Moscú, principalmente alrededor de la Plaza Roja, son varios los edificios que están siendo totalmente remozados. Si no se notan tanto las obras que se realizan es porque cubren las paredes, como se está popularizando en todo el mundo, con una malla que tiene dibujado el contorno de lo que será el frente definitivo. Pero en cuando uno se aleja, aparecen esos bellos palacios del siglo XIX totalmente pelados a la espera de una nueva capa de revoque y pintura. Una puesta en valor de toda una metrópoli.
Según dicen por las calles, Sobianin es un “hombre eficiente”. Lo había demostrado en la lejana Siberia y eso llamo la atención del líder ruso. Es entonces de la máxima confianza de Putin.
Demostró en principio que cumplía con los plazos establecidos al terminar a tiempo el Luzhniki, un estadio que tiene su historia durante el periodo soviético y que estaba bastante venido abajo, según los estándares que plantea la FIFA.
Sobianin dice estar satisfecho con lo que se consiguió con el estadio, en el que se gastaron casi 500 millones de dólares. Y ahora dice que quiere hacer lo mismo en toda la ciudad. Para eso comenzó con el arreglo de las veredas, que son de placas de granito de unos 10 centímetros de espesor. Y le da una profunda “lavada de cara” a los edificios más característicos.
Pero también tiene planes más ambiciosos para las éras perifericas, en un proyecto que le generó no pocos dolores de cabeza.
Resulta ser que entre los viejos edificios colectivos de la era soviética hay una gran parte que fueron construidos durante el stalinismo y otros en la época de Nikita Jruschov. Los primeros son sólidos y dan para aguantar varios vendavales más como los que cada tanto sacuden a Rusia. Pero las llamadas “jruchovskas” están construidos con materiales de baja calidad, no tienen ascensor a pesar de que tienen hasta cinco pisos de altura, son fríos y feos y las instalaciones están deterioradas. Son como barrios Lugano I y II pero muy venidos menos.
El alcalde, con el apoyo de Putin, comenzaron un proyecto de destrucción de esos edificios para levantar nuevas viviendas más acordes con estos tiempos y sobre todo, de mejor calidad. El problema es que cuando se hicieron las cuentas se vio que había que planificar al traslado de 1,5 millones de personas, algo así como el 10 por ciento de la población. Y además se desnudaron las desconfianzas.
¿Dónde iremos a parar, qué nos darán a cambio?, decían los implicados en la mudanza en los medios locales hace unos meses.
Hubo manifestaciones de protesta en reclamo de definicones bien claras y por ahora la cuestión está en stand by ante los debates que se generan y a pocos meses de las elecciones Putin no quiere abrir en frente de tormenta. Pero también se acerca el Mundial, la otra condicionante del proyecto.
Para la oposición liberal, lo que se traen bajo la maga Putin y Sobianin es un formidable negocio inmobiliario y señalan que las jruchovskas de los otros países comunistas se renovaron totalmente pero sin derribarlas.
En las marchas de junio muchos vecinos mostraban su temor a la intervención estatal en un problema como ese porque recuerdan lo que sucedió en los 90 y no quieren ser nuevamente víctimas de intereses que no entienden ni manejan.
Tiempo Argentino Viernes 10 de Noviembre de 2017
por Alberto López Girondo | Nov 9, 2017 | Sin categoría
La vieja tradición zarista de boato y ornamento pasó a los nuevos ricos, que lo muestran en un parque automotor de altísima gama por las calles de Moscú.
Cuando se habla de “lujo asiático” se quiere hacer referencia al exceso de bienes materiales o de ornamento innecesariamente caro simplemente como ostentación. Para mostrar cuanta plata se tiene, dirían en algún barrio porteño. Los rusos tienen una larga historia en este tipo de suntuosidades y la atribuyen a la herencia tártara, como se refieren a las invasiones de los mongoles al mando de Sobutai , el lugarteniente del Gengis Khan, en 1223.
Los zares fueron tal vez el mayor exponente de fasto y oropeles. Hoy día, los rusos postsoviéticos no le van en zaga y las calles de Moscú exponen los productos más preciosos que el dinero puede comprar. Joyas, relojes, vestimenta de las marcas más caras. Asombra la cantidad de autos de altísima gama que circulan como si nada. Así, grosso modo, cuatro de cada diez vehñiculos son Mercedes Benz, pero hay una proporción similar de Audis, BMW y Land Rover. Cada tanto, incluso, se ve, estacionado como es usual, con el chofer adentro, algún Rolls Royce.
Los palacios de la capital imperial, San Petersburgo, son una exposición continua de riquezas y derroche de dinero, con gusto dispar. El Palacio de Invierno se comenzó a construir en 1732 para alojar a la familia de los zares. El edificio donde comenzó la Revolución Rusa tiene 150 metros de ancho, 30 de alto y 1500 habitaciones. Fue Catalina la que lo llenó de obras de arte y piezas antiguas que hacía comprar a cada uno de sus embajadores en las sedes europeas. En la actualidad tiene unos tres millones de piezas de todo el mundo y es el Museo Hermitage, visitado cada año por millones de turistas.
El Palacio de Verano de Catalina, en la localidad de Pushkin, a pocos kilómetros de allí. Tiene entre sus reliquias, la conocida Sala de Ámbar. Una habitación totalmente recubierta con paneles de esa piedra semipreciosa de oleos vegetales fosilizados trabajadas por dos equipos de artesanos entre 1700 y 1710. Llegó a tener 55 metros cuadrados de superficie. Un exceso obsceno de riqueza en un país feudal con millones de pobladores en la miseria más absoluta.
¿Qué pasó entre la revolución de Octubre y la caída de la Unión Soviética? La tradición en cierto modo se mantuvo en la era socialista en los grandes edificios, las estatuas de un realismo y minuciosidad encomiables en cada esquina. En cuanto a los edificios imperiales, los gobiernos soviéticos remozaron los que habían sido dañados durante la guerra civil. Y luego volvieron a hacer lo mismo en la Segunda Guerra
En cuando al Palacio de Catalina, hasta allí habían llegado las tropas nazis en 1941. Los soviéticos no alcanzaron a quitar todos los paneles del famoso cuarto de Ámbar y los alemanes quitaron toda la cobertura para llevarla a exponer al Castillo de Konisgsberg, en la actual Kaliningrado, una de las sedes del Mundial de 2018.
Al finalizar la guerra las placas de ámbar no fueron encontradas y sigue siendo ese uno de los misterios. La famosa cámara finalmente fue reconstruida con ayuda de artesanos de Alemania con fotos de la época.
Para el viajero de a pie, las estaciones de los subtes, tanto en Moscú como en San Petersburgo, son manifestaciones artísticas que llaman la atención y bien vistas, pueden ser entendidas como expresiones de lujo asiático.
Aunque la iconografía –o la estatuaria, en muchos casos- representa siempre los valores de la revolución y los personajes son obreros y trabajadores con sus familias. O los soldados de la Segunda Guerra, o los escudos con la hoz y el martillo, o, también, Lenin. Esto dicho, con la mirada de quien conoce los subtes porteños, cuyas estaciones más nuevas parecen despojadas de todo intento de belleza.
Esa tradición de lujo entronca con los nuevos ricos, aquellos que pudieron aprovechar el momento de desconcierto a la caída de la Unión Soviética y se quedaron con los bienes del socialista a precio de ganga. Según se dice, habían entregado un bono a cada ciudadano como parte de la propiedad estatal. Los más rápidos, directivos de las empresas, burócratas del partido o especuladores, fueron comprando a los que no sabían qué hacer con esos papeles.
“Algunos los cambiaron por vodka en los pueblos del interior”, lamenta Irina, que atiende un puesto de información en una calle rusa.
El caso es que esos “oligarcas”, como pronto se los llamó, se hicieron supermillonarios y dueños del aparato productivo construido durante décadas por toda la sociedad. Y fueron los primeros en comprar Mercedes Benz o Volvos, los autos considerados como mejor exponente de riqueza.
Es común verlos circulando por el centro o esperando en fila a un costado, por ejemplo, del Teatro Bolshoi, con el chofer adentro y esperando al patrón, que fue a ver el espectáculo. Que esas costumbres no se pierden.
Durante años la automotriz alemana Daimler Benz tuvo en el mercado ruso a su principal comprador externo. Hace un par de meses la firma anunció un acuerdo para montar una planta ensambladora en cercanías de Moscú.
El gobierno aumentó los impuestos a autos no fabricados en la Federación Rusa y ya BMW se adelantó a tener su propia producción local. Por ahora, y la idea del gobierno es cambiar esto en breve, la mayoría de los componentes son importados, incluso provenientes de Argentina, de acuerdo a anuncios hechos el año pasado por la fabrica que está en González Catán.
Tiempo Argentino Jueves 9 de Noviembre de 2017
por Alberto López Girondo | Nov 8, 2017 | Sin categoría
Viajeras argentinas mostraron al mundo el caso del joven desaparecido en Chubut.
La bandera que lleva Marta Salazar la hizo Marianita, la hija de Adriana, dice. Es otra de las viajeras que en la marcha del miércoles por las calles de Moscú llevó el reclamo por Santiago Maldonado. Ella, docente jubilada, viene juntando peso sobre peso y se sumó a un tour para recordar el centenario de la Revolución Rusa que le permitió estar en ese acontecimiento histórico pagando en cuotas. De otra manera, recalca, hubiese resultado imposible.
Además de sostener una punta de la más grande de las banderas que llevaban los militantes que conmemoraron aquel histórico 7 de noviembre de 1917, tenía una wipala, la insignia de los pueblos originarios. Pero lo que más la movilizó fue llevar ese reclamo argentino hasta la capital rusa para que todos los ojos del mundo lo vean.
Junto a ella estaba Nora Castillo, también docente y trabajadora estatal. Ella, más modesta, llevaba un cartel con el rostro del joven desaparecido en la Lof de Cushamen el 1 de agosto pasado. También ella tiene para más de un año de cuotas por el viaje, pero dice que valió la pena.
“Eso si, estoy sorprendida por la forma en que convive el pasado con la actualidad”, dice Nora. Y detalla: las imágenes de Lenin y la iconografía soviética con las grandes marcas internacionales y los Mercedes Benz que se muestran en la ciudad.
Marta, en cambio, asegura no estar sorprendida porque ya estaba al tanto de cómo había cambiado el país desde la caída de la Unión Soviética. “Quise ver si se había cumplido lo que alguna vez dijo el Che”, resalta.
Y piensa en el lujo de los palacios que recorrió y en eso que le dijeron, de que muchos habían quedado destruidos luego de la guerra civil y el gobierno popular los reconstruyó fielmente. “¿Para qué habran gastado esa plata?” se pregunta.
Tiempo Argentino Miércoles 8 de Noviembre de 2017
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