por Alberto López Girondo | Jul 15, 2018 | Sin categoría
Yalta es una ciudad costera en Crimea, famosa porque allí, en febrero de 1945, Josip Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill se reunieron para ultimar detalles sobre el reparto del mundo tras la inminente derrota del nazismo, cosa que ocurriría un par de meses más tarde. Pasó mucha agua por esos mares en 73 años hasta que este lunes, en Helsinki, la capital finlandesa, Vladimir Putin y Donald Trump se vean las caras en lo que para el presidente estadounidense puede ser un Yalta 2, al que rechazan en cadena los aliados y el propio establishment de su país.
Será la tercera vez que el mandatario ruso y el inquilino de la Casa Blanca se encuentran. La primera fue en Hamburgo, hace justo un año, en la cumbre del G20. La segunda fue en Vietnam, en noviembre pasado, cuando el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. En ambas ocasiones, el revuelo político fue enorme y se entiende: Putin figura en los puestos más altos del ranking de enemigos de Occidente. Cualquiera que pretenda una cercanía con el líder ruso corre el riesgo de terminar embadurnado en lodo.
Es lo que le viene ocurriendo a Trump desde su campaña para la presidencia, cuando preanunciaba que quería sentarse con el ocupante del Kremlin para «arreglar los problemas del mundo». De allí la acusación de que agentes rusos colaboraron con su candidatura para derrotar a Hillary Clinton en noviembre de 2016 hackeando mails de la ex secretaria de Estado de Barack Obama.
Desde que Trump tomó el cargo, se profundizó una investigación del FBI y justo este viernes, a horas de la cumbre de Helsinki, el fiscal especial Robert Mueller imputó a 12 funcionarios de inteligencia rusos por un presunto ciberataque contra el Comité Nacional del Partido Demócrata.
Según Rod Rossenstein, el fiscal adjunto, los acusados integraron dos unidades del Departamento Central de Inteligencia (GRU por sus siglas en ruso), el servicio de espionaje exterior creado hace un siglo por los líderes de la Revolución de Octubre. El funcionario dijo que Trump estaba al tanto del anuncio. Sin embargo es vox populi la enemistad entre el titular de esa oficina, Mueller, y Trump, que intentó echarlo sin éxito. De modo que el anuncio sale justo para empiojar la reunión de mañana.
Al mismo tiempo, en otra señal de coordinación al menos sospechable, las autoridades británicas informaron que la policía encontró una botella con un producto neuroparalizante en la vivienda de Amesbury donde una pareja había sido envenenada hace once días.
Como publicó Tiempo el domingo pasado, Dawn Sturgess y Charlie Rowley habían sido ingresados el 30 de junio al hospital de Salisbury con signos de sobredosis de heroína. Cuatro días más tarde el gobierno dijo que se habían envenenado con Novichok, un agente nervioso desarrollado en la Unión Soviética con el que en marzo, en ese mismo distrito, se habían envenenado el ex espía ruso Sergei Skripall y su hija Yulia.
Para la primera ministra Theresa May, en los dos casos fue una acción realizada por Rusia, aunque sin motivos claros. Ahora, el miércoles 11 parece que descubrieron la botellita que un amigo de Sturgess y Rowley dijo una semana antes que habían encontrado en la calle. Y lo informaron justo el viernes, cuando Trump hacía una visita al Reino Unido y esperaba tomar el té con la reina Isabel II.
Trump había estado con May, a la que entre otras cosas le explicó que no había dicho lo que un diario inglés dijo que había dicho sobre el Brexit (ver aparte). Los modos de Trump, que tanto incomodan a la prensa, no son nada en comparación con las movidas que en política internacional viene desarrollando desde que está en el gobierno.
El comunicado oficial dice que con la jefa de Estado británica hablaron de cómo seguirá de aquí en más la relación con el principal aliado de Estados Unidos desde las dos guerras mundiales, de lo que dejó la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) del jueves y también de lo que se conversaría con Putin el lunes.
La «gira» de Trump por Bruselas dejó su estela. En ese tono desafiante que se le conoce, conminó a sus colegas europeos a que aumentaran sus presupuestos de defensa para que no sea EE UU el que haga el gasto militar en la OTAN.
Esa organización fue creada en la Guerra Fría para enfrentar a la Unión Soviética y el bloque socialista en Europa Oriental. Tras la caída de la URSS, fue usada en los conflictos en los Balcanes, Afganistán e Irak, aunque siempre con la voz cantante del Pentágono. Ahora, su mira está puesta en rodear militarmente a Rusia.
Trump se volvió a quejar y exigió elevar el presupuesto de defensa al 4% del PBI, algo que incomodó a la dirigencia europea. Trump también estaba incómodo con la presencia de representantes de dos ex repúblicas soviéticas, Georgia y Ucrania, que están en la lista de espera para entrar a la OTAN.
Tuvo entreveros con todos los líderes presentes, que en sordina deslizan su rechazo al acercamiento a Putin. En ese clima le dijo a Angela Merkel que su país sí que era dependiente de Moscú. «¿Para qué sirve la OTAN si Alemania está pagando miles de millones de dólares a Rusia por el gas y la energía?». El acuerdo al que se llegó implica un 2% para defensa. No es lo que pretendía, pero es mucho más de lo que hubieran aceptado en otras condiciones.
El polémico empresario viene jugando fuerte en política exterior, lo que desencaja a sus opositores. El cónclave con el líder Norcoreano Kim Jong-un fue una sorpresa y puede llevar a la desnuclearización de la península coreana. La guerra comercial con China se da mientras mantiene buenas relaciones personales con Xi Jinping. Y la cumbre con Putin habla de que Trump reconoce el mundo multipolar en el que debe alternar golpes en la mesa con gestos amistosos para un nuevo reparto del poder. Aunque para ello debe lidiar con la entente estatal-mediático-militar. «Es muy difícil hacer algo con Rusia. Cualquier cosa que hagas, siempre va a ser, ‘Oh, Rusia, él ama a Rusia»’, declaró en Londres. «Amo a Estados Unidos», continuó, «pero me encanta llevarme bien con Rusia, China y otros países».
Tiempo Argentino, 15 de Julio de 2018
por Alberto López Girondo | Jul 8, 2018 | Sin categoría
Para algunos malpensados, era casi un trabajo de marketing de la prensa británica para calentar motores antes de la semifinal de la Copa del Mundo que finalmente no fue por la pericia de los croatas a la hora de los penales. En una línea similar se expresa Ludwig Watzal, un analista político alemán, cuando señala que el nuevo caso de envenenamiento con el agente nervioso Novichok que denuncia el gobierno de TheresaMay sirve para ocultar que el desarrollo del certamen Rusia 2018 es un éxito organizativo que no esperaban. Wantzal incluso sostiene que a los medios alemanes el caso les viene bien para no tener que hurgar en el fiasco del equipo dirigido por Joachim Löw, que se volvió en la primera ronda. Incluso se especula en las implicancias que puede tener la cumbre de la OTAN, que se desarrollará la semana entrante en Bruselas, y el posterior encuentro entre Donald Trump y Vladimir Putin.
El caso es que el sábado pasado dos súbditos del Reino Unido fueron internados de urgencia en el hospital del distrito de Salisbury con un cuadro que parecía de sobredosis de droga. Recién el martes, el titular de la organización de contraterrorismo británica, Neil Basu, indicó ante las cámaras de televisión que dos personas habían sido encontradas inconscientes en una residencia de Amesbury y no descartó que seguramente habían sido expuestos al mismo tóxico que el 4 de marzo pasado había llevado al borde de la muerte al ex doble agente de inteligencia ruso Sergei Skripal y a su hija Yulia.
Ese dato alcanzó al ministro de Interior, Savid Javid, para señalar que «ha llegado el momento de que el Estado ruso dé un paso adelante y explique exactamente qué pasó». María Zajarova, vocera de la cancillería, respondió a nombre de su gobierno. «Llamamos a las fuerzas del orden británicas a no dejarse llevar por el juego político sucio iniciado por determinadas fuerzas en Londres» , dijo.
El caso tiene mucho de juego de intrigas y las pocas certezas no hacen sino profundizar las desconfianzas. Los paramédicos acudieron a un llamado de una vivienda de Muggleton Road, en Amesbury. Una mujer de 44 años, Dawn Sturgess, se había descompensado y escupía espuma por la boca. Horas después debieron volver por el anfitrión, Charlie Rowley, de 45.
Sturgess vivía en una residencia para sin techo de Salisbury, cerca de la pizzería Zizzi y según la familia, es una adicta a la heroína que se desmoronó luego de su tercer parto, perdiendo un trabajo como docente y cayendo en lo más hondo desde entonces. Las primeras informaciones sobre Rowley lo ponen en una situación parecida.
Según cuenta Sam Hobson, el amigo que llamó a las autoridades para pedir socorro estuvo con ellos el viernes a la noche. Dijo que llegaban de Salisbury, donde al parecer encontraron un frasco atractivo entre la basura.
En Salisbury vivía Serguei Skripal. El espía y su hija fueron encontrados en estado inconsciente frente a Zizzi. Salisbury, una ciudad de unos 45 mil habitantes, está a 15 kilómetros de Amesbury. A medio camino está el Laboratorio Científico y Tecnológico de Defensa de Porton Down, donde desde la Primera Guerra Mundial se estudia –y potencialmente desarrolla– todo tipo de tóxicos.
Si hay alguien en Gran Bretaña que sabe cómo se hace y qué efectos produce el Novichok son los expertos de Porton Down. Un equipo de ellos habían detectado que el envenenamiento de los Skripal fue a través de la piel en el pomo de la puerta de entrada a la casa.
¿Qué ocurrió realmente con Sturgess y Rowley? ¿Algún descuidado dejó un tarro con restos del veneno cerca de Zizzi con tan mala suerte que ellos lo encontraron? ¿Qué tan letal es el Novichok, que en marzo tenía cerca de la tumba a los Skripal pero que ya están dados de alta aunque totalmente aislados de la prensa, como para nadie haga preguntas incómodas? «
Trump en el laberinto
Miles de personas se manifestaron contra la cumbre de la OTAN que se iniciará el próximo viernes y la presencia de Donald Trump en Bruselas. El estadounidense viene fogoneando desde que llegó a la Casa Blanca la idea de que los europeos tienen que poner más dinero para sostener la organización de defensa creada durante la Guerra Fría para oponerse a la Unión Soviética y el bloque socialista. Trump tiene luego otro encuentro clave, con Vladimir Putin, el 16 de julio en Helsinki, la capital finlandesa que fue centro de encuentros de los líderes soviéticos con Ronald Reagan hace casi 40 años.
Putin viene siendo demonizado en los países occidentales desde que decidió enfrentar el avance europeo sobre países que pertenecieron a la Unión Soviética. Cualquier incidente que tense la cuerda entre la UE y Rusia sirve a los intereses de la alianza militar. Al mismo tiempo, le hace más difícil a Trump cualquier intento de acercamiento con Moscú. Bastante tiene ya con las acusaciones en su país de que recibió ayuda del Kremlin para ganar la elección de 2016.
Tiempo Argentino, 8 de Julio de 2018
por Alberto López Girondo | Mar 2, 2018 | Sin categoría
Si algo persigue a Donald Trump desde que se lanzó a la campaña por la presidencia de Estados Unidos son los escándalos sexuales y sus presuntas relaciones con el gobierno ruso. Ambas razones, en cuotas discretas, están detrás de la renuncia de su persona de confianza en el área de comunicaciones, Hope Hicks, quien tras declarar ante el Comité de Inteligencia de la cámara Baja anunció que en breve dejará el puesto.
¿De qué habló ante los representantes bipartidarios? De la presunta interferencia de agentes rusos en las elecciones estadounidenses. ¿Qué dijo luego de ocho horas de interrogatorios? Muy poco pero sustancial. Que alguna mentirilla piadosa tuvo que salir de su boca mientras ocupó ese puesto, pero claro, nada relacionado con Moscú y alrededores. ¿Es sólo la única razón para irse de la oficina de al lado del polémico empresario? Más o menos: a principios de febrero tuvo que renunciar el Secretario de Personal de la Casa Blanca, Rob Porter, acusado por dos ex esposas de violencia doméstica. Hicks y Porter mantenían una relación íntima y terminaron envueltos no solo entre las sábanas.
Tanto Hicks como Porter (dejamos los juegos de palabras con el significado de los nombres a los lectores, no se necesita mucho más que un traductor online) eran personas de mucha confianza de Trump y de la familia gobernante.
Hicks, una ex modelo de 29 años, está con los Trump desde 2014, cuando trabó amistad con Ivanka, la hija mayor de Donald, a la sazón dueña de una firma de modas. En ese entonces Hicks hacía relaciones públicas para Hiltzik Strategies.
Nacida en Greenwich, Connecticut, graduada en inglés en la Universidad Metodista del Sur de Dallas, parece que alcanzó cierta fama como jugadora de Lacrosse. Junto a los Trump fue escalando en consideración y confianza y llegó a ser responsable de RRPP de la inmobiliaria y en 2016 se adosó a la campaña presidencial a pesar de tener poca experiencia en esas lides.
Cuando el mandatario ocupó el Salón Oval, el 20 de enero del año pasado, Hicks se convirtió en asesora y ocupó una pequeña oficinita junto al despacho presidencial en la que hasta hoy permanece.
El puesto de vocero o encargado de la comunicación fue desde el primer día una cartera que quema. Y no es para menos. El presidente no tiene pelos en la lengua y su lengua es más filosa de lo que el sistema político y mediático estadounidense está acostumbrado a tolerar. Explicar lo que resulta generalmente irritativo para los valores medios de esa sociedad no resulta sencillo.
En los primeros días de gestión, Trump designó como secretario de Prensa -vocero- a Sean Spicer y como director de Comunicaciones a Mike Dubke, ambos con antecedentes en estrategias de marketing político de los republicanos. Primero se fue Dubke, en mayo de 2016, y transitoriamente Spicer tuvo a su cargo los dos despachos. No quedó muy claro el por qué de la renuncia, pero el Rusiagate golpeaba en la prensa cotidianamente. Spicer tardó un par de meses en irse, lo que se demoró Trump en elegir sucesor de Dubke a Anthony Scaramucci, un hombre de Wall Street al que despreciaba especialmente, dicen en los pasillos de la White House. Pero Spicer ya mostraba ganas de volver a casa luego de convertirse en el hazmerreir del programa Saturday Night live».
Spicer había jurado sin que le moviera la pera que la audiencia que fue a presenciar la toma del poder de Trump había sido la más grande de la historia de Estados Unidos.
La heredera del sillón de Spicer fue Sarah Huckabee Sanders, hija de un ex gobernador de Arkansas por los republicanos. Milagrosamente, se mantiene en el cargo, a pesar de los golpes que desde setiembre pasado viene sufriendo.
Scaramucci, con una larga carrera en el mundo de las finanzas y puntillosamente en los últimos años desde la banca Goldman Sachs sin embargo, no duró demasiado. A los diez días de entrar en el gobierno fue despedido tras explosivas declaraciones en las que como se dice en los barrios «prendió el ventilador» contra varios miembros del gabinete.
A Scaramucci lo siguió la joven, atractiva y eficiente Hope Hicks. Mantuvo un perfil bajo, trató de no meterse en escándalos y evitó abrir la boca ante los micrófonos cuanto pudo. Pero por su despacho pasaron muchos secretos y alguna que otra vez tuvo que salir a defender a su jefe. Para eso había sido contratada.
En el Congreso se mantuvo en sus trece y no declaró nada relevante fuera de las preguntas previamente acordadas. Solo trascendió aquello de que alguna «mentira blanca» se le escapó. A la salida dijo que renunciaría a su cargo. No ahora, sino en un plazo a definir, se supone que cuando aparezca un reemplazante. Tampoco dio razones, pero este mes no fue un tiempo de rosas para ella.
EL PASADO LO CONDENA
Robert Roger Porter, doctorado en Harvard, becario Rhodes en Oxford y jefe de asesores del senador Orrin Hatch, tiene todo para estar al top de la política estadounidense. Y el peldaño como secretario de Personal del actual gobierno era como andar cerca del cielo. Pero dos ex esposas, en esta época de reivindicaciones de género, coincidieron en recordar su pasado violento en el Daily Mail, a principios de febrero.
Trump intentó defenderlo y la paciente vocera, Sarah Sanders, salió con ese mensaje. «Rob Porter ha sido eficaz en su papel como secretario de Personal. El presidente y el jefe de Personal tienen plena confianza en sus habilidades y su desempeño», dijo a los medios. Hicks participó en la redacción del texto de defensa que elaboró el gobierno. Y las dos mujeres debían conocer el pasado de Porter ya que contaban con los archivos elaborado por el FBI sobre el funcionario, como es de práctica en estas situaciones.
La foto de una de las ex esposas de Porter con un ojo morado, que obra en una de las causas en su contra, fue lapidaria y el hombre se tuvo que ir, dejando a su paso el lastre entre quienes lo trataron de cubrir.
La lista de renuncias cuando recién se cumplió un año de mandato de Trump es llamativa y no hay antecedentes en la historia de Estados Unidos.
La inició el 13 de febrero de 2017 Michael Flynn, consejero de Seguridad Nacional. a 22 días de asumir su cargo, se tuvo que ir luego de que trascendiera que tuvo reuniones con representantes del gobierno ruso durante el período eleccionario. el problema es que ante el Congreso había negado todo tipo de encuentros. con agentes extranjeros.
Luego se fueron, en agosto, el Jefe de Estrategia del presidente, Steve Bannon, un ultraderechista confeso tildado en su momento como el Presidente en la Sombra o el Príncipe de la Oscuridad. Unas semanas más tarde, dejó el puesto el secretario de Salud, Tom Price.
Donde más se sintió la baja de funcionarios es en el departamento de Estado. Pero también porque este es el flanco más cuestionado de Trump, ya que su visión del mundo contradice décadas de política exterior bipartidaria de Estados Unidos. Se cuentan por decenas los cargos de segundo orden que se fueron durante 2016, pero en enero pasado seis personas claves en la cancillería, toda la cúpula anunciaron su renuncia en la oficina del canciller Rex Tillerson, descontentos con el enfoque de los problemas del imperio de la gestión del ex titular de Exxon Mobile.
Tiempo Argentino, 2 de Marzo de 2018
por Alberto López Girondo | Nov 11, 2017 | Sin categoría
Desde que pisó suelo moscovita, el capitán argentino acaparó todas las miradas locales, que esperan con ansias la cita del junio próximo. La penetración del 10 en la cultura rusa se mezcla con la tradición y los recuerdos soviéticos.
Cuando por los altavoces anunciaron –en ruso y en inglés– la formación de los equipos, estalló una ovación al escuchar el nombre del 10 argentino. Había apoyo para el equipo ruso, había entusiasmo, pero fundamentalmente había ganas de ver a Lionel Messi sobre el césped del estadio Luzhniki, de Moscú.
No es novedad que Messi es un ídolo en cuanto idioma se hable en el mundo. Pero en el Luzhniki resultaba gracioso escuchar los comentarios de los espectadores nativos. No hay forma para quien no conoce la lengua de entender de qué venía la conversación, pero el «Messi» se escuchaba clarito cada vez que el capitán argentino se encontraba con la pelota y armaba una jugada.
Los rusos no confían en llegar demasiado lejos con su formación, que esta vez salió a jugar con la camiseta roja de otras épocas, pero sin el CCCP soviético, sino con el escudo actual, el de la Federación.
Por eso todos los ojos estaban puestos en el crack argentino. Quedó claro cuando Messi fue a tirar un córner y tanto mujeres –que las había en gran proporción– como hombres dieron unas extrañas cabriolas para sacarse una selfie con el rosarino. Son los tiempos que corren.
En los primeros ataques argentinos se escucharon también varios «oi oi oi» preocupados. Pero el seleccionado ruso tuvo algunas jugadas que, si bien no llevaban peligro, despertaban el apoyo de los simpatizantes locales, que gritaban «Ro-sha, Ro-sha», o cruzaban sílabas con la tribuna de enfrente, al mejor estilo estadio español.
Los restos de la URSS
El Luzhniki se identifica fácil: es donde se abrirá el campeonato Mundial de Fútbol del año próximo y donde se disputará la final. Además, es la única de las 12 sedes que tiene una enorme estatua de Lenin a la entrada.
El Lenin se explica porque el Luzhniki es el único estadio que no se hizo de cero, sino que se aprovechó la estructura del que fue sede de los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, boicoteadas por varios países occidentales a pedido de Estados Unidos, incluida Argentina. Cuatro años más tarde los países comunistas boicotearon los de Los Ángeles, pero esa es otra cuestión.
Messi fue el personaje a curiosear en los entrenamientos y en cercanías del Hotel Radisson. El soberbio edificio tiene más de 500 habitaciones, 38 apartamentos, restaurantes, salas de conferencias y desde allí salen cruceros para recorrer el río Moscova.
También tiene su historia, es uno de los edificios que hizo construir Stalin a fines de la Segunda Guerra para alojar las oficinas de todos los ministerios. Se los conoce como las siete hermanas o los rascacielos de Stalin y tienen más de 300 metros de altura. Ahora, uno de esos edificios alberga a la Universidad Estatal de Moscú, otro a la Cancillería. La Selección se alojó en el que fuera el Hotel Ucrania hasta la caída de la Unión Soviética, y desde 2010, el Radisson-Royal.
Costumbres rusas
El gol del Kun Agüero sorprendió a muchos espectadores saliendo del estadio. Aun así tuvieron tiempo de lamentar que casi al final se terminara el sueño de al menos no perder con el que consideran el mejor equipo del mundo. El embajador argentino, Ricardo Lagorio, presente en la platea, comentó que en el gobierno ruso estaban preocupados hasta hace unas semanas. «Un Mundial sin Argentina no es Mundial», dice que le susurraban. Un Mundial sin Messi, tampoco.
El rosarino aparece en revistas, en anuncios, pero también en los locales de souvenirs se lo ve en jarras, compitiendo con el propio presidente Vladimir Putin, o los símbolos de la era soviética, como Lenin y Stalin. En banderas también, aunque aquí en Moscú se ve más el Messi de Barcelona que el de la Selección.
Donde también es personaje común es en las Mamushkas, o Matrioshkas, como se las llama por estas regiones de donde son originarias esas muñecas de madera tallada y pintada que esconden otras muñecas en su interior. La palabra deriva de una mezcla entre Matriona, mamá, y Bábushka, abuela, y tiene sentido ya que representa la continuidad generacional o de la especie.
En caso de Messi, había en el mercado de artesanías locales de Izmailovo, uno de los más transitados de la capital rusa, una Matrioshka con la imagen del capitán y los colores del seleccionado de la AFA. Adentro había un Dybala que adentro tenía un Higuain que adentro tenía un Agüero que finalmente terminaba en un Di María.
Lo curioso es que el apellido del goleador de la Juventus estaba escrito «Dubala». Es que en caracteres cirílicos, la Y se lee como U. El vendedor, un hombre venido de Uzbekistán, dice en un inglés bastante comprensible, que se las compra a una señora que las pinta en su barrio, y que ella las copia de imágenes que el hijo le baja de Internet. Por eso La Albiceleste y Argentina están bien escritos. El problema, parece, se le hizo al intentar traspasar a mano los caracteres latinos. El vendedor no tenía la menor idea del problema. Cosas que pasan en la Rusia que espera por ver a Messi en el Mundial.
Tiempo Argentino Sábado 11 de Noviembre de 2017
Comentarios recientes