por Alberto López Girondo | May 22, 2015 | Sin categoría
Seymour Hersh tiene prestigio como periodista desde que en 1969 publicó una investigación sobre la masacre cometida por tropas estadounidenses en la aldea vietnamita de My Lai. Ganador de cuanto galardón existe en Estados Unidos a una profesión que supo tener mejores tiempos en todo el mundo –Pultizer, George Polk y George Orwell– «Sy» Hersh se destapó en 2004 con otro caso espeluznante: los vejámenes contra detenidos en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Hace unos días, de su pluma salió otra denuncia que si bien tiene menos carnadura, no dejó de generar escozor en la política norteamericana y especialmente en el gobierno de Barack Obama.
Según Hersh –que como se percibe, es de los que de verdad tienen fuentes recontrachequeadas– la Casa Blanca mintió en su versión sobre la muerte de Osama bin Laden en mayo de 2011. La administración demócrata indicó en su momento que había obtenido información sobre el líder de Al Qaeda rastreando su servicio de mensajería y que al intentar detenerlo fue baleado en un tiroteo con un comando de los Navy Seals, todo esto sin conocimiento de las autoridades pakistaníes.
Hersh, en cambio, contó que el Pentágono ubicó a Bin Laden por los datos que aportó un soplón del servicio de inteligencia de Pakistán y que los espías de ese país guiaron a los Navy Seals hasta la habitación que ocupaba el creador de Al Qaeda. «La historia de la Casa Blanca pudo haber sido escrita por Lewis Carroll», reflexionaba Hersh, que ligó de un plumazo la versión oficial con la inventiva del autor de Alicia en el País de las Maravillas. De paso, le quitaba heroísmo a una acción que, más allá de la legalidad y de la legitimidad de un crimen cometido en una nación extranjera y sin juicio alguno, había reimpulsado la imagen de Obama como de un presidente ejecutivo en el orden exterior a meses de su reelección.
Como era de esperar, el gobierno salió a desmentir a Hersh. Y ayer agregó otro punto sobre la cuestión que en principio desvía la atención del planteo del periodista. Así fue que la Oficina del Director Nacional de Inteligencia (ODNI) anunció la desclasificación de documentos relacionados con el caso y corroboró es que efectivamente hubo un soplón, Usman Khalid, un oficial del Ejército pakistaní que había vivido por 35 años en Londres y murió en 2014. La otra cuestión sobre Bin Laden es que se difundió la lista de los libros de su biblioteca y de sus futuros objetivos terroristas. Los libros, justo es decir, valen la pena puesto que van desde Noam Chomsky y Paul Kennedy hasta Bon Woodward, uno de los que reveló el escándalo Watergate.
Es interesante constatar que en el mundo del marketing se suele decir que Obama es uno de los mejores cultores de una técnica desarrollada en los inicios de los ’90, el storytelling. Una traducción pobre diría que se trata de una narración de cuentos. Y tiene mucho de eso, pero no solamente es eso. Como alerta el francés Christian Salmon, el storytelling es una «máquina de fabricar historias y formatear las mentes».
Según publicó el especialista colombiano David Gómez, contar historias para vender un producto tiene varias ventajas: generan confianza, son fáciles de recordar y de contar, brindan un contexto de datos pero por sobre todas las cosas, apela al costado emocional de las personas porque, dicho sea de paso, «todos amamos las historias».
El ejemplo que ponen los especialistas es el de Steve Jobs, el fallecido creador de Apple que, cuando presentó la revolucionaria Macintosh, en 1984, no detalló en qué consistía sino que asoció su creación a la lucha de seres de espíritu libre por romper con el Gran Hermano, representado en la televisión unidireccional, mediante la metáfora del famoso libro de Orwell.
En política hay coincidencia en que el mayor storyteller fue Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos entre 1981 y 1989. La imagen de Reagan, un hombre que mostraba pocas luces, surgido de Hollywood, donde había protagonizado películas menores como cowboy elemental, no lo autorizada para ocupar el Salón Oval. Una de las peores críticas a un film de 1942 fue que «había estado solo casualmente en contacto con su personaje». Luego sería dirigente gremial de los actores y desde allí delató a todos los que en Hollywood tenían inclinaciones de izquierda en la época del macartismo. Como gobernador de California y luego candidato a presidente solía cometer errores incluso de geografía y tenía un lenguaje más bien escaso. Sin embargo, logró captar a multitudes hacia un proyecto notoriamente retrógrado, como fue la imposición a nivel mundial del neoliberalismo más descarnado, junto con su socia británica Margaret Thatcher.
¿Cuál era el secreto del actor devenido en líder político? En la década del ’50 la General Electric lo contrató para presentador en un programa de ficción en la recién nacida televisión que se hizo muy popular. Los directivos de la multinacional le extendieron entonces el contrato para hacer giras por todas las plantas de la firma. Debía dar hasta 14 discursos por día ante un público popular, lo que le granjeó una experiencia inigualable para seducir audiencias con frases cortas, contundentes y sobre todo sencillas. «Él era demócrata. Pero recorrió el país en tren, leyó libros sobre economía e historia. En todos lados donde fue, la gente le contaba historias de cómo el gobierno se entrometía y lastimaba en sus negocios. Así se hizo republicano», señaló hace unos días la revista británica The Economist al presentar la última biografía sobre Reagan, del historiador Henry William Brands.
Otro de los biógrafos del actor-presidente, que murió con Alzheimer en 2004, es William F. Lewis, quien también hace hincapié en este aspecto de Reagan para explicar el secreto de su éxito. «Reagan usó dos tipos de historias. Era experto en anécdotas cortas, chistes y detalles que ilustraban preceptos simples, porque las historias parecían verdaderas o al menos verdaderas para la vida.» Pero también el ex presidente derechista –ligado al combate ilegal del sandinismo y al apoyo a feroces dictaduras latinoamericanas pero también a la caída de la Unión Soviética ayudado por el Papa Juan Pablo II– usó el mito para seducir al electorado con la historia de un Estados Unidos como nación elegida con base en la familia y el vecindario «conducido inevitablemente hacia adelante por su heroico pueblo trabajador».
Salmon anota en su libro –que debe esta columna a la generosidad de Jorge Mancinelli– una frase de los expertos en imagen política James Carville, conocido en estas pampas por haber asesorado alguna vez a Eduardo Duhalde, y Paul Begala: «Reagan ha sido el mayor narrador de la historia política de los últimos 50 años, aunque la mayoría de las historias que contaba eran simplemente falsas.» Una de ellas narraba el caso de una «reina bienestar» (queen welfare) que se había comprado un Cadillac gracias a la demagogia económica del gobierno en contra de todos los trabajadores asediados por impuestos. El discurso caló hondo.
El miércoles se conoció un Manual de Instrucciones del asesor del PRO Jaime Duran Barba para los candidatos de la alianza Juntos por Córdoba. Llamó la atención de los medios desprevenidos pero en realidad es una vieja guía que Mauricio Macri viene siguiendo al pie de la letra desde que se cruzó en la vida con el experto en marketing político ecuatoriano. Dice el texto filtrado a la prensa que en el discurso de campaña se debe «contar historias (con nombre, apellido y localidad) de gente común que haya conocido durante la campaña. No importa hablar de propuestas, importa emocionar a la gente que está escuchando, mostrar a los candidatos humanos, cercanos. Reforzar la idea de cambio. Hablar de la gente.»
Es decir, el catálogo del storytelling que llevó al éxito a Reagan y sus políticas que perjudicaron irremisiblemente a quienes lo votaron y no sólo en el aspecto económico. Y que ahora, de la mano de otro conservador británico, David Cameron, prometen profundizarse en Gran Bretaña luego del triunfo del 7 de mayo. En Argentina, por los ejemplos que mostraron sus pupilos del PRO, el eje pasa por la seguridad y la historia de un Juan, esposo de una María amiga de un Cacho. O algo así.
Tiempo Argentino
Mayo 22 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | May 15, 2015 | Sin categoría
Tal vez la culpa de todo la tenga Edward Snowden, el analista de Inteligencia que denunció el espionaje global realizado por la NSA, el organismo de Inteligencia electrónica estadounidense. Porque entre los documentos que reveló el joven de 31 años –que debió exiliarse en Rusia para preservar su salud– figuran los que demuestran que entre los objetivos de la NSA estaba la petrolera de bandera brasileña Petrobras y el correo personal de la presidenta Dilma Rousseff.
El escándalo estalló en setiembre de 2013, semanas antes de la programada gira de Dilma a Washington en la que sería la visita más importante que recibiría ese año el presidente Barack Obama. La respuesta del gobierno brasileño fue contundente y representó un desaire inusual para la Casa Blanca: Dilma suspendió el encuentro que se llevaría a cabo en octubre de ese año y pidió explicaciones sobre el incidente. Obama tragó saliva y esbozó tímidas disculpas diplomáticas. Faltaba menos de un año para el Mundial de Fútbol y todavía Brasil refulgía en el firmamento de las potencias como una joya inmaculada, y tras dos exitosas gestiones, Lula da Silva había podido colocar a su sucesora en representación del PT, el partido que había fundado en los ’80. En agosto, Snowden había pedido asilo en Rusia ya que en su nación le espera una biblioteca de cargos judiciales, el más grave de los cuales es por traición a la patria, lo que implicaría la pena de muerte.
Poco tiempo después, «casualmente», se extendieron por todo el país una cadena de manifestaciones contra los gastos en la Copa del Mundo que sorprendieron a propios y ajenos. Faltaban pocos meses para que comenzara a rodar la bola en los estadios construidos a todo vapor y fue un momento difícil de manejar para el oficialismo. Tras el fracaso de la verde-amarelha se iniciaba una dura campaña electoral para renovar mandato. El PT logró ganar en segunda vuelta, aunque con un margen mucho más estrecho que en otras ocasiones. También resultó reducida la cosecha de legisladores, un dato que no sorprendió porque siempre para gobernar el PT necesitó de aliados como el PMDB, el partido heredero de la formación centroderechista tolerada por la dictadura militar. Pero ya las nubes del vendaval de denuncias por corrupción en Petrobras habían mostrado toda su virulencia.
Cómo fue que la petrolera –que había crecido hasta ser la cuarta empresa del mundo en su rubro y la décima entre las multinacionales en 2013, tras el descubrimiento de los inmensos yacimientos submarinos del Pre Sal– cayó al puesto 416 que hoy ostenta puede ser la crónica de un «carpetazo” monumental o el reflejo de una puja sin cuartel por los recursos fundamentales del país.
Es que tras una dura pelea en el congreso el gobierno había logrado –hace justo dos años– destinar el 75% de las regalías petroleras a planes de educación y el 25 restante a salud en todo el país. Un logro que dejaba fondos fijos para sustentar un proyecto político de envergadura destinado a cambiar para siempre el rostro del Brasil sumergido. En el último balance, la firma computó pérdidas por 8800 millones de dólares en 2014, y poco más de 2000 mil millones bajo el rótulo de quebrantos debidos a la corrupción durante ocho años.
El avance de las investigaciones judiciales, azuzadas por oportunas publicaciones en los medios más influyentes del establishment, tiene a Dilma en jaque desde que asumió su segundo mandato. Se trata de un caso que, como lo presentan los periódicos, apesta por donde se lo mire porque involucra a dirigentes políticos de todos los sectores e incluso salpica al ex presidente Lula da Silva y a la propia Dilma Rousseff. Pero apesta también porque las pruebas reales y concretas para condenar a los imputados no abundan. Gran parte de la acusación se basa en los dichos incriminatorios de un cambista, Alberto Youssef, implicado en el caso que con tal de morigerar su condena por blanqueo de dinero «prendió el ventilador» contra un puñado de ex socios, grandes empresarios y funcionarios de la empresa y del gobierno. De allí la indignación de Lula este martes. «Es inaceptable que una gran democracia como la de Brasil, con 200 millones de habitantes y una de las mayores economías del mundo, se haya transformado en rehén de un criminal notorio y reincidente», publicó el metalúrgico en su página de Facebook.
Como para no protestar, por menos que eso ya había sido condenado en 2012 José Dirceu, quien fuera su jefe de Gabinete y arquitecto de las alianzas que lo llevaron al poder. El fallo del Supremo Tribunal Federal lo sentenció a algo más de siete años de prisión inculpado de haber organizado un esquema para financiar el apoyo de partidos amigos y no tanto para la aprobación de las leyes que necesitó el PT. Lo sustancioso es que fue sentenciado a pesar de que, como reconocieron los jueces máximos, no había evidencias documentadas del ilícito, sólo declaraciones y sospechas que, para los magistrados de la mayoría que firmó el fallo, sonaron creíbles.
Ahora, al menos, hay un balance de Petrobras que le pone cifras al desfalco y además Pedro Barusco, ex gerente de Sete Brasil, una empresa ligada a Petrobras, devolvió unos 57 millones de dólares que, dijo, eran desvíos de fondos, depositados en Suiza. Una bolsa demasiado importante como para que ingresara a las arcas públicas por simple generosidad o una maniobra política.
La situación con Petrobras (el petrolão) tiene similitudes con el llamado «mensalão», el que llevó a la celda a Dirceu. La denuncia es por haber financiado en forma irregular a partidos o dirigentes para aceitar la aprobación de leyes que el gobierno necesitaba para avanzar en su proyecto político. Una trampa, en todo caso, en la que se habría embretado el oficialismo en su afán de cambiar las cosas en el marco de normativas pergeñadas por la derecha para que precisamente nada pueda cambiar.
Ahora en el Congreso aparecieron voces teñidas de virtud que despotrican por el escándalo Petrobras. Pero las denuncias implican a las caras visibles del PT como del PMDB y hasta de partidos menores. Que la gestión de Dilma iba a estar teñida con este perfil se avizoraba desde que remplazó a Lula. En sus primeros dos años en el Planalto, Rousseff desplazó a siete ministros denunciados por distintos casos de irregularidades. La mayoría no eran del PT. Pero no alcanzó con ese gesto firme, o quizás fue visto como señal de debilidad. Lo interesante es que como forma de paliar este momento aciago, la presidenta intentó cambiar la Ley Electoral, cosa de transparentar la voluntad popular. Y para salir del atolladero económico, envió a las cámaras leyes de ajuste y la propuesta para un nuevo juez en la corte. Ninguna de ellas le fue aprobada aún. Curiosa parálisis en momentos en que a nadie se le ocurriría apurar medidas con el recurso de un sobre.
En Chile, el gobierno de Michelle Bachelet también enfrenta una arremetida por denuncias de corrupción y tuvo que cambiar su Gabinete para recuperar aire político. El personaje más notorio es su hijo y la esposa del vástago, imputados por tráfico de influencia en créditos para la compra-venta de terrenos. Pero los escándalos trasandinos envuelven a dirigentes de todos los partidos, oficialistas y opositores, con empresas que financiaron las carreras políticas de varios.
El caso que afecta a la presidencia repercutió en un juzgado donde una empresa querelló a su nuera por estafa. Las ganancias logradas con información privilegiada sobre modificaciones en la urbanización de la zona fueron fenomenales… Ayer la firma compradora de los terrenos en cuestión recibió la devolución del dinero invertido de manos Natalia Compagnon –la esposa de Sebastián Dávalos, el hijo de Bachelet– y asunto arreglado. Claro que el escándalo dejó mal parada a la mandataria, que había logrado reformar leyes fundamentales para el avance de la democracia en Chile. Entre ellas la ley electoral, la tributaria y la de educación venidas del pinochetismo.
El costo de ir por más democracia es alto y los carpetazos están a la orden del día, como bien mostró Snowden. Por eso es necesario caminar con pies de plomo.
Tiempo Argentino
Mayo 15 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | May 5, 2015 | Sin categoría
Si algo dejó la VI Cumbre de las Américas de Panamá fue la comprobación de que Estados Unidos ya no puede imponer su voluntad sobre el resto de los países del continente como solía hacerlo hasta hace 10 años. Lo supo Barack Obama, quien en su último encuentro como mandatario estadounidense debió aceptar no solo que Cuba existe, sino que debía hacerse cargo del reclamo de los gobiernos latinoamericanos para una nueva relación con los vecinos a los que despectivamente su secretario de Estado, John Kerry, todavía llama «patio trasero».
Como una parábola perfecta para el inquilino de la Casa Blanca, en su primera participación en este encuentro de presidentes, en 2009, recibió de Hugo Chávez un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina, libro clave de Eduardo Galeano para entender el despojo que durante siglos padecieron los pueblos al sur del Río Bravo. En Panamá, varios de sus colegas le recordaron en diferentes tonos y sin mencionarlo explícitamente que América Latina había cambiado. Como para que la muerte de Galeano, unos días más tarde, sonara a cierre de una etapa que ya parece irreversible para la región.
Esta serie de rondas de jefes de Estado americanos, que comenzó en Miami en 1994 para poner en marcha el proyecto neoliberal expresado en el Consenso de Washington, viró 180 grados en Mar del Plata en 2005. Allí, al enterrar el Área de Comercio de las Américas (ALCA), frente al propio George W. Bush, la integración latinoamericana comenzó a andar.
Hay varios acontecimientos que no se pueden entender sin ese paso inicial. En principio, sería justo preguntarse hasta qué punto la crisis que se desató primero en Estados Unidos y que luego se extendió a Europa no tuvo su origen en la clausura de ese proyecto pensado para beneficio de la economía estadounidense en detrimento de los pueblos latinoamericanos.
Es más evidente, en cambio, que la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) hace 8 años, y luego la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) es la consecuencia más directa e irrefutable de este avance. En ambos casos, las organizaciones cumplieron un rol destacado en defensa de la democracia y del estrechamiento de lazos entre los pueblos sin la participación de los países sajones, Estados Unidos y Canadá. Un hecho del que tomaron en cuenta los estrategas de Washington para decidir que Obama diera un paso que los 10 presidentes que lo antecedieron no se atrevieron a dar: sentarse a conversar con el gobierno de la Revolución Cubana para intentar restablecer relaciones diplomáticas.
Esta nueva era convirtió la OEA, el organismo del que había sido expulsada Cuba en 1962, en una cáscara vacía. Lo mismo que las cumbres presidenciales. ¿Qué sentido tiene un encuentro de jefes de Estado de países que poco y nada tienen en común, salvo que comparten la región con la principal potencia económica y militar del planeta?
El sentido se lo dieron en Panamá los líderes regionales que le pusieron al presidente estadounidense «los puntos sobre las íes», como se dice popularmente. Fueron categóricos especialmente Rafael Correa, Daniel Ortega y Evo Morales. Obama se ausentó en dos ocasiones, una cuando Nicolás Maduro le reclamaba por haber calificado a Venezuela como una «amenaza a la seguridad de Estados Unidos». La otra cuando habló Cristina Fernández, que hizo una encendida defensa de la dignidad cubana para soportar el embate norteamericano durante más de 60 años pero que también habló de Malvinas, otra causa latinoamericana contra un aliado de Washington.
A los pocos días, Obama envió al Congreso la recomendación de retirar a Cuba de la lista de naciones patrocinadoras del terrorismo. Y prometió hacer lo necesario para levantar el embargo. No las tiene fácil el presidente de los
Estados Unidos con un Legislativo opositor en el último tramo de su gestión. Sobre todo porque la voz cantante entre los republicanos la tienen representantes extremos del Tea Party, como Marco Rubio y Ted Cruz –precandidatos a suceder a Obama en 2017– e Ileana Ros Lehtinen, de origen cubano.
Se entiende entonces el pedido de Raúl Castro de creer en las buenas intenciones de Obama.
Revista Acción
Mayo 1 de 2015
por Alberto López Girondo | Abr 7, 2015 | Sin categoría
En setiembre pasado, el papa Francisco visitó el cementerio de Fogliano Redipuglia, cerca de la frontera con Eslovenia, donde descansan los restos de miles de caídos en el frente nordeste de Italia durante la Primera Guerra Mundial. Fue su modo de recordar el centenario de una disputa que dejó unos 20 millones de muertos, pero que no sería la última gran batalla por el control del mundo. Desde ese lugar, el pontífice argentino advirtió que hoy puede hablarse de «una Tercera Guerra Mundial». Una simple observación del mapa de puntos críticos que pueden envolver al mundo en una nueva y fatal conflagración le da la razón a Jorge Bergoglio, con el agregado de que en algunos lugares calientes del planeta, incluso, la amenaza es nuclear.
En los últimos meses el riesgo de una gran contienda similar a las dos que vivió el siglo XX se extiende peligrosamente en algunas regiones críticas del globo. Pero a diferencia de la Primera y la Segunda Guerra, cuando era posible determinar los bandos enemigos, hoy todo resulta más difuso. Porque por un lado aparece el extremismo identificado como Estado Islámico (EI), que controla amplias regiones en Irak y Siria y sumó a otro grupo terrorista, Boko Haram, de Nigeria. Conocido en algunos distritos como ISIS, por las siglas en inglés para Estado Islámico de Irak y el Levante, o DAESH, por su acrónimo árabe, aboga por la construcción de un califato de tipo medieval en zonas de población árabe, regido por una interpretación radical del Corán, y cobró notoriedad en todo el mundo tras la difusión de una serie de videos en los que sus milicianos muestran atrocidades pocas veces vistas, desde degüellos hasta quema de personas, en una expresión de tétrico marketing del horror. Son también designados genéricamente como yihadistas, porque defienden el concepto de «guerra santa» para imponer la sharía (ley islámica), pero como no son un estado constituido, están al margen de la ONU y la única sanción posible sería la aniquilación a manos de fuerzas coordinadas bajo su amparo. Algo que Estados Unidos viene pretendiendo imponer desde que tras el retiro de sus tropas en Irak se fue conformando este descalabro generalizado en la región.
El otro punto de gravedad superlativa es Ucrania, que desde el derrocamiento de Viktor Yanukovich en febrero de 2014 potenció viejas rencillas nacionales y provocó en primer lugar la reincorporación de la región de Crimea a la Federación Rusa un mes más tarde y luego una guerra civil en el este ucraniano, donde la población es mayoritariamente prorrusa. El oeste del país se alinea con la Unión Europea, aunque sus espadas en el terreno son militantes ultraderechistas que apelan a métodos violentos aprendidos del fascismo. Tampoco ellos tienen demasiado apego a las normas de convivencia internacionales.
Dada la relativa cercanía de ambos escenarios y teniendo en cuenta que tanto en Crimea como en la ciudad de Tartus, Siria, hay bases militares rusas, es dable entender que Rusia –y especialmente su presidente, Vladimir Putin– sea en realidad el verdadero enemigo para los estrategas del Pentágono.
La parábola de Obama
Con la llegada de un hombre negro al poder en Estados Unidos en 2009, una nueva señal pareció alumbrar desde Washington, luego de las controvertidas invasiones a Irak y Afganistán que había iniciado George W. Bush. En esta certeza, Obama fue ungido con el premio Nobel de la Paz a fines de ese mismo año.
Poco antes había lanzado desde El Cairo un discurso que parecía alentador. «He venido aquí a buscar un nuevo comienzo para Estados Unidos y los musulmanes en todo el mundo, que se base en intereses mutuos y el respeto mutuo…», dijo el presidente demócrata ante un auditorio que lo contemplaba complacido en el aula magna de la Universidad Islámica de Al-Azhar.
A tal punto llegaba el sesgo pacifista que en julio de 2009 Obama viajó a Moscú para decirles a los mandatarios rusos –Dmitri Medvedev, presidente, y Putin, primer ministro– que «ningún país puede afrontar los desafíos del siglo XXI por su cuenta, ni imponer sus condiciones al mundo. Es por eso que Estados Unidos busca un sistema internacional que permita a las naciones perseguir sus intereses en paz, sobre todo cuando esos intereses sean divergentes; un sistema donde se respeten los derechos universales de los seres humanos, y se rechacen violaciones a esos derechos; un sistema en el que tengamos con nosotros los mismos estándares que aplicamos a otras naciones, con derechos y responsabilidades claras para todos».
Parecía un giro de 180 grados con respecto a la política beligerante que predominaba en ese país. En mayo de 2010 Obama presentó su primera Estrategia de Defensa Nacional. La Ley de Reorganización del Departamento de Defensa de Goldwater-Nichols, de 1986, obliga a que cada presidente eleve un informe anual al Congreso sobre el rol militar que su gestión le asigna a Estados Unidos en el mundo. Obama siguió la misma línea que había abierto en El Cairo y Moscú un año antes. Mencionaba allí ese esperanzado discurso en la capital rusa y agregaba su compromiso con «nuestros amigos y aliados en Europa, Asia, América y Oriente (…) incluyendo a China, India y Rusia, así como naciones cada vez más influyentes como Brasil, Sudáfrica e Indonesia».
Eran los tiempos en que el retiro de tropas de Irak y Afganistán tenía fecha firme y la Casa Blanca necesitaba acuerdos con el resto de las potencias para garantizar la paz. También eran los tiempos en que Estados Unidos padecía una crisis económica y financiera que asfixiaba sus recursos, como reconocía en aquel documento que ahora parece histórico. A sus aliados de la OTAN no les iba mejor, y además era notorio el crecimiento de las potencias emergentes que terminarían uniéndose en el BRICS, y de otros países latinoamericanos que poco a poco iban alcanzando mayores grados de libertad respecto de Washington.
Lo que parece un análisis económico geopolítico es el punto de partida para el segundo informe de Estrategia de Defensa Nacional, que Obama presentó en febrero pasado. Allí hay un profundo cambio en la concepción geopolítica. Ya la administración demócrata no habla de crisis y economía de esfuerzos sino más bien informa que crecieron el empleo y el PBI y China sigue siendo amigo de Estados Unidos, pero ahora Rusia es una amenaza, lo mismo que los grupos fundamentalistas que crecieron bajo el amparo de sus propias políticas en relación con el mundo islámico. «El extremismo violento y una amenaza terrorista en evolución plantean un riesgo persistente de ataques contra Estados Unidos y nuestros aliados. La escalada de desafíos a la seguridad cibernética, la agresión por parte de Rusia, los impactos de aceleración del cambio climático y el brote de enfermedades infecciosas dan lugar a preocupaciones acerca de la seguridad global».
Pero el cambio más dramático está expuesto en la siguiente frase: «Cualquier estrategia exitosa para garantizar la seguridad del pueblo estadounidense y avanzar en nuestros intereses de seguridad nacional debe comenzar con una verdad innegable, Estados Unidos debe liderar. Un liderazgo estadounidense fuerte y sostenido es esencial para un orden internacional basado en normas que promuevan la seguridad global y la prosperidad, así como la dignidad y los derechos humanos de todos los pueblos. La pregunta no es si Estados Unidos debe liderar o no, sino cómo debe hacerlo».
Luego detalla las ventajas de acciones conjuntas y señala cómo su gobierno lidera con más de 60 socios «una campaña mundial para degradar y en última instancia derrotar a Estado Islámico en Irak y Siria» y cómo «hombro con hombro con nuestros aliados europeos, estamos haciendo cumplir duras sanciones a Rusia para imponer costos e impedir futuras agresiones».
¿Qué pasó entre un informe y otro? ¿Cómo fue que el Premio Nobel de la Paz se involucró en una escalada que potenció a grupos extremistas sin mucho apego por las formas y los valores que Estados Unidos dice sustentar? ¿Cómo fue que Rusia de pronto se convirtió en un enemigo de fuste, reviviendo los peores momentos de la Guerra Fría?
Luego de aquel discurso de El Cairo, comenzaron en el norte de África levantamientos populares, fomentados desde redes sociales, que se conocieron como la Primavera Árabe. Los gobiernos autocráticos de Túnez, Egipto y Yemen alineados con Occidente tuvieron que irse ante las protestas masivas y luego de brutales represiones. También debieron enfrentar este tipo de cuestionamientos mandatarios para nada proestadounidenses, como los de Libia y Siria.
Pero el tablero internacional no daba para revoluciones democráticas, y prontamente tomaron el poder otros «amigos». La caída de Muammar Khadafi en Libia llevó el caos al país, que se desmembró en bandos tribales, algunos de ellos vinculados con extremistas islámicos.
El caso sirio es más complicado y revela hasta qué punto algunas acciones políticas solapadas despiertan resultados demenciales. Porque el presidente Bashar al Assad es heredero de una dinastía que gobierna a nombre del partido Baas, socialista moderado y laico en una región subyugada por el fundamentalismo religioso. Para derrotarlo, la coalición de la que hace gala Obama en su documento al Congreso no dudó en apoyar a los grupos yihadistas más fanatizados. Cuesta creer que esos milicianos se hayan desbordado en pos de un califato sin que quienes los financiaron –entre los cuales está en primer lugar Arabia Saudita– lo hayan podido prever. Ya había pasado en Afganistán a fines de los 80, cuando para combatir la intervención soviética, desde la CIA entrenaron a los talibán, que luego demostraron ser un grupo fundamentalista y retrógrado. Allí nacería, según el discurso oficial, el grupo Al Qaeda, que ahora dejó su lugar protagónico a EI.
En muy poco tiempo, EI tomó parte del territorio de Irak y Siria. La intentona de Obama de sostener una coalición internacional contra el gobierno sirio, como antes lo había hecho contra Khadafi, tropezó con la negativa de Putin, de nuevo presidente, en setiembre de 2013. La base de Tartus y la tradicional alianza con Al Assad eran un sólido motivo, pero también la necesidad de poner freno a Estados Unidos luego del affaire libio. Obama, entonces, se fue «con la cola entre las patas» pero no es casual que al poco tiempo el grupo yihadista se extendiera como una mancha de aceite.
Las fronteras de Irak, creadas artificialmente por los británicos tras la desaparición del Imperio Otomano en 1922, incluyen población chiíta, sunnita y kurda. Las dos primeras son interpretaciones divergentes y enfrentadas del Islam, los últimos, una nación en busca de un Estado propio. Los kurdos, reprimidos en Irak, Siria y Turquía por décadas, ayudaron a las tropas estadounidenses a derrocar a Hussein y lograron un estatus autonómico con la nueva Constitución. Pero el débil acuerdo entre sunnitas, chiítas y kurdos en Irak se fue quebrando por la propia inoperancia de los amañados ganadores de las elecciones preparadas por los invasores.
El primer ministro chiíta, Nuri al Maliki, tuvo que dejar el poder casi expulsado por Obama ya que se había transformado en un factor irritativo para la mayoría sunnita, lo que fue alimentando el crecimiento de los yihadistas. Si a esto se suma que los territorios ganados por EI o disputados con kurdos y tropas siras son ricos en petróleo que los grupos extremistas no dudan en vender –a comerciantes que tampoco dudan en comprar– se puede tener un panorama de lo que está en juego en la región. También así se entiende la necesidad de Washington de acordar con Irán para que el régimen chiíta persa colabore en la estabilidad regional, a pesar de la fuerte oposición del gobierno israelí, que mantiene a Teherán como amenaza a su existencia. Hace unos días, el secretario de Estado, John Kerry, tuvo la osadía de reconocer que cualquier solución en Siria, luego de cuatro años de una guerra civil sin haber podido expulsar a Al Assad, pasaba por negociar con el líder. Recibió quejas desde Gran Bretaña y Francia, pero también desde su propio gobierno, que se apuró a desmentir al funcionario demócrata.
Nigeria, el país más poblado de África y sexto exportador mundial de petróleo, también sufre los embates de un grupo yihadista, Boko Haram (que algunos traducen como «la educación occidental es un pecado»), que saltó a la fama cuando en abril de 2014 secuestró a más de 200 chicas de una escuela de Jibik. Con un esquema mediático igualmente tenebroso, hace semanas anunció que había decidido someterse a los dictados del califa Abu Bakr al-Baghdadi, de EI, quien prontamente aceptó la promesa de lealtad de los nuevos vasallos.
La oferta de asociación de Ucrania con la Unión Europea (UE) que recibió el presidente Yanukovich en noviembre de 2013, alentó a los sectores proeuropeos de ese país, en muchos casos herederos de una tradición que se puede rastrear hasta la invasión nazi, cuando se aliaron al enemigo de la Unión Soviética. La caída de la URSS y el resurgimiento como nación autónoma de Ucrania no había hecho sino potenciar esa división entre el occidente y el oriente ucraniano, ligado por lazos étnicos y culturales con la Federación Rusa.
También hay que tener en cuenta que en Crimea está la base naval más importante de Rusia y que allí, a mediados del siglo XIX, se consolidó el nacionalismo ruso en la guerra contra las potencias imperiales francesa y británica. La península había sido incorporada administrativamente a Ucrania por el líder soviético Nikita Kruschov en 1954 pero la base de Sebastopol quedó luego en alquiler dentro de una región «rusificada». El rechazo de Yanukovich a la ue despertó protestas masivas en Kiev en febrero de 2014. Con la plaza Maidan tomada por opositores, y tras la muerte de al menos 70 manifestantes, el presidente renunció y el poder quedó en manos de prooccidentales. Unos días más tarde los pobladores de Crimea votaron reincorporarse a Rusia, que inmediatamente aceptó la vuelta del estratégico territorio desde donde se controla el acceso al Mediterráneo por el Mar Negro. Tras las quejas diplomáticas de rigor, la comunidad internacional consintió la nueva situación. Un poco porque reconoció lo que implicaba para los rusos, y otro poco porque en el ajedrez, a veces se deben cambiar alfiles. Y ya tenían a uno de los propios en Kiev. El problema es que las regiones de Donestk y Lugansk, en el este, también votaron por volver a la Federación Rusa. Cierto es que dependen incluso comercialmente de las relaciones con Moscú, pero no es un dato menor que temen una limpieza étnica de parte de las bandas fascistas que pululan en Kiev. Desde entonces, una guerra civil larvada se desarrolla en esa parte del país. Paralelamente, EE.UU. y la UE impusieron sanciones a Rusia por lo que consideran una actitud agresiva al dar apoyo a los «rebeldes» del este.
Un acuerdo de última hora en febrero pasado entre Putin y los mandatarios de Francia y Alemania con el actual presidente ucraniano, el empresario Petro Poroshenko, logró una débil tregua que frenó el deseo de Obama de atacar en lo que sin dudas sería el estallido de la Tercera Guerra Mundial, a las puertas de Moscú. Para Estados Unidos esa sería una nueva guerra fuera de su propio territorio y una enorme posibilidad de negocios para su industria bélica. Para Europa sería una batalla devastadora en sus narices. Ya bastante tienen con los más de 20.000 millones de euros que llevan perdidos por las sanciones económicas.
Peligro atómico
El presidente Barack Obama apura un acuerdo de los 5+1 (los países con derecho a veto del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania) por el plan nuclear de Irán. Cada una de esas naciones –Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia– es una potencia nuclear y lo que se busca es la firma de un documento que permita un control internacional sobre el desarrollo atómico del país persa. ¿Quién se opone a este arreglo? Israel y sus aliados internos en el Congreso estadounidense, la mayoría republicana. Para el gobierno de Benjamin Netanyahu, Irán es una amenaza a la seguridad de Israel. Y un Irán con potencial atómico, un peligro letal que se debe exterminar. Pero los 5+1 quieren acordar controles. El riesgo nuclear es real y concreto y mucho más si no hay certidumbre y verificación externa, lo que despierta paranoias que ponen en riesgo de extinción a la humanidad en su conjunto. Sucede que Israel tiene artefactos atómicos, pero como oficialmente nunca los declaró, tampoco se someten a control. Según un informe de la Federación de Científicos Estadounidenses (FAS por sus siglas en inglés), Israel es potencia atómica desde 1967 y hoy tiene 80 cabezas nucleares listas para disparar. Poco en comparación con Estados Unidos (4.764) y Rusia (4.300), pero es el único país de Oriente Medio con ese tipo de armamento, con el telón de fondo del nunca resuelto conflicto en Palestina.
Otros focos de tensión bélica en el mundo coinciden con potencial nuclear de alguna o las dos naciones en conflicto. Es el caso de la India y Pakistán, que mantienen un enfrentamiento por Cachemira. India tiene 120 cabezas nucleares, Pakistán 110.
China tiene una vieja rencilla con Japón por las islas Senkaku. Oficialmente los japoneses, que padecieron los dos únicos ataques con bombas atómicas contra un territorio poblado en la historia de la humanidad, no cuentan con ese tipo de artefactos mortíferos, aunque son aliados férreos de Estados Unidos. China tiene según la FAS 230 ojivas. Beijing reivindica el control de la isla de Taiwán, donde en 1949 se refugió el gobierno derechista de Chan Kai Shek y también recibe el apoyo estadounidense para mantener su independencia. Los chinos, finalmente, rivalizan y mantienen rencillas fronterizas con la India, pero en este caso como ambos integran el grupo BRICS, podría sostenerse que conservarán sus diferencias en sordina. Corea del Norte, por su parte, sigue estando en las pesadillas de los estrategas del Pentágono desde 2012, con sus 10 cabezas nucleares que según su gobierno, podrían alcanzar objetivos hasta en Washington.
Caos y petróleo
Desde que Muammar Khadafi fue asesinado en octubre de 2011 tras 42 años en el poder, Libia se fue sumiendo en el caos. El líder libio fue enemigo declarado de Estados Unidos durante toda su vida y un fuerte apoyo para movimientos de liberación de todo el mundo. En los últimos años había tenido acercamientos con gobiernos derechistas de Europa, como con el italiano Silvio Berlusconi y el francés Nicolas Sarkozy. Eso no impidió que el mandatario galo fuera uno de los más encendidos gestores de la alianza que lo derrocó, que, aparte de los países de la OTAN, incluyó a muchos enemigos internos de Khadafi.
Hoy, en Libia, hay dos gobiernos. Estados Unidos, Francia, Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes reconocen al que tiene sede en la ciudad de Tobruk, en el este; Gran Bretaña, Turquía y Qatar apoyan al gobierno islamista moderado de Trípoli. En el caso de Londres, eso le garantiza petróleo sin cortapisas. Pero en el medio de todo esto también está el avance de EI, que en este clima es casi un elemento de racionalidad, valga la paradoja. La ue, también aquí, busca intervenir. Hay mucho combustible en disputa para dejarlo en manos yihadistas.
En Yemen, luego de la renuncia en 2011 de Alí Abdalá Saleh, quedó en el poder Abdo Rabu Mansur Hadi. Con la promesa de escuchar las históricas reivindicaciones de cada uno de los sectores, mantuvo el orden durante algunos meses. Pero un grupo rebelde chiíta, los hutíes, aceleró el paso para que se cumpliera la palabra empeñada. Hoy día controlan la capital y gran parte del país y el mandatario pidió ayuda a la ONU. En Yemen, EI usa su táctica de atentados terroristas como amenaza contra los hutíes. En Túnez también se hacen fuertes los yihadistas, como para mostrar su intención de construir un califato donde hace un siglo reinaban los turcos.
Revista Acción
Marzo 30 de 2015
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