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Los acuerdos con Irán en un camino sembrado de espinas

En el mundo de los negocios suele decirse que es siempre mejor un mal arreglo que un buen juicio. Por eso de que los tribunales son lentos, y que por más cercanía que se tenga con abogados y jueces, nada garantiza que las cosas salgan como se espera. Hace algunos meses, y cuando el proceso de negociaciones con Irán se encaminaba en Suiza, el presidente Barack Obama se justificaba diciendo que “es mejor un mal acuerdo que ninguno”. Parafraseaba el viejo dicho comercial, sabedor de que no tener ningún acuerdo podría llevar a una situación bélica de imprevisibles consecuencias. Y una guerra, por más que uno tenga el mejor armamento del mundo, no garantiza un éxito. Los desastres que se viven hoy día en Medio Oriente y Afganistán tras las invasiones de la administración de George W. Bush son una prueba bastante contundente de esto. Podrán mencionarse ciertas sinuosidades en la política exterior de Obama, pero en esta cuestión al menos muestra una coherencia que buenos dolores de cabeza la trae, porque los principales críticos de esta postura en relación con el plan nuclear de Irán son los sectores más acérrimos de los republicanos y el gobierno israelí. Pero no son los únicos en el mundo.

El “problema Irán” pasó a ser central para Obama desde que llegó a la Casa Blanca, en 2009. Y a pesar de que en ese entonces gobernaba Mahmud Ahmadinejad, un ultra poco afecto a la negociación, trató de acercar posiciones para retomar un diálogo que se había roto en 1979, con el asalto a la embajada de Estados Unidos tras el derrocamiento del Sha Reza Pahlevi y el surgimiento de la República Islámica.
En mayo de 2010, el presidente brasileño Lula da Silva y el primer ministro turco Tayyip Erdogan anunciaron junto con Ahmadinejad un acuerdo tripartito para someter a controles internacionales el plan atómico persa. El cuestionamiento principal es por el enriquecimiento de uranio, un proceso que Teherán alcanzó un poco comprando tecnología “en el mercado negro” y otro poco mediante acuerdos con países que ya habían alcanzado ese ciclo de desarrollo, como Argentina. Según el acuerdo que anunció Lula en Rio de Janeiro, Irán entregaría 1200 kilogramos de su uranio enriquecido al 3,5% a Turquía –el uranio para fines militares necesita ser enriquecido al 90%–, donde quedarían depositados bajo vigilancia iraní y turca. Al cabo de un año Irán recibiría 120 kilos de uranio enriquecido al 20% de Rusia y Francia para emplear en su programa de uso pacífico.

El anuncio provocó una polvareda diplomática y antes de que se secara la tinta la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton salió a reprocharlo. La respuesta de Lula tampoco esperó: la propuesta obedecía a una carta que le había enviado Obama con ideas para solucionar el entuerto y él no había hecho más que poner manos a la obra. El desaire dejó mal parado al fundador del PT. Y las sanciones contra Teherán se profundizaron.

¿Cuál era el problema con el paper alcanzado por Lula y Erdogan con Ahmadinejad? Básicamente que era fogoneado por nuevos jugadores en la escena global, algo inadmisible para las potencias europeas, que aún en decadencia siguen peleando prerrogativas especiales. Por eso se continuó con el proceso iniciado en 2006 por el grupo 5+1, los cinco países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, China  y Rusia más la principal economía del continente, Alemania.

En marzo de 2011 el fallecido periodista José Eliaschev publicó en Perfil un artículo en que acusaba al gobierno argentino de estar negociando en secreto con Ahmadinejad para dejar de lado la investigación del atentado a la AMIA y fortalecer las relaciones comerciales. Para entonces Teherán ya había avanzado en convenios con el gobierno de Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales y quedaba en el olvido el frustrado acuerdo con Lula. En enero de 2013, el gobierno argentino anunció el ahora controvertido Memorandum de Entendimiento con Irán por la investigación del atentado a la AMIA. No vale la pena abundar en las feroces críticas que recibió de la oposición política y mediática e incluso de los fondos buitre.

Cuando en agosto de ese mismo año Hasan Rohaní fue elegido presidente todo el mundo supo que algo había cambiado en Irán. Considerado un islamista moderado, Rohaní es un clérigo bendecido por el imán Ali Jamenei que ya había participado en conversaciones con Occidente acerca del plan nuclear antes de 2005. Un mes más tarde Obama y Rohaní mantuvieron una “histórica” conversación telefónica que ponía fin a 34 años de congelamiento de relaciones.

Sin embargo, los sectores internacionales que no aceptan acuerdos con Irán, jamás se durmieron y “una serie de eventos extraordinarios” se fueron encadenando de tal manera que resulta por lo menos ingenuo no hallarles un origen común. Por esa serie de casualidades permanentes, en estos últimos meses, a medida que en Lausana los 5+1 e Irán iban acercando posiciones, se fueron aguzando las tensiones de sectores contrarios tanto en Argentina como en Brasil. Cuesta trabajo no incluir en este aceitado mecanismo de relojería al súbito regreso y la posterior denuncia contra la presidenta argentina del fiscal Alberto Nisman a horas del ataque a la redacción del semanario Charlie Hedbo. Su muerte, como sea que se hubiese producido, tampoco, tal cual señaló Cristina Fernández. Ni qué hablar del embate del tribunal de Thomas Griesa contra el país, azuzado por los buitres.

En Brasil, a caballito de las denuncias por corrupción en la petrolera estatal, un día antes del balotaje la revista Veja adelantó una edición especial donde ligaban directamente a Lula y Dilma con el escándalo Petrobras. Ahora, en una operación donde aparecen involucrados el hijo de la mandataria argentina con la embajadora en la OEA, Nilda Garre, en una operación financiera con dinero de Irán de por medio, Veja vuelve al ruedo. El negocio, en esta ocasión, sería la venta de tecnología nuclear argentina. Específicamente, uranio enriquecido.

Viene a cuento aquí recordar la fuerte influencia inicial de la tecnología argentina en el proyecto de desarrollo iraní. Desarrollo que había sido empujado por un marino, el almirante Oscar Quillalt, al frente de la CONEA desde 1955 a 1973, entre el golpe contra Perón y el regreso de la democracia camporista. El Sha Pahlevi, que no era lerdo, aprovechó el momento y se llevó a Quillalt y a un equipo de siete científicos que, desde 1975 hasta la caída del monarca, en 1979, llevaron adelante una iniciativa que continuarían los ayatolas. En este juego de transferencia de conocimientos entraría luego Abdul Qadeer Khan, científico pakistaní, héroe nacional en su país y más tarde defenestrado bajo la acusación de haber comercializado por su cuenta tecnología altamente sensible en el mercado negro.

La relación de los argentinos con Irán no se cortaría del todo y en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, en mayo de 1987, se aprobó la venta de un núcleo de uranio enriquecido al 20%  por parte de la empresa estatal INVAP. Sería durante la gestión de Carlos Menem que por un lado el proyecto nuclear argentino quedaría en terapia intensiva y la relación con Irán, por el otro, se terminó de clausurar por el ataque a la sede de la comunidad judía. Recién con Néstor Kirchner el “átomo argentino” volvería a girar, como quien dice.

¿El acuerdo anunciado en Lausana será firme y duradero? Es difícil predecirlo. Señala cómo llegar a la firma de un documento definitivo el 30 de junio. Hay mucho que andar todavía, pero los países más poderosos del mundo mostraron su optimismo. El secretario de Estado John Kerry agradeció a todos los que participaron de las reuniones, y especialmente a los iraníes. Y reconoció que para llegar a un acuerdo todos debieron ceder algo. Esto es, que si bien no lograron todo lo que se proponían, tampoco lo hizo Irán, aunque las declaraciones para la propia tribuna digan lo contrario.

Este avance muestra también que con todas las críticas, Obama fue consecuente en este caso con la idea de movilizar soluciones alejadas del campo de batalla. Por eso es y será fustigado dentro y fuera de Estados Unidos. Reconoció que otros vientos soplan en el mundo y desplegó las velas para no dejarlos pasar. Esos nuevos vientos también fueron entendidos por Lula y por Cristina en su momento. ¿Habrá que confiar que ahora viene una paz definitiva? De ninguna manera, falta la letra fina y no habría que descartar nuevos eventos extraordinarios en un camino sembrado de espinas. Pero fue un paso en la buena senda.
 

Tiempo Argentino
Abril 4 de 2015

Los desafíos de Almagro y los nuevos vientos de la OEA

Los desafíos de Almagro y los nuevos vientos de la OEA

En medio de la escalada de Estados Unidos contra Venezuela, los países americanos le encargaron al ex canciller uruguayo Luis Almagro un desafío de proporciones titánicas: reanimar un cuerpo que agoniza lentamente como es la Organización de Estados Americanos (OEA). Un esfuerzo que a pesar de las mejores intenciones quizás resulte inútil.

Como se sabe, la OEA nació en 1948 en el marco de la Guerra Fría. Un año antes, en 1947, los países reunidos en Río de Janeiro habían aprobado la creación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Se trataba de un acuerdo de tipo militar defensivo destinado a impedir amenazas de países fuera del continente contra cualquier miembro de la organización. La OEA tenía como objetivo la defensa de la paz, la seguridad, los valores democráticos y los Derechos Humanos. En realidad siempre fue un foro donde Estados Unidos planteaba los niveles de debate continental y fijaba el rumbo de lo que significan cada uno de esos términos en cada situación concreta.

Los tratados de Yalta y Postdam, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, establecían un mundo de dos bloques, uno capitalista y el otro comunista. Con las diferencias dentro de cada uno de ellos que cualquier analista medianamente despierto podía avizorar.

No era esperable en esos primeros años que la Unión Soviética intentara «cruzar el charco» para una aventura bélica. Pero ambos tratados, más otros adicionales elaborados con el tiempo, sirvieron para acomodar los trastos en el «patio trasero» de la potencia imperial.

Pero los pueblos nunca aceptaron ese estado de cosas decidido por gobiernos que respondieron ante la presión de la Casa Blanca para ponerlos a todos en el mismo redil. Brasil en esos tiempos era un aliado firme de Estados Unidos. Había mandado tropas para combatir al nazismo y de hecho tradicionalmente abre la Asamblea General de Naciones Unidas cada año. La realidad exterior tal vez no daba para mucho más.

Sin embargo, Argentina y Brasil –con Juan Domingo Perón y Getulio Vargas– eran un problema para los estrategas de Washington a fines de los años 40. Luego surgiría otro díscolo, el guatemalteco Jacobo Arbenz, desalojado en forma humillante del poder en junio de 1954. Acusado de pro-comunista por sus políticas sociales progresistas, marcó una época para todas las luchas reivindicativas que vendrían posteriormente.

La crisis que llevó al suicidio de Vargas, en agosto de ese mismo año, fue otro duro golpe a mandatarios que intentaban un camino independiente de los dictados del norte. Otros terminaron expulsados abruptamente por sectores oligárquicos, con el brazo armado de las cúpulas militares impulsadas desde Estados Unidos a través de las embajadas y de la CIA.

En setiembre se cumplirán 60 años del derrocamiento de Perón, otro golpe artero contra la voluntad popular. Tampoco aquí la OEA actuó en defensa de los deseos de la mayoría ciudadana. El poder, como algún presidente estadounidense llegó a reconocer, era ocupado por «hijos de puta, sí, pero nuestros hijos de puta». Ante la vista gorda del organismo que debía defender la democracia y los derechos humanos. Y que argumentaba que cuando no eran filocomunistas, los derrocados eran filofascistas.

Cuba fue expulsada de la OEA en la reunión de Punta del Este de 1962. Según el dictamen que forzó Estados Unidos, porque el gobierno revolucionario se había declarado marxista leninista y eso contradecía los fundamentos de la organización. Puede decirse que el golpe contra Arturo Frondizi fue una consecuencia de esa decisión, ya que se había reunido en secreto con el Che Guevara. Dos años más tarde, otro gobierno acusado de pro-comunista, el de Joao Goulart, sería apartado violentamente del poder en Brasil.

La historia más reciente de la barbarie desatada en el cono sur en los ’70 es otra muestra de lo que representaba la OEA. Que jamás expulsó de la organización a ninguno de los tiranos sanguinarios que ocuparon el poder en esos años oscuros.

Un hecho inesperado de uno de los hijos predilectos del Pentágono, el presidente de facto Leopoldo Galtieri, demostraría fehacientemente la otra cara de las estructuras panamericanas. Porque la respuesta bélica de Gran Bretaña a la recuperación de Malvinas, en 1982, era un caso testigo que ameritaba la intervención de la TIAR: un ataque de una potencia extracontinental contra un país miembro. No lo hizo y bueno es recordar que el TIAR comenzó a morir en ese instante. A manos de una de las dictaduras más feroces y amigas de Washington.

La OEA tuvo mejor suerte, porque entonces la Casa Blanca se dio cuenta de que resultaban más convenientes las salidas constitucionales. Tuteladas bajo legislaciones que dificultan y hasta impiden el ejercicio de la voluntad plena de la población, pero con participación ciudadana.

Hasta que en el siglo XXI, primero el venezolano Hugo Chávez y luego otro grupo de gobiernos en la misma sintonía se fueron convirtiendo en un «grano en el patio trasero». Un poco porque venía declinando el poderío estadounidense, y otro porque el neoliberalismo se mostró incapaz de dar respuesta a las demandas populares. Así crecieron la Unasur y la Celac como organizaciones que pudieron sustentar la democracia y los derechos humanos sin injerencia de Estados Unidos. Mejor dicho, porque Washington quedó puntualmente al margen.

Cierto que no se pudieron evitar los golpes en Honduras y en Paraguay, pero los golpistas se vieron obligados a negociar salidas democráticas. No pudieron perpetuarse. Algo por lo que la OEA no se caracterizó jamás.

Desde 2009 los países miembro decidieron la reincorporación de Cuba. El acercamiento entre el gobierno de Barack Obama y el de Raúl Castro, luego de un pedido de disculpas histórico del estadounidense por 53 años de una política errada, marcan una nueva etapa para esa entidad.

¿Volverá Cuba a la organización panamericana? Que representantes estadounidenses y cubanos se reúnan para restablecer relaciones diplomáticas es una buena señal. Pero todavía falta levantar el bloqueo económico y sacar a Cuba de la lista de naciones que apoyan al terrorismo. Dos cuestiones de gran relevancia a las que los cubanos no van a renunciar.

La cumbre americana de Panamá del 10 y 11 de abril próximo promete ser trascendente. Allí Obama se cruzará con Castro. Pero también con Maduro, presidente del país al que acaba de poner en la lista de amenazas para la seguridad de Estados Unidos.

Contar con un organismo que junte a todas las naciones del continente es un objetivo estratégico que se viene demorando desde los tiempos de Simón Bolívar. El tema es con quién y a qué precio. Unirse en condiciones de igualdad permitiría resolver cuestiones como las que Almagro señaló en sus propuestas «de campaña»: actuación conjunta ante desastres naturales, interconectividad tecnológica e iniciativas regionales para el cambio climático. Pero si hay una nación –o dos, teniendo en cuenta la posición de Canadá– que se creen «más iguales» que el resto, no se percibe cuál sería el negocio.
Almagro lo sabe, por eso se cuida de pretender competir con la Celac o Unasur. En unos días se verá el talante de lo que está en juego en Panamá. El uruguayo asumirá en mayo; Insulza, que estuvo en el cargo los últimos diez años, no tiene mucho más para dar, desde que encabezó la debacle de la OEA. Es evidente que otros vientos soplaran en la institución.

¿Será mejor dinamitarla y armar otra OEA entre pares, que no tenga sede en Washington ni como objetivo una interpretación sesgada de los valores de la democracia? Son varios los gobiernos que proponen sacar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la capital estadounidense. El principal argumento es que Estados Unidos nunca refrendó el tratado. Para tener en cuenta.
 

Tiempo Argentino
Marzo 20 de 2014

Ilustró Sócrates

La verdadera amenaza de Venezuela a EEUU

La verdadera amenaza de Venezuela a EEUU

Tras el encendido discurso de Nicolás Maduro pidiendo poderes especiales para enfrentar la amenaza esbozada por el gobierno de Barack Obama, surgió un chisporroteo con la flamante administración frenteamplista en Uruguay. Un malentendido entre el presidente venezolano y el vice oriental, Raúl Sendic, sobre la injerencia estadounidense en el país bolivariano retrasó la reunión de cancilleres de la Unasur para tratar esa suerte de declaración de guerra estadounidense. El entuerto alentó esperanzas de quiebre entre los opositores a  esta sólida unidad regional que se observa en la última década en el sur americano. El desafío es mantener el principio de asociación y no caer en la tentación que se les ofrece desde el establishment basado en Miami.

La controversia era sobre el cariz que cada uno le da a la intromisión de Estados Unidos en Venezuela. Como para aclarar las palabras que cuestionó Maduro por timoratas, bien que sin nombrar al hijo del mítico líder guerrillero tupamaro,  el ex presidente y actual senador José Mujica señaló que no necesita mayores evidencias de la actitud estadounidense: «No necesito pruebas de que los norteamericanos se meten, ¡si se meten en todos lados! Acá estamos podridos de que se metan.»

Otro que salió a respaldar a Maduro fue el arzobispo de Caracas, Jorge Urosa. «Parece una exageración del gobierno norteamericano afirmar que Venezuela sea una amenaza para la seguridad interna de los Estados Unidos. Esa afirmación es inaceptable por las consecuencias que puede tener para todos los venezolanos, no solamente para el gobierno nacional.» El cardenal primado de Venezuela condenó que justo cuando Cuba y Estados Unidos abrieron un diálogo para normalizar sus relaciones diplomáticas, se tensen las relaciones entre Caracas y Washington. Y por una declaración del gobierno de Obama que Urosa no dudo en calificar de «deplorable».

Es bueno detenerse en el contexto en el que se despliega esta escalada belicista. El 10 y 11 de abril próximos se desarrollará en Panamá, la VII Cumbre de las Américas. La gran novedad de ese encuentro de mandatarios de países de la Organización de Estados Americanos será la asistencia de Cuba, por primera vez desde que fuera expulsada por presión de Estados Unidos en 1962. Antes, el miércoles que viene, la OEA deberá elegir a su nuevo secretario general, en remplazo del chileno José María Insulza.

El seguro remplazante será el uruguayo Luis Almagro, canciller durante la gestión de Mujica y gestor de una buena relación con la administración Obama, al punto que fue el encargado de llevar adelante la negociación para el traslado de presos de Guantánamo y también colaboró para abrir canales de diálogo entre La Habana y Washington.

Para tener una dimensión de lo que se juega conviene ver lo que piensan no en el Salón Oval sino entre los que le «pasan letra» acerca de la relación con América Latina. Y sin dudas uno de los más caracterizados voceros de la derecha proestadounidense es el argentino Andrés Oppenheimer, quien reside en ese país desde 1976 y editorializa desde el Miami Herald y el canal CNN hacia el resto del continente. En una columna que reprodujo el porteño La Nación, Oppenheimer fustiga a Almagro, pero sobre todo a los gobiernos, por no tener otros candidatos para ofrecer. Fundamentalmente porque para el autor de La hora final de Castro, un libro que en 1992 se pretendió premonitorio –sin éxito como demostró la historia– Almagro no es un personaje confiable para la OEA.

¿Lo ve poco apto para ocupar el cargo? Nada de eso. Se sincera el columnista que cuando lo consultó sobre si una vez electo pediría «la liberación de (Leopoldo) López y otros presos políticos venezolanos, como lo han hecho (…) Insulza y las Naciones Unidas», la respuesta lo sacó de eje. Almagro le dijo simplemente: «Nosotros hemos trabajado este tema en el marco de la Unasur (y) en el marco de la Unasur vamos a ajustar las variables.»

Y aquí viene lo sustancioso de alguien que vale la pena seguir por su «sinceridad brutal». Por un lado, Oppenheimer sostiene que «la OEA sigue siendo una institución más grande y potencialmente más importante que la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), un grupo que fue creado para excluir a los Estados Unidos y México de las decisiones regionales.» A continuación apunta que «la OEA tiene una Carta Democrática y una respetada Comisión de Derechos Humanos. Además, cuenta con más de una docena de agencias especializadas en drogas, seguridad ciudadana y educación», pero, reconoce, «en los últimos años, ha sido eclipsada por la Unasur en las principales crisis regionales».

Parte de esta argumentación es seguida por personeros de la derecha a pie juntillas. Sin embargo hay un par de cuestiones que explican por qué Unasur sí y la OEA no. Desde la ominosa expulsión de Cuba en 1962 en adelante, ningún  golpe de Estado de los tantos que hubo en América Latina implicó una respuesta drástica en defensa de la democracia de ese organismo.

Es bueno recordar que las deliberaciones para la creación de la OEA –cuyo nacimiento se produjo en mayo de 1948 en Bogotá– son coincidentes con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril, que desató el Bogotazo, un levantamiento popular que dejó un saldo de entre 500 y 3000 muertos por la represión, según las fuentes que se consulten. Son pocos los que creen en la casualidad de ambos acontecimientos, sobre todo porque según algunos historiadores, en la agenda de Gaitán para el día en que lo mataron figuraba una entrevista con un líder estudiantil cubano: Fidel Castro.

Hay analistas de sectores progresistas que no ven a Almagro con buenos ojos. Interpretan que su llegada a la Secretaría de la OEA forma parte de un acuerdo macro entre Montevideo y Washington que incluye no sólo el traslado de presos de Guantánamo sino un puente que a través del acercamiento Cuba –EE UU lime asperezas con el resto de la región, ostensiblemente opuesta a los pasos que da Obama y sobre todo su secretario de Estado.

Es que todavía resuena la frase de John Kerry ante el Congreso hace justo dos años, calificando a sus vecinos del sur como el «patio trasero» de Estados Unidos.  Si a esto se agrega la declaración de Venezuela como «una amenaza para la seguridad nacional» no parece el mejor comienzo para una «bella amistad».

Puede entenderse que la afrenta del premier israelí Benjamin Netanyahu en el Capitolio fustigando la negociación por el plan nuclear con Irán haya golpeado en el orgullo del mandatario demócrata. También que aceptar el reingreso de Cuba puede herir susceptibilidades de los exiliados en Miami. Pero atacar a Venezuela en represalia suena a justificación infantil. El problema es que los halcones que se afilan los dientes para desgarrar el país bolivariano no son criaturas fastidiadas. La historia latinoamericana que detalló Maduro ante la Asamblea Nacional recuerda el carácter criminal de los golpistas.

La crítica de Oppenheimer a Almagro pasa por otro lado. «No estoy seguro de que la OEA podrá recuperar un rol de liderazgo con un secretario general según el cual la crisis de Venezuela deberá resolverse ‘en el marco de la Unasur'», dice el también autor de Cuentos chinos, de 2005.

Este sábado, en Quito, los 12 cancilleres de la Unasur buscarán consensos para armar una cumbre presidencial. El ecuatoriano Ricardo Patiño activó el encuentro frustrado en Montevideo desde su cuenta de Twitter, donde refrendó al «viejo luchador Eloy Alfaro», otro liberal asesinado, en 1912, quien decía que «en la demora está el peligro». Y sí, conviene apurar una reunión de mandatarios en la que se dará la formal respuesta que la mayoría de los presidentes ya expresó en forma individual.

Se sabe que Tabaré Vázquez no es Mujica, y que su canciller Rodolfo Nin Novoa tampoco es Almagro. Pero Montevideo, además de estrechar vínculos con Washington, quiere a Almagro en la OEA.  Una respuesta contundente de la región podría ser no asistir al cónclave de Panamá. O, en su defecto, ir para armar lío, como pide el Papa Francisco. Maduro dijo que no va a tener problema en viajar, Cuba, por ahora, tampoco.

Las cartas están echadas, y el reconocimiento de que Unasur –una creación de Hugo Chávez– tiene peso en la región es, de por sí, un triunfo para los latinoamericanistas. Tal vez en el nerviosismo que genera esta certeza haya que buscar la grosera declaración de Obama. En el fondo puede que esta sea, en realidad, la verdadera amenaza que Venezuela entraña para Estados Unidos. Que le da sentido a la integración.
 

Tiempo Argentino
Marzo 13 de 2015

Ilustró Sócrates

Maduro y las lecciones de la historia

Nicolás Maduro se presentó en el edificio de la Asamblea Nacional de Venezuela calzando la banda presidencial con los colores de la bandera bolivariana. Se sabía que iba a pedir poderes especiales. Toda Constitución prevé que en tiempos de crisis, el Poder Ejecutivo debe tener la posibilidad de gobernar por decreto. La urgencia de una situación extrema lo amerita, entienden los constitucionalistas. El ejemplo clásico es el de los tiempos de guerra. En el fragor del combate hay que tomar decisiones drásticas y urgentes. ¿Es el caso de la Venezuela actual? Sin dudas.

Un día antes, el gobierno de Barack Obama había declarado que Venezuela es «una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior». Si bien el formalismo es usual cuando la Casa Blanca quiere aplicar sanciones a algún país extranjero, no hace falta ser demasiado despierto para darse cuenta de que era una declaración de guerra luego de meses de enfrentamiento entre Washington y Caracas.

Maduro hizo un prolijo recordatorio de todas las intervenciones estadounidenses en América Latina durante el siglo XX. Se detuvo largamente en cada uno de los golpes militares contra gobiernos democráticamente elegidos que habían cometido el sacrilegio de poner en marcha medidas prometidas en campaña y que, además, beneficiaban a las mayorías. Desde el derrocamiento del brasileño Joao Goulart hasta el de Salvador Allende.

Se detuvo especialmente en los tiempos finales del médico chileno, que tuvo que soportar violencia, cacerolazos, desabastecimiento y presiones que terminaron con la dictadura genocida de Pinochet. Una lección de historia pero también de ubicación política, la de Maduro. La Venezuela de hoy padece las mismas presiones desestabilizadoras que Allende. El continente es otro y de la región depende que no se repita la historia que ensombreció pasado latinoamericano.

Tiempo Argentino
Marzo 11 de 2015