por Alberto López Girondo | Nov 5, 2016 | Sin categoría
La CGT de Córdoba protagonizó el 19 de octubre la primera huelga contra el gobierno de Mauricio Macri, en la provincia donde el presidente logró su mayor caudal de votos y que le resultó clave para ganar el balotage hace un año. Mientras tanto, el triunvirato que dirige la CGT nacional hace malabares para explicar ante las bases los alcances del anunciado bono de 2000 pesos destinado a equiparar la caída salarial producida por la devaluación del peso.
Las dos CTA, en tanto, tuvieron que bajar las expectativas de un paro general por la falta de apoyos en gremios disconformes con la pasividad de las cúpulas sindicales pero que no quieren “sacar los pies del plato”. Los empresarios, a su turno, alertan sobre las dificultades para hacer frente al próximo aguinaldo. Ni qué decir sobre el bono en cuestión, a pesar de estudios privados determinaron que la compensación debería rondar los 12000 pesos.
La central gremial cordobesa fue la regional que más rechazo mostró a los acuerdos que habían establecido los popes de la CGT unificada con el ministerio de Trabajo. El descontento en el interior no es solo por la baja en el poder adquisitivo sino por la pérdida de empleos y las suspensiones recurrentes en territorios donde hace un año la situación no era cómoda pero tampoco era un desastre.
Sucede que la realidad cordobesa tiene sus bemoles. La diferencia de un millón de votos en esa provincia fue el fiel que inclinó definitivamente la balanza en el 2015. Era un territorio que gobiernan las huestes de José Manuel de la Sota, un peronista que no tenía la mejor relación con la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner y tejió una alianza con Sergio Massa de cara a ser el reemplazo en el justicialismo a nivel federal.
José Pihén, el líder de la CGT mediterránea, titular del Sindicato de Empleados Provinciales, está vinculado al delasotismo, que lo llevó como legislador en el partido Unión por Córdoba. El momento actual en su territorio es dramático, con cierres y suspensiones en las principales industrias, lo que coloca al gobierno en un atolladero social de consecuencias impredecibles si se tiene en cuenta la historia provincial de ser el inicio de grandes cambios de rumbo en el país.
El planteo de la CGT-Córdoba surge en el mismo momento en que De la Sota se tomó un “impasse” en España y desde allí lanzó dardos contra la gestión de Macri. “El Gobierno nacional no tiene imaginación para reducir la pobreza”, dijo en declaraciones al diario El País, de Madrid. Salió a aclarar luego que con Massa está todo bien y que con el gobernador Juan Schiaretti también. Pero plantó bandera de cada al 2017
Es claro que el voto a Macri en Córdoba fue un voto contra el kirchnerismo que ahora muestra sus fisuras en ese distrito agobiado por las medidas que impulsó la Casa Rosada y que repercuten en un entramado como el cordobés, donde se une un aparato industrial importante con un sector agropecuario de fuste en explotaciones super tecnificadas.
Bancar el proyecto
El presidente Macri, en tanto, volvió a reclamarle al sector empresario un mayor compromiso con su proyecto. Fue en un encuentro del Consejo Interamericano de Comercio y Producción en el que pidió apoyar su pelea contra el populismo y reclamó a los patrones que “se rompan al traste” para “sacar el país adelante”.
Las últimas cifras de empleo no son alentadoras: solo en setiembre hubo 1554 despidos y 3532 suspensiones, según cifras del Centro de Economía Política Argentina (CEPA). El 85 % corresponde a las industrias textil, alimentación, petrolera y automotriz. A lo largo del año esa entidad registró 213 166 despidos y suspensiones, la mayor reducción desde la crisis de 2001, indica.
En este marco, la solución del bono, que en los papeles serviría para calmar las aguas de quienes reclaman la reapertura de las paritarias, se convirtió en un motivo de mayor disputa. El bono no obligatorio y en muchos sectores -ya sea por la crisis de consumo o por argucia empresarial- ya anunciaron que o lo pagarán en cuotas o directamente no lo pagarán.
Los firmantes del acuerdo con el convenio tuvieron que salir a presionar para que las autoridades definan la obligatoriedad y amenazan con medidas de fuerza, algo que a esta altura suena difícil de conciliar.
Es que los gremios más combativos apostaban, luego de la masiva marcha del 29 de abril, a una huelga general acaudillada por la CGT para frenar la ola de despidos. Luego de haber bajado el nivel de la protesta y negociar con el ministro Jorge Triaca, el triunvirato cegetista quedó entrampado en un laberinto que lo deja un tanto descolocado para tomar ahora las armas.
Tanto Héctor Daer como Juan Carlos Schmidt decidieron mostrar los dientes, de todas maneras. “Los empresarios tienen que abrir la billetera y cumplir con lo que se ha pactado», dijo Schmidt. «Nosotros no aceptamos que se pague el bono en cuotas, eso nunca se discutió en la reunión de la Mesa del Diálogo», señaló Daer, tras reconocer que los trabajadores están peor que hace un año.
La interna cegetista
Las dos CTA, en tanto, se resignaron a una marcha para el 4 de noviembre. Las conversaciones para profundizar un paro entre las dos centrales y algunos gremios díscolos de la CGT naufragaron por el rechazo del bancario Sergio Palazzo y del camionero Pablo Moyano. Palazzo había programado un paro de su gremio para el 28 de octubre y de alguna manera no quería quedar pegado a una aventura que lo alejaba demasiado del triunvirato.
El bancario viene intentando gestar una suerte de réplica de lo que durante el menemismo fue el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA) que comandó Hugo Moyano contra el proyecto neoliberal que aceptaron “los gordos” de entonces. En ese bloque denominado Corriente Sindical Federal confluye la Federación Gráfica Bonaerense, sectores de judiciales, de Televisión, Pilotos de Líneas Aéreas y de educación privada. Reclaman una CGT no complaciente con el gobierno.
El hombre, proveniente de las filas radicales, tiene esxelente sintonía con los peronistas y reclama que el movimiento obrero recupere estrategias propias, de la mano de su propio plan político, y no que marche como furgón de cola de algún partido político o sea el ala trabajadora de un frente partidario. Hoy por hoy reclama gestar un programa con la base de lo que fueron aquellos históricos de Huerta Grande, La Falda, la CGT de los Argentinos, los 26 puntos de Ubaldini, o incluso el propio MTA en los 90
Por eso Palazzo entiende quye ir a una huelga general sin la CGT es una medida «no tiene el peso necesario para torcer la balanza». A Moyano, según se indica, lo “bajó” de la protesta su padre, actual presidente del club Independiente.
Otros sectores ligados a los estamentos tradicionales de la CGT como el taxista Omar VIviani y el rural Gerónimo Venegas –este último ultramacrista en esta etapa- también quedaron relegados de estas decisiones. El Momo Venegas porque para acordar con la CGT unificada el gobierno pasó por alto su “amistad” y ni lo habría consultado. Viviani, que nunca rompió con el kirchnerismo, reclamó en cambio a la dirigencia cegetista “reflexionar a conciencia sobre cuál es el mejor camino a adoptar» en un escenario que deja a la dirigencia “vapuleada de forma constante por la ausencia de rumbo».
La CTA, a su vez, enfrenta una situación complicada. Como gremio fundamentalmente de trabajadores estatales,no tiene a decir verdad demasiado poder de fuego si encara una lucha en soledad, pero esa misma debilidad la obliga a la unidad entre sus máximos exponentes, Hugo Yasky y Pablo Michelli.
Sigue siendo cierto que una huelga sin la CGT, como decía el bancario, es menos efectiva. El caso hasta cuándo será posible para los dirigentes de la calle Azopardo contener la protesta. Por ahora parece que también los trabajadores tendrán que romperse el traste en cada lugar de trabajo si quieren cobrar el bono.
Noviembre 1 de 2016
por Alberto López Girondo | Sep 17, 2016 | Sin categoría
Si bien para las elecciones de medio término falta más de un año, puede decirse que la campaña ya comenzó. Será el primer test electoral de la alianza Cambiemos en el gobierno y el panorama para el oficialismo se muestra complicado, con una crisis económica que no parece tener fin, el reclamo social en aumento y la aparición de disputas internas entre funcionarios. A favor, cuenta con que las cosas tampoco parecen claras en el principal sector de la oposición, que está representado por los grupos dispersos del peronismo, entre ellos los «desgajados» del Frente para la Victoria.
La celebración de un nuevo aniversario de la consagración como gobernador bonaerense de Antonio Cafiero, que aquel 6 de setiembre de 1987 coronó el proceso de renovación peronista, fue la excusa perfecta para que un amplio abanico de dirigentes del PJ se juntara con el objetivo de crear las condiciones para lograr la unidad en este nuevo escenario.
Se entiende que el recuerdo del dirigente fallecido hace dos años fue la excusa, porque los 29 años de aquella «patriada» de Cafiero contra una dirigencia que se había quedado en el tiempo no son un número «redondo» –que son los que normalmente llaman a los grandes festejos– y menos cuando la fecha no tuvo semejante relevancia en estas casi tres décadas. Pero era buena ocasión para juntar a gobernadores, intendentes y legisladores de los bloques de origen justicialista, aunque sin la presencia de los nucleados en torno al kirchnerismo. Más bien, el objetivo era mostrar que la «renovación», por más que sea al sello identificatorio de quienes ya en 2011 se habían ido detrás de Sergio Massa, puede llegar a ser un paraguas para competir en 2017.
Se reunieron en un hotel porteño, entre otros, Daniel Scioli, Alberto Fernández, Diego Bossio, el presidente del PJ, José Luis Gioja, la intendenta de La Matanza, Verónica Magario, el excandidato a gobernador bonaerense por el massismo, Felipe Solá, y Héctor Daer, integrante del triunvirato de la CGT. No todos son «anti K», pero sí preferirían armar una estructura, competitiva electoralmente, sin la participación de la expresidenta, algo que por ahora no parece viable. Mientras tanto, cuentan porotos y no porque se sientan urgidos por el tiempo electoral, sino porque están acuciados por las circunstancias. La protesta va creciendo en amplios sectores de la sociedad, desde la clase trabajadora y los nuevos desocupados hasta empresarios vinculados con el mercado interno, políticos y sindicalistas de base, y el principal partido de la oposición tiene que salir a conectarse con esa bronca social.
Los tres tercios
Para el gobierno, la mejor noticia –mientras no haya respuesta para los que se vieron afectados durante estos nueve meses de gestión por la devaluación, el aumento de tarifas y la pérdida de empleo– es una oposición disgregada. Tanto para gobernar sin mayores sobresaltos, como para esperar con buenos augurios la elección del año que viene. Si es verdad que las sociedades modernas están divididas en tres tercios asimilables con la derecha, la izquierda y un centro fluctuante, ese resultado no sería grave para Cambiemos en términos de remplazos legislativos.
Los primeros escarceos del oficialismo necesitaban romper con lo que en teoría implicaba un Congreso con mayoría del FPV, y fue así que celebraron largamente el alejamiento de grupos que no comulgaban demasiado con la jefatura de Héctor Recalde en Diputados. En Senadores, con la anuencia de Miguel Pichetto y el apoyo explícito de gobernadores deseosos de fondos nacionales y de evitar diatribas contra sus gestiones, lograron contar con vía libre a los proyectos más necesarios para la voluntad de Balcarce 50, aun cuando fueran a contrapelo de lo que aprobaban hace no tanto.
El objetivo desde el que partieron las principales espadas políticas del macrismo –el jefe de Gabinete, Marcos Peña y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio– es sostener la gobernabilidad mientras, confían, se van consolidando los cambios que se proponen. En aras de esa gobernabilidad, el diputado Sergio Massa acercó posiciones desde el mismo 10 de diciembre con Mauricio Macri. La foto de ambos en el foro de Davos fue la muestra más elocuente. En esos pasos iniciales del nuevo presidente en el poder ambos se necesitaban: Macri porque el exintendente de Tigre podía liderar una oposición amigable con su proyecto de demoler todo vestigio de populismo remanente en la sociedad luego de la derrota del kirchnerismo en el balotaje. Massa porque aspiraba a juntar tras sí a los peronistas descontentos con Cristina Fernández, que acompañaron su mandato por eso de que el poder atrae como un imán, pero estaban dispuestos a dar el salto cuando hubiera posibilidad.
La única verdad
Pero la realidad se impone y a medida que se demora la lluvia de inversiones y se sienten en los bolsillos ciudadanos las consecuencias de las nuevas medidas económicas, ya no es tan atractivo mostrarse cercano al gobierno macrista. Más cuando las encuestas vienen revelando un crecimiento del rechazo a la administración nacional. En tal sentido, el diputado Facundo Moyano pasó una factura impensada hace unos meses. «Está bien acompañar las medidas y la iniciativas legislativas que consideremos que estén bien y ayudan a la gente, pero hay cosas que creo que no se tenían que votar o no servían para nada y terminamos pegados al oficialismo», dijo hacia el interior del Frente Renovador. Por eso Massa tuvo que salir a mostrar los dientes, aun desde un lugar no confrontativo, y se ganó la repulsa del propio Macri.
El hijo del líder camionero no hablaba solo de posicionarse frente al clima de protesta que desbordó la Plaza de Mayo el 2 de setiembre en la culminación de la Marcha Federal y puede llevar a la primera huelga general, sino al acercamiento de Massa con Margarita Stolbizer. «La alianza que hizo con Margarita Stolbizer lo aleja del PJ», le respondieron a Massa desde el peronismo que homenajeó a Cafiero. Como para que le quede claro de qué renovación hablan los popes justicialistas.
Revista Acción
Setiembre 15 de 2016
por Alberto López Girondo | Sep 7, 2016 | Sin categoría
La destitución de Dilma Rousseff tenía una estricta agenda que los conspirados siguieron con precisión quirúrgica: tenía que abrirse el impeachment antes del inicio de las Olimpíadas de Río, y culminar el proceso final antes de la cumbre del G20 en China. El 5 de agosto no debía cumplirse el sueño del líder del PT, Lula da Silva -que en su momento de auge político internacional consiguió atraer para América Latina el mayor de los certámenes deportivos- con su sucesora en el gobierno. Hubiese significado darle un espaldarazo en medio del acoso mediático y judicial a que era sometida Dilma Rousseff desde que juró su segundo mandato, en enero de 2015.
El 5 de setiembre, en cambio, el que se sacará la foto consagratoria con Barack Obama y los líderes del mundo desarrollado en Hangzhou tenía que ser Michel Temer, «el destituyente». Y a eso viajó presuroso el ahora presidente, para buscar el respaldo en el gigante asiático que no puede lograr en su país, donde tiene una imagen negativa del 68% según la última encuesta de Ipsos.
Curiosa cumbre la que enfrentan los chinos, con un puñado de jefes de gobierno que estrenan cargos en medio de situaciones no demasiado claras. El caso de Temer es el más paradigmático y el jefe del PMDB -el partido de centroderecha que acompañó al PT en estos últimos doce años y se dio vuelta cuando comenzaron a soplar nuevamente vientos neoliberales- ahora encuentra el rechazo de los medios internacionales más influyentes, algo que en su país natal no le ocurre porque si llegó a ocupar el cargo fue por la presión constante de los grupos brasileños sobre la anterior gestión. Tanto el New York Times como Le Monde, que no se pueden tildar de «petistas», rechazan la forma en que la democracia brasileña resulta afectada por el golpe parlamentarios contra Dilma.
Está también el caso de la primera ministro británica, Theresa May, que llegó al 10 de Downing Street no por elecciones populares sino luego del referéndum para que el Reino Unido deje la Unión Europea, y uno que entra casi por la ventana, Mariano Rajoy. España es un invitado de cortesía a estas cumbres ya que su país no forma parte del G20.
Rajoy llega con un cargo altamente cuestionado y luego de recibir el segundo cachetazo a su investidura y ante la perspectiva de ir a una tercera elección general en menos de un año. De todas maneras, se reunirá con Temer para hablar de inversiones y prometer acercamientos que difícilmente se puedan cumplir bajo su mandato. El que en este contexto parece más «prolijo» sería el argentino Mauricio Macri, que si bien está en medio de manifestaciones en su contra en su país por su política económica, al menos puede vanagloriarse de que llegó al poder mediante el voto ciudadano.
Mientras tanto en Brasil las calles volvían a llenarse de manifestantes que en forma espontánea salían a protestar por el golpe institucional contra la presidenta elegida por 54 millones de votos hace apenas dos años. Nuevamente hubo represión policial con bombas lacrimógenas y gas pimienta en Río de Janeiro y San Pablo.
La represión es la única arma fuera de la protección mediática con que cuenta Temer para imponer un plan económico que echa por tierra con todas y cada una de las políticas inclusivas que mantuvo el PT (ver columna aparte). El poder de los medios en Brasil es de tal magnitud que en una conferencia que dio el viernes desde el Palacio de la Alvorada, que deberá dejar en un par de semanas, Dilma Rousseff reconoció que su partido se dio cuenta tarde de la influencia decisiva de «cuatro o cinco grupos de medios» sobre el conjunto de la sociedad. O Globo, de la familia Marinho, fue clave para limar el poder de su gestión, y luego forzar el imaginario popular para aceptar la destitución.
O Globo había reconocido y asumido culpas por el apoyo al golpe de 1964 cuando se cumplieron 50 años de aquel otro atentado contra la democracia, que llevó al poder a una brutal dictadura militar que mantuvo en cautiverio y torturó a la ahora ex presidenta, por entonces militante de un grupo armado.
La parábola de todo este proceso de impeachment es que aquellos militantes habían apostado por la lucha política en 1985 y así pudieron llegar a cargos durante el periodo que acaba de concluir, como en cierto modo resaltó Dilma Rousseff, y se quedan con el sabor amargo de que la derecha nunca acepta perder el control social. Ni aun cuando en estos años la gran burguesía ganó dinero como pocas veces en su historia.
En Shanghai, ni bien llegó desde Brasilia para el encuentro del G20, el canciller de la gestión de Temer, José Serra -dos veces derrotado en las urnas por el PT- se permitió sermonear a sus vecinos regionales, al responder una pregunta sobre el enfrentamiento con el gobierno uruguayo en torno al Mercosur. «Tengo certeza de que nuestras relaciones con Uruguay mejorarán, pero no tengo la misma certeza respecto de Venezuela o frente a las medidas adoptadas por Ecuador y Bolivia (que retiraron sus embajadores de Brasilia), que se están dando un tiro en el pie de ellos mismos. Espero que tengan madurez para aprender de la experiencia democrática brasileña», dijo sin inmutarse. Serra gestiona esa foto de Temer con Obama porque la considera clave para consolidarse ante el escenario internacional.
Para Obama la foto también puede ser importante. Es su último G20 y cuando asumió, en 2009, Estados Unidos venía de sufrir un duro golpe con el NO al Alca que entre Néstor Kirchner, Lula da Silva y Hugo Chávez le propinaron a su antecesor George W. Bush en Mar del Plata en 2005. Sin decir «agua va» durante su gestión se iniciaron los golpes parlamentarios primero en Honduras, ese mismo año, luego en Paraguay en 2012 y ahora en Brasil. En el medio, en Argentina ganó un amigo de Estados Unidos, abrió relaciones con Cuba y aprieta el lazo con Venezuela. Una forma de entregar el poder con el «patrio trasero» -como no olvida su secretario de Estado John Kerry- bastante ordenado. No podría pedir mucho más.
Tiempo Argentino
Setiembre 4 de 2016
por Alberto López Girondo | Ago 13, 2016 | Sin categoría
El macrismo apuró negociaciones políticas con la intención de fortalecer políticamente a su gobierno frente a las protestas que se van incrementando a medida que el esperado resurgimiento económico anunciado para el segundo semestre se hace rogar. Así fue que en un mismo día convocó, en actos separados, a gobernadores y a sindicalistas de la CGT en la Casa Rosada.
La propuesta del 2 de agosto, cuando el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, se reunió con jefes de gobierno provinciales para anunciar el compromiso de devolver el 15% de coparticipación federal, fue recibida con beneplácito por cada uno de los presentes, a pesar de que al mismo tiempo los obliga a un pacto de «responsabilidad fiscal» por el que en los próximos tres años se debería reducir a cero el déficit en cada uno de los distritos. Además, y aunque no esté escrito en el texto suscripto, el oficialismo espera colaboración de los senadores que responden a los mandatarios «beneficiados».
Asimismo, en el marco de lo que fuentes oficiales denominaron un «amplio acuerdo de estabilidad», el gobierno también avanzó en el frente gremial. El presidente Mauricio Macri anunció, ante buena parte de la conducción de las tres CGT, la implementación de un nuevo plan de salud integral y la entrega de bonos y dinero en efectivo a las obras sociales sindicales por un total de 29.000 millones de pesos.
Se entiende el gesto, ya que por esos días el papa Francisco había emitido un mensaje destacando el alto nivel de desocupación –en lo que va del año, más de 150.000 personas perdieron su empleo– justo unos días antes de la tradicional celebración del santo patrono del trabajo. «Que en esta fiesta de San Cayetano todos sepamos acompañar a los hermanos que piden por pan y trabajo. Que nunca nos falte trabajo, ese trabajo que nos confiere el Señor y que tanto dignifica», expresó Jorge Bergoglio, y levantó quejas del oficialismo por lo que consideraron una intromisión poco feliz del Vaticano en asuntos mundanos.
Voces disonantes
La pregunta era, en ese contexto de seducción oficial, qué harían los dirigentes de la CGT, que se preparan para la unificación que se concretaría el 22 de agosto mediante la conformación de una conducción tripartita. El metalúrgico Antonio Caló resaltó que mientras el kirchnerismo había retaceado el giro para las obras sociales, el macrismo había cumplido con una vieja aspiración sindical. «Tuvimos que esperar 12 años para esto», dijo el líder de la UOM. Pero la suya no fue la última palabra.
La unidad, como diría en un reportaje a Tiempo Argentino el líder del sindicato de trabajadores de estaciones de servicio, Carlos Acuña, no surgió al calor del deseo de limar diferencias entre los sectores ligados a Hugo Moyano, Caló y Luis Barrionuevo. «El mismo gobierno potenció esa unidad –dijo Acuña, cercano a Sergio Massa–, ya que las medidas tomadas son todas a favor de los poderes económicos».
Es así que el viernes 5, en un plenario al que asistieron representantes de 147 gremios afiliados a la CGT, se emitió un documento titulado De mal en peor. Allí se fustiga duramente la política del gobierno: «El tan mentado sinceramiento de la economía se ha reflejado con la peor cara hacia los trabajadores y la gran mayoría de los argentinos», reza el escrito. Detalla luego con cifras y datos las desventuras de una capa importante de la población afectada por la pérdida de valor adquisitivo de su salario, o peor aún, por la pérdida del empleo. «No hay que ser graduado en Harvard o en otra prestigiosa universidad para darse cuenta de que vamos de mal en peor», resume el texto.
Algunos se remontaron al programa de los 26 puntos de Saúl Ubaldini, de 1986, para encontrar un documento tan crítico hacia un gobierno. Otros, quizás más memoriosos, señalaron que hubo documentos más comprometidos, como los programas de La Falda de 1957, de Huerta Grande de 1962 y el del 1º de Mayo de 1968 de la CGT de los Argentinos.
Error de cálculo
¿La sangre llegará al río? Si es que desde Balcarce 50 se esperaba que la CGT fuera todavía condescendiente a la espera de ver finalmente una luz al final del túnel, al decir de la vicepresidenta Gabriela Michetti, el documento fue un duro mentís. La oferta de devolverles el dinero de las obras sociales podría haberse pensado como un anzuelo para dominar al sindicalismo cegetista, del mismo modo que en el período anterior lo pudo ser la retención de fondos, pero hubo un error de cálculo.
Puede pensarse que el futuro triunvirato no romperá lanzas con el macrismo, sin embargo, tampoco puede esperarse una pasividad completa ya que la realidad sociopolítica se muestra más dura que las previsiones y la protesta no para de crecer. Para colmo, el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, no parece sintonizar con el momento. Y si al documento de la CGT respondió que era una visión exagerada de la situación que se vive en el mundo laboral, su tuit del domingo 7 de agosto no fue precisamente una joya de la diplomacia. «Hoy es San Cayetano. Que Dios nos acompañe cuidando el trabajo de los que lo tienen y abriendo oportunidades para los que lo buscan», publicó, como si la gestión estatal no tuviera ninguna responsabilidad en esa área vital para cualquier sociedad.
Acrecentó de ese modo la preocupación que comparten también empresarios pequeños y medianos que ese día acompañaron la multitudinaria marcha desde Liniers hasta Plaza de Mayo, si no presencialmente, desde la desconfianza hacia un gobierno que no ofrece soluciones a los afectados por sus políticas.
Revista Acción
Agosto 15 de 2016
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