Seleccionar página
Primer acto de campaña: Lula volvió a la sede metalúrgica paulista

Primer acto de campaña: Lula volvió a la sede metalúrgica paulista

En 2018, Jair Bolsonaro logró triunfar en las presidenciales con una “pequeña ayuda” del entonces juez Sergio Moro, del Supremo Tribunal Federal (STF), los medios concentrados, el establishment y las cúpulas de las Fuer-zas Armadas. Pero la conjunción de dos desastres, el sanitario y el económico, fueron minando los apoyos y luego de que el ex presidente Lula da Silva fuera liberado y recuperara su derecho a ser elegido, ahora hay un contendiente de peso en el ring y el actual mandatario comienza a mostrar preocupación por su futuro.

Conocedor de su destino en el mundo, el ex delegado metalúrgico volvió este sábado a la sede del sindicato que supo conducir, en las afueras de San Pablo, para participar de una campaña de recolección de alimentos para paliar la hambruna que se vive en muchos rincones de Brasil. “Este país tiene tierra, tiene producción. No hay otra explicación para el hambre que la irresponsabilidad de quien gobierno. Brasil podría tener cualquier otro problema menos el hambre”, lamentó Lula frente al edificio donde alumbró su sueño de presidir la nación, a mediados de los 80, y se despidió de su pueblo antes de presentarse detenido por orden de Moro, el 7 de abril de 2018.

Lula fue liberado 580 días más tarde. Bolsonaro pudo llegar al Palacio del Planalto sin haber disputado en las urnas contra el líder más influyente en la historia de Brasil. Ahora el escenario es otro. Y el manejo de la pandemia fue clave para que quienes preferían cualquier cosa a un nuevo período de Lula se lo hayan pensado.

Las encuestas le dan una amplia base electoral para el fundador del Partido de los Trabajadores (PT), que adelantó que piensa volver al combate. Pero las elecciones son recién el año que viene. Mientras tanto, Lula -un experto negociador, habilidad curtida en cruces con empresarios desde su juventud en pos de beneficios para los trabajadores mayoritariamente de automotrices del cordón industrial paulista- viene conversando con todos los sectores para recomponer la alianza que lo llevó al poder en 2003. Una alianza democrática, en el fondo.

Es así que estrecha vínculos con Josué Gomes da Silva, el CEO de Coteminas, la empresa textil que en Argentina se hizo de algunas de las plantas y las marcas de la antigua Grafa, hijo a su vez de José Alencar, que fuera vicepresidente de Lula. Alencar -que murió en 2010- pertenecía al Partido Liberal (PL) y a la Iglesia Universal del Reino de Dios. La preocupación de Bolsonaro no es solo porque Alencar Junior representa a un sector influyente del empresariado -es la mayor textil brasileña- sino entre los evangélicos.

Bolsonaro dejó trascender su inquietud y la respuesta que piensa dar cuando declaró que “si Lula volviera por el voto directo auditable, todo bien. Pero vean cuál va a ser el futuro de Brasil con el tipo de gente que él va a traer dentro de la Presidencia”. O sea, amenaza de embarrar la cancha y denunciar fraude antes de que se realicen elecciones, bien a lo Trump. Por las dudas, iniciará en un par de semanas visitas a templos pentecostales para renovar la promesa de colocar a un ministro “terriblemente evangélico” en el STF.

El STF, por ahora, le manifiesta el cambio de viento político en su país. Si en 2018 aceptó la presión abierta y desbocada de jefes militares para que no permitieran la candidatura de Lula, ahora libera al dos veces presidente, le permite candidatearse, abre la posibilidad de juzgar a Moro por manipular a la justicia y confirma la creación de una Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) para determinar si el inquilino del Planalto cometió “omisiones” ante la emergencia por el Covid-19.

Por su esto no bastara, la jueza del STF Carmen Lucia dio un plazo de cinco días al presidente de la Cámara de Diputados, Arthur Lira, para que explique por qué no abrió un pedido de juicio político contra el presidente, denunciado por cometer un genocidio indígena por su gestión de la pandemia en las comunidades originarias. Irónico y burlón, Bolsonaro publicó en las redes sociales un video en que responde a la magistrada. “Sólo Dios me saca de la silla presidencial y me saca, obviamente, quitándome la vida. Aparte de eso, lo que estamos viendo pasar en Brasil no va a concretarse. En absoluto”.

Confía en que, hace algunas semanas, cuando veía que se le venia la noche, articuló con el llama-do “Centrón” para poner en los puestos claves para abrir el impeachment -presidencia de ambas cámaras- a aliados. Y dentro de todo, la comisión ordenada por el STF no parece estar en manos de enemigos declarados. Al menos, el relator -el que arma el argumento de la acusación- será el senador Renan Calheiros, del MDB. Que fue el que en 2016 permitió abrir el juicio destituyente contra Dilma Rousseff.

Tiempo Argentino, 18 de Abril de 2021

Bolsonaro, entre la interna militar y el intento de autogolpe para frenar a Lula

Bolsonaro, entre la interna militar y el intento de autogolpe para frenar a Lula

A pocas horas de celebrarse un nuevo aniversario del golpe del 31 de marzo de 1964, estalló en Brasil una feroz interna militar en torno al gobierno de Jair Bolsonaro que dejó en el camino a seis ministros, los comandantes de las tres armas y dejó al descubierto la orfandad en que queda un gobierno acuciado por la crisis sanitaria y el regreso a la arena pública del expresidente Lula da Silva.

Así como todo el país está padeciendo las consecuencias de una pandemia sin control -el país se convirtió en una verdadera amenaza mundial- el excapitán del Ejército brasileño se fue cavando lenta pero persistentemente su propia tumba. Primero con el desdén con que trató al coronavirus y el cuestionamiento a las medidas sanitarias que fueron implementando los gobernadores estaduales. Luego con el alineamiento acrítico con el gobierno de Donald Trump. Y finalmente, con la alianza férrea con las políticas neoliberales de su ministro de Economía, Paulo Guedes.

Todo el esquema articulado en torno al apoyo que los uniformados le brindaron para que llegara al gobierno y luego para acompañarlo en la gestión, se fue diluyendo a medida que el poder judicial le fue soltando la mano a la estrategia establecida por el exjuez de Curitiba Sergio Moro para dejar fuera de carrera el fundador del PT. Cuando el Supremo Tribunal Federal mandó a fojas cero las causas contra Lula y luego ordenó investigar las maniobras ilegales de Moro y el fiscal Deltan Dallagnol, la suerte de Bolsonaro quedó echada.

Aunque es difícil de prever qué puede ocurrir de aquí en adelante, es evidente que los magistrados de la corte entendieron que Bolsonaro -con más de 330 mil muertos por COVID-19 y sin un verdadero plan para impedir la diseminación del virus, que además produjo una variación más peligrosa en Manaos- no tenía mucho rollo en el carretel. Y avanzaron hacia el reconocimiento de que la situación procesal de Lula era un mamarracho insostenible.

El rechazo de la sociedad hacia el presidente es también fundamental para que otros actores de peso en la vida política y económica brasileña decidieran que “no va más”. Una cosa era sacar del medio a Lula, indigesto para las elites, pero otra es soportar a un presidente con pocas luces y que lleva al país hacia el precipicio. La pandemia, que en gran medida llevó a la derrota a Trump, dejó a Bolsonaro también al desnudo.

La suerte del canciller Ernesto Araújo, terraplanista si los hay, que no solo concretó un seguidismo vergonzante con la Casa Blanca sino que enfrentó al país con China, el principal comprador de los productos agrarios que, además, podría haber provisto al país e la vacunas que necesitaría para frenar la expansión del virus. Araújo tenía los días contados desde la derrota de Trump, pero se terminó yendo porque terminó acusado por la falta de previsión y su incapacidad para negociar la compra de vacunas.

En un contexto, en el que lo menos que se podría decir es que Bolsonaro estaba contra las cuerdas ante un futuro de impeachment, el fin de semana se viralizaron temores de que el alocado presidente estuviera intentando un autogolpe para sacar del medio al Congreso y de paso intervenir al Poder Judicial.

El lunes obligó a renunciar al ministro de Relaciones Exteriores, al de Defensa y al de Justicia. (Ver acá) Y a continuación hizo unos enroques para fortalecer a sus leales. De tal manera que el general Walter Braga Netto pasa de la Casa Civil -jefatura de Gabinete- a Defensa en sustitución de otro general, Fernando Azevedo e Silva. Braga Netto es un antilulista empedernido que durante la gestión del PT fue agregado militar en la Embajada de Brasil en EEUU, donde mantuvo estrechos contactos con el Pentágono.

En 2016 la presidenta Dilma Rousseff lo convocó para coordinar las tareas de seguridad en torno a la Olimpíadas de Río de Janeiro. Dos años más tarde, luego del golpe, Michel Temer lo puso al mando de la Secretaría de Seguridad. En ese lugar militarizó la ciudad carioca, bastión de los Bolsonaro, y fue clave para apoyar la candidatura del actual presidente. Presionó sin mayores pruritos a la justicia para que Lula estuviera entre rejas lo suficiente como para no poder participar de las elecciones de 2018.

Más que identificado con Bolsonaro, Braga Netto es el sostén de una estrategia de gobierno militar y estaba en la Casa Civil luego de las primeras crisis de gobierno, a modo de garantía de quién era el que verdaderamente mandaba en el país. Pero no todos los uniformados estaban dispuestos a inmolarse por un proyecto ultraderechista, y menos cuando en el continente los vientos están cambiando.

Eso fue evidente en la mañana de este martes. Se sabía que las cúpulas militares estaban incómodas. Y que Bolsonaro estaba articulando con fuerzas policiales del país para dar una suerte de autogolpe.

Un comunicado de la presidencia, con la firma de Braga Netto, dice que los jefes de la Marina, la Aeronáutica y el Ejército fueron echados de su cargo. Se sostiene que el mandatario estaba descontento con Edson Leal Pujol, de las fuerzas de tierra, porque no salió a protestar como otrora hacían sus pares contra la decisión de liberar a Lula. Hubiera sido una presión a los cortesanos que hubiese favorecido los intereses bolsonaristas. La versión que dejaron entrever los jefes militares, por el contrario, es que decidieron renunciar para frenar un autogolpe.

Mientras tanto, los grupos neofascistas que siguen el presidente comenzaron a mostrar su violencia en las calles de Bahía y prometen hacerlo también en otros distritos -sobre todo los gobernados por “trabalhistas”, contra decretos estaduales que restringen la movilidad para frenar los contagios. Con la consigna que por estas tierra hablan de “libertad” y “no al barbijo”.

Tiempo Argentino, 30 de Marzo de 2021

El lawfare en apuros: cómo favorecer a Lula y salvar una oscura operación

El lawfare en apuros: cómo favorecer a Lula y salvar una oscura operación

El gran problema que enfrenta el Supremo Tribunal Federal de Brasil en las causas contra Lula da Silva es cómo recular en chancle-tas. La causa Lava Jato venía en falsa escuadra desde que las filtraciones de chat entre fiscales y el exjuez Sergio Moro revelaron la oscura trama judicial-mediática armada para sacar de carrera al dos veces presidente en 2018. Y terminó esta semana cuando el juez Edson Fachin concedió un hábeas corpus en favor de Lula y le restituyó sus derechos políticos. Pero las consecuencias de tirar por la borda el andamiaje en contra del líder “trabalhista” son tan graves para la institucionalidad que ahora el mismo magistrado envió el caso a la decisión del plenario de once jueces supremos luego de una presentación de la Procuradoría General de la República.

El revés de esta trama tiene ingredientes de novela de suspenso. Lula fue condenado por el entonces juez de Curitiba por, entre otras imputaciones, un apartamento triplex en el balneario de Guarujá y por reformas en una casa de campo de Atibaia, ambos en el estado de San Pablo.

Moro, abanderado de la lucha contra la corrupción en la causa Lava Jato y empoderado por medios y dirigentes de la derecha con-tinental, partió de una investigación por lavado de dinero para involucrar a empresarios de la talla del dueño de la constructora Ode-brecht, con gigantescas obras públicas en América Latina. A pesar de que en Argentina, Odebrecht hizo obras asociado con el grupo Macri, nunca hubo avances en estos casos, y eso que Moro fue invitado de lujo del extitular de la Corte, Ricardo Lorenzetti, y el juez Claudio Bonadio.

Jair Bolsonaro llegó a la presidencia en 2018 con Lula detenido en una celda de la Policía Federal en Curitiba. Todos los intentos de mantener sus derechos mientras no hubiera sentencia firme chocaron con los medios hegemónicos como O’Globo y con los militares –principal sustento del excapitán Bolsonaro–, que llegaron a amenazar al STF si lo dejaban libre, por boca del general Eduardo Villas Boas, jefe del ejército por aquella fecha.

Pero como suele suceder, “pasaron cosas”. Una es que Bolsonaro designó a Moro ministro de Justicia, lo que terminó de demostrar connivencia del magistrado en una operación política. La otra es la publicación de chats en The Intercept donde Moro y el fiscal Deltan Dallagnol acordaban descarnadamente maniobras para avanzar contra Lula.

Esto causó un revuelo importante porque el portal tiene su prestigio y además compartió la información con Folha de São Paulo, un diario del establishment. No tardaron mucho los sabuesos en descubrir quién había sido el autor de las filtraciones. Y aquí entra en escena un joven que ahora tiene 31 años, en prisión domiciliaria por aquella hazaña y con amenazas de condenas a 300 años de cárcel.

Tiene prohibido tener una computadora cerca e incluso un celular, por eso en un reportaje al sitio Brasil247 respondió desde el equipo de su abogado y con las manos a la vista. Walter Delgatti Netto contó al periodista Joaquim de Carvalho (se lo puede ver en YouTube) que nunca pensó en meterse en el caso Lava Jato. Simplemente, desde adolescente, con un grupo de amigos tenían un emprendimiento para organizar fiestas y conciertos desde su base en Araquara, una pequeña ciudad paulista. “Como nos iba muy bien –relató–, la policía comenzó a sospechar que lavábamos dinero”. Los investigaron desde 2015 y en 2017 allanaron su casa. Encontraron tres cajas de Clonazepam que usaba con prescripción médica. Estuvo seis meses preso. Mientras tanto, había quedado escrachado, perdió amistades y hasta la novia lo dejó, alegando que no quería salir con narcotraficantes.

Pero en una audiencia vio que uno de los fiscales conversaba por Telegram y memorizó el número telefónico. Esa punta en busca de pruebas de que habían construido una causa en su contra lo fue llevando increíblemente a los fiscales del caso Lava Jato. “Vi que le estaban haciendo a Lula lo mismo que me habían hecho a mí”, dijo, y llegó a la excandidata a la vicepresidenta Manuela Davila, que le sugirió enviar el material a The Intercept. Lo demás es historia reciente.

Tras el escándalo, Moro dejó su cargo en abril del año pasado y en diciembre se fue a Estados Unidos a trabajar en la consultora Al-varez & Marsal, encargada de reestructurar las cuentas de Odebrecht. En Brasil avanzan causas en su contra por sus artimañas en la causa Lava Jato. El proceso, en tanto, puede caer en cualquier momento por los vicios investigativos, como apriete a testigos para que involucren a dirigentes y empresarios convirtiéndose en arrepentidos, entre otros detalles. La decisión de Fachin, coinciden muchos, lo salva a Lula, pero fundamentalmente a Moro y al fiscal Dallagnol. Quizás por eso se apuraron a defender la integridad del cortesano, vituperado por el bolsonarismo, que teme el regreso de Lula para 2022. Tiene razones el líder obrero para decir, como dijo desde la sede de los metalúrgicos, que fue víctima “de la mentira jurídica más grande en 500 años de historia de Brasil”.

Tiempo Argentino, 14 de Marzo de 2021

Resetear el mundo

Resetear el mundo

Dos encuentros virtuales, como mandan los tiempos, mostraron los enfoques contradictorios que se debaten sobre la economía global tras la pandemia. Por un lado se hizo el Foro Económico Mundial de Davos, que cumplió 50 años de prédica empresarial. Como contracara, la cumbre del Grupo de Puebla (GDP), que reúne a líderes políticos regionales.   
Desde 2001, el Foro Social Mundial (FSM) –nacido en Porto Alegre– alumbró esperanzas de «otro mundo posible» y pavimentó el ascenso del progresismo en América Latina y hasta alentó miradas diferentes en Europa. Caído en el ostracismo tras el golpe contra Dilma Rousseff y la llegada de gobiernos de derecha, ese lugar estaba vacante.
Hace menos de dos años, personalidades influyentes de todo el continente, entre los que estuvo Alberto Fernández, se reunieron en busca de otra agenda social. Si bien el encuentro no ocupa el mismo espacio que el FSM, puede convertirse en un contrapeso a las soluciones que se insisten desde el otro lado del océano como verdad revelada. Participan del GDP expresidentes y dirigentes de la región.
Como titular pro tempore del Mercosur y único mandatario en ejercicio de ese sector político, Fernández inauguró el simposio latinoamericano. Como presidente argentino, participó del encuentro anual del FEM. En ambas lides desplegó un discurso similar. «La opción no es la vida o la economía, sino la vida con mejor economía», dijo ante los principales inversores y dirigentes de empresa del mundo. Líderes también, pero de corporaciones privadas.
Organizado esta vez bajo el lema «El gran reinicio», Klaus Schwab, el empresario y filántropo alemán que fundó ese foro en la ciudad suiza de Davos, argumentó que «la pandemia representa una oportunidad, inusual y reducida, para reflexionar, re imaginar y reiniciar nuestro mundo y forjar un futuro más sano, más equitativo y más próspero».
Argentina no había quedado muy bien calificada por el manejo de la pandemia y la brutal caída de la actividad económica en el informe sobre la situación mundial, el «Reporte de Riesgo Global 2021», que se presentó en el FEM.
La posición de Fernández fue que el contexto no da para austeridades. Pero en el FEM aparecieron advertencias sobre el riesgo para uno de los postulados clave del neoliberalismo, como es la independencia de los bancos centrales, cuando los gobiernos necesitan insuflar dinero a las economías.
En Puebla, el entorno es más afín a los ejes que marcaron la plataforma electoral que resultó ganadora en los comicios argentinos de 2019. En el GDP se cruzaron definiciones sobre el futuro de la humanidad tras el COVID-19, y sobre la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca.
«Tenemos que pensar en un modelo alternativo de desarrollo al neoliberalismo», fue la premisa. Y los participantes, desde los expresidentes Lula da Silva y Dilma, a Rafael Correa y Ernesto Samper, no se cansaron de apostar a la unidad latinoamericana para llevarla a la práctica. Los años de Donald Trump fueron de enorme retroceso para ese proyecto estratégico.
«Es esencial que América Latina vuelva a integrarse y a discutir. Unidos podemos lograr mucho más que separados», destacó Fernández, quien poco después inició una gira por Chile, donde se entrevistó con el presidente Sebastián Piñera y con los principales líderes de la oposición.
El documento final de Puebla pide «devolver al Estado las empresas privatizadas y darle un papel distinto a la sociedad civil». Davos no produjo una conclusión final. La tibia propuesta de reconfigurar el crecimiento económico para ampliar la base de beneficiarios del sistema desnudó el temor de las elites mundiales a una explosión social incontrolable. Solo buenas intenciones.
En medio siglo, esta «cumbre de los millonarios» no produjo un capitalismo menos salvaje. Peor aún, proclama una ética empresaria caritativa. Pero las 20 personas más ricas del planeta acumularon un patrimonio conjunto de 1,77 billones de dólares en 2020, un 24% más que hace un año.

Revista Acción, segunda quincena de Febrero de 2021