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Clubes selectos

Robert Bruce Zoellick nació en el estado de Illinois hace 58 años, en una familia de raigambre germánica. En 2007, George W. Bush lo designó como presidente del Banco Mundial (BM), por eso del reparto de poderes que deviene en que el FMI debe quedar al mando de un europeo y el BM de un estadounidense. Como muchos en el ambiente financiero-político de los principales países desarrollados, Zoellick mostraba en su curriculum su paso por el banco de inversión Goldman Sachs, uno de los grandes protagonistas de la crisis económica que por ese mismo año comenzaba a despuntar en el horizonte.
El hombre, con una estampa a la que no le sentaría otra profesión que no fuera la de burócrata de algún organismo internacional, se graduó de especialista en Historia en uno de los más tradicionales institutos de Pennsylvania, el Swarthmore College, en 1975, y luego pasó por Harvard para obtener un máster en Política Pública. Desde entonces también tiene una membresía en Phi Beta Kappa, una “sociedad de honor” que nació al mismo tiempo que los Estados Unidos, en diciembre de 1776, en una taberna de Virginia.
A la manera de las asociaciones masónicas tan en boga por esos tiempos, era una especie de club secreto de iniciados en las artes liberales. Fueron graduados PBK (por las siglas griegas para Philosophia Biou Kyberneté, algo así como “la filosofía gobierna la vida”) entre otros George Bush padre, la ex secretaria de Estado Condoleeza Rice y Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal, el banco central de los EE UU.
Zoellick conoció a la mayoría de los funcionarios que colaboraron con Bush Jr en el año 2000, cuando en plena campaña presidencial, y sabedor de que no estaba en condiciones de responder a ninguna cuestión sobre política internacional, el candidato republicano convocó a un grupo de expertos para que le armara una agenda de cara a las entrevistas periodísticas. El grupo, menos secreto que el PBK, fue denominado The Vulcans (Los Vulcanos) por una estatua al dios romano del fuego y la metalurgia que siempre había subyugado a Condoleeza Rice en su Alabama natal.
Fiel a las cofradías a las que adhirió, Zoellick ahora despotrica contra la nueva influencia que van ganando las naciones emergentes en estos momentos críticos para los países centrales. Y lo hizo desde uno de los foros globales que por estos días se reúnen en Washington, donde respondió ácidamente a una oferta de los países que integran el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), las naciones que según un informe elaborado en 2001 por Jim O´Neil, de Goldman Sachs (cuándo no) están llamados a ser las potencias económicas de mitad del siglo XXI.
Los BRICS se mostraron decididos a ayudar a la recuperación de la economía de los países centrales, incluso con la compra de bonos de la deuda. “El mejor papel para los BRICS es concentrarse en lo que necesitan hacer en casa para atravesar los actuales peligros financieros y avanzar hacia un crecimiento a largo plazo”, se ofendió el presidente del BM.
“Veo a diario historias sobre soluciones milagrosas”, postuló en teleconferencia con varios periodistas antes de la asamblea anual del BM y del Fondo Monetario Internacional (FMI).
“En lo que a mí me atañe, estoy intentando todo lo que puedo para que los políticos se enfrenten a la realidad. La zona euro tendrá que enfrentar los problemas de la zona euro”, sentenció. El comercio “sur-sur”, aprovechó para cuestionar, “tampoco es la solución para los emergentes y pobres”.
Su colega del FMI, Christine Lagarde, no fue más amable con los países en desarrollo. Y en el caso particular de la Argentina, si bien aplaudió el crecimiento de estos años, no perdió oportunidad de recomendar que vuelva a las raíces que el organismo a su cargo sostiene desde su fundación, en 1945.
Es que esta crisis, que en principio puso en debate la efectividad y pertinencia de las políticas económicas ortodoxas, también dejó al descubierto la endeblez de los fundamentos que hoy día intentan sostener la gobernanza mundial.
Algo ha pasado en el mundo para que ahora ya no resulten indiscutibles los cimientos de la economía establecidos en el Consenso de Washington, sin ir más lejos. Por eso un pequeño grupete de países a los que en los centros del poder se habían acostumbrado a ver por sobre los hombros, se permiten discutir y hasta prometer ayuda para una solución amigable de los problemas de los más grandes.
Así de insolentes deben de haber sonado las palabras de la presidenta argentina Cristina Fernández cuando en la Asamblea de Naciones Unidas planteó la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad, ese directorio integrado por cinco miembros permanentes y otros diez rotativos.
Al igual que los organismos de crédito, la ONU expresa el mundo surgido en 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por eso se atribuyó el derecho de nominar a cinco países de primera categoría –EEUU, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China– que tienen derechos especiales y otros, que son el resto, que deben acompañar o protestar en silencio. Porque con que uno solo de los “regentes” rechace una decisión, pierde vigencia, aún cuando todos los demás muestren una unanimidad férrea.
Cristina señaló específicamente la necesidad de fomentar un mundo “más plural”, para lo cual es necesario “democratizar organismos políticos como la ONU y fundamentalmente el Consejo de Seguridad”.
Minutos antes, la brasileña Dilma Rousseff había abierto la Asamblea proponiendo también cambios en esquema de poder internacional. “El destino del mundo está en las manos de todos. O trabajamos mancomunadamente o todos saldremos perdedores”, argumentó. Después agregó que todos los países “tienen el derecho de participar en las soluciones” y recalcó que el Consejo de Seguridad debería reflejar “la realidad contemporánea” e incluir “a los estados en desarrollo”. Como colofón, Rousseff aventuró que “Brasil está preparado para asumir su responsabilidad como miembro permanente”.
La diferencia con la posición de la Argentina es abismal. Y Cristina Fernández la expresó con claridad: “No compartimos la necesidad de ampliar la cantidad de miembros permanentes, creemos necesario eliminar la categoría de miembro permanente y también eliminar el derecho a veto que impide que el Consejo de Seguridad cumpla la función que tuvo cuando fue creado en un mundo bipolar”. El de la Guerra Fría que desde la posguerra y hasta la caída de la Unión Soviética fue la excusa para mantener un status quo evidentemente injusto.
La Argentina sabe muy bien lo que significa ese orden internacional, desde que uno de los países con derecho a veto mantiene una parte del territorio como colonia y ni siquiera se siente obligado a responder al mandato de las demás naciones, que piden sentarse a hablar de soberanía.
Los argentinos también conocen la otra trama de los sistemas de gobierno globales, como una de las víctimas más relevantes del FMI y de los experimentos neoliberales del neoliberalismo. A eso apuntó la presidenta cuando reiteró “la necesidad de que los organismos multilaterales de crédito trabajen muy fuerte en una regulación del movimiento de capitales a nivel global y para evitar la especulación financiera”.
El planteo argentino podría ser, parafraseando a Groucho Marx, “no queremos pertenecer a un club que no acepte que todos somos iguales”.

Tiempo Argentino, 24 de Septiembre de 2011

La otra reconquista

Ahora van a por Francia”, temía el diario español Público en su tapa del jueves. Se refería a los fondos especulativos que mantienen en jaque a las principales economías del mundo, las que en los últimos días reaccionaron tímidamente ante el embate de las calificadoras de riesgo y finalmente decidieron bloquear la venta de acciones en descubierto, para limitar el poder de fuego de “los mercados”.
Es bueno recordar qué decían esos mismos actores internacionales hace diez años cuando los especuladores venían “a por Argentina” y la explicación en boga era que el país no había hecho bien los deberes. Peor aún, muchos líderes vernáculos que entonces se jugaban todo a la convertibilidad parecen haber escrito el libreto con el que la troika (el FMI, la UE y el Banco Central Europeo) aplaude ahora los tijeretazos en Portugal y recomienda afilar aún más los instrumentos en Grecia, España e Italia.
Son las mismas políticas que dejaron el tendal de pobreza, miseria y desesperanza en América latina desde fines de los ’90, cuando S&P y Moody’s eran la verdad revelada y no esos niños malos en que parecen haberse convertido repentinamente, cuando los que padecen sus interesados pronósticos son estadounidenses, franceses o alemanes. La mano de las evaluadoras está detrás de la lucha feroz entre demócratas y republicanos que están fagocitando al gobierno de Barack Obama con tal de defender los privilegios de los más acaudalados. De manera que en lugar de agrandar el presupuesto subiendo impuestos, se reducirá con recortes en los magros beneficios sociales que los demócratas prometieron ampliar al llegar a la Casa Blanca.
El mismo problema de qué espaldas soportarán la carga lo viven los chilenos con la crisis educativa. El presidente Sebastián Piñera dijo que en la vida todo tiene su costo y que para tener educación gratuita no tendría más remedio que aumentar impuestos. Espantosa opción, considera el mandatario conservador, como para que la clase media comience a replantearse su apoyo a esos jóvenes díscolos que tienen la osadía de poner como ejemplo a la educación argentina, que suele albergar a miles de estudiantes de otros países latinoamericanos sin cobrar por ello. Una conquista cultural que sin dudas habrá que agradecerle a Sarmiento –tan poco solidario en otros ámbitos– y a la reforma estudiantil radical de 1918.
Mientras tanto, en el Reino Unido las facturas entre policías y el gobierno pueden llevar a una nueva y más profunda crisis política. El primer ministro David Cameron acusa a Scotland Yard de no haber desplegado la cantidad suficiente de hombres en las calles londinenses para evitar los desmanes producidos en esta semana. La policía británica le respondió ácidamente que los que critican no estaban en el frente de batalla cuando estalló la violencia. Efectivamente, es verano y Cameron descansaba en una villa toscana, mientras que los bobbies masticaban bronca. Por un lado, porque los dos máximos directivos tuvieron que renunciar en el marco del escándalo Murdoch, acusados de haber hecho la vista gorda cuando muchos de sus subordinados cobraban un extra pinchando teléfonos para los medios del grupo.
Pero, además, miles de uniformados perderán sus empleos por los recortes presupuestarios. Y si es cierto que nada es gratis en la vida, esas deudas políticas se pagan más temprano que tarde. Porque por más que Cameron diga que los despedidos serán administrativos, son compañeros de armas de los que tendrán que poner el pecho a las balas en la convulsionada Albión.
“Tarde piaste”, dirían los más viejos; los países europeos se desayunan con que el problema no son los evanescentes mercados, sino los especuladores de carne y hueso a los que todavía no identificaron, y que se escudan detrás de fondos de inversión que apuestan contra el euro. La paradoja es que si miraran en la experiencia de este lado del océano, encontrarían respuestas que una suma de cerrazón intelectual e intereses férreos en mantener el status quo no dejan avizorar.
Y en este lado, los países de la Unasur –que padecieron con todo su rigor el experimento neoliberal en los ’90 y por eso ya saben qué gusto tiene la medicina y, además, que el remedio neoliberal es peor que cualquier enfermedad– se unen para ensayar respuestas conjuntas ante una crisis que no crearon pero que pueden sufrir si se quedan de brazos cruzados.
Bajo la mirada sobradora de los grandes medios de todos los países de la región, que ningunean el encuentro porque pretenden que este grupo de presidentes populistas no pueden, ni deben, triunfar donde otros fracasan. Por eso presionan desde todos los rincones para convencer de que la caída será inevitable y que la única forma de precaverse es… el ajuste perpetuo.
Un día como ayer, nuboso y frío pero de hace 205 años, el francés Santiago de Liniers contemplaba desde el atrio de la iglesia de la Merced el avance de sus tropas, un tanto desordenadas pero valerosas, contra el invasor británico que se había instalado en el Fuerte de Buenos Aires y pretendía controlar el virreinato del Rio de la Plata. No vienen a cuento los detalles –porque la historia luego condenaría a Liniers y los capitales ingleses aprovecharían la derrota para diseminarse por la región después de esta intentona– la cuestión es que cerca del mediodía de aquel 12 de agosto de 1806, el jefe de las fuerzas nativas, según sus propias palabras, logró la rendición del general Beresford después de expresarle “la justa estimación que me merecía su valor (lo que) me estimulaba a concederle los honores de la guerra; y efectivamente, habiendo hecho formar mi tropa en ala, salieron los ingleses del Fuerte con sus armas, tocando marcha, y las depositaron a la cabeza de nuestro ejército en número de 1200, habiendo perdido en la acción 412 hombres, y 5 oficiales entre muertos y heridos; y nuestros de la misma clase sólo 180, el alférez de navío don Joseph Miranda, herido en una mano y el alférez del ejercito del Imperio francés, mi edecán D. Juan Bautista Fantin, una pierna rota.”
Habían pasado menos de un mes desde que el virrey Sobremonte había huido hacia Córdoba llevándose el tesoro real, para salvaguardarlo de la angurria anglosajona, ante el descrédito de los porteños que lo consideraron un cobarde y un traidor. Porque como quien dijera, había escapado en helicóptero.
Pero las tropas criollas aprendieron, combatiendo en las calles que rodeaban al Cabildo y conducían a la Plaza Mayor (donde hoy día está la City, con su pléyade de inversores y especuladores de toda pelambre) que si podían salir de esa, no les costaría tanto deshacerse del rey que moraba en Madrid.
Allí comenzaba otra historia, como la que define un grupo de países sudamericanos que, entre presiones y chanzas, se proponen otra reconquista. La de las decisiones nacionales.

Tiempo Argentino, 13 de Agoto de 2011

Manual de zonceras europeas

Extraña interpretación sobre la propiedad curativa de los fármacos, la de Guido Westerwelle, ministro de Asuntos Exteriores alemán. “Las medicinas tienen algunas veces sabor amargo, pero, justamente por ello, resultan eficaces”, fue la forma de explicarles a los griegos por qué deberían digerir los planes de ajuste y privatizaciones que proponen la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Planes que, como se dijo hasta el hartazgo, tienen como objetivo que Grecia pague puntualmente y en moneda dura sus deudas con los bancos, pero, fundamentalmente, que no siga el ejemplo perverso de los malos de la cuadra. Es decir, los argentinos, que no sólo se salieron del corset de una moneda que no emitía su banco central, sino que hizo severos recortes en el monto de su deuda externa.
Fue el Nobel de Economía Paul Krugman quien salió en defensa de estas pampas, ante los ataques que todavía algunos destilan contra el tupé de los sudamericanos para plantarse frente a los organismos internacionales. “Me sorprende que digan que Argentina no es un país serio. No veo cómo el default argentino puede ser presentado, entre todos los ejemplos posibles, como una advertencia para Grecia”, escribió en su blog del New York Times.
Pero el que coronó esta semana de reivindicaciones a la “salida argentina” fue el ex director del FMI, el francés Michel Camdessus. “Hicimos probablemente muchas tonterías, muchos errores con la Argentina”, afirmó en un encuentro con empresarios católicos en Buenos Aires el hombre al mando del Fondo durante el período de las privatizaciones y los ajustes perpetuos vernáculos.
Si Arturo Jauretche estuviera vivo, le hubiera recordado que esos “errores” no fueron fruto de tonterías sino de las zonceras que rigen en la inteligencia económico-financiera desde hace décadas y que la crisis desatada en 2008 no hizo más que poner de relieve, mal que les pese a los “expertos” que confían en la utilidad de los remedios amargos.
Fue este criollo nacido hace un siglo en Lincoln, provincia de Buenos Aires –que de puro patriota se murió un 25 de mayo de 1974– el que explicó como nadie en qué consisten esas zonceras y a qué conducen. Tanto que con sólo releer esos textos fervorosos que escribió a lo largo de su vida cualquier mortal aprende lo que hace falta saber de economía política y hasta puede pasar por augur.
La primera de las zonceras que desarrolló en su ahora arquetípico manual –publicado en 1968– es la que él llama La madre que las parió a todas, la de Civilización y Barbarie, que explica una de las razones que justifican los usuales ataques contra los argentinos desde ambos lados de la frontera. Esta zoncera “intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo para su crecimiento según Europa y no según América”.
Esa misma sensación queda cuando se escuchan críticas contra los griegos y en modo admonitor se les habla del valor de los contratos, de la confianza en la palabra dada y de la importancia de pertenecer al primer mundo. No se les dice, en cambio, que no podrían tolerar verlos convertidos en incivilizados que osan desconocer reglas establecidas, como hicieron los rioplatenses. Y para peor, que les fuera bien.
“Todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar”, anotó Jauretche, en un texto que bien podía hablar de la época en que el peronismo estaba prohibido, o del de 2001, o de esas naciones maliciosamente llamadas PIGS (cerdos) por Portugal, Irlanda, Grecia y España. Los malos de esta película que fallaron en cumplir las reglas neoliberales.
Prolífico, frontal e incisivo analista en sus últimos años, Jauretche –que venía del radicalismo yrigoyenista y adhirió al movimiento peronista el 17 de octubre– advirtió sobre las consecuencias del ingreso de la Argentina al FMI cuando la dictadura de Aramburu llamó a los técnicos de ese organismo para “sanear” la economía que había dejado Perón. “Asesorarse con los técnicos del Fondo Monetario Internacional es lo mismo que ir al almacén con el manual del comprador escrito por el almacenero”, escribió certeramente en noviembre de 1955, a dos meses del derrocamiento del gobierno peronista. Y señaló punto por punto en El Plan Prebisch: retorno al coloniaje, título premonitor si los hay, lo que habría de ocurrir de aplicarse esas medicinas.
El lector que conoce el texto sabe de lo que se habla, y el que no, reciba el buen desafío de comprobar la exactitud de lo que Jauretche vaticinaba con lo que se vivió en los años del menemismo y sobre todo en el último gobierno radical, el de Fernando de la Rúa.
“La mayor parte de nuestra industria, que se sustentaba en el fuerte poder de compra de las masas populares, no tardará en entrar en liquidación. Los argentinos apenas si tendremos para pagarnos la comida de todos los días. Y cuando las industrias se liquiden y comience la desocupación, entonces habrá muchos que no tendrán ni para pagarse esa comida. Será el momento de la crisis deliberada y conscientemente provocada…”, escribió. Hace 56 años.
Jauretche, presidente del Banco Provincia entre 1946 y 1951, describió también el rol de la banca en el esquema neoliberal. “El que maneja el crédito maneja más la moneda que el que la emite… El que maneja el crédito maneja más el comercio de exportación e importación que el que compra y el que vende… estimula determinadas formas de producción y debilita otras; establece qué es lo que se ha de producir y qué es lo que no; determina lo que puede y lo que no puede llegar al mercado con facilidades de venta, y maneja por consecuencia el consumo. El que maneja el crédito crea moneda de pago y poder adquisitivo… decide qué se produce en el país y qué no se produce, quién lo produce, cómo lo produce, cómo lo vende y cómo lo acapara, adónde lo exporta y en qué condiciones; determina las condiciones de la plaza, incide en la bolsa, todo, en una palabra”, añadió en otro jugoso tramo de ese libro.
Este apasionado polemista publicó un puñado abundante de libros que desde el título son como un guante arrojado en el rostro: Los profetas del odio; El medio pelo en la sociedad argentina; Filo, contrafilo y punta; Prosas de hacha y tiza.
“El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”, dijo alguna vez, como alentando a las tropas.
Pero también, luego de un fallido intento por reponer en el gobierno a Hipólito Yrigoyen en 1933, escribió un poema gauchesco que en su traducción al griego podría agotarse en pocos días, El Paso de los Libres, deliciosamente ambigua referencia al sitio por el que los revolucionarios radicales tuvieron que escapar de los dictadores de la primera Década Infame, prologado por Borges. Allí explica su medicina para terminar con los penares de trabajadores y de las clases marginales:

Hasta que un día el paisano
cansado ya de este infierno,
haciendo suyo el gobierno,
con solo esta ley se rija:
es pa’ todos la cobija,
o es pa’ todos el invierno.

Tiempo Argentino, 25 de Junio de 2011

Los platos rotos de la boda

La premura del presidente francés Nicolas Sarkozy para designar al frente del FMI a su ministra de Finanzas obedece más a la desesperación por salvar la ropa que a un crudo nacionalismo. Un dato para apuntalar esta conjetura es que el interino del FMI, el estadounidense John Lipsky, está mostrando las garras en Europa. En concreto, según revela el diario británico The Guardian, presionó fuertemente para que Alemania alcanzara un acuerdo para rescatar a Grecia por segunda vez en un año, ante el peligro de que la crisis contagie al resto del continente y cruce el Atlántico. El otro es que los bancos franceses son los más expuestos ante un posible default helénico.
En este marco, España suda la gota gorda por las amenazas de que “los mercados” pongan contra las cuerdas definitivamente al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Por ahora, la dirigencia política y empresarial se mantiene en sus trece de que en la península todo está bien, salvo ese pequeño detalle de la explosiva situación griega, que castiga a los hispanos aumentando las tasas para nueva deuda.
En un editorial del diario El País, titulado sin tapujos “Para salvar el euro”, se insiste en que “la estabilidad política y económica europea depende de un pacto urgente sobre Grecia”. Para el matutino, todavía cercano al oficialismo y fuerte defensor del expansionismo español sobre América Latina en los ’90 –de la mano de las privatizaciones de empresas públicas impulsadas por el FMI en esos años de fulgor neoliberal– la indecisión europea “está poniendo en peligro la estabilidad financiera de la Eurozona y, como un efecto secundario grave, la solvencia de otros países europeos, como es el caso de España, que se enfrentan a un nuevo episodio de crisis de deuda.” La línea argumental es: las cosas tienden a mejorar y “casi todo el problema se resume en un nombre: Grecia”.
Sin embargo, va quedando al desnudo hasta qué punto España está en bancarrota desde que estalló la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos, en 2008. Ahora se supo que la deuda de las comunidades autónomas y los municipios es mucho mayor de lo que inicialmente se había establecido. Para lo cual los ajustes diseñados hasta ahora resultarán insuficientes.
Por eso los ministros de Trabajo de la UE le piden que complete la reforma del sistema de negociación colectiva y que apure una nueva reforma laboral que, bajo la excusa de reducir la desocupación –del 20,7%, la más alta de la UE y el doble de la media comunitaria– y generar empleo para los más jóvenes, modifique a la baja los derechos de los trabajadores. El objetivo, dice el organismo supranacional, debe ser “garantizar que el crecimiento salarial refleje mejor la evolución de la productividad, así como las condiciones a nivel local y de empresa y dar a las compañías suficiente flexibilidad para adaptar internamente las condiciones de trabajo a los cambios en la situación económica.”
Para los argentinos, es música conocida con un final predecible. El problema es que todas las medidas que aprueban los líderes de la UE (lo que digan Sarkozy y la alemana Angela Merkel, en la práctica) junto con el provisorio mandamás del FMI, apuntan no sólo en una dirección que en estas costas se probó equivocada, sino que se disponen con el deliberado propósito de impedir en la península griega una solución a la argentina. Por eso tratan por todos los medios de que Atenas no provoque un default de la deuda y se salga del euro.
De todas maneras, según un trabajo de la cadena británica BBC, son muchos los analistas advertidos que de hecho la deuda griega es impagable, más allá de los nuevos paquetes de rescate. “Los mercados ya dan por descontado una dura suspensión de pagos. Para ellos, del 50% al 70% del dinero ya está prácticamente perdido”, dice el estudio.
El periódico madrileño, en tanto, explica en otro artículo las razones que llevaron a la crisis en la cuna de la civilización occidental. “La banca europea dispone del 81% de la deuda pública griega, y en especial las entidades francesas y alemanas tienen una mayor exposición”, un dato que no es nuevo. Pero a continuación agrega que “Standard & Poor’s ha rebajado la nota de solvencia de Grecia hasta CCC, dejándola ligeramente por encima de la calificación de impago efectivo”. En esta ubicación destaca, “la calificación de Grecia pasa a ser la peor de todos los países del mundo examinados” por la evaluadora de riesgos estadounidense.
Lo que no explica tanto el presuntuoso informe es que S&P nada dijo en su momento de las oscuras maniobras del banco Goldman Sachs, la entidad que, según reveló en su momento el estadounidense The New York Times, ayudó desde 2001, mediante una complicada ingeniería financiera, a que Grecia –que recién se incorporaba a la zona euro– pudiera burlar la disciplina económica de la Eurozona dibujando impúdicamente los balances presupuestarios. Y con el aval del banco – socio en Argentina del Grupo Clarín– pudo endeudarse hasta niveles disparatados, con entidades que creen a rajatabla en la mano invisible de los mercados y confían en ese puntal de Wall Street que es el Goldman.
Entre las maniobras detectadas en un informe que ahora investiga un fiscal de Nueva York, Grecia pactó con el GS alterar el tipo de cambio al que se firmaban los préstamos de modo que, en realidad, recibía más dinero para gastar –una lluvia de millones de euros– del que nominalmente figuraba como deuda emitida. La UE no detectó el desfase porque no fiscalizaba esos contratos. También creía en la mano invisible.
Ayer, el primer ministro socialista, Georgios Papandreu, modifico su gabinete con la esperanza de calmar las aguas, en vista de que el Parlamento se le pone reacio para aprobar la venta total de lo que queda del país para pagar deudas. Como nadie quería agarrar la papa caliente de la cartera de Economía, puso en ese lugar uno de los últimos soldados fieles que le van quedando, Evangelos Venizelos, hasta ahora titular de Defensa. Un abogado constitucionalista que gusta de la buena mesa y que, dicen, “hará lo que tiene que hacer”.
Enfrente tendrá que vérselas con los indignados griegos, los aganaktismenoi, que hace semanas vienen reuniéndose en la Plaza Syntagma (de la Constitución) para buscar salidas algo más democráticas a la crisis. Según Yorgos Mitralias, fundador del Comité Griego contra la Deuda (www.contra-xreos.gr) que se propone investigar el origen de la deuda, la venta masiva de empresas y propiedades públicas no reducirá la exposición del país, pero además será algo así como “vender la platería de la familia sólo para tener que alquilarla nuevamente a la hora de la cena”. Por eso, no se extraña de que los jóvenes, que rechazan toda cercanía con los partidos políticos –y con razón, dadas las circunstancias– gritan cosas como “No debemos nada, no vendemos nada, no pagamos nada”, pero también “Na figoun oloi”. Que se vayan todos.
Según la tradición, en las fiestas de casamiento griego se rompían platos en señal de alegría y desprendimiento. La costumbre se mantiene en los restaurantes de la diáspora griega. Allí aseguran que esta ceremonia, el kefi, es un homenaje al que baila zebékiko o el tsamiko.
Se ve que los aganaktismenoi no quieren pagar los platos de un baile al que no fueron invitados.

Tiempo Argentino, 18 de Junio de 2011