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Otra oportunidad a la paz en Medio Oriente

Otra oportunidad a la paz en Medio Oriente

En las últimas horas se fueron sumando reclamos desde varias regiones del mundo por una activa intervención de Naciones Unidas para detener la escalada de violencia en la Franja de Gaza. A la inicial declaración del gobierno de Estados Unidos, el principal aliado de Israel, que pide un cese el fuego con el expreso reconocimiento «del derecho a defenderse de los ataques con cohetes» provenientes del otro lado de la frontera, se agregó en las últimas horas una declaración de la vocera del Departamento de Estado, Jennifer Psaki, donde se advierte al gobierno de Benjamin Netanyahu que «nadie quiere asistir a una invasión de Gaza por parte de Israel».
En una línea similar, México mostró su preocupación por el incremento de los ataques, tanto por los cohetes como por la respuesta israelí, y computó acongojado la cantidad de palestinos muertos y, sobre todo, que entre ellos había niños.
Los países árabes, en tanto, llamaron a una reunión de emergencia de la ONU para detener el bombardeo sobre Gaza. «Queremos que el Consejo de Seguridad asuma su responsabilidad y detenga esta agresión contra nuestra gente», resumió el enviado palestino ante ese organismo internacional, Riyad Mansur.
El secretario general de la entidad, Ban Ki-moon, alertó sobre el «riesgo de una escalada total, con la amenaza todavía palpable de una ofensiva terrestre». Y para rematar. señaló que «la región no puede permitirse otra guerra (…). Es más urgente que nunca intentar encontrar comunes denominadores para que vuelva la calma y se consiga un entendimiento para el alto al fuego».
Mientras tanto, en la región sudamericana algunos gobiernos emitieron comunicados con un grado de rechazo mayor hacia la intervención israelí. «El gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia expresa su enérgica condena por los nuevos actos de violencia, perpetrados por Israel en contra del Estado de Palestina, durante los últimos días», resalta un comunicado de la Cancillería boliviana. «Hacemos un llamado urgente al cese inmediato de hostilidades. Se deben respetar y cumplir los acuerdos y tratados internacionales vigentes», finaliza el comunicado.
El gobierno uruguayo expresó a su vez una «enérgica condena a los ataques militares efectuados por Israel en la Franja de Gaza, que han provocado decenas de muertos y heridos en la población civil, en una respuesta desproporcionada al lanzamiento de cohetes contra territorio israelí por parte de grupos armados palestinos». Chile, por su lado, condenó «enérgicamente los ataques de Israel en la Franja de Gaza» y proclamó su preocupación por el incremento de la violencia. «Los condenables secuestros y muertes de tres jóvenes israelíes y de un joven palestino, no pueden servir de excusa ni para iniciar acciones terroristas, como tampoco para atacar áreas densamente pobladas por civiles», dice el comunicado de la Cancillería.
Las autoridades venezolanas, también como es de prever, tuvieron la expresión más radicalizada al condenar la ofensiva militar «injusta e ilegal» de Israel en la Franja de Gaza, aunque al mismo tiempo puntualizaron su repudio al crimen de los tres chicos, por lo que pidiieron una «profunda investigación» de esos asesinatos que desencadenaron esta situación.
La escalada bélica en Medio Oriente no es un tema de debate y llamados de atención solamente fuera de la zona o en los sitios donde los palestinos encuentran mayores apoyos. Dentro del propio territorio israelí se levantan voces que piden moderación y hasta un cambio profundo en su política de relaciones exteriores para poder alcanzar en algún momento la paz que los pueblos judío y palestino demandan.
David Grossman es un escritor y ensayista israelí conocido por su prédica por la paz. En una columna que publicó el diario Haaretz, lamenta que se haya perdido el horizonte y la esperanza de llegar a una convivencia pacífica, «como si estuviera hablando en nombre de una ley de la naturaleza, un axioma que afirma que entre estos dos pueblos nunca podrá haber paz, que la guerra entre ellos es un decreto divino, y que, en definitiva, esto siempre será malo aquí, nada más que malo».
Grossman cuenta el clima que se vive en el país para quienes mantienen la esperanza de llegar a una convivencia pacífica. «En el mejor de los casos (es tratado) de ingenuo o de un soñador iluso, y en el peor, de ser un traidor que debilita los recursos de Israel, alentando a dejarse seducir por falsas visiones.»
La explicación que encuentra el autor de La sonrisa del cordero es que la derecha israelí ganó el debate. Que logró inculcar en la mayoría de la población una visión del mundo que él llama pesimista y que, agrega, «está impulsando a Israel a la parálisis en la zona más fatídica para su supervivencia, un área donde necesita más audacia, flexibilidad y creatividad. La derecha ha vencido a Israel aplastando lo que alguna vez pudo haber sido llamado ‘el espíritu de Israel’, esa chispa, esa capacidad de rehacernos a nosotros mismos, el espíritu del ‘sin embargo, el coraje. La esperanza».
Grossman dedica su texto a la memoria de Ron Pundak, «el arquitecto de los Acuerdos de Oslo y de la Iniciativa de Ginebra», dos posibilidades concretas de llegar de algún modo hacia la paz, en 1993 los primeros, impulsados por el gobierno de Bill Clinton; una hoja de ruta de 2003 la segunda, desarrollada por intelectuales y activistas de Israel y Palestina. ¿Por qué esas posibilidades no llegaron a fructificar? Más allá de cuestiones militares y políticas –incluso de internas en la coalición gobernante de Israel, que también las hay–, el suizo israelí Carlo Strenger le añade su óptica psicológica. «Los israelíes, al igual que todos los seres humanos, son guiados principalmente por la aversión a la pérdida», evalúa, también desde las páginas de Haaretz. «La mayoría de los israelíes temen que la situación en Gaza se repita: Israel se retiró de Gaza en 2005, y el sur de Israel quedó expuesto a los ataques con cohetes desde entonces. El abandono de los controles de Israel sobre Cisjordania podría abrir los centros de su población al mismo peligro. Esta última hipótesis no es una fantasía paranoica. Irak y Siria se han convertido en focos de organizaciones yihadistas, y si Israel ya no controla el valle del Jordán y grandes partes de Cisjordania, los combatientes de Al-Qaeda podrían quedar a distancia de tiro de Tel Aviv, Kfar Sava, Herzliya y todo el centro de Israel», analiza Strenger.
Otros dos aspectos que toma en consideración el psicoanalista se relacionan con «la necesidad de una narrativa de identidad positiva y la necesidad de una ideología que nos ayude a soportar el peligro y la incertidumbre», dos «fatalidades» que los israelíes también comparten con el resto de los seres humanos.
Es así que, como una vuelta de tuerca sobre lo que piensa Grossman, el especialista de la Universidad de Tel Aviv, reconocido pacifista también –y muy crítico del rol muchas veces reñido con la moral que suelen desplegar tropas israelíes en territorios palestinos–, cuestiona que la izquierda israelí no haya dado respuesta a esta visión «preocupada» que muy bien, en cambio, aprovechó la derecha. «La izquierda ha perdido progresivamente terreno en Israel, ya que no se ha ocupado de estos temores con valentía y claridad suficiente. Con demasiada frecuencia hemos dicho a los israelíes que necesitamos poner fin a la ocupación por el bien del carácter democrático de Israel. Hemos señalado cuán racista Israel se está convirtiendo como resultado de la ocupación, y seguimos advirtiendo que Israel va a terminar siendo un Estado paria si la ocupación no termina.»
Sin embargo, abunda, «los israelíes de a pie ven a la izquierda como un grupo de elitistas y arrogantes que están desconectados de la realidad y se preocupan más por los palestinos que por su propia familia. También piensan que los gentiles, particularmente en Europa, simplemente disfrutan odiar a los judíos y tirarnos debajo de un autobús cuando las cosas se ponen difíciles. En consecuencia, cada vez más israelíes compran las ideologías de extrema derecha de la intolerancia y el racismo para racionalizar la ocupación y el aislamiento internacional de Israel.»
El debate puertas adentro de Israel alcanza ribetes que los grandes medios no acostumbran reflejar. Estas son apenas un par de perlitas para entender lo difícil que es darle una oportunidad a la paz, como pedía John Lennon. Y que van más allá de la geopolítica o las apetencias políticas de las dirigencias.

Tiempo Argentino, 11 de Julio de 2014

Griesa, entre Watergate y las Brujas de Salem

Griesa, entre Watergate y las Brujas de Salem

Los argumentos del juez Thomas Poole Griesa para aceptar el planteo de los fondos buitre contra Argentina resulta irritante y denigra cualquier soberanía, como bien resaltó el gobierno argentino repetidamente. Mucho peor cae a los espíritus nacionales la seca respuesta de la Corte denegando tomar cartas en un asunto que, por lo que dejan en claro con su silencio, entienden que está muy bien resuelto en la primera instancia.
Ya en su primer dictamen, de 2012, Griesa protestaba contra «los más altos funcionarios argentinos que han continuado haciendo declaraciones inflamatorias sobre que las sentencias del Tribunal no serán obedecidas. (… y además) han declarado que Argentina podría pagar a los bonistas que entraron en el canje pero no pondrá un dólar para los que tienen los bonos originales (holdouts). La presidenta Cristina Kirchner hizo declaraciones en tal sentido.»
En aquel momento, Griesa involucró al entonces ministro Lorenzino. Pero ahora agregó nuevos discursos de la mandataria argentina y del nuevo titular de la cartera económica para denostar al gobierno y asegurar que no les cree, que Argentina sólo quiere esquivar sus deudas desde hace diez años y que no le da confianza de que lo hará en el futuro. «Habría sido mejor si ella no se hubiese referido a una extorsión. Eso habría ayudado», señaló sobre uno de los últimos discursos de Cristina.
Más allá de la forma en que un simple juez de condado se refiere al gobierno democráticamente elegido de un país independiente, es bueno hurgar un poco en la concepción del mundo que traslucen los fallos de Griesa y la posición de la Corte. Porque tal vez eso sirva para entender la idea que la sociedad de Estados Unidos se hace del mundo y de su propio lugar en él. Una concepción que nace desde sus orígenes, cuando los primeros «peregrinos» desembarcaron del mítico Mayflower en la Bahía de Massachusetts, en 1620. Un dato no menor es que se trataba de un contingente de puritanos, un movimiento religioso surgido en Gran Bretaña que rechazaba tanto a la Iglesia católica como a la anglicana que había «inventado» Enrique VIII. Y que huían de la persecución a que eran sometidos en su patria de origen.
Muchas de estas cuestiones suelen ser ventiladas por Hollywood en series y dibujos animados, al punto que casi forman parte de la formación de generaciones enteras de niños latinoamericanos. El caso es que esos primeros pobladores se fueron dispersando a lo largo de la costa para conformar la llamada Nueva Inglaterra. Hay dos acontecimientos posteriores que marcarían en el futuro del «ser americano» (o, mejor dicho, estadounidense). Uno es el Día de Acción de Gracias, el otro es el llamado Motín del Té o, en inglés, Tea Party. Un tercero forma parte, en cambio, del inventario de los grupos más progresistas, como son los juicios por bujería popularizados con la obra de teatro de Arthur Miller Las Brujas de Salem.
No había pasado un año de la llegada de los colonos cuando según la leyenda compartieron la primera cosecha en tierras americanas con los indígenas wampanoag que, bueno es decir, los habían ayudado generosamente ni bien los vieron llegar. Los wampanoags vivían en comunidad y tenían una economía basada en la distribución de la tierra y los bienes. Desde ese 21 de noviembre de 1621 se celebra el día de Acción de Gracias. Con los años, nuevas camadas de emigrantes fueron desplazando a los pueblos originarios y en 1675 el cacique Metacomet organizó un ejército de wampanoags junto con los pueblos narragansett, nipmuc y pennacook, y atacó los establecimientos de los invasores. Los blancos lo llamaban Rey Felipe y tras derrotarlo fue ejecutado el 12 de agosto de 1676. Su cabeza quedó expuesta sobre una pica, y su mujer y sus hijos acabaron sus días como esclavos en las Antillas.
Poco más tarde, en 1692, se registraron los procesos por delitos de brujería en los condados de Essex, Suffolk y Middlesex, en Massachusetts. No importa tanto la verdad histórica como el enfoque que le dio Miller –quien fue acusado de comunista en el marco de las persecuciones del inefable Joseph Mc Carthy– en su magistral obra de teatro. La caza de brujas macartista forma parte también del «ser estadounidense», tanto en su extremismo como por el rasgo de paranoia que revela. En Las brujas de Salem –por el distrito donde se inició la oleada– Miller cuenta de modo dramático cómo las declaraciones de un grupo de jovencitas influyen en la culpabilización de ciudadanos altamente morales al punto de llevarlos al cadalso.
Otro hecho constitutivo de esa nación es el motín registrado en diciembre de 1773 en la Nueva Inglaterra en rechazo al pago de un impuesto a la importación de té. Tea Party quedó como sinónimo de lucha por las libertades –de hecho, de este movimiento crecieron las primeras luchas por la independencia de Estados Unidos– pero también de un modo de interpretar la realidad. Los grupos Tea Party surgidos en los primeros años de este siglo se inscriben en esta actitud: en términos groseros, recelan de los poderes centrales, del pago de impuestos y de la intromisión de las instituciones en la vida de los ciudadanos. Son individualistas extremos, y con esos argumentos rechazan la ley de salud de Obama y tildan de inmoral cualquier ayuda a los desposeídos.
La idea de que Estados Unidos es un pueblo elegido y que eso habilita para intervenir de un modo correctivo y salvador en cualquier parte del mundo corre paralela y justifica la política de expansión territorial en detrimento de los pueblos originarios primero y del resto del planeta posteriormente. Siempre con su plan sobre lo que una democracia debe ser.
Una democracia representada por un sistema institucional que, como dijera al debatir la Constitución uno de los «padres fundadores», James Madison, tiene a la justicia como control último de posibles abusos de las muchedumbres. La moral media exige que un hombre temeroso de Dios como piden los puritanos, respete las leyes, cumpla los contratos y trabaje de sol a sol, porque no hay nada que discipline tanto como un esfuerzo colosal.
Cualquier desviación a este mandato es moralmente condenable, y especialmente por los medios de comunicación masivos, tan conservadores de las costumbres ellos. En este contexto, una persona que reciba una asignación es un vago sin remedio y el gobierno que la otorgue, un demagogo cercano a la autocracia. Madison pensaba justamente en la defensa de los intereses particulares cuando promovía una justicia independiente de los poderes electos. A través de la Constitución estadounidense, el detalle se expandió y se introduciría en la Argentina, donde los constituyentes de 1853 identificaban en Juan Manuel de Rosas al populismo que el legislador estadounidense recomendaba evitar.
Griesa fue designado por el entonces presidente Richard Milhous Nixon el 15 de junio de 1972 en un tribunal que se estrenaba con él. Tras la aprobación del Senado tomó el cargo el 30 de junio. Entre esos días, el 17 de junio, se produciría un hecho llamado a cambiar la historia moderna de Estados Unidos: cinco hombres caían detenidos por haber ingresado ilegalmente en la sede central del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington. Estaban espiando para el gobierno de Nixon, quien terminaría renunciando en agosto de 1974. Las acusaciones contra el mandatario republicano no fueron tanto por entorpecer a la justicia, como figuraba en el pedido de juicio político. La peor imputación era por haberle mentido a la ciudadanía. Bill Clinton casi corre la misma suerte hasta que se dio cuenta de que era preferible reconocer «relaciones inapropiadas» con una pasante que admitir que había engañado a la población.
Griesa demostró en los dictámenes contra Argentina que le disgusta el gobierno de Cristina Fernández. Porque los briefs de prensa que le llegan la presentan como una populista cercana a otros mandatarios regionales que están en la mira de Estados Unidos, como los de Venezuela actual y el pasado. Es un conservador y, como juez estadounidense, se sabe intocable. Desde allí emitió su fallo. La Corte lo avala porque también piensa igual: las deudas se deben pagar, no importan otras consideraciones que no sean el papel escrito. Las leyes están para vigilar los intereses de los que tienen en contra de los que quieren arrebatárselos, Madison dixit.
Estas son buenas razones –y mucho más exquisitas– como para castigar a un díscolo gobierno latinoamericano. Como lo son para «purificar» con armas o finanzas al resto del mundo.

Tiempo Argentino, 27 de Junio de 2014

Los señores de la guerra en el patio trasero

Los señores de la guerra en el patio trasero

Siendo secretario de Estado, John Quincy Adams elaboró el 7 de noviembre de 1823 la minuta de una reunión de gabinete del gobierno del presidente James Monroe en la que revelaba las preocupaciones del aún incipiente imperio estadounidense ante la situación europea, y sobre todo, en torno de las recién liberadas naciones latinoamericanas. Según ese informe, se sometió a consideración del cónclave una proposición confidencial del canciller británico George Canning, un viejo conocido de los argentinos.
«El objetivo de Canning parece haber sido obtener alguna promesa pública del Gobierno de los Estados Unidos, ostensiblemente contra la interferencia por la fuerza de la Santa Alianza entre España y Sur América; pero realmente o especialmente contra la adquisición por los Estados Unidos mismos de cualquier parte de la posesiones de España en América», revela Adams. Para agregar luego, crudamente sincero: «Mr. Calhoun (secretario de Guerra) se inclina a dar poder discrecional a Mr. Rush (secretario de la Armada) para unirse en una declaración contra la interferencia de la Santa Alianza, aunque sea necesario obligarnos a no apoderarnos de Cuba o de la provincia de Texas; porque el poder de Gran Bretaña es mayor que el nuestro para apoderarse de ellas, debemos tomar la ventaja de obtener de ella la misma declaración que debemos hacer nosotros». De hecho, como ya se ha publicado en estas páginas, Texas se separó de México en 1835 y su incorporación a la Unión se demoraría unas década más. La de Cuba llegaría a fin del siglo.
El solícito Adams pulió un poco más esa estrategia –que lo llevaría un par de años más tarde a ocupar la Casa Blanca- y en su intervención ante el congreso del 2 de diciembre de 1823, Monroe pudo explicar tres puntos de la doctrina que lo haría famoso: no a cualquier futura colonización europea en esta parte del mundo, abstención de los Estados Unidos en los asuntos políticos de Europa y no a la intervención de Europa en los gobiernos del hemisferio americano. Resumida en una frase que se muestra ambigua al sur de la frontera, pero no del otro lado: América para los americanos. La historia demostraría a quiénes se refiere la palabra americana.
En febrero del año pasado, el presidente Barack Obama cambió a su secretaria de Estado, Hillary Clinton, por John Kerry. El hombre, que perdió las elecciones de 2004 contra George W. Bush, está casado en segundas nupcias con Maria Teresa Thierstein Simões-Ferreira Heinz, nativa de Mozambique cuando era colonia portuguesa y heredera del emporio Heinz, la fabricante de kétchup vendida a Warren Buffet y un grupo inversor brasileño en 2013. Con una carrera dentro del partido Demócrata que puede considerarse como sólida –fue senador por Massachussetts por 28 años- Kerry suele mostrar comportamientos de elefante en un bazar.
Esto quedó claro cuando en un discurso ante la Cámara baja, a casi dos meses de haber asumido, se refirió a Latinoamérica como el patio trasero de Estados Unidos. Desempolvando la misma frase despectiva con que mencionaron a nuestras naciones los líderes más retrógrados de ese país. Esos que, al mismo tiempo, no dudaban en aplicar lo que el mexicano Raymundo Riva Palacio llama el “Corolario Roosevelt”, por Theodore, conocido por su empleo del “Gran Garrote” a principios del siglo XX.
Aquel día de abril de 2013, Kerry pronunció esta frase que lo pinta de cuerpo entero: «El hemisferio occidental es nuestro patio trasero (sic), es de vital importancia para nosotros. Con demasiada frecuencia, muchos países en el hemisferio occidental consideran que Estados Unidos no les da la suficiente atención y, a veces esto es probablemente cierto. Tenemos que estar más cerca y tenemos la intención de hacerlo. El Presidente (Obama) viajará pronto a México y luego hacia el sur, no recuerdo qué países, pero él irá a la región».
El revuelo fue tan grande que en noviembre pasado, en un discurso ante la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington, debió explicar que «la era de la Doctrina Monroe ha terminado». Luego fue más específico: «La relación que buscamos, y para cuyo impulso hemos trabajado duro, no se trata de una declaración de Estados Unidos acerca de cómo y cuándo va a intervenir en los asuntos de otros estados americanos. Se trata de que los países se perciban unos a otros como iguales, de compartir responsabilidades, de cooperar en cuestiones de seguridad”.
En esa ocasión el tema Venezuela no estuvo ausente, y tampoco el bloqueo a Cuba. En ambos casos, Kerry se desmintió de inmediato, manteniendo las justificaciones tradicionales de los gobiernos habidos en Washington desde Monroe. El problema es que el Capitolio obedece a los mismos paradigmas. Solo que ahora los más firmes defensores del intervencionismo son gentes de origen latino como Bob Menéndez o Marco Rubio, demócrata uno, republicano el otro, los más enfervorizados anticastristas y, en consecuencia, los más furibundos antichavistas.
Fueron Menéndez y Rubio quienes impulsaron la votación en sendas comisiones del congreso estadounidense que abre la posibilidad de sanciones a dirigentes venezolanos, a quienes acusan de atentar contra la democracia ante la ola de protestas desatadas desde febrero pasado. En un viaje a México que culminó anteayer, Kerry habló de la «impaciencia» en la región por la situación en Venezuela y del «fracaso total» del gobierno de Nicolás Maduro para resolver la crisis. Luego de reunirse con su par mexicano, José Antonio Meade, Kerry abundó en que la batería de sanciones contra Venezuela están a la espera de que «haya movimientos en la mesa», pero negó que todas estas consideraciones fueran, como sostiene Caracas, «una actividad injerencista” en el país sudamericano. El propio Meade había confiado meses antes que en su primer encuentro con el secretario de Relaciones Exteriores de Obama notó que «no estaba enterado de los asuntos bilaterales». No se sabe si el mexicano cambió de idea.
Este fin de semana será muy ajetreado en regiones clave del planeta, en algunas de las cuales Monroe había jurado que no se meterían. En Ucrania se enfrenta Europa con el renacido poderío que representa el gobierno de Vladimir Putin. El mandatario ruso fue hasta Beijing a firmar un acuerdo con China para la venta de gas que le despeja el camino ante la pérdida de sus clientes europeos por la situación en territorio ucraniano, en la fortificación de una alianza que parecía destinada a cuestiones comerciales pero promete más.
Pero Europa también tendrá sus propios problemas. Y la elección de europarlamentarios aparece en medio de dudas que preocupan a más de cuatro por el avance de sectores de la ultraderecha que como el viejo Jean Marie Le Pen, hasta se atreven a reclamar la intervención de un virus mortal como el Ébola para terminar con el problema de la inmigración africana. Lo peor es que el partido que regentea ahora su hija marcha en primer lugar en las encuestas.
En el Patio Trasero, en tanto, las fichas de Washington están puestas en la disputa que enfrenta en Colombia a dos postulantes de la derecha. Uno, el actual presidente Juan Manuel Santos, de una derecha acuerdista que ofrece como principal argumento la posibilidad muy concreta de poner fin a más de medio siglo de matanzas mediante un acuerdo de paz con la guerrilla. El otro, delfín de Álvaro Uribe, que cuestiona las negociaciones y solo ofrece como opción el exterminio del rival.
La brutalidad y falta de ética de la campaña electoral- campaña delincuencial, la llamó Santos- es una muestra de lo que se juega en el país de García Márquez. Un territorio en que Estados Unidos tiene siete bases militares, tras los convenios firmados entre Obama y Uribe en 2009, desde donde sus tropas amenazan a toda la región.
En Venezuela, en tanto, los cancilleres de la Unasur anunciaron una reunión en Galápagos para tratar de estas primeras y difíciles negociaciones entre la oposición y el gobierno de Nicolás Maduro. También acá los señores de la guerra apuestan al conflicto, que justificaría las sanciones que los Rubio y Menéndez pretenden desde Washington. Un fracaso en la intervención de Unasur será pagado políticamente por el organismo sudamericano y también por Maduro. Eso a es lo que se juega la oposición, incapaz de terciar en la política venezolana sin ayuda foránea.
Se refería Canning a los proyectos de la Santa Alianza –aquel tratado de 1815 de los monarcas de Austria, Rusia y Prusia firmado tras la derrota de Napoleón– para la reconquista de Sudamérica por los borbones españoles, un operativo en favor de la testa coronada de otro conocido nuestro, Fernando VII.

Tiempo Argentino, 23 de Mayo de 2014

Amenaza de sanciones y tensión geopolítica

Desde 1931 Japón mantenía bajo su control la región de Manchuria, en el noreste de China, donde dejaron al último emperador, Pu Yi, en la única ocasión que tuvo el póstumo descendiente de la dinastía Qing de aparecer gobernando, aunque fuera como títere. Para 1940, a la belicosa dirigencia nipona se le hacía imprescindible ocupar el sudeste asiático, cosa de garantizar la provisión de suministros y petróleo.
Estados Unidos ya se había expandido hacia el Pacífico y en simultáneo con la guerra contra España que terminó con la ocupación de Cuba y Puerto Rico, en 1898 se anexionó al archipiélago de Hawaii. No podía demorarse mucho el estallido de un conflicto entre ambas potencias. Algo de eso percibió el Imperio del Sol Naciente cuando en 1941 el gobierno de Franklin Roosevelt ordenó trasladar la Flota del Pacífico de San Diego a Pearl Harbour.
Los bárbaros crímenes cometidos por tropas japonesas en Nankin –cuarto de millón de personas asesinadas entre diciembre de 1937 y febrero del ’38– no habían despertado mayores prevenciones de Washington, que seguía vendiendo petróleo a Tokio. Recién en julio del ’41, unos días después de que la Alemania nazi iniciara la invasión a la Unión Soviética, la Casa Blanca embargó las ventas de combustible a Japón. En diciembre de ese año, el fulminante ataque a Pearl Harbour fue la excusa perfecta para que Estados Unidos le declarara la guerra al Eje, lo que terminó de inclinar la balanza a favor de las Naciones Unidas –como se autodenominaron los Aliados– en la Segunda Guerra.
En unos días se van a cumplir 20 años de la jura de Nelson Mandela a la presidencia de Sudáfrica. Un triunfo aplastante en las primeras elecciones libres en la historia del país pusieron en el gobierno al líder de la población negra, que había pasado 27 años preso durante el régimen del apartheid. Había sido condenado a cadena perpetua por traición en junio de 1964 en un juicio que se proponía demostrar la fortaleza de la minoría blancoeuropea ante la mayoría de la población negra. La ONU, que ya no sólo representaba a las cinco potencias involucradas en la contienda, condenó la sentencia contra Mandela y la dirigencia de la Congreso Nacional Africano (CNA) y pidió sanciones contra el régimen. Pero en plena Guerra Fría el castigo resultó difícil de implementar. Los afrikaners, como se denomina a los criollos sudafricanos, podían ser racistas y antidemocráticos, podían incluso pretender desarrollar un proyecto atómico, pero eran anticomunistas convencidos. Y además, en ese año crucial, los negros de Estados Unidos también tenían que enfrentar la brutal discriminación dentro de su propio territorio.
Para colmo, el reciente golpe en Brasil abrió las puertas a una alianza furiosamente anticomunista que incluiría en los ’70 a las dictaduras argentina y chilena con Pretoria. Del apoyo de estas naciones y de Israel y Estados Unidos se nutrió el régimen supremacista para zafar de penalidades en la Asamblea de la ONU. Porque además, en 1974, la Revolución de los Claveles había liberado a las colonias portuguesas de Angola y Mozambique, y las tropas sudafricanas fueron imprescindibles para sostener la contrarrevolución en el sur del continente. Los países árabes quisieron ser consecuentes y le decretaron un embargo petrolero, pero Pretoria recibió el combustible de Irán, que todavía estaba en manos del Sha Reza Pahlevi, otra pieza de colección en el rosario de los delitos de lesa humanidad y al mismo tiempo un sólido bastión de los intereses occidentales.
La revolución islámica en Irán trastocó el escenario en el centro de Asia a principios de 1979. En diciembre de ese mismo año el Kremlin decidió la invasión a Afganistán, que se convertiría en el Vietnam de los soviéticos. Esa vez, Estados Unidos, ya bajo la administración de Jimmy Carter, se acordó de sancionar al ocupante y la medida más estridente sin dudas fue el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980. No todos los aliados naturales de Washington estuvieron de acuerdo en ausentarse de lo que serían las primeras olimpíadas en un país comunista. Algunos jugaron a dos bandas: aceptaron plegarse a la medida punitiva pero dejaron en libertad de acción a sus deportistas. El caso de Argentina fue curioso. En esa época, el principal mercado para las exportaciones locales era el soviético, tras los acuerdos firmados durante el gobierno democrático de Perón. Pero la dictadura debía declarar un anticomunismo irreductible, de modo que siguió vendiendo trigo, aunque los atletas se quedaron en casa. En total 58 países adhirieron al boicot.
No llegó a haber sanciones contra el hitlerismo en 1936, cuando se disputaron los Juegos de Berlín. Y razones había, porque los nazis ya habían dictado las leyes antisemitas, un preanuncio de la barbarie que desataría luego. Las olimpíadas habían pretendido ser una carta de presentación de las virtudes alemanas y en tal sentido descolló el trabajo creativo de la propagandista oficial, la cineasta Leni Riefensthal. Pero la historia le daría una estocada a Hitler y el estadounidense Jesse Owens se convertiría en el símbolo de ese certamen. El atleta negro se llevó cuatro medallas y les hizo morder el polvo a los representantes del hombre ario.
Tampoco hubo sanciones contra los militares argentinos en el Mundial de 1978, que había sido programado cuando el país se encaminaba hacia la democracia luego de las dictaduras sesentistas. Por eso los verdugos apuraron el exterminio, algo que también exigió el secretario de Estado Henry Kissinger, aunque por otras razones. Es que cada día le resultaba más difícil a la Casa Blanca hacer la vista gorda ante las atrocidades de la dictadura.
Ante la escalada en Ucrania, una de las ex repúblicas soviéticas, la Unión Europea y Estados Unidos aplicaron sanciones al gobierno de Vladimir Putin. Son medidas punitivas más que nada centradas en personas ligadas al gobierno pero de dudosa efectividad. Las sanciones en general tienen esa característica: son más que nada medidas simbólicas. Que tanto muestran actitudes principistas como son el avance para justificar intervenciones posteriores.
Europa y Washington avanzaron así sobre el gobierno de Muhamar Khadafi en Libia y el de Bachar al Assad en Siria, con suerte dispar. El «canciller» norteamericano John Kerry también amenaza con sanciones a Sudán del Sur ante lo que, dijo, pueda convertirse en una nueva matanza en tierras africanas, a 20 años del genocidio en Ruanda (que nadie evitó, por cierto). El bloqueo a Cuba, que nació en 1960, supone consecuencias incalculables en términos sociales y económicos a los cubanos y les complica la vida a los estadounidenses que quieren viajar o comerciar con la isla. Pero no logró cambiar el sistema.
Si algo muestra este pequeño recordatorio es que a pesar del cambio de siglo y de que algunos de los conflictos del siglo XX se extinguieron, lo que subyace es una disputa entre los de siempre por el dominio de una región clave en términos geopolíticos y también de un insumo vital para la marcha de la economía de cualquier nación, el combustible.
Ya no existe la Unión Soviética, las tropas rusas se fueron de Afganistán y ahora quedan algunos uniformados norteamericanos luego de que una vuelta de campana histórica que el Pentágono aprovechó tras los atentados a las Torres Gemelas. Irán, que recibió ingentes sanciones en estos años, está intentando negociar una salida elegante a su proyecto nuclear.
El presidente Barack Obama, por un lado, acaba de hacer una gira por Asia en la que prometió apoyos y ventajas comerciales, continuando con una estrategia que comenzó hace más de un siglo. Vladimir Putin, por el otro, planta bandera montado en los temores a una nueva invasión desde el oeste, siguiendo una herencia genética que viene de más lejos aún. A su vez, la canciller germana Angela Merkel intenta quedar bien con Dios y con el Diablo. No sea cosa de verse envuelta en otra guerra en ese peligroso sector de la Europa central donde tanta sangre corrió por siglos.
Al mismo tiempo se abroquelan, en distinto grado, los países emergentes que están llamados a ser el polo de atracción principal del siglo XXI: Brasil, Rusia, China y Sudáfrica, los BRICS. Si Estados Unidos no logra interponerse en su camino, como pretende. Por eso preocupa la amenaza de Kerry de aplicar sanciones al gobierno de Nicolás Maduro si no avanza el diálogo de paz con la oposición en Venezuela.

Tiempo Argentino, 2 de Mayo de 2014