Informe especial | CHINA DESAFÍA A ESTADOS UNIDOS El país asiático se acerca al liderazgo mundial en base a una economía vigorosa, un creciente poderío tecnológico y militar y el respaldo de su cultura milenaria.
Xi Jinping. Presidente desde 2013, declaró al renacimiento de la República Popular como «un proceso histórico irreversible». (Fong/AFP/Dachary)
El nombre con que los chinos designan a su país, zhongguo (中国), significa imperio o país del centro. Las élites de Estados Unidos se jactan de ser herederas de una nación excepcional que tiene la obligación moral de llevar al resto del mundo sus valores democráticos. Qué mejor ejemplo para ilustrar eso que se llama Trampa de Tucídides, por el historiador griego del siglo de oro ateniense, que reflejó la inevitabilidad de un enfrentamiento bélico entre una potencia en retirada y una emergente que busca su lugar bajo el sol. Con un agregado: desde la crisis financiera de 2008, y sobre todo con la pandemia, se aceleraron los plazos para ese «choque de planetas» entre una civilización oriental y otra occidental. El paso de Donald Trump por la Casa Blanca no hizo sino desnudar el temor del establishment estadounidense por el futuro, al punto que desató una guerra comercial que Joseph Biden no parece dispuesto a desarticular y podría ser la antesala de una guerra en todos los terrenos. En la última cumbre del G7, en el Reino Unido, el sucesor de Trump conminó a los líderes de los países más ricos de Occidente a poner el foco en frenar el avance de China en todos los ámbitos. Para interpretar los pasos que da Beijing, sin embargo, los sinólogos recomiendan no perder de vista de que se trata de una cultura que durante gran parte de sus 4.000 años de historia fue la más avanzada y rica de la humanidad. Y recurren al ejemplo de los juegos de tablero más representativos en ambos hemisferios terrestres, uno cultor del ajedrez y el otro del go (wéiqí), nacido en China y popularizado desde Japón. La esencia del ajedrez consiste en elaborar estrategias para derrotar al rey contrario o al menos lograr que se rinda. En el go, en cambio, se trata de rodear territorialmente al adversario, dejarlo sin grados de libertad hasta que no se pueda mover. No se trata de eliminarlo. Antiguamente una partida podía durar días, aunque a medida que se fue profesionalizando se establecieron reglas más estrictas. Pero se recuerda una partida entre Honinbo Shusai y Karigane Junichi en 1920 que se desarrolló durante 20 jornadas. Para Gustavo Girado, director del posgrado sobre Estudios en China Contemporánea de la Universidad Nacional de Lanús, «el camino de China no es plantearse como potencia, no trata de convertirse en un hegemon tal cual lo padecieron en los últimos 200 años». Y lo ejemplifica así: «La intervención militar, la fuerza para hacerse de mercados y el cañoneo permanente de los puertos de aquellas economías más cerradas han demostrado cuál es la actitud imperial». De eso conocen por las invasiones británicas, portuguesas y en el siglo XX, de Japón. Silvina Romano, investigadora del CONICET e integrante del Área de Estudios Nuestroamericanos del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, explica que la pauta del rol global del gigante asiático lo da esa guerra económica impulsada por Trump que en el fondo tenía como base una guerra tecnológica. «Muy rápidamente China se puso a tiro con el desarrollo de nuevas tecnologías sobre todo en lo militar, algo que no se esperaba tan rápido, en la carrera del espacio y en esta articulación entre lo digital a nivel seguridad y la posibilidad de control de todo lo que sea telecomunicaciones».
Fábrica. Trabajadores producen chips LED en Huaian, provincia de Jiangsu. (STR/AFP/Dachary)
Zonas de influencia
Es que el desarrollo a todos los niveles de la que actualmente es la segunda economía del planeta fue explosivo por varias décadas a partir de las reformas económicas de Deng Xiaoping en 1979, y de ser el taller del mundo sustentado en mano de obra barata se convirtió en productora de tecnologías más sofisticadas, como la plataforma 5G de comunicaciones.
Fue Trump quien apuntó todos sus cañones a empresas chinas de alcance internacional y fundamentalmente a Huawei, a la que en todo el mundo califican como la más avanzada en esa nueva tecnología. En su cruzada recibió apoyo de países europeos, aunque ya muchos habían cerrado tratos con la firma asiática. Es así que Boris Johnson prohibió a Huawei participar en licitaciones para 5G haciéndose eco de la acusación de Trump de que era un instrumento de vigilancia para Beijing. La Unión Europea por ahora se resiste a las presiones.
Pero China también se ofrece como alternativa para el desarrollo de países de su región de influencia, a través de organismos que actúan como contraparte de los surgidos de la Segunda Guerra Mundial, como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés), un acuerdo de libre comercio entre los diez estados miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y Australia, Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda. O la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), junto con Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Nada menos que el 40% de la población mundial y el 60% del PIB global. Eso sin olvidar el megaproyecto de la Ruta de la Seda, una propuesta global que avanza por tierras y mares y a la que Argentina pretende sumarse.
Hong Kong. Manifestantes contra la nueva ley de seguridad nacional en ese territorio. (Wallace/AFP/Dachary)
No es osado decir que la pandemia no fue obstáculo para las empresas radicadas en el gigante asiático y cada vez hay más certezas de que el oriente milenario está a las puertas de recuperar su papel de centro del mundo, como lo fue durante milenios.
Durante el 2020, China fue el único país que mostró crecimiento económico positivo, cierto que de un magro 2,3%. Pero el año anterior el PIB había crecido 6,1% contra 2,2% de EE.UU. en 2019 y un promedio aún menor para el resto de las mayores economías. El PIB mundial del año pasado ubica en primer lugar a EE.UU., con unos 19 billones de dólares y segundo a China, con 13 billones, citando números redondos. El tercer lugar no lo ocupa un país sino una organización monetaria, la zona euro, con 12 billones. El cuarto lugar lo ocupa Japón, con unos 5 billones de ingresos totales y el quinto, Alemania, con 4 billones.
Un tema que alerta a los estrategas estadounidenses es que durante la primera ola de la pandemia, China fue el gran proveedor de insumos médicos de Europa y hasta EE.UU., del mismo modo que ahora colabora con vacunas, lo que le permite ir ocupando espacios de legitimidad en países de África y de América Latina, donde desde hace décadas ya es un jugador económico importante.
Centenario. Una mujer y una niña observan una exposición fotográfica con motivo de los 100 años del Partido Comunista chino, en Beijing. (Zhao/AFP/Dachary)
Cambio de época
«Una gran parte del empresariado, los sindicatos y el pueblo estadounidense se mantiene gracias al intercambio comercial con China, pero industrialmente los ha sobrepasado. Y en tecnología de punta también», sostiene Mariano Ciafardini, doctor en Ciencia Política y analista en el Instituto Argentino de Estudios Geopolíticos (IADEG).
«Estamos ante un cambio de época –aventura Ciafardini–. Lo que está en decadencia no es EE.UU. como nación sino el capitalismo como sistema y EE.UU. está pagando los costos de ser el país que sostiene el sistema». Para el autor de Globalización. Tercera (y ultima) etapa del capitalismo, frente a esa decadencia está surgiendo una versión del socialismo «que no es el exactamente como soñábamos en los 60 o 70, sino un socialismo que viene de la mano de un fenomenal desarrollo de las fuerzas productivas y aprovecha instrumentos del capitalismo para desarrollarse».
Ciafardini. «Lo que está en decadencia no es EE.UU. como nación sino el capitalismo.»
Girado. «El camino de China no es plantearse como potencia.»
Romano. Analiza la influencia de la guerra económica iniciada por Trump.
NG. Disímiles miradas sobre derechos humanos, en Oriente y Occidente.
«China sigue los mecanismos de cooperación que nominalmente se plantean en las instancias multilaterales desde la Segundan Guerra hasta acá –añade Girado–. Pero el mundo post Breton Woods es el que está siendo cuestionado por China. Y eso la convierte en vocero de países en desarrollo porque ahí es donde tiene mayor cantidad de adhesiones: proponen cooperación y hasta plantean transferencia tecnológica, cosa que en Occidente no se consigue. Un préstamo de China no tiene las mismas condicionalidades que uno del FMI o el Banco Mundial», concluye el autor de ¿Cómo lo hicieron los chinos?. Hay pocas dudas de que la cuestión que más puede preocupar a los ciudadanos de a pie de todo el planeta es si la sangre puede llegar al río entre EE.UU. y China. Por más que haya una gran diferencia de armamento de alta letalidad, como artefactos nucleares, en favor del mundo occidental, la nación asiática tiene hoy día los recursos humanos y materiales como para ponerse al día si lo necesitara. China ya no se queda callada. Lo demostró en el encuentro de cancilleres que se desarrolló en Alaska a mediados de marzo, ante las frases altisonantes de los representantes estadounidenses. «Estados Unidos debe entender y ver el desarrollo de China objetiva y racionalmente. (…) debe trabajar con China en un nuevo camino de coexistencia pacífica y cooperación de ganar-ganar, (…) debe respetar y tolerar el camino y sistema que China ha elegido de manera independiente, (…) debe practicar el multilateralismo en un sentido real». El quinto ítem dice que «Estados Unidos no debe interferir en los asuntos internos de China», recomendó el canciller Wanh Yi. Al celebrar el centenario del PCCh, Xi Jinping fue más crudo: «El tiempo en que el pueblo chino podía ser pisoteado, en que sufría y era sometido, ha terminado para siempre (…) El gran renacimiento de la nación china ha entrado en un proceso histórico irreversible». Desde el otro lado del océano, la postura de Joe Biden sobre su competidor más inmediato y perseverante mantiene la estrategia pergeñada en tiempos de Trump, aunque con modos menos estentóreos. «China no se convertirá en el país líder del mundo, el país más rico del mundo y el país más poderoso del mundo… ante mi mirada».
Joe Biden busca el renacimiento económico de Estados Unidos con un ambicioso plan de ocho años de alcance con inversiones en infraestructuras y la creación de millones de empleos en blanco a un costo de 2,5 billones de dólares que espera el visto bueno bipartidista para convertirse en una política de Estado. El único problema es que para financiar ese monumental proyecto no piensa contraer deuda ni imprimir billetes sino aumentar el impuesto a las sociedades, lo que ya genera fuertes controversias porque va en contra de lo que hace décadas es la Biblia neoliberal: para que haya derrame, los que más tienen deben pagar menos impuestos. A su favor tiene amplia documentación que prueba más bien lo contrario.
El miércoles el mandatario estadounidense brindó un discurso para anunciar el plan Build Back Better (Reconstruir mejor), cuya primera parte consiste en inversiones en carreteras y puentes, vías férreas, servicios de agua, banda ancha en todo el territorio e incentivos para nuevas tecnologías respetuosas del medio ambiente.
Habló desde Pittsburgh, antiguamente la “Ciudad del Acero” porque era la cuna de la industria siderúrgica estadounidense. Es uno de los distritos tradicionalmente demócratas que cambiaron de bando por las promesas de Donald Trump. Gran parte de aquellas industrias afincadas en esa zona, el “cinturón de óxido” –desde Milwaukee y Chicago a Detroit y Cincinatti–, sufrió la deslocalización de empresas hacia China. La propuesta es que vuelvan, para lo cual la reconstrucción pasaría por ponerles una alfombra roja. El caso es si lograrán que las paguen los empresarios.
Es que mientras los sectores conservadores –entre los que están los republicanos y no pocos demócratas– amenazan con rechazar la propuesta, y desde la izquierda le encuentran sabor a poco. La representante neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez consideró que para recuperar puestos de trabajo y promover el crecimiento económico esa montaña de dinero es poca. El activista ambiental Ralph Nader, excandidato verde a la presidencia, recordó que Trump bajó los impuestos a las sociedades del 35% al 21% y que Biden apenas intenta elevarlos al 28%. “Los demócratas vuelven pequeños”, ironizó en un tuit. Y además dividió el monto total por los años previstos para el plan y halló que “son menos de 300 mil millones de dólares anuales para una economía de 21 billones en total”.
Más allá de estas críticas, la sola idea de aumentar impuestos resulta, para los tiempos que corren en el mundo occidental, toda una osadía. Y los republicanos están copados por el grupo Tea Party, que alude a la rebelión contra el impuesto al té que dio origen a la independencia de EE UU.
Sin embargo, estratégicamente es quizás la única posibilidad de volver a plantarse de manera pacífica en el escenario mundial. “Es un plan grande, audaz y podemos hacerlo”, alentó Biden. “Creará la economía más resistente, fuerte e innovadora del mundo para ganar la competencia con China”, agregó.
“No se trata de penalizar a nadie, no tengo nada contra los multimillonarios, creo en el capitalismo estadounidense –aclaró–, pero nuestra infraestructura se está desmoronando, estamos en el puesto 13 en el mundo”.
Este es el gran problema de la competitividad de EE UU con relación a China. El país asiático, por aquellas leyes económicas del ruso Nikolai Kondriatev hace un siglo, como potencia naciente llega al desarrollo de un modo casi virginal: está en condiciones de acceder a lo más nuevo y eficiente. La base económica estadounidense quedó antigua y el gobierno de Biden espera resucitarla. Trump también sabía que ahí estaba la clave para recuperar el liderazgo mundial, pero lo enfocó desde la perspectiva empresarial solamente.
Por eso bajó tasas y amenazó con beneficios para las firmas que volvieran a producir localmente, pero se quedó a esperar que las empresas aceptaran esas reglas. En cierto modo, los demócratas apuestan a un ida y vuelta. Habrá una tímida suba fiscal, proseguirá el “compre EE UU” que había comenzado a desplegar Trump, pero promete volcar dinero contante y sonante a través de obra pública. La vocera de la Casa Blanca, Janet Yellen, detalló incluso que la propuesta beneficiará a “las empresas que inviertan en los trabajadores estadounidenses” y que en última instancia, “pondrá fin a la carrera mundial por impuestos más bajos y hará que las corporaciones dejen de llevar sus ganancias a paraísos fiscales en el extranjero”.
Es decir, un plan que tranquilamente podría verse como peronista, aunque sigue postulados de Franklin Delano Roosevelt de los años ’30. Dato a mencionar; en 1940 ese impuesto era del 24% y en 1968 fue elevado por Lyndon Johnson al 52,8% para gastos de la Guerra de Vietnam, para quedar en torno al 35% hasta 2017. «
Ambicioso pero con muchos obstáculos
El plan del presidente Joe Biden recibió críticas aun antes de darse a conocer. Para analistas del mundo financiero estadounidense, la propuesta tendrá que atravesar una gran cantidad de escollos y quizás en el tortuoso camino –no menos de nueve meses, un verdadero parto– deba sacrificar algunas de sus mejores intenciones.
Por lo pronto, la iniciativa propone las siguientes inversiones, entre las más sobresalientes.
Ciento ochenta mil millones de dólares a investigación y desarrollo no relacionado con la industria de la defensa.
Ciento quince mil millones de dólares para carreteras y puentes.
Ochenta y cinco mil millones de dólares para transporte público.
Ochenta mil millones de dólares para el ferrocarril de carga y Amtrak, de pasajeros.
Ciento setenta y cuatro mil millones de dólares para fomentar el desarrollo de autos eléctricos y fabricación de baterías.
Cien mil millones de dólares para banda ancha.
Cien mil millones de dólares para modernización de la red eléctrica y el cambio de cañerías de agua de plomo en algunos distritos.
Cincuenta mil millones de dólares para ayudar a trabajadores de la industria de combustibles fósiles que deban reconvertirse.
Diez mil millones de dólares para la creación de un “Cuerpo Civil del Clima”, destinado a vigilar el cumplimiento de normativas medioambientales.
Como ocurrió a fines de 2013, cuando policías de 20 provincias se levantaron contra las autoridades por reclamos salariales, el conflicto con la Policía Bonaerense potenció los debates por la sindicalización de los agentes de las fuerza de seguridad. En un artículo publicado en octubre pasado, Sabina Frederic recordaba que Canadá, Estados Unidos, Gran Bretaña y los países de la Unión Europea cuentan con sindicatos policiales. “También Uruguay, el único en América Latina, pues Brasil solo lo reconoce a la Policía Federal. Ninguno cuenta con derecho a huelga”, resumía la actual Ministra de Seguridad de la Nación, para luego indicar que aquellas discusiones de hace casi 7 años se estrellaron contra un fallo de la Corte Suprema que denegó el derecho de agremiación de los uniformados.
La cuestión, en el mundo, sigue candente, sin embargo, al punto que diversos estudios académicos e incluso la experiencia de estos últimos meses en Estados Unidos señalan que los sindicatos policiales suelen servir más que para garantizar las negociaciones por salarios y condiciones laborales, para cubrir a agentes acusados de graves violaciones de los derechos humanos. Lo que en Argentina podría ser catalogado como “gatillo fácil”, y que en América del Norte es más bien “gatillo racial”, con las consecuencias que se vieron desde el bárbaro asesinato de George Floyd en Minnesota el 25 de mayo pasado.
Esta defensa fue particularmente fuerte cuando desde legislaturas locales se intentó algún tipo de reformas policiales para evitar nuevas matanzas.
En un hilo de tuits muy oportunos, la periodista María Clara Albisu destaca un par de estudios de la Universidad de Oxford y de la de Chicago.
Un trabajo publicado por el Newyorker revela que según una investigación de Oxford de 2018, en las 100 ciudades más grandes de EEUU los gremios habían utilizado su poder de fuego -nunca mejor utilizada la metáfora- para impedir cambios en los contratos policiales con el objetivo de amparar a colegas acusados de violencia o abusos contra los ciudadanos.
Reconocer un sindicato implica admitir que el policía pasa a ser un trabajador. La Corte argentina no aceptó esa calificación –los considera funcionarios públicos- y por eso negó el reconocimiento a asociaciones gremiales. Dicho esto, si la tarea policial es un trabajo, debe haber contratos laborales que reglamenten ese ejercicio.
Un trabajo de 2017 de Reade Levinson determinó que esos contratos son aplicados para proteger a los agentes de anomalías y actos de indisciplina. Hay casos hasta de que las autoridades políticas pueden negociar salarios a cambio de borrar malos antecedentes de los registros policiales que impedirían ascensos o directamente deberían significar la expulsión del implicado.
El caso más sugestivo sucedió en 2014 en San Antonio, Texas, cuando la alcaldesa Sheryl Sculley intentó quitar la cláusula de eliminación de quejas de mala conducta de los registros y aumentar la participación ciudadana en el proceso de calificación de los agentes.
La respuesta de la Asociación de Oficiales de Policía de ese distrito costó dinero pero lograron el objetivo de voltear la medida. Con una campaña publicitaria de un millón de dólares a página entera en los periódicos locales instalaron que las tasas de criminalidad habían aumentado porque la alcaldesa rechazó cubrir las vacantes policiales.
Hace unos días, hubo un cruce entre el líder del gremio policial de Nueva York y el alcalde Bill Di Blasio. El mandatario demócrata había cuestionado al presidente Donald Trump por amenazar con recortes presupuestarios para ciudades donde “reine la anarquía”. Esto es, donde no haya policías reprimiendo manifestaciones contra la violencia policial.
“¿Qué necesitábamos escuchar esta semana? Planes para luchar contra COVID-19 y hacer que los estadounidenses vuelvan a trabajar. ¿Qué escuchamos? Mentiras sobre la ciudad más grande del mundo y uno de los lugares más diversos de la Tierra. Porque @realDonaldTrump tiene miedo a la diversidad. Tiene miedo de la verdadera grandeza”, escribió Di Blasio en su cuenta de Twitter.
La brutal respuesta -destituyente en términos nacionales- vino de parte de la Asociación Mutual de Suboficiales Nueva York (SBA por sus siglas en inglés), una gremial creada en 1889.
“Necesitamos escuchar su RENUNCIA como alcalde de Nueva York. Estamos esperando. Solo quedan unas pocas horas para la puesta del sol. Dale un regalo a 8 millones de personas y renuncia. Arruinó la ciudad de Nueva York, salva la ciudad y dimita”, gritaron. Algo así como el “renuncie montonero Di Blasio” de Capusotto.
El sindicato más importante de Estados Unidos es la Orden Fraternal de la Policía (FOP, según sus siglas en ingles) En cifras es el gremio policial más grande del mundo, con más de 355.000 afiliados en más de 2100 regionales. “Somos la voz de quienes dedican sus vidas a proteger y servir a nuestras comunidades -dicen en su sitio web– Estamos comprometidos a mejorar las condiciones de trabajo de los agentes del orden y la seguridad de aquellos a quienes servimos a través de la educación, la legislación, la información, la participación comunitaria y la representación de los empleados”. Hace unos días el sindicato apoyó explícitamente a Donald Trump para la reelección, informó a portavoz, Jessica Cahill.
Quien piense que esos enfrentamientos con el poder político son privativos de Estados Unidos, se equivoca. Este miércoles en España el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, recibió un revés cuando la Justicia rechazó un castigo contra 9 agentes policiales que fueron a protestar, de civil, frente a la casa que ocupan el líder de Podemos y su esposa Irene Montero en Galapagar, en las afueras de Madrid. El sindicato Jupol, uno de los más activos entre el puñado de asociaciones gremiales españolas de fuerzas de seguridad, celebró la decisión judicial, en momentos en que allá también reclaman recomposición salarial.
Jupol también presentó una querella contra funcionarios de Madrid y del Estado español por “atentar contra los derechos de los trabajadores y de prevaricación, por no haber proporcionado material de protección adecuado frente al Covid-19 y haber permitido concentraciones como las del 8-M que pusieron en riesgo a los policías que debieron controlarlas”.
El Sindicato Unificado de Policía (SUP), a su turno, fue la fuente de información para un artículo del diario El Mundo en el que se aseguraba que el delito en Casa de Campo, un parque de la capital española, había crecido un 611% entre junio de 2019 y junio de 2020. El SUP atribuyó el crecimiento a la llegada a esa zona de los MENA. Así se llama en España a Menores Extranjeros No Acompañados. Niños y adolescentes de menos de 18 años sin la atención o cuidado de ningún adulto.
Cuando las grandes ligas de los deportes más difundidos de Estados Unidos pensaban que la maquinaria comenzaría a generar dinero nuevamente tras al parate por la pandemia (ver La huelga de deportistas en EE UU…), el racismo y la violencia policial volvieron a mostrar su peor rostro. Las imágenes de la celebración del 57 aniversario del famoso discurso de Martin Luther King en Washington y las del adolescente de 17 años que mató a dos manifestantes con un fusil de combate AR-15 probaron que lejos de haberse cumplido el sueño del pastor protestante asesinado en 1968, la xenofobia es una característica esencial de esa nación.
Poca credibilidad despertó el show montado por el Partido Republicano para la nominación al actual presidente para la reelección de noviembre en la que el mandatario se calificó, sin rubores, como el que más hizo por la comunidad afrodescendiente desde Abraham Lincoln, “el primer presidente republicano en la historia de nuestro país”. Quizás el único dato cierto de toda su alocución.
Podría decirse que el senador Tim Scott, de Carolina del Sur, hizo de partenaire de un acto en que Trump se mostró como no racista porque tiene un amigo negro. Esa comunidad, a la que espera seducir con gestos como ese, normalmente es clave para el triunfo de los demócratas. En esa misma estrategia, Trump indultó a Jon Ponder, un ex presidiario también negro que al recuperar la libertad creo una ONG para ayudar a la reinserción social de los ex detenidos.
La misma estrategia usó al conceder la nacionalidad estadounidense a personas de diversos orígenes que, dijo, “cumplieron las reglas” de ingreso legal a EEUU. La otra homenajeada fue Nikky Haley, ex gobernadora de Carolina del Sur, exembajadora ante la ONU y fundamentalmente, hija de inmigrantes de la India.
En las calles de todo el país, mientras tanto, el ánimo de protesta se cruzaba con al temor por el crecimiento de los grupos supremacistas violentos que, arma en mano, se toman la atribución de combatir las manifestaciones y hacer el trabajo sucio que la policía le resulta cada día más difícil.
La balacera en Kenosha, Wisconsin, que dejó a Jacob Blake quizás cuadripléjico, es el reflejo de esta realidad. En otras circunstancias, al igual de lo que ocurrió con George Floyd en mayo pasado, hechos de brutalidad policial terminaban como declaraciones cruzadas entre la versión oficial y la de las víctimas o testigos ocasionales. Pero el grito desesperado de Floyd diciendo que no podía respirar y la imagen de un policía disparando siete veces contra un hombre que estaba ingresando en su vehículo, despertaron el horror en grandes sectores de la sociedad.
Las manifestaciones que se vienen desarrollando desde el asesinato de Floyd en Minneapolis fueron al mismo tiempo revelando la participación de civiles armados en actitud amenazante contra los que reclaman bajo la consigna La vida de los negros importa (Black Lives Matter). Estos grupos, que reciben la denominación de Vigilantes Blancos (White Vigilantes, sic), son milicias que salen a patrullar en las marchas antirracistas. No se pudo determinar aún qué relación con esos grupos tiene Kyle Rittenhouse, el jovencito de 17 años oriundo de Antioch, en Illinois, que el miércoles mató a dos manifestantes e hirió a otra en una marcha en Kenosha, a 25 kilómetros de su vivienda. Pero las consignas que defendía en su página de Facebook son las mismas: Blue Lives Matter (la vida de los azules -por la policía- importa).
(Foto: AFP)
Lo interesante es que las cámaras de todos los sitios que recorrió muestran cada uno de sus movimientos antes y después de los hechos. Comenzó limpiando pintadas en las paredes de una marcha anterior y entrevistado por el Daily Caller, un portal ultraconservador que apoya y recauda fondos para la campaña de Trump, declaró que “parte de mi trabajo es ayudar a la gente. Si hay alguien herido, corro hacia el peligro, por esos tengo mi rifle, porque así puedo protegerme. Pero también tengo mi botiquín médico”.
Los videos muestran cuando dispara sobre Joseph Rosenbaum, luego contra Anthony Huber, quien había intentado reducirlo golpeándolo con su patineta. Ambos murieron. Tras herir a otro manifestante se fue tranquilamente sin que la policía hiciera nada para detenerlo. Cuando se difundieron estas escenas, recién ahí, ordenaron su captura. Pero ya había cruzado de estado.
Si algo revela la profundidad de la crisis que atraviesa EEUU, son los comentarios sobre la actitud de Rittenhouse. Hubo mucho apoyo explícito a su fervor patriótico e incluso desde las redes se desempolvaron supuestos prontuarios de las víctimas de su ataque.
Las dos caras de esa moneda está representada por los presentadores de televisión, Ticker Carlson de Fox News y Trevor Noah en el canal Comedy Central. Dijo Carlson, «¿Cuán sorprendidos estamos de que jóvenes de 17 años con rifles decidieran que tenían que mantener el orden cuando nadie más lo haría?»
“Cuando una persona va a una ciudad con armas espera disparar contra alguien. Esa es la única razón por la que la gente como él se une a estas pandillas (…) Esta no es la batalla de Yorktown, es un grupo de tipos que amenazan a la gente con armas», replicó Noah.
497 ACCIONES VIOLENTAS
realizadas por grupos de milicias armadas contra manifestaciones antirracistas este año, según el especialista Alexander Reid Ross.
SUEÑO
El viernes se cumplió el 57 aniversario del célebre discurso «Yo tengo un sueño», de Martin Luther King, en favor de los derechos de los negros. “No son manifestantes, son anarquistas, son agitadores, son alborotadores, son saqueadores», chicaneó Donald Trump.
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