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El efecto Trump

La victoria del millonario Donald Trump en las elecciones presidenciales sorprendió a los medios, los encuestadores y la dirigencia internacional. Todos habían apostado por la continuidad de los demócratas en la Casa Blanca y nunca imaginaron al controvertido magnate inmobiliario como presidente. Es cierto que Hillary Clinton obtuvo mayor cantidad de votos populares –superó al republicano por unos dos millones de sufragios– pero el sistema de elección indirecta favoreció al mediático personaje, que logró 290 electores contra 232. Números holgados que produjeron un escozor que recorre el mundo desde ese 8 de noviembre. ¿Es realmente el fin de la globalización, al menos tal como se desarrolló en esta etapa de la historia? ¿Será el comienzo de una nueva era de confrontaciones nacionalistas? ¿Es el regreso de lo que nunca se terminó de ir: la xenofobia, el racismo y el sexismo? ¿Es el fin del sueño del libre comercio?

Poco a poco Trump va despejando algunas de esas incógnitas. Asumirá el 20 de enero y la intranquilidad que despertó su nominación genera presiones dentro y fuera de su país. Por lo pronto, dio fuertes señales de que a algunas de sus promesas de campaña las piensa sostener tras la asunción. Así es que se rodea del ala de los republicanos que se consideran «halcones», si es que existen «palomas» en ese viejo partido cooptado por el Tea Party.

Las designaciones de Steve Bannon, un supremacista blanco, como estratega jefe del presidente generó rechazos, pero otros futuros miembros de su gabinete están tan corridos a la derecha como él. Jeff Sessions, declarado antiinmigrante, será fiscal general; el general retirado Michael Flynn, conocido por su oposición a la firma de los acuerdos nucleares con Irán, será asesor principal de Seguridad Nacional. El congresista Mike Pompeo será jefe de la CIA, mientras James Mattis, conocido enemigo de Irán que encabezó las invasiones de Afganistán e Irak, sonaba para la cartera de Defensa.

Castillo de naipes

La preocupación en el establishment internacional ante el posible triunfo de Trump era la misma que mantenía el partido Demócrata, que veía caerse como castillo de naipes una construcción que ya lleva más de dos décadas y que Obama había hilvanado pacientemente durante sus ocho años en el poder. Trump ganó la interna republicana y luego la presidencia con un discurso encarnizadamente opositor a los tratados de libre comercio y reclamando un nuevo rol para Estados Unidos en el mundo, no solamente el de gendarme de Occidente. Por un lado, es cierto que Flynn es antimusulmán, pero también es «amigo de Rusia» y promueve un acercamiento al gobierno de Vladimir Putin, algo diametralmente opuesto a la estrategia desplegada por los demócratas y por la Unión Europea en los últimos años.

Esto preocupa a los aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que captaron el mensaje de que van a tener que hacer mayores aportes para la seguridad continental. El gasto militar mundial es una de las razones, sostiene el presidente electo, para la caída en el poderío estadounidense. Y él vino para «hacer grande otra vez» a Estados Unidos, según su lema de campaña.

Por eso, el secretario general de la OTAN, el noruego Jens Stolterberg, dijo desde Estambul en un encuentro del organismo –del que forma parte Turquía– que confía en que EE.UU. mantendrá sus compromisos con los europeos, pero que los miembros de la Alianza también deben cumplir su promesa de gastar al menos el 2% de su Producto Interno Bruto (Pib) en Defensa.

No son los únicos que tiemblan ante la posibilidad de que realmente Trump cumpla sus promesas. Durante la gestión de Obama se fueron gestando acuerdos internacionales como el Transatlántico y el Transpacífico que tienen como modelo el que Bill Clinton promovió con el Consenso de Washington en los 90.

En la última gira antes de entregar el bastón de mando, Obama manifestó este temor. En Grecia sugirió a los jefes de Estado europeos mantener la calma pero también exigir el cumplimiento de los acuerdos. Lo mismo hizo en la capital peruana, donde dirigentes de 21 países de la cuenca Asia-Pacífico se reunieron para fijar posición ante el cambio de guardia en la Casa Blanca. Pidieron, junto con Obama, respetar el libre comercio y los documentos firmados. Su futuro personal y el de las elites globalizadas dependen de ello.

Cuellos azules

El libre comercio fue bandera de lucha del neoliberalismo desde la caída del muro de Berlín, y a partir del 8N parece a punto de estrellarse contra un muro similar, ahora entre México y Estados Unidos. Trump supo interpretar la angustia de millones de asalariados blancos empobrecidos del cordón industrial del centro del país –Michigan, Illinois, Ohio, Pensilvania–que, tras el acuerdo con Canadá y México (el Nafta), vieron perder sus ingresos primero y luego su trabajo.

El único que parecía tomar en cuenta esta situación fue el senador por Vermont Bernie Sanders, que apostó a disputar la interna demócrata por izquierda con un mensaje que representaba a los trabajadores de cuello azul (por el overol). Pero aunque dio lucha, no pudo contra el aparato partidario, que domina el matrimonio Clinton. Trump derrotó a las estructuras partidarias republicanas a fuerza de correr el arco hacia posiciones temerarias en cuanto a lo racial pero efectivas a la hora de reflejar a esos amplios sectores que nada esperan ya de los mercados abiertos.

En julio, el cineasta Michael Moore –apoyaba a Sanders– había escandalizado con su lúcida percepción de que Trump podría alzarse con el triunfo. Dijo entonces que el empresario concentraría sus esfuerzos en cuatro estados: Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin, que forman el antiguo cinturón industrial de Estados Unidos tradicionalmente demócrata, y que trataría por todos los medios de no perder los enclaves típicos de los republicanos.

Son distritos que desde 2010 tienen gobernadores republicanos y que desde ese momento reformularon los límites de los distritos electorales para beneficiar a los votos del partido. Una mirada desprejuiciada habría previsto, como Moore, que allí los republicanos juntarían 64 electores clave para retomar el poder, fuera quien fuera el candidato.

Revista Acción
Diciembre 1 de 2016

 

 

Trump al gobierno ¿los paleocons al poder?

 

Como los medios hegemónicos y la dirigencia política jamás pensaron que Donald Trump podría llegar a la presidencia de EE UU, recién ahora se desayunan con algunos de los soportes ideológicos del polémico magnate inmobiliario. Sin embargo, más que fijarse en el componente racista, xenófobo y sexista del hombre que ocupará el Salón Oval durante al menos los próximos cuatro años –de no mediar una «catástrofe»– deberían haber reparado en un movimiento que lenta pero persistentemente fue creciendo al amparo de las redes sociales y de medios con mucho capital intelectual y monetario detrás, que fueron diseminando las ideas «paleoconservadoras» que ahora florecen y amenazan el sistema cultural de la primera potencia del mundo.

Uno de los personajes más influyentes es sin dudas Richard Spencer, creador del término altright, (derecha alternativa) y que escandalizó con el grito Heil Trump en la celebración del triunfo del millonario. Otro es Steve Bannon, al que el propio Trump designó como jefe de asesores de la Casa Blanca. Aquí nace entonces una cuestión de fondo: es cierto, tanto ellos como cientos de miles de estadounidenses son decididamente supremacistas blancos y coquetean con ciertos componentes culturales del nazismo –Spencer se «disculpó» del exabrupto diciendo que había sido una ironía maliciosamente tomada por los medios– pero, ¿qué características tiene esa derecha que alguna vez pudo desbarrancar en un atentado como el que en 1995 dejó 168 muertos en Oklahoma City?

Hay una larga tradición en EE UU de un conservadurismo individualista, sobre todo en el sur esclavista, que nunca dejó de añorar aquellos «viejos buenos tiempos» en que los negros solo tenían la obligación de trabajar en los campos de algodón y no podían aspirar a la presidencia del país.

Spencer, a los 38 años, dirige el National Policy Institute, un think tank de la derecha supremacista pero no neoliberal ni globalizadora (npiamerica.org) tras una veloz carrera académica y difusora en medios de la derecha estadounidense. El NPI se define a sí mismo como «una organización independiente dedicada a mantener la herencia, la identidad y el futuro del pueblo de ascendencia europea en Estados Unidos y alrededor del mundo». Creado por dos teóricos de esa línea como William Regnery y Samuel Todd Francis, el sitio muestra una profusa producción teórica y mantiene un portal de noticias como Radix Journal, que sirvió de apoyo a la campaña de Trump, aunque no de manera oficial.

«Hay un vínculo emocional entre el movimiento Trump y el altright, incuestionablemente. Pero, ¿hay un vínculo directo? –se preguntó Spencer en una entrevista–. ¿Estoy visitando a Donald Trump? No». De hecho, cuando trascendió lo del saludo nazi, Trump se apuró a declarar al New York Times que desautorizaba y condenaba a ese movimiento.

Samuel Todd Francis, quien murió en 2005 a los 58 años, fue uno de los fundadores del NPI y uno de los más influyentes de sus mentores. Es un conocido «paleoconservador», una forma de expresar a esos conservadores bien rancios que no solo buscan mantener los privilegios sino las tradiciones más arcaicas de la cultura occidental y cristiana.

Por eso definió a EE UU como un «país cristiano» y consideró a la inmigración no europea como una catástrofe para la pureza de la nación. Al mismo tiempo, atacó en su momento la invasión a Irak por considerar que fue una actitud ilegítima de un poder totalitario.

Estos paleocons no tienen los mismos objetivos que los neocons que pululan en el Partido Republicano desde Ronald Reagan y entre los demócratas desde Bill Clinton para llevar al mundo hacia una globalización que no benefició sino al poder financiero y las multinacionales. Y que perjudicó a millones de estadounidenses, de paso.

Lo interesante es, más allá de un primer juicio banal de que son supremacistas, xenófobos, islamofóbicos y sexistas, qué mundo imaginan y cómo piensan llegar a cumplir con ese «nuevo sueño americano».

Spencer escribió en reiteradas ocasiones que su meta en la vida es «crear consciencia entre europeos-estadounidenses» para fundar un «etno-estado» que albergue a toda «nuestra familia extendida y para toda nuestra civilización». Se declara no violento y jura que quiere lograr sus objetivos sin derramamiento de sangre, pero no alcanza a explicar de qué modo «convencerá» a hispanos y afrodescendientes de dejar el país en manos de los blancos europeos. Incluso plantea sancionar a empresas que abaraten costos salariales contratando personal de «etnias inferiores».

Al nombrar a Steve Bannon, Trump dio señales inequívocas de que esa línea no le cae del todo mal. Bannon dirigió durante años Breitbart News, otro portal de la altright afín a Spencer. Ante el NYT el futuro mandatario defendió la designación de Bannon. “Tratamos de traer la mejor gente, no necesariamente gente que sea políticamente correcta, porque eso no funciona”. Queda por ver qué implica esa incorreción política en términos de Derechos Humanos.

Oklahoma City, 1995, 168 muertos

Un estudio de la Universidad George Washington revela que el número de supremacistas blancos y autodefinidos como neonazis en la red Twitter se multiplicó por seis en los últimos cuatro años. Esta cifra supera ampliamente a los autodenominados sitios islámicos, destaca el informe. Los investigadores señalan que los seguidores de estas páginas ultranacionalistas pasaron de 3500 en 2012 a 22 mil en 2016.

Pero más allá de la novedad de que tengan a alguien cercano en la Casa Blanca, esos sectores tienen un peso importante en la cultura de ese país desde tiempos remotos. Y quizás no habría que ir tan lejos para encontrar algún antecedente.

El 19 de abril de 1995 una explosión derrumbó el edificio Alfred Murrah de la ciudad de Oklahoma, segando la vida de 168 personas.

Era el segundo año de mandato de Bill Clinton y el demócrata estaba en su mejor momento. ¿Quién podría haber causado la masacre, algún grupo terrorista? La respuesta no tardó en llegar: dos estadounidenses, Timothy McVeigh y Terry Nichols, habían sido prontamente identificados por el FBI como los autores materiales de la explosión. Cuando McVeigh fue detenido tenía una remera que decía «Sic sempertyrannis» («Así a todo tirano»), la frase que usó John Wilkes Boothal disparar contra Abraham Lincoln. El joven había querido atacar la sede de un edificio federal para manifestar su rechazo a un gobierno que consideraba despótico. Pero no era un anarquista, era un derechista individualista extremo. Fue ejecutado en 2001.

Tiempo Argentino
Noviembre 27 de 2016

Howard Waitzkin: «No sé que pasará con Trump, pero garantizo que habrá lucha»

Howard Waitzkin: «No sé que pasará con Trump, pero garantizo que habrá lucha»

Howard Waitzkin nació en un pueblo de Ohio en un hogar empobrecido por la gran crisis del ’30, y por razones que todavía hoy no puede entender, pudo recibirse de médico y mantener su compromiso con la comunidad y con un concepto de la medicina cada vez más enfrentado en uno de los mayores negocios en esta etapa de la globalización.

También es un referente de la izquierda en su país, donde cultivó la amistad de Bernie Sanders, el precandidato del partido demócrata que, asegura, podría haberle ganado la presidencia a Donald Trump.

Tiene razones para criticar la gestión de Barack Obama y el que aparece como tal vez su único legado, el Obamacare, al que compara con el Plan Nacional de Salud que presentó el gobierno de Mauricio Macri. «Son propuestas elaboradas por el Banco Mundial para beneficiar al sistema privado de salud», asegura.

–Si es que Sanders le hubiera podido ganar a Trump, ¿por qué no ganó la primaria demócrata?

–Porque le robaron la elección. Porque hubo represión a los votantes, especialmente en California, donde a los sectores marginales no los dejaron votar, los sacaron de la lista, cerraron puestos de votación y se armaron enormes filas de gente para votar. Además, porque se vota en un día de semana, cuando los trabajadores no pueden asistir.

–¿Por eso se negaron a votar luego por Hillary Clinton?

–Ella es la representante de la clase capitalista. Más que Trump, verdaderamente. El grupo Bill Clinton-Obama está en la línea de políticos que básicamente son de la clase capitalista que usan el simbolismo de líderes progresistas, ¿quieres datos?

–A ver.

–La propuesta de Hillary Clinton para la reforma de salud es la que Bill Clinton presentó en 1993, es la misma estructura de la reforma colombiana de 1994, que es la propuesta del Banco Mundial. Fue elaborada entonces por la vicepresidenta de una empresa de salud que después Bill nominó para ser procuradora de Justicia, Zoe Baird, que era vicepresidenta de Aetna, una de las mayores empresas privadas de seguros de salud de EE UU (N de R, Baird no pudo asumir el cargo porque se reveló que había contratado para trabajos particulares a inmigrantes ilegales durante años). Hillary recibió más dinero de las empresas privadas de seguro de salud que su oponente republicano para la campaña.Una directiva de otra empresa escribió los detalles de la propuesta del Obamacare, y Obama recibió en 2008 tres veces más dinero de empresas de seguro de salud que John McCain. Ese plan es básicamente el del BM en relación al uso de los fondos fiduciarios de seguridad social y en él se basa el sistema que propone Macri.

–No queda claro entonces por qué los republicanos se opusieron.

–Por el manejo de símbolos. Fue una operación brillante manipular los símbolos para decir que Obamacare es creación de la izquierda, cuando lo es de la derecha. Trump tiene más o menos la intención de destruir el Obamacare a pesar de haber sido un negocio brillante. Nunca en la historia del seguro privado las empresas de salud habían ganado tanto dinero como con el Obamacare.

–Se lo presentó como revolucionario y la impresión es que los republicanos obligaron a hacerle muchas modificaciones.

–Realmente no. El único debate fue sobre el aspecto del plan público, en competencia con el sector privado. Es que el sector público queda cada vez más debilitado porque le sacan dinero. Pacientes con dolencias complejas como cáncer, enfermedades prevalentes graves o accidentes van al hospital público, el resto queda en el sector privado. Es lo que pide el BM, crear una competencia que en realidad termina en un apoyo del sector público al privado, porque cada paciente costoso no va a los privados. Hablaron de un mayor acceso a la salud, pero en EE UU quedan 30 millones sin seguro de ningún tipo. Y el plan más barato tiene copagos deducibles de 10 mil dólares al año que debe pagar antes de recibir cualquier beneficio. Eso es el Obamacare.

–¿Por qué cree que ganó Trump?

–El triunfo de Trump fue esperado, aunque Hillary tiene más votos populares, llegará a superar los dos millones. A Trump lo votó la mitad de la mitad de los votantes y menos por la participación de otros partidos. El 50% de los votantes lo hicieron por enajenación, por pérdida de confianza en el proceso electoral y por la represión de votantes, como en la primaria. Pero el Partido Verde recibió 2% de sufragios y el Libertario 5 a 7 por ciento. Además, el voto para Trump es una minoría que no incluye inmigrantes legales e ilegales y la gente que no se registra, que son millones.

–La pregunta en todo caso sería cómo pudo ser nominado por los republicanos.

–Trump es un fenómeno particular. Él representa el enojo y la enajenación de la clase obrera blanca en los estados del centro del país como Ohio, Indiana, Michigan, Illinois, Wisconsin, donde los trabajadores perdieron sus empleos por los tratados de libre comercio. Las fábricas se van para México y luego a China, Cambodia, Vietnam, India. Eso lo mostró muy bien el artículo de Michael Moore publicado hace cinco meses, donde predecía que Trump iba a ganar. Trump combina populismo, racismo y fascismo, y la parte verdadera de relacionarse con trabajadores que han perdido mucho a través de esos acuerdos elaborados con la participación activa del Partido Demócrata. Hay un aspecto verdadero en él, porque tiene relación con ciertos organismos de la clase trabajadora, apareció en fábricas de Michigan y dijo que si una empresa usa el TPP y el Nafta para reimportar algún producto va a poner impuesto de 45 por ciento. Y tiene razón.

Obama llegó como esperanza hace ocho años, ¿traicionó a sus votantes?

–Hubo una esperanza sin escuchar sus palabras como candidato. Fue la primera vez en mi vida que voté a un demócrata por la presión de mi hija, la que ahora está con Sanders. Él dijo voy a mantener los acuerdos de libre comercio, voy a bajar el esfuerzo de la guerra en Irak, dijo que iba a cerrar la cárcel de Guantánamo. Pero él fue el candidato de Wall Street, recibió tanto dinero de su campaña que pudo rehusar el financiamiento público que le correspondía. Y fue financiamiento de aseguradoras de salud, de bancos, de Wall Street y de millones de contribuciones pequeñas con esperanzas de cambio. Siguió con las mismas políticas que Bush, tal vez cambió algo con Cuba, aunque por la posibilidad de aumentar las ventas.

–Qué puede pasar con los votantes de Sanders, ¿hay posibilidad para la izquierda en EE UU?

-Hay una enorme posibilidad pero no a través de elecciones. Hay una famosa frase de Emma Goldman, enfermera de salud pública y anarquista: «Si el voto sirviera para cambiar algo ya lo hubieran declarado ilegal.» Y es así. Las elecciones tratan de símbolos y aun por la izquierda o la derecha la estructura del sistema capitalista no cambia mucho. No soy exactamente leninista, pero estoy muy de acuerdo con la predicción de Lenin de que el imperialismo es la etapa superior de capitalismo y produce regularmente crisis fundamentales. La de 2008 fue ejemplo totalmente consistente con la predicción. Los dos métodos para incrementar ganancias hoy son primero la guerra permanente, eso que Naomi Klein llama capitalismo de desastre, creando guerras para destruir infraestructura y abrir la posibilidad de hacer negocios con la reconstrucción. El otro es crear ficción con instrumentos de finanzas como los paquetes de riesgo y de crédito. Es un capitalismo que depende del socialismo para los ricos. En cada crisis socializan a los bancos y las automotrices, como pasó con General Motors. En este contexto, en mi opinión tenemos que avanzar en las luchas populares. Y no seguir con esta orientación capitalista que no funciona y no va a funcionar. Sanders tiene razón de convocar al socialismo como una posibilidad para los sectores pobres y marginalizados. Él dice que no es para ganar elecciones sino para usar el proceso electoral en concientizar a la población que no tiene poder.

–¿Que va a pasar con Trump, es un desastre universal?

–¿Desastre universal? No, yo creo que es una gran oportunidad. Ya no hay Tratado Transpacífico de comercio. Con Hillary no podías esperar nada de eso. Es cierto que eso también se debe a nuestra lucha de años. Es una oportunidad a pesar de los riesgos de fascismo, racismo, sexismo, pero se puede avanzar y resistir el sistema del BM, del FMI y de la OMC. Hay manifestaciones de todas las ciudades importantes, más o menos como las de Ocuppy Wall Street, que fueron reprimidas por la policía de Obama. Mi propia hija está en las calles en protesta por el sistema electoral. No sé qué va a pasar pero garantizo que habrá lucha.

Recuadro

Un socialista en primera persona

«Soy de una familia de trabajadores con una vida muy precaria. Mis padres siempre vivieron así, con un enfoque sindicalista. Mi abuelo fue agricultor, trabajaba en su pequeño terreno para producir alimento en un pueblito de Ohio. El salió de Letonia resistiendo la conscripción para el ejército del zar, llegó a EE UU y comenzó a cultivar un terreno que perdió durante la Gran Depresión. Se dedicó a pintar casas, fue sindicalista, militaba por Eugene Debs, que durante cuatro elecciones nacionales fue candidato por el Partido Socialista y llegó a obtener 12% de los votos. Es una historia muy poco difundida que no enseñan los libros. Hay dos razones para que eso ocurra, la primera es el manejo de la hegemonía a través de los medios de comunicación, que crean en los trabajadores la expectativa del mejoramiento a través del capitalismo. Y también la represión: matan gente, encarcelan gente. Hay gente del Partido Comunista de EE UU todavía en el exilio. Debs fue encarcelado como candidato socialista, esa es la historia del manejo de la hegemonía y la represión. La mayoría de mis amigos de la juventud murieron en Vietnam o están en posiciones precarias. Yo, por razones que todavía no entiendo, tuve la suerte de tener consejeros, guías, que me permitieron llegar al mundo de la academia y la medicina a través de becas y mucho trabajo. Por razones que tampoco entiendo tuve la suerte de poder mantener mi perspectiva como cuando era joven, mantener la posibilidad de servir a mi propia comunidad. Sigo trabajando como académico más o menos jubilado, tratando de enseñar en lugares como Nuevo México, con muchos alumnos marginalizados, indios, latinos, pobres. Y como médico en clínicas comunitarias en el sector publico.»

Tiempo Argentino
Noviembre 20 de 2016

La foto es de Tiempo Argentino

La manipulación electoral también explica el triunfo de Trump

 

Donald Trump logró 290 votos en el colegio electoral contra 232 de Hillary Clinton. En el recuento final, aún faltaban los datos definitivos de Michigan, que otorga 16 electores que no cambiarán al resultado final. Sin embargo, el resultado en ese estado industrial -cuna de la producción automotriz desde Detroit, una suerte de capital de lo que llaman el Cinturón de Óxido de Estados Unidos- podría acrecentar aun más la diferencia a favor de Hillary Clinton, la verdadera ganadora en las urnas. La ex secretaria de Estado tenía en todo el país el 0,5% más de sufragios que Trump, 574.064 votos, y peleaba mesa a mesa en Michigan. Esta es la buena razón que justifica la protesta de los cientos de miles que salieron a las calles en todo ese país (ver aparte) al grito de «No es mi presidente».

Pero hay una escandalosa manipulación electoral que explica, más allá de argumentos sociológicos absolutamente válidos, cómo un outsider de la política pudo arrebatar distritos normalmente demócratas a Hillary Clinton. Se trata de trampas legales que se hicieron con los métodos más sofisticados de ingeniería electoral a partir de 2010 y que garantizan que -aun con menos votos- los republicanos vayan a mantener el control de ambas cámaras por décadas, si es que los demócratas no se despiertan y se ponen a la cabeza de los reclamos populares.

El término gerrymandering surge en 1812 de la caricatura con la que un dibujante de un periódico de Massachusetts se burló del gobernador Eldbridge Gerry por manipular las circunscripciones para ganar una elección que le venía complicada. El hombre unió territorios determinados en un mapa que de tan arrevesado parecía una salamandra. La unión de Gerry + salamander sirve para definir desde entonces a esa manipulación grosera de la voluntad popular.

El peso de esa maniobra fue crucial para que los republicanos ganaran ambas cámaras y desde allí bloquearan iniciativas de Barack Obama en este último tramo de su gestión y podría marcarle la cancha a Trump, si no hace las paces con el establishment de su partido.

Es obligación que cada país haga un censo poblacional en los años terminados en 0. El de EE UU de 2010 les dio a ciertos genios de la informática , según cuenta David Daley en «Ratf**ked(por Ratfucked, que se puede traducir como «robar» o «desorganizar algo ajeno»): La verdadera historia detrás del plan secreto para robar la democracia en EE UU» la ocasión de poner en marcha un colosal proyecto para dibujar circunscripciones que garantizaran el triunfo republicano en la composición parlamentaria fuera del resultado de las urnas.

Daley reconoce que en EE UU la práctica del gerrymandering es habitual desde los primeros años de la república, pero la novedad fue que se aplicaron modelos computarizados con la base de datos del censo para trazar nuevas fronteras electorales. Así, se juntaron circunscripciones con mayoría negra, hispana o de votantes demócratas y se las separó de las blancas y republicanas de modo tal que en la cuenta final, a pesar de recibir menos sufragios hubiera más bancas de color rojo -el color de los republicanos- que azules. Karl Rove, estratega y jefe de Gabinete de George W. Bush, lo dijo de un modo incuestionable: «Quien dibuja las líneas hace las reglas.»

En este oscuro plan, complementario del sistema electoral indirecto -que fuera pergeñado por uno de los padres fundadores, Alexander Hamilton, con el objetivo de que la presidencia «nunca recaiga en manos de ningún hombre que no esté dotado con las capacidades requeridas»- los republicanos dieron este batacazo que pasó desapercibido en el fárrago de análisis socioeconómicos.

La eficacia del modelo es evidente en el ya mencionado Michigan. En 2010, el republicano Rick Snyder arrebató la gobernación a los demócratas y pudo rediseñar 148 distritos legislativos y 14 del Congreso. En 2012 los votantes eligieron a un senador demócrata por más de 20 puntos y reeligierona Obama por casi 10, pero los republicanos ganaron más escaños legislativos. Ahora Trump encabeza el recuento por 12 mil votos (si, 12 mil sobre casi cinco millones). Acotación conveniente: en la interna demócrata de Michigan había ganado Bernie Sanders

En Ohio, otro de los estados que inclinó la balanza, hace seis años los republicanos ganaron la gobernación con John Kasich y rediseñaron 132 distritos estatales legislativos y 16 del Capitolio. Dos años más tarde lograron 12 escaños contra 4 en la Cámara Baja, a pesar de tener solo el 52% de los votos.

Pensilvania fue otra «sorpresa» de Trump, que debe parte de su éxito al ex fiscal republicano Tom Corbett, que desde la gobernación también aplicó el «lápiz electoral» para distribuir territorio. Otro tanto ocurrió en Wisconsin, en la mira por el supuesto cambio de rumbo de los votantes. Cuando al principio de la década Scott Walker fue electo, tuvo las manos libres para trazar líneas tan beneficiosas como para que hasta el vocero Paul Ryan, el influyente portavoz republicano, pudiera llegar al Congreso.

Hay reclamos para el cambio de la ley electoral desde hace mucho pero no prosperaron hasta ahora por la resistencia del que ganaba el comicio. Menos se habló del rediseño territorial. Quizás ahora sea el momento, desde esas calles que dicen «No es mi presidente».