por Alberto López Girondo | Jun 6, 2017 | Sin categoría
Muchos veteranos de guerra estadounidenses entraron el cólera cuando se enteraron del tuit de Ivanka Trump, la hija del presidente, que recomendaba recetas de helado con sabor a champaña para conmemorar el Día de los Caídos, la fecha en que se recuerda a los que lucharon en las guerras que ese país lleva a cabo desde su independencia. Para muchos extranjeros que combatieron con la promesa de recibir como premio la ciudadanía de Estados Unidos, en cambio, ese no fue el peor menosprecio que recibieron. Ni qué decir de los cerca de tres mil que han sido deportados en lo que va de este siglo. Así lo reflejó un grupo de mexicanos que plantearon su reclamo en las fronterizas Ciudad Juárez y El Paso.
«Decidimos protestar justo el día del memorial que se festeja en Estados Unidos para honrar a los que sirvieron y perdieron la vida en el Ejército, además para que sepan que estamos peleando porque nos den los beneficios que les corresponden a los veteranos”, le dijo Francisco López a la agencia AFP. López tiene 72 años, combatió en Vietnam y luego de su regreso se fue desmoronando ante la falta de respuesta de una sociedad que rechazaba a los veteranos y finalmente fue procesado por un caso de drogas y expulsado del país. Ahora desde allí lidera un grupo de deportados a un lado y otro de la frontera que casi llega al centenar para reclamar, dice, aquellas viejas deudas pendientes de una nación por la que se jugaron la vida.
«Nos presentamos aquí con la bandera y las botas para también recordar a los compañeros que cayeron prestando su servicio a Estados Unidos, para que la gente sepa que no los olvidamos”, explicó a la misma agencia Iván Ocón, de 39 años, ex soldado en Irak. Ocón ya venía haciendo reclamos desde hace meses y en otra ocasión abundó de un modo mucho más claro cuál es el trasfondo que lo lleva a mantener sus exigencias. “Sentí que me dio la espalda el país por el cual estuve dispuesto a dar la vida», resume.
Hace siete años fue tapa de los diarios mexicanos el caso de Manuel y Valente Valenzuela, dos héroes de guerra bajo bandera estadounidenses que enfrentan la expulsión a México. Están acusados de delitos, es cierto, pero quizás sienten que su principal pecado es haber sobrevivido y por lo tanto, no haberse hecho merecedores de una mención como caídos en el campo de batalla.
“Peleamos por este país y por tener un buen futuro, y ahorita nos encontramos con esta pesadilla. Nos sentimos peor que traicionados. Somos veteranos de guerra, combatimos en Vietnam. Ningún país en el mundo hace esto. Es una tristeza y una vergüenza para este país”, protestaba Valente ante un medio local en 2010.
Los hermanos Valenzuela están en la “fila de la deportación” y desde su página web http://www.valenzuelabrothers.com/ recaudan dinero para poder pagar las costas de los juicios que tanto ellos como otros muchos veteranos necesitan que sostener los procesos judiciales.
Caso testigo
El caso de los Valenzuela es paradigmático: nacieron en México de madre oriunda de Nuevo México, territorio estadounidense. Llegaron a EEUU en 1955, cuando tenían 7 y 3 años respectivamente, y en los 60 se sumaron a las tropas que combatieron en Vietnam, Valente como soldado del ejército –fue reconocido con una estrella de bronce por su audacia para salvar a un compañero herido en una batalla- y Manuel como marine.
Igual que muchos otros que olieron de cerca el acre aroma de la muerte, los Valenzuela presentaron cuadros de stress postraumático, un síndrome que se acentuó desde que en 2009 el Departamento de Seguridad Interior los llamó a comparecer frente a una Corte Migratoria de Denver, Colorado. “Nos consideran indocumentados, a pesar de que fuimos a Vietnam con la promesa de recibir la ciudadanía”, dicen.
El caso es que los reclamos de una pensión como veteranos se diluyeron en el marco de acusaciones por un incidente de resistencia a la autoridad de Valente en 1988 y uno de violencia hogareña contra Manuel en 1998 que se solucionó con una multa y terapias psicológicas para controlar la ira.
Ivan Ocón nació en 1978 y a los siete años fue con su familia a El Paso. A los 19 se enroló en el ejército. «Me enlisté porque me crié allá, yo quería defender al que en ese momento era mi país», declaró hace un par de meses. Como tantos, creyó que era el camino más rápido para obtener la ciudadanía. «Les comenté que era de origen mexicano y me dijeron que no había problema, que una vez dentro podrían ayudarme para ser ciudadano, pero eso no fue mi principal motor, yo realmente me sentía estadounidense”, destacó en un artículo que publicó el portal Cubadebate.
Al volver a El Paso, sin embargo, las cosas no fueron nada fáciles y por eso de que a veces un tropezón lleva a una caída, terminó envuelto en un secuestro extorsivo y condenado a 10 años de prisión. En febrero de año pasado cumplió su sentencia y sin nacionalidad estadounidense, fue obligado a irse del país donde tenía mujer e hijos. «Cometí un error», reconoce, «pero no les importaron ni mis medallas ni mis reconocimientos» para expulsarme del país. «Me sentí traicionado», admitió en una entrevista con el diario El Financiero, de México.
El de Francisco Panchito López es otro caso para resaltar. De 1967 a 1968 estuvo destacado en la base estadounidense de Gia Nghia, en Vietnam, donde custodiaba los contenedores de combustible. Lo habían reclutado a la fuerza en el servicio militar, que entonces obligatorio, a pesar de que no sabía una palabra en inglés, asegura.
«Me prometieron arreglar la ciudadanía al regresar», recuerda, para volver a Vietnam en su memoria: «Estuve muy cerca de morir, los vietnamitas pusieron explosivos debajo de los contenedores de gasolina y los detonaron».
El episodio y el contexto de la guerra, dejaron mella. «Yo no venía bien de mi cabeza y me calmaba con cocaína», reconoce. Fue así que el FBI le “hizo una cama”, y cayó preso cuando iba a comprar droga a un agente encubierto .Terminó deportado. «No podía creer lo que me estaban haciendo, pensaba que era una pesadilla».
Establecido en Juárez desde 2004, Panchito López ofrece junto a su familia comida, ropa, artículos de aseo e incluso alojamiento temporal.
Reclutamiento externo
Como los viejos imperios, Estados Unidos permite a nativos de otras naciones alistarse en las Fuerzas Armadas a cambio de una paga o con la promesa de obtener la ciudadanía. Actualmente hay casi 30 mil soldados no estadounidenses cumpliendo servicios en el Ejército.
Desde el 2001, tras los atentados a las Torres Gemelas, los requisitos para aspirar al uniforme o a convertirse en ciudadanos es menor. Incluso desde 2009 los trámites de la Oficina de Migraciones y Aduanas se aceleraron en busca de más tropa de donde sea para el puñado de guerras que lleva adelante en Pentágono en todo el mundo y que impacta dentro de Estados Unidos cada vez que el cadáver de un nativo vuelve envuelto en una bandera.
Pero aún bajo estas circunstancias, los foráneos pueden ser deportados antes de culminar ese tramiterío si aparecen en ese período implicados en cargos de cualquier índole. Por otro lado, muchos veteranos desconocen que podrían reclamar la ciudadanía y cuando lo hacen ya están salpicados por procesos judiciales que les impiden concretar su deseo.
Los activistas de ONGs que atienden estos casos estiman que las expulsiones se multiplicaron durante las guerras de Irak y Afganistán. Los traumas derivados de las guerras dejan secuelas que muchas veces derivan en problemas con la ley no atendidos ni aún en el caso de quienes estuvieron en el frente de batalla bajo la enseña de las barras y las estrellas.
Esto viene ocurriendo desde hace décadas, creció durante el período de Barack Obama y nada hace pensar que disminuirá con Donald Trump, un paladín de las deportaciones, según se presentó en la campaña electoral.
Tiempo Argentino
Junio 1 de 2017
por Alberto López Girondo | May 31, 2017 | Sin categoría
Hacía mucho que sectores de las sociedades latinoamericanas no iban a golpear a las puertas de los cuarteles para pedir que derriben un gobierno elegido democráticamente. Cierto que desde hace semanas el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, y el vicepresidente, Freddy Guevara, venían reclamando que los militares echen a Nicolás Maduro. Y Borges se había reunido con el almirante Kurt Tidd, jefe del Comando Sur de EE UU. Este viernes, un grupo al que las agencias hegemónicas nuclearon bajo el concepto universal de «la oposición», («muchos menos que en días anteriores», reconoció un cable de AFP), se acercó a Los Próceres, zona militar de Caracas, para pedir la intervención militar contra el presidente bolivariano.
El miércoles, el gobierno de Michel Temer firmó un decreto llamando a las fuerzas armadas para reprimir manifestaciones que pedían elecciones directas para terminar con el caos político generado por el golpe institucional contra Dilma Rousseff. Pero a las 24 horas el mismo Temer tuvo que emitir otro decreto eliminando el anterior. Las críticas habían sido feroces.
En 2008, el presidente mexicano Felipe Calderón firmó con George W. Bush la Iniciativa Mérida. Lo que había comenzado como «una guerra al narcotráfico» derivó en una espiral criminal que ya se llevó la vida de más de 150 mil personas. Las muertes de periodistas no son sino la mínima punta de un enorme iceberg sangriento.
El modelo mexicano había seguido el Plan Colombia, que firmaron en 1999 los presidentes Andrés Pastrana y Bill Clinton, también con la excusa del narcotráfico. Pero en este caso con la mira en derrotar a la guerrilla de las FARC y el ELN. En los primeros años, el crecimiento de la violencia fue tan espeluznanteque se llegó a decir que 800 mil personas había sido víctimas en mayor o menor grado de este desborde. Para colmo, se desplegaron siete bases militares en territorio colombiano que representan una amenaza para el subcontinente.
Finalmente, y a instancias de Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva, Juan Manuel Santos aceptó una mesa de dialogo con la insurgencia para poner fin a más de medio siglo de luchas internas. Esos gobiernos habían denominado a Latinoamérica como»tierra de paz».
La derecha venezolana, que nunca fue un dechado de virtudes democráticas ni humanitarias, viene incrementando la violencia contra el gobierno de Maduro. A esta altura –llegaron a quemar la casa en que vivió Chávez– el parangón con lo que ocurrió en Libia, Siria y en Ucrania desde 2011 es cada día más evidente.
Allí también grupos neofascistas comenzaron a generar un caos cada vez mayor que, ante la respuesta de las autoridades, generó mediáticamente la sensación de que esos gobiernos estaban en manos de criminales enloquecidos de poder que no dudaban en violar Derechos Humanos con tal de perpetuarse.
El resultado es que esos tres países están inmersos en el caos más absoluto. Libia se puede decir que dejó de existir tras el asesinato de Muhammar Khadafi; Ucrania está partida en dos y en Siria el gobierno de Bashar al Assad se mantiene con el apoyo de Rusia en una guerra civil que parece no tener fin.
Hasta hace un par de años, un escenario similar en América Latina podía parecer un delirio. Sobre todo desde que la situación colombiana se encaminaba a la pacificación total tras los acuerdos con las FARC.
Pero a la muerte de Chávez, Venezuela padece ataques brutales de los medios, de instituciones como la OEA –que nada dice sobre la situación mexicana y la crisis brasileña- y de gobiernos que poco tienen para hablar de valores democráticos, como el de Mariano Rajoy sin ir más cerca.Inocentemente se podría decir que el caos no conviene a nadie y que debería haber alguna posibilidad de encausar estos procesos. Pero los planes del Pentágono y del Departamento de Estado –con Donald Trump como antes con Barack Obama, Clinton o Bush– determinan que para mantener el estatus imperial, todo lo que no pueda dominar EE UU debe ser destruido, al modo de Cartago por los romanos. La estrategia de caos es el primer paso.
Si no aparece nadie «potable» como para capitalizar el desencanto, que al menos nadie crea en nadie, cosa de que a mar revuelto sigan ganando los pescadores de siempre. Y si esto no se puede, que se generalice el reclamo de intervención militar, ya sea local o del exterior. Por eso Borges se junta con Tidd y golpea en los cuarteles.
Tiempo Argentino
Mayo 28 de 2017
por Alberto López Girondo | May 3, 2017 | Sin categoría
El balotaje entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron no tomó por sorpresa a los encuestadores. Era una posibilidad prevista en los sondeos, aunque de todas maneras despertó los más diversos análisis acerca de cómo fue que alguien considerado un outsider como el exministro de Economía de François Hollande y una expresión marginal de la ultraderecha xenófoba hubieran desplazado a los partidos tradicionales de Francia. Y algunos se preguntaron si es que finalmente desaparece la tradicional lucha electoral entre socialistas y conservadores, izquierda y derecha. Los ejemplos de lo que ocurre en España con Podemos, lo que pasó con Syriza en Grecia y el fenómeno Donald Trump en EE UU o antes con Evo Morales, Rafael Correa, Néstor Kirchner y hasta Hugo Chávez en Latinoamérica marcan una tendencia. Pero no todos son tan ajenos a la política y no siempre terminan representando valores o intereses tan diferentes de los partidos tradicionales.
Marine Le Pen es hija del fundador del Frente Nacional, Jean Marie Le Pen, que ya en 2002 «asustó» al llegar a balotaje con el gaullista Jacques Chirac. En aquel momento el ultraderechista había pasado la primera ronda con poco más del 16% de votos ante una izquierda atomizada. Su hija, en cambio, fue forjando un discurso en defensa de los trabajadores y de las tradiciones en un contexto de deslocalización de empresas, pérdida de puestos laborales, fuerte inmigración y pérdida de la capacidad de decisión de París en favor de la Unión Europea. Empezó en esta campaña sumando voluntades desde hace una década y ese 21,3% del 23 de abril fue ganado cara a cara con las víctimas de las políticas neoliberales.
Macron en cambio, es exponente de una generación que supo hacer dinero en el mundo de las finanzas al punto que es socio de la banca Rothschild y a los 39 años disfruta de una fortuna que creció desde 2008, cuando comenzó la crisis económica más grave del sistema capitalista desde 1930. Tuvo la perspicacia de darse cuenta de que hacía negocio al aceptar la cartera de Economía de un gobierno socialista en caída libre y mucho más al dejarlo cuando Hollande se dio cuenta de que no podía aspirar a una reelección. Macron fundó entonces En Marche! Sus enemigos lo acusan de no tener firmeza ideológica y lo llaman «Monsieur al mismo tiempo»–promete flexibilidad laboral y al mismo tiempo defender los derechos laborales, dice que las 35 horas semanales no sirven para defender el ingreso pero asegura que no las va a tocar– pero por eso mismo le ven grandes posibilidades conformar un nuevo frente de centroderecha.
El candidato disruptivo, en realidad, era Jean-Luc Melenchon, fundador del Movimiento Francia Insumisa, con una fuerte influencia de la izquierda latinoamericana. Seguramente una de las dificultades electorales que tuvo provino de su apoyo al gobierno de Venezuela en un momento en que los medios culpan al chavismo de casi todos los males. Aun así, logró un 19,6% de votos. Si el socialismo, con un escaso 6,4%, hubiera aceptado sus términos hubiese pasado cómodamente al balotaje y la UE no debiera temer un Frexit por un posible triunfo de Le Pen.
Algo parecido le pasó a Bernie Sanders en la interna demócrata. Era el candidato que representaba los valores de un laborismo aggiornado en contra del sistema pergeñado por el establishment en torno de los tratados comerciales. Pero no logró atravesar la dura capa conservadora que gobierna al partido desde los 90 y muchas de sus banderas terminaron en las manos de Donald Trump. Aunque claro, con intereses diametralmente opuestos. Sanders también plantea una visión muy cercana a los gobiernos latinoamericanos de los últimos años.
Es que desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, una corriente de rechazo al neoliberalismo comenzó a tomar fuerza en la región, a caballo, además, de la crisis económica. Chávez rompió con el bipartidismo y creó una opción de poder que ahora sufre el embate de los dos movimientos tradicionales unidos con otro grupo de dirigentes que si algo tienen en común es su «antipopulismo».
Similares salidas se dieron en Bolivia, con el dirigente cocalero Evo Morales, y en Ecuador, con el economista Rafael Correa. Puede decirse que ambos surgieron de la crisis del sistema partidario, pero de hecho lograron una estabilidad política inédita para la historia moderna de esas naciones. La llegada de Néstor Kirchner al gobierno en 2003 tiene similitudes con la elección francesa. Incluso en el resultado cercano de los cuatro candidatos más votados en medio de un descomunal descrédito en la dirigencia. El santacruceño rompió con los viejos esquemas, habrá que ver qué pasa en Francia.
Tiempo Argentino
Abril 30 de 2017
por Alberto López Girondo | Abr 29, 2017 | Sin categoría
El lanzamiento de «La madre de todas las bombas» sobre un complejo de túneles de Estado Islámico en Afganistán puede ser interpretado como una nueva muestra del papel que Donald Trump quiere representar en este período de las relaciones internacionales: el de cowboy impredecible. El ataque, sorpresivo, como el de una semana antes sobre una base siria con 59 misiles Tomahawk, marca también el nuevo protocolo de funcionamiento del controvertido presidente en relación con el Pentágono. Y si Barack Obama quería mostrar su absoluto control sobre lo que hacen las fuerzas armadas, Trump en cambio, felicita a «los mejores militares del mundo» y los deja hacer. De allí el tardío bautismo de fuego de esta superbomba diseñada y fabricada en 2002 por el Laboratorio de Investigaciones de la Fuerza Aérea (AFRL por sus siglas en inglés) con el único objetivo de «convencer» a Saddam Hussein de la conveniencia de rendirse sin dar pelea y que nunca se había llegado a utilizar. Y que, como queda claro, los militares ardían en deseo de probar en un campo de batalla.
Este repentino giro bélico de la administración Trump genera además las interpretaciones más diversas, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. La visita de Rex Tillerson de este miércoles a Moscú, incluida su entrevista con el presidente Vladimir Putin, sirvió para descomprimir un poco la tensión creada por el bombardeo en la base de Jan Shayrat, en respuesta a la matanza con gas sarín en la provincia de Idlib, y que los medios y gobiernos occidentales atribuyeron a Bashar al Assad.
Si Trump quería mostrar que no es «amigo de Rusia», podía ser una buena forma de despegarse de ese mote que le endilgaron desde antes de ganar la presidencia. En principio, las primeras encuestas para testear la reacción del ciudadano medio de Estados Unidos le dieron un amplio apoyo al gobierno.
Pero en los medios y en los sectores políticos más reactivos a Trump, el debate pasó por otro lado. Así, el Washington Post publicó que el recurso de los misiles podría acercar al mandatario hacia una causal de juicio político, ya que tiene acciones en Raytheon, la empresa fabricante de los misiles lanzados en Siria. Sobre todo en vista de que en la Bolsa de Nueva York, la cotización de la firma trepó en un par de días casi un 2%, en un rubro que también creció proporcionalmente en los tableros de la NYSE desde que Trump anunció un incremento en el presupuesto de Defensa.
El argumento del conflicto de intereses que desliza el Washington Post se choca con la realidad histórica de que desde 2001 es cada vez más evidente el paso de funcionarios a empresas privadas ligadas a la guerra o a sus consecuencias. Los más conocidos son los del vicepresidente de George W Bush, Dick Cheney, y de su secretario de Estado, Donald Rumsfeld, ligados a Halliburton y a Lockheed Martin, multinacionales altamente beneficiadas con contratos por miles de millones de dólares en Irak.
El caso de la superbomba es diferente, ya que es un producto típico de tecnología estatal desarrollada puertas adentro de la Fuerza Aérea. Nació como una actualización y ampliación de la bomba BLU-82, «Daisy cutter», utilizada en la Guerra de Vietnam. El laboratorio AFRL tiene en su haber varios proyectos ultrasofisticados y es una avanzada en el desarrollo de artefactos bélicos desde el Pentágono.
Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra como la principal potencia económica del mundo, y desde el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, el amo militar del planeta. Sin embargo, en 1949 la Unión Soviética dio la sorpresa al probar su propio artefacto nuclear. Desde entonces, el riesgo de un Armagedón fue creciendo a medida que más países ingresaron a ese selecto club, lo que convirtió a ese tipo de ingenios letales en políticamente inútiles: si uno lo tiene, puede amenazar, si lo tienen muchos, el mundo se termina.
De allí la importancia disuasora de tener un arma que tenga una alta capacidad destructiva pero no las consecuencias que produciría el uso de armamento atómico. Fue la idea básica para desarrollar la GBU-43/B. Massive Ordnance Air Blast (Explosión aérea de artillería masiva), con un altísimo poder de fuego pero un escalón antes de la bomba que se lanzó sobre Hiroshima en 1945. La sigla en inglés, MOAB, remite y no por casualidad, a Mother of all battles, la madre de todas las batallas, en referencia a una frase de Hussein que hizo historia en los primeros días de la invasión a Irak.
Afganistán, por otro lado, es un escenario adecuado para semejante intervención, ya que la situación permanece estancada desde hace años y crecen las voces dentro de EE UU que reclaman reconocer que la guerra no se pudo ganar. Y una guerra que no se gana, se sabe, es porque se pierde. El antecedente de Vietnam todavía pesa en el orgullo de ese país y quizás Trump pudiera ser el más indicado para reconocer una derrota, como Richard Nixon lo fue en los ’70 para proponer la rendición en el sudeste asiático. De ser así, la MOAB podría ser como el brillo agónico de una supernova. Más aun pesa la certeza de que son varios los imperios que no pudieron conquistar Afganistán a lo largo de la historia. El último que chocó fue la Unión Soviética, que aceleró su inesperado final con la invasión de 1979, que culminó con un fiasco. Y, para sumar otro detalle, los túneles destruidos por la MOAB habían sido construidos durante la ocupación soviética por los talibanes, que entonces tenían apoyo estadounidense.
Por otro lado, la coincidencia de estos acontecimientos tanto en Siria como en Afganistán y el encuentro de Trump con el presidente chino Xi Jinping y el de su canciller con Putin debería entenderse como la concreción de una entente para el reparto del poder mundial. Una suerte de Conferencia de Yalta en pequeña escala.
A nadie escapa que los ataques de los últimos días fueron anunciados previamente a ambos líderes, que reaccionaron con una mesura incomprensible si el contexto fuera de escalada bélica. Y que en ambos casos, Washington se involucra en el combate al Estado Islámico y el extremismo islámico, un objetivo común con Moscú y también con Beijing, que en la provincia de Xinjiang enfrenta la resistencia de la población uigur, de fe musulmana. «
Terrorismo de exportación
La persecución al Estado Islámico tanto en Siria como en Irak y Afganistán deja como consecuencia, según analistas, la extensión del terrorismo hacia Europa. De acuerdo con esta caracterización del conflicto, si los yihadistas, que pretendían crear un Estado en los territorios que llegaron a ocupar, son perseguidos, darán golpes en otros lugares para demostrar una posición de fuerza que los hechos no parecen corroborar.
Así se interpreta el atentado con un camión que arremetió contra los transeúntes en Estocolmo la semana pasada. El presunto autor del ataque, Rajmat Akilov, de origen uzbeco, habría sido reclutado por EI en Suecia, donde había emigrado y trabajaba en la construcción.
El domingo pasado, dos ataques reivindicados por EI en iglesias coptas de Alejandría y Tanta dejaron un saldo de unas 45 personas muertas. Los atentados se produjeron a tres semanas de la primera visita del papa Francisco a Egipto que, de no mediar cambios, será el 28 y 29 próximos.
Este retroceso del EI, que en muy poco tiempo llegó a ocupar el 20% del territorio sirio y el 47% de Irak, se da luego de que Washington comenzó a retraerse en la región en el marco de las presidenciales de 2016. Eso podría contarse como prueba del apoyo a esos grupos extremos con tal de derrocar a Bashar al Assad. Según el expremier iraquí Nuri al Maliki, el EI también tenía detrás a Arabia Saudita, Catar, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.
Tiempo Argentino
Abril 16 de 2017
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