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Trump volvió a patear el tablero en Quebec contra los líderes del G7

Trump volvió a patear el tablero en Quebec contra los líderes del G7

Donald Trump siempre tiene ese gesto de nene que no quiere irse a bañar, con los labios apretados haciendo trompita y los brazos cruzados tipo «no pasarán». La imagen que los medios alemanes difundieron como cierre de la cumbre del G7 en Canadá lo muestra en esa pose infantil frente a una mesa donde la canciller alemana Angela Merkel parece decirle, enojada, que si no obedece se queda sin postre. La foto, aclara un cable de la agencia AFP, fue tomada por el fotógrafo germano Iesco Denzel y viralizada en twitter por el vocero del gobierno de Merkel, Steffen Seibert.

Si Berlín quería dejar en claro que se plantaba firme frente a una nueva arremetida de Trump contra los instrumentos de gobernanza mundial que venían consolidándose desde hace décadas, la estrategia fue buena. El tema es si además, como líder europea, Merkel -a su lado se deja ver apenas el francés Emmanuel Macron- espera domesticar solo con esa imagen al cowboy que desde que llegó a la Casa Blanca no hace sino patear el tablero internacional.

Porque el empresario estadounidense hizo dos cosas que escandalizaron a casi todos los presentes en el encuentro de los mandatarios de las naciones más industrializadas de occidente. Pidió la reincorporación de Rusia a ese selecto club del que fue desplazada desde que retomó el control de Crimea, y luego se retiró ofuscado de la reunión en Quebec y rechazó el documento final de la cumbre alegando que se trataba de un texto «socialista».

Más allá de los gestos de un lado y otro, lo que queda claro es que la guerra comercial que Trump anunció hace unos meses está en todo su vigor y que no era contra China, como pretendían tranquilizarse analistas europeos, sino contra el resto del mundo.

Por eso el presidente de EE.UU. anunció que estudia imponer un arancel de 25% a los automóviles fabricados en el exterior que vayan a comercializarse dentro del territorio de su país. Esto, sumado a impuestos aduaneros de 10 y 5% a acero y aluminio importado conforman la nueva estrategia de Washington , brutal pero quién sabe sino efectiva, para recuperar la iniciativa a nivel industrial.

La otra pata de este modelo de desarrollo «a los cachetazos» pasa por el paulatino aumento en las tasas que fija la Reserva Federal, que fue trepando hasta el 1,75% -con las consecuencias que incluso sufrió el plan del gobierno argentino para financiarse en el exterior- y que según se cuenta por Wall Street, subirá otras cuatro veces en lo que queda de este año.

Esa medida fortalece el dólar y está causando serios problemas para el euro, ya que por ahora el Banco Central Europeo mantiene tasas negativas como modo de estimular el crecimiento. La corriente de inversiones -al menos las especulativas- cruzan el océano hacia Norteamérica y eso preocupa a los líderes de la UE.

La otra cuestión, la de la vuelta de Rusia, es quizás una chicana de Trump que solo recibió el apoyo del nuevo gobierno italiano,. El G7 se comenzó a gestar en 1973 y actualmente está confirmado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido. En 1998, tras la caída de la Unión Soviética y con la idea de que la Federación Rusa fuera miembro de la elite occidental -ya que de ese colectivo no forma parte ni China ni India, dos países altamente industrializados también- se formó lo que en los primeros encuentros se llamó G71 y luego G8.

Pero en 2014 hubo un golpe apoyado por los países de la OTAN contra el gobierno ucraniano de Viktor Yanukovich, cercano a Moscú, y la situación en esa región se tornó explosiva. En ese contexto, Crimea fue anexada a Rusia luego de un referéndum entre la población, mayoritariamente pro-rusa y de alguna manera vinculada a la base militar en Sebastopol, que hasta entonces estaba en alquiler hasta 2042. En represalia Rusia fue expulsada del G8. y el país y varios de sus funcionarios fueron sancionados tanto por EEUU como por la UE.

Trump, acusado de haber recibido ayuda de agentes rusos para su campaña electoral, desde que se postuló a la presidencia dijo que tenía en mente hacer las paces con Vladimir Putin para el rediseño del mundo en los términos actuales. Ahora pidió algo que, según el canciller ruso Sergei Lavrov, no le habían pedido, como la vuelta al G8.

Merkel y Macron se escandalizaron con la propuesta y lo dijeron claramente. Quizás la foto es de ese momento clave. Pero el flamante primer ministro italiano, surgido de un acuerdo entre la derecha xenófoba de la Liga del Norte y el Movimiento Cinco Estrellas, del cómico Beppe Grillo, apoyó esa iniciativa.

No se sabe bien qué fue lo que desató el enojo de Trump, el caso es que se fue antes del cierre y dijo por tuit que no firmaría algo que parece ser que en realidad si había firmado. Y descargó su furia contra el premier canadiense, Justin Trudeau, al que acusó de “deshonesto y débil”.

Después mandó a su consejero sobre Comercio, Peter Navarro, a que siguiera la batalla en los medios. “Hay un lugar en el infierno para cualquier líder extranjero que hace diplomacia con mala fe con el presidente Donald J. Trump y luego le da una puñalada en la espalda en cuanto se va por la puerta”, dijo en el canal Fox. Navarro la remató con esta frase de antología para la diplomacia internacional: «Trump le hizo un favor (a Trudeau) al ir a Quebec a pesar de tener cosas mejores que hacer” y firmando “ese comunicado socialista”.

El documento final halaba de promover y defender los acuerdos multilaterales basados en las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y en reducir las barreras arancelarias. Pero también de avanzar hacia el cuidado cada vez más estricto del medio ambiente.

Por ahora, ya que no habrá G8 en el corto plazo, todo indica que lo que quedó de la cumbre de Canadá es un G6+1. Y eso si no se ahonda la grieta en el Océano Atlántico.

Tiempo Argentino, 11 de Junio de 2018

Trump y Xi, entre la «amistad», la guerra e Irán

Trump y Xi, entre la «amistad», la guerra e Irán

Donald Trump anunció en marzo pasado la suba de aranceles al ingreso de acero y aluminio. Desde su medio de comunicación más apreciado, Twitter, dijo: ¨Las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar». Se apuraron a pedir explicaciones los destinatarios de esa bravuconada, la Unión Europea, los países de la alianza de libre comercio de América del Norte. Pero los dardos apuntaban en primer lugar a China, que no se quedó callada ante el sonido de tambores de guerra.

Este martes, el presidente estadounidense se puso en contacto telefónico con su par chino, Xi Jinping, al que no se privó de llamar «amigo». No solo se ponía sobre el tapete en esa conversación el tema del déficit crónico en el intercambio en favor del gigante asiático, sino el futuro encuentro entre Trump y el líder norcoreano, pero fundamentalmente otro espinoso asunto, como lo es el acuerdo nuclear con Irán.

No puede decirse que Trump pidió permiso, pero si que tuvo el gesto de decirle antes a Xi, ocmo lo había hecho con el francés Emmanuel Macron. Todos ellos, por supuesto, opuestos a esa decisión. China ya había declarado su reconocimiento al papel del Consejo de Seguridad y de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) en todo este proceso y destacó que esa entidad había verificado el cumplimiento de Irán en por lo menos 10 ocasiones.

Es difícil saber cuál es la política exterior que plantea Trump, pero si es por ADN, tal vez tenga algo de su abuelo alemán, Friedrich Drumpf, quien llegó a Estados Unidos en 1885 y para adquirir la nacionalidad simplificó su apellido. En ese caso, en sus genes puede haber algo de la estrategia de Carl von Clausewitz, aquel teórico que decía, entre otras cosas, que la guerra «es un acto de fuerza que se realiza para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad».

Mucho más fácil es encontrar en Xi los rasgos del otro gran «filósofo» de la guerra, Sun Tzu. China, con una tradición de más de 4000 años de cultura y civilización y habituada a ser «el imperio del centro» -que eso significa Zhongguo, el nombre con el que autodenominan a su nación- cultiva la «paciencia estratégica». Y mantienen eso de que «el mejor general no es el que gana cien batallas sino el que vence al enemigo sin disputar ninguna».

Que China es la potencia del siglo XXI no lo puede desmentir a esta altura nadie. Se podrá debatir si será más cerca o más lejos del 2040. El caso es que ya pisa fuerte en el concierto de las naciones y una de las razones del llamado entre Trump-Xi es que el presidente chino mantuvo un encuentro con Kim Jong-un este mismo martes para arreglar detalles finales de la cumbre que el mandatario norcoreano va a mantener con Trump en unos días.

La guerra comercial, en este contexto, suena a excusa para tirar sobre la mesa temas que más tienen que ver con el reparto del poder en el mundo. Y en el cual China es protagonista ineludible.

Cuando Trump anunció el desafío de aumentar aranceles, lo que afectaría a exportaciones chinas, desde Beijing dejaron trascender que el gobierno estaba pensando en reducir o paralizar la compra de bonos estadounidenses.

China hoy día es el mayor tenedor de bonos del tesoro de EEUU, con casi el 19% del total, unos 1.189 billones de dólares. Japón tiene algo menos, el 17% y es otro de los jugadores que tiene cosas por decir acerca del reencuentro entre Corea del Norte y del Sur y la posible desnuclearización de la península coreana.

Es fácil darse cuenta de lo que puede implicar para la economía del planeta que China deje de intervenir en ese mercado o comience a desprenderse de los papeles de la deuda de EEUU que ya tiene en su poder. Porque eso llevaría a la bancarrota del país americano pero también arrastraría a la industria china, que tiene su principal cliente en la otra orilla del Pacífico. Por otro lado, el 38% de las reservas chinas están nominadas en dólares, aunque su propia divisa, el yuan, avanza velozmente a ser la moneda de reserva internacional.

Mucha de la turbulencia con las monedas de estas últimas semanas tiene su origen en esta amenaza de Trump y en el aumento del precio del petróleo.

Pero el llamado telefónico refleja que Trump reconoce que ya no puede decidir en soledad temas tan cruciales en el mundo como lo pudo hacer EEUU tras la caída de la Unión Soviética, en 1991.

El rictus de capricho que suelen trasuntar sus labios no se condice con esa llamada a Xi, el trato de “mi amigo” y el anuncio posterior de que iba a romper el acuerdo con Irán.

Parece una jugada sin sentido: rompe unilateralmente el Acuerdo 5+1 que había firmado el gobierno de Barack Obama y las potencias nucleares (los cinco integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania) tras más de 15 años de negociaciones con las autoridades iraníes para que ese país islámico acepte controles a su plan de desarrollo atómico. Pero llama al que considera el peso pesado de discusión.

El mismo día en que el nuevo canciller Mike Pompeo viaja a Piongyang para acordar con Kim los detalles del futuro encuentro con Trump, desde la Casa Blanca se informó que los mandatarios de China y de EEUU habían acordado no eliminar las sanciones a Norcorea hasta que no desmantele su programa nuclear.

Horas después Trump anunció algo que venía amenazando desde hace meses: que retira a EEUU del acuerdo nuclear de 2015 para limitar el programa atómico iraní. La excusa es que «la semana pasada, Israel publicó documentos de inteligencia, largamente ocultados por Irán, que muestran de forma concluyente la trayectoria del régimen iraní en su objetivo de desarrollar armas nucleares». Y agregó: «Si permitiera que este acuerdo se mantuviera, pronto habría una carrera de armamentos nucleares en el Medio Oriente».

Lo cual es un argumento no del todo cierto, ya que se sabe desde hace más de 30 años que Israel es una de las potencias nucleares, aunque es algo que nunca fue reconocido oficialmente. Y se sabe no solo por elucubraciones más o menos especulativas como por las revelaciones con pelos y señales del historiador Avner Cohen, docente en la Universidad de Tel Aviv, y de Mordejái Vanunu un ex técnico nuclear israelí al diario británico The Sunday Times en 1986. En 1988, Vanunu fue condenado a 18 años de prisión por difundir información clasificada. Liberado en 2004 tras muchas presiones internacionales, ya que es considerado un preso de conciencia, fue arrestado en numerosas ocasiones desde entonces acusado de violar las condiciones de su libertad.

En un artículo escrito por Cohen y el investigador William Burr publicado en la revista Foreign Policy en 2013 se asegura que en 1964 Israel compró en Argentina entre 80 y 100 toneladas de polvo de uranio, el material necesario para fabricar una bomba nuclear.

El plan nuclear iraní también tiene origen argentino. Nace en 1974 cuando el contraalmirante Oscar A. Quihillalt, que había sido titular de la Comsión Nacional de Energía Atómica, es contratado por el gobierno del Sha Reza Pahlevi. Y continúa con contratos firmados por el gobierno de Raúl Alfonsín con la República Islámica que terminaron abruptamente por presiones de Estados Unidos a Carlos Menem, en 1991.

Pero esa es otra historia.

Tiempo Argentino, 8 de Mayo de 2018

Mentiras verdaderas

Mentiras verdaderas

A veces las secuencias muestran mejor aquello que las palabras se niegan a decir. El 4 de abril pasado, The Washington Post informaba que Donald Trump había ordenado a sus jefes militares retirar todas las tropas establecidas en Siria. Tres días después las pantallas de los medios hegemónicos internacionales mostraban las escenas de un supuesto ataque químico en Duma, uno de los suburbios de Damasco, del que acusaban al gobierno de Bashar al Assad. Tanto las autoridades sirias como rusas negaron el hecho y pidieron que la OPAQ, el departamento de Naciones Unidas para el control de armas químicas, enviara peritos para determinar si efectivamente existió tal ataque y, en ese caso, quién fue el responsable. El viernes 13 hubo un ataque combinado de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia contra edificios que, según la explicación de los mandatarios de los tres países, albergarían fábricas de armamento químico. El sábado iban a llegar los expertos. Al destruir esos sitios se terminaba con las pruebas de ese supuesto ataque.
Sebastián Salgado es corresponsal del canal iraní Hispan TV en Buenos Aires y estuvo en esa zona unos días antes para cubrir el final de la batalla de Guta. Era técnicamente el fin de la guerra civil iniciada en 2011 por milicias rebeldes con apoyo de países árabes y occidentales. «Fueron momentos dramáticos, pero en el fondo hubo un acuerdo que cumplió cada una de las partes para evacuar la zona», relató Salgado a Acción. Guta es un distrito agrícola que produce frutas y verduras que se consumen en Damasco. Está literalmente pegado a la capital. Desde que estalló el conflicto, los rebeldes, fundamentalistas islámicos, lograron fuerte apoyo en una región poblada por campesinos de una fe muy tradicional. «El gobierno entendió que entrar ahí a sangre y fuego hubiese sido contraproducente», detalla Salgado. De modo que hubo un asedio, Damasco sufrió las consecuencias del lanzamiento de misiles, pero se impusieron las fuerzas del presidente.

Injerencia y víctimas
Entre los grupos rebeldes que actuaron en Siria están ISIS o Estado Islámico y Al Nusra. El primero, según analistas como el canadiense Michel Chossudovsky, fue creado por la CIA, el Mossad y el MI6 británico para desplazar a gobiernos como el sirio, de corte laico y con un cierto progresismo social. Al Nusra, ligado en su origen con Al Qaeda, aquella guerrilla financiada por EE.UU. para contrarrestar la invasión soviética a Afganistán, en 1979, recibe apoyo de Arabia Saudita y Qatar y es de orientación sunnita, en un país cuyas élites son alauitas, una rama del chiismo.
Carla Ortiz Oporto es una actriz y documentalista nacida en Cochabamba, Bolivia, radicada en Estados Unidos, y pasó varios meses en Siria filmando y recopilando información para un video que por tramos emite en su página de Facebook. Coincide con Salgado, pero agrega que a veces se cruzan hasta 47 agrupaciones terroristas diferentes, involucradas en una guerra que en siete años dejó un saldo que se acerca al medio millón de muertos y más de cinco millones entre desplazados y exiliados.
Hubo dos batallas cruciales en estos años: Alepo y Guta. «Hasta principios de 2016, Damasco controlaba el 35% del territorio», responde Ortiz Oporto en un reportaje con el estadounidense Jurgen Klaric. «A partir de allí recuperó el 82%», tras ocupar los últimos reductos en ambos distritos.
Ahora parecen noticias viejas, pero durante el último tramo del gobierno de Barack Obama los grupos terroristas fueron creciendo y tomando territorios no solo en Siria, sino también en el norte de Irak. Los espeluznantes videos de ejecuciones de enemigos religiosos o políticos poblaron horas de televisión. De pronto, todo eso desapareció.

Por un lado, hubo cambio de gestión en Washington. «No ataques a Siria, arregla EE.UU.», escribía Trump en su cuenta de Twitter en 2013. Tres años más tarde, en plena campaña electoral, recomendó «centrarnos en ISIS. No deberíamos centrarnos en Siria», y agregó «terminará en la Tercera Guerra Mundial sobre Siria si escuchamos a Hillary Clinton. Ya no estás luchando contra Siria, estás luchando contra Siria, Rusia e Irán, ¿de acuerdo?». En la Casa Blanca, a fines de 2017, según confiaron funcionarios europeos a The New Yorker. Trump aceptaba que Al Assad continuara en el poder en Damasco, lo que implicaba aceptar que la guerra no podía ser ganada por Occidente. O al menos que él no quería proseguir esa guerra.
El año pasado, un video grabado por los Cascos Blancos mostraba un supuesto ataque químico que justificó una represalia con más de 50 misiles sobre una base siria ordenada por Trump, que por primera vez faltaba a su palabra. Las críticas contra ese organismo de la ONU son feroces y lo menos que se dice es que son expertos en armar videos falsos.
Lo dijo recientemente la monja franco-libanesa Agnès-Mariam de la Croix, del monasterio greco-católico de San Jacobo el Mutilado de Qara, y también médicos suecos de la organización Swedish Doctors for Human Rights.

Fuente de energía
Es cierto que en Siria hay petróleo, lo que torna a ese país una fuente apetecible de energía. Pero, además, por allí está proyectado un oleoducto para llevar combustible de Irak o Irán a Europa, a través de Turquía y sin pasar por el canal de Suez. Para construirlo, Al Assad es un problema, ya que en territorio sirio está la base de Tartus, la única de Rusia en el Mediterráneo. Permitir el paso de esa cañería hubiese sido una puñalada por la espalda a Putin, ya que el objetivo central es proveer a Europa sin tener que negociar con Moscú. Al Assad privilegió entonces su alianza con Putin.
Salgado agrega otro detalle indicativo de las razones de cada contendiente para montarse en la versión del ataque químico, curiosamente «cometido en la única noche que podrían haberlo hecho, antes de que llegara la OPAQ», y para más sospechas, cuando ya se habían retirado de Duma, también en la periferia de Damasco, casi todos los rebeldes.
«Gran Bretaña –dice Salgado– busca instalarse nuevamente como potencia tras el Brexit» en esa región que el imperio británico dominó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero el interés de Francia no es menor. «Siria y el Líbano fueron colonias francesas y aún hoy pude observar un detalle tonto, pero sutil: las mujeres reciben de tratamiento el “madame”».
Lo cierto es que Gran Bretaña y Francia no se habrían embarcado en un ataque de esa naturaleza por su cuenta; necesitan que Estados Unidos no deje la región. Y todo indica que no lo hará, ya que bastante complicada la tiene Trump en el frente interno, y un conflicto siempre viene bien para tapar disputas locales, aunque también padece en el norte de Siria, con la región de Afrin virtualmente invadida por tropas turcas que combaten a milicias kurdas, las que cuentan con apoyo de Estados Unidos.

Revista Acción, primera quincena de Mayo de 2018

Las dos Coreas pondrían fin a la guerra luego de 65 años

Las dos Coreas pondrían fin a la guerra luego de 65 años

El viernes que viene, cuando los mandatarios de las dos Coreas se vean las caras por primera vez, le pondrán punto final a una guerra que comenzó en 1950 y por la que en los campos de batalla dejó de combatirse en 1953 pero que hasta ahora, por increíble que parezca, sigue vigente. La revelación del diario Munhwa Ilbo, citando a un funcionario surcoreano no identificado, le pone un marco al encuentro que mantendrán el primer ministro norcoreano Kim Jong-un y el presidente surcoreano Moon Jae-in y adelanta la reunión que a fines de mayo, se supone, tendrán Jong Un con el presidente estadounidense Donald Trump. Mientras que muchos entienden la escalada bélica en Siria como el prolegómeno de una nueva Guerra Fría, un acuerdo de paz entre los dos países en que quedó dividida la península asiática sería el cierre de la que precisamente comenzó allí a diseñarse a poco de haberse producido la revolución china.

Es que el triunfo definitivo de las milicias lideradas por Mao Zedong en la guerra civil, el 1 de octubre de 1949, provocó un cataclismo en el tablero político de la región que habían establecido en Yalta algunos años antes el británico Winston Churchill, el estadounidense Franklin Roosevelt y el soviético Josif Stalin.

Esos acuerdos para el reparto del mundo al finalizar la Segunda Guerra Mundial incluían la partición de la península coreana en dos naciones, una al norte del paralelo 38 bajo la influencia soviética y otra al sur, con preeminencia de las potencias occidentales emergentes de aquella contienda.

Pero un gobierno comunista en Beijing cambiaba todo. Corea fue reconocida como país independiente por la ONU en 1947 y al año siguiente se plasmó la división entre el norte comunista y el sur capitalista.

Fue en ese contexto que tropas del norte acudieron en auxilio de militantes gremiales y políticos perseguidos por el gobierno anticomunista y pro-estadounidense de Syngman Rhee. Hubo un acelerado avance de las tropas comunistas pero luego un tambièn veloz repliegue ante efectivos del sur que recibieron el apoyo de fuerzas al mando del mítico general Douglas MacArthur, el mismo que había logrado al rendición de Japón y había instaurado la nueva constitución japonesa, aun vigente.

De pronto entró en escena el nuevo jugador, la China de Mao. MacArthur propuso el gobierno de Harry Truman arrojar bombas atómicas sobre territorio chino. El alocado general fue destituido y enviado a casa. No era la primera vez que MacArthur se convertía en parte del problema y no de la solución para Washington. Fue la última.

Hay un diálogo espeluznante entre un representante del gobierno de Truman y Mao que reproduce Henry Kissinger en su libro más que recomendable (hay que decirlo) del instigador de las dictaduras genocidas en América Latina sobre China. Ese profuso y bien documentado material fue la base sobre la que convenció a Richard Nixon de reunirse con el líder chino para restablecer relaciones diplomáticas y regresar al milenario país al concierto de las Naciones Unidas, en 1972.

El negociador norteamericano le dice a Mao, según Kissinger, que tienen bombas atómicas, como se pudo comprobar en Nagasaki e Hiroshima, capaces de arrasar con China en pocos minutos.

El jefe de Estado comunista, sin inmutarse y quizás con un tono de rosna, comentó: «Pueden matar a 100 millones, 200 millones de personas, tenemos 400 millones más».

Como parte de aquel conflicto en Corea, las naciones occidentales forzaron a la ONU a apoyar una intervención total en para volver a las fronteras del paralelo 38 que habían acordado con Stalin. En ese incipiente organismo internacional las tensiones y las trampas ya habían dado comienzo y a la reunión del Consejo de Seguridad (del que formaba parte la URSS y Taiwán como gobierno reconocido de toda China) no fueron representantes soviéticos, porque no las habían avisado. De modo que se aprobó la intervención militar sin el veto del único que lo hubiese hecho.

Al cabo de una feroz contienda de tres años y un mes, quedaron el los campos de batalla casi cuatro millones de muertos. Fue técnicamente un empate, ya que luego de las embestidas y retrocesos iniciales de cada uno de los bandos, se produjo un estancamiento que a menos que la guerra se extendiera -algo que ninguno quería- no hubiese producido resultados.

El 27 de julio de 1953 se firmó el Armisticio en Panmunjong entre el gobierno del abuelo del actual mandatario norcoreano, Kim Il-sung, y representantes del presidente Dwight D. Eisenhower. Un simple tratado de no agresión que dejó afuera a Surcorea. Para Seul y Pyongyang, la guerra en realidad continúa.

A partir de entonces, las dos naciones crecieron de un modo dispar. El sur, convertido en una potencia industrial de primera magnitud, el norte en una potencia nuclear de riesgo para sus enemigos. Al mismo tiempo fueron registrándose acercamientos y diferencias entre Washington y Pyongyang.

Los pocos avances diplomáticos fueron seguidos por fuertes controversias y amenazas de desatar una apocalipsis nuclear que anotó a cada uno de la dinastía Kim como el «loco de turno» para Washington. La posición más clara sobre esta cuestión fue seguramente la de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, quien trató por todos los medios de bloquear cualquier posible unidad de Corea. «Un país con el desarrollo industrial del Sur y armamento nuclear del Norte sería peligroso», era su lema.

Donald Trump siguió esa línea, quizás porque montarse en el perfil de un personaje tildado de loco por los medios occidentales lo podría hacer parecer cuerdo, por comparación. Pero sorpresivamente anunció que iba a aceptar una entrevista con Kim Jong-un que se llevaría a cabo a fines de mayo. Kim también abrió el juego a una cumbre con el jefe de Estado sureño, Moon Jae-in.

Seul enfrenta una crisis política de importancia. Moon asumió su cargo en mayo del año pasado. Ganó las elecciones adelantadas de ese año por la destitución de Park Geun-hye, envuelta en un escándalo de corrupción y detenida. En ese affaire aparece involucrado el presidente y heredero del gigante electrónicoSamsung, Lee Jae-yong, condenado a cinco años de prisión.

Kim Jong-un, en tanto, fue acusado por organismos extranjeros de ser autor intelectual del envenenamiento de su hermanastro Kim Jong-nam en Malasia, en febrero de 2017. También lo acusan de haber ejecutado a su tío, Jong Song-thaek, y a otros 15 oficiales de las Fuerzas Armadas desde que llegó al poder por la muerte de su padre, en diciembre de 2011, cuando tenía 28 años.

Tiempo Argentino, 18 de Abril de 2018