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El Mundial que no miramos

El Mundial que no miramos

A punto de agotar la quinta parte del siglo XXI, parece noticia vieja recordar que el siglo no comenzó en el año 2000, como mucho se debatía por aquellos días, sino el 1° de enero de 2001. Y ese fue un año que de un modo implacable echaría sobre la mesa las cartas que se jugarían durante estos años y los que se vienen. Y si no, veamos esta cronología apurada.

La globalización, que se expandió en todo el mundo tras la caída de la Unión Soviética, en 1991, entró en crisis por el fracaso del neoliberalismo y las consecuencias catastróficas de los ajustes perpetuos para la sociedad, que se hacían palpables en las naciones periféricas y fueron exacerbado sobre todo en América Latina y particularmente en la Argentina.

Fue creciendo así una corriente crítica de ese “pensamiento único”, que se cristalizó en enero de 2001 en el  primer Foro Social Mundial, organizado por la Asociación Internacional para la Tasación de las Transacciones Financieras para la Ayuda al Ciudadano (ATTAC) y el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT), en Porto Alegre, la ciudad de Río Grande do Sul que gobernaba el partido creado por Lula da Silva en 1980 para representar a la clase obrera en las instituciones democráticas brasileñas. Opuesto al Foro de Davos, emitió un documento bien claro sobre su objetivo. “Construimos una gran alianza para crear una nueva sociedad, distinta a la lógica actual que coloca al mercado y al dinero como la única medida de valor. Davos representa la concentración de la riqueza, la globalización de la pobreza y la destrucción de nuestra planeta. Porto Alegre representa la lucha y la esperanza de un nuevo mundo posible donde el ser humano y la naturaleza son el centro de nuestras preocupaciones”. La consigna “otro mundo es posible” se extendió como reguero de pólvora entre la víctimas del modelo de todo el planeta.

Estados Unidos, mientras tanto, planteaba una estrategia basada en lo que George Bush padre llamó “El Nuevo Orden Mundial”, regido desde Washington, con el apoyo estratégico del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) en esta parte del mundo, y de la Unión Europea y el poder militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), sin un enemigo visible contra quien luchar desde el fin de la Guerra Fría.

Hasta que el 11 de setiembre de 2001 los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York y al edificio del Pentágono lo cambiaron todo. Estaba en el gobierno George Bush hijo, y la derecha dura estadounidense aprovechó el estupor inicial para tomar una serie de decisiones que pusieron contra las cuerdas a las libertades individuales en nombre del combate al terrorismo, al que se responsabilizó por esos golpes bestiales.

Tres meses más tarde, la Argentina estallaba en mil pedazos tras una experiencia de diez años de convertibilidad y sumisión al FMI y al recetario privatista neoliberal. Justo unos días antes de que el euro, del otro lado del océano, entrara en vigencia plena para 15 países europeos.

Años interesantes

Este contexto permite entender el proceso que siguió. Por un lado, Estados Unidos se lanzó a la invasión de Afganistán e Irak en busca de terroristas de Al Qaeda que, poco antes, habían sido entrenados por la CIA para combatir la invasión soviética de fines de los ‘70. Por el otro, fueron creciendo opciones de gobiernos comprometidos en mayor o menor medida con el lema de ese otro mundo posible.

Así surgieron en 2003 los mandatos de Lula da Silva y Néstor Kirchner en Brasil y la en Argentina, y en el Uruguay, el Frente Amplio –una alianza anti-establishment de centro izquierda nacida en los ‘70– llegaba al poder y ponía fin a más de un siglo y medio de alternancia de los partidos Blanco y Nacional. Esa ola envolvió otros inesperados cambios regionales, como la elección de Evo Morales en Bolivia , Rafael Correa en Ecuador y Fernando Lugo en Paraguay. Y prefiguró la posibilidad de que en Mar del Plata, en noviembre de 2005, se le dijera a No al ALCA, el proyecto de mercado común continental que bajo la línea del Consenso de Washington habría debido entrar en vigencia en ese momento, según lo planteado en 1994 por los gobiernos conservadores latinoamericanos y el demócrata estadounidense Bill Clinton. En ese mismo año había nacido el NAFTA, el acuerdo de libre comercio de América del Norte, que habían firmado México y Canadá con EE UU y sobre cuyo modelo se planificó el ALCA.

Podría aplicarse a esa época la frase con la que alguna vez tituló un libro sobre el siglo XXI el historiador británico Eric Hobsbawm: fueron “años interesantes”.

Tras la cumbre marplatense, Lula y Kirchner acordaron pagar toda la deuda con el Fondo Monetario para liberarse de su tutela. Las exportaciones de productos primarios como la soja y el petróleo hacían fluir ingresos que por primera vez resultaban beneficiosos en los términos de intercambio para los países productores. China era el gran protagonista de esa suba y ya mostraba los dientes de que la previsión de los analistas internacionales no era errada: luego de “un siglo de humillación”, el gigante asiático está destinado a ser lo que en rigor fue durante cuatro milenios, una potencia centra+l. Y eso va a ocurrir en esta centuria.

Pero no era la única potencia destinada a sobresalir. Ya lo había señalado Jim O’Neill, economista de la banca Goldman Sachs cuando –también en 2001– armó un acrónimo para mencionar a los países donde valía la pena invertir pues serían los nuevos dueños del mundo: BRIC, por Brasil, India, Rusia y China. Un poco a regañadientes o tímidamente, los gobiernos de esos países vieron en 2006 la oportunidad de unirse. Cinco años más tarde invitaron a Sudáfrica. Con un pie en cada continente pero preeminencia en Asia, los BRICS comenzaron a ser una referencia geoestratégica.

Con la pelota rodando ya en Rusia, es bueno puntualizar que en la era moderna los certámenes deportivos más convocantes –los Mundiales de Fútbol, los Juegos Olímpicos– siempre han significado una vidriera enorme para mostrar una ciudad o un país. Por eso se gastan ingentes fortunas en infraestructura y en estadios que luego suelen caer de desuso, con tal de estar en el candelero de los grandes medios durante algunas semanas.

Con el de Rusia, este es el tercer campeonato consecutivo de la FIFA en un país BRICS, luego de los mundiales de  Sudáfrica en 2010 y Brasil en 2014. Los últimos Juegos en Río de Janeiro se realizaron ocho años después de los de Beijing, en 2008, y a continuación de los Invierno de Sochi 2014, en Rusia.

Mientras se institucionalizaban los BRICS, en América Latina se creaban dos organismos que fueron relevantes para la defensa de valores e intereses comunes y contra los intentos de ruptura constitucional: Unasur y Celac, una para América del Sur y la otra para todo el continente y el Caribe, con la cláusula expresa de que en él no participan ni EE UU ni Canadá, pero sí Cuba.

Primavera efímera

El episodio que cambiaría todas las perspectivas fue la crisis financiera que se desató con la caída del banco Lehman Brothers, en setiembre de 2007. En pocos meses todo fue un tembladeral en los países más desarrollados. EE UU, empantanado en Irak, se debatía ante las demandas sociales por la ayuda del gobierno a los bancos y un rechazo cada vez mas fuerte a la intervención armada. En este contexto, en enero de 2009, llegó a la Casa Blanca el demócrata Barack Obama, el primer presidente negro en la historia de ese país esclavista. Con una promesa tan grande de ser una bisagra de la historia que a fines de ese mismo año le dieron el Premio Nobel de la Paz.

Pero el aire de renovación duró poco. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, siguió los lineamientos tradicionales de la política imperial y en junio de 2009 dio vía libre a un golpe institucional en Honduras, el primer ensayo de intervención estadounidense para bloquear los procesos progresistas en el “patio trasero” mediante el uso de las asambleas legislativas.

En tanto, las “primaveras árabes”, que habían entusiasmado a los sectores “bienpensantes” de Europa, pronto mostraron que llegaron a cambiar todo para que todo quedara igual. Hillary decidió dar apoyo a grupos terroristas para forzar la caída de Bashar al Assad en Siria. Y los mismos que habían promovido el Nobel a Obama no tardaron mucho en pedir que lo devolviera.

Para colmo, en 2010 aparecería Wikileaks, un sitio dirigido por el australiano Julian Assange, publicando millones de documentos secretos sobre las atrocidades cometidas por tropas estadounidenses en Irak. Descubierto el “filtrador”, el soldado Bradley Manning, la respuesta del gobierno no fue muy diferente a la que hubiera tomado cualquier gobierno WASP (por blanco, anglo-sajón y protestante). Manning fue detenido y condenado a 35 años de prisión y Assange, perseguido, se refugió en la embajada de Ecuador en Londres para evitar la extradición y un juicio en EE UU. Tres años más tarde, Edward Snowden, analista externo contratado por la CIA, revelaría el sistema de espionaje electrónico global que realizan los servicios de inteligencia estadounidenses. Conocedor del destino que le esperaba, se exilió en Rusia, luego de mostrar a la prensa el método aplicado para vigilar a los ciudadanos de todo el planeta. Era la culminación del proyecto de control social mundial legislado a raíz del 11S. 

Obama, mientras tanto, firmaba el acuerdo 5+1 con Irán junto con China, Rusia, Gran Bretaña, Francia y Alemania, por el cual el país persa aceptaba someter su plan nuclear a las inspecciones de organismos de la ONU. Y puso a Estados Unidos en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP por sus siglas en inglés), un tratado de libre comercio de los países de la Cuenca del Pacífico.

Rechazo a la globalización

Los continuos recortes presupuestarios y la pérdida de puestos de trabajo en virtud de las nuevas reglas comerciales terminaron por hastiar a las sociedades europeas y de EE UU. La crisis financiera sumió al euro en un temporal del que por momentos pareció que no iba a salir. La moda de los acrónimos incluyó a cuatro países golpeados especialmente por esa tormenta bajo el nombre de PIGS –cerdos–, por las iniciales de Portugal, Italia, Grecia y España (Spain). Sobre ellos especialmente recayeron los sofocantes programas de ajuste presupuestario pergeñados por la “troika”, la tríada integrada por el Banco Central Europeo (BCE), la Comisión Europea (CE) y el FMI.

Como en una vuelta de tuerca, si al principio del siglo los movimientos de izquierda eran los únicos que se oponían a la globalización capitalista, ahora la derecha nacionalista y xenófoba fue tomando esas banderas ante la pérdida de atractivo del neoliberalismo para las mayorías populares. Ese descontento se expresó en Europa en el Frente Nacional francés (FN); el Partido por la Libertad holandés (PVV); el Partido de la Independencia británico (UKIP); Alternativa para Alemania (AfD), y la Liga del Norte italiana, entre otros. Hungría y Polonia dieron la nota con gobiernos que amenazan los valores de la UE. El Reino Unido, en tanto, votó un referéndum para dejar la Unión Europea. En Italia, tras varias idas y vueltas, asumió el gobierno una coalición de la derecha xenófoba de la Liga del Norte con el Movimiento 5 Estrellas. En España, cayó Mariano Rajoy, acorralado por la corrupción en el PP, y asumió el líder del PSOE, Pedro Sánchez. El reemplazante de Obama en la Casa Blanca, en tanto, se suma a esta corriente de nacionalismo xenófobo. Sus primeras medidas estuvieron destinadas a romper con los acuerdos que venían de anteriores gestiones. Entre ellos, el Protocolo de París, sobre medio ambiente, el de comercio TPP y el nuclear con Irán.

Al mismo tiempo que está acosado por el presunto apoyo de Rusia a su campaña electoral, Donald Trump desarrolla una política de cowboy caprichoso en el resto del mundo. Así, mientras reprende a los líderes europeos para que aporten más a su propia seguridad militar, patea el tablero en Medio Oriente al trasladar la embajada en Israel a Jerusalén y dar su apoyo irrestricto al gobierno de Benjamín Netanyahu. Plantea, además, una guerra comercial con China. Y se lanza desaforadamente al ataque contra el gobierno bolivariano de Venezuela, mientras da marcha atrás en el acercamiento de Obama a Cuba.

Para muchos, lo que parece una política errática de Trump no es más que un intento brutal de barajar y dar de nuevo. También la globalización perjudicó a los trabajadores estadounidenses, sus principales votantes. Su campaña se basó en prometer la vuelta a aquellos tiempos de supremacía de los Estados Unidos en el mundo, lo que implicaba también a la industria local. De allí la barbarie de sus ataques contra los inmigrantes latinoamericanos.

Pero el mundo ya no es el mismo y hay otros jugadores de peso. Vladimir Putin, en Rusia, y Xi Jinping, en China, saben el lugar que ocupan en este escenario. América Latina sufre el embate de las oligarquías locales –que, es justo decirlo, fueron alentadas a tomar el poder en la era Obama–, pero por esas piruetas del destino cuenta con un líder que mantiene su influencia, a pesar de que la institución que dirige atraviesa una profunda crisis. El argentino Jorge Mario Bergoglio, coronado Papa en 2013, intenta una postura diferente al pensamiento único neoliberal que retorna con fuerza en la región y que sostienen las instituciones internacionales como única opción. Desde su crítica a la devastación del medio ambiente y a la avidez financiera del sistema capitalista, Francisco encarna a su manera el rechazo humanista a la globalización.

El otro gran líder que podría ponerse ese sayo es Lula da Silva. Los años dorados de la región mucho tuvieron que ver con ese Brasil que miró a América Latina para encabezar las ansias de autonomía y puede volver a ocupar ese espacio en la elección de octubre. Pero el metalúrgico está preso, nadie garantiza que le permitan presentarse y hay que ver si el establishment quiere arriesgarse a permitir el comicio. Si no tuvieron prurito en expulsar a Dilma Rousseff con una maniobra institucional, no les temblaría la pera por tomar cualquier medida con tal de que ese otro mundo no sea posible.

Tiempo Argentino, 24 de Junio de 2018

Más de 2300 niños esperan en jaulas encontrarse con sus familias en la frontera de EE UU con México

Más de 2300 niños esperan en jaulas encontrarse con sus familias en la frontera de EE UU con México

Se puede ironizar con que Donald Trump tuvo un gesto «humanitario» y aceptó que los niños inmigrantes ahora puedan estar en la misma jaula que sus padres. Pero en la realidad poco cambió en la frontera sur de  Estados Unidos. Según varias ONG que se ocuparon en esta semana de mantener el caso en el candelero, hay más de 2300 chicos a la deriva, porque tras la nueva decisión del gobierno ahora deben reencontrarse con sus familiares, cosa que en muchos casos implica una tarea detectivesca.

Es el caso, de acuerdo a un cable de la agencia AFP, de una nena registrada como de dos años que usa pañales y que como habla quiché, lengua maya de Guatemala y México, no había forma de entenderla. Al cabo de horas de búsqueda en listas de ingresados, lograron identificarla. El nombre era otro y su única parienta es una tía que está alojada en una jaula cercana.

El caso de la separación de los niños de sus parientes escandalizó a la sociedad y potenció el debate sobre lo que se debe hacer con los inmigrantes ilegales, y además generó una fuerte controversia entre grupos evangélicos que rondan entre los legisladores republicanos y en los despachos del gobierno de Trump.

Uno de los líderes de estos sectores, Ralph Drollinger, bajó línea bíblica en favor de separar a los padres de los niños sin culpa. Exbasquetbolista de 2,18 metros de altura –llegó a jugar en el seleccionado que disputó el Mundial de Filipinas en 1978– Drollinger, arengó a sus fieles que «cuando alguien viola la ley de la tierra, debe esperar que una de las consecuencias de su comportamiento ilegal sea la separación de sus hijos»·.

El expivot del Seattle SuperSonics y Boston Celtics es cofundador de Capitol Ministries, una secta de estudios de la Biblia a la que acuden muchos dirigentes republicanos del país. Entre sus sponsors figuran Mike Pence, vicepresidente; Jeff Sessions, secretario de Justicia, y Mike Pompeo, titular de la secretaría de Estado, a quienes define como discípulos de Jesucristo, cuenta Lee Fang en el portal The intercept.

Para Drollinger, «las leyes de inmigración de cada nación deben basarse en la Biblia y aplicarse estrictamente, en la seguridad de que Dios aprueba tales acciones por los líderes de la nación». Más aún: «Excluir judicialmente a personas que podrían ser criminales, traidores o terroristas, o que poseen enfermedades contagiosas, no es racista en lo más mínimo».

Samuel Rodríguez, un pastor evangelista puertorriqueño de Asambleas de Dios y con mucha llegada a Trump, consideró en una carta pública, sin embargo, que «los efectos traumáticos de esta separación en estos niños pequeños, que podrían ser devastadores y duraderos, son de gran preocupación». 

Tiempo Argentino, 24 de Junio de 2018

Trump sale a la Conquista del Espacio

Trump sale a la Conquista del Espacio

El 25 de mayo de 1977, el director estadounidense George Lucas presentó el primer episodio de Star Wars, llamada a ser un clásico del cine que ya va por los once capítulos y promete seguir.  Para cuando se estrenaba El retorno del Jedi, el tercer fragmento de la saga, en 1983, hacía dos meses que el presidente Ronald Reagan  había anunciado su Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI por sus siglas en inglés), un programa de investigación y desarrollo militar que se proponía crear un escudo defensivo espacial para repeler cualquier amenaza con misiles extra continentales provenientes de la Unión Soviética.

Ex actor de Hollywood devenido 33º Presidente de Estados Unidos, pocos dudaron de que Reagan se había subido al carro triunfal del marketing cinematográfico para sacar un as de la manga en su carrera anticomunista. O en todo caso, desviar la atención mediática sobre las consecuencias de su brutal política neoliberal, que dejó un tendal en desocupados y partió en pedazos la resistencia gremial a los ajustes.  Pero parece haber tenido una consecuencia inesperada para los analistas de entonces: obligada a no quedarse atrás, la SDI fue un desafío que llevó a los estrategas soviéticos a acelerar nuevos instrumentos militares que literalmente llevaron a la URSS a la bancarrota, cosa que se verificaría hacia el final de esa década.

Ahora, Donad Trump, si se quiere otro advenedizo en la política -del que puede decirse cualquier cosa menos que es un timorato- acaba de ordenar al Pentágono crear una división de las Fuerzas Armadas estadounidenses destinada a impulsar el control del espacio.  Será, según indica el documento titulado Directiva 3 de Política Espacial, una sexta rama de las FFAA que se sumará al Ejército (US Army), la Fuerza Aérea (US Air Force), la Marina de Guerra (US Navy), el Cuerpo de Marines y la Guardia Costera.

Y tendrá específicamente la misión de sostener el liderazgo estadounidense «en la provisión de un entorno seguro y protegido a medida que aumenta el tráfico espacial comercial y civil». Entre los justificativos a esta iniciativa destaca que «la rápida comercialización del espacio requiere un marco de gestión del tráfico que proteja los intereses de los EE. UU. y tenga en cuenta las necesidades del sector privado.»

Eso si, considera entre otros retos a la seguridad del país «la creciente amenaza de los desechos orbitales», que entre otros asuntos deberá precaver la nueva Fuerza Espacial  (US SpacialForce).

Este proyecto es, como su número lo indica, el tercero en ese ámbito desde que Trump llegó a la Casa Blanca. El 24 de mayo pasado -curiosamente cuando se cumplían 40 años del estreno del  primer film de Lucas- había firmado la Directiva de Política Espacial 2 para «para reformar el marco regulatorio del espacio comercial de los Estados Unidos, buscando garantizar nuestro lugar como líder en el comercio espacial.»

El 11 de diciembre fue emitida la iniciativa número 1, que simplemente había ordenado a la NASA el regreso de Estados Unidos a las misiones humanas a la Luna y a Marte.

Esta vez, el país que no quiere perder el tren -valga la metáfora- es Estados Unidos, en vista de los avances que lograron China y la ventaja que mantiene la Federación Rusa.

Pero hay un aspecto que no figura en el documento que presentó Trump junto con las autoridades del Pentágono y en presencia del vicepresidente Mike Pence, pero que también hace al espíritu de aventura y conquista que el mandatario quiere recuperar en la sociedad estadounidense.

La mención a Pence se explica porque fue el que contó este tramo del discurso de Trump ante sus invitados en su cuenta de twitter. «Una vez más, convocaremos al espíritu americano para domar la próxima gran frontera Americana». Y agregó Trump, según el ex gobernador de Indiana: «Ahora estamos listos para comenzar el próximo gran capítulo de la exploración espacial norteamericana… Somos estadounidenses, y el futuro nos pertenece totalmente», dice que dijo el polémico empresario.

La «conquista del Oeste», se sabe, es para el imaginario estadounidense la gran epopeya del siglo XIX. Y fue la expansión hacia la costa del Pacífico entre 1830 y 1890, mediante la invasión de tierras ocupadas por poblaciones originarias, a sangre y fuego.

¿Trump pensará en arrasar con la población marciana o venusina? ¿O tiene en mente la película de 1962 que cuenta esta historia y fue dirigida por John Ford, Henry Hathaway, George Marshall y Richard Thorpe? ¿Qué dirán los chinos a todo esto? ¿lo tomarán como una nueva fase de la guerra comercial que desató la semana pasada el inquilino de la Casa Blanca?

Tiempo Argentino, 19 de Junio de 2018

Trump desafía a China y tiemblan los mercados

Trump desafía a China y tiemblan los mercados

Lo venía anunciando desde hace tiempo y esperó a la semana en que podía exhibir como un logro el encuentro con el líder norcoreano Kim Jong-un para anunciar aranceles del 25% sobre importaciones de productos chinos. El presidente Donald Trump consigue así estar en el candelero nuevamente y las primeras consecuencias de esta escalada comercial con el gigante asiático fueron la noticia de que Beijing tomará represalias, la baja de las acciones y de la soja en los principales mercados del mundo, el aumento del petróleo y el fortalecimiento del euro. Es que una guerra entre Estados Unidos y China, sea del tipo que sea, envuelve a todo el planeta y devela sobremanera a los principales líderes políticos.

Es bueno destacar que el anuncio de Trump no tuvo el tono desafiante de otras veces. «Mi formidable relación con el presidente Xi de China y la relación de nuestro país con China son importantes para mí. Sin embargo, el comercio entre nuestras naciones es muy desigual, desde hace mucho tiempo», dijo en un comunicado formal, algo poco usual para un gobernante que se maneja por Twitter.

La explicación del polémico empresario es que debe prevenir “injustas transferencias de tecnología y propiedad intelectual estadounidenses a China, protegiendo empleos en EE UU”.  Los aranceles, al menos en esta etapa, se aplicarán sobre unos 50 mil millones de dólares en productos directamente vinculados a tecnologías de avanzada.

El comercio entre EE UU y China es de unos 636 mil millones de dólares anuales, pero de ese total 505.600 millones son exportaciones chinas a Estados Unidos contra  130.400 millones en productos norteamericanos que cruzan el Pacífico. Más allá de este colosal déficit, el tema de fondo es que los dos colosos se están peleando por las tecnologías más sofisticadas, que son las que marcan esta nueva revolución industrial en la que los jugadores son apenas esos dos,  un poco más lejos de Alemania y Japón pero nadie más.

Antes de dar este paso, Trump había viajado a Singapur para una demorada cumbre con el líder de Corea del Norte, KimJong-un. El resultado final fue un documento en que Kim se compromete a la desnuclearización de su país y Washington a levantar las sanciones impuestas desde hace años.

Al regreso del mitin, Trump se topó con duras críticas de los medios hegemónicos y de parte del establishment intelectual. Como suele ocurrir, la evaluación mediática pasaba por quién ganaba y quién perdía con un acuerdo que, a decir verdad, es mínimo en consideración a lo que está en juego: nada menos que la posibilidad de evitar un conflicto atómico en la península asiática. Y hubo coincidencia en remarcar que Trump había quedado relegado ante un “dictador” que lo obligó a firmar un papel que no piensa tomar en cuenta.

Por una vez, Trump quedó a la izquierda de sus críticos. El detalle es que fue el primer presidente estadounidense en verse la cara con un norcoreano desde el armisticio de 1953. El agregado es que, para sentar a la misma mesa a Kim, hubo una gran “mano” de la diplomacia china.

Trump llegó a Singapur con el recuerdo todavía fresco por cómo les “arruinó” la fiesta a los jefes de gobierno del G7 en Canadá. En esa cumbre de los países industrializados de occidente, el presidente de EEUU planteó el ingreso de Rusia a grupo y el levantamiento de sanciones para el país gobernado por Vladimir Putin, ante el rechazo generalizado.

En esos mismos días se celebraba en China otra cumbre, la de la Organización de Cooperación de Shanghai. Esa institución creada en 2006 está integrada por China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán, India, Pakistán y Tayikistán. Mientras en Quebec Trump le mojaba la oreja a los líderes europeos (G7 es Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón, Canadá y EE UU), en Qindao el presidente chino Xi JInping ofrecía créditos a los países miembro y hablaba de construir una comunidad regional. Sobre este escenario Trump busca barajar y dar de nuevo con golpes de efecto impredecibles. Habrá que ver cómo quedan las cartas luego de esta vuelta de tuerca que ya estremece a los mercados internacionales.

Tiempo Argentino, 17 de Junio de 2018