por Alberto López Girondo | Ago 5, 2018 | Sin categoría
El negacionismo climático que Donald Trump propone desde que se ofreció para presidir Estados Unidos parece haber encontrado un aliado del otro lado de la frontera norte, lo que puede significar un retroceso en el combate al cambio climático.
El mismo día que se anunciaba en Washington que la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y la Agencia de Seguridad Vial (NHTSA) redujeron las reglas de rendimiento de motores que funcionan con combustibles fósiles, en Canadá la ministra de Medio Ambiente y Cambio Climático, Catherine McKenna, informó que a pedido de las industrias de ese país aceptó morigerar las tasas a las emisiones de gas de efecto invernadero. En ambos casos, la excusa es que las empresas no deben perder competitividad en relación a las de otras naciones que no serían tan respetuosas del Acuerdo de Paris de 2016.
En el caso estadounidense, la regulación aprobada en la era Obama y conocida como CAFE (por las siglas en inglés de Economía de Combustible Colectiva Promedio) establecía que los vehículos debían ser capaces de recorrer 100 kilómetros con un galón de combustible (4,32 litros) en 2025. Ahora se les permitirá hacer 60 kilómetros en 2021 y la certeza de que entonces se volverá hablar. Andrés Nápoli, el director ejecutivo de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), no se muestra sorprendido por esta medida que «va en consonancia con el compromiso electoral de Trump de reactivar industrias que habían sido castigadas por la regulación de Obama, como la del petróleo y el carbón». Según Nápoli, «se trata de una decisión que mira hacia la política interna pero que tiene indudables coletazos en el exterior».
Un dato es que a principios de julio Trump tuvo que echar al director que había designado en la EPA, Scott Pruitt, un «desregulacionista», pero no por cuestiones climáticas sino por la utilización de dineros públicos para beneficios personales. En su lugar quedó el que era el número 2, Andrew Wheeler. Pruitt basó su carrera llevando adelante demandas contra la EPA como fiscal general de Oklahoma. Wheeler, a su vez, es lobista de las mineras carboníferas y a poco de asumir autorizó a que los estados puedan suspender los monitoreos de agua subterránea en zonas donde haya explotación de carbón y elevó los niveles permitidos de plomo, cobalto, litio y molibdeno en los acuíferos.
«No queremos expulsar a la industria de nuestro país», dijo la ministra McKenna, ante la amenaza de que las empresas se muden a EE UU. Las industrias que producen más de 50 mil toneladas de CO2 anuales debían limitar la intensidad promedio de emisiones al 70 por ciento. Ahora el tope es de 90 % para los productores de cal, cemento, fertilizantes nitrogenados, hierro y acero y 80 % para el resto.
Carlos Ferreyra, miembro de la Alianza Vida, Clima y Salud, mantiene su optimismo: «El mundo ya tomó una decisión en París» y considera que estos son coletazos propios de una transición impulsados por los intereses de la industria de los combustibles fósiles. Que son intereses tremendamente poderosos. «
La chispa de los motores
Cuando Donald Trump ganó la presidencia, en California surgieron voces que reclamaban la creación de una nación independiente en el distrito más rico y poblado de Estados Unidos. Y el más preocupado por el medio ambiente, según se percibe en estos días. Porque al cambio de reglas sobre rendimiento de motores, el gobernador Jerry Brown respondió con la amenaza de que «California luchará contra esta decisión estúpida con todos los medios a su disposición».
Desde 1960 ese estado comenzó a establecer controles en los escapes ante el aumento en los niveles de contaminación por la enorme cantidad de autos que circulaban en Los Ángeles. Por más de medio siglo California obligó a que la industria automotriz tuviera que adecuarse a estándares más amigables con el medio ambiente. En eso estaba Barack Obama. Trump dice que por esas regulaciones el precio promedio de los autos es 2340 dólares más de lo que debería, lo que impide que los ciudadanos puedan cambiar de auto. Tal vez la chispa secesionista sea la de un motor de combustible fósil.
Tiempo Argentino, 5 de Agosto de 2018
por Alberto López Girondo | Ago 2, 2018 | Sin categoría
El presidente Donald Trump salió a apurar al fiscal general Jeff Sessions para que cierre la investigación por la presunta injerencia de servicios rusos en la campaña que lo llevó a la presidencia en 2016. La ofensiva incluye al fiscal especial encargado del caso, Robert Mueller, quien fuera titular del FBI en los gobiernos de George W Bush y Barack Obama y ahora es el que lleva adelante la pesquisa por este affaire. Pero la Procuración en realidad también debería abrir una investigación paralela sobre otro tipo de interferencia rusa, aunque durante la gestión Obama: la compra de una empresa que explota una mina de uranio en EEUU por parte de una firma rusa que además habría acercado sustanciosos aportes ilegales a la Fundación Clinton. Mientras tanto, el que fuera jefe de campaña de Trump, Paul Manafort, espera ver cómo avanza un juicio en su contra por fraude fiscal y bancario encerrado en una celda casi todo el día para, según las autoridades “garantizar su seguridad”.Señal de que sabe demasiado.
Manafort había sido detenido el 15 de junio luego de que lo encontraron tratando de “convencer” a dos testigos de que declararan a su favor en el juicio. El hombre es un viejo lobista de intereses extranjeros y fue durante los primeros tres meses de campaña el principal asesor del candidato republicano. Tuvo que renunciar cuando se filtró la información de que había sido consejero de Viktor Yanukovich, el presidente ucraniano pro-ruso que fue destituido en febrero de 2014 tras las revueltas en la Plaza Maidán que promovió la dirigencia proeuropea de esa ex nación soviética. Pero el proceso en su contra no tiene nada que ver con la denunciada injerencia rusa en las elecciones.
Este jueves, Trump abrió una serie de tuits en los que descargó sus enconos contra la investigación del FBI que lo tiene en vilo desde antes de llegar a la Casa Blanca. Esa que sostiene que agentes rusos operaron para que derrotara a Hillary Clinton en la elección presidencial. Una posición que también sustentaba el gobierno de Obama, un poco para justificar el resultado del comicio, pero mucho más para marcarle la cancha al nuevo mandatario, que desde entonces no hace sino avanzar en el sentido contrario a cada una de las iniciativas que impulsó el demócrata, sobre todo en política exterior.
«Es una situación terrible y el Fiscal General Jeff Sessions debería interrumpir esta cacería de brujas ahora mismo, antes que manche aún más a nuestro país», escribió Trump el jueves. Sessions se excusó de encabezar esa investigación porque él mismo mantuvo encuentros con diplomáticos rusos antes de llegar a su cargo, un detalle que casi le cuesta la renuncia antes de asumir. Por eso el sabueso en jefe es Mueller, que en esto sigue la agenda que le marcó el FBI y por la cual ya ordenó procesar a 31 personas, entre ellos a 12 agentes de Rusia, justo dos días antes de la cumbre Trump-Vladimir Putin de Helsinki.
A él, Trump le dedicó este tuit: «Bob Mueller está totalmente en conflicto, ¡y sus 17 demócratas enojados que están haciendo su trabajo sucio son una desgracia para EE.UU.!»
«La colusión de Rusia con la campaña de Trump, una de las más exitosas de la historia, es un EMBUSTE», prosiguió el primer mandatario estadounidense, que recordó luego que «Paul Manafort trabajó para Ronald Reagan, Bob Dole y muchos otros líderes políticos prominentes y respetados. Trabajó para mí durante muy poco tiempo. ¿Por qué el gobierno no me dijo que estaba bajo investigación? Estos viejos cargos no tienen nada que ver con colusión, ¡un engaño!».
Lo interesante es cómo Manafort aparece envuelto en una causa que lo puede dejar entre rejas por varios años. El FBI venía investigando delitos de cometidos por dignatario extranjeros. Eran los tiempos de Eric Holder como fiscal general y Obama en el Salón Oval. Uno de los objetivos era Yanukovich, el aliado de Putin en Kiev. Así habrían llegado a cuentas sospechosas en Ucrania, Chipre y Letonia. Pero en el camino se cruzaron con Manafort -según detalla Jason Leopold en BuzzFeed News Reporter- quien parece que administraba al menos 40 millones de dólares un tanto oscuros, a titulo personal o de terceros.
A la caída de Yanukovich, Manafort siguió con sus negocios, que no son pocos, en el resto del mundo. De hecho, regentea varias empresas y con uno de sus asociados, el puertoriqueño Héctor Hoyos, tienen importantes intereses en Puerto Rico. Entre los últimos emprendimientos figura el “cabildeo” en favor del inversor chino Yan Jiehe, de la Pacific Construction Group, de Shanghai.
Entrevistado por Kennet Vogel, del portal Politico, de EEUU, Hoyos reconoció que había presentado a Manafort con los chinos, pero dijo que el estadounidense al principio fue muy cauto. “Paul no hace negocios sin saber con quién se está metiendo en la cama”, describió. De lo que puede deducirse que con Yanukovich hubo buen clima en la alcoba.
¿Por qué tantas medidas de seguridad en torno de Manafort? Quizás porque el lobista, de 69 años, puede ser silenciado abruptamente antes de declarar en el estrado donde lo juzgan por sus ingresos no declarados en bancos ubicados en varias cuevas fiscales. No tanto por lo diga en torno de esos depósitos no del todo limpios como por la posibilidad de que contraataque para salvar su pellejo.
Ya en 2015 el The New York Times había publicado que «poco después de que los rusos anunciaran su intención de adquirir una participación mayoritaria en Uranium One”, una firma minera canadiense que explota el estratégico mineral en tierras estadounidenses, el ex presidente Bill Clinton “recibió 500.000 dólares por un discurso en Moscú de un banco de inversión ruso relacionado con el Kremlin que estaba negociando acciones de la compañía».
«En total, la Fundación Clinton recibió 145 millones de intereses vinculados a Uranium One, que fue adquirida por la agencia nuclear del gobierno ruso Rosatum», abundó el NYT.
En enero de 2013 Hillary Clinton era secretaria de Estado de Obama. El gobierno autorizó entonces que Rosatom comprara Uranium One -que es propietaria del 20% de las reservas de uranio estadounidenses y tiene minas en Wyoming y Utah-por 1300 millones de dólares. Como se trata de un mineral estratégico, la operación debió recibir el aval del Comité de Inversión Extranjera, del que forman parte los Departamentos de Justicia, Energía, Tesoro, Defensa, Comercio, Seguridad Nacional y la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos. Pero también de la cartera que comandaba la excandidata demócrata.
Sessions, por lo que trascendió, analiza la posibilidad de nombrar un fiscal especial para hurgar en estas negociaciones y en el oportuno aporte para la Fundación cuando se negociaba la venta de la Uranium. Ahí tal vez estuvo la clave del “apriete” de Trump al Procurador General de Estados Unidos.
Tiempo Argentino, 2 de Agosto de 2018
por Alberto López Girondo | Jul 18, 2018 | Sin categoría
Crece la escalada política entre la UE, Estados Unidos, Israel e Irán a medida que se acerca la fecha en que la administración Donald Trump aplicará nuevas sanciones a Teherán tras romper el acuerdo nuclear firmado en 2015 entre las cinco potencias atómicas más Alemania y el gobierno de Hasan Rohani.
Los detalles de esta máxima tensión son reveladores: mientras el ministro de Relaciones Exteriores persa, Mohamad Javad Zarif, explicaba los objetivos de la demanda que su país presentó en la Corte Internacional de Justicia contra Washington, su par europea Federica Mogherini resaltó el rechazo de la UE al bloqueo económico y desde Tel Aviv la Mossad se jactaba de haber concretado un impresionante operativo de espionaje para robar media tonelada de documentos de un edificio de máxima seguridad en el corazón de la capital iraní que darían cuenta del plan del régimen chiita para desarrollar una bomba atómica.
Desde que Trump llegó al gobierno, se propuso cambiar las reglas de juego internacionales construidas a lo largo de varias décadas por sus antecesores y los líderes occidentales. Entre sus primeras mutaciones siempre tuvo en la mira -y lo dijo desde su campaña electoral- romper con el tratado para limitar y controlar el proyecto nuclear iraní.
Tras arduas negociaciones del gobierno de Barack Obama con los mandatarios del Reino Unido, Francia, Rusia, China -los países con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU- y Alemania, la única nación sin armamento nuclear de ese grupo pero potencia económica indiscutible, el documento se firmó en 2015.
El acuerdo fue presentado, por eso mismo, como de los 5+1 y para los firmantes garantizaba el uso iraní de la energía atómica con fines pacíficos y no, como teme Israel, para desarrollar armamento. No es que la región esté alejada de ese tipo de artilugios letales, porque precisamente Israel cuenta con un arsenal nuclear, solo que no las tiene declaradas oficialmente.
El caso es que según todos los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés), encargado de verificar el cumplimiento del acuerdo, el gobierno de Irán viene respetando cada uno de los puntos del 5+1. Por lo tanto correspondería levantar cada una de las sanciones impuestas en estos años.
Israel siempre se opuso a este arreglo y aún se recuerda el discurso del premier israelí Benjamin Netanyahu en el Congreso de EEUU para explicarle a los congresistas estadounidenses lo que para él era un error de Obama y de Occidente. Llegó a usar el atentado a la AMIA en Buenos Aires y a la muerte del fiscal Alberto Nisman como prueba de lo que para él son capaces de hacer los iraníes.
Ahora, un informe que el servicio de inteligencia israelí entregó a los diarios The Washington Post, The Wall Street Journal y The New York Times mostraría los esfuerzos de Irán por desarrollar armamento nuclear. La historia tiene componentes propios de un film de espionaje o de robos tipo comando para atrapar a público de todas las edades.
Según la información filtrada a los medios más influyentes de Estados Unidos, un equipo de agentes de la Mossad fue encargado de armar un operativo para ingresar a un edificio fuertemente amurallado en el centro de Teherán donde sabían que el gobierno había reunido toda la documentación sobre el proyecto nuclear, al que se le había puesto fin oficialmente en 2003.
El plan implicaba introducirse en el edificio, romper gruesos muros y cortar cajas de seguridad con sopletes especiales que levantan una temperatura de hasta 3000 grados Celsius y llevarse el material antes de que una nueva ronda de la vigilancia pasara por el lugar. O sea, exactamente 6 horas y 29 minutos. Los «boqueteros» de la Mossad rompieron dos puertas, vulneraron 32 cajas fuertes, cargaron unos 500 kilos de papeles en una camioneta y huyeron antes de que se detectara el robo.
Esto habría sido el 31 de enero y de inmediato se pusieron a investigar en los documentos. La información pasó al despacho de Trump que de inmediato anunció la ruptura unilateral del acuerdo con Irán y la aplicación de sanciones no solo en forma directa -bloqueo de cuentas bancarias y prohibición de comerciar a empresas estadounidenses- sino que se hace extensivo el castigo a todos aquel que pretenda hacer negocios con Teherán, siguiendo el principio de extraterritorialidad del derecho estadounidense.
Esta medida despertó urgentes quejas de la UE y de los otros firmantes del convenio nuclear. No solo porque echa por tierra años de conversaciones para encontrar una solución pacífica al conflicto sino porque además en la práctica permite sanciones a empresas de los países firmantes y puede dificultar el comercio de combustible.
El lunes, Mogherini dijo que el 6 de agosto – cuando entren en vigor las medidas de Trump- la UE aplicará una ley establecida en 1996 para saltar el embargo a Cuba y proteger a empresas europeas. «Aprobamos la actualización del estatuto de bloqueo y tomamos todas las medidas necesarias para facilitar que Irán se beneficie de los efectos económicos del levantamiento de las sanciones», dijo la canciller de la Unión Europea.
«La UE y los otros firmantes del acuerdo logrado con Irán en 2015, China y Rusia, buscan un mecanismo financiero que garantice a Irán la capacidad de exportar su petróleo», se sumó el francés Jean-Yves le Drian, titular de Relaciones Exteriores del gobierno de Emmanuel Macron. La petrolera francesa Total había pedido cobertura para no padecer als consecuencias de sus negocios en el país persa.
El mismo día, Irán presentó una demanda contra EEUU en la Corte de La Haya ante «la decisión tomada en mayo por Estados Unidos ‘de restablecer de lleno y de hacer aplicar’ un conjunto de sanciones y de medidas restrictivas», señaló la CIJ en un comunicado.
El canciller iraní aclaró en un tuit que Washington «rinda cuentas por la reimposición ilegal de sanciones unilaterales (y por) el desprecio de Estados Unidos hacia la diplomacia y sus obligaciones legales «, escribió Zarif. En la presentación, Irán se basa en el tratado de amistad entre ambas naciones firmado en 1955 y al que acusan haber sido violado en reiteradas ocasiones por la Casa Blanca.
El argumento de Trump para romper el 5+1 (ahora debiera llamárselo 4+1) es que Irán no había cumplido con los compromisos y seguía desarrollando su proyecto militar. La AIEA lo desmiente y en realidad los documentos que la Mossad entregó a los diarios estadounidenses tampoco indican que se mantenga la iniciativa bélica.
Tiempo Argentino, 18 de Julio de 2018
por Alberto López Girondo | Jul 15, 2018 | Sin categoría
Yalta es una ciudad costera en Crimea, famosa porque allí, en febrero de 1945, Josip Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill se reunieron para ultimar detalles sobre el reparto del mundo tras la inminente derrota del nazismo, cosa que ocurriría un par de meses más tarde. Pasó mucha agua por esos mares en 73 años hasta que este lunes, en Helsinki, la capital finlandesa, Vladimir Putin y Donald Trump se vean las caras en lo que para el presidente estadounidense puede ser un Yalta 2, al que rechazan en cadena los aliados y el propio establishment de su país.
Será la tercera vez que el mandatario ruso y el inquilino de la Casa Blanca se encuentran. La primera fue en Hamburgo, hace justo un año, en la cumbre del G20. La segunda fue en Vietnam, en noviembre pasado, cuando el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. En ambas ocasiones, el revuelo político fue enorme y se entiende: Putin figura en los puestos más altos del ranking de enemigos de Occidente. Cualquiera que pretenda una cercanía con el líder ruso corre el riesgo de terminar embadurnado en lodo.
Es lo que le viene ocurriendo a Trump desde su campaña para la presidencia, cuando preanunciaba que quería sentarse con el ocupante del Kremlin para «arreglar los problemas del mundo». De allí la acusación de que agentes rusos colaboraron con su candidatura para derrotar a Hillary Clinton en noviembre de 2016 hackeando mails de la ex secretaria de Estado de Barack Obama.
Desde que Trump tomó el cargo, se profundizó una investigación del FBI y justo este viernes, a horas de la cumbre de Helsinki, el fiscal especial Robert Mueller imputó a 12 funcionarios de inteligencia rusos por un presunto ciberataque contra el Comité Nacional del Partido Demócrata.
Según Rod Rossenstein, el fiscal adjunto, los acusados integraron dos unidades del Departamento Central de Inteligencia (GRU por sus siglas en ruso), el servicio de espionaje exterior creado hace un siglo por los líderes de la Revolución de Octubre. El funcionario dijo que Trump estaba al tanto del anuncio. Sin embargo es vox populi la enemistad entre el titular de esa oficina, Mueller, y Trump, que intentó echarlo sin éxito. De modo que el anuncio sale justo para empiojar la reunión de mañana.
Al mismo tiempo, en otra señal de coordinación al menos sospechable, las autoridades británicas informaron que la policía encontró una botella con un producto neuroparalizante en la vivienda de Amesbury donde una pareja había sido envenenada hace once días.
Como publicó Tiempo el domingo pasado, Dawn Sturgess y Charlie Rowley habían sido ingresados el 30 de junio al hospital de Salisbury con signos de sobredosis de heroína. Cuatro días más tarde el gobierno dijo que se habían envenenado con Novichok, un agente nervioso desarrollado en la Unión Soviética con el que en marzo, en ese mismo distrito, se habían envenenado el ex espía ruso Sergei Skripall y su hija Yulia.
Para la primera ministra Theresa May, en los dos casos fue una acción realizada por Rusia, aunque sin motivos claros. Ahora, el miércoles 11 parece que descubrieron la botellita que un amigo de Sturgess y Rowley dijo una semana antes que habían encontrado en la calle. Y lo informaron justo el viernes, cuando Trump hacía una visita al Reino Unido y esperaba tomar el té con la reina Isabel II.
Trump había estado con May, a la que entre otras cosas le explicó que no había dicho lo que un diario inglés dijo que había dicho sobre el Brexit (ver aparte). Los modos de Trump, que tanto incomodan a la prensa, no son nada en comparación con las movidas que en política internacional viene desarrollando desde que está en el gobierno.
El comunicado oficial dice que con la jefa de Estado británica hablaron de cómo seguirá de aquí en más la relación con el principal aliado de Estados Unidos desde las dos guerras mundiales, de lo que dejó la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) del jueves y también de lo que se conversaría con Putin el lunes.
La «gira» de Trump por Bruselas dejó su estela. En ese tono desafiante que se le conoce, conminó a sus colegas europeos a que aumentaran sus presupuestos de defensa para que no sea EE UU el que haga el gasto militar en la OTAN.
Esa organización fue creada en la Guerra Fría para enfrentar a la Unión Soviética y el bloque socialista en Europa Oriental. Tras la caída de la URSS, fue usada en los conflictos en los Balcanes, Afganistán e Irak, aunque siempre con la voz cantante del Pentágono. Ahora, su mira está puesta en rodear militarmente a Rusia.
Trump se volvió a quejar y exigió elevar el presupuesto de defensa al 4% del PBI, algo que incomodó a la dirigencia europea. Trump también estaba incómodo con la presencia de representantes de dos ex repúblicas soviéticas, Georgia y Ucrania, que están en la lista de espera para entrar a la OTAN.
Tuvo entreveros con todos los líderes presentes, que en sordina deslizan su rechazo al acercamiento a Putin. En ese clima le dijo a Angela Merkel que su país sí que era dependiente de Moscú. «¿Para qué sirve la OTAN si Alemania está pagando miles de millones de dólares a Rusia por el gas y la energía?». El acuerdo al que se llegó implica un 2% para defensa. No es lo que pretendía, pero es mucho más de lo que hubieran aceptado en otras condiciones.
El polémico empresario viene jugando fuerte en política exterior, lo que desencaja a sus opositores. El cónclave con el líder Norcoreano Kim Jong-un fue una sorpresa y puede llevar a la desnuclearización de la península coreana. La guerra comercial con China se da mientras mantiene buenas relaciones personales con Xi Jinping. Y la cumbre con Putin habla de que Trump reconoce el mundo multipolar en el que debe alternar golpes en la mesa con gestos amistosos para un nuevo reparto del poder. Aunque para ello debe lidiar con la entente estatal-mediático-militar. «Es muy difícil hacer algo con Rusia. Cualquier cosa que hagas, siempre va a ser, ‘Oh, Rusia, él ama a Rusia»’, declaró en Londres. «Amo a Estados Unidos», continuó, «pero me encanta llevarme bien con Rusia, China y otros países».
Tiempo Argentino, 15 de Julio de 2018
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