por Alberto López Girondo | Sep 2, 2018 | Sin categoría
En pleno camino a las elecciones de noviembre, todo indica que la disputa de fondo en Estados Unidos será entre Donald Trump y Bernie Sanders, entre una derecha y una izquierda bien definidas y sin medias tintas. Como pretendía el ala más radical de los demócratas en 2016, pero que no pudo ser porque los Clinton mantenían la supremacía en la interna partidaria. O quizás debiera decirse que en los comicios de medio término se discutirá si los republicanos pierden el control parlamentario y eso abra las puertas a un cierto progresismo en el Congreso y algunos estados clave o consolida el modelo cowboy que el empresario implementa desde que llegó a la Casa Blanca y que tanto controversia le acarrea con medios y la porción «biempensante» de la población estadounidense. Las cartas se están jugando y en estos días se pudo ver cómo se vienen dando las manos desde que comenzaron a rodarse las primarias en ese territorio.
Por el lado del oficialismo, no todos los republicanos ponen todas las fichas por Trump y él, por si las moscas, mantuvo un encuentro con líderes evangélicos para pedirles que lo ayuden a evitar el regreso de los demócratas, que, les dijo, «van a anular todo lo que hicimos, y lo harán rápido y de manera violenta».
En cuanto a la actual oposición, el martes ganó la interna a gobernador de Florida el actual alcalde de la capital, Tallahassee, Andrew Gillum, un hombre de 39 años que tuvo el fuerte espaldarazo de Sanders. De triunfar en noviembre, algo que no está tan lejos de las posibilidades, ya que ese es uno de los estados «swing» –esto es, donde ambos partidos se alternan en el poder–, sería el primer negro en llegar a la gobernación. Y hace dos años ganaron los republicanos.
La xenofobia que desplegó Trump desde su campaña electoral abrió las puertas al racismo siempre latente en esa sociedad y, al mismo tiempo, eso generó anticuerpos que se expresan a través del partido demócrata. Es así que junto con Gillum otros dos candidatos negros aspiran a la magistratura estadual: Stacey Abrams en Georgia y Ben Jealous en Maryland.
«Este momento está definido por la política de Trump y el Partido Republicano, que se basan en la intolerancia, el miedo y el racismo», declaró Adrianne Shropshire, de la ONG Black PAC, a Christian Science Monitor.
El comentario del candidato que representará al oficialismo en Florida, Ron DeSantis –una apuesta fuerte de Trump– corrobora este aserto. «Es un portavoz muy articulado –definió a Gillum– un portavoz de la izquierda radical». Pero utilizó una frase indigesta para seducir a los votantes de la derecha. Dijo «the last thing we need to do is to monkey this up» , que se puede traducir como «lo último que debemos hacer es echar a perder las cosas (votando a un negro)». Sin embargo, la palabra «monkey» (que también quiere decir mono) en este contexto resulta un agravio no tan velado que los medios se encargaron de destacar y cuestionar.
El mismo martes, Trump mantuvo un encuentro con pastores evangelistas en el Salón Oval. Hubo dos tramos de esa charla que se conocieron. En la primer parte estuvieron presentes periodistas destacados en la casa de gobierno. Allí habló del aborto, de la libertad religiosa y del desempleo juvenil. Luego, los trabajadores de prensa fueron invitados a retirarse y vino lo más sustancioso de la reunión. Que trascendió porque uno de los presentes grabó la charla y se la entregó a The New York Times.
Fue en ese momento que el mandatario se sinceró. «Les pido que salgan y aseguren que toda su gente vote», indicó. Como se sabe, el voto en EE UU no es obligatorio pero si es necesario registrarse antes de la elección. «Si ellos –los creyentes– no votan, vamos a tener dos años horribles» hasta el fin del período.
Lo que causó más preocupación, sin embargo, fue al advertencia de que una derrota de los republicanos podría generar actos violentos. «Cuando usted ve a los antifascistas, a algunos de esos grupos, se ve que son gente violenta.»
El caso es que entre los candidatos a lo largo y ancho de EE UU hay varios que no se cuidan de expresar sus sentimientos antisemitas. Arthur Jones se presenta en Illinois y no tiene empacho en declarar que el Holocausto es «la mentira más grande y oscura de la historia», mientras que John Fitzgerald, de California, tildó al genocidio del pueblo judío en Alemania de «mito», y terminó enfrentado con los líderes de su propio partido en junio. La frutilla del postre, quizás, sea Rusell Walker, quien aspira a una banca en Carolina del Norte y considera que «no hay nada malo en ser racista». Para probarlo, asegura que «los judíos son hijos de Satán».
El clima exacerbado que se podría presumir luego de semejantes expresiones de nazismo, de todas maneras, parece no haberse extendido a todos los distritos. En Arizona, por ejemplo, ganó el derecho a competir por una banca en el Senado desde el bando republicano Martha McSally, con más del 50% de los votos. A los 52 años, esta coronel de la Fuerza Aérea estadounidense que combatió en Irak y Kuwait contra la invasión de Saddam Hussein de 1992, resultó ser la más moderada entre los tres contendientes que presentaba el partido del elefante.
Otra precandidata era Kelli Ward, una «trumpista» convencida que sin embargo recibió un tibio apoyo de su presidente. Es que Trump no tenía buena data de quién era el seguro ganador y no quiso comprometerse demasiado. Sí mostró un poco más de cercanía con el tercero en discordia, que fue el exalguacil del condado de Maricopa, Joe Arpaio. El policía se hizo famoso en tiempos de Barack Obama por su encarnizamiento contra los inmigrantes ilegales, en una época en que el entonces presidente quería dar una imagen de tolerancia, pero ahora esa dureza no resultó tentadora.
Es que muchos republicanos tratan de salvar la ropa en cada distrito más allá de la propuesta que viene de Washington. Y McSally era la preferida de los popes del partido a nivel local. «
Sanders y los nuevos aires
El Partido Demócrata está en plena renovación y lo demuestra el resultado de las primarias para los comicios de noviembre. Representarán al tradicional partido del burro más mujeres en proporción que hasta ahora, pero también se sumaron minorías que hasta ahora no habían tenido mucha representación.
Para gobernadores, hay tres negros (ver aparte), una transexual y en unos días se sabrá si una actriz, Cynthia Nixon, una de las protagonistas de la serie The Sex and the City, podrá ganarle la primaria al gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo.
Para legisladores es destacable el caso de Alexandria Ocasio Cortez, la joven camarera de 28 años de origen portorriqueño que se declara socialista y si no fuera por Bernie Sanders jamás hubiera incursionado en ese partido.
El estado de Vermont siempre se caracterizó por su amplitud ideológica. De hecho, Sanders ocupa cargos electivos desde 1988, primero como alcalde de Burlington y luego como representante y senador. Siempre se identificó como socialista y en 2016 compitió con fuerte aspiración contra Hillary Clinton en la interna demócrata.
Allí, en Vermont, Christine Hallquist ganó la semana pasada la nominación para gobernar el distrito contra cuatro aspirantes, uno de ellos, Ethan Sonneborn, tiene apenas 14 años y dice que se presentó porque la Constitución local no plantea un límite de edad para hacerlo.
Hallquist dirigía la cooperativa eléctrica de Vermont y en 2015 decidió cambiar de sexo. Competirá contra el actual mandatario, el republicano Phil Scott. Para lograr la nominación dice que escuchó los consejos de Danica Roem, la primera mujer transgénero elegida para una legislatura, en Virginia. Cuenta el The New York Times que Roem le recomendó timbrear en cada casa y si no había nadie dejar una nota con eslóganes de campaña. «Trata de ganar cada voto», le dijo.
En Minnesota, Ilhan Omar fue elegida para un puesto en la Cámara Baja. Si es elegida, será la primera musulmana en ocupar esa banca.
Tiempo Argentino, 2 de Septiembre de 2018
por Alberto López Girondo | Ago 28, 2018 | Sin categoría
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), entre Canadá, Estados Unidos y México, fue el primer escalón de lo que George Bush padre pergeñó como un plan para crear una suerte de Mercado Común Americano (en el sentido de Monroe) por todo el continente. Cuando se puso en marcha, en 1994, gobernaba Bill Clinton, y debía entrar en vigencia en 2005, en la cumbre de las Américas de Mar del Plata. Pero el proyecto del ALCA chocó con un grupo de presidentes rebeldes como Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Lula da Silva, que promovieron su rechazo ante el propio rostro de Bush hijo. Ahora, Donald Trump logró sepultar al más conocido por estas tierras como Nafta, por las siglas en ingles de TLCAN, y ya firmó un convenio bilateral con México que ahora espera que logre la adhesión de Canadá bajo nuevas propuestas y que tendrá una duración de 16 años, revisable cada seis.
Como se recuerda, Trump pateó el tablero de los acuerdos que las sucesivas administraciones presidenciales estadounidenses venían elaborando con el resto del mundo en las últimas cuatro de siglo. Lo primero fue el TPP (Tratado TransPacífico) y lo siguió con los de París, sobre cambio climático.Era esperable que ni bien asumiera y comenzara a romper con los otros tratados internacionales, el Nafta también caería tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
México formó parte de las «preocupaciones» del empresario desde su campaña para las primaras republicanas y luego tuvo una profundización del mensaje en la presidencial de 2016. Malamente resumido, el discurso fue que los mexicanos iban a EEUU a robar y por lo tanto dijo que iba a elevar un muro en la extensa frontera entre ambas naciones, que cubre unos 3200 kilómetros. «Y la van a pagar ellos», amenazó.
Enrique Peña Nieto, el actual mandatario mexicano, soportó en los primeros meses varios gestos de desprecio de Trump que no torcieron su impavidez habitual, y siempre se ofreció a negociar. La economía mexicana es tan dependiente de la estadounidense que no da para bravuconadas, si es que EPN tuviera algún rasgo de orgullo y determinación personal en ese sentido.
Pero al sur del Río Bravo «pasaron cosas» y en julio pasado ganó la elección un candidato mal visto tradicionalmente para el establishment de los dos países, Andrés Manuel López Obrador. Trump aceleró las negociaciones y tras la primera conversación entre el estadounidense y AMLO llegaron a establecer las bases para una reforma del Nafta que sirviera de punto de partida para la relación que desde el 1 de diciembre, cuando se produzca el recambio presidencial en el país azteca, deberán tener por esa cuestión de la vecindad, al menos.
Es así que el negociador mexicano, el canciller Luis Videgaray, se reunió con uno de los principales consejeros de Trump en el área económica, Larry Kudlow y fueron acercando posiciones. Fue un buen tanteo para lo que se avecina y un buen punto de partida para el sexenio AMLO.Este lunes en México y en Washington se anunció la firma de un acuerdo bipartito para reemplazar al Nafta. Trump dijo que le quería cambiar el nombre, incluso, porque «trae recuerdos malos para los trabajadores estadounidenses».
«Solían llamarlo Nafta. Nosotros lo vamos a llamar Acuerdo Comercial Estados Unidos-México. Nos desharemos del nombre Nafta», dijo el presidente desde el Salón Oval. «Es un gran día para el comercio», aseguró a continuación, y tendió lazos con el vecino del norte, al que esperan sumar en algunas semanas, aunque sería como un reunión con el menú elegido de antemano.
Lo que establece el nuevo acuerdo Mexico-EEUU se puede resumir en un par de cuestiones de peso determinante para el futuro: no menos del 75% de los automóviles fabricados en esa región deberán tener componentes locales (hasta ahora era el 62,5%). Y entre el 40 y el 45% de los vehículos deben ser elaborados en plantas que paguen no menos de 16 dólares la hora.
Esto es casi cuatro veces más de lo que un obrero gana en México. La medida es una forma de evitar la deslocalización de fábricas hacia mercados más baratos. Y una manera indirecta de lograr aumentos para los trabajadores mexicanos, si es que los empresarios prefieren aumentar los salarios para no cerrar las puertas.
Por otro lado, el acuerdo tendrá una duración de 16 años pero cada seis años (con el cambio de gobierno en México) podrá ser revisado.
«Para México es fundamental que Canadá pueda estar en la negociación. Sin embargo, hay variables que no controlamos, como las decisiones del gobierno canadiense o el estado de las relaciones entre Canadá y Estados Unidos», dijo Videgaray tras el anuncio. El ministro de Relaciones Exteriores mexicano alabó el rol que tuvo el negociador de AMLO, Jesús Seade, un economista que cuenta con la aprobación del establishment.
López Obrador dijo desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, que el acuerdo había sido un logro ya que se consiguió que Trump escuchara y aceptara respetar la soberanía del país en materia energética. Como parte del tratado, además, quedó establecido que el muro no lo pagarán los mexicanos.
Tiempo Argentino, 28 de Agosto de 2018
por Alberto López Girondo | Ago 23, 2018 | Sin categoría
Entre la fidelidad y la traición de sus colaboradores y camino a un juicio político. Así parece estar por estas horas el presidente Donald Trump. Compungido, según dijo, por la condena a Paul Manafort, ex jefe de campaña; y bastante enojado por la traición de su abogado por diez años, Michael Cohen.
Manafort está en prisión desde junio pasado y el martes fue condenado en Alexandría, cerca de Washington, por ocho cargos, incluido fraude bancario. El hombre fue asesor por un breve período de Trump pero sus desventuras judiciales comenzaron cuando se reveló que había sido consejero del derrocado presidente de Ucrania, el pro-ruso Viktor Yanukovich.
Manafort tuvo que renunciar en medio de la campaña porque ya entonces parte de la estrategia electoral de los demócratas fue denunciar que Trump recibió ayuda de espías rusos para vulnerar mails de la candidata Hillary Clinton. Para el actual ocupante de la Casa Blanca, Manafort «es un buen hombre, todo es parte de una caza de brujas, estoy muy triste por esto».
El caso de Cohen es diferente. Abogado de Trump desde que era un empresario mediático, fue llevado a los estrados bajo ocho cargos y finalmente aceptó un arreglo con la fiscalía por el cual reconoció haber actuado » en coordinación y bajo la dirección de un candidato a un cargo federal» con el objetivo de influir en la campaña haciendo pagos ilegales.
Ante un juez federal en Manhattan, Cohen admitió haber pagado 130.000 y 150.000 dólares por el silencio de dos mujeres que afirmaban haber tenido una aventura con Trump. Una sería la actriz porno conocida como Stormy Daniels y la otra Karen McDougal, una modelo de la revista Playboy.
El objetivo de ese pago era, según dijo el propio Cohen, evitar que saliera a la luz «información que sería perjudicial para el candidato y la campaña». Según el abogado del abogado, Lanny Davis, Cohen «testificó bajo juramento que Donald Trump le ordenó cometer un crimen al hacer pagos a dos mujeres para influir en la elección». El juez federal William Pauley le dijo entonces a Cohen, de 51 años, que enfrentaba hasta 65 años de prisión, y que su sentencia será dictada el 12 de diciembre.
En marzo pasado, cuando el fiscal especial que investiga la denuncia del FBI sobre injerencia rusa en los comicios de 2016, Robert Muellen, logró llevar a un estrado a Manafort, el juez federal del distrito este de Virginia, T.S.Ellis, dijo que el ex asesor de campaña, de 69 años, » se enfrenta a la muy real posibilidad de pasar el resto de su vida en prisión». La sumatoria de los 18 cargos en su contra daba más de 305 años entre rejas, pero por ahora le pudieron probar ocho y no se sabe qué pena dictará el magistrado en consecuencia.
Este miércoles, Trump concedió una entrevista a la cadena de televisión Fox News, la más cercana a sus inquietudes. Y habló por primera vez sobre una posibilidad que crece a medida que estos escándalos van saliendo a la luz: un impeachment en caso de que en las elecciones de medio término de noviembre los demócratas den un vuelco en la composición del Congreso.
«No sé cómo puedes destituir a alguien que ha hecho un gran trabajo. Si alguna vez me destituyen, los mercados se desplomarían», amenazó Trump. La periodista Ainsley Earhardt, que tuvo la exclusiva con el mandatario para el programa «Fox & Friends», señaló que Trump había deslizado la posibilidad de un indulto para Manafort. «Él mencionó un indulto para Manafort (…) Dijo que lo consideraría», dice Earhardt en un video que está en la cuenta de Fox News en Twitter. El programa será emitido este jueves.
La situación con Cohen es también diferente en este aspecto. En el bufete que lo representa indicaron que la relación con Trump estaba rota y que haber ido a juicio la espera de un indulto presidencial podría haber implicado gastar millones sin garantía de que el presidente cumpliera con su compromiso. Para los allegados a Trump, a su vez. Cohen es The Rat, el traidor.
Las elecciones legislativas de medio mandato se celebrarán el 6 de noviembre y tendrán una gran importancia para el futuro político de Estados Unidos. Desde su llegada al gobierno, Trump pateó el tablero de las relaciones internacionales y trastocó el panorama interno del país al punto de ponerse a eso que se llama Estado Profundo y a los medios de comunicación en contra.
Los demócratas podrían encontrar en las urnas la llave para destituir al presidente que tuvo unos dos millones de votos menos que Hillary en 2016 pero se alzó con el triunfo en el colegio electoral.
Tiempo Argentino, 23 de Agosto de 2018
por Alberto López Girondo | Ago 13, 2018 | Sin categoría
En diciembre de 1994, cuando no había pasado un año de la puesta en marcha del Nafta, el acuerdo comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, estalló una crisis de la deuda que recibió el nombre de «Efecto Tequila», por la bebida alcohólica más característica del país azteca. Tres años más tarde se registraría otra nueva crisis, esta vez con epicentro en Brasil, por lo que se la conoció como el «Efecto Caipirinha», que arrastró nuevamente a los países emergentes y especialmente golpeó en Argentina. No pasaría un año cuando rebotó en Rusia una crisis de los tigres asiáticos que algo más tímidamente se conoció como «Efecto Vodka». Ahora, y luego de una decisión del gobierno de Donald Trump comunicada a través de un explosivo tuit, podría hablarse del Efecto Raki, porque comenzó en Turquía, aunque nadie aventura dónde podría terminar. Pero si que también repercute en la economía nacional, por la vulnerabilidad de la economía local.
Como se sabe, Turquía es una nación islámica, aunque tiene un fuerte componente secular. El presidente Recep Tayyip Erdogan viene asumiendo cada vez más un rol de recuperación de las tradiciones religiosas y por lo tanto cuando se le pregunta dice que la bebida nacional es el ayrán, una mezcla de yogur, agua y sal. Como musulmán, no puede ni tomar ni mucho menos recomendar la ingesta de ningún destilado alcohólico. Pero da la casualidad de que el fundador de la República de Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, era degustador de este licor anisado que no baja de 40º y que cuando se lo mezcla con agua adquiere un color blanco lechoso típico que en algunos bodegones se lo llama «leche de león». De allí el refrán: «Si mezclas yogur con agua, sale ayran; si mezclas raki con agua, el resultado es bayram (fiesta)».
Si embargo, no es precisamente fiesta lo que ocurre desde ese fatídico mensaje del presidente de Estados Unidos de las 8.47 del viernes pasado, hora de Washington.
«¡Acabo de autorizar una duplicación de tarifas en acero y aluminio con respecto a Turquía, mientras su moneda, la lira turca, se desliza rápidamente hacia abajo contra nuestro dólar muy fuerte! La del aluminio ahora será el 20% y la del acero 50%. ¡Nuestras relaciones con Turquía no son buenas en este momento!», anotó Trump y provocó un vendaval en las bolsas de todo el mundo con un mandoble importante para la moneda turca. La lira se desplomó hasta un 16% contra el dólar, la caída diaria más grande desde el 2001.
Las razones esgrimidas por Trump se relacionan con un fuerte cruce a raíz de la detención en Ankara de Andrew Brunson, un pastor evangélico de 50 años preso desde octubre de 2016 bajo el cargo de haber sido partícipe en el intento de golpe de estado contra el presidente Erdogan.
El día que el mandatario estadounidense lanzó el tuit letal una delegación turca volvía a Ankara sin haber avanzado en sus negociaciones con el gobierno por el religioso. Brunson podría haber sido una moneda de cambio de Erdogan, que reclama la extradición del clérigo islamista Fethullah Gulen, que vive desde hace alos en Estados Unidos y al que el gobierno turco considera el autor intelectual del fallido golpe del 15 de julio de 2016, junto con militares y miembros del poder judicial y del mundo académico. Pero la Casa Blanca no acepta entregar a Gulen, un hombre que supo construir un verdadero poder dentro de Turquía y que en otros tiempos fue clave para el ascenso político de Erdogan.
La crisis por el evangélico se potenció el martes pasado, cuando la justicia turca lo otorgó el beneficio de la prisión domiciliaria. La expectativa de EEUU era que fuera liberado ya que lo considera un preso político.
Fue así que el jueves Trump amenazó con imponer sanciones a Turquía y el viernes le soltó la espoleta a la granada de los aranceles a la importación de aluminio y acero. La lira, que venía en tobogán desde principios de año entre otras razones por el fortalecimiento del dólar debido al alza de interesas en EEUU, terminó por desbarrancarse.
Erdogan apeló entonces a un discurso nacionalista puertas adentro del país y a la amenaza de fugar hacia nuevas relaciones geopolíticas fronteras para afuera.
«El ataque económico contra nosotros es lo mismo que el intento de golpe contra nosotros, por eso estoy pidiendo a nuestro país incrementar nuestra producción y nuestras exportaciones», dijo en una de sus primeras reacciones ante el ya declarado Efecto Raki.
Luego pidió a la población desprenderse de monedas extranjeras y de oro para apuntalar la lira, en beneficio de toda la sociedad. Paralelamente el Banco Central ordenó revisar los índices de reservas obligatorias de los bancos para evitar problemas de liquidez. Al mismo tiempo se insufló un total de 10 mil millones de íras, 6 mil millones de dólares y el equivalente a 3 mil millones de oro al mercado.
«No está bien intentar castigar a Turquía por un sacerdote. Vuelvo a decirlo a EEUU: es una lástima, están cambiando a un socio estratégico de la OTAN por un pastor», señaló, para agregar luego: «Por muy presidente que sea, uno no puede irse a dormir y decir, cuando se despierta, ‘venga, impongo tantos impuestos a las importaciones de acero y aluminio‘».
El tema de la OTAN es uno de los puntos que quiere hacer valer el mandatario turco, ya que su país es un socio fundamental en una región del mundo comprometida por el siempre candente Medio Oriente, y el terrorismo de Estado Islámico en Siria e Irak, y la crisis de los refugiados que buscan cruzar a Europa. Lo ha sido desde la creación de esa nación, en 1923, para cuando la Unión Soviética se consolidaba con el triunfo del Ejército Rojo sobre el Blanco, de zaristas y conservadores apoyados desde el exterior.
«Vamos a dar nuestra respuesta, cambiando a nuevos mercados, nuevas asociaciones y nuevas alianzas «, dijo Erdogan ante dirigentes de su partido. Por lo pronto, Vladimir Putin tiene ahora una nueva ocasión para profundizar su relación con el gobierno turco. Y ya anunció que se establecerán acuerdos para comerciar entre ellos en monedas locales. Este martes. en ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, visitará Ankara para abrir negociaciones.
Simultáneamente, el canciller turco, Mevlut Cavusoglu intenta reflotar las conversaciones para el ingreso definitivo de Turquía a la Unión Europea, un trámite que tras el ingreso a la OTAN era un paso casi burocrático, pero que se demora desde 1999.
Las exigencias para la membrecía, según la UE, son de 72 condiciones de las cuales en Bruselas reconocen que se cumplieron 65. En otras épocas la demora en aceptar el ingreso era por la situación en Chipre, ocupada parcialmente por tropas turcas. Ahora la ola masiva de detenciones tras el golpe de 2016 es el otro argumento utilizado.
Pero en la intimidad, en Ankara señalan que el problema de fondo es que «en Europa no quieren 80 millones de musulmanes». Aunque muchos de ellos sean tan abiertos como para beber alcohol.
Tiempo Argentino, 13 de Agosto de 2018
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