por Alberto López Girondo | Mar 1, 2018 | Sin categoría
Más allá del clima de tranquilidad que, tras la multitudinaria marcha del 21F, quisieron transmitir la Casa Rosada y la prensa oficialista, el tercer período legislativo de Mauricio Macri está signado por la sensación de que el gobierno comienza a acusar los golpes propios de la gestión.
El oficialismo confiaba en poder aislar al líder camionero y personalizar en la defensa de su figura como único motivo de una movilización que auguraban de escasa relevancia. Pero la cantidad de gente, el cariz de los discursos y la variedad de sectores sindicales, sociales y políticos representados barrieron con la presunción de soledad y el ninguneo al contundente hecho político consumado en la avenida 9 de Julio.
De poco sirvieron los argumentos acerca de que la marcha era en defensa de Moyano, acosado por causas judiciales. Tampoco caló el mensaje de que detrás de esa manifestación estaba la mano de Cristina Fernández.
Así, la posibilidad de un incipiente realineamiento opositor, una suerte de continuidad del frente esbozado en el debate por la reforma previsional, se suma a una larga lista de malas nuevas para el gobierno.
Desde diciembre pasado, en Balcarce 50 buscan la forma de remontar el peor momento de Macri en la presidencia. Una muestra de esa preocupación es que la diputada Elisa Carrió salió al ruedo tras varias semanas de ostracismo voluntario para tildar a Moyano, desde un matutino uruguayo, de «criminal». La chaqueña, una de las fundadoras de Cambiemos, suele ponerse el sayo de referente ético y oficia de salvavidas cuando el gobierno está en aprietos. Esta vez fue más explícita al reconocer que el apoyo al primer mandatario, con quien tuvo épocas de durísimo enfrentamiento, se basa en la lucha contra el kirchnerismo. De allí su generosidad para catalogar, por caso, las cuentas offshore ocultas de funcionarios públicos como «errores nimios».
Hit veraniego
El humor social no está del lado de Cambiemos en esta etapa. La economía no da espacio para que ello ocurra, en la medida en que no parece haber techo para la inflación, el precio del dólar, el costo de las tarifas de los servicios públicos y el de los combustibles. Mientras tanto, el gobierno se empeña en recortes presupuestarios en las áreas más sensibles y en poner el pie encima de las negociaciones paritarias.
Hasta un diario normalmente circunspecto como La Nación tomó nota de la reiterada catarata de insultos dirigidos al presidente Macri en estadios de fútbol y espectáculos musicales, y bautizó a este por ahora limitado rechazo popular al macrismo como «el hit del verano».
Varios medios cercanos al gobierno y sus columnistas más encuadrados comienzan a expresar críticas, otra muestra de que ya no hay viento de cola. No es que le hayan soltado la mano, pero hay realidades que no se pueden esconder. Y pasan del apoyo irrestricto al «consejo de amigo» en el marco de esa coalición sellada para destruir todo vestigio de populismo, como recordó Carrió.
La noticia de que un funcionario de segundo rango como Valentín Díaz Gilligan, subsecretario de la presidencia, tenía una cuenta no declarada en un banco de Andorra golpeó de lleno en el gobierno. Por la oportunidad en que se conoció –cuando arreciaban las críticas contra el ministro de Finanzas, Luis Caputo, por haber «olvidado» declarar inversiones incompatibles con su rol en el gabinete– y porque la noticia se conoció en El País, de España. Algunos creyeron ver la mano de Telefónica, accionista del grupo Prisa, que edita el diario madrileño, en su puja para que le autoricen dar televisión digital a través de sus redes.
Lo cierto es que Díaz Gilligan, atorado por la prensa, declaró que el dinero no era suyo, sino de un representante de futbolistas uruguayo que no podía tenerla a su nombre porque estaba en la mira del ente recaudador de su país.
La renuncia pareció un modo de descomprimir la presión sobre la omisión de Caputo, cuyas cuentas aparecieron en los Paradise Papers, una investigación de periodistas de todo el mundo entre los que figuran algunos de La Nación, TN y Perfil, de Buenos Aires.
Según la documentación hallada, Caputo administró, antes de asumir, inversiones en las islas Caimán y Delaware que compraron bonos de la deuda argentina. Ahora negocia nueva deuda externa. Algo escandaloso en cualquier lugar del mundo.
Traspié en Madrid
Los últimos días de febrero fueron pródigos en controversias sobre la cuestión de las inversiones externas: por las de los funcionarios fuera del país y por la escasez de las que el gobierno necesita para la reactivación.
Fue así que estalló en las redes una entrevista pública al ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, realizada en Madrid. Puesto a explicar las dificultades para reducir la inflación y atraer inversiones, tropezó con la pregunta de un docente de la Universidad Complutense, argentino de nacimiento: «¿Cómo espera que vayan las inversiones a la Argentina si usted mantiene su patrimonio offshore?», preguntó. Tras un breve titubeo, el ministro dijo que tenía todo declarado y que «los funcionarios tienen derecho a decidir que su dinero esté depositado en el exterior».
Dujovne fue a España para intentar seducir a inversores en un escenario complejo en el que el gobierno apuesta todo a un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. A pesar de que se les dio casi todo lo que pidieron las empresas europeas, los agricultores de Francia, Irlanda y Polonia no quieren liberar el mercado a la producción sudamericana.
Para colmo, ahora la Unión Industrial Argentina también pone condiciones. Y junto con sus pares de los otros países del Mercosur, planta bandera contra un acuerdo de libre comercio. El déficit comercial alarma cada vez más. A esta altura, la promesa aspiracional de «volver al mundo» se muestra como un eslogan vacío. De hecho, pese a todos los gestos y acciones de buena voluntad del gobierno argentino con Donald Trump, los limones y el biodiésel argentinos siguen sin poder entrar al mercado estadounidense.
Revista Acción, primera quincena de Marzo de 2018
por Alberto López Girondo | Ago 26, 2017 | Sin categoría
La foto es de Horacio Paone
La desaparición de Santiago Maldonado representa uno de los hechos más graves desde la recuperación de la democracia. Porque recuerda a lo peor de la dictadura cívico-militar de los 70, y también por la respuesta del gobierno, los medios hegemónicos de comunicación y hasta ciertos sectores sociales.
Maldonado participaba de una movilización en el Lof de Cushamen, en Chubut, una comunidad que reclama tierras que les fueron despojadas históricamente y donde hubo un operativo de Gendarmería Nacional. Durante este año la región que media de Esquel a El Bolsón estuvo en el tapete por el rechazo local a proyectos inmobiliarios, uno de ellos ligados a un empresario británico amigo del presidente de la Nación.
Al frente de los gendarmes estaba el viceministro de Seguridad, Pablo Noceti, que fue abogado de acusados en juicios por delitos de lesa humanidad. Hay testigos que sindican a los uniformados por la detención del artesano de 28 años, pero las autoridades y algunos medios de información se apresuraron a culpar a integrantes de la comunidad mapuche poco menos que de formar parte de una organización guerrillera entrenada por las FARC –que estos días entregaba las armas para integrarse a la política en Colombia– en busca de construir un Estado separado de Argentina y Chile.
Sería una desmesura acusar al gobierno de haber planificado una desaparición forzosa, pero hay testimonios de que, desde un estamento estatal, hubo un hecho que la ONU caratula como tal. La negativa de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, a ponerse a la cabeza de una investigación minuciosa no es una señal tranquilizadora. Más aún cuando se repiten situaciones de represión y violencia de fuerzas de seguridad en todo el país.
La responsabilidad de un dirigente político es sostener y promover políticas de Estado a largo plazo. Esas políticas deben estar por sobre las personas y si hay errores es saludable asumirlos en bien de la comunidad. Acusar a la oposición o culpabilizar a las víctimas es una señal peligrosa. Sobre todo en temas como el del respeto a la condición humana en una sociedad que apostó por celebrar una suerte de renacimiento el Día de los Derechos Humanos.
La incipiente democracia argentina, no por casualidad, comenzó un 10 de diciembre, y desde entonces los presidentes renuevan período en esa fecha que conmemora el día en que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Simbólicamente, se recuerda el voto de esperanza por crear un mundo mejor luego del Holocausto. En Argentina la cruenta dictadura tuvo aceptar la entrega del poder en esa fecha y lo hizo a un gobierno como el de Raúl Alfonsín, que había basado su programa electoral en el juzgamiento de los responsables de la desaparición forzada de miles de ciudadanos. Cierto que en estos años no todo fue un jardín de rosas. Están en la memoria los levantamientos militares, como el de Semana Santa. Esa vez el pleno de la dirigencia política, los medios de comunicación y la sociedad demostraron que no había vuelta atrás posible.
Con Carlos Menem vinieron las amnistías pero también se desarticularía totalmente la influencia de las Fuerzas Armadas en la política nacional. La llegada de Néstor y Cristina Kirchner significó un profundo avance en el juzgamiento de los responsables de los crímenes más horrendos. Al mismo tiempo, debieron sentarse en el banquillo de los acusados miembros del Poder Judicial y cómplices civiles de la dictadura.
La sociedad y la dirigencia acompañaron esta construcción democrática para que el Nunca Más no fuera solo una consigna vacía. Es cierto que desapareció Julio López, testigo en la causa contra el excomisario Miguel Etchecolatz, pero no se pudo atribuir el hecho a fuerzas estatales. Lo de Santiago Maldonado preocupa porque la respuesta del gobierno se parece a esconder la suciedad debajo de la alfombra.
Revista Acción
Agosto 27 de 2017
por Alberto López Girondo | Feb 15, 2017 | Sin categoría
«No puede ser embajador un señor que viene a destruir la casa», dijo de un modo categórico –y haciendo honor a su apellido– Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo. El «señor» en cuestión es Theodore Roosevelt Malloch, PHD en Economía Política Internacional por la Universidad de Toronto, docente y lobista en el Capitolio con un paso como diplomático en las Naciones Unidas en Ginebra, quien se ganó la enemistad de los organismos paneuropeos por decir que el euro podría colapsar en un plazo de 18 meses y que Grecia estaría a punto de salirse de la moneda común.
Tal vez finalmente no ocurra lo que Tajani y la propia canciller Federica Mogherini rechazan: que Malloch sea designado embajador de Estados Unidos ante la Unión Europea. Pero en todo caso, el desatino del asesor presidencial fue suficiente como para erizar los pelos en un continente que todavía no digiere el Brexit. Y para alertar sobre el plan de Donald Trump de desatar una guerra de monedas que consume esa ambigua situación que crece larvadamente desde la crisis de 2008 en episodios puntuales.
Malloch, que no tiene prurito en decir lo que piensa –lo que atrae especialmente a Trump, otro incontinente verbal– se ufanó de que en su anterior paso por la diplomacia había ayudado a «hacer caer a la antigua Unión Soviética. Así que es probable que haya otra Unión que necesita un poco de amansamiento», señaló en referencia clara a la Unión Europea. Trump ya había dado muestras de incondicional apoyo al Reino Unido y al gobierno conservador de Theresa May en este momento crítico. Malloch explicó esa posición al decir que su presidente «no cree en las instituciones supranacionales». Algo que ya había demostrado con el retiro del Tratado Trans Pacífico y el anuncio de que piensa rever el que Estados Unidos mantiene con México y Canadá y de que reimpulsará la industria estadounidense a como dé lugar.
Precisamente otra de las formas para poner en marcha el programa que prometió en campaña es presentar batalla en el mercado de cambios. En el primer día en la presidencia denunció a China, con ese tono de indignado que lo caracteriza, como «un manipulador de divisas». En uno de sus ya masivos tuits, fue más contundente al decir que «si miran lo que hace China y lo que hizo Japón durante años, ellos juegan al jueguito de la devaluación, mientras que nosotros nos quedamos sentados como unos idiotas». Esto es, que las dos economías asiáticas fijan un valor arbitrariamente bajo a sus monedas para hacer más competitiva a su economía y beneficiar a su comercio exterior.
Por esa misma época otro de sus asesores, Peter Navarro, director del Consejo Nacional para el Comercio de Estados Unidos, disparaba sus dardos contra Alemania, país al que acusó de mantener un euro muy subvalorado «para explotar a sus socios comerciales de Europa y a los EEUU». Trump en persona dijo en una entrevista al británico The Times y al germano Bild que «si miras a la UE, es Alemania. Básicamente es un vehículo para Alemania», frase puntualmente repudiada por la canciller AngelaMerkel.
No resulta casual que el euro cayó levemente el viernes ante el dólar, que sigue animado por la promesa del presidente estadounidense de anunciar en pocas semanas una «fenomenal» reforma fiscal con rebajas de impuestos.
Para quienes piensan el valor de la divisa en función de los bienes o las reservas que garantizan su fortaleza, resulta difícil explicar cuál es el sustento real del dólar desde que en agosto de 1971 el presidente Richard Nixon suspendió la convertibilidad con el oro. No es osado decir que en gran medida se apoya en Estados Unidos como gendarme del mundo, pero sobre todo en que el dólar es la moneda en que se intercambian productos esenciales en esta etapa del capitalismo internacional, como el petróleo y los alimentos.
Desde este ángulo, se puede interpretar la invasión de Libia y la destrucción del Estado construido por Muhammar Khadafi desde 2011 y los ataques a los gobiernos progresistas latinoamericanos como una represalia. A partir de la crisis de 2008, China anunció la acuñación del yuan de oro y desde algunos países árabes exportadores se comenzó a manifestar la voluntad de reintroducir el patrón de oro. Khadafi pretendía emplear el dinar de oro para su comercio internacional. Mientras tanto, en América Latina los gobiernos de Venezuela, Brasil y Argentina –Lula da Silva, Cristina Fernández y Hugo Chávez, junto con los mandatarios de Bolivia y Ecuador– propugnaban el comercio intrazona en monedas locales o en un recurso financiero denominado SUCRE.
Ahora, Trump también amenazó con romper o al menos diluir el efecto de los acuerdos nucleares que habían firmado los cinco miembros permanentes en el Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania con el gobierno de Irán. La respuesta de estos últimos días de Teherán la dio el gobernador del Banco Central de la República Islámica, Valiollah Seifm, quien adelantó que desde el 21 de marzo dejará de utilizar al dólar como moneda de elección en sus informes financieros para avanzar paulatinamente hacia el intercambio en otras divisas. Irán tiene el 13% de las reservas de petróleo reconocidas por la OPEP y tuvo ventas en 2016 por 41 mil millones de dólares, lo que para los analistas es un volumen importante como para hacer ruido en esa guerra que se avecina.
El último año de gestión de Barack Obama no dejó buenas señales para su sucesor, que bien podría hablar de «pesada herencia». El país celebró sus 41 años ininterrumpidos de déficit comercial con una diferencia negativa en su comercio exterior de 502.252 millones de dólares, la mayor desde 2012. Mientras tanto, el dólar se fortaleció un 3,6% en relación a una canasta de seis monedas.
El diario mexicano El Financiero cita a Joachim Fels, asesor económico global de Pacific Investment Management, en una frase que ilustra claramente que las bravatas de Trump tienen también un contexto y buscan un objetivo en el mundo de las cosas concretas: «El nuevo gobierno estadounidense es menos propenso a tolerar la solidez del dólar y mucho más inclinado a usar el arma nuclear del proteccionismo.» Lo que abre las puertas a una abierta guerra de divisas que quizás el cálido intercambio telefónico del jueves con el presidente chino Xi Jinping –en el que se comprometió a respetar la política de «una sola China»– no alcance a disipar.
Tiempo Argentino
Febrero 12 de 2017
por Alberto López Girondo | Jun 21, 2016 | Sin categoría
López, González, Pérez, Fernández, son apellidos extendidos en todo el mundo y sinónimo en estas regiones de un tipo común y silvestre. Un López, un Pérez, un Rodríguez incluso, es como decir un cualquiera.
No me gusta mucho hablar en primera persona, pero casi toda mi vida tuve una sensación ambigua en relación con el López paterno. Porque el doble apellido, en el barrio donde me crié, sonaba a garca. Y para alguien que vivía en un conventillo de Pepirí y Famatina, olía a pretencioso, a querer cagar más alto que el culo. Pero avanzada mi carrera periodística llegué a la conclusión que el López se pierde en los pliegues de un diario o de una página web. Hay más recordación de un López Girondo, a pesar de que siempre hay que aclarar “no, nada que ver con Oliverio”. Y ese es el poco capital que tiene un periodista.
No es la primera vez, de todas maneras, que uno se ve en la obligación de enfrentar las cargadas. “Lopecito, lo pesito que te llevaste”. Y no, cada pesito que me llevé me lo gané en buena ley, y pago todos mis impuestos, y no tengo guita en Panamá, ni en Bahamas, ni en Caimán. Ni siquiera en Buenos Aires, para decirlo de una buena vez.
Todo esto para ahora si hablar del López que quiso esconder más de 8 millones de dólares en un convento. Un personaje lamentable que un par de días más tarde fue un tanto opacado por un Pérez, que se adosó un Corradi quizás porque le parecía poco, tratándose de un tipo que se presentaba como financista y quería presumir.
López enchastra con su gesto final y sus acciones durante 12 años a todo un proceso político que tuvo no pocas virtudes. Pérez Corradi es un personaje clave para develar oscuras redes del narcotráfico en el marco de un triple homicidio que espeluznó a la sociedad. Y puede arrastrar, sueñan en el macrismo, a un Fernández, Aníbal. Igual que López -desean, necesitan, apuestan-podría implicar a otra Fernández, Cristina, en una trama de corrupción y dinero mal habido.
No me preocupan demasiado ni López ni Pérez ni Fernández. A cada uno los juzgará la justicia de los hombres, que en nuestro país no es garantía de mucho, y la justicia divina si es que les llega. La historia los pondrá en su lugar, como suele hacer siempre.
Me preocupa más lo que dijo un González, que se agregó un Fraga porque en el mundo en que se mueve un solo apellido -y más cuando es uno que invita al Gonzalito a secas- no es buena inversión. Javier González Fraga, por si alguien no lo ubica, fue dos veces presidente del Banco Central, cargo al que llegó en 1989 y en 1991. Salió expelido de ese sillón en el contexto de las dos hiperinflaciones, que sirvieron para justificar el modelo de convertibilidad como la única salida a la destrucción de la moneda nativa. Durante todo el período posterior se consolidó un modelo de exclusión que destruyó millones de puestos de trabajo al que el ex funcionario no fue ajeno.
González Fraga volvió a estar en el candelero hace unos días, antes de que José López apareciera con los millones en la bolsa y de que oportunamente encontraran otra vez a Ibar Esteban Pérez Corradi en Paraguay. “Le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Eso era una ilusión. Eso no era normal”, dijo sin tapujos a radio La Red. Dejando traslucir, por si hiciera falta, lo que esconde la política económica del gobierno de Mauricio Macri, al que él apoya con fervor.
López y Pérez Corradi, dos personajes menores, al igual que otro López, Cristóbal, o de otro apellido simplote como Báez, Lázaro para más datos, simbolizan ante los medios hegemónicos y una gran capa de la sociedad, lo peor de la corrupción kirchnerista, en la que quieren incluir a todos los que simpatizan y extrañan al gobierno de Fernández, Cristina.
Esa es la gran trampa de todo este entramado en el que esos mismos medios hacen malabares para despegar a Macri, con sus millones en el exterior y sus relaciones empresarias con los aludidos, con sus pies sumergidos en los mismos barros. No es que la corrupción les preocupe porque son Carmelitas Descalzas. La corrupción les sirve para enlodar una política que benefició a millones de Gonzalitos y Lopecitos como el que escribe, que efectivamente compramos celulares, plasmas, autos y viajamos el exterior en estos años.
La trampa es pretender que nosotros, que nunca nos llevamos un pesito en forma deshonesta, nos sintamos culpables de lo que logramos en estos años. Que nos sintamos culpables de creer que eso que disfrutamos nos corresponde como un derecho. Que sintamos que somos cómplices de personajes corruptos o de crímenes horrendos.
Y no muchachos. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Tengo derecho a las mismas cosas que ustedes, Javier, Mauricio y todos los que ponen boquita de indignados como si sus fortunas no tuvieran un origen espurio como todas las que en el mundo han sido. Y si apoyamos a CFK es porque en este período hemos sido partícipes de esos derechos que ustedes están queriendo cercenar.
Y a vos José o Ibar Esteban o quienes sigan en la cadena de iniquidades, hacia arriba, hacia abajo o al costado: ustedes y todos los que son como ustedes no valen nada, son seres despreciables. Pero qué útiles que resultan para enmierdarnos a todos nosotros, eh.
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