por Alberto López Girondo | May 2, 2014 | Sin categoría
Desde 1931 Japón mantenía bajo su control la región de Manchuria, en el noreste de China, donde dejaron al último emperador, Pu Yi, en la única ocasión que tuvo el póstumo descendiente de la dinastía Qing de aparecer gobernando, aunque fuera como títere. Para 1940, a la belicosa dirigencia nipona se le hacía imprescindible ocupar el sudeste asiático, cosa de garantizar la provisión de suministros y petróleo.
Estados Unidos ya se había expandido hacia el Pacífico y en simultáneo con la guerra contra España que terminó con la ocupación de Cuba y Puerto Rico, en 1898 se anexionó al archipiélago de Hawaii. No podía demorarse mucho el estallido de un conflicto entre ambas potencias. Algo de eso percibió el Imperio del Sol Naciente cuando en 1941 el gobierno de Franklin Roosevelt ordenó trasladar la Flota del Pacífico de San Diego a Pearl Harbour.
Los bárbaros crímenes cometidos por tropas japonesas en Nankin –cuarto de millón de personas asesinadas entre diciembre de 1937 y febrero del ’38– no habían despertado mayores prevenciones de Washington, que seguía vendiendo petróleo a Tokio. Recién en julio del ’41, unos días después de que la Alemania nazi iniciara la invasión a la Unión Soviética, la Casa Blanca embargó las ventas de combustible a Japón. En diciembre de ese año, el fulminante ataque a Pearl Harbour fue la excusa perfecta para que Estados Unidos le declarara la guerra al Eje, lo que terminó de inclinar la balanza a favor de las Naciones Unidas –como se autodenominaron los Aliados– en la Segunda Guerra.
En unos días se van a cumplir 20 años de la jura de Nelson Mandela a la presidencia de Sudáfrica. Un triunfo aplastante en las primeras elecciones libres en la historia del país pusieron en el gobierno al líder de la población negra, que había pasado 27 años preso durante el régimen del apartheid. Había sido condenado a cadena perpetua por traición en junio de 1964 en un juicio que se proponía demostrar la fortaleza de la minoría blancoeuropea ante la mayoría de la población negra. La ONU, que ya no sólo representaba a las cinco potencias involucradas en la contienda, condenó la sentencia contra Mandela y la dirigencia de la Congreso Nacional Africano (CNA) y pidió sanciones contra el régimen. Pero en plena Guerra Fría el castigo resultó difícil de implementar. Los afrikaners, como se denomina a los criollos sudafricanos, podían ser racistas y antidemocráticos, podían incluso pretender desarrollar un proyecto atómico, pero eran anticomunistas convencidos. Y además, en ese año crucial, los negros de Estados Unidos también tenían que enfrentar la brutal discriminación dentro de su propio territorio.
Para colmo, el reciente golpe en Brasil abrió las puertas a una alianza furiosamente anticomunista que incluiría en los ’70 a las dictaduras argentina y chilena con Pretoria. Del apoyo de estas naciones y de Israel y Estados Unidos se nutrió el régimen supremacista para zafar de penalidades en la Asamblea de la ONU. Porque además, en 1974, la Revolución de los Claveles había liberado a las colonias portuguesas de Angola y Mozambique, y las tropas sudafricanas fueron imprescindibles para sostener la contrarrevolución en el sur del continente. Los países árabes quisieron ser consecuentes y le decretaron un embargo petrolero, pero Pretoria recibió el combustible de Irán, que todavía estaba en manos del Sha Reza Pahlevi, otra pieza de colección en el rosario de los delitos de lesa humanidad y al mismo tiempo un sólido bastión de los intereses occidentales.
La revolución islámica en Irán trastocó el escenario en el centro de Asia a principios de 1979. En diciembre de ese mismo año el Kremlin decidió la invasión a Afganistán, que se convertiría en el Vietnam de los soviéticos. Esa vez, Estados Unidos, ya bajo la administración de Jimmy Carter, se acordó de sancionar al ocupante y la medida más estridente sin dudas fue el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980. No todos los aliados naturales de Washington estuvieron de acuerdo en ausentarse de lo que serían las primeras olimpíadas en un país comunista. Algunos jugaron a dos bandas: aceptaron plegarse a la medida punitiva pero dejaron en libertad de acción a sus deportistas. El caso de Argentina fue curioso. En esa época, el principal mercado para las exportaciones locales era el soviético, tras los acuerdos firmados durante el gobierno democrático de Perón. Pero la dictadura debía declarar un anticomunismo irreductible, de modo que siguió vendiendo trigo, aunque los atletas se quedaron en casa. En total 58 países adhirieron al boicot.
No llegó a haber sanciones contra el hitlerismo en 1936, cuando se disputaron los Juegos de Berlín. Y razones había, porque los nazis ya habían dictado las leyes antisemitas, un preanuncio de la barbarie que desataría luego. Las olimpíadas habían pretendido ser una carta de presentación de las virtudes alemanas y en tal sentido descolló el trabajo creativo de la propagandista oficial, la cineasta Leni Riefensthal. Pero la historia le daría una estocada a Hitler y el estadounidense Jesse Owens se convertiría en el símbolo de ese certamen. El atleta negro se llevó cuatro medallas y les hizo morder el polvo a los representantes del hombre ario.
Tampoco hubo sanciones contra los militares argentinos en el Mundial de 1978, que había sido programado cuando el país se encaminaba hacia la democracia luego de las dictaduras sesentistas. Por eso los verdugos apuraron el exterminio, algo que también exigió el secretario de Estado Henry Kissinger, aunque por otras razones. Es que cada día le resultaba más difícil a la Casa Blanca hacer la vista gorda ante las atrocidades de la dictadura.
Ante la escalada en Ucrania, una de las ex repúblicas soviéticas, la Unión Europea y Estados Unidos aplicaron sanciones al gobierno de Vladimir Putin. Son medidas punitivas más que nada centradas en personas ligadas al gobierno pero de dudosa efectividad. Las sanciones en general tienen esa característica: son más que nada medidas simbólicas. Que tanto muestran actitudes principistas como son el avance para justificar intervenciones posteriores.
Europa y Washington avanzaron así sobre el gobierno de Muhamar Khadafi en Libia y el de Bachar al Assad en Siria, con suerte dispar. El «canciller» norteamericano John Kerry también amenaza con sanciones a Sudán del Sur ante lo que, dijo, pueda convertirse en una nueva matanza en tierras africanas, a 20 años del genocidio en Ruanda (que nadie evitó, por cierto). El bloqueo a Cuba, que nació en 1960, supone consecuencias incalculables en términos sociales y económicos a los cubanos y les complica la vida a los estadounidenses que quieren viajar o comerciar con la isla. Pero no logró cambiar el sistema.
Si algo muestra este pequeño recordatorio es que a pesar del cambio de siglo y de que algunos de los conflictos del siglo XX se extinguieron, lo que subyace es una disputa entre los de siempre por el dominio de una región clave en términos geopolíticos y también de un insumo vital para la marcha de la economía de cualquier nación, el combustible.
Ya no existe la Unión Soviética, las tropas rusas se fueron de Afganistán y ahora quedan algunos uniformados norteamericanos luego de que una vuelta de campana histórica que el Pentágono aprovechó tras los atentados a las Torres Gemelas. Irán, que recibió ingentes sanciones en estos años, está intentando negociar una salida elegante a su proyecto nuclear.
El presidente Barack Obama, por un lado, acaba de hacer una gira por Asia en la que prometió apoyos y ventajas comerciales, continuando con una estrategia que comenzó hace más de un siglo. Vladimir Putin, por el otro, planta bandera montado en los temores a una nueva invasión desde el oeste, siguiendo una herencia genética que viene de más lejos aún. A su vez, la canciller germana Angela Merkel intenta quedar bien con Dios y con el Diablo. No sea cosa de verse envuelta en otra guerra en ese peligroso sector de la Europa central donde tanta sangre corrió por siglos.
Al mismo tiempo se abroquelan, en distinto grado, los países emergentes que están llamados a ser el polo de atracción principal del siglo XXI: Brasil, Rusia, China y Sudáfrica, los BRICS. Si Estados Unidos no logra interponerse en su camino, como pretende. Por eso preocupa la amenaza de Kerry de aplicar sanciones al gobierno de Nicolás Maduro si no avanza el diálogo de paz con la oposición en Venezuela.
Tiempo Argentino, 2 de Mayo de 2014
por Alberto López Girondo | Feb 15, 2013 | Sin categoría
El tablero de la geopolítica en este siglo se está moviendo aceleradamente en el plano internacional. Apurado por la reelección de Barack Obama, pero también porque la crisis europea no tiene fin. Mientras tanto, China y las potencias emergentes avanzan a paso redoblado con políticas económicas de otro cuño que no solo ponen en cuestión al neoliberalismo imperante en el norte, sino que además demuestran ser más exitosas.
En este contexto debe leerse el anuncio de Obama en su discurso del Estado de la Unión en que ofreció públicamente un acuerdo comercial amplio con Europa, de modo de ir construyendo, se desprende, el más grande y poderoso bloque comercial del planeta. Una especie de OTAN pero volcada a la economía y con un leve toque de intervencionismo estatal, si se toman en cuenta algunos ejes explícitos en el pensamiento del mandatario estadounidense.
Recursos no le faltan a ese bloque de los países ricos, por cierto. Ni humanos, ni económicos, ni tecnológicos, ni militares. Por otro lado, ¿Qué otra le queda a eso que se llama difusamente Occidente?
La Unión Europea nació como una forma de que el mal llamado Viejo Continente recuperara influencia ante los Estados Unidos luego de haberse devastado durante la Segunda Guerra Mundial. Paralelamente, el Pentágono llenó el continente de tropas ante la amenaza de un avance soviético, ya sea político como militar, y forzó la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en 1949. Diez años más tarde, la orgullosa Francia de Charles de Gaulle dejaría la entidad y trataría de cortarse sola. Volvería al redil recién en 2009, de la mano de Nicolás Sarkozy. Mientras tanto tuvo que abandonar sus colonias en el norte de África, entre ellas la joya más preciada, Argelia. Aunque un país colonial nunca se va del todo.
No debe ser casualidad que Francia tuviera una actuación tan decisiva en ese continente desde entonces, como una forma de mostrar presencia en un territorio que había ocupado por añares amparada en el viejo reparto del mundo de la Conferencia de Berlín de 1885. En los últimos diez años, tropas francesas se desplegaron en reiteradas ocasiones en el Congo, Chad y Eritrea. Fue crucial el giro copernicano de Sarkozy para terminar con el régimen de Muammar Khadafi en Libia en 2011, como lo fue para deponer a Laurent Gbagbo en Costa de Marfil, quien había perdido las elecciones con Alassane Ouattara y no se quería ir. El socialista François Hollande no cambió demasiado esa postura con la intervención en Mali de estos meses.
No es un dato menor que China mantiene desde hace años una agresiva política comercial en África para la obtención de recursos primarios y la colocación de sus productos industrializados. El fenómeno preocupa en Europa, porque cada paso que los chinos dan inevitablemente se hace en detrimento de posiciones que los europeos consideran como propias, a pesar del proceso de independencia de los ’60. Y lo ven como un peligro para su propia subsistencia. Las intervenciones francesas representan una respuesta desesperada por no perder influencia. Y por cierto, con apoyo de Wáshington, que ya destinó 50 millones de dólares para una inédita “ayuda militar de urgencia imprevista” a París.
Mientras tanto, la cumbre de la UE en Bruselas aprobó un presupuesto más escuálido que el anterior por primera vez desde que Francia y Alemania decidieron que debían arreglar su voluntad de poder con acuerdos comerciales mejor que a los tiros. Una señal de que la tesis neoliberal de la alemana Ángela Merkel, fuertemente apoyada por el británico David Cameron, ganó la partida contra las tímidas variantes menos ortodoxas que planteaba Hollande.
En este escenario, la renuncia del Papa también representa un barajar y dar de nuevo. Con la dimisión de Benedicto XVI se abre otro ciclo para la Iglesia Católica del que se abrió en los estertores de la guerra fría, en 1978, con la llegada al trono de Pedro del polaco Karol Wojtyla. Juan Pablo II era el primer no italiano en tres siglos y venía con el objetivo manifiesto de terminar con el comunismo primero en su patria y luego en el resto del mundo.
Logró armonizar entonces con un sindicalista opositor al poder sustentado en Varsovia vía Moscú, Lech Walesa, y juntos terminaron por crear las condiciones para que, apenas diez años más tarde, la Europa diseñada en la Segunda Guerra y el proyecto socialista que había nacido con la primera se cayeran como un castillo de naipes. Y a una Polonia “liberada” le siguió la reunificación de Alemania y esta ola neoliberal en el mundo.
Hacia adentro de la Iglesia, el alemán Joseph Ratzinger comenzaría en 1981 la tarea de «limpiar» al catolicismo institucional de la tendencia ligada a los cambios sociales, representada por los curas tercermundistas. Fue así que desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, la continuadora de la Santa Inquisición, logró el alejamiento de los principales teóricos de la Teología de la Liberación, entre ellos el brasileño Leonardo Boff.
A la muerte de Juan Pablo II era natural que ocupara su lugar Ratzinger. Y su etapa coincidió con el destape de escándalos a granel que venían barriéndose debajo de la alfombra por décadas, como los abusos infantiles y el lavado de dinero en la banca vaticana. Pero también con el ascenso de Alemania como el verdadero árbitro y motor de la economía europea, al mando de una mujer de hierro formada en la antigua República Democrática y ella misma militante comunista, aunque posteriormente pasaría a integrar las filas de la Democracia Cristiana.
La renuncia a su trono, la primera en un cargo vitalicio en 600 años, también forma parte de esta nueva disposición del mundo, que se prepara para enfrentar nuevos desafíos, pero que ya encuentra nuevos protagonistas en el campo de juego. ¿Qué Iglesia vendrá? Los cardenales que elegirán al Papa número 266 son entre conservadores y muy conservadores. No fueron designados por Juan Pablo y Benedicto de casualidad. Tal vez su dimisión también sea una forma de que el ala más rancia del catolicismo institucional siga teniendo influencia y que Benedicto sea el gran elector en las sombras.
Pero quién sabe se cumpla eso que pedía Boff, que ya que el 52% de los fieles católicos pertenecen al tercer mundo, el próximo pontífice sea latinoamericano o africano. Los brasileños ya cantaron presente, teniendo en cuenta que son el país con mayor cantidad de católicos del mundo. Y que en el plano comercial integran el otro bloque que se disputa la hegemonía del siglo XXI, los BRICS, junto con Rusia, India, China y Sudáfrica.
Un dato curioso es que el reinado de Ratzinger también coincidió con el ascenso de esas naciones. Y que en el mismo año que llegó al trono, en 2005, el ALCA, el mercado común que pensaba Estados Unidos con América Latina fue sepultado en Mar del Plata. ¿Será que Obama admite la impotencia para convencer al resto del continente de otro ALCA y ahora propone aliarse con Europa?
Si esto es así ¿el próximo no terminaría siendo un Papa tan cercano a Washington como Juan Pablo II, que se reunía regularmente con el jefe de la CIA de Ronald Reagan, William Casey, para monitorear juntos cómo iba la caída de la Unión Soviética?
Tiempo Argentino, 15 de Febrero de 2013
por Alberto López Girondo | Dic 21, 2012 | Sin categoría
Existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho (…) Ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (…) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy severas a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio.» Para las autoridades chinas, esa carta de Lin Hse Tsu a la reina Victoria era toda una revelación. No por la monarca británica, la mayor potencia del mundo en ese año de 1839, sino porque la dinastía gobernante, Qing, no estaba acostumbrada a dar explicaciones.
Pero era el imperio más poderoso hasta entonces y China estaba probando el amargo sabor de la decadencia, al punto de que para la milenaria nación se iniciaría con esa primera Guerra del Opio lo que se llamó el Siglo de las Humillaciones. La cosa había comenzado así: China tenía mucho para ofrecer a los anglos, como el té, la seda y la porcelana. Pero no había muchos productos que interesaran a los asiáticos, que mantenían sus mercados cerrados al comercio con Occidente y no permitían la instalación de embajadores. De modo que Londres tenía un déficit permanente que sólo podía equilibrar con la venta de la adormidera que se cultivaba en regiones cercanas.
La primera guerra fue entre 1839 y 1842, la segunda y definitiva, entre 1856 y 1860. Confrontar las fechas con la historia argentina puede ser todo un desafío: en 1858 el emperador Daoguang tuvo que aceptar condiciones de paz severísimas con Inglaterra y sus aliados por las cuales tuvo que permitir el comercio del narcótico, cedió territorios como Hong Kong al Reino Unido y Macao a Portugal, permitió la apertura de puertos para el comercio irrestricto y, como frutilla de postre, abrió la libre navegación por el río Yangtsé. Esto fue a seis años de que Urquiza derrotara a Rosas con ayuda extranjera y acordara la libre navegación de los ríos interiores, y a trece de la Batalla de Obligado.
Pero la historia de las adicciones y su estrecha relación con las prohibiciones y el equilibrio fiscal no empezó con ese incidente. Ya a principios de 1600 el comercio del tabaco enfrentaba a prohibicionistas –cuando aún no se conocía su relación con el cáncer– con los recaudadores. El paradigma tal vez sea Jacobo I de Inglaterra, que escribió «A Counterblaste to Tobacco», un alegato contra el consumo de la planta americana en sus versiones fumables o aspirables en rapé. «Su desaprobación no le impide aumentar los impuestos que pesaban sobre el tabaco cuarenta veces por encima de los precios fijados por la Reina Isabel I», según indica en su página web la British American Tobacco , una de las multinacionales predominantes en el actual mercado mundial.
Para la época de la Guerra del Opio, los grupos puritanos de Estados Unidos comienzan su prédica contra el consumo de opio, según recuerda el español Antonio Escohotado. El especialista anota en uno de sus textos que ya en 1832 la Rosengarten and Co –origen de la Merck, Sharpe & Dohme– fabrica morfina y poco más tarde Parke-Davis y Bayer producen gran parte de los opiáceos y la cocaína que se vende en ese país. Para 1869 el negocio es floreciente y parece no tener techo. Fue el año del nacimiento del Partido Prohibicionista, creado por Toby Davis en Michigan.
El lobby que ejerce el PP hace que en 1905 Theodore Roosevelt pida al Departamento de Estado la creación de tres comisiones para investigar «el mal», destaca Escohotado. Los debates fueron feroces, porque involucraban la vida privada de las personas y el derecho a la privacidad, uno de los pilares de la sociedad estadounidense. El demócrata Francis Burton Harrison llegó a proponer, incluso, que se prohibiera la Coca Cola, la Pepsi-Cola y «todas esas cosas que se venden a los negros del sur». La Asociación Médica Americana, mientras tanto, advertía que el abuso de drogas sólo se podría controlar a través de la educación. «Con ese criterio –dijeron– habría que prohibir los automóviles, porque pueden matar a las personas.»
El momento de gloria del PP fue en 1919, cuando lograron imponer la XVIII Enmienda en la Constitución de los Estados Unidos, que prohibía el consumo de alcohol.
«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación», dijo en ese momento el senador Andrew Volstead, el principal impulsor de la a norma que, por tanto, llevó su nombre. «El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno», se ilusionó.
Para 1932, en plena crisis económica posterior al crack de 1929, Franklin Delano Roosevelt prometía en su campaña presidencial terminar con la desocupación, poner el país nuevamente en marcha… y terminar con la Ley Seca, que ya había demostrado no sólo que era ineficaz, sino que además había generado una camada de gángsters que había lucrado con la venta ilegal de licores. Cuando asumió, en 1933, las arcas del Estado estaban exhaustas, de modo que se juntaron las dos coincidencias para conseguir voltear la XVIII Enmienda y ponerle un impuesto importante a las bebidas alcohólicas. La misma medida que Jacobo I aplicó a los tabacos.
La lucha contra las drogas se convertiría más tarde en uno de los más formidables argumentos con los que el nuevo imperio extendió sus tentáculos por todo el mundo y diseñó políticas represivas «para combatir el nuevo flagelo de la humanidad». En 1982 el presidente Ronald Reagan declaró la guerra a las drogas y seis años más tarde la Convención de Viena, a instancias de Naciones Unidas, endureció medidas de control en todo el ciclo de la elaboración. Lo que no figura en ese expediente es la relación entre ocupación militar estadounidense y aumento de la producción, teniendo en cuenta que el Pentágono tiene tropas desplegadas en Afganistán y Colombia. Pero esa es otra historia.
Luego de la matanza en la primaria de Newtown, Connecticut, la clase dirigente de Estados Unidos se ve en la obligación de dar alguna respuesta a esa otra adicción de los Estados Unidos –el gran consumidor de droga de Occidente– como es el uso de armas. Adicción protegida en este caso por una enmienda constitucional. La Segunda, para más datos. Posterior solamente a la que asegura la libertad de culto y de prensa.
El presidente Barack Obama prometió crear una fuerza de tareas al mando de su vicepresidente, Joe Biden, para estudiar medidas que impidan muevas masacres. El debate repite argumentos de la Ley Seca, sólo cambia el «mal», que ya no es el consumo sino los «límites a la libertad y las garantías constitucionales». Esta vez el mandatario promete llegar hasta el hueso, con una comisión que realmente llegue a algo, aunque sin modificar la sacrosanta Segunda Enmienda. «El hecho de que se trate de un problema complejo no puede seguir siendo una excusa para no hacer nada –dijo Obama–, el hecho de que no podamos evitar todo acto de violencia no significa que no podamos reducirla progresivamente y evitar la peor.»
Los temas en análisis por este equipo –que como especificó, el presidente tendrá que hacer un informe que sirva y no un dossier para «cajonear»– incluyen el acceso a la salud mental, la seguridad en las escuelas y la educación. El corolario debería ser alguna forma de prohibición de venta de armas semiautomáticas o de asalto.
César Gaviria fue presidente de Colombia y uno de los fundadores de la Comisión Global sobre Drogas. «Yo era prohibicionista», admitió recientemente en un congreso científico, como si fuera un adicto recuperado, para concluir: «Debe cuestionarse si la prohibición no genera corrupción y violencia en la sociedad.» En esa misma línea, el uruguayo José «Pepe» Mujica piensa que si el Estado se convierte en proveedor de marihuana, esas miserias pueden ser combatidas con mayor provecho. Pero las críticas que levantó su propuesta lo hicieron bajar un cambio y ordenó debatir más las cosas. La sociedad aún no está madura para entender su propuesta, evaluó.
Cuando hay tanto dinero y poder en juego, las adicciones generan respuestas contradictorias. Y las prohibiciones se terminan acomodando según como soplan los vientos.
Tiempo Argentino, 21 de Diciembre de 2012
por Alberto López Girondo | Oct 15, 2012 | Sin categoría
China es noticia en estas semanas por varias causas. Tal vez la principal sea que a medida que avanza la crisis económica mundial se muestra como el faro del crecimiento al que apuntan los líderes mundiales. No es casualidad que los mandatarios europeos vayan desfilando regularmente por Beijing en busca de apoyo financiero para hacer negocios o simplemente para dar señales a los mercados, que toman en cuenta las variables del gigante asiático antes de elaborar cualquier evaluación y para tomar decisiones.
MECANIZACIÓN. El gobierno impulsa la tecnificación del campo.
En estos meses, y en medio del escándalo que sepultó a uno de los más firmes sucesores de la actual dirigencia china, como es el caso de Bo Xilai –condenado él por corrupción y su esposa por asesinato– mucha tinta va a correr con relación al cambio de la cúpula partidaria en noviembre, que en marzo de 2013 implicará la renovación del Ejecutivo con el recambio del presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao, que finalizan sus 10 años de mandato.
Lo que no se modificará en la próxima gestión es sin dudas el lineamiento general de la economía y las metas establecidas en el 12º Plan Quinquenal, que comenzó a implementarse en 2011. En ese programa económico se establece como uno de los pilares del período alcanzar la autosuficiencia en materia alimentaria. En tal sentido, según explicó el subdirector general de Cooperación Internacional del Ministerio de Agricultura chino, Xie Jianmin, a un grupo de periodistas latinoamericanos invitados a conocer los avances en la materia del país a fines de agosto, casi al término del verano boreal, esperan en un par de años cubrir el 95% de la demanda interna de granos.
Una mala noticia para muchos países sudamericanos que –como en el caso argentino– tienen a China como uno de los principales destinos de sus exportaciones agrícolas. Basta para mostrar la situación con decir que el comercio chino-latinoamericano en ese rubro ya suma 40.000 millones de dólares al año y la perspectiva para 2013 no es menor, ya que representará el 10% del intercambio total entre los dos polos de desarrollo mundial en que se han convertido Asia y América Latina.
Misterio y apertura
Aún hoy, China aparece como un pueblo misterioso para los occidentales, que normalmente se asientan en tradiciones grecolatinas para explicar el nacimiento de su cultura. China tiene escritura desde hace unos 4.000 años y pierde sus orígenes en los abismos de la historia. Eso hace que la República Popular China de estos días hunda parte de sus tradiciones en Confucio, aquel filósofo y maestro de doctrina que vivió en el siglo V antes de Cristo y que nutre gran parte de las certidumbres en que se basa el ideario que esa sociedad tiene sobre sí misma. El otro pilar es Mao Zedong, el líder de la revolución comunista que en 1949 creó lo que llaman la Nueva China. Mao es la figura dominante en todos los documentos oficiales, es la representación del país y es la imagen de todos los billetes de la moneda oficial, el yuan.
Mao, hace exactamente 40 años, dio un imprevisible paso con su acercamiento a Estados Unidos, que selló con una histórica visita del entonces presidente Richard Nixon, obligado a renunciar dos años después por el escándalo de Watergate. Como sea, desde aquella visita China fue acercando posiciones con la potencia norteamericana, hasta que a la muerte de Mao, en 1976, y luego de un período de turbulencias, se asentó en el gobierno una cúpula partidaria que, de la mano de Deng Xiaoping, incorporó la economía china al libre mercado.
Y en efecto, desde la llamada Apertura de 1979, China fue incorporando los principales postulados del capitalismo y logró un desarrollo impactante que la han llevado a ser ya la segunda potencia económica del planeta con la expectativa de superar el volumen del PBI de Estados Unidos para 2020.
En el campo, que fue el sostén de la revolución en sus inicios, los chinos siempre tuvieron un problema difícil de resolver, aun con la reforma agraria que siguió a la revolución. Con la apertura también vendrían tiempos de cambio para el modelo agrario chino. Si bien la propiedad de la tierra es colectiva, la nueva legislación prevé que cada agricultor tenga el derecho de gestión sobre un terreno asignado mediante el llamado Contrato de Responsabilidad Familiar, con una retribución en función de los rendimientos. Este contrato puede ser transferido en una eventual herencia, pero también permite la asociación de agricultores para conformar sociedades o cooperativas. Lo que no pueden hacer es vender la propiedad definitiva de la tierra.
Un bien escaso
Es que la tierra en un país que ya tiene casi 1.400 millones de habitantes es un verdadero problema. Las cifras oficiales machacan –como para que a nadie se le olvide– que China tiene el 21% de la población mundial pero apenas el 9% de la superficie cultivable. Son, actualmente, 121 millones de hectáreas, lo que deja 0,092 hectáreas per cápita, el 40% del promedio mundial. Para complicar aún más las cosas, como toda sociedad que se precie de incentivar el desarrollo, la población tiende a querer mudarse a las ciudades en busca de otros horizontes. El dato es que unos 20 millones de personas se incorporan a la vida urbana cada año, aun a pesar de que todavía existe lo que se llama el «hukou» o registro civil, una legislación tradicional en el Oriente Extremo que limita los movimientos de la población, ya que los emigrantes en las ciudades resignan algunos de sus derechos de educación y hospitalización gratuitos.
Es la urbanización más acelerada en la historia del hombre, que ubica ya a la mitad de la población china viviendo en centros urbanos. Lo que obliga a construir nuevas ciudades y a desarrollar carreteras y parques industriales, y de este modo se van suprimiendo áreas cultivables en forma constante. Se calcula que por esta razón se van perdiendo 200.000 hectáreas anuales de tierras productivas.
El gobierno, a la vez que impulsa la creación de colosales emprendimientos inmobiliarios para que la mudanza no sea además un problema medioambiental, hace lo posible para retener a los pobladores en sus campos. Así, mientras viene eliminando otra tradición milenaria como la de los impuestos agrarios, genera el desarrollo tecnológico en la producción y mejora los ingresos de los campesinos. Por un lado, la Academia de Ciencias Agrarias desarrolla investigación en todas las áreas de incumbencia, desde la producción de granos, la ganadería y la pesca. Tiene incluso un Instituto de la Batata, sin ir más lejos.
De este modo, en las zonas más deprimidas, según los datos oficiales, los campesinos han pasado de ingresos por 1.275 yuanes (unos 200 dólares) en 2001 a 3.270 yuanes (515 dólares) en 2011, mientras que un ganadero puede sobrepasar incluso los 10.000 yuanes (unos 1.575 dólares). La pobreza , de acuerdo con las mismas estadísticas, bajó en las zonas agrícolas de poco más de 94 millones de personas en 2000 a 27 millones en 2010.
Pero como la mecanización es un fenómeno indetenible, y en vista de los rendimientos que necesitan para cubrir su cada vez más explosiva demanda interna, los agricultores van construyendo cooperativas de producción, que normalmente trabajan con cooperativas de conductores de las maquinarias. En muchos de esos emprendimientos el Estado es el tercer socio, con su aporte en tecnología e investigación a través de laboratorios diseminados a lo largo y ancho del territorio. En todo el país hay 521.770 cooperativas conformadas por 41 millones de familias. Las unidades de gestión organizadas abarcan, a su vez, a 110 millones de familias.
Gengis Khan
Otro rubro en el que China aspira a crecer es en la ganadería. La invitación a los periodistas latinoamericanos incluía un recorrido por las legendarias praderas de Gengis Khan, el conquistador mongol que unió pueblos nómades en el norte de China hasta ocupar gran parte de Asia entre 1170 y 1220. Allí, entre la región de Manchuria y la provincia autónoma de Mongolia Interior, los descendientes de aquellos pueblos guerreros aún viven en carpas tradicionales, las yurtas, o construyen sus viviendas de ese formato circular pintadas de blanco con arabescos azules que les vienen de sus ancestros. Muchos van sumando a sus explotaciones de ovejas la incorporación de vacas lecheras y la creación de tambos con las más modernas maquinarias. Se extiende también en esta región la conformación de cooperativas, lo que les facilita el acceso a créditos y racionaliza costos. El Estado también suele ser una de las patas de las sociedades.
Pero la producción y el consumo de lácteos todavía es incipiente en un país que no tenías estos productos como una parte esencial de su alimentación. Así lo explicaban en una de las plantas elaboradoras de leche de la provincia de Heilongjiang, Wondersun, un emprendimiento que une capitales privados de Taiwán y un 66% en manos estatales y que tiene cerca de 20 plantas en toda China. «Nuestro mercado –decía uno de los directivos– , tiene todo para crecer: en China se consumen 17 litros de leche y derivados por persona por año contra 200 de Europa».
Pero para crecer, sin embargo, deberán cambiar la imagen que quedó en el mercado tanto local como exterior luego de un sonado caso de contaminación masiva con leche para bebés. El incidente se remonta a 2008, murieron 5 bebés y fueron internados de gravedad cientos de miles en todo el país luego de haber consumido leche con un agregado mortal de melanina, un producto rico en nitrógeno que se usa en la industria maderera y que puede servir para «disfrazar» la dilución de la leche. Uno de los empresarios detenidos dijo que la había agregado para disimular el olor de la leche vacuna y aumentar su contenido en proteínas.
El hecho reveló una ineficaz tarea de inspección, pero también puso a prueba la capacidad de las autoridades para enfrentar situaciones límite. Porque en los primeros días los responsables de los distintos distritos involucrados esquivaron las respuestas, lo que generó la ira de muchos sectores de la sociedad. Había por lo menos 69 marcas de 22 compañías chinas diferentes involucradas en el caso pero el daño fue para la industria en su conjunto.
Los empresarios y las autoridades gubernamentales están seguros de haber aprendido la lección. Por eso abrieron sus puertas a la prensa occidental en un intento conjunto por mostrar no sólo sus logros tecnológicos sino las nuevas reglas de seguridad de sus plantas, que incluyen la certificación de la Organización Internacional de Normalización (ISO) que establece y verifica la gestión continua de calidad en todos los procesos industriales.
Revista Acción, 15 de Octubre de 2012
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