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Las señales de las urnas

Si algo dejaron en claro las elecciones en Estados Unidos es que el último tramo del mandato de Barack Obama no será precisamente un lecho de rosas. Y parafraseando a Bon Jovi en su canción homónima, el presidente está «sentado frente a un viejo piano, golpeado y herido, tratando de capturar ese momento de la mañana en que no sabe porque todavía la cabeza le da vueltas».

No por previsto, el mazazo electoral duele menos a los demócratas. Es que tanto el resultado como el índice de votantes que prefirieron continuar con su trabajo de cada día en lugar de ir a las urnas, es una prueba, la mas tangible, del descontento con la gestión del primer mandatario negro que ocupa el salón oval de la casa de gobierno de Washington.

Como se sabe, los republicanos recuperan empuje tras la derrota de 2008 y la última de 2012 y ahora tendrán el control total de ambas cámaras. Para el imaginario popular, un presidente de la principal potencia económica y militar del mundo es un señor superpoderoso que hace y deshace a voluntad. Pero si hay un sistema que limita precisamente la voluntad del inquilino de la Casa Blanca es el legislativo estadounidense. Muy pocas cosas se le permiten al mandatario sin lograr el aval del Congreso. Para lo cual, un Parlamento amigo es la mejor noticia que pueda resultar de cualquier comicio, ya sea presidencial como de medio término.

Cierto es que el caso de Obama no es inédito en la historia reciente de Estados Unidos. De hecho, el líder demócrata Bill Clinton había perdido su primera legislativa en 1994, a Ronald Reagan le ocurrió lo mismo en 1986 y el propio Dwight Eisenhower, recordado por Obama el martes mismo, debieron enfrentar escenarios fuertemente opositores y de todas maneras se las arreglaron para terminar reelectos dos años mas tarde.

Pero para Obama, quien deberá dejar el cargo en enero de 2017, la situación tiene aristas más complicadas. Es que llegó al gobierno con la promesa de cambios tan profundos como para hacer pensar en el nacimiento de una nueva era para Estados Unidos. Su triunfo hace seis años ya era en sí mismo una señal de cambios, teniendo en cuenta al color de su piel en un país que para el año de su nacimiento, en 1961, mantenía graves problemas de discriminación con un resultado en violencia racial que hoy podría parecer exagerado.

Además, su promesa de modificar el sistema de salud creado con la matriz individualista del más rancio liberalismo en la época de Richard Nixon, y la de terminar con las guerras en Irak y Afganistán, le habían acarreado la voluntad de millones de ciudadanos del amplio círculo progresista y de las comunidades minoritarias, incluidos negros y lo que genéricamente se conoce como latinos o hispanos.

A poco de andar, sin embargo, Obama pretendió más convencer a las grandes mayorías que forzar las nuevas propuestas. Sabía que los medios iban a ser su gran opositor, pero también que lo sería el consenso generalizado en la sociedad acerca de ciertos marcos legalistas que conforman lo que el estadounidense medio considera positivo y deseable.

No es moralmente aceptado que un presidente, y menos proviniendo de una comunidad étnica que ciertamente una gran masa crítica desprecia, se enfrente enérgicamente con los poderes constitucionales ni con los medios de comunicación. Así fue que eligió el camino de negociar su principal emblema, la ley sanitaria, antes que imponerla, con lo que logró aprobar una normativa que se parece bastante poco a su propuesta original.

Hubo otras dos promesas que en su momento alentaron expectativas: el cierre de la cárcel en Guantánamo, donde acusados de terrorismo pasan años en prisión sin ningún juicio ni derecho a una defensa digna.

La otra fue crear un nuevo régimen para legalizar la inmigración que cada día cruza la frontera sur para buscar mejores condiciones de vida en el país del norte.

En ambos casos los republicanos y los medios masivos –con su impronta amarillista y sobre todo conservadora– le fueron con todo a las reformas que pretendía Obama. Que justo es decirlo, tampoco es que contaba con el apoyo total de los miembros parlamentarios de su propio partido. Es que el sesgo conservador atraviesa a toda la sociedad estadounidense, que se permitió apenas el desliz de elegir a Obama y de allí no pasó.

Esos sectores derechizados, tomaron la posta y llegaron a decir que Obama no era nativo de Estados Unidos, porque su madre había vivido muchos añois en Hawaii y en Indonesia y su padre era nigeriano, hasta considerad que las políticas que se proponía eran de tinte socialista.

La respuesta de Obama siempre fue una moderación rayana con la inmovilidad. En algún momento dijo que prefería hacer las cosas como manda el ideario democrático occidental y no terminar acusado de totalitario, como le sucedía al venezolano Hugo Chávez. Elegía exagerar su fervor constitucionalista para no generar mayores rechazos. Una política que no sólo le acarreó tanto a él como al partido demócrata una derrota apabullante y dos años que prometen ser de espanto –ya los líderes republicanos adelantaron que harán lo posible para voltear la ley de salud, y nada indica que no volverán a bloquear iniciativas presupuestarias para dejar otra vez sin presupuesto a la administración pública– sino que le hicieron un daño muy profundo a las esperanzas de los millones que ansían y necesitan de cambios de raíz en el concepto de lo que un estado debe ser y hacer.

Esa decepción se reflejó en la escasa asistencia a la elección, el principal castigo que se le puede hacer a los demócratas. La experiencia indica que los republicanos suelen ser más fieles a la hora de acudir a las urnas. En un país donde el voto no es obligatorio y se necesita anotarse previamente para ejercer ese derecho, y donde además la elecciones siempre son en martes, un día laborable –lo que compromete la voluntad ciudadana– los demócratas ganan cuando logran convencer a los remisos de que los representan. Si no van es que no se sienten representados, que es lo que está ocurriendo.

No viene a cuento repetir que el premio Nobel de la paz fue a una esperanza fallida. Si alguien pensaba en 2008 que todo podría estar peor en política exterior –la única que maneja un presidente de Estados Unidos con cierta libertad– ya habrá comprobado qué lejos estaba de la verdad. Todo fue para peor en cada uno de los lugares en donde Washington intentó meter baza. Y esa es otra cuenta que se le carga a Obama.

Las cifras del ausentismo son para preocupar a quienes se reconocen democráticos. Sobre 227.224.334 ciudadanos autorizados a votar, solo fueron a hacerlo 83.255.000, o sea, el 36,6% en la general, aunque en estados de predominancia hispana, y sobre todo los sur, no llegó ni al 30 por ciento.

Algunos think tanks estadounidenses, como el Pew, se plantean quiénes son ese principal partido estadounidense, el de los no votantes. Y encuentra que un gran sector de ellos son jóvenes de menos de 30 años (se los conoce como «millennials», y son la tercera parte) pero que siete de cada diez son menores de 50 años. Casi el 43% de los no votantes son de las minorías étnicas, entre ellos hispanos, afroamericanos. Pero hay otros datitos interesantes. El 43% de los «milennials», están convencidos de que «Washington está roto». Y en la general, sin distinción de edades, el 54% ciento no les cree ni a los demócratas ni a los republicanos.

Este descrédito de los partidos, que en España alumbra movimientos como el de Podemos, fue un indicativo de cambios en 2008 en Estados Unidos. Lo percibió Obama, que utilizó como lema de campaña «Yes, We Can». O sea, «si, podemos».

Seis años después, la sociedad protestó por lo que Obama no supo, no quiso o no pudo. Y lo hizo como se hace en Estados Unidos, sin votar. Porque entendieron que daba lo mismo. Grave señal.

 

Tiempo Argentino
7 de Noviembre 2014

Ilustró Sócrates

Integradores y desintegrados

Integradores y desintegrados

Hubo un tiempo en que Europa era un paraíso, pero como suele suceder, no lo sabía. Hasta que la crisis económica se extendió desde el sur del continente a raíz de la explosión de la burbuja inmobiliaria, y quedaron al descubierto ciertas inconsistencias macroeconómicas que los intereses neoliberales se encargaron de magnificar para llevar agua hacia su molino.

En ese tiempo dorado, los europeos, que acababan de levantarse de las ruinas que había dejado la Segunda Guerra Mundial, construían a pasos agigantados un Estado de Bienestar que era mirado desde este lado del mundo con «la ñata contra el vidrio», como quien dice.

Ese arquetipo ideal se formó en torno a sociedades dispuestas a superar diferencias históricas que habían dejado millones de cadáveres y bajo el influjo de dirigencias políticas que apostaban a un modelo que repartía para conservar. Dirigencias que habían decidido que era mejor negocio aceptar que todos estuvieran económicamente mejor al precio de mantener la paz y el progreso como posibilidades de futuro.

Con la crisis, el modelo cambió rotundamente y ahora muestra un neoliberalismo extremo, que expresa muy bien la alemana Ángela Merkel pero que se monta sobre consensos tecnocráticos que van de Bruselas a Frankfurt, de la sede del gobierno europeo a la del Banco Central, sin escalas. Y que castigan a los que, dentro de ese marco conceptual, aparecen como menos eficientes. En esa «bolsa» colocan a las naciones del sur del continente, como España, Portugal e Italia.

Antes, en aquellos buenos viejos tiempos, ganara quien ganara una elección daba lo mismo para las grandes mayorías, porque las garantías sociales eran inconmovibles. Nadie les iba quitar los derechos laborales, o a la salud y la educación, o a una jubilación digna.

No es que con la crisis se perdieron consensos, más bien que los acuerdos inconmovibles ahora son en perjuicio de los que menos tienen. Da lo mismo quien gane una elección, el caso es que siempre van a implementar un plan de ajustes permanentes y darán de baja conquistas sociales afianzadas en la sociedad.

Lo saben ya los socialistas franceses, que pensaron que François Hollande era la esperanza de recuperar viejas consignas y ahora llegan a decir que apoyan a otro François, el Papa Jorge Bergoglio, toda una señal en un partido que tiene entre sus fundamentos la creación de una sociedad laica. Los van sabiendo también los italianos, que comienzan a develar el camino que emprende Mateo Renzi, por ahora algo más tímidamente.

Como contrapartida a todo eso, surgen movimientos que por ultraderecha rechazan la construcción paneuropea. Porque ante la imposibilidad de cambiar el curso de las cosas por medio de las urnas, son pocas las alternativas a las que puede aspirar una sociedad que por primera vez en décadas ve que sus hijos vivirán peor que ellos. Son grupos que promueven retirarse de la Unión Europea y azuzan tendencias xenófobas de las distintas sociedades. Así crecen el UKIP en Gran Bretaña, el Frente Nacional en Francia y grupos más o menos extremos de Holanda y Grecia, sin ir más lejos.

América Latina, y especialmente los países del Cono Sur, padecieron las políticas del consenso de Washington, aquel proyecto que la Casa Blanca acometió durante los ’90 y que extendió el proyecto neoliberal por todo el continente, con las consecuencias que se conocen sobremanera.

En lo que va del siglo, la región cambió su eje y creó instituciones que se convirtieron en herramientas de cambio, a instancias de un puñado de mandatarios que supieron interpretar el momento y fueron consecuentes con las medidas que se necesitaban. En el caso del Mercosur, Lula y Néstor Kirchner fueron esenciales para modificar el enfoque aduanero de los ’90 por una línea más inclinada a la defensa del trabajo local y del crecimiento con inclusión social. Algo que, por consiguiente, llevó a mantener políticas comunes y posiciones coordinadas en las relaciones exteriores.

Se cumplen nueve años desde que con el apoyo de Hugo Chávez se le dijo No al ALCA, aquel proyecto de mercado común para único beneficio de las multinacionales y el poder financiero.

Las elecciones en Brasil y Uruguay y el clima preelectoral que se vive en Argentina son un espejo donde contrastar la idea de integración que aún mantiene su llama ardiente en Europa y la que defienden los candidatos de las derechas locales.

Aparecen en ese marco electoral voces que claman por abandonar los organismos regionales y que basan su discurso y propuesta en soluciones individualistas. Cierto que la crisis económica deja sus consecuencias incluso de este lado del océano, lo que provocó un menor crecimiento en los principales países y cierto debilitamiento externo en el bloque en general.

Esta realidad permite que empresarios poderosos de todos los rincones del continente ensalcen las posibles ventajas de acomodarse con los centros de poder, como han hecho toda su vida. Un mensaje explícito que distribuyen los medios de comunicación, acicateados por los grupos concentrados que se beneficiaron en los ’90 y son conscientes de que su única posibilidad de mantener los privilegios sería la «desintegración» regional.

No es casualidad que la derecha más acérrima fomente la condena a muerte del Mercosur y que sostenga, sin poder dar una sola prueba consistente, las ventajas que habría en ceñirse a las reglas de los organismos internacionales.

Es preocupante, por otro lado, que los grandes fogoneros ideológicos apuesten a destruir eso que con paciencia y oportunidad se fue construyendo desde que Raúl Alfonsín y José Sarney dieron el puntapié inicial al Mercado Común del Sur cuando firmaron el Tratado de Asunción, en noviembre de 1988.

Es preocupante que esa idea de salvación individual haya prendido como para que propuestas como esas hayan alcanzado importantes cuotas electorales en Brasil y en Uruguay y que incluso se presenten como panaceas electorales. En momentos en que la influencia de los estrategas de campaña es tan determinante para las diligencias políticas, sobre todo entre los candidatos de la derecha, se sabe que nadie se peina sin antes consultar a su asesor de imagen. Los hay que cambiaron la dentadura con la ilusión de ganar un voto.

De modo que ese mensaje antiintegración, que sin dudas busca endulzar los oídos del establishment –que aporta a los fondos electorales y sustenta los medios de comunicación amigos–, también llega a importantes capas de la población. Seguramente no todos los que votaron por Aécio Neves el domingo pasado lo hayan hecho por su promesa de acercarse a la Alianza del Pacífico y de firmar tratados de libre comercio con Europa por fuera del Mercosur. Pero esa información no los detuvo a la hora de depositar la papeleta. Y fueron más de 50 millones de personas.

También en Europa son muchos los que se quieren bajar del colectivo y de hecho en Gran Bretaña el líder conservador David Cameron promete un referéndum para determinar si los británicos quieren seguir dentro de la Unión Europea. Los grupos xenófobos buscan en el fondo algo parecido, pero en Europa ellos son la derecha de la derecha y no representan a las abrumadoras mayorías. El consenso, con las críticas que cosechan los planes de ajuste, es que la Europa será unida o no será. Hay quienes lo dicen de un modo algo más brutal: «al fin de la Segunda Guerra, el continente estaba cubierto con 25 millones de cadáveres. Ahora son 25 millones de desocupados. Es duro y cruel, pero es un avance.»

En América Latina no hubo guerras como esas y las diferencias culturales y nacionales son mínimas. No hay que construir una nacionalidad, hay que reconstruir una Patria Grande que contenga a «todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar este suelo», como dice el preámbulo de la Constitución.

Cierto es que en Brasil y en Uruguay, al fin y al cabo, las elecciones mostraron un consenso mayoritario a favor de la integración y en contra de los medios y de la derecha. Y que además todos y cada uno de los que votaron sí saben lo que eso significa. Pero sigue siendo un dato a tener en cuenta el perfil pro dependiente en muchos sectores de la ciudadanía, acicateados por un establishment que se indigna con el populismo, pero en estos años dorados latinoamericanos «la juntó en pala» sin rubores. Sigue siendo preocupante, en definitiva, esa sensación de que aspiran a llegar al poder para tirar todo abajo y volver al pasado, disfrazado de «cambio de ciclo».

 

Tiempo Argentino
Octubre 31 de 2014

Ilustró Sócrates

Bob Kennedy ya les avisó que se venía una revolución

Bob Kennedy ya les avisó que se venía una revolución

“Una revolución está viniendo –una revolución que será pacífica si somos lo suficientemente sabios; compasiva, si nos preocupamos lo suficiente; exitosa si tenemos suerte– pero una revolución que está llegando, queramos o no. Podemos influir en su carácter pero no podemos alterar su inevitabilidad.» El 9 de mayo de 1966, el entonces senador Robert F. Kennedy explicaba así ante la Cámara Alta estadounidense las reflexiones de su gira por el «patio trasero» latinoamericano. La frase fue rescatada en estos días por Information Clearing House (http://www.informationclearinghouse.info/), un sitio no partidario con información «que no publica la CNN«, como se jactan.

La Asamblea General de la ONU eligió ayer a cinco nuevos miembros rotativos para el Consejo de Seguridad. Si hay un dato de relevancia para la región es que Venezuela logró 181 votos para ocupar un lugar en la primera votación, entre las 193 naciones que participan del organismo. A España, otro país que aspiraba a un lugar, le costó un poco más y necesitó de tres rondas para imponerse sobre Turquía.

Como se sabe, las plazas permanentes están en manos de las cinco naciones que se declararon ganadoras de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, Rusia –como continuadora de la Unión Soviética–- China, Gran Bretaña y Francia. Otras diez bancas se reparten entre el resto de los países, cada una por un período de dos años y en representación de las diferentes regiones. La renovación de esos sitiales es de a mitad por año, de manera que los cinco nuevos miembros deberán compartir parte de su mandato con Chad, Chile, Jordania, Lituania y Nigeria. Argentina cede su lugar a la Venezuela de Nicolás Maduro, el sucesor del líder bolivariano Hugo Chávez.

Los analistas coinciden en que entre los principales desafíos que deberá enfrentar el nuevo Consejo de Seguridad figuran los conflictos en África, Medio Oriente y Ucrania. A los que se agrega la crisis económica y últimamente la falta de respuestas globales a la epidemia de ébola, que parece haberse convertido en un grave problema en la medida en que se extendió del África pobre hacia España y Estados Unidos.

La postulación de Venezuela, como era de esperarse, había despertado críticas de la derecha internacional. La congresista estadounidense Ileana Ros-Lehtinen, una anticrastrista visceral, había alertado a sus pares que la nominación del país sudamericano «tendrá serias consecuencias para la seguridad global y los intereses de Estados Unidos». La representante republicana por Florida, argumentó que ahora Venezuela se convertirá en «un golpe de propaganda para Maduro y sus titiriteros, el régimen Castro». Por supuesto que Ros-Lehtinen, cubano-estadounidense, no estuvo sola en esta virulenta crítica.

Uno de quienes la acompañó fue el venezolano Diego Arria, quien fuera embajador ante las Naciones Unidas y candidato presidencial por la derecha en Venezuela. Arria se quejó de que «un régimen como el venezolano, que tiene un record olímpico de violaciones a los derechos humanos, que se ha opuesto a todas las resoluciones de la Asamblea General que tienen que ver con la paz, que es algo muy serio, tenga ahora el compromiso de naciones de Latinoamérica y el Caribe de apoyarlo, pagándole de cierta manera la ayuda que reciben».

Si es por desoír las decisiones de la ONU, en lo que afecta a Argentina es evidente la sordera de Gran Bretaña para sentarse a discutir la soberanía de Malvinas. Estados Unidos es campeón en este rubro y sin dudas el más flagrante de los «olvidos» es el fin del bloqueo a Cuba, un pedido refrendado cada año por una aplastante mayoría de estados miembros del organismo –los rechazos se cuentan con los dedos de una mano- y que incluso va alcanzando consenso dentro de los mismos EE UU.

Precisamente el The New York Times publicó una encendido alegato por el levantamiento del embargo a la nación caribeña. Fue quizás el más grande argumento desde que fue instaurado el castigo a la revolución cubana, en 1961. Sobre todo porque proviene de uno de los medios más influyentes en la dirigencia política estadounidense.

Claro que el NYT no podía aparecer apoyando al gobierno de La Habana. Y si bien sostiene que “en conjunto estos cambios demuestran que Cuba se está preparando para una era post-embargo”, dice que el “régimen” sigue “acosando disidentes” y critica que “el proceso de reformas ha sido lento y ha habido reveses”. De todas maneras el periódico le da ideas a Barack Obama, al recordarle que la Casa Blanca no necesita respaldo del Congreso para reanudar las relaciones diplomáticas. A su vez, le avisa que “un acercamiento a Cuba ayudaría a mejorar las relaciones de EE.UU. con varios países de América Latina y a impulsar iniciativas regionales que han sufrido como consecuencia del antagonismo entre Washington y La Habana”.

El tono sinuoso del editorial despertó críticas en el propio Fidel Castro, quien definió a la movida como un intento de obtener «el mayor beneficio para la política» interna de Estados Unidos, sumido en una realidad grave y en medio de una “compleja situación, cuando los problemas políticos, económicos, financieros y comerciales se acrecientan”.

Más allá del artículo del líder de la revolución cubana en el Granma, el NYT se hace eco de un clamor que va creciendo fronteras adentro. Es que los descendientes de los primeros “gusanos” no conservan el mismo odio al gobierno surgido en 1959 tras el triunfo de la guerrilla. Y además, la crisis económica en muchos sectores estadounidenses hace ver las ventajas que ganarían en poder comerciar con la isla.

Por otro lado, desde el punto de vista ideológico no hay defensa posible del embargo. Salvo que el orgullo nacional del principal imperio de la tierra todavía se considere herido por la afrenta de aquellos barbudos entre los cuales fulguraba el argentino Ernesto Che Guevara. A esto apunta el reverendo Jesse Jackson, alguna vez precandidato demócrata a la presidencia, quien llamó a terminar con el bloqueo desde las páginas del Chicago Sun-Times. «La oposición implacable del gobierno de Estados Unidos a la presencia de Cuba en las reuniones hemisféricas, ha ofendido prácticamente a todos nuestros vecinos», dijo.

«El embargo contra Cuba se ha mantenido en gran medida por dos razones. En primer lugar, (Fidel) Castro avergonzó a la CIA y los guerreros fríos, frustrando sus intentos de invadir la isla, desestabilizar el régimen y asesinarlo», finalizó el religioso.

Documentos desclasificados del gobierno demuestran que el propio Robert Bob Kennedy había promovido el levantamiento de la prohibición de viajar a Cuba cuando era procurador de Justicia, en diciembre de 1963, poco después del asesinato de su hermano John. RFK consideraba entonces que la medida aprobada durante la administración de JFK no resultaba coherente «con nuestros criterios de sociedad libre y contrastaría con cosas tales como el Muro de Berlín y los controles comunistas a esos viajes».

Otros documentos desclasificados que salieron a la luz estos días hablan de la intervención de la CIA en el asesinato del Che en Bolivia, el 8 de octubre de 1967, cuatro años después del pedido de RFK al Secretario de Estado, un año después del informe al congreso sobre su viaje a América Latina y uno antes de que fuera asesinado a tiros tras haber ganado la nominación como candidato a presidente por los demócratas. Toda una parábola.

Esa revolución que los Kennedy querían sofrenar o conducir mediante la Alianza para el Progreso, siguió su marcha en Cuba y se fue extendiendo al resto del continente de diversas maneras y en distintos grados. El Chile de Salvador Allende fue uno de los casos más emblemáticos. Los golpes de los ’70 y los genocidios cometidos por las dictaduras militares fueron la respuesta que llegó desde Washington.

El ALCA, la nueva Alianza para el Progreso, fue enterrada en Mar del Plata en 2005. Para entonces, Evo Morales se disponía a ocupar la presidencia de Bolivia, Chávez estaba en todo su esplendor, Néstor Kirchner comenzaba a mostrar sus cartas regionales y Lula da Silva ponía en marcha sus primeros planes sociales.

El domingo pasado, el ex líder cocalero ganó por tercera vez una elección presidencial. Con una mayoría que le suma dos tercios del parlamento tras ocho años de gestión. De pronto, el indígena que aprendió a hablar castellano en una escuela argentina cuando su padre venía a hacer la zafra, que para algunos no sería capaz de gobernar un país complejo como Bolivia, es visto por los capitales internacionales como rubio y alto –incluso en nada revolucionario semanario británico The Economist escribió artículos laudatorios sobre su figura– y batirá un récord en el tradicionalmente combustible asiento presidencial boliviano.

Ya lo había avisado Bob Kennedy. Se venía una revolución en América Latina. Con sus diferencias y algunos retrocesos, pero ya sin la “ayuda” estadounidense. Un dato a tener en cuenta.

Tiempo Argentino

Octubre 17 de 2014

Ilustró: Sócrates

Ignacio Ramonet: «La ausencia de Chávez se nota en toda la región»

Ignacio Ramonet nació en Redondela, cerca de Vigo, en España, pero desde muy chico vivió en Tánger, donde sus padres republicanos se habían exiliado del franquismo. Luego recaló en París, donde dirigió Le Monde Diplomatique. Hoy es uno de los máximos referentes de la izquierda a nivel mundial. Como miembro fundador del Foro Social Mundial, se le atribuye la frase «Otro mundo es posible». Luego de varias publicaciones sobre análisis político y medios –es un firme defensor de la ley recientemente declarada constitucional por la Corte argentina– incursionó en el terreno biográfico con una larga entrevista con el Subcomandante Marcos, en 2001, que lo llevó a las Cien horas con Fidel, indispensable para saber quién es el líder de la revolución cubana. De paso por Buenos Aires para presentar la tercera etapa de esta saga, Hugo Chávez, mi primera vida, habló con Tiempo Argentino sobre lo que significó para el proceso de integración regional el presidente bolivariano, de quien todavía suele hablar en presente.

–En el libro usted reconoce que al principio desconfiaba de Chávez. Pero luego vio antes que otros quién era el personaje. Se ve que no le tiene miedo a los caudillos.
–Bueno, (Francisco) Franco era un caudillo.
–Me refiero a la imagen demoníaca que se suele dar de los líderes populistas latinoamericanos.
–Sí, claro, pero Chávez no era verdaderamente un caudillo. Yo lo conocí muy bien a (el ex presidente) Carlos Andrés Pérez y él sí que era un caudillo.
–¿Cuál sería la diferencia?
–Carlos Andrés era un hombre de aparato, con influencias internacionales, que realmente pensaba que la solución estaba afuera de Venezuela y Chávez es un hombre con una relación fusional con el pueblo, que sabe que la solución para Venezuela está dentro de Venezuela. Carlos Andrés era un caudillo también en el sentido de movilizar masas. Chávez dice que estaba impresionado de joven por Carlos Andrés.
–Es curioso, no habla mal ni de Pérez ni de Rafael Caldera, y eso que estaban en las antípodas.
–Es que Chávez, primero, es una buena persona, no es vindicativo. Fíjate que le dan un golpe de Estado, lo van a fusilar y los soldados se niegan a obedecer, y regresa y no toma ningún tipo de represalia. No hay un juicio, y al jefe del golpe, Pedro Carmona, lo pone en residencia vigilada y de allí huye a Colombia. De igual manera le tiene respeto a Caldera, reconoce que no era un hombre corrupto. Sobre la política de Carlos Andrés puede ser muy duro, pero sobre el hombre no hay ninguna palabra ofensiva. Él era un hombre muy respetuoso, un caballero, igual que Fidel. Un hombre que jamás tendrá un rasgo vulgar, mediocre. Por otro lado, la gran característica de Chávez fue que todo lo sometió a elección. Siempre. Era un hombre profundamente democrático. Para alguien que había hecho una rebelión militar, al que acusaban de ser golpista…
–El libro le llevó cuatro años.
–De conversaciones, tres años. Son como 200 horas. Tres o cuatro veces al año yo iba y nos reuníamos. Nos juntábamos por fechas. Él me pedía que le dijera de qué momento quería hablar y se preparaba muy seriamente. Tenía fotos, libros en una mesa, sus hijas en particular estaban encargadas de hacer ese trabajo de documentación. Nos aislábamos tres o cuatro días, no hacía ninguna otra cosa.
–¿Dónde se encontraban?
–Empezamos en los Llanos porque quería que conociera su tierra. Luego lo hicimos en casas de varios amigos, y en sus dos apartamentos de Caracas. Él tiene uno pequeñito en el Palacio de Gobierno, en Miraflores, y otro en la residencia presidencial, la Casona, que apenas ocupa. Nos hemos pasado días trabajando, en las fotos se ve cómo yo estoy cayéndome de sueño, porque eso empezaba a las diez de la mañana y terminaba a las cuatro de la mañana siguiente. Él se levantaba tres o cuatro veces para tomarse un café, que los bebía en permanencia. Tomaba 30 o 40 al día.
–En el libro da la impresión de que Chávez está ahí, hablando.
–Absolutamente, claro que es así. Hay muy pocas correcciones al libro. No quiso corregirlo. Lo leyó y se lo dio a leer a Fidel y él le dijo: «No te metas a corregir, no hagas como yo hice, que me pasé semanas trabajando.»
–¿Fue diferente trabajar las Cien horas con Fidel?
–Con Fidel era más complicado, porque Chávez era militar, entonces, si se compromete, se compromete y ya. Al principio, con Fidel también era así, muy estructurado. Pero luego me llevaba con él. Viajaba, daba un discurso, inauguraba una cosa, toma de posesión de un presidente… por ejemplo, fuimos a Ecuador y trabajábamos en el avión. Fue muy entrecortado, no era fácil. Y al final prácticamente había que agarrarlo y él me decía: «Pero Ramonet, tú no quieres que yo gobierne.»
–Esas entrevistas tienen ese estilo y esa profundidad de las que hacía la revista Playboy.
–¡Sí! Las he leído muchísimo, excelentes. Decíamos que nos daban el pretexto para leer la revista. Una de las mejores entrevistas con Fidel está en Playboy, y está citado en mi libro, una excelente entrevista. Eran muy preparadas, muy profundas. En Francia había un semanario, L´Express, que hacían unas entrevistas cada semana en profundidad con escritores, dirigentes políticos, científicos, que eran absolutamente apasionantes. Pero en este caso, curiosamente un libro ha traído al otro. Yo le hice una larga entrevista al Subcomandante Marcos, pequeñito. Estuve tres días, él quería verme, me invitó y allá estuve. La idea era hacer conocer al personaje. Fidel lo leyó y me dice: «Oye, qué tipo este, ¿Cómo se llama?» «Subcomandante Marcos» «¿Qué es eso de sub?, porque lo de comandante lo inventé yo, antes eran todos generales, como en la revolución mexicana. Entonces, nosotros tomamos el grado más bajo de la oficialidad, que es comandante. Luego todos se pusieron comandante, pero este dice subcomandante, ¿qué quiere decir eso?» (risas) Y yo le respondía: «Es muy claro, para Marcos el comandante es el pueblo, y el subcomandante es el que obedece al pueblo.» Y Fidel decía «Aaaaah, así es, claaaaro, está bien eso, es una buena idea.»
–Qué personaje también, Fidel.
–Ah, evidentemente. Un pensador, un dirigente. Pero como decía, Fidel me dijo: «Mira, tú no tienes tiempo, pero yo no me quiero morir sin decir cierto número de cosas.» Yo le dije: «Pues hagamos un libro.» «No, tú no vas a tener tiempo», me dice. «¿Cómo que no, comandante?, lo encuentro al tiempo.» Y así lo hicimos. Y ese libro le apasionó a Chávez. Lo tenía anotado, lo comentaba con él, aprendió mucho allí sobre la política de Fidel. Entonces yo le dije: «Bueno, hagamos uno también.» Le pareció interesante hablar sobre una parte que no era la actualidad.
–Para desdemonizarse.
–Eso le propuse. Le dije: «A usted no lo conocen, y si hablamos del período actual aparecerá como un pretexto. Hablemos de usted cuando no estaba tan directamente en la política, que la gente lo conozca humanamente. Porque no se le conoce.» De hecho, quiso dejarlo como testimonio para la historia. Y lo hizo muy seriamente. Cuando terminamos de grabar no estaba enfermo. En junio de 2011 le encontraron la enfermedad y nosotros grabamos en 2008, 2009 y 2010. En 2011 yo estaba desgrabando y le entregué el libro el 1 de diciembre de 2012.
–¿Cómo repercutió en él el tema de la enfermedad?
–Él había visto a la muerte de cerca, con el golpe de Estado estuvieron a punto de fusilarlo. Pero esta es una enfermedad –y no cualquiera– que lo toma en pleno ejercicio del poder. Con plenos deseos de llevar a cabo lo que se proponía. Muere a la edad de 58 años, o sea que tiene por lo menos diez años de vida política en el poder o en actividad.
–¿Cómo ve la situación de América latina desde su muerte?
–Se nota su ausencia en todo lo que es el proceso de integración. Chávez es un creador, un hombre con una imaginación política. No es fácil inventar en nada, pero en política es más difícil. Fidel es un inventor fuera de lo común y eso le permite ganarle la batalla a EE UU. Chávez era igual, por eso se entendían bien. Chávez era capaz de pensar lo impensable, de tener ideas y de tenerlas en abundancia. Y, además, tener la disciplina y la voluntad de llevarlas a cabo. Eso creó esta aceleración de la integración. En poco tiempo se creó el Alba, la Unasur, la CELAC. Se creó el Sucre, el Banco del Sur, Petrocaribe, nunca se había avanzado tanto. Y de todo esto el motor, el manantial de esas ideas ya no existe. Además, era un pedagogo y la gente agradecía eso. Porque cuando tú te apoyas en la inteligencia de la gente, la gente te lo agradece. Yo estuve conversando con Cristina hace un año, cuando él estaba enfermo y ella me decía: «Lo necesitamos absolutamente, cuando él está enfermo se nota en toda América Latina.» Y recordaba que cuando intentaron un golpe de Estado a Correa, o a Evo, inmediatamente se telefoneaban, Hugo se movilizaba. Había una coordinación, era un hombre de contacto muy fácil, muy cariñoso, muy caluroso. Así era con los presidentes de cualquier color. Un tipo como Piñera o como Santos, que no son de la misma escuela, tenían una muy buena relación con él. Porque Chávez como persona era alguien que tú sólo podías amar, querer, un tipo simpático, agradable inteligente, culto. Esa relación, eso, ya no existe. Y se nota, yo creo, que en la dinámica de la integración.
–¿Cómo está el proceso de la Unión Europea (UE) teniendo en cuenta los resquemores de los países del norte a los del sur, como España, Italia y Grecia?
–Quizás la UE nunca ha vivido una crisis institucional como esta desde el sentimiento de los ciudadanos. En muchos países hoy, a la pregunta de si tuviéramos que repensar o revotar para ingresar a la UE, la respuesta dominante es no. Nadie quiere salir de Europa, pero la respuesta es «no debiéramos haber entrado». En el norte, además, está subiendo la extrema derecha, porque la gente considera que la UE es una posibilidad para que vengan los extranjeros y está creciendo una xenofobia tremenda. Ha habido momentos en que nos planteamos si Grecia o si Chipre iban a salir del euro y ahora hay partidos que piden la salida de Europa. Como institución, nunca ha funcionado tan mal
–¿Por qué sucede eso?
–Porque millones de ciudadanos descubrieron que es genéticamente neoliberal. Si entras en la UE automáticamente, te tienes que aplicar un programa neoliberal y eso la gente no lo sabía. Entraba por razones geopolíticas: porque somos europeos y tenemos que vivir juntos, pero luego llegan allí y se encuentran con esto. En América Latina, en cambio, la condición para integrarse es estar en contra el neoliberalismo, como ocurrió con el No al ALCA. «

Maduro y un golpe en cámara lenta

«Muerto Chávez, se había acabado el problema, pero a medida que Maduro se fue afirmando ahora están haciendo la misma operación. Están tratando de ridiculizarlo, de hacerle perder la majestad de la función y por otra parte están llevando a cabo lo que llamo el «golpe de Estado en cámara lenta», reproduciendo lo que hicieron con Salvador Allende. Hay cortes de electricidad, de agua, falta de suministros, acaparamientos, sabotajes, también empieza a haber una especie de disfuncionamiento porque mucha gente se pasa horas tratando de encontrar cosas y no está en su puesto de trabajo. Maduro es la persona más seria que hay y Chávez no se equivocó, es el mejor dirigente político, con mayor personalidad, con mayor seriedad, con mayor honestidad. Fue sindicalista, no hay sindicalista irresponsable: un dirigente sindical tiene que negociar, entonces, es un hombre que está en la continuidad de lo que fue la revolución bolivariana, una revolución pacífica. Chávez se ha apoyado siempre en la armadura de las Fuerzas Armadas, que es el verdadero partido de Chávez. Podría haber elegido a un general. Pero eso hubiera identificado definitivamente a la revolución bolivariana con un movimiento militar. No lo hace porque sabe que esta revolución sólo puede mantenerse en el tiempo como una sólida alianza cívico-militar.»

Tiempo Argentino, 10 de Noviembre de 2013