por Alberto López Girondo | Abr 15, 2013 | Sin categoría
Ahora Nicolás Maduro tiene por delante un par de desafíos en los que le va la suerte de la revolución bolivariana. En primer lugar, deberá revalidar su liderazgo hacia adentro del partido creado por Hugo Chávez. Pero también lo tendrá que hacer hacia una sociedad que le dio su confianza por mucho menos holgura de la que le auguraban las encuestas. Y eso en política tiene su peso, como ya se lo marcó Henrique Capriles al desconocer el resultado del comicio de ayer.
Si bien la elección del 7 de octubre le dejó una amplia mayoría en la Asamblea Nacional y el panorama en los estados que componen la nación no es diferente, teniendo en cuenta que el PSUV ganó 20 de los 23 distritos, Maduro deberá demostrar con gestión que lo suyo es nada menos que el comienzo de un chavismo sin un líder de la talla del bolivariano fallecido el 5 de marzo.
Maduro tendrá que hacerse cargo de domar la encabritada economía venezolana, que en medio de una fenomenal crisis internacional viene además de dos elecciones presidenciales en seis meses. Todo esto en el marco de un proceso fuertemente imbuido del protagonismo de Chávez, una sombra que hasta puede resultar asfixiante si no esquiva las trampas que le tenderán los sectores oligárquicos.
Construir liderazgo será entonces una tarea excluyente, porque cada una de sus medidas será puesta a prueba no sólo por la eficacia que prometan sino por la destreza del mandatario electo para sostener el vendaval que le espera. A cada paso le van a contar las costillas buscando demoler la imagen de solidez que necesita para consolidarse en Miraflores.
Del otro lado, la sorpresiva elección de Henrique Capriles le da una estatura de poderoso opositor al gobierno, que si bien no debería traslucir en trabas para el Palacio de Miraflores, sin dudas significará un fuerte condicionante de cara a la opinión pública. Hacia la región, además, la derecha lo pondrá de ejemplo de que puede aspirar a algo más que a la queja continua, si encuentran el personaje adecuado. La pregunta es si con eso alcanzaría para administrar un país. Pero por ahora ese no es el desafío de Capriles.
El problema que planteó el gobernador de Miranda al desconocer el resultado del comicio, ya entrada la madrugada de hoy, es que cualquier futuro civilizado para Venezuela está ceñido al respeto por la Constitución y a un sistema electoral que nadie hasta ahora había cuestionado. Y que todos veedores de toda pelambre reconocieron como uno de los más prolijos y confiables del mundo, lo que no es poco.
Es más: si fuera por amañanaruna elección, lo más cómodo y conveniente hubiese sido «dibujar» una diferencia abrumadora que no dejara hilachas de donde agarrarse.
Políticamente, este resultado no es una buena noticia para el oficialismo. Pero como dijo Maduro, «así es la vida». En política se gana y se pierde y el chavismo ya probó que es capaz de tolerar una derrota, como le pasó en 2007. Le falta a la oposición ahora hacer otro tanto, aunque sea por tan poco.
Tiempo Argentino, 15 de Abril de 2013
por Alberto López Girondo | Mar 8, 2013 | Sin categoría
Al tiempo que la muerte de Hugo Chávez ocupaba las portadas en la mayoría de los medios internacionales y llenaba de dolor a sus seguidores no sólo de Venezuela sino del resto del continente, las caracterizaciones sobre su legado ocuparon ríos de tinta. Era obvio que quienes ven en su paso por este mundo al iniciador de la ardua lucha por sacarse de encima «la larga noche neoliberal» de Latinoamérica iban a encumbrarlo. Como también era natural que desde las trincheras de los poderes concentrados, a los que el líder bolivariano atacó desde que en 1992 intentó voltear al gobierno de Carlos Andrés Pérez, iban a continuar con la tarea de demolición de su imagen. Convertida en la de un autócrata de la peor calaña por lo menos. Aunque las lágrimas de millones de personas en todo el mundo lo desmientan.
Pero hay algunos hechos curiosos en este clima de fervor democrático desatado desde el martes, con las diversas interpretaciones sobre lo que la democracia sea. Un par de días antes de la muerte del venezolano, un Barack Obama acosado por el abismo fiscal, ese nubarrón que puede oscurecer su segundo mandato, se había explayado en una de estas disquisiciones.
Sucede que el déficit estadounidense sobrepasa todo límite. Para poder seguir manteniendo al Estado en funcionamiento, el inquilino de la Casa Blanca necesita una ampliación de Presupuesto. Pretende hacerlo aumentando impuestos a los más ricos. Una medida de estricta justicia social, como indica el presidente ante cuanto micrófono le ponen adelante. Pero allí choca con el fundamentalismo de los republicanos. Enceguecidos un poco por su credo ultraneoliberal y otro mucho porque saben que así liman las posibilidades de que otro demócrata suceda al primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. Por eso pretenden forzar recortes en los planes sociales y en los de sanidad, la única medida revolucionaria que puede exhibir Obama.
Como no había forma de salir del entuerto, Obama desafió a los periodistas que lo esperaban en la Casa Blanca al término de una reunión con los jefes de los bloques partidarios. «Denme un ejemplo de lo que yo podría hacer», les espetó, con la mirada tensa, luego de informar que si no había novedades en pocos días se puede paralizar a la principal potencia económica del mundo y dejar en la calle a 750 mil estatales. «¿Por qué no encierra a los líderes del Congreso en una habitación hasta que lleguen a un acuerdo sobre los recortes al gasto público?», ensayó un reportero. Obama le respondió, solemne: «No soy un dictador, soy el presidente», y luego recurrió a la saga de Star Wars para explicar que no puede hacer como un Jedi y «traer a los republicanos al lado luminoso de la fuerza para convencerlos de que hagan lo correcto».
No se sabe si Obama leyó el ejemplar de Las venas abiertas de América latina que Chávez le regalara en su primer encuentro en la Cumbre de 2009 en Trinidad y Tobago, pero al conocerse la noticia sobre la muerte del líder bolivariano señaló que «en Venezuela se inicia un nuevo capítulo en su historia. Estados Unidos sigue comprometido con políticas que promuevan los principios democráticos, el Estado de Derecho y el respeto de los Derechos Humanos». Luego pidió una «relación constructiva» entre ambos países, que desde 2010 no tienen embajadores, justo cuando el vicepresidente Nicolás Maduro anunciaba que expulsarían a dos diplomáticos estadounidenses por conspirar contra el gobierno.
La relación de Chávez con EE UU nunca fue del todo buena, a pesar de la importancia que tiene la exportación del petróleo para la economía venezolana y de que todavía la principal cadena de estaciones de servicio en el país del norte, la Citgo, sigue estando en manos de la petrolera PDVSA.
Con Obama las cosas no podían cambiar, porque los mismos arquitectos de la imagen nefasta de Chávez son los que pintaron al demócrata como un filosocialista y lo acusan de haber querido parecerse al bolivariano. Baste observar lo que los republicanos, los mismos que bloquean su presidencia en el Capitolio, dijeron del fallecido presidente de Venezuela.
El titular de la comisión de Relaciones Exteriores del Congreso, el representante por California Ed Rolyce, escribió en un comunicado que «Chávez fue un tirano que forzó a su pueblo a vivir con miedo. Su muerte merma la alianza de líderes izquierdistas anti EE UU en Sudamérica. ¡Qué alivio!»
La republicana por Florida Ileana Ros-Lehtinen no se quedó muy atrás, y en otro comunicado anotó que la muerte «del dictador venezolano» es una «una oportunidad» para que Venezuela recupere «la democracia y los valores humanos» y celebró «el fin de su tiranía».
Al sur del continente circuló en la web un texto de Victor Hugo Lettieri que vale la pena reproducir. «No hizo ninguna guerra, no invadió ningún país, no tiró ninguna bomba nuclear, no tuvo ningún Guantánamo, no robó ningún recurso natural, no cerró las fronteras, no le impuso ningún bloqueo comercial a otro país, no cerró el Congreso, ni prohibió a los partidos opositores, no secuestró, ni torturó, ni asesinó, ni se apropió de los hijos de sus enemigos, no fusiló a quienes le hicieron el golpe de Estado de 2002, ni clausuró Globovisión, el principal canal opositor que alentó el golpe. Pero cometió el imperdonable pecado de quitarle el manejo del petróleo a EE UU, redistribuir el ingreso con los sectores más pobres, darles educación, salud, trabajo, vivienda y la osadía de ganar 14 elecciones libres, democráticas y sin fraude. Esto lo convierte en un temible dictador.»
Para demostrar que aquí también se cuecen habas, tal vez un artículo de Emilio Cárdenas haya sido el que más virulencia destiló en estos lares. Nacido Emilio Jorge Cárdenas Ezcurra, emparentado con la familia de la esposa de otro «dictador», Juan Manuel Rosas, y educado en el Colegio Marista de Champagnat, el hombre es un liberal a la manera argentina. Esto es, privatista a ultranza y defensor de un concepto de democracia que abomina de todo populista bien nacido, incluso a su lejano pariente estanciero. Simpatizante por lo tanto de regímenes que no dudaron en fusilar o desaparecer personas en distintas épocas de nuestra historia sin ir más lejos.
Algo más acá en el tiempo, Cárdenas fue socio del estudio letrado de Juan Carlos Cassagne, quien asesoró a Roberto Dromi en las privatizaciones. También tildó de cleptocracia (gobierno de ladrones) a la administración de Carlos Menem. Pero no dudó en aceptar el cargo de embajador permanente de Argentina en la ONU, entre 1992 y 1996. Y se presenta con ese «ex» cargo como el principal mérito en su carrera, que incluye asesorías y representaciones de entidades financieras internacionales.
Sobre Chávez escribió una columna en el diario La Nación bajo el título de «Un líder de mil perfiles». Una pincelada acerca de esos mil perfiles según Cárdenas: «Hay ciertamente muy distintas formas de recordarlo. Como déspota revolucionario; populista pragmático; obsesivo del poder, con una sed que sólo apagara la muerte; caudillo autoritario; encantador de serpientes; generador genial de esperanzas; revanchista insaciable (…) Con un discurso irrespetuoso, agresivo, descalificador e intolerante a la vez, dividió a su pueblo y a la región toda, como nunca hasta ahora (….) concentró todo el poder institucional en sus manos y sometió a la justicia; restringió la libertad de expresión e información, y renunció a la protección de los derechos humanos y de las libertades individuales que contiene el Pacto de San José de Costa Rica, lo que –a nivel regional, por cierto– no es muy diferente a darle la espalda impunemente a la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos (…) Dejó al irse un legado que, para algunos, puede resultar atractivo y que para otros es tan sólo una expresión de su vértigo por la omnipotencia con el perfil típico de los dictadores».
Unas palabras de Eduardo Galeano, el autor de Las venas abiertas…, también son furor en la web. «Es un curioso dictador (Chávez). Ganó ocho elecciones en cinco años. Y ahora, recientemente, se sometió a un referéndum en el que preguntaba a los venezolanos si querían el modelo de Estado que él proponía. (…) Y ganó con el 60%. Uno enciende la televisión venezolana y lo primero que ve es a miles de »periodistas» diciendo que en Venezuela no hay libertad de expresión. Uno enciende la radio venezolana y hay miles de »periodistas», analistas, opositores de Chávez, diciendo que allí no hay libertad de expresión. Y uno abre el diario venezolano y hay un título enorme que dice: Aquí no hay libertad de expresión (…) Extraña dictadura y extraños demócratas».
Qué no daría Obama por atreverse a encerrar a republicanos y demócratas en una habitación sólo para que pensaran en las consecuencias que los recortes presupuestarios tendrán para la vida de millones de personas en Estados Unidos.
Tiempo Argentino, 8 de Marzo de 2013
por Alberto López Girondo | Jul 25, 2010 | Sin categoría
La escalada de Uribe tiene hondas razones ideológicas y estratégicas. Pero también puede entenderse como una forma de crear razones para tranquilizar a los accionistas de un puñado de empresas privadas.
Las relaciones entre Colombia y Venezuela no eran una maravilla este jueves, cuando Hugo Chávez aprovechó la visita de Diego Maradona para anunciar la ruptura de relaciones diplomáticas. Ni lo habían sido días antes, cuando Álvaro Uribe prometió presentar pruebas de que en territorio venezolano reciben apoyo y protección efectivos de las FARC y el ELN, las dos organizaciones guerrilleras colombianas. De hecho, los presidentes se habían enfrentado el año pasado, cuando Uribe firmó la extensión de los acuerdos militares con los Estados Unidos, que implicaron la creación de siete bases militares en territorio colombiano. Lo que puede asegurarse ahora es que la llegada del nuevo gobierno de Juan Manuel Santos quedará fuertemente condicionada por lo que la mayoría de los medios tradicionales prefieren tomar como bravuconadas de Chávez y Uribe de cara a sus propios frentes internos.
Santos fue el ministro de Defensa que ordenó el ataque sobre territorio ecuatoriano en 2008, donde fue muerto el número 2 de las FARC, Raúl Reyes, junto con otras 16 personas. Desde entonces las relaciones con Ecuador también estaban rotas y Santos es investigado en relación con aquella incursión armada. Las tres son naciones bicentenarias surgidas bajo el influjo de Simón Bolívar, que comparten –con detalles– la bandera bolivariana y que alguna vez conformaron el intento de una gran nación construida sobre la base del virreinato de Nueva Granada. Naciones con las que Santos se comprometió a una política de buena vecindad.
Las relaciones de Colombia y los Estados Unidos no debieran ser precisamente amistosas, si se recuerda que Washington promovió la independencia de la provincia de Panamá porque no logró que el gobierno colombiano del 1900 aprobara que tropas estadounidenses vigilaran el flamante Canal. Sin embargo, por lo menos desde 1952 los lazos con la clase dominante colombiana se fueron estrechando y, desde 1974 –con el argumento de la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla– culminaron en pactos militares.
En 1998, cuando faltaban pocos meses para que el canal fuera devuelto a los panameños tras los acuerdos Torrijos-Carter, el ex presidente Andrés Pastrana anunció el Plan Colombia, “un programa de desarrollo económico sin drogas”. La conducción estratégica de las fuerzas militares estadounidenses sabía que ya no habría espacio para nuevas camadas de militares formados en la Escuela de las Américas de Panamá, y Colombia ofrecía todos los condimentos para ser su avanzada en la región. Por la mezcla de fuerzas insurgentes y producción de narcóticos que sólo podrían verse en Afganistán o el Extremo Oriente, entre otras explicaciones.
La violencia se potenció de tal manera desde entonces –sin entrar en demasiados detalles bastante conocidos que involucran a tropas regulares, paramilitares, mercenarios, cárteles y narcotraficantes– que según la ACNUR, la organización de la ONU que atiende a los refugiados, desde 2004 el número de desplazados internos se incrementa en 250 mil personas por año hasta superar actualmente los tres millones, y los refugiados sobrepasan los 650 mil personas, sobre todo en Ecuador y Venezuela, por la obvia cercanía fronteriza.
Hasta el 11 de septiembre de 2001, las guerrillas colombianas eran catalogadas por el Departamento de Estado como “fuerzas políticas beligerantes”. Desde entonces están en el rango de “organizaciones terroristas”. Y a medida que en los Estados Unidos se fueron incrementando los presupuestos para la lucha contra el terrorismo en todo el mundo, también fue aumentando la injerencia de los civiles contratados por Washintgon, no sólo como fuerzas armadas sino como servicios de espionaje.
Para 2002, se modificó una cláusula del convenio original que permite el ingreso de “subcontratistas” de seguridad sin límite. Esa es figura legal para los mercenarios y agentes civiles con permiso y protección de las leyes estadounidenses que actúan en este país sudamericano.
Entre los contratados figura personal de compañías como DynCorp y XE, la antigua Blackwater, la más grande empresa de seguridad global privada, con ingresos de unos 1000 millones de dólares al año y 40 mil empleados, la mayor parte de ellos en Irak y Afganistán. Estos contractors son conchabados por el Departamento de Estado, el Pentágono o la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo.
El diario The Washington Post publicó durante tres días un profuso informe denominado “EE UU secreto”. Es una investigación sobre el mundillo de las agencias de inteligencia. Durante dos años, un equipo de unas 17 personas al mando de Dana Priest y William Arkin fue desmenuzando un conglomerado que, según publicaron en el tal vez más influyente diario de los Estados Unidos, desde los atentados a las Torres Gemelas creció hasta ocupar hoy a 854 mil agentes. Son pocas las ciudades argentinas que llegan a esa población (Buenos Aires, Córdoba y Rosario). De esa cifra, 265 mil son contratados y pertenecen a las 1931 empresas privadas del rubro, que compiten con 1271 organizaciones gubernamentales.
“La floreciente industria de la inteligencia corporativa se lleva a los trabajadores más calificados del gobierno con mejores salarios y bonificaciones. Los contratistas pueden ofrecer el doble de dinero a empleados experimentados del gobierno federal”, dice el Post. “Los contratistas componen el 29% de la fuerza de trabajo en las agencias de inteligencia, pero cuestan el equivalente del 49% de su presupuesto de personal”, concluye el matutino. Al mismo tiempo, se multiplicaron los edificios donde se realizan tareas secretas y se desarrolló toda una industria para la construcción de salas de seguridad equipadas con alarmas, sistemas de comunicación protegidos y aparatos para la vigilancia que recuerdan en mucho a las películas más imaginativas del género.
No es la primera investigación sobre el tema en los Estados Unidos, aunque sí la primera que aparece en alguno de los medios top. Porque el periodista Jeremy Scahill había investigado sobre Blackwater. Y su colega Tim Shorrock había hecho lo propio en un libro que llamó Spies for Hire (Espías de alquiler).
Precisamente fue Shorrock quien en un reportaje radial se asombró el jueves de que nadie haya protestado antes por lo que estaba ocurriendo. “Las empresas privadas venden acciones en el mercado, se ufanan ante sus inversores de las altas ganancias, tienen edificios lujosos con el logo en la puerta y páginas web donde vuelcan sus logros. Hacen todo a la vista del público”, dijo. Esto es tan así que a principios de este año el fundador de Blackwater, el ex marine Erik Prince, habló efusivamente de sus negocios en una nota de tapa de la revista Vanity Fair, como si fuera un divo.
Durante décadas, la economía de los EE UU funcionó sobre la base de la asignación de recursos del Estado a través de la industria bélica. Los analistas más sensatos venían advirtiendo sobre los riesgos que para la democracia implica este tipo de relación con el aparato industrial militar. Ahora se le agrega esta nueva variable del complejo empresarial del espionaje.
Un complejo de tal magnitud necesita incrementar su tasa de ganancia continuamente, como cualquier empresa privada. Y sus ingresos provienen de la capacidad que puedan ofrecerles a los gobiernos para la resolución de conflictos. Como le pasaría a cualquier sofisticado técnico que vende su mano de obra supercalificada, en la medida en que se solucionan las fallas desaparecería también su posibilidad de conseguir contratos y el negocio se termina.
Son muchos los funcionarios de las áreas de inteligencia de los Estados Unidos que pasaron por la actividad privada y al término de su gestión volvieron a su anterior empleo. Uno diría que son técnicos de los que conviene desconfiar.
La escalada de Uribe tiene hondas razones ideológicas y estratégicas que van más allá de la guerrilla y apuntan directamente al corazón del gobierno chavista. Pero también pueden entenderse como una forma de crear razones para tranquilizar a los accionistas de un puñado de empresas privadas.
Las mismas que acercaron las presuntas pruebas esgrimidas por su embajador en la OEA.
Tiempo Argentino, 25 de Julio de 2010
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