La gira de Alberto Fernández por Europa resultó exitosa en lo formal. Recibió el espaldarazo de tres líderes de peso en los organismos internacionales: la alemana Ángela Merkel, el francés Emmanuel Macron y el español Pedro Sánchez. Al mismo tiempo, el ministro de Economía, Martín Guzmán, se reunió con el papa Francisco y con la responsable del FMI, la búlgara Kristalina Georgieva. Jorge Bergoglio insistió en un discurso que enarbola desde que fue ungido obispo de Roma: «Las personas empobrecidas en países muy endeudados soportan cargas impositivas abrumadoras y recortes en los servicios sociales, a medida que sus Gobiernos pagan deudas contraídas insensible e insosteniblemente. De hecho, la deuda pública puede constituirse en un factor que daña y perjudica el tejido social». En forma simultánea, Fernández obtuvo un mensaje, que sus voceros difundieron como favorable, del presidente Donald Trump. Fue cuando el designado embajador en Washington, Jorge Argüello, le presentó las cartas credenciales. «Dígale al presidente Fernández que puede contar con este presidente», dijo Trump. Los más desconfiados se preguntan cuál sería el precio para que ese apoyo se traduzca en una quita o una refinanciación de la deuda con el FMI, donde EE.UU. tiene la acción de oro, y con los privados, que tienen bonos bajo el paraguas de las leyes estadounidenses, que siempre jugaron en contra de los intereses argentinos. Fue bastante claro que Trump usó el poder determinante de Washington dentro del FMI para forzar la aprobación de créditos por casi el 66% de la cartera de la entidad para beneficiar a un gobierno como el de Mauricio Macri, que fue un sólido apoyo político para el embate contra el Gobierno de Nicolás Maduro. Estados Unidos tiene el 16% de los votos del Fondo, pero cualquier decisión de la entidad necesita el 85% de votos-cuota. El argumento de Fernández fue, desde su campaña, que los créditos a Macri se aprobaron sin respetar el estatuto del FMI, que impide entregar dinero que podría ser utilizado para la fuga de divisas, y sin pasar por el Congreso Argentino, que debe aprobar el endeudamiento externo. El fracaso de la política económica del macrismo arrastró a Macri, pero está calando en el propio FMI. Con un dejo de astucia, Christine Lagarde se había ido de Nueva York a Fránkfurt, sede del banco Central Europeo, en septiembre pasado. Ahora fue el turno de su número 2, David Lipton, el otro gran responsable de haber aprobado el acuerdo por 57.000 millones de dólares. El problema de la deuda, principal factor que preocupa al Gobierno, es un campo minado. El resultado de la negociación que llevó a cabo la provincia de Buenos Aires fue un buen test de lo que le espera al ministro de Economía, Martín Guzmán. Axel Kicillof tensó la cuerda al máximo intentando posponer un pago de 250 millones de dólares, pero finalmente –al borde de un default y luego de haber colocado 9.300 millones de pesos en letras del Tesoro provincial para solventar parte de ese pago de 15.000 millones– cumplió con el compromiso.
Camino bloqueado El caso generó críticas y brulotes desde la oposición, que repentinamente olvidó que la brutal deuda externa y los acuerdos con el FMI se hicieron durante el anterior gobierno. Kicillof argumentó que había ido hasta el final con el aval de Nación y que se encontró con una estrategia de asedio de un fondo de inversión, Fidelity, que logró bloquear un acuerdo para el que la provincia tenía un 50% de aceptación entre los acreedores, pero necesitaba del 75%. Para Kicillof, la actitud de Fidelity, un fondo al que se negó a calificar de buitre o agresivo, podría inscribirse en una movida que apunta a la negociación que Economía lleva adelante con el FMI y los bonistas de la Nación. Alberto Fernández no tuvo casi tiempo para celebrar su segundo mes al frente del Poder Ejecutivo cuando a poco de bajar del avión que lo traía de vuelta de su gira por Europa debió salir a enfrentar un clima de debate interno dentro del Frente de Todos que la oposición buscaba desde el día en que Cristina Fernández anunció la fórmula para enfrentar al macrismo. El jaleo en los días previos al 10 de febrero tuvo que ver con los dirigentes y exfuncionarios presos durante la gestión de Mauricio Macri. Para el presidente, hay presos detenidos arbitrariamente, pero esta definición causa escozor entre quienes buscan la libertad y una reivindicación, entre otros, de la dirigente jujeña Milagro Sala, del exvicepresidente Amado Boudou y del exministro de Obras Públicas Julio de Vido. Hasta la referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Nora Cortiñas, fustigó esa definición: «Me duele que quieran minimizar la situación de los detenidos por razones políticas. Es algo triste», dijo. Los que recibieron los ataques más furiosos fueron el canciller, Felipe Solá, y el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, por plantear esa misma postura. Pero los palos, obviamente, no eran para ellos, y así lo entendió Fernández. «Me molesta que digan que tengo presos políticos», se quejó el mandatario en una entrevista radial. «Hay que decirles a los compañeros que no seamos tontos, que no caigamos en este debate porque quieren hacernos pelear y dividirnos. Todos saben lo que hizo la Justicia. El primero que lo sabe es Alberto Fernández». La que le dio más sustancia quizás al contenido de este debate fue la abogada Graciana Peñafort, defensora de Boudou como lo fue de Héctor Timerman, y actual directora de Asuntos Jurídicos del Senado de la Nación. Luego de señalar en un hilo de tuits que para ella se trata en todos los casos de presos políticos, argumenta que Fernández es «el único que no puede intervenir en este tema», porque si sostiene esa postura, quizás debería amnistiarlos, que es algo que ninguno de los detenidos quiere. «Quieren un juicio justo donde puedan demostrar que son inocentes», aseguró.
Revista Acción, segunda quincena de Febrero de 2020
Más allá de las víctimas mortales y los contagiados de coronavirus, la epidemia que por estas horas mantiene en vilo a todo el mundo implica no sólo un peligro latente para la humanidad sino una fuente de debates académicos y de análisis económicos y geopolíticos. En tal sentido, y en vista de una serie de acontecimientos encadenados que se vienen produciendo en estos últimos años, hay quienes con bastante sustento inscriben el denominado técnicamente como nCoV-2019, en medio de la guerra comercial entre EEUU y China y lo suben a la categoría de misil desarrollado en algún laboratorio bacteriológico a instancias de los estrategas de Washington. ¿Qué hay de todo esto?
Bastó que el secretario de Comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, casi agradeciera que a raíz del brote de coronavirus registrado desde fines del año pasado “se crearán miles de empleos en EEUU y México” para que los bien pensantes se lanzaron sobre su yugular para cuestionar la ferocidad de la frase. Pero los hubo que rascaron debajo de la superficie para -como en las buenas historias policiales- se viera no solo quién se beneficia con esas muertes sino de qué manera.
El brote, como se recuerda, surgió en la región china de Wuhan, la capital de la provincia centro-oriental de Hubei, con 11 millones de habitantes. Se extendió muy prontamente a los alrededores y en pocas semanas varios países del mundo dieron la voz de alarma por el contagio de viajeros que provenían del país asiático.
El gobierno chino decretó una cuarentena en esa región y paralelamente los empleadores de las empresas radicadas allí instaron a sus trabajadores a hacer tareas a distancia para no generar riesgos en ámbitos cerrados. Es difícil establecer las pérdidas económicas que se producen en este escenario de baja de la actividad económica, a lo que se suma que en el resto del mundo se generó un clima de temores que llegaron a bloquear el ingreso de mercadería proveniente de China o de correspondencia, como hicieron las autoridades de Japón y el correo de Singapur.
Para Capital Economics, una consultora radicada en Londres, el impacto del nCoV-2019 en el primer trimestre del año rondaría los 280.000 millones de dólares de pérdidas, y por primera vez desde 2009 el PBI mundial no crecerá. La agencia Bloomberg, en tanto, calcula que ya perdieron 160.000 mil millones mientras que el FMI, más cauto, señaló que el brote viral «podría afectar significativamente la actividad económica mundial, el comercio y el transporte».
No hay estimaciones sobre la posible baja en el incremento económico en China, pero estas previsiones generan profundo desasosiego es en América Latina, donde esa nación milenaria es el principal o el segundo socio comercial más importante. Chile, Perú y en una medida determinante también Brasil y Argentina dependen de sus exportaciones al gigante asiático para mantener andando la rueda de sus economías.
Un brasileño, Lucas Leiroz de Almeida, investigador en Derecho Internacional en la Universidad Federal de Río de Janeiro, cuestionó en un artículo publicado por el portal del grupo BRICS (club de las potencias del futuro del que forma parte China, Rusia, India, Sudáfrica y también Brasil) la información errónea y malintencionada de los medios hegemónicos internacionales. “Esto está creando una gran ola de odio contra todo lo que tiene que ver con China. Claramente, esta epidemia está siendo utilizada por las potencias occidentales como un medio de guerra híbrida”.
En ese artículo hace hincapié en una serie de situaciones, cada cual más insólita, en que ciudadanos o productos chinos sufren discriminaciones. El caso tal vez más irónico es el de un brasileño de origen japonés fue insultado por una mujer para quien todo el que tiene rasgos orientales evidentemente es chino.la comunidad japonesa en San Pablo es muy importante y de vieja ola inmigratoria.
En Barcelona ya se bajaron muchos asistentes al Congreso Internacional de Teléfonos Celulares (MWC por sus siglas en inglés) al que obviamente irían firmas chinas a exponer sus novedades. En la ciudad española eso genera una crisis incluso entre los empresarios del ramo de la diversión, según contó el dueño de un Night Club a la prensa. La Fórmula Uno, a su turno, aplazó el Gran Premio de China programado para Shanghái en abril.
Mientras tanto, comenzó a circular masivamente información sobre algunos detalles de la cepa del virus que da para la sospecha. Un veterano analista, Larry Romanoff, escribió en Global Research, un portal de estudios de política internacional, que el nCoV-2019 “parece estar muy centrado en los chinos”.
Y argumenta que estudios sobre armas biológicas de otros investigadores en medicina y biología, como Leonard Horowitz y Zygmunt Dembek, revelaron que se desarrollaron agentes que atacan particularidades específicas de cada grupo humano.
“Un grupo de virólogos chinos descubrió que al menos algunos chinos tienen una cantidad extremadamente grande de un tipo particular de célula en sus pulmones, que se relaciona con la regulación de la reproducción y transmisión viral”, abunda.
Lo más inquietante es que en su análisis, Romanoff descubre un estudio realizado en octubre pasado por el Centro Johns Hopkins Center para la Seguridad de la Salud, de Baltimore. Se trata del denominado Evento 201, un ejercicio de simulación financiado por la Fundación Bill y Melina Gates en colaboración del Instituto Pirbright del Reino Unido.
El estudio consistió en imaginar lo que podría ocurrir con la propagación veloz de un coronavirus genérico que en ese ejercicio causaban 65 millones de muertes. «Los esfuerzos para evitar tales consecuencias o responder a ellas a medida que se desarrollen requerirán niveles de colaboración sin precedentes entre gobiernos, organizaciones internacionales y el sector privado», decían en sus justificación para ese análisis.
Luego del estallido del mal, tuvieron que salir a atajarse de las críticas y suspicacias. “Para ser claros, el Centro para la Seguridad de la Salud y sus socios no hicieron una predicción durante nuestro ejercicio de mesa. Para el escenario, modelamos una pandemia ficticia de coronavirus, pero declaramos explícitamente que no era una predicción. En cambio, el ejercicio sirvió para resaltar los desafíos de preparación y respuesta que probablemente surgirían en una pandemia muy severa. Ahora no estamos prediciendo que el brote de nCoV-2019 matará a 65 millones de personas. Aunque nuestro ejercicio de mesa incluyó un nuevo coronavirus simulado, las entradas que utilizamos para modelar el impacto potencial de ese virus ficticio no son similares a nCoV-2019”, dijeron.
La duda incomprobable es si, como es fácil a esta altura puntualizar, el virus fue una creación de laboratorio muy conveniente para la economía estadounidense en su batalla contra China o una mera y preocupante casualidad de la que se aprovechan los enemigos de China.
Cuando hace algunas semanas el secretario de Estado Mike Pompeo desembarcó en el aeropuerto londinense de Stanstead iba a discutir varios asuntos de suma actualidad con el primer ministro británico Boris Johnson. El Brexit, que iba a ocurrir un par de días después, y la aprobación británica a que la empresa china Huawei participe -aunque en forma limitada- en el desarrollo de la red 5G del Reino Unido ocuparon la atención de los grandes medios. Sin embargo, hubo un tema que también fue parte de esas conversaciones y que finalmente terminó por explotar en la atención pública. La extradición de la esposa de un diplomático estadounidense que el año pasado mató en un accidente de tránsito a un motociclista de 19 años y huyó con protección oficial a EEUU y a la que el gobierno de Donald Trump se niega a extraditar para que se haga cargo de su crimen. Ahora la familia del chico, Harry Dunn, está indignada porque descubrió el motivo de semejante cobertura: Anne Sacoolas no solo es esposa de un espía sino que ella misma es agente de la CIA, según publicó el diario Dairy Mail. El escándalo resuena en los medios ingleses, donde la madre del muchacho reclama justicia entre lágrimas, mientras se difunde la imagen de la acusada caminando tranquilamente por las calles de su país.
“No sé cómo puede vivir consigo misma”, se la ve decir frente a cámara a Charlotte Charles, la mamá de Harry Dunn. El adolescente vivía con su familia en Charlton, cerca de Banbury, en Oxford, y circulaba habitualmente con su moto por la carretera de Croughton, Northamptonshire, donde hay una base de la Fuerza Aérea Real (RAF por sus siglas en inglés).
Allí la Fuerza Aérea de EEUU (USAF) administra un centro de espionaje conjunto entre las naciones británicas (esto incluye a Canadá y Australia) donde Jonathan Sacoolas estaba destinado como analista de la NSA. Es la misma agencia a la que pertenecía Edward Snowden, el agente que denunció cómo desde esa dependencia se hace espionaje electrónico en todo el planeta a través de dispositivos y plataformas en teléfonos y artefactos hogareños.
El 27 de agosto, como solía hacer, Harry iba tranquilamente por la ruta cuando fue atropellado por un Volvo XC90 que iba a contramano, conducido a toda velocidad por Anne Sacoolas. Viene a cuento recordar que en los países británicos los vehículos circulan por la izquierda, mientras que en EEUU y el resto del mundo lo hacen por la derecha.
El chico fue declarado muerto en el Centro de Trauma Mayor del Hospital John Radcliffe, de Oxford. Tenía lesiones calificadas como de Categoría 2, que requieren según los informes médicos, una atención urgente dentro de los 40 minutos del accidente. La ambulancia llegó a los 43 minutos. El servicio médico de East Midlands adujo que no tenían suficientes equipos para todas las emergencias.
La conductora del auto fue indagada y liberada de inmediato. Dos semanas más tarde, Anne Sacoolas salió del país con su marido, en una avión de la USAF. Según las autoridades inglesas, ella tenía inmunidad diplomática por el rango que ostentaba su esposo y nada podían hacer para bloquear su partida si los representantes de EEUU no se los permitía.
Durante todos estos meses, los padres de Harry lo intentaron todo para que la mujer fuera traída de vuelta al país y resultara procesada por el homicidio, pero nada lograron. Los pedidos de extradición chocaron con el rechazo de las autoridades estadounidenses. Ante la falta de respuestas en su país, los padres de Harry viajaron a Nueva York para pedirle a la mujer que coopere con la investigación judicial regresando al Reino Unido. Pero ni bien pisaron suelo estadounidense recibieron una invitación para ir a la Casa Blanca a entrevistarse con el presidente Donald Trump.
“Trump nos dijo que Anne Sacoolas estaba en la Casa Blanca y estaba dispuesta a reunirse con nosotros”, dijo la madre de Harry. “Dejamos muy en claro que, como lo hemos dicho todo el tiempo, nos reuniremos con ella y aún nos encantaría reunirnos con ella, pero tiene que ser bajo nuestros términos y en territorio británico”. Trump, según dijeron los esposos Dunn, fue evasivo a la hora de comprometerse a extraditar a la señora Sacoolas. Finalmente su gobierno rechazó todos los pedidos judiciales.
El caso parecía destinado al olvido cuando durante este fin de semana saltó a las tapas de los matutinos con la revelación de que Anne Elizabeth Goodwin, nacida en South Carolina hace 42 años y con tres hijos, era agente de la CIA y tenía un rango más alto en los servicios de inteligencia que su esposo, Jonathan Sacoolas. Y que además ya tenía varios incidentes de tránsito en su haber, aunque no se sabe si con resultado de muerte.
“Las cosas están empezando a encajar”, reflexiona Charlotte. Ahora entiende el por qué del bloqueo a la investigación judicial y a que la responsable de esa muerte se presente en los tribunales a hacer su descargo. El delito del que se la acusa, homicidio por conducir de manera imprudente, podría llevar una pena de hasta 14 años de prisión. Pero el proceso debería ventilar quién es Sacoolas y eso pondría en aprietos a toda una estructura del espionaje en que los británicos no quedarían muy bien parados.
Con todo lo que hicieron para evitar que el caso saltara a la luz, no hicieron más que incrementar la indignación pública.
Donald Trump tuvo su semana de gloria. Tan empoderado se sintió luego del aplastante triunfo en la interna republicana de Iowa del lunes y el cierre del impeachment en el Senado del miércoles que se animó a un tuit en el que desliza la posibilidad de una reelección eterna. Del otro lado, el vergonzoso proceso electoral de los demócratas en el primer test para seleccionar quién lo enfrentará en noviembre abre interrogantes preocupantes para la oposición.
En realidad, lo único sorprendente en la votación de la Cámara Alta que absolvió a Trump de los delitos de abuso de autoridad es que la lideresa parlamentaria demócrata, la experimentada Nancy Pelosi, continuara con el proceso a pesar de que era evidente que la mayoría republicana le daría el aval al presidente de su mismo partido.
Pero el juicio político tampoco tenía apoyo en las calles. La prueba más contundente es que en la primaria demócrata, el ex vicepresidente Joe Biden, que aparecía en las encuestas como favorito, cayó estrepitosamente a un cuarto lugar, muy por debajo de Bernie Sanders, Pete Buttigrieg y Elizabeth Warren.
No está de más recordar que el fundamento para abrir la causa contra Trump es que había maniobrado para que el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, ordenara a la Justicia de su país investigar los negociados de Hunter Biden, hijo del candidato demócrata, en una empresa de energía.
Lo determinante no fue, analizado a esta altura de los acontecimientos, que Trump usara el poder de la principal potencia del mundo para una movida que podría enlodar al que parecía su principal oponente para seguir otros cuatro años en la presidencia. Lo que causó escozor en el establishment político de Washington fue que develara el revés de la trama que sustenta a gran parte de la dirigencia estadounidense: los negocios particulares armados bajo la protección de la bandera de EE UU.
(Foto: AFP)
Biden Jr. aprovechó el golpe contra el entonces presidente ucraniano Víktor Yanukovich, pergeñado por el Departamento de Estado en 2014, para encaramarse en el directorio de la empresa petrolera Burisma Hokdings, donde según denunció el propio Trump en la red Twitter, cobró 100 mil dólares al mes sin tener la menor experiencia en energía.
Que un político estadounidense o alguno de sus familiares haga negocios desde su cargo público no es novedad ni adentro de EE UU ni en el exterior. De hecho, se conoce como «puerta giratoria» al esquema de ingresar a una firma privada cuando se deja el cargo, para regresar luego cuando se vuelve a la función. Sin ir más lejos, muchos de los altos dignatarios del Partido Republicano, como el ex vicepresidente Dick Cheney o Donald Rumsfled, exsecretario de Defensa, son integrantes de grandes corporaciones militares. Por esa misma razón, nadie «saca los pies del plato» en Washington mostrando esas actividades reñidas con la moral, aunque no penadas por la ley.
Por eso el ataque de Trump contra Biden Jr. debe ser entendido como una guerra intestina dentro de los sectores del poder estadounidense. Es que desde que sorpresivamente el actual mandatario se presentó como candidato a suceder a Barack Obama, los representantes del statu quo buscaron la forma de bloquearlo.
Sus declaraciones eran rupturistas del régimen establecido entre los dos partidos políticos, más allá de los modales revulsivos que muestra desde que se hizo personaje popular como conductor de un reality televisivo. Eso amenaza al poder detrás de las sombras: el aparato militar industrial que –junto con Cheney y Rumsfled– extendió sus tentáculos en Irak y Afganistán con George W. Bush. Obama había llegado al Salón Oval con la promesa, en 2008, de retirar las tropas de esas regiones, pero no hizo más que incrementar la participación estadounidense de ese pantano. La imagen que utilizó Trump para presentarse fue que iba a «drenar el pantano» en ese y en otros ámbitos.
Con vaivenes y una política exterior zigzagueante, ni bien Trump llegó a la Casa Blanca fue denunciado por presuntamente haber recibido apoyo del gobierno ruso durante la campaña. Los demócratas nunca digirieron la derrota –Trump ganó en el colegio electoral, aunque en el voto popular tuvo 3% menos de apoyo que Hillary Clinton– y se aliaron con el llamado «estado profundo», para evitar un cambio de rumbo en la política exterior.
Si Trump pretendía negociar espacios de poder con Rusia y China, de movida debió demostrar que con Vladimir Putin estaba todo mal. En el caso de China, la guerra comercial forma parte de la otra pata de su estrategia: ponerle freno a la deslocalización de empresas hacia la potencia asiática para recuperar fuentes de trabajo dentro de EE UU.
Desde el punto de vista electoral, el enfrentamiento con el establishment, que también integran los medios hegemónicos, no le salió nada mal. Las encuestas de Gallup, la más influyente de las consultoras de ese país, indican que el apoyo de la población a las políticas de Trump ronda el 49%. Entre los republicanos la aprobación es del 94%, mientras que entre los independientes llega al 42%. Sólo el 7% de los demócratas habló positivamente del mandatario, una diferencia que refleja la «grieta» que aprovechó el exconductor de The apprentice, un programa en el que un puñado de empresarios competían por un premio de 250 mil dólares y un contrato para dirigir una empresa de Trump. La frase que lo hizo entonces famoso era «you are fired» (estás despedido), a los que iban quedando en el camino hacia la final.
Esa misma frase le espetó el jueves al teniente coronel Alexander Vindman, que fue director de Asuntos Extranjeros en el Consejo de Seguridad Nacional y atestiguó en su contra en el impeachement. En octubre pasado había pronunciado esa misma sentencia ante John Bolton, el belicoso jefe de esa dependencia. Bolton era uno de los testigos que querían presentar los demócratas en el Senado para enterrar a Trump. Pero los republicanos, que también leyeron las encuestas, le rechazaron esa posibilidad.
Trump saborea sus triunfos mientras ejerce su venganza sobre los que pretendieron quitarlo del camino. Pero en esta partida no está todo dicho. Los intereses en juego son monstruosamente grandes. «
Sin grieta sobre Venezuela
El canciller de Rusia, Serguéi Lavrov, de gira por Venezuela, cuestionó las sanciones económicas de Estados Unidos contra Caracas y la amenaza del gobierno de Donald Trump de sacar del poder por la «fuerza» a Nicolás Maduro. «Condenamos decisivamente todo tipo de métodos como chantaje, dictados, sanciones y otros pasos que van en contra y derrocan la carta de la ONU», dijo Lavrov desde el palacio presidencial de Miraflores.
En su discurso del Estado de la Unión, Trump avaló las políticas agresivas contra el gobierno bolivariano y presentó al diputado Juan Guaidó como el «presidente legítimo» de Venezuela. Fue el único momento en que demócratas y republicanos mostraron su acuerdo.
«La crisis alrededor de Venezuela procede de (…) una campaña grande con el fin de derrocar el gobierno legítimo, utilizando todas las opciones, como dicen los organizadores de esta campaña, incluso el uso de la fuerza», denunció Lavrov.
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