Donald Trump enfrenta un momento clave de su gestión, con la explosión de contagios de coronavirus al acecho tras haber ninguneado sus consecuencias durante semanas. Pero como buen seguidor del “manual de instrucciones para tiempos de crisis de la Casa Blanca”, apura medidas bélicas en un desesperado intento por cambiar de tema, cuando cada error puede afectar, como nunca antes en estos cuatro años, su reelección en noviembre. De allí que viene apurando la ofensiva contra el gobierno bolivariano de Venezuela al punto de haber anunciado un operativo naval de combate al narcotráfico que en la práctica implicaría un bloqueo a la nación caribeña. Lo que no calculó es que habría de enfrentar la resistencia -por ahora solapada- de los marinos, que tienen ya varios efectivos contagiados de Covid-19 en sus buques.
La escalada contra Venezuela no comenzó ahora. Trump profundiza lineamientos que había dejado Barack Obama, pero de un modo más brutal. Desde elevar sanciones tanto al país como a funcionarios y a los gobiernos y empresas que comercien con Caracas.
Luego, forzó la designación del diputado Juan Guaidó como presidente interino, siguiendo el modelo utilizado contra Muhammad Khadafi en Libia. Logró que 60 gobiernos lo reconocieran como único representante de Venezuela. Washington bloqueó cuentas bancarias, se apropió fondos venezolanos en el exterior y buscó cualquier alternativa para asfixiar al chavismo con la esperanza de generar un levantamiento popular.
Trump siempre dijo que para solucionar el “problema venezolano” tenía todas las opciones sobre la mesa, sin descartar una invasión.
La semana pasada el fiscal general William Barr anunció que, según una investigación de la DEA, en base a declaraciones, entre otros del mayor general retirado Cliver Alcalá, los más altos dirigentes de Venezuela lideran un cártel que comercializa droga en EE UU junto con las FARC. El exmilitar vive en Colombia desde hace dos años y fue detenido con un cargamento de armas que, dijo, iba a utilizar para dar un golpe contra el chavismo. De inmediato se anunció que EE UU ofrecía una recompensa por datos que lleven a la captura de Maduro y sus más inmediatos seguidores. Desde 15 millones de dólares por la cabeza del presidente.
Esta semana, el secretario de Estado Mike Pompeo anunció un “plan para una transición pacífica” en Venezuela. Consiste en que renuncien Guaidó y Maduro, y facilitar elecciones presidenciales sin ellos. Como ninguna de esas opciones parece haber despertado demasiada atención, se lanzó una megaoperación antinarcótico en el Caribe y el Pacífico para la cual en la Casa Blanca dicen que esperan contar con la participación de 22 países socios. Seguramente los mismos que votaron por la continuidad de Luis Almagro en la OEA a los que se agregarían Gran Bretaña y Francia.
Con lo que no contaba Trump es que en la Marina no están muy conformes con las últimas medidas de su gobierno. No lo dicen a voz en cuello, pero una fuente anónima habló con la revista Foregin Policy, una publicación de política internacional de consulta de especialistas y funcionarios de todo el mundo, para mostrar ese descontento. Están, por lo que parece, hartos de ser usados para operaciones de distracción política. Pero sobre todo están indignados por el despido del capitán Brett Crozier, comandante del portaaviones USS Theodore Roosevelt. La nave estaba en aguas japonesas cuando detectaron los primeros casos de coronavirus en la tripulación. Cuando la cifra superó los cien, se filtró al San Francisco Chronicle una carta donde Cozier reclamaba a sus jefes que tomaran medidas para evitar más contagios. «Si no actuamos ahora, no nos ocupamos adecuadamente de nuestro activo más confiable: nuestros marineros. Mantener a más de 4000 hombres y mujeres jóvenes a bordo es un riesgo innecesario y rompe la fe con los marineros confiados a nuestro cuidado «, dice la misiva. “No estamos en guerra. Los marineros no necesitan morir”, agregó. El jueves, el secretario de la Armada, Thomas Modly, le sacó el mando del portaaviones. Crozier salió por la escalerilla entre vivas de sus hasta entonces subordinados. Modly dijo que Cropzier es un oficial valiente y muy respetado pero que había cometido el error de pasar por sobre la cadena de mando. Cozier dice que la envió a 20 o 30 personas, pero no al diario El jueves, el secretario de la Armada, Thomas Modly, le sacó el mando del portaaviones. Crozier salió por la escalerilla entre vivas de sus hasta entonces subordinados. Modly dijo que Cropzier es un oficial valiente y muy respetado pero que había cometido el error de pasar por sobre la cadena de mando. Cozier dice que la envió a 20 o 30 personas, pero no al diario.
La escalada de Estados Unidos contra Venezuela pone ahora a los marines a las puertas de una invasión lisa y llana, aprovechando que los focos de la información apuntan al coronavirus, cuando en el territorio propio la cifra de víctimas de la pandemia encabeza ya las estadísticas mundiales. El bloqueo naval incluso impide el ingreso de mercadería y medicamentos al país caribeño. La semana pasada el fiscal general William Barr presentó cargos por narcotráfico contra el presidente Nicolás Maduro y un grupo de altos funcionarios del gobierno chavista y de inmediato pusieron precio a la cabeza del mandatario en 15 millones de dólares. (ver acá).
Ahora, la Casa Blanca anunció la movilización de una fuerza naval con buques destructores, aviones y helicópteros en cercanías del espacio marítimo soberano de la nación bolivariana. No sólo la actitud resulta provocativa, sino que recuerda la invasión a Panamá para detener a Manuel Noriega, en 1989.
Barr fue clave aquella vez, como abogado de la aerolínea Southern Air Transport, ligada a la CIA y vinculada también con el tráfico de drogas en el marco de la operación Irán-Contras. Ahora volvió a escena. Otro de los personajes protagónicos de aquel escándalo, Elliot Abrams, había sido desempolvado de su retiro por Donald Trump para encarar una estocada final contra Venezuela. No lo logró, pero insiste.
El ataque contra Venezuela en este momento de crisis sanitaria en todo el mundo se hace contra la voluntad explícita incluso de países europeos, que reclaman el levantamiento de bloqueo para permitir la libre circulación de medicamentos e insumos médicos a Cuba, Irán y la propia Venezuela.El 18 de marzo pasado, el FMI rechazó un pedido de ayuda económica de Caracas para paliar la crisis sanitaria, que sin embargo no está golpeando a Venezuela -donde hasta hoy había 144 infectados y 3 muertos- como a EEUU, con 217.263 casos y 5.151 decesos, en explosivo crecimiento.
El argumento fue que como a impulso de Washington un grupo de naciones reconocen como presidente al diputado Juan Guaidó, no les quedaba claro quién mandaba en el país. Si es que estuvieran dispuestos a colaborar, lo tendrían que hacer a través de Maduro, que mantiene el poder estatal para canalizar cualquier ayuda en el territorio.Dos días más tarde de este rechazo, el uruguayo Luis Almagro fue reelecto en la OEA con el apoyo de los países que siguieron las directivas de EEUU. (ver acá). No fue el caso de Argentina ni México. Almagro es un incondicional de la administración estadounidense y ya deslizó que no tendría problemas en aceptar una invasión, algo que en América del Sur no ocurrió desde la independencia de España, desde 1810 en adelante.
La excusa de desplegar una flota para controlar los mares en una presunta operación antinarcóticos se choca, con la realidad de que el circuito de la droga no sale de Venezuela sino de Colombia y pasa por los países centroamericanos para cruzar la frontera mexicana.
Como recuerdan militantes por los Derechos Humanos estadounidenses como Roger Harris, si fuera por un interés genuino en combatir el tráfico, una buena medida inicial sería controlar el consumo en el país que más adictos tiene en el planeta: Estados Unidos.
Y luego implementar acciones contra quienes probadamente se determinó que colaboran en el proceso de esta industria tan lucrativa. Uno de ellos es el presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, que fue identificado en un juicio contra su hermano en un tribunal de Nueva York en octubre pasado.
Por otro lado, los datos comprobables son que el principal exportador del mundo de opio es Afganistán, un país ocupado desde 2001 por Estados Unidos y donde el comercio de ese producto es fuente de ingresos paraa miles de pobladores. Así lo atestigua el informe de la oficina de las Naciones Unidas para el combate de la droga y el crimen organizado (UNODOC).Informe drogas en Afganistán, año 2018.
Ni qué decir del país de Gabriel García Márquez, donde desde 1999 se implementó el Plan Colombia, destinado a combatir el narcotráfico. Ese país es el que con ese argumento, recibe la mayor “ayuda” militar en el continente, en dinero contante y sonante y en efectivos dispersados en las siete bases estadounidenses.
En los siguientes informes de la UNODOC se puede ver el explosivo crecimiento de los cultivos en Colombia entre 2013 y 2018, cuando pasó de 48.000 hectáreas cultivadas a 169.000, tras pasar por un pico de 171.000 hectáreas en 2017.Informe drogas en Colombia, año 2014. Informe drogas en Colombia, año 2018.
Diosdado Cabello, el número dos del gobierno bolivariano, celebró -se entiende que de modo irónico- que el gobierno de Trump “tome acciones para controlar sus vulnerables y descuidadas fronteras de la droga proveniente del narcotráfico colombiano”. Y aprovechó para colgar ahí el comunicado de la cancillería venezolana donde expresa el repudio al ataque pergeñado desde Washington.
En marzo de 2012 los psicólogos sociales Paul Piff y Dacher Keltner presentaron un paper en la revista de la Academia de Ciencias de Estados Unidos muy revelador sobre el comportamiento de los millonarios. En concreto, estos investigadores de la Universidad de California en Berkeley querían determinar qué clase social tiene más probabilidades de mentir, engañar, robar, cuál tiene mayor empatía con los más vulnerables.
El primer ejercicio fue relativamente sencillo: se pararon en un muy transitado cruce de avenidas de la ciudad y encontraron que los conductores de automóviles de lujo -tanto varones como mujeres- eran más proclives a sobrepasar a los otros automovilistas sin esperar su turno en la fila. También descubrieron que esos mismos conductores acostumbraban con mayor frecuencia a adelantarse a los peatones que intentaban cruzar.
En otro análisis -que resumió Daisy Grewal en la revista Scientific American– los investigadores analizaron a un grupo de personas a las que les dijeron que se compararan con quienes estaban mejor y peor que ellos. Luego les mostraron objetos tan apreciados como…chocolates. Podían llevarse los que quisieran de un frasco a condición de que los que sobraran iban a ser entregados a chicos de un colegio cercano.
“Los que pensaban que tenían mejor posición que los demás se llevaron más y dejaron menos para los niños”, destacaron los expertos.
Otro estudio consistía en sondear la respuesta de un grupo de personas ante dos videos. En uno, alguien explicaba cómo construir un patio, en el otro había niños enfermos de cáncer. Los “conejillos de indias” de menores ingresos y educación mostraban mayor compasión ante los pequeños que el resto.
Al mismo tiempo, Piff y Keltner anotaron que las personas más ricas tendían a estar más de acuerdo con afirmaciones como que la codicia es moralmente aceptable y está justificada porque es beneficiosa para la sociedad, como decía Gordon Gekko, el personaje de la saga Wall Street.
¿Qué explicación dieron los científicos? En principio, que la riqueza y la abundancia les dan una sensación de libertad e independencia de la que carecen los menos favorecidos en el reparto de riquezas.Un año más tarde, en 2013, el economista francés Thomas Piketty sacudió la estantería con su libro El capital en el siglo XXI, donde presenta con datos e información verificada algunas cuestiones claves del modelo economico que rige en el mundo. Y entre ellas destaca que el capitalismo actual está conformado por un grupo cada vez más reducido de millonarios -el 1% de la sociedad- que no constriuyeron su fortuna. Simplemente la heredaron.
Y con esa herencia, adquirieron comportamientos egoístas extremos sin la menor empatía por los demás. Simplemente no pueden ni les interesa comprender a ese mundo que pulula fuera de sus castillos.
El ejemplo de este tipo de personaje a nivel internacional es sin dudas Donald Trump. Pero huelga recordar también que si algo caracterizó a la gestión que dejó la Casa Rosada el 10 de diciembre pasado es la abrumadora mayoría de herederos, desde el presidente para abajo.Hay una línea que une las actitudes de aquel rugbier violento contra un portero de su edificio de la localidad de Vicente López con el empresario de Vicentin que salió a pasear en su yate en plena cuarentena, el surfer escapó de la escolta policial para irse a Pinamar y el habitante de un country que llevaba a la empleada doméstica en el baúl del auto.
Todos ellos muestran una resistencia visceral a los controles e identifican en el Estado a esa institución que solo cobra impuestos y debe vigilar, pero a los de abajo. Pueden llegar a argumentar que nadie les regaló nada, pero en realidad todo les vino servido desde la teta. Y como todo lo tuvieron servido, no solo carecen del sentimiento necesario para comprender al que sufre, tampoco creen que deben rendir cuentas de sus actitudes individuales.
El ser humano es el más desvalido de los animales de la Tierra, el que más necesita de los demás para poder sobrevivir hasta desenvolverse por las suyas. Sin embargo, la riqueza -o la aspiración a parecer rico- como en ese trabajo de Piff y Keltner, brinda la sensación de que no se necesita de nadie más.
De eso se trata el gran debate en estos tiempos de cuarentena. De quien sabe que necesita de los otros y de quien cree que se basta por sí mismo.
Uno de los ideólogos locales de esta posición individualista en la Argentina seguramente es el economista Roberto Cachanosky, quien venía agitando desde hace varios días la necesidad de que “los políticos” recorten sus ingresos y pretende aprovechar la volada para hacer una profunda reforma del Estado. Fue el que puso una cifra -6.000 millones de dólares- que según dice, se ahorraría bajando sueldos en la función pública.Por esos días de consecuente lucha de tinte libertario- hay que remarcar que siempre estuvo de ese lado de la vereda- el hombre también despotricaba contra las limitaciones a la circulación de personas decretada por el gobierno nacional. Para ello, en una cuenta muy activa que maneja en la red social del pajarito, recurrió a la Constitución nacional y recomendó releer a Juan Bautista Alberdi.
Antes había salido en defensa del joven surfer.
Como muchos que cacerolean para exigir la baja de salarios a la dirigencia política y otros tantos “traviesos” que buscan el modo de burlar las disposiciones sanitarias , esta línea de pensamiento se basa en el argumento de que un ciudadano es libre de hacer lo que le venga en gana y nadie tiene derecho a impedirlo. Que ellos son fuertes y atléticos y si los apuran, alimentan la certeza de que después de todo, si se contagian es su problema. Algo así dice Jair Bolsonaro.
Ante una pandemia como la del coronavirus, no se trata de que un individuo decida hacerse el valiente o el rebelde sin causa, sino de que el Covid-19 puede arrastrar a los que están cerca. Es cierto que estamos todos en el mismo bote, pero como insinuaba aquel viejo chiste de Quino, no todos quieren remar y algunos tratan de hacerle agujeros de puro mal criados, como dirían las abuelas.
Mientras los rumores sobre una movida para desplazar a Jair Bolsonaro del cargo a raíz del enfrentamiento con los gobernadores y los profesionales de la salud en torno a la forma de enfrentar el coronavirus, los militares que lo acompañan (hasta ahora) celebran con toda la pompa un nuevo aniversario del golpe de Estado que el 31 de marzo de 1964 derro9có al presidente constitucional Joao Goulart y sumió al país en una feroz dictadura que duró hasta 1985.
El mismo Bolsonaro, que fue exonerado del Ejército con el grado de capitán en 1988, calificó a aquella jornada aciaga como “un gran día de la libertad”. Fue en su ronda matutina a la salida de la residencia presidencial de la Alvorada, cuando suele hablar con los periodistas apostados desde temprano.
Desde su gabinete, el ministerio de Defensa, a cargo del general Fernando Azevedo e Silva, abundó en esa misma línea al afirmar en un comunicado que “el Movimiento de 1964 es un hito para la democracia brasileña; Brasil reaccionó con determinación a las amenazas que se formaban en aquella época».
El texto agrega que «la sociedad brasileña, los empresarios y la prensa entendieron las amenazas de aquel momento, se aliaron y reaccionaron; las Fuerzas Armadas asumieron la responsabilidad de contener la escalada, con los desgastes previsibles».
Por una vez coincidentes, el vicepresidente Hamilton Mourao, general del Ejército, publicó un tuit en el que afirma que las FFAA intervinieron hace 56 años para “enfrentar el desorden, la subversión y la corrupción que sacudían a las instuticiones y asustaban a la población. Con la elección (dice, como si hubiera habido comicios) del general Castello Branco se iniciaron las reformas que desarrollaron a Brasil”.
Mourao ya tuvo varios cruces con Bolsonaro sobre enfoques en relación a la política exterior -suele ser menos pro-estadounidense que el mandatario- y ahora con la forma en que pretende que los habitantes de Brasil salgan a las calles a desarrollar su vida normal como si no hubiera amenaza de coronavirus.
No son pocos los que miran a Mourao como una figura de recambio para no seguir profundizaando una crisis política de mayor envergadura. O sea, aventuran un nuevo golpe militar entre militares que,esta vez si, fueron electos.
Como sea, no es la primera vez que los militares festejan el golpe. Lo hicieron el año pasado, el primer año de Bolsonaro en el Palacio del Planalto. (Ver acá)
Desde Argentina, el diputado por el PRO Daniel Lipovetzky señaló que mensajes como los del gobierno brasileño se pueden dar porque no se juzgó a los responsables del terrorismo de Estado, como ocurrió de este lado de la frontera.
El Centro de Estudios Legales y Sociales, en tanto, publicó documentos desclasificados de la agencias de inteligencia de EEUU en los que se revela la participación de los militares brasileños en el Plan Cóndor.
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