por Alberto López Girondo | Ago 24, 2021 | Sin categoría
La sociedad argentina está a las puertas de unas elecciones que se desarrollarán en un contexto inédito, en medio de una pandemia y sus consecuencias sanitarias, sociales y económicas. Se dispone a someter al escrutinio ciudadano dos años de un gobierno al que esta situación limitó fuertemente en su margen para poner en marcha el programa que había prometido en las presidenciales de 2019. El COVID-19, cuando apenas el presidente Alberto Fernández pronunciaba su primer discurso de apertura de sesiones parlamentarias, en marzo de 2020, trastocó cualquier plan no solo en la Argentina; pero golpeó doblemente a un país que venía en picada luego de la experiencia de Mauricio Macri en la Casa Rosada. Como hace dos años, en estos comicios de medio término lo que está en juego es el modelo de país, entre un proyecto neoliberal que ya se aplicó en varias etapas del pasado reciente, y otro que en esta gestión aún no pudo mostrar todas sus cartas. Todo con el telón de fondo de un incremento fenomenal de la pobreza y la indigencia de la mano de una fuerte inflación que provoca una situación social preocupante en los grandes centros urbanos.
Pero esa discusión no es la que aflora mayoritariamente en el debate político o en los medios. Gran parte de la dirigencia –la que encuentra más minutos en los medios audiovisuales, sobre todo– parece envuelta en culparse mutuamente por actitudes reñidas con las buenas prácticas del manejo de la cosa pública –como festejos de cumpleaños en Olivos o en la casa de la exdiputada Elisa Carrió violando restricciones sanitarias– que en delinear un horizonte en el que «inclusión» no sea solo una palabra políticamente correcta. Sin embargo, los temas que afectarán no solo el futuro cercano sino el de las generaciones por venir están ahí, en la urgencia por tomar decisiones que impactarán en el bolsillo, pero fundamentalmente en los proyectos de vida de todos los que vayan a las urnas.
Siembra peligrosa
Hubo muestras de desencanto en los comicios que se realizaron este año en dos provincias norteñas. La asistencia a las urnas se estancó en un 65% mientras se registró un incremento del voto en blanco (12,1% en Jujuy y 5% en Salta). A esto se le puede agregar el crecimiento que destacan varias encuestas del voto juvenil hacia los candidatos mal llamados libertarios, que representan el extremo derecho del arco político, en general expresado de modo violento, una postura que sorprende y que con sus diferencias de «presentación» encarnan candidatos como Javier Milei en CABA y José Luis Espert en la provincia de Buenos Aires. Estas figuras, y otras con posturas similares, muestran una escalada preocupante de violencia discursiva, multiplicada en los medios de comunicación, donde no faltan expresiones de convalidación hacia estas peligrosas tendencias que lamentablemente encuentran terreno fértil en algunos sectores de la población.
Es cierto que la economía viene saliendo del estancamiento en el que cayó en lo peor de la pandemia, cuando aún no se había recuperado de la crisis desatada por la gestión de Macri. Pero en lo inmediato, todavía esos resultados parecen distantes y no llegan a impactar en amplias franjas de la sociedad.
Las sucesivas crisis que padeció la sociedad desde, por poner un punto de partida, el Rodrigazo de 1975, pasando por la hiperinflación de los 80, el estallido de la convertibilidad en 2001/2002 y la crisis de 2018 durante el macrismo, marcan a fuego a los ciudadanos más añejos, pero también repercuten en los que se inician en el ejercicio del voto. En el mensaje mediático hegemónico y en la información que circula en redes y canales de internet predomina el desaliento («Fulano de Tal se fue del país y triunfó en el exterior») o el discurso antisistema extremo. Ya sea que se identifique al sistema como el Estado que impide circular, que elabora y pone en marcha un gigantesco plan de vacunación o que, incluso, tiene el monopolio de las regulaciones. Algunas de esas ideas «libertarias» implicarían el regreso a una etapa pre democrática.
Herencia maldita
La vicepresidenta Cristina Fernández mantiene un protagonismo central que se corrobora en cada aparición pública, cada vez más frecuentes desde que decidió meterse de lleno en la campaña electoral. Su intento por discutir otra agenda no encuentra un eco demasiado notable del otro lado de la «grieta» ni entre las cúpulas empresariales. A pesar de que, más allá de lo que se piense sobre sus objetivos, son los temas que preocupan en la población.
Como señala CFK, ningún país inmerso en las cifras astronómicas de la inflación y la pobreza de Argentina pudo salir de ese brete sin un compromiso de todas las fuerzas políticas detrás de ese objetivo. Y un acuerdo con el FMI que no termine de asfixiar a la población depende también de consensos básicos entre las mayorías determinantes de la política nacional. Un modelo de país, parafraseando a la expresidenta, significa un proyecto inclusivo y requiere crear condiciones para generar empleos registrados y un proceso virtuoso de la economía en general.
No todos los empresarios se avienen sin más a los planteos neoliberales que defienden los grandes grupos que comandan la Unión Industrial Argentina. Las diferencias más explícitas se escuchan de boca del actual presidente del BICE, José de Mendiguren, crítico feroz de la dirigencia de la UIA, entidad a la que alguna vez dirigió durante los gobiernos de Carlos Menem y de Néstor Kirchner.
Otro empresario, el textil Teddy Karagozian, tal vez el más grande en ese sector de la industria nacional, declaró que no votó a Alberto Fernández, como sí lo había hecho con Macri cuatro años antes. Pero durante el Gobierno anterior terminó por cerrar algunas de sus plantas, diseminadas en varias provincias, y pensar en expatriar su producción. «Me entusiasma que se haya comprendido que un país no crece si no trabaja. El sector industrial es la amalgama de toda la economía», dijo estos días en una entrevista en Radio con Vos. «Este Gobierno ha mandado señales inequívocas para fomentar la producción y generar más trabajo», añadió, para culminar que «las empresas estamos yendo por otro lugar de donde está la noticia. La discusión hoy es muy pobre».
Macri, ahora también metido a pleno en la campaña, representa a ese proyecto de Argentina que en los hechos cerró fuentes de trabajo y volvió al ciclo de «asistencia» del FMI, del que el país parecía alejado tras el interregno kirchnerista. Tanto la deuda externa como la pobreza y la desindustrialización siguen siendo la herencia maldita de la dictadura. Y es la cuenta pendiente de la democracia.
En Estados Unidos la denominación más corriente para cada gobierno es «administración». Hubo una «administración Trump» como desde enero de este año hay una «administración Biden». Lo que en el fondo esconde la palabra es que una presidencia no se propone cambios profundos desde la Casa Blanca. Es la ratificación de que la política, para el establishment estadounidense, consiste en administrar lo que hay y «no hacer olas». En la Argentina, en cambio, el debate de fondo es si la dirigencia se contenta con administrar las sucesivas crisis o se juega a utilizar la política como herramienta de cambio.
Revista Acción, 24 de Agosto
por Alberto López Girondo | Ago 21, 2021 | Sin categoría
En la última conferencia de prensa de Joe Biden se destacó la incomodidad del presidente ante la pregunta de un reportero. Apelando a una estrategia de evasión, respondió otra cosa y terminó la sesión. Es que la Casa Blanca no puede explicar el desastre que generó y deja en esa parte del mundo al cabo de 20 años de invasión. Tampoco pudo hacerlo la OTAN y otros aliados occidentales, con las manos manchadas de sangre y fracaso. Pero ellos fueron más astutos para no resultar tan salpicados.
Pedro Sánchez, el presidente de Gobierno español, se mostró orgulloso del papel que jugaron las tropas hispanas en Afganistán. “En estos 15 años, gracias al esfuerzo de todos, hemos sembrado y esperamos que en un futuro esa siembra germine en una mayor prosperidad, seguridad y libertad del pueblo afgano”, dijo desde La Moncloa, con aire de satisfacción.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, anunció que la UE no reconocería a las nuevas autoridades, aunque admitió que mantenían contactos “operativos” con los talibanes para acordar las evacuaciones de personal. Desde el otro lado del Canal de la Mancha, el jefe del Estado Mayor de la Defensa del Reino Unido, Nick Carter, pidió dejar espacio “a los talibanes para ver cómo van a gobernar. Tal vez quieran tener un gobierno inclusivo y un país inclusivo”.
Los medios occidentales baten el parche con el fanatismo extremista de los talibanes y los peligros para las libertades de las mujeres. En la primera rueda de prensa de representantes talibanes desde la toma de Kabul, el vocero Zabihullah Mujahid prometió que “no habrá problema en que las mujeres obtengan educación hasta la universidad y continúen trabajando. Sólo necesitan usar el hijab (el velo sobre la cabeza). No es necesario llevar burka (la túnica que cubre todo el cuerpo)”.
Los mensajes de apertura de los dirigentes talibán no tranquilizan a todo el mundo, pero son un gesto. El mulá Abdul Ghani Baradar, uno de los fundadores del movimiento, aseguró ayer, recién llegado a la capital, que “el Emirato Islámico de Afganistán (la nueva denominación del país) desea construir lazos diplomáticos y comerciales con todos los países, en particular con Estados Unidos”. Como otra señal, liberaron a 340 presos políticos en la provincia de Farah y otros 40 en Uruzgan.
El temor por los posibles actos de venganza es grande y tiene sus razones. Sin embargo, a la hora de hablar de violaciones a los derechos humanos no habría que olvidar los crímenes cometidos por tropas occidentales a lo largo de estas dos décadas. En primer lugar, teniendo en cuenta que una invasión es, desde su origen, un hecho violento.
Autores como el alemán Fabian Scheidler recuerdan masacres cometidas por tropas germanas, como un bombardeo a una caminata de civiles en setiembre de 2009, con más de cien muertos, entre ellos varios niños. “El proceso contra los principales responsables, el coronel Georg Klein y el ministro de Defensa Franz Josef Jung, finalizó con absoluciones”, recuerda.
Desde 2010, la información sobre crímenes horrendos cometidos por “soldados de la libertad” fue saliendo a la luz a través del trabajo de Julian Assange. Las pruebas condenatorias contenidas en 76.000 documentos clasificados como secretos fueron divulgadas en medios hegemónicos de los países con tropas en Asia Central: Alemania, Francia, EEUU, Gran Bretaña, España, Italia. Lejos contribuir a la justicia y la paz, significó persecución, la detención ilegal y la amenaza de una pena extrema para el periodista australiano.
No hay una cifra exacta de víctimas fatales de la guerra comenzada por George W, Bush. Los cálculos menos pesimistas hablan de 100.000, entre civiles afganos y soldados de más de diez naciones, principalmente bajo bandera de EEUU (aunque de origen hispano en muchos casos). Por otro lado, se sabe que muchos de los occidentales que intentaban huir de cualquier modo de Kabul eran personal especializado en “técnicas de interrogatorio mejoradas”. Eufemismo para hablar de tortura.
Baradar estuvo preso en cárceles de Pakistán hasta que hace tres años el gobierno de Donald Trump pidió que lo liberaran. Khairullah Khairkhwa, ministro del Interior del gobierno talibán entre 1997 y 1998 y seguramente con algún puesto expectante en el nuevo gobierno, pasó 12 años en una celda de Guantánamo, sin un juicio ni condena, llevado por personal de la CIA.
Tiempo Argentino, 21 de Agosto de 2021
por Alberto López Girondo | Ago 18, 2021 | Sin categoría
Bien dicen que las derrotas no tienen padres. Lo sabe Joe Biden, que padece ataques desde todos los rincones por la estrepitosa retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán. Pero en este juego de disimulo para esquivarle el bulto al desastre, hay varios mariscales de la derrota. Algunos de ellos cargan sobre sus espaldas el enorme error político de dos décadas y además deberían enfrentar cargos por delitos de lesa humanidad que seguramente nadie les reclamará, por eso de que la justicia es como la víbora, pica solo al que anda descalzo. Y la parafernalia de los soldados de Estados Unidos y la OTAN incluye gruesas botas de combate.
No es que Biden sea inocente, en todo caso es el que le pone la mejilla a decisiones de las que no es ajeno. En principio, por su decidido apoyo como senador y titular de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara alta a la expansión militar iniciada durante la administración de George W. Bush en octubre de 2001, luego de los ataques a las torres Gemelas.
El otro gran culpable de esa estrategia criminal es el ex secretario de Estado Colin Powell, encargado de explicar en la sede de las Naciones Unidas, por ejemplo, la necesidad de iniciar una incursión en Afganistán en búsqueda del presunto responsable del 11S, Osama bin Laden. Y que luego hizo malabarismos para asegurar, sin pruebas y sin el mismo éxito discursivo, que el Irak de Saddan Hussein tenía armas de destrucción masiva.
Pero el gran titiritero detrás de la estrategia que llevó a la campaña militar más duradera en la historia estadounidense y posiblemente la que le produce las peores consecuencias es Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Bush, el hombre que diseñó un plan macabro para generar caos en todas aquellas regiones donde EEUU no pudiera tomar el control, la Doctrina Rumsfeld Cebrowski, junto con el almirante Arthur K. Cebrowski.
Hay, por cierto, otros protagonistas de esta historia que ahora se rasgan las vestiduras con rostro demudado por la situación que les espera a las mujeres afganas bajo el régimen talibán. Porque las fuerzas europeas que integraban la coalición armada se fueron retirando hace algunas semanas, por eso ahora aparecen en segundo plano. De hecho, en 2001 se formó la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF por sus siglas en inglés), bajo la cobertura de la ONU y que estaba integrada por tropas de 49 países. Los principales “aportantes” fueron EEUU, el Reino Unido, Alemania, Italia y Francia, pero en esa kermese se anotaron todos los europeos, Canadá, Australia, Turquía, Corea del Sur, Emiratos y hasta El Salvador. Fue reemplazada en 2015 por la llamada Misión Apoyo Decidido (RSM).
Por otro lado, gobiernos como los de la Unión Europea y Rusia, con un primer ministro que comenzaba a mostrarse en el escenario internacional, como Vladimir Putin, apoyaron la incursión en los organismos internacionales. Justo es decir que en 2003, ni Bush ni Powell fueron tan convincentes y los mandatarios de Francia, Bélgica, Alemania, Rusia y China ya no mostraron el mismo fervor invasor para participar de esta segunda invasión como partenaire del Pentágono.
Para poner las cosas en situación habría que decir que el tema de las ocupaciones militares en Asia no representó una carta de triunfo electoral luego de ese fulgor inicial. Es más, Barack Obama, en 2008, basó su campaña presidencial en la promesa de regresar las tropas de Irak y Afganistán. Con esa promesa ganó el Nobel de la Paz en 2009. Pero nunca le hizo honor al premio y para colmo, el tema estaba tanto en el tapete que algunos de los protagonistas pasaron a convertirse en figuras del jet set.
El general Stanley McChrystal se enseñoreó como jefe de la ISAF desde junio de 2009, a pocos meses de la asunción de Obama. Creció sobremanera en la estima popular, acicateado por medios necesitados de héroes y un Pentágono que buscaba legitimar su presencia en Asia de cualquier modo.
Fue así que McChrystal en junio de 2010 aceptó un largo reportaje con Michael Hastings, de la revista Rolling Stones. Periodista de raza habituado a convertirse en una sombra de su entrevistado al punto de pasar inadvertido, Hastings estuvo varios días con el militar en el campo de batalla y logró reflejar al personaje desde su costado más sincero. Como cuando decía que “Afganistán es una úlcera sangrante” y vituperaba a la administración de Obama por la estrategia para esa guerra. Es que reclamaba en envío de más tropas.
No se sabe si fue el golpe más sentido en la Casa Blanca, pero cuando alguien en las reuniones de su estado mayor habló del vicepresidente Joe Biden, permitió un mal chiste bastante humillante en su presencia. “¿Quién es?”, dijo McChrystal. Un asesor del general bromeó: “¿Dijiste: Bite Me?” (en jerga popular, “besame el trasero”, que suena parecido al apellido del actual mandatario). Obama no tuvo mucha opción y lo despidió, nombrando en su lugar a David Petraeus.
Este hijo de un neerlandés venía de Irak con la aureola de ser uno de los mejor preparados oficiales del Pentágono. En un año en Afganistán implementó planes para generar en la sociedad afgana la voluntad de participar en el desarrollo y aceptar la ayuda de “instructores” estadounidenses en cada rincón del país.
“En primer lugar, nuestras fuerzas tienen que esforzarse para proteger y servir a la población. Tenemos que reconocer que el pueblo afgano es el terreno de batalla decisivo. Tenemos que protegerles, respetarles, ayudar a la reconstrucción, promover la economía y el establecimiento de una forma de gobierno que incluya relaciones con los líderes tradicionales de la sociedad”, decía un punto de su decálogo para la reconstrucción
La efectividad nula de estas iniciativas se ve ahora, pero en ese entonces encandilaron a Obama al punto de que en junio de 2011 lo nombró al frente de la CIA. Fue confirmado por el Senado por 94 votos a 0. No duró mucho en el cargo. En agosto de 2012 se conoció que tenía una relación extramarital con Paula Broadwell, una ex militar y periodista que estaba escribiendo su biografía. Investigando qué hacía la mujer junto al general, el FBI encontró documentos militares ultrasecretos en su casa.
“Este es un enorme revés para la seguridad nacional y está a punto de empeorar a menos que decidamos tomar medidas realmente significativas “, dijo ahora Petraeus en una entrevista televisiva. McChrystal hace tiempo que prefiere no hablar con periodistas. Powell tampoco emitió opinión. “Nuestros corazones están apesadumbrados tanto por el pueblo afgano que ha sufrido tanto como por los estadounidenses y los aliados de la OTAN que han sacrificado tanto”, escribieron George W Bush y su esposa, Laura Bush, en una carta pública.
Donald Trump, que había firmado un acuerdo con los talibanes en 2020 y anunció como un camino hacia la paz en ese momento, ahora dijo que la retirada “la mayor vergüenza” en la historia de EEUU. Rumsfeld no alcanzó a decir nada, ya que falleció plácidamente a los 88 años, en junio pasado.
La muerte de un halcón
Tiempo Argentino, 18 de Agosto de 2021
por Alberto López Girondo | Ago 14, 2021 | Sin categoría
Los talibanes desnudaron las debilidades de un imperio en decadencia. Y salvo en el universo Marvel, donde los superhéroes siempre triunfan, desde la II Guerra Mundial Estados Unidos nunca ganó en un campo de batalla, a pesar de tener los mayores arsenales de armas de destrucción masiva.
Por más que la retirada de Afganistán aparezca mediáticamente edulcorada con buenos deseos y fe en la paz, cuando un ejército falla en los objetivos trazados en las mesas de arena, se permite hablar de fracaso.
El gobierno de Joe Biden viene a cerrar un capítulo abierto por George W. Bush en 2001 y que empantanó a EE UU en una guerra infinita de la que, al igual que la invasión a Irak, no le resultó fácil salir.
Fue el republicano Donald Trump –como lo había sido Richard Nixon en 1973 en Vietnam– quien reconoció que esa guerra no se podía ganar. Y negoció la retirada con los talibanes en 2019 que luego tuvo que confirmar Biden.
En Venezuela el escenario tiene similitudes y diferencias notables, aunque no se llegó a una guerra abierta. La ofensiva sobre el gobierno de Nicolás Maduro estuvo alentada desde 2015 por un decreto de Barack Obama. Pero fueron los halcones de Trump los que buscaron una intervención de la mano de los gobiernos de derecha surgidos en la región y un secretario general de OEA sumiso a la voluntad de la Casa Blanca.
Parecía que desconocer al presidente chavista y designar a un “interino” como Juan Guaidó, votado por una Asamblea surgida de la gran derrota del PSUV de diciembre de 2015, era la estrategia ganadora. En la mesa de arena la cosa funcionaba de maravillas, no podía fallar.
La realidad fue bien diferente y aun los mandatarios afines recularon ante la posibilidad de una incursión militar, algo que en el sur del continente no había ocurrido jamás. Para colmo de males, si el plan era un levantamiento masivo de venezolanos contra su gobierno, nada de eso ocurrió. Como tampoco ocurrió en Cuba desde que se decretó el bloqueo, hace seis décadas.
Mientras tanto, la parte más sensata de las sociedades latinoamericanas buscaba una salida negociada entre bambalinas. No estuvo Mauricio Macri en esa línea, por cierto. Y cuando el gobierno conservador español de Mariano Rajoy tenía a flor de labios siempre la palabra Venezuela para nombrar al mal absoluto, el expresidente de gobierno socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, pasó varios meses de su vida desde 2014 tratando de llegar a un acuerdo entre la oposición y el oficialismo venezolanos para una salida democrática y pacífica a la crisis. Luego de trabajosas negociaciones, todo estaba listo para la firma de un documento en febrero de 2018 pero la oposición faltó a la cita. Rodríguez Zapatero salió a cuestionar el faltazo. Dijo que un llamado desde Washington obligó a los opositores a irse de Santo Domingo para no avalar esa opción. Que Henrique Capriles ahora quiera participar en futuras elecciones y abandonar el abstencionismo infructuoso es una señal de que también en el Caribe, Washington reconoce una derrota. Eso no quiere decir que se rendirá, pero aparece como una señal auspiciosa.
Tiempo Argentino, 14 de Agosto de 2021
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