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El efecto Trump

La victoria del millonario Donald Trump en las elecciones presidenciales sorprendió a los medios, los encuestadores y la dirigencia internacional. Todos habían apostado por la continuidad de los demócratas en la Casa Blanca y nunca imaginaron al controvertido magnate inmobiliario como presidente. Es cierto que Hillary Clinton obtuvo mayor cantidad de votos populares –superó al republicano por unos dos millones de sufragios– pero el sistema de elección indirecta favoreció al mediático personaje, que logró 290 electores contra 232. Números holgados que produjeron un escozor que recorre el mundo desde ese 8 de noviembre. ¿Es realmente el fin de la globalización, al menos tal como se desarrolló en esta etapa de la historia? ¿Será el comienzo de una nueva era de confrontaciones nacionalistas? ¿Es el regreso de lo que nunca se terminó de ir: la xenofobia, el racismo y el sexismo? ¿Es el fin del sueño del libre comercio?

Poco a poco Trump va despejando algunas de esas incógnitas. Asumirá el 20 de enero y la intranquilidad que despertó su nominación genera presiones dentro y fuera de su país. Por lo pronto, dio fuertes señales de que a algunas de sus promesas de campaña las piensa sostener tras la asunción. Así es que se rodea del ala de los republicanos que se consideran «halcones», si es que existen «palomas» en ese viejo partido cooptado por el Tea Party.

Las designaciones de Steve Bannon, un supremacista blanco, como estratega jefe del presidente generó rechazos, pero otros futuros miembros de su gabinete están tan corridos a la derecha como él. Jeff Sessions, declarado antiinmigrante, será fiscal general; el general retirado Michael Flynn, conocido por su oposición a la firma de los acuerdos nucleares con Irán, será asesor principal de Seguridad Nacional. El congresista Mike Pompeo será jefe de la CIA, mientras James Mattis, conocido enemigo de Irán que encabezó las invasiones de Afganistán e Irak, sonaba para la cartera de Defensa.

Castillo de naipes

La preocupación en el establishment internacional ante el posible triunfo de Trump era la misma que mantenía el partido Demócrata, que veía caerse como castillo de naipes una construcción que ya lleva más de dos décadas y que Obama había hilvanado pacientemente durante sus ocho años en el poder. Trump ganó la interna republicana y luego la presidencia con un discurso encarnizadamente opositor a los tratados de libre comercio y reclamando un nuevo rol para Estados Unidos en el mundo, no solamente el de gendarme de Occidente. Por un lado, es cierto que Flynn es antimusulmán, pero también es «amigo de Rusia» y promueve un acercamiento al gobierno de Vladimir Putin, algo diametralmente opuesto a la estrategia desplegada por los demócratas y por la Unión Europea en los últimos años.

Esto preocupa a los aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que captaron el mensaje de que van a tener que hacer mayores aportes para la seguridad continental. El gasto militar mundial es una de las razones, sostiene el presidente electo, para la caída en el poderío estadounidense. Y él vino para «hacer grande otra vez» a Estados Unidos, según su lema de campaña.

Por eso, el secretario general de la OTAN, el noruego Jens Stolterberg, dijo desde Estambul en un encuentro del organismo –del que forma parte Turquía– que confía en que EE.UU. mantendrá sus compromisos con los europeos, pero que los miembros de la Alianza también deben cumplir su promesa de gastar al menos el 2% de su Producto Interno Bruto (Pib) en Defensa.

No son los únicos que tiemblan ante la posibilidad de que realmente Trump cumpla sus promesas. Durante la gestión de Obama se fueron gestando acuerdos internacionales como el Transatlántico y el Transpacífico que tienen como modelo el que Bill Clinton promovió con el Consenso de Washington en los 90.

En la última gira antes de entregar el bastón de mando, Obama manifestó este temor. En Grecia sugirió a los jefes de Estado europeos mantener la calma pero también exigir el cumplimiento de los acuerdos. Lo mismo hizo en la capital peruana, donde dirigentes de 21 países de la cuenca Asia-Pacífico se reunieron para fijar posición ante el cambio de guardia en la Casa Blanca. Pidieron, junto con Obama, respetar el libre comercio y los documentos firmados. Su futuro personal y el de las elites globalizadas dependen de ello.

Cuellos azules

El libre comercio fue bandera de lucha del neoliberalismo desde la caída del muro de Berlín, y a partir del 8N parece a punto de estrellarse contra un muro similar, ahora entre México y Estados Unidos. Trump supo interpretar la angustia de millones de asalariados blancos empobrecidos del cordón industrial del centro del país –Michigan, Illinois, Ohio, Pensilvania–que, tras el acuerdo con Canadá y México (el Nafta), vieron perder sus ingresos primero y luego su trabajo.

El único que parecía tomar en cuenta esta situación fue el senador por Vermont Bernie Sanders, que apostó a disputar la interna demócrata por izquierda con un mensaje que representaba a los trabajadores de cuello azul (por el overol). Pero aunque dio lucha, no pudo contra el aparato partidario, que domina el matrimonio Clinton. Trump derrotó a las estructuras partidarias republicanas a fuerza de correr el arco hacia posiciones temerarias en cuanto a lo racial pero efectivas a la hora de reflejar a esos amplios sectores que nada esperan ya de los mercados abiertos.

En julio, el cineasta Michael Moore –apoyaba a Sanders– había escandalizado con su lúcida percepción de que Trump podría alzarse con el triunfo. Dijo entonces que el empresario concentraría sus esfuerzos en cuatro estados: Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin, que forman el antiguo cinturón industrial de Estados Unidos tradicionalmente demócrata, y que trataría por todos los medios de no perder los enclaves típicos de los republicanos.

Son distritos que desde 2010 tienen gobernadores republicanos y que desde ese momento reformularon los límites de los distritos electorales para beneficiar a los votos del partido. Una mirada desprejuiciada habría previsto, como Moore, que allí los republicanos juntarían 64 electores clave para retomar el poder, fuera quien fuera el candidato.

Revista Acción
Diciembre 1 de 2016

 

 

Siria, cinco años de barbarie

Siria era hasta hace poco más de cinco años, era uno de los países más desarrollados del Medio Oriente con un gobierno laico y una clase media próspera que creía en una idea del progreso en base al esfuerzo personal. No era el paraíso, pero en el contexto de una región inestable y en conflicto permanente, era un lugar donde se podían tejer proyectos de futuro. No había matanzas monstruosas ni millones de personas buscaban refugio fuera de sus fronteras.

Contó, en tiempos de la, con el apoyo de la Unión Soviética, un apoyo consolidado tras la derrota en la Guerra del Yom Kippur contra Israel, en 1973.

El acercamiento fue logrado a instancias de Hafez al Assad, el padre del actual presidente, Bashar al Assad. Así fue que los soviéticos instalaron una base naval en Tartus. La caída de la URSS no evitó que Moscú continuara manteniendo ese destacamento desde el que puede mantener un ojo alerta en el Mediterráneo.

Hasta que en 2011, al calor de lo que se dio en llamar la Primavera Árabe, grupos opositores a Al Assad iniciaron una ofensiva para derrocar al mandatario.

Esa ola, que contó con el descontento de ciertos sectores sociales pero el apoyo de grupos ligados a los servicios de inteligencia occidentales y afines a la política estadounidense, terminó por derrocar a los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, donde incluso fue asesinado su líder, Muhamar Khadafi.

En el caso sirio, la situación fue tensándose hasta niveles brutales y en poco tiempo los grupos opositores conformaron milicias irregulares. De ahí al surgimiento de grupos extremistas como el Estado Islámico hubo un solo paso.

Pero a diferencia de Libia, donde el país fue literalmente desmembrado, y de Egipto, donde los países occidentales fomentaron un golpe para que volvieran las Fuerzas Armadas al poder, la Siria de Al Assad resiste.

El factor ruso es esencial, pero también lo es que las fuerzas que defienden al gobierno se mantienen mayoritariamente leales a Damasco.

Los que sufren la devastación y los peores actos de violencia son pobladores de las zonas donde los “rebeldes” y los grupos yihadistas mantienen un permanente hostigamiento con los métodos más bárbaros.

La crisis humanitaria golpeó en amplias capas de la sociedad siria, pero rebotó en Turquía y en Europa, con los miles de refugiados que continuamente buscan cruzar fronteras para hallar un lugar donde poder soñar con otra vida.

Los datos de esta guerra contra el gobierno sirio son escalofriantes.

Según diversas organizaciones, entre ellas Amnistía Internacional, en cinco años murieron 366000 personas y el país perdió al 15% de su población. La esperanza de vida, que era comparable a los países más desarrollados de Europa -75,9 años- bajó a 55,7 años. Como quien dice, le han robado 20 años a cada sirio. Lo que repercute en Europa es otra cosa.

Y es que además de los 6,6 millones de desplazados internos hay alrededor de 4,8 millones de sirios que huyeron de su país y golpean “a las puertas” del continente y terminan instalados en los campamentos de refugiados.

Gran parte de ellos llegan a través del mar o de verdaderos éxodos terrestres. Pagan fortunas, los que tienen dinero, para llegar a otros “paraísos”, donde cada vez son recibidos con mayor hostilidad.

El crecimiento de los partidos xenófobos en el este europeo es señal de ese rechazo. El levantamiento de muros fronterizos es la otra respuesta. El debate entre las mentes “bien pensantes” es sobre el nivel de humanitarismo que se permite cada país. Se escucha menos argumentar en contra una política que en pos de derrocar a Al Assad sigue profundizando esa sangría de víctimas.

Vladimir Putin, el presidente ruso, dio acabadas muestras de que no piensa abandonar a Al Assad y menos a la base de Tartus. Estados Unidos y sus socios europeos buscan terminar de conformar una región amiga de Occidente en su estrategia de cercar a Rusia y controlar las regiones productoras de petróleo de Medio Oriente y el Norte de África. Siria es un sitio destacado para esta estrategia y Al Assad un grave impedimento.

No es ajeno a este escenario el conflicto en Ucrania y la vuelta de Crimea al redil de Moscú.

La trabajosa tregua alcanzada entre el canciller ruso Serguei Lavrov y el secretario de Estado John Kerry puede quedar hecha trizas luego del ataque a un camión de ayuda humanitaria.

Mientras, se sabe que Siria perdió unas cinco veces su PBI y que dentro de ese castigado país el 80% de la población sobrevive sumergida en la pobreza, y casi 14 millones de personas necesitan ayuda urgente para sobrevivir.

www.tiempoar.com.ar
Setiembre 20 de 2016

Nuevas anexiones en el escenario de otro día D

Nuevas anexiones en el escenario de otro día D


(La ilustración es gentileza del gran Sócrates)

El portavoz de la Cancillería rusa, Alexander Lukashevich, fue bastante preciso: No hay ninguna petición de los distritos rusoparlantes que el domingo pasado aprobaron su independencia de Ucrania. «En los medios se escribe mucho sobre eso, pero oficialmente no llegó ninguna petición de ese tipo», recalcó el funcionario desde Moscú. Mientras tanto, el gobierno provisional de Kiev confirmó la realización de elecciones presidenciales el 25 de mayo, a pesar de que el este del país es una zona de conflicto a punto de estallar. ¿Qué ocurrirá en esa zona del mundo tan sensible? ¿Habrá una inminente anexión a Rusia o el presidente Vladimir Putin preferirá esperar acuerdos gasíferos con Europa y demorarse hasta que las aguas se aquieten para actuar en consecuencia? Preguntas por ahora sin una respuesta razonable.
Mientras tanto, y si bien nadie garantiza que una mirada a la historia permita prever lo que ocurrirá, al menos como ejercicio lúdico no está mal ver cómo actuaron algunas de las potencias involucradas en este entuerto en un pasado no tan remoto. Y en sus propias fronteras.
Por lo pronto, el nacimiento de Rusia está tan íntimamente vinculado con el de Ucrania que no está mal decir, a la manera de José Mujica en relación a Argentina y Uruguay, que son hijos de la misma placenta. En efecto, el que con los siglos sería uno de los territorios imperiales más extenso bajo la dinastía de los Romanov, nació en el llamado Rus de Kiev, alrededor del año 880 de nuestra era. De hecho, algunos historiadores traducen la palabra eslava «krajina», de la que derivaría Ucrania, como «región de la frontera».
La expansión rusa crece de manera asombrosa desde Iván el Terrible, a mediados de 1500, y se consolida luego del 1700 con el zar Pedro el Grande, llamado así porque realmente medía poco más de dos metros, según las crónicas. Entre esos años y en el próximo siglo los zares llegarían a administrar un territorio de más de 21 millones de kilómetros cuadrados -casi como toda Latinoamérica- que iba desde Polonia, en Europa, hasta Alaska, en América del Norte. Ya era una potencia que amenazaba las ansias imperiales de Francia y Gran Bretaña en el corazón de Europa.
La guerra de Crimea, en 1854, significó un límite inesperado para el imperio zarista, sin embargo la batalla de Sebastopol representaría un hito para la nacionalidad rusa por el valor con que tropas menos pertrechadas resistieron a los ejércitos mejor preparados de los imperios occidentales.
Las consecuencias de la contienda perdida se hicieron sentir económicamente en Moscú y esa sería una de las razones para que en 1867 el zar Alejandro II decidiera aceptar la oferta del secretario de Estado norteamericano, William Seward, de comprar Alaska por 7,2 millones de dólares de entonces.
Estados Unidos acababa de terminar la guerra civil dos años antes, y continuaba con una política expansionista que en algunos casos se desarrolló a través de la compra de territorios, como había ocurrido en 1803 con la región central del país, conocida como la Luisiana, al gobierno del propio Napoleón Bonaparte, en 15 millones de dólares. Como se escribió en otra columna, el sobrino nieto del Corso, Napoleón III, había ordenado la invasión de México en 1862 con las tropas remanentes de Crimea, en un intento por interceder y, quién sabe, tomar ventaja en medio del conflicto que devastaba a Estados Unidos desde 1860.
Con sólo haber visto un par de películas, cualquier latinoamericano sabe que la guerra civil estalló en torno del deseo de los estados sureños por mantener la esclavitud como modo de producción económica. El gran Arturo Jauretche la llamó «la guerra de las camisetas», porque decía con bastante buen tino que se luchó para determinar si el algodón cosechado en el sur iba a alimentar la industria textil del norte o terminaría en los talleres de Gran Bretaña. Lo que suele olvidarse de un modo igualmente puntilloso, es que el esclavismo había sido un problema en toda esa amplia región desde cerca de medio siglo antes.
Bajo el dominio español, Texas y Coahuila formaban un mismo territorio dependiente de México. Mayormente despoblado, hacia allí fueron a parar las tribus indígenas de comanches, kiowas y apaches, cuando los estadounidenses comenzaron a perseguirlos para colonizar Luisiana.
Hubo entonces un fenomenal crecimiento de la flamante república federal asentado en un detalle que desde estas pampas anotó Domingo Faustino Sarmiento y llegó a publicar en las polémicas con Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853.
Señala el sanjuanino que el estado central dictó leyes para la entrega gratuita de tierras a inmigrantes en las regiones incorporadas, con la salvedad de que no podían ser demasiado extensas. El promedio rondaba menos de una milla cuadrada, algo así como 260 hectáreas. Dice Sarmiento –en un texto que la oligarquía terrateniente no suele resaltar como aquel en que pedía no ahorrar sangre de indios– que la cifra «puede chocar con nuestras ideas de ocupación de tierras y división de las leguas por esa mezquindad y pequeñez de las propiedades de los Estados Unidos, pero con aquella pequeñez sabiamente calculada se aviene las riquezas pasmosa de aquel país, su rápido engrandecimiento y el acrecentamiento instantáneo de la población». Interesante reflexión que además fue escrita antes de la mal llamada «conquista del desierto».
Esta percepción sarmientina también había seducido a las autoridades españolas en la primera década del siglo XIX y a los gobiernos criollos posteriores, que para 1820 aceptaron el petitorio de un inversor estadounidense, Moses Austin, para poblar y explotar amplias extensiones en Texas en términos que se prometían tan exitosos como los del otro lado de la frontera. Su hijo Stephen sería el encargado de negociar la concesión con el gobierno mexicano del efímero emperador mexicano Agustín de Iturbe. Los colonos debían convertirse al catolicismo, hablar castellano, ser hombres probos moralmente, obtener nacionalidad mexicana y «traducir» sus nombres a su versión hispana. Cada uno recibió 1600 hectáreas y se puso manos a la obra.
Hubo un par de pequeños problemas: nunca se asimilaron realmente al mundo hispánico y para colmo, la Constitución mexicana de 1824 prohibió la esclavitud y daba libertad de vientres. Luego de ingentes esfuerzos, negociadores aceptaron cambiar el modo de contratación: en lugar de esclavitud, un contrato por 99 años. Que es lo mismo.
Como consecuencia de nuevos cambios en la situación mexicana, los colonos angloparlantes se declararon independientes en 1836, tras una breve guerra. Al mando de Antonio López de Santa Anna, las tropas mexicanas debieron enfrentar las milicias de los colonos, reforzadas con mercenarios que por paga recibían ricas y amplias parcelas. Pidieron la pronta anexión a Estados Unidos, pero en Washington interpretaron que esa medida crearía problemas con las potencias de entonces y no vieron prudente embarcarse en una nueva contienda.
No habían pasado diez años cuando fue elegido presidente James Knox Polk, un ferviente partidario de la expansión territorial hacia el Pacífico, quien asumió en 1845 con el mandato de repartirse el Oregón con Gran Bretaña y de sumar a Texas. En 1846, el Congreso aceptó el pedido de los texanos, lo que desató la guerra con México, que todavía esperaba la forma de recuperar un territorio que le pertenecía. Dos años más tarde, Estados Unidos se quedaba además con la Alta California, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. El sueño imperial se hacía realidad, aunque como parte del arreglo con Texas, el tema de la esclavitud fue barrido debajo de la alfombra.
Si de algo conocen los gobernantes rusos es de historia de su país. Saben, por lo tanto, del valor de la paciencia. Lo mismo ocurre con la dirigencia estadounidense. Desde la caída de la Unión Soviética, Moscú fue cediendo poder real y, como se sabe, en política no hay espacios vacíos. La OTAN, la Unión Europea y sobre todo Estados Unidos fueron ocupando rápidamente esos rincones.
Hace algunos meses Putin decidió que es tiempo de mostrar los dientes. El conflicto en Ucrania es, por supuesto, una jugada mucho más grande que involucra a los mismos que vienen disputando el poder mundial en los últimos dos siglos. Por un lado está Rusia, que reclama su lugar en las grandes ligas, al igual que China y la India, socios mayores del grupo BRICS junto con Brasil y Sudáfrica. Por el otro la alianza occidental, que el 6 de junio conmemora el 70 aniversario del desembarco en Normandía. Pero que antes tiene otro Día D en las europarlamentarias, cruciales para el futuro de la unidad continental.

Tiempo Argentino, 16 de Mayo de 2014

Espionaje y negocios de alto vuelo

La suspensión del viaje oficial de Dilma Rousseff a Estados Unidos representa una muestra más de las dificultades que atraviesa la potencia imperial para seguir sosteniendo sus intereses omnipotentes en todo el planeta. A días de haber tenido que dar marcha atrás al intento intervencionista de Barack Obama en Siria –y de haberse tenido que digerir el brulote de Vladimir Putin de que dejen de creerse un país excepcional–, el desplante de la presidenta brasileña sonó para muchos analistas estadounidenses como una bofetada más en el ajado rostro del Premio Nobel de la Paz 2009.
Cierto es que fue una suspensión y no una anulación y que, además, fue tras un acuerdo negociado entre ambas cancillerías para no dejar demasiado desairado a nadie. Brasil exigía una disculpa estadounidense por el espionaje a la propia presidenta y a la empresa petrolera estatal. Un procedimiento que el ex agente Edward Snowden había revelado a un periodista británico residente en Río de Janeiro. Su pareja, nativo carioca, tuvo que soportar humillaciones en el aeropuerto londinense cuando volvía a su patria con documentación de Snowden para Glenn Greenwald, el corresponsal del The Guardian que aparece en el centro de esta trama.
Dilma no podía pedir menos que una retractación luego del escándalo que incluso en los medios de la derecha brasileña –que son prácticamente todos– pusieron en el tapete con una dosis de nacionalismo curiosamente exacerbado. Obama tampoco podía hacer otra cosa que emitir un documento en el que reconocía que no es el mejor momento para hacer ese encuentro, que había sido anunciado como central para su política, una visita de Estado como no habría otra en la Casa Blanca en el año. Pero de admitir culpas ni una palabra.
Los estadounidenses, es cierto, se consideran un país con características excepcionales y en su subconsciente no entra la frase «nos equivocamos». Mucho menos «se nos fue la mano». Y eso que tanto el soldado Bradley Manning como el propio Snowden pusieron el dedo en la llaga al gritar a los cuatro vientos que si fueran tan excepcionales no podrían permitir los abusos de otra invasión y de continuar espiando a la ciudadanía con la excusa de buscar terroristas.
Acotación al margen: el método no es tan efectivo, habida cuenta de la matanza que protagonizó Araón Alexis en la base de la marina más representativa de su poderío militar, a poco más de una hora de caminata de la Casa Blanca. Como sea, a los norteamericanos va a costarles muchas otras «bofetadas» como las de estas semanas adecuarse a los nuevos vientos que soplan en el mundo. Esto no implica que la caída del imperio americano está a la vuelta de la esquina pero sí que actitudes como la que tomó Dilma, impensable tras una alianza del gigante sudamericano con Washington que viene de la Segunda Guerra Mundial, se van a profundizar de aquí en más.
Por lo pronto, el gobierno de Dilma ya anunció planes para desarrollar una red de conexiones de Internet que esquive a Estados Unidos, el centro por donde pasa la mayoría de los cables en la actualidad. Como miembros del grupo BRICS, Brasil sabe que en pocos años los líderes de los países emergentes sumarán 40% de la población mundial y un PBI de 35 mil billones de dólares, el 25% mundial, mucho más que Estados Unidos y Europa. Las autoridades no se engañan al entender que el blanco del espionaje no era Brasil sino los BRICS. De hecho, Rusia y China bloquearon la intervención en Siria como miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Moscú en especial planteó una jugada para que Bashar al Assad entregue sus armas químicas y evitar así la salida bélica que ¿necesitaban? Obama y el francés François Hollande.
Con los medios que los países del grupo emergente tienen en la actualidad, se dice, en un año podrían extender una Bricsnet aprovechando tecnología china y rusa con desarrolladores informáticos indios, brasileños y hasta sudafricanos. Sería un cable que iría de Vladivostok, en Rusia; pasando por Shantou, en China; Chennai, en la India; Ciudad del Cabo, en Sudáfrica y cruzando el Atlántico, directo a Fortaleza, en Brasil. Unos 34 mil kilómetros de fibra óptica de 12,8 terabytes de capacidad, con una virtud «excepcional»: no tocaría las costas estadounidenses.
Según datos que recopila Tobías Rímoli en el sitio Rebelión, en Sudamérica hay «43.552.918 servidores, mientras que en EE UU existen más de 498 millones, dentro de los que se incluyen los de Microsoft, Facebook, Twitter, Google, AOL, Yahoo!, PalTalk, YouTube y Apple». Los cables por donde circula la información cruzan territorio estadounidense. El dato clave es que el 80% del tráfico en la web originada en Latinoamérica pasa por el gran país del norte, que aprovecha la situación para justificar que espía dentro de su territorio y no afuera. Lo que oculta es que lo hace con material que no se refiere a cuestiones internas sino de otros países. Como si revisaran las cartas de un mensajero en vuelo que no tuvo más remedio que hacer una escala técnica en Nueva York, por decir algo, con el argumento de que el señor en cuestión estaba en Estados Unidos.
El ejemplo que pone Rímoli es aún más significativo: «Un mail enviado entre dos ciudades limítrofes de Brasil y Perú, por ejemplo entre Río Branco, capital de Acre, y Puerto Maldonado, va hasta Brasilia, sale por Fortaleza en cable submarino, ingresa a Estados Unidos por Miami, llega a California para descender por el Pacífico hasta Lima y seguir viaje hasta Puerto Maldonado, a escasos 300 kilómetros de donde partió».
Hace unos días el ministro de Defensa de Brasil, Celso Amorin, firmó con su par argentino Agustín Rossi un documento en el que los dos países manifiestan la voluntad de luchar juntos contra ataques cibernéticos. Un eufemismo para decir que estudian medidas para evitar el espionaje estadounidense. A principios de agosto se anunció que Unasur pondría en marcha la construcción de un anillo de fibra óptica de 10 mil kilómetros alrededor de América del Sur gestionado por empresas estatales de cada uno de los países. Oficialmente se dijo que era un modo de «abaratar los costos operativos» de usar líneas que atraviesan EE UU. Pero el objetivo central es disminuir la vulnerabilidad en caso de atentados y resguardar el secreto de los datos oficiales. Se estima que en dos años ya habrá algo sustancioso para mostrar en ese terreno.
El otro tema espinoso en la relación de Brasil con Estados Unidos fue el espionaje a los archivos de Petrobrás, una noticia que se dio a conocer semanas antes de la licitación del yacimiento petrolífero Libra, uno de los mayores del mundo. La vigilancia, según la publicación brasileña Itsoé, se hizo desde la isla de Ascensión, el territorio británico de ultramar en el medio del océano Atlántico, entre Recife y Luanda, la capital de Angola, donde hay una base militar bajo jurisdicción de un comandante ubicado en Malvinas. Allí se aprovisionaron buques británicos durante el conflicto bélico de 1982 con Argentina. También allí hay una base perteneciente a Estados Unidos. Ascensión, destaca el periódico, forma parte del sistema de espionaje global Echelon, del cual además de EE UU. participan Gran Bretaña, Canadá, Nueva Zelanda y Australia.
Esa red ya había sido cuestionada en Europa a principios de este siglo por haber sacado ilegalmente información del fabricante de aviones Airbus, que perdió entonces una licitación por 6000 millones de dólares para venderle aeronaves a Arabia Saudita. El contrato lo ganaron Boeing y McDonnell Douglas. Un lustro antes, el grupo francés Thompson-CSF perdió un contrato por 1300 millones de dólares en favor de la estadounidense Raytheon. También entonces la información había salido de Echelon. Disputaban la provisión de un sistema de vigilancia satelital para monitorear la destrucción de la selva, destinado el gobierno de Brasil.
Desde Ascensión y mediante equipamientos provistos precisamente por Raytheon, con capacidad para captar 2 millones de comunicaciones simultáneas, se interceptan conversaciones telefónicas, correos electrónicos y publicaciones de las redes sociales. El punto de mira son Brasil, Argentina, Uruguay, Colombia y Venezuela.
Para agregar otro ingrediente a la mezcla, Brasil tiene demorada la compra de 36 aviones de combate por valor de unos 4500 millones de dólares desde los últimos años de gobierno de Lula da Silva. El metalúrgico había casi arreglado con el francés Nicolas Sarkozy los Rafale fabricados por la Dassault. Otro oferente es la sueca Saab, que elabora los Greppen. El tercero en discordia es el F/A-18 Super Hornet de Boeing, el preferido de los altos mandos brasileños.
Por ahora, Obama se tuvo que quedar con las ganas de hablar de esa cuestión.

Tiempo Argentino, 20 de Septiembre de 2013