por Alberto López Girondo | Dic 16, 2014 | Sin categoría
En un final de año signado en buena medida por la política internacional, la presidenta Cristina Fernández participó de reuniones del más alto nivel en América Latina. Todas ellas marcadas a fuego por una suerte de renacimiento de la integración regional luego de largos meses de demoras y, en algunos casos, de desencuentros. Quizás la cumbre que más huella deje sea la de presidentes de la Unión Suramericana de Naciones (UNASUR), celebrada en Ecuador.
Porque allí se inauguró la sede del organismo en la Mitad del Mundo, el mojón a 14 kilómetros de la ciudad de Quito por donde pasa la coordenada ecuatoriana del planeta y que simbólicamente pretende erigirse en el centro de un nuevo ordenamiento global nacido de estas latitudes. Simbólico porque el soberbio edificio concebido por el arquitecto Diego Guayasamín –sobrino de Oswaldo, el artista plástico fallecido en 1999– ostenta en su entrada una estatua de Néstor Kirchner y lleva el nombre del ex presidente argentino, quien fue el primer secretario general de UNASUR. Es bueno recordar que la organización, nacida al calor del empuje del venezolano Hugo Chávez, fue constituida en 2008 en Brasilia, cuando Lula da Silva era presidente, pero tenía como disposición primordial que no se pudiera establecer orgánicamente hasta que no fuera aprobada por 9 de los países a través de sus parlamentos. Un objetivo que recién se cumplió en 2011. Sin embargo, ya había sido fundamental para frenar el intento golpista en Bolivia en 2008, y luego, con Kirchner en la secretaría, el conato policial contra Rafael Correa en setiembre de 2010. Incluso antes de eso había fijado una firme posición a favor de la democracia cuando ocurrió el derrocamiento de Manuel Zelaya en El Salvador en 2009.
En ese marco, y con el telón del fondo del recuerdo de las dictaduras que asolaron la región a lo largo de su vida independiente, la presidenta argentina Cristina Fernández señaló al inaugurar la sede que «este edificio representa algo más que la UNASUR, representa la historia sufriente de nuestros pueblos desde la misma fundación hace ya 200 años y de esta segunda batalla que estamos dando en este siglo XXI, que es la reindependencia económica y la reconstrucción cultural de nuestras naciones». El homenaje a Kirchner en ese emblemático lugar es también un recuerdo al líder bolivariano Hugo Chávez. Porque la empatía entre ambos dirigentes luego de la cumbre de Mar del Plata de 2005, cuando se terminó con la propuesta estadounidense del ALCA, encontró en UNASUR un cauce para desarrollar estrategias de integración más allá de lo simplemente declarativo. Este organismo, comunión de 12 naciones, fue desde su origen el resultado del esfuerzo de gobernantes que intentaban sobrepasar diferencias ideológicas y económicas con tal de acercar intereses comunes en el entendimiento de que solo la unidad podía cambiar el futuro de estas 400 millones de almas esparcidas a lo largo de más de 17 millones de kilómetros cuadrados de superficie. Seres que además hablan idiomas tan cercanos como el portugués y el castellano y tienen un origen íntimo, más allá de desavenencias e incluso batallas puntuales.
La entidad, sin embargo, desde las muertes de Kirchner y de Chávez pareció entrar en un cono de sombras. Costaba encontrar un reemplazo que motorizara al resto de los jugadores regionales y ni la colombiana Emma Mejía ni el venezolano Alí Rodríguez tuvieron ocasión de poder desplegar su voluntad integradora.
Recién en agosto pasado hubo consenso como para nombrar a Ernesto Samper, un ex presidente colombiano que desde ese momento se puso manos a la obra para el relanzamiento, que comenzó formalmente mucho antes de la inauguración de su oficina en el centro del mundo.
El propio Rafael Correa expresó su preocupación por el letargo en que había caído la integración. «En la demora está el peligro, nos hemos demorado mucho», advirtió. «Separados, será el capital trasnacional quien nos imponga las condiciones», agregó. El mandatario ecuatoriano adjudicó los retrasos en la integración a las muertes de Kirchner y Chávez, pero también dijo: «Además, sabemos que fuerzas intra y extra regionales no quieren la integración». La presencia de todos los presidentes del espacio en al menos una de las dos jornadas que se llevaron a cabo en Ecuador revela que, con todas las diferencias que pueden existir, la voluntad integradora subsiste y deberá ponerse de relieve para avanzar en la institucionalización de las distintas iniciativas.
Ciudadanos
El corolario de la VIII Cumbre Presidencial de UNASUR fue una declaración en la que se establece que la región debe ser una zona de paz, democracia y respeto de los derechos humanos. La presidenta argentina destacó que América del Sur ha podido «superar difíciles momentos en la unidad, en la discusión y la diversidad; los cimientos de este edificio (por el de UNASUR) no solo son sólidos por el hormigón, el cemento y los ladrillos, sino porque están construidos desde la historia, la convicción de paz y la unidad».
De allí que la voluntad final de este encuentro presidencial tienda a consolidar la integración tanto en lo económico como en lo social. A eso apunta el objetivo de fomentar una ciudadanía suramericana y la creación de un pasaporte de UNASUR. De este modo no solamente se podrá circular y trabajar libremente entre los países que integran el bloque sino que también será una carta de presentación ante los otros países o instituciones regionales como la Unión Europea. También se establecieron miras más precisas en torno de la puesta en marcha del Banco del Sur, otra de las ideas que alumbró Chávez y que recibió el respaldo de la Argentina desde el primer momento. Una vez concretada una institución bancaria continental para respaldar a los distintos gobiernos y para garantizar la viabilidad de los proyectos de integración física entre los países a través de líneas férreas y carreteras, la otra etapa pasa por contar una moneda común. La experiencia del euro no parece adecuada para tomar como fuente de inspiración, pero en cambio, los países del ALBA utilizan una moneda virtual que obedece a la inventiva de Chávez y de Correa. Se trata del Sucre, que utiliza el nombre de aquel mariscal que comandó las tropas de varias naciones suramericanas en la última batalla por la independencia, en Ayacucho, hace exactamente 190 años, el 9 de diciembre de 1824.
Sucre también era el nombre de la vieja moneda ecuatoriana desaparecida cuando en 2000 el gobierno neoliberal de Jamil Mahuad –asesorado por el ex ministro de Economía argentino, Domingo Cavallo– decidió imponer el dólar como una forma de reacomodar la economía del país haciendo desaparecer la divisa local. La idea de Correa, economista él, fue crear una moneda virtual que pudiera usarse en el comercio zonal en lugar del dólar o el euro. De allí que SUCRE ahora signifique Sistema Unitario de Compensación Regional. Por vía electrónica los países que la integran (Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Antigua y Barbuda, San Vicente, Cuba, Bolivia y Uruguay) cada 6 meses compensan el intercambio realizado de cada nación en dinero local. La diferencia se hace en los valores que se acuerden, con lo cual el recurso a la moneda fuerte se reduce al mínimo y tiende a que su reemplazo sea total.
Parlasur a la vista
Este fin de año movido para la región culmina con una nueva cumbre de presidentes del MERCOSUR, esta vez en Paraná, la capital de Entre Ríos. Será una buena ocasión para que el gobernador Sergio Uribarri se muestre a nivel continental. El entrerriano avisó hace tiempo que se anota para las presidenciales de 2015 y este puede ser un estreno inigualable en un aspecto que comparte con los candidatos del oficialismo, como es el rol que se le asigna a la integración regional y sobre todo dentro del organismo que Argentina integra con Brasil, Uruguay, Paraguay y Venezuela.
Semanas antes del encuentro se abrió un nuevo debate a partir de la iniciativa oficial de poner en marcha la elección de diputados para el Parlamento del Mercosur (PARLASUR) en 2015. Creado mediante un protocolo en Ouro Preto en 2004, el PARLASUR comenzó a funcionar en mayo de 2007. El proyecto original consistía en que desde 2011 los legisladores fuesen elegidos por el voto directo de los ciudadanos. Más aún, los países consensuaron que desde este año los parlamentarios sean elegidos en elecciones simultáneas con las presidenciales. Por ahora el único país que cumplió fue Paraguay.
La polémica surgió cuando en el Congreso local se debatió la ley respectiva, para que en las elecciones del año próximo se elijan diputados al PARLASUR. La oposición puso el grito en el cielo por lo que consideró un despropósito dotar de inmunidad legislativa a los representantes argentinos que resulten electos. El argumento era que esa ley solo busca darle fueros a Cristina Fernández, que según esta versión de los hechos se presentaría a elecciones solo para esquivar las acusaciones que rondan los tribunales. Desde el oficialismo, pero también desde sectores radicales encolumnados detrás de Leopoldo Moureau, por ejemplo, salieron al cruce de lo que consideraron una maniobra para desmerecer el rol del MERCOSUR, en consonancia con lo que las derechas regionales plantearon en los recientes comicios de Brasil y Uruguay.
Tiempo Argentino
Diciembre 16 de 2014
por Alberto López Girondo | Oct 10, 2014 | Sin categoría
Es un gran paso adelante hacia la integración que en un par de años comiencen a circular los vehículos con patentes del Mercosur. Puede parecer un avance mínimo, una nimiedad incluso, pero sin dudas representa el fortalecimiento de un proyecto fundamental de cara a la sociedad de cada una de las naciones que integran el organismo regional. Es la bandera de la unidad sudamericana en cada auto, en cada ciudad, en cada rincón. Un mensaje de pertenencia que hace falta en un organismo que parece por momentos languidecer en disputas que los medios concentrados se encargan de magnificar pero muchas veces los gobiernos no alcanzan a resolver para bien del conjunto. La Unión Europea puso en marcha un mecanismo similar en 1992, casi una década antes que la moneda común y bastante después de haberse lanzado a la unión aduanera.
Cierto que con la patente no alcanza. En Europa, donde el proceso de integración está a todas luces mucho más adelantado, a las tensiones secesionistas en algunos sitios clave como Cataluña y Escocia se suman grandes capas de la sociedad que ven con sospecha o resquemor a la unión, a la que culpan de muchos de sus males. En todo grupo todos tienen que ceder algo a favor del bien del equipo. El problema se sucede cuando los vientos soplan en contra, como ocurre en muchos países del viejo continente. Es allí que las acusaciones se esparcen sobre los socios. Es entonces que aparecen sobre la mesa aquellas renuncias originales y en grandes sectores son muchos los que creen que estarían mejor fuera del paraguas de la UE que adentro.
Los británicos marchan a la cabeza entre los que dudan de las ventajas de seguir en la UE y no sería extraño que vayan a un referéndum para su continuidad dentro del organismo paneuropeo en 2016. Partidos derechistas de Francia –el Frente Nacional– y de Holanda se posicionan de un modo similar, al igual que grupos más inclinados a la izquierda en Grecia. Lo que demuestra que el camino hacia la integración está más sembrado de espinas de lo que se cree en su inicio.
Sin haber llegado a niveles como los alcanzados del otro lado del Atlántico, hay que admitir que nuestros organismos regionales –Mercosur en primer lugar, pero Unasur y CELAC a continuación– enfrentan dificultades luego de una década de avances. En el caso del Mercado Común al que adhieren Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, a las tensiones propias de un nuevo rumbo para el organismo creado durante el decenio neoliberal se agrega el complicado ingreso de Venezuela como nuevo miembro. Además, los países más chicos mantienen históricos reclamos contra los dos socios mayores que, lejos de solucionarse, con el recrudecimiento de la crisis internacional, se fueron agravando. Lo que debería quedar claro para las dirigencias, con todo, es que la mejor opción siempre es la unidad. No hay otra forma de plantarse frente a los poderosos de turno.
En Brasil, las élites industriales, que desde la llegada de Lula da Silva a Planalto, en enero de 2003, pudieron desarrollarse a nivel global mediante políticas de apoyo, créditos oficiales y la ampliación de su mercado interno, nunca dejaron de ser críticas del PT. Lula solía decir que no le perdonaban que alguien que jamás había pasado por una academia universitaria le diera el progreso que él le había dado a Brasil. Tal vez sea que no toleran que un hombre nacido en la pobreza, y que por lo tanto estaba destinado a no trabajar de otra cosa más que de tornero, haya dado vuelta al país con un partido que demuestra su capacidad de ser el más adecuado para gobernar un territorio de ese tamaño y contradicciones. Tampoco le toleran el acercamiento a sus socios vecinales y a las naciones que buscan un nuevo orden mundial, como las del BRICS.
Los dos candidatos con mayor caudal de votos tras la presidenta Dilma Rousseff en las elecciones del domingo pasado decidieron sumar voluntades para derrotar al PT luego de 12 años en el poder. Más allá de las críticas sobre las que se asienta su discurso opositor en todos los planos, ambos hicieron hincapié en la necesidad de nuevas alianzas y miran hacia el Pacífico. Si es cierto, como los mismos sondeos indican, que la unión regional no es el principal tema de agenda en las encuestas, la única explicación para semejante compromiso antes del balotaje sería lograr el apoyo de los grandes jugadores económicos tanto brasileños como regionales.
Las élites gobernantes, que son las mismas que en los ’90, cuando Fernando Collor de Melo y Carlos Menem firmaron el Tratado de Asunción que dio origen al Mercosur, apoyaron en su momento la creación del espacio común. Las empresas multinacionales también, porque les resultaba y resulta beneficioso planificar e intercambiar libremente entre los socios y con protección externa común. Entonces también firmó el uruguayo Luis Alberto Lacalle y el paraguayo Andrés Rodríguez, que poco antes había desplazado a su consuegro, el dictador Alfredo Stroessner.
Pero desde la llegada de Néstor Kirchner y Lula da Silva el enfoque con que se manejó el Mercosur fue cambiando hacia una mayor integración industrial. Que no favoreció a todos los socios pero le dio un perfil más autonómico en relación con las potencias centrales, además de haber avanzado hacia posiciones sociopolíticas más progresistas. Sobre esta base es que crecen las críticas en Uruguay y Paraguay. Un guante que recogió el candidato opositor oriental Luis Lacalle Pou, hijo del mandatario que firmó en Asunción y que ahora intenta canalizar las quejas por lo que reclaman los uruguayos.
En Brasil el rechazo es más bien porque los caballeros de la industria paulista consideran que Mercosur es un freno para un país que, creen, está para cosas mayores. Sueñan con volver al «primer mundo». Pero fundamentalmente saben que con organismos regionales sólidos y una integración más profunda a nivel social y económico pierden privilegios obtenidos de su conexión con el establishment global.
Este domingo hay elecciones en Bolivia y nada indica que Evo Morales vaya a tener menos votos que hace cinco años, cuando se alzó con el 64% de los sufragios. Es posible, incluso, que el triunfo sea por un porcentaje mayor, con el dato adicional de que ganaría en Santa Cruz de la Sierra, que fuera foco de la resistencia a su gobierno y donde se llegó a plantear el secesionismo de la mano de sectores vinculados a la oligarquía más reaccionaria.
No es inocuo que Evo se convierta en el mandatario que más tiempo estuvo en el poder en su país desde la independencia, superando al general Andrés de Santa Cruz, quien gobernó entre 1829 y 1839. Pero aquellos eran otros tiempos y para ocupar un despacho en la casa de gobierno era necesario mucha voluntad política y bayonetas fieles, algo que nadie logró desde entonces, al punto de que en los 180 años anteriores al triunfo del MAS, en 2005, hubo 84 mandatarios –34 de ellos de facto– a un promedio de 172 días en el cargo para cada uno.
Morales encarnó las transformaciones más profundas desde la Revolución de Paz Estenssoro en 1952 y tiene el más firme apoyo popular. Hay razones para su éxito. Uno es la sólida alianza de los sectores populares y las organizaciones sociales, que ahora son un factor de poder relevante y con conciencia de su rol. También por la nacionalización de los recursos hidrocarburíferos, que le permitió disponer de un excedente para inversiones sociales y desarrollo, cuando antes iban a bolsillos privados.
Pero hay una realidad a esta altura histórica que explica este momento: en el tramo más duro del enfrentamiento en la Media Luna próspera de Oriente, Morales contó con el apoyo de las instituciones regionales y de los gobiernos de Argentina –estaba ya en el poder Cristina Kirchner– y de Lula da Silva en Brasil. ¿Podrá tener la misma tranquilidad si cambia la ecuación política en el vecino mayor y más poderoso? ¿Qué ocurriría si en Argentina llegara a ganar alguno de los candida
Tiempo Argentino
Octubre 10 de 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Ago 1, 2014 | Sin categoría
Los candidatos opositores van dejando cada día más en claro lo que se juega en la campaña para las elecciones brasileñas de octubre: la continuidad no sólo de un modelo político y económico sino de la unidad regional. Así lo dejaron en claro los principales postulantes a la renovación de mandato de Dilma Rousseff, Aecio Neves y Eduardo Campos, quienes adelantaron que en caso de desplazar al partido de los Trabajadores (PT) luego de 12 años de gestión, dejarán de tener en sus oraciones al «eje Mercosur-Unasur» para inclinarse hacia conversaciones directas con Estados Unidos y la Alianza del Pacífico. Si no bastara con esto, deslizaron señales claras en un encuentro con la poderosa Confederación Nacional de la Industria donde endulzaron los oídos de las patronales con promesas de bajas de impuestos y de una mayor independencia del Banco Central.
El Brasil que encuentra esta renovación presidencial es bien diferente del que tomó el líder sindical Luiz Inazio Lula da Silva cuando ganó por primera vez, en 2002. Este Brasil se sienta en la mesa de las grandes discusiones, integra la selecta lista de los que suelen figurar en el podio en todos los foros y sueña con una banca en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. No es casual que a la final del Mundial de Fútbol hayan acudido los principales mandatarios internacionales y que algunos de ellos se hayan quedado para la Cumbre de los BRiCS, el clan de los mayores emergentes que tiene al país sudamericano como uno de sus pilares.
Pero si estos comicios hasta no hace tanto podrían haber sido considerados como un mero trámite para la reelección –así lo reflejaban las encuestas, que daban ganadora a Dilma en primera vuelta– la expectativa se fue empañando lentamente. Las protestas por el aumento del boleto de transporte en San Pablo generaron las primeras movilizaciones masivas en décadas. A estas demandas se sumaron grupos que pusieron en las calles el debate, que no se había dado en otros estamentos políticos, sobre los gastos de la realización de la máxima competencia futbolística. Más violentas que las anteriores y más extendidas en el país al punto que hicieron repensar la relación del partido creado por Lula en los 80 con los jóvenes de Brasil, esos que habían crecido al amparo de las políticas de inclusión que se desplegaron desde el Palacio del Planalto, la sede del gobierno federal en Brasilia, a la llegada del metalúrgico aquel primero de enero de 2003.
Pero cuando comenzó a «rodar la bola» en el Maracaná esos fuegos se fueron apagando. Ni el catastrófico resultado ante Alemania en semifinales alcanzó para que se repitieran. Lo que queda de ahora en más es campaña electoral hecha y derecha.
Cuestiones económicas
Luego del Mundial volvieron a la luz algunos problemas que el gobierno debe atender. Entre ellos la inflación y una baja en el crecimiento económico que preocupa al gobierno tanto como deja flancos abiertos para la oposición. Rousseff se entusiasma mostrando un dato: que Brasil figura entre una media docena de países del G20 –el otro foro que lo cuenta como protagonista– que más crecieron el año pasado, con un 2,3%. Los analistas del mercado que suelen aparecer en los grandes medios señalaron que el incremento de precios rondará el 6,4%, poco menos del 6,5% que se establece como límite para la meta anotada a inicios de año, que fue de un 4,5% más un 2% de tolerancia. «La cifra está en el techo de la meta. Vamos a quedarnos en ese techo», puntualizó la presidenta.
Pero la cuestión de la desaceleración de la economía venía siendo tema de inquietud desde fines del año pasado y no sólo fronteras adentro, puesto que una parte sustancial de la caída en la producción industrial argentina se explica por el declive en la economía brasileña, destino del grueso de las exportaciones automotrices, por ejemplo. Se supone que el PBI de Brasil de este año crecerá apenas 1%, lo que, contrastado con el índice de crecimiento demográfico, muestra una baja real en el ingreso promedio de la población.
Por supuesto que estos datos engolosinan a los gurúes comunicacionales de la oposición, pero mucho más tela le dieron para cortar a una analista del Banco Santander brasileño, la que provocó la tirria tanto de Dilma como de Lula. Un informe elaborado por un departamento de la entidad de capitales españoles, que se envió a los clientes que cuentan con ingresos mensuales superiores a 4.500 dólares, afirma que si Dilma resulta electa en octubre, la situación se agravará y el país caerá en recesión.
En un envenado texto titulado Usted y su dinero, el banco de la familia Botin, que es el quinto de Brasil, el primero entre los extranjeros, y además obtiene el 20% de sus ingresos globales de los negocios que maneja en el gigante sudamericano, dice que son un grave problema «el bajo crecimiento, la inflación alta, el déficit en cuenta corriente y la inseguridad jurídica». Añade también que si el Bovespa, el indicador de la Bolsa de San Pablo tomado como referencia para los inversores, tuvo un alza en los últimos meses es sólo porque cayó la popularidad de las encuestas.
«Si la presidenta se estabiliza o vuelve a subir en las encuestas –alerta el informe– un escenario de recesión puede surgir. La moneda se volverá a desvalorizar, los intereses subirán de nuevo, el índice Bovespa caerá, dejando atrás las subas recientes. Este último escenario estaría de acuerdo con el deterioro de nuestros fundamentos macroeconómicos. En función de este panorama, converse con su gerente de Relacionamento Select para colocar sus inversiones de la manera más adecuada a su perfil».
Una evaluación semejante no podía recibir otra respuesta que la proporcionada por el gobierno. «Es lamentable lo que sucedió, es inadmisible, ningún país debe aceptar una intromisión de ninguna institución financiera de ningún nivel», retrucó la presidenta. «La ejecutiva que escribió el informe no entiende nada de Brasil ni del gobierno de Dilma Rousseff», sentenció Lula, para pedir luego que la despidieran. Rui Falcao, integrante del equipo de campaña del PT, fue más lejos y catalogó al fúnebre análisis como «terrorismo electoral». El banco se limitó a pedir disculpas oficialmente y señalar que ignoraba el contenido de ese informe.
Liderazgo mundial
No es la única pelea que llevaba adelante Dilma Rousseff desde que Alemania obtuvo la última copa mundial de fútbol en tierras cariocas. Para entonces los ataques israelíes en la Franja de Gaza habían generado más de un millar de muertos en la población palestina y protestas por doquier. El gobierno de Brasil fue particularmente duro con la política belicista seguida por el derechista primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. «Lo que está ocurriendo en Gaza es peligroso. No creo que se le pueda llamar genocidio, pero estoy segura de que esto es una masacre. Se produce un uso desproporcionado de la fuerza», publicó el Folha de São Paulo, uno se los medios más influyentes de Brasil, citando a Dilma.
Ni lerdo ni perezoso, el vocero de la cancillería de Israel, Yigal Palmor, tildó a Brasil, ante los medios escritos en Tel Aviv, de ser un gran país pero un «enano diplomático». Más tarde, y frente a un micrófono radial, fue más agrio: «Dicen que es desproporcionada la respuesta contra Hamas. Desproporcionado es el 7 a 1 (del seleccionado brasileño contra Alemania en el Mundial)». A esta altura, Brasil había llamado en consulta a su embajador en Tel Aviv y forzaba una declaración del Mercosur contra la escalada militar en Oriente Medio en la cumbre que se desarrolló en Caracas.
No era la primera vez que Dilma mostraba los dientes ante un gobierno extranjero en una actitud propia de una potencia que quiere dar cuenta de su importancia. Ante las revelaciones del espía estadounidense Edward Snowden sobre el espionaje de la agencia NSA al gobierno brasileño y a la propia mandataria, Dilma Rousseff impulsó la creación de alternativas tecnológicas para la circulación de información por Internet.
Los países del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) estudian una conexión desde Fortaleza a Ciudad del Cabo que lleve hasta Vladiovostok el flujo de la red sin pasar por Estados Unidos. Al mismo tiempo, se acordó con la Unión Europea tender un cable de fibra óptica a Lisboa con el mismo objetivo. Ya se había plantado frente a Barack Obama al cancelar en octubre pasado una entrevista programada en la Casa Blanca. Un desplante que muestra no tanto un enojo personal como el rol que juega Brasil en este momento de la historia internacional. Un papel que el oficialismo busca mantener y profundizar, pero que desde la oposición intentan cuestionar animando las posibles ventajas de otras alianzas.
Los opositores
Según los últimos sondeos, Dilma Rousseff ganaría la primera vuelta con un margen considerable sobre su inmediato perseguidor, el senador del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) Aécio Neves. Pero todo indica que habrá un balotaje donde el PSDB se tiene confianza. El principal apoyo político de Neves –el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, quien gobernó entre 1995 y 2002– dijo en un reportaje a la revista Istoé que hace dos años «no creía en la posibilidad de una derrota electoral del gobierno», pero que las multitudinarias protestas previas al Mundial le fueron haciendo cambiar de idea. Para Cardoso, que le entregó la banda presidencial a Lula, las aspiraciones insatisfechas de los brasileños de mejoras en la educación, la seguridad y el transporte muestran «un malestar que se puede reflejar en las urnas». Claro que no lo recomienda como tema de campaña porque, evalúa, el electorado lo podría interpretar como un oportunismo político.
Neves fue gobernador del estado de Minas Gerais entre 2003 y el 2010 y asumió una banca en el Senado en 2011. La revista guía del establishment financiero internacional The Economist tiene en Neves a su preferido y resalta la «gestión de shock» que desarrolló cuando llegó a la gobernación, con recortes de gastos, impulso a los ingresos tributarios y «racionalización de las compras». Destacan que, por ejemplo, se bajó su salario en un 45%.
Aecio es nieto de Tancredo Neves, un socialdemócrata que llegó a ser primer ministro de João Goulart entre 1961 y 1962 y tras el golpe del 64 se unió a la oposición permitida del Movimiento Democrático Brasileño en aquel remedo de Congreso que sostuvo el andamiaje legal de la dictadura. En 1985 resultó elegido presidente en una fórmula con José Sarney, pero no llegó a asumir porque cayó gravemente enfermo y murió a poco de que su vicepresidente se calzara la banda presidencial. Sarney todavía ejerce, como presidente casi vitalicio del Senado, y es un fuerte aliado del PT en el Congreso.
El otro rival, que se ofrece, como para captar votos de centroizquierda, es Eduardo Campos, hijo del periodista y escritor Maximiano Campos y de la actual ministra del Tribunal de Cuentas, Ana Arraes. Campos es miembro del Partido Socialista Brasileño (PSB) y en 2004 ocupó el cargo de ministro de Ciencia y Tecnología en el primer mandato de Lula. Era el más joven del gabinete –ahora tiene 48 años– y se jacta de haber elaborado la planificación estratégica y el programa espacial y nuclear de Brasil. Fue gobernador de Pernambuco en 2006 y en 2010 obtuvo para la reelección un 80% de los votos, un verdadero récord. Lleva como compañera de fórmula a la ecologista Marina Silva, quien también acompañó a Lula en su primera gestión como ministra de Medio Ambiente, y alcanzó casi el 20% de votos en 2010.
Revista Acción, 1 de Agosto de 2014
por Alberto López Girondo | Jul 25, 2014 | Sin categoría
Como en Juego de Tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya. Por cada segundo que pasa sin que aspiremos a democratizar los lugares donde se decide lo importante, aumenta sin cesar el enriquecimiento privado ilegítimo y el sufrimiento gratuito de la gente corriente. Democratizar es sencillamente devolver a las personas la capacidad para decidir sobre sus propias vidas, una capacidad que nos ha sido robada y debe ser restituida.»
La frase corresponde a un adelanto del libro que Pablo Iglesias acaba de compilar bajo el título Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de Tronos, la serie que hace furor desde hace algunos años, basada en las novelas del estadounidense George R. R. Martin y que detalla las impiadosas guerras dinásticas entre las familias «principales» por el control del poder en el continente de Poniente.
Iglesias se catapultó como líder de un sector en España que reniega de los partidos que gobernaron el país desde el retorno democrático –socialistas y «populares»– a los que acusa de comandar un sistema de castas que se reparten los cargos y lucran para sus propios bolsillos a espaldas del pueblo. Con esa crítica furibunda a lo que llama el «Régimen de 1978» llegó al Parlamento europeo en mayo pasado y aspira a construir una nueva opción para alcanzar La Moncloa más temprano que tarde.
En estos días, la realidad no hizo más que corroborar los argumentos de Iglesias y del partido que pergeñó, Podemos. Es que el gobierno de Mariano Rajoy sacó a subasta el Catalunya Banc, la ex Caixa Catalunya quebrada en 2011 y a la que el estado le inyectó fondos por 12,6 mil millones de euros para que no se fuera a pique definitivamente. Con el argumento de que «nada de lo que deba ser privado quedará en manos del Estado», como dijera algún ex funcionario menemista, se sacó a la venta el paquete nacionalizado. ¿La mejor oferta? Del BBVA, que prometió 1100 millones de euros, bastante más que sus competidores inmediatos pero muy por debajo de los 2500 millones de patrimonio neto que mantiene la entidad. Con lo cual la sociedad española pierde 11,6 mil millones, el equivalente a los recortes en sanidad y educación que forzó el PP para reducir el déficit presupuestario.
El problema financiero no se reduce sólo a España, ya que por estas horas el dueño de un banco portugués fue detenido en el marco de una investigación por blanqueo de capitales. Ricardo Salgado dirigió el banco Espirito Santo –por la familia propietaria– en los últimos 22 años y aparece en medio del escándalo por el giro de fondos provenientes de la institución hacia negocios oscuros tanto en Portugal como en Estados Unidos. Para evitar una corrida, las autoridades económicas habían decretado hace diez días un corralito para sus clientes.
Ese nuevo escenario que reclama Iglesias para España es el mismo por el que los países de esta parte del mundo bregan, con suerte dispar, desde hace diez años. La creación de instancias paralelas y hasta opuestas a los organismos que desde el fin de la Segunda Guerra mundial vienen gobernando el planeta tuvo un notorio avance desde la llegada de Hugo Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner al poder, a principios del milenio.
La derecha regional, que para sobrevivir no tiene otra que alinearse con los «poderes constituidos» –léase el establishment proestadounidense– intenta por todos los medios poner freno a estos avances. Lo logró en parte con la creación de la Alianza del Pacífico. Pero se le escapa con la Unasur, Celac y también con los BRICS, que tienen una pata asentada en Brasil. Un golpe fuerte contra la unidad fue el derrocamiento del paraguayo Fernando Lugo. Y otro muy poderoso, de consecuencias aún impredecibles, es la arremetida de los fondos buitres contra Argentina en tribunales neoyorquinos. Un juicio punitivo contra la rebeldía de una nación que se opone a los poderes establecidos. Con lo que despierta afinidades y simpatías muy proclives a fomentar esos nuevos escenarios de los que se hablaba.
Es interesante detectar a quiénes incomoda la posición que sostiene el gobierno argentino, sobre todo fronteras adentro. Más allá de que algunos puedan ser socios locales de los buitres, lo que les preocupa no es tanto una cuestión de plata –si esperaron una década para llegar hasta acá bien pueden aguardar otros diez años– sino de obediencia a la ley dictada por el amo. Fue claro el semanario británico The Economist al comparar a la Argentina con el uruguayo Luis Suárez. A ambos los acusan de no querer respetar las reglas. La cuestión es ¿reglas dictadas por quién y en qué contexto? De eso se trata el Juego de los Tronos.
La que fue más clara quizás haya sido la diputada Elisa Carrió. Luego de protestar ante la posibilidad de caer en default, la chaqueña despotricó contra la «malvinización» de la pelea con los holdouts. Según su óptica, la Argentina debería mostrarse sumisa a los cánones para lograr mejores condiciones, algo que la realidad desde el menemato a esta parte se demostró falso de toda falsedad.
Se entiende que la ex radical tenga prurito en formar parte de un país al que se pueda abochornar por ser un deudor. Que incluso se avergüence de que los argentinos seamos de lo peor de la cuadra por la supuesta despreocupación de funcionarios y consejeros ante semejante catástrofe.»
Pero si estos pudorosos críticos buscaran información histórica descubrirían que ningún país estuvo a salvo de crisis como la que asolaron Argentina en el 2001 –y sus consecuencias actuales– y que además, el país ni siquiera es el que más veces pasó por crisis financieras de esta magnitud.
Así lo refleja una producción de la BBC firmada por Mark Sietz con el explícito título de «¿Cuáles son los peores deudores de la historia?» En esta lista figura en primer lugar España, con 14 defaults, seguida por Venezuela, Ecuador con 11 y, Brasil con 10. Entre los peores que la Argentina, que computa siete reestructuraciones, están Francia, Alemania, México y Chile, entre otros. Con siete «convocatorias de acreedores» figuran también Portugal, Colombia y Uruguay, mientras que Estados Unidos, Rusia y Grecia aparecen con seis, junto con el desaparecido imperio austrohúngaro.
Podría recordarse que a las crisis de Alemania se les suma la situación de Prusia, Hesse, Schleswig-Holstein y Westfalia, que se integraron al Reich a fines del siglo XIX. Por otro lado, Berlín terminó de pagar las indemnizaciones de la Primera Guerra Mundial, establecidas en el tratado de Versailles, el 3 de octubre de 2010. Cierto que esa es otra historia. Pero por lo que parece, para Lilita Carrió mantiene su vigencia, porque la legisladora arremetió contra la visita del presidente ruso Vladimir Putin, a quien califica como «el más perverso de los líderes mundiales» y lo acusó de estar desarrollando «una estrategia de dominación de todo Occidente». Es que, para Carrió, «volver a cometer el error de la segunda guerra sería trágico, hoy debemos conducir a la Argentina a la paz».
Para la derecha gorila, la única explicación para la pérdida de influencia del país desde la década del 40 sería el persistente populismo peronista pero, sobre todo, haber mantenido la neutralidad con la Alemania nazi, lo que según esta visión del mundo, hizo perder los favores del imperio, que desde entonces apoya el desarrollo del Brasil, que envió un batallón para combatir en Europa. Algo así piensa la derecha brasileña, que ya prometió en boca de dos de sus candidatos, Eduardo Campos y Aécio Neves, que en caso de ganar las elecciones de octubre romperán con el «eje Mercosur-Unasur» para acercarse a la AP.
«Podemos elegirnos a nosotros mismos como buenos al modo de Ned Stark (el Señor de Invernalia en la serie, según describe Iglesias), o como la Khaleesi (Daenerys Targaryen, la heredera de la Casa Targaryen en busca recuperar el trono perdido), podemos aspirar a que todos puedan tener una vida que merezca la pena ser vivida.»
De eso se trata.
Tiempo Argentino, 25 de Julio de 2014
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