La elección de este domingo se terminó convirtiendo en un plebiscito sobre la gestión del primer Gobierno libertario en la historia argentina y una bisagra hacia el futuro del país. No tanto por imposición de los sectores de la oposición como por el propio oficialismo, un poco por errores propios y otro por estrategias contradictorias en distritos clave y en la marcha de la economía. Como sea, esta convocatoria presenta algunas características disruptivas: será la primera vez que se vote con Boleta Única de Papel (BUP) y quién sabe si no será la última, habida cuenta del embrollo que se registra cuando un candidato deja de estar en la lista por razones políticas y la permanencia de su imagen puede ser «piantavotos». Por otro lado, este domingo se verá qué tanto complica ese tipo de novedad a la hora de emitir los sufragios y al momento de contarlos. Quizás se descubra que lo viejo puede funcionar mejor.
Pero esa no será la particularidad más descollante de este 26 de octubre. Estas elecciones llegan en medio de una profunda crisis de gestión, con un Gobierno que debió recurrir a los salvavidas –por momentos enmarañados– de la Casa Blanca. Una ayuda de la que se terminará de revelar su utilidad con los números que arrojen las urnas, es decir, desde el lunes.
Si bien la influencia estadounidense directa o indirecta siempre tuvo lugar en elecciones argentinas, nunca fue tan explícita ni desembozada como en esta ocasión. Baste decir que lo sustancial de la «ayuda» que vendría del norte, y de la que no se conocen detalles, está condicionada por el resultado del comicio, según especificó claramente el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y detalló crudamente Donald Trump. Como el «sponsor» de este proceso también tiene sus problemas –el cierre en EE.UU. del Gobierno por el rechazo de los demócratas a un acuerdo presupuestario no es poca cosa–, la estrategia derivó en un posible megacrédito diseñado por bancos privados, entre los que descuella el JP Morgan, que no por casualidad celebró en Buenos Aires una cumbre de sus principales dirigentes, con el CEO de la banca más grande del continente y hombre fuerte de Wall Street, Jamie Dimon, a la cabeza.
El JP Morgan alcanzó tal influencia en el mundo que dirigentes políticos de relieve logran conchabo al terminar sus pasos por la gestión pública. «Puerta giratoria», se lo llama con acidez. «Gloriosa JP», dice algún viejo peronista con no menos mordacidad. Es el caso de dos de los visitantes de estos días, el ex primer ministro británico Tony Blair y la ex consejera de Seguridad, y luego secretaria de Estado, Condoleezza Rice, que se sumaron a un cónclave en el Teatro Colon con el expresidente Mauricio Macri y los titulares de los mayores grupos económicos nacionales, eso que se conoce como «Círculo rojo». Dato: Rice y Blair fueron partícipes necesarios de la invasión de EE.UU. a Irak en 2003 en busca de «armas de destrucción masiva» que jamás aparecieron y ahora tienen lugarcitos en el directorio del megabanco.
En la Argentina, la cúpula del Ministerio de Economía (Luis Caputo; José Luis Daza, su vice) y el Banco Central (Santiago Bausili y su vice, Vladimir Werning) son ex JP Morgan. Otro hombre de ese selecto equipo financiero, como Pablo Quirno, pasó de Economía a la Cancillería tras la intempestiva renuncia de Gerardo Werthein. Toda una señal sobre un estado de cosas en una campaña electoral.
Milei ya había adelantado lo obvio: que luego del 26 habría cambios en el gabinete. Algunos, como el caso de Patricia Bullrich y Luis Petri, porque se candidatean en CABA y Mendoza respectivamente y se sabía que lo de ellos no sería testimonial. Otros, por el desgaste de una gestión complicada, la necesidad de oxigenar lo que queda de mandato y de tejer alianzas de gobernabilidad según como caigan las fichas este domingo. Se especulaba que Luis Caputo se iría del Gobierno y también que habría cambios en Justicia. Chisporroteos entre el otro Caputo, Santiago, y el ministro de Relaciones Exteriores hacían presumir que allí también habría cambios. Lo mismo se supone con el cargo de Guillermo Francos en la jefatura de Gabinete. Pero Werthein decidió dar un portazo el miércoles y horas más tarde Mariano Cúneo Libarona dijo que esta vaciando los cajones de su escritorio. Algo quisieron decir.
Todos los números Más allá de previsiones sobre posibles resultados que nunca conviene tomar en serio, dados los gruesos errores en los últimos sondeos preelectorales, el domingo a la noche se comprobará nuevamente que la matemática no es una ciencia tan exacta. Porque según cómo se presenten los guarismos, todos podrán mostrar un triunfo. La polarización existe, y es entre LLA con sus socios locales en cada provincia y el peronismo, con sus distintas variaciones distritales. Nada indica que un tercero en discordia –como las diversas marcas de Provincias Unidas– pueda hacer cosquillas a nivel nacional. Milei dijo que se conformaría con lograr un tercio de legisladores para poder transitar aceitadamente el resto de su período. Y se lanzó aceleradamente a presentar como ejes para lo que vendrá a las reformas laboral, impositiva y previsional, «reformas de segunda generación» las denominó, mientras su ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, avisó que va por un decreto 70 Bis. Pero todos advierten que una de las claves estará en el ausentismo, que fue creciendo en las elecciones adelantadas que hubo en el interior, en CABA y en la provincia de Buenos Aires. Se entiende que quienes eligieron quedarse en casa eran votantes del oficialismo, mayoritariamente jóvenes, y desde la Casa Rosada instan con insistencia a acudir a las urnas. Según la Cámara Nacional Electoral, hay 1.139.315 jóvenes de entre 16 y 17 años habilitados para ir a las urnas por primera vez, un 3,2% del padrón. En total, son 36.477.204 los ciudadanos empadronados para este domingo. Se renueva la mitad de la Cámara Baja nacional y un tercio del Senado. En total van a consulta 127 bancas de diputados nacionales y los puesto de senador por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Chaco, Entre Ríos, Neuquén, Río Negro, Salta y Tierra del Fuego. En Santiago del Estero, además, se elegirá gobernador y legisladores provinciales y municipales.
En Diputados, el peronismo –que tiene 98 bancas– arriesga 46, mientras que en el Senado disputa 15 de 34 lugares. El PRO tiene 35 curules en diputados y debe renovar 21, y en la Cámara Alta expone dos de siete senadores. Algunos de sus representantes ahora van en la alianza con LLA, como quien quedó en primer lugar en la lista, Diego Santilli. El recuento de amigos del Gobierno será intrincado. Donde habrá más incertidumbre es en la UCR, que saca a la cancha 11 de 14 diputados. LLA llega a los comicios con apenas ocho de sus 39 bancas de diputados en juego y ninguna en el Senado, por lo tanto, seguramente engrosará su bloque actual de 37 y 6 bancas respectivamente. Es en la cámara alta donde más arriesga Fuerza Patria, o el peronismo como principal fuerza de oposición. Son 15 los puestos que renueva y difícilmente logre revalidar a todos.
De todas maneras, la inédita colaboración de la Casa Blanca con Milei y de los popes de Wall Street junto a los «dueños de la Argentina» revelan que hay mucho más en juego este domingo que solo lugares en el Congreso nacional o la gobernabilidad de un presidente. Los porotos definirán qué país se dibujará desde el lunes 27. Y en ese sentido, verdaderamente estamos ante una elección crucial.
Una característica de Donald Trump y en general de los ultraderechistas que pululan por estos días es su poco apego a la verdad y, por extensión, a las palabras. Y así como un día dicen una cosa, se pueden desdecir sin la menor vergüenza, una definición que no figura en ninguno de sus diccionarios. Habrá que reconocérsele al actual presidente de Estados Unidos, sin embargo, que en junio de 2023 sí había sido sincero al explicar por qué acusaba a Joe Biden de ser blando en el Caribe. “Cuando me fui (enero de 2021), Venezuela estaba a punto de colapsar. Nos hubiéramos apoderado de ella, nos hubiéramos quedado con todo ese petróleo”, dijo en una conferencia de prensa en Carolina del Norte.
Ahora, en cambio, de la mano de su secretario de Estado, Marco Rubio, apela a la retórica tradicional de EE UU y no solo condena a la cúpula del gobierno bolivariano -sin pruebas- de liderar un cartel de la droga, sino que inició una ofensiva contra barquitos a los que imputa servir para el tráfico de narcóticos a Estados Unidos. Por si fuera poco, declaró haber autorizado a que la CIA realice operaciones encubiertas contra las autoridades venezolanas. Como si hubieran hecho algo diferente en América latina a lo largo de toda su existencia.
La última: haciéndose eco de un artículo del The New York Times donde se afirma que los más altos funcionarios de Venezuela acercaron la propuesta de alejar a Nicolás Maduro del poder y establecer nuevos acuerdos comerciales entre Caracas y Washington, Trump se pavoneó de que “Maduro ha ofrecido todo porque no quiere joder a EE UU”. Mientras tanto, ya sumarían 27 las víctimas de los ataques de la principal armada del planeta contra lanchones indefensos en el Mar Caribe.
Para tener una idea del escenario en que esto se desarrolla, digamos que el presidente colombiano, Gustavo Petro, se convirtió en uno de los más lúcidos en plantear el rechazo a una posible intervención militar como la que viene amenazando el empresario inmobiliario. “EE UU no combate al narcotráfico en el Caribe. Trata de robarse el petróleo de Venezuela a costa de la vida de inocentes, como los pescadores de Trinidad y Tobago o incluso colombianos asesinados por los gringos”, declaró. Petro sostiene, con una dosis de realismo impecable, que los argumentos contra Maduro son tan falaces como los que se usaron contra los jefes de estado de Irak y Libia, donde dejaron países arrasados para extraer el petróleo sin trabas. Lula da Silva también se opone a cualquier tipo de operación contra Caracas. «Ningún presidente de otro país puede opinar cómo va a ser Venezuela o Cuba», dijo el líder brasileño en un acto del Partido de los Trabajadores. Algo similar expresó la mexicana Claudia Scheinbaum.
La recién designada Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, también mostró claramente sus cartas estos días. En un video con Donald Trump Junior, el primogénito presidencial, la flamante Nobel promete: “vamos a darle una patada el gobierno y privatizar todo. Olvídense de Arabia Saudita, tenemos más petróleo, gas, minerales, tierras, tecnología, a horas de EE UU”. Esto tal vez haga olvidar a Trump padre el disgusto que tiene por haberle birlado el galardón que tanto apreciaba. Otra de la opositora: felicitó al primer ministro israelí, Benjamin Netanytahu, por «sus decisivas acciones en el transcurso de la guerra» en la Franja de Gaza. La información surge del gobierno de Israel y es la respuesta al mensaje de felicitación de que el primer ministro le enviara cuando se anunció el premio. El tema Venezuela es tan intrincado que el Partido Popular de España, que desde siempre usa el nombre del país a modo de latiguillo-sinónimo de lo peor, busca congraciarse de la designación, olvidando que Machado suele hablar en videoconferencia y reconocerse en Vox, el partido ultraderechista.
Pero la operación militar contra Venezuela tampoco parece caer del todo bien en el Pentágono. Así, el Jefe del Comando Sur, el almirante Alvin Holsey, anunció su renuncia tras poco menos de un año en el cargo. También según el New York Times, el hombre decidió acogerse al retiro en desacuerdo con el cariz que están tomando las cosas en el Caribe y en rechazo a las directivas que el secretario de Guerra, Pete Hegseth, les disparó el 1 de octubre a todos los altos mandos. Ni lerdo ni perezoso, Petro le ofreció trabajo. «Me gustaría que me asesorara en temas contemporáneos que llenan, de nuevo, de esclavitud el Caribe. Mafias, como piratas, se apoderan de sus islas, controlan pueblos, asesinan. Quiero liberar el Caribe de las mafias y creo que la asesoría del almirante, sería bienvenida», dijo. «
La visita de Javier Milei a la Casa Blanca dejó la vergonzosa sensación de que el país está en manos de un grupo de enajenados dispuesto a entregar el país por un puñado de dólares para aguantar hasta el 26-O y que el diablo nos lleve. O, peor aún, que todo sí está saliendo de acuerdo al plan, pero que el plan siempre fue convertir a la Argentina en un protectorado. Y que cada paso no fuera otra cosa que la consecuencia de un plan fríamente calculado para el coloniaje, como de alguna manera deslizó Carlos Heller, diputado y columnista de este diario.
En cualquier caso, no habría que caratular al presidente como un loquito suelto. Como se dice en Hamlet, hay método en esa locura. Un método nocivo para el país, pero método al fin.
A poco de aterrizar, entrevistado por Eduardo Feinmann en el canal A24, el mandatario explicó lo que entiende por estrategia geopolítica.
“Dije (en la campaña) que iba a ser aliado de EE UU y de Israel y eso hice”.
“Somos un aliado incondicional de EE UU, es una cuestión de ordenamiento geopolítico”.
“Trump vino a poner en orden una cosa que estaba totalmente desequilibrada”.
“Ese mundo va a tener bloques. Un bloque es el que está alineado con EE UU, otro va a estar alineado con China y el otro con Rusia”.
“Los aliados son esos con los que usted sabe que va a contar siempre. Ellos deciden quiénes son sus aliados. Esa es la parte que ellos (los críticos) no entienden”.
Ahora vayamos a lo finito: esa es la geopolítica de Trump y explica cómo se mueve el presidente estadounidense, pero no implica que sea un análisis certero ni mucho menos adecuado para nuestro país. El empresario inmobiliario busca romper la alianza que sellaron Vladimir Putin y Xi Jinping y Beijing el 5 de febrero de 2022 en los juegos Olímpicos de Invierno de Bejing, 19 días antes del inicio de la operación militar en Ucrania. Si no impedir la sociedad de Rusia-China fue un error de Joe Biden, como cuestiona Trump, su voluntad no será suficiente. Sobre todo porque los estadounidenses no se caracterizan por cumplir los acuerdos que firma. Sino jamás se hubiese llegado a esta guerra.
La otra parte de la geopolítica de Milei es su férrea amalgama con el pensamiento de los paleolibertarios argentinos, que se disemina desde el patriarca de los Benegas Lynch, el primer Alberto, que trajo al país las ideas de la Escuela austríaca. Ese ALB es abuelo de Berty y padre del fundador de la ESEADE, la «academia» que le otorgó el título honorífico del que el presidente quiere jactarse como si hubiera sido fruto de una sesuda tesis de investigación.
Ese espacio considera que los militares de los ’40, con Perón a la cabeza, eran pro nazis y en lugar de hacer como Brasil, que envió tropas a favor de los aliados, esperó hasta lo último para declarar la guerra a Alemania. Así explican que Brasil despegó por el apoyo estadounidense. Que claro que existió.
Esos paleolibertarios están convencidos de que ese pecado capital impidió que Argentina fuera como Australia o Canadá. Pero que no digan que no se intentó: el tratado Roca-Runciman de 1933 convirtió al país, como dijo el entonces vicepresidente, Julio Argentino Roca hijo, “desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico». La dictadura también lo intentó, enviando expertos en aberraciones a hacer el trabajo sucio por EE UU en sus guerras contrarrevolucionarias en Centroamérica. ¿Se acuerdan cómo terminó la historia en Malvinas?
Si no fuera que el destino de los 45 millones de argentinos está entre las bambalinas, el encuentro de este martes de Javier Milei con el presidente Donald Trump daría para un triste paso de comedia. Con un personaje lisonjeado hasta la exuberancia por un servidor sumiso que no alcanza a conmoverlo y al que humilla con displicencia. O vendedores de ilusiones que prometían volver con la gloria y el oro y ni siquiera recibieron palmaditas de consuelo. A tal punto llegó el dislate en la Casa Blanca que bastó que el cansado anfitrión dijera que habría plata para las desesperadas arcas del Gobierno nacional solo si ganaba las elecciones para que se desplomaran las acciones, subieran el dólar y el riesgo país y se reavivara la amenaza de peores calamidades sobre el experimento paleolibertario. Tanto fue el descalabro en los mercados que hubo todo tipo de interpretaciones retorcidas y pedidos de aclaraciones particularmente angustiosos para sofocar el vendaval que se desató en lo que se pregonaba como una marcha triunfal hacia el 26 de octubre gracias a la inestimable ayuda del hermano mayor.
Pero vayamos al contexto. La gestión económica de Milei tuvo que pedir un tercer rescate en seis meses, esta vez, de la ultimísima instancia que le quedaba: Estados Unidos. Sin embargo, a buen puerto fue por agua, justo cuando la administración Trump atraviesa el cierre del Gobierno por esa cuestión del Presupuesto que la oposición remolonea en aprobar. El destiempo fue otra característica de lo que prometía ser el Día D ‒así lo promovía el ministro Luis Caputo‒ para el colega ultraderechista de Trump. Porque el mandatario estadounidense venía de haber juntado las cabezas de los líderes regionales en el balneario egipcio de Sharm el Sheij para la firma de un acuerdo de cese el fuego entre Hamas e Israel. Y el hombre ya tiene sus años. En concreto: NSAP (Nada Salió de Acuerdo al Plan).
Quizás el cansancio le jugó una mala pasada o quizás Trump nunca terminó de entender qué es Argentina ni dónde queda. El caso es que en esa mesa, en la que de un lado estaba la plana mayor del Gobierno trumpista y del otro los funcionarios argentinos, al menos dos veces el anfitrión se mostró convencido de que las elecciones que se avecinan en el extremo sur del continente son presidenciales. Así, alabó la gestión de su aliado ultraderechista, del que afirmó: «El trabajo que hizo en estos cuatro años es increíble». Lo que despertó ironías sobre un supuesto elogio al tramo final de Alberto Fernández.
Inesperado elogio de Trump a los últimos dos años de gestión de Alberto Fernández pic.twitter.com/GhAJx2MpLn
Lo insólito fue que el desplome de los mercados se produjo en tiempo real, mientras Trump insistía en una amenaza ni siquiera solapada contra los ciudadanos argentinos, a los que les avisó que si votaban mal, como quien dice se irían a la cama sin postre. Para que no quedaran dudas usó un ejemplo local, el del candidato a alcalde de Nueva York, Zohran Mandami, al que dijo que tampoco ayudaría si resultara electo. «Si Milei pierde, no seremos generosos con Argentina. No vamos a perder el tiempo», concretó, lapidario, en ese tono que Trump suele usar para quienes ningunea.
Ese mal trago despertó feroces internas dentro del propio Gobierno y lastimosos intentos de la ministra Patricia Bullrich y de Caputo para explicar que lo que se dijo no era lo que todo el mundo entendió, y que el mandatario no hablaba del 26 de octubre sino de 2027. Hasta hubo un reclamo al propio Trump para que explicara la cosa. Las bolsas ya habían hablado el martes, había que prepararse para el miércoles. En su red Truth Social, esta fue la aclaración del presidente estadounidense: «¡Excelente reunión la de hoy con Javier Milei! Está haciendo lo correcto para su país. Espero que el pueblo argentino comprenda el excelente trabajo que está haciendo y lo apoye durante las próximas elecciones intermedias, para que podamos seguir ayudándolo a alcanzar el increíble potencial de Argentina. Javier Milei tiene mi total apoyo. No los defraudará. ¡Hagamos que Argentina vuelva a ser grande!». Pero de plata o acuerdos comerciales, nada.
Quizás a Luis Caputo, que estuvo una semana en Estados Unidos presuntamente negociando un gran acuerdo salvador, la dura realidad lo hizo quedar en falsa escuadra. Y el presidente terminó envuelto en un desaguisado por el que uno de los trols pagos con dinero público, que firma como Gordo Dan, culpó al canciller Gerardo Werthein. Pero el ministro de Economía no fue el único que vendió la piel antes de cazar al oso. El desregulador Federico Sturzenegger había pronosticado horas antes del encuentro «un acuerdo comercial bastante inédito dentro de los Estados Unidos que va a permitir a ciertos sectores de nuestra economía tener un acceso privilegiado al mercado norteamericano». ¿Fue un error de diagnóstico el que llevó al papelón en el almuerzo presidencial? Porque el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ya había dicho que el swap de 20.000 millones de dólares vendría después del 26 de octubre, lo que a buen entendedor implicaba que en Washington orejean las cartas hasta ver cómo caen las fichas. Eso no cambió. Lo otro que sigue inmutable es que sea cual sea el resultado, «los dueños de la pelota» quieren un amplio acuerdo de sustentabilidad política para la reforma impositiva, laboral y previsional que pretenden imponer a como dé lugar. Así aparece en el juego un oscuro lobista estadounidense, Barry Bennett, que trabaja con un no menos oscuro personaje ligado a lo servicios argentinos, Leonardo Scatturice. De este modo los presenta el periodista Marcelo Falak en el portal Letra P.
El lunes Carlos Pagni había contado en el canal La Nación+ que Bennet se había reunido con tres diputados que, se supone, pueden mover los hilos en el Congreso para esa sustentabilidad que el Gobierno de Milei no buscó hasta ahora y no logrará por sí solo: Cristian Ritondo, Rodrigo de Loredo y Miguel Ángel Pichetto. Dignos representantes, cada uno de ellos, de eso que el presidente calificaba de «casta» y que eventualmente podrían salvarle los papeles. Que cada vez están más devaluados por los dislates cotidianos del Gobierno.
Comentarios recientes