por Alberto López Girondo | Feb 21, 2015 | Sin categoría
En un contexto regional altamente complejo, no viene mal una mirada geopolítica de lo que ocurre en el sur del continente, desde Venezuela, pasando por Brasil y Argentina. «Estamos viviendo un cambio de época», dice Miguel Ángel Barrios, doctor en Educación, en Ciencias Políticas, asesor del Centro de de Estudios Estratégicos para la Defensa, con una serie innumerable de artículos sobre el tema y cursos dictados para fuerzas armadas de varios países latinoamericanos. Barrios escribió uno de los capítulos de Geopolítica y estrategia suramericana, un «insumo estratégico» editado por la Universidad de las Fuerzas Armadas ecuatorianas, e impulsado por Rafael Correa.
«A nivel general podemos destacar tres o cuatro ejes –abunda Barrios– el epicentro político del mundo se ha desplazado hacia el Pacífico; en segundo lugar la crisis del petróleo como generador y motor de una economía-casino mundial; en tercer lugar: el declive relativo de los Estados Unidos y la emergencia de nuevos poderes continentales que generan un mundo multipolar y en cuarto lugar: la gran posibilidad de América Latina de a través del Mercosur, de la Unasur, y de la CELAC de materializar la Patria Grande por la cual lucharon nuestros libertadores».
–¿Cuáles deberían ser las hipótesis de conflicto en el marco de la Unasur?
–En principio hay una Escuela de Defensa que todavía está en etapa de elaboración de programas. A eso apunta el libro. Lo concreto es la guerra por los recursos: tenemos que generar hipótesis de confluencia. Estados Unidos viene avanzando y muy fuertemente con el apoyo de Canadá, inclusive de México, en querer policializar a las fuerzas armadas para crear una conjunción entre Defensa Nacional y Seguridad Interior. Hoy el peligro es a categorizar a cada uno de nuestros países como «estados fallidos»; áreas sin gobierno, áreas afectadas por catástrofes naturales para instalarse allí a través de misiones humanitarias o de ONG, para ir realizando lo que siempre ha hecho Estados Unidos, dividir para reinar. Porque ellos necesitan tranquilidad en el «patio trasero» para apostar todas sus fuerzas en Eurasia, donde se juega el poder mundial en la lógica de ellos.
–¿Cómo entra en este análisis la reanudación de relaciones de Estados Unidos con Cuba?
–Yo pienso que es un punto de inflexión. (Barack) Obama ve que no hay otra posibilidad que ante la presión interna y el lobby externo del empresariado norteamericano negociar con Cuba para levantar el bloqueo. Cuba está ante una gran oportunidad histórica de volver a Martí. Eso implica la latinoamericanización de Cuba. Ya hemos visto que Cuba ha presidido la CELAC, está participando activamente en las negociaciones de paz con las FARC. Es decir que Cuba, luego de la caída de la Unión Soviética y tras la muerte de Hugo Chávez, tiene la posibilidad de reinsertarse como siempre lo fue en la Patria Grande, siendo éste un hecho paradigmático de la nueva política internacional. Esto a Cuba y exige a los latinoamericanos a un reencuentro histórico, por eso la figura de Martí cobra una gran importancia. Porque Martí ha sido el último libertador de América Latina y el primero que anuncia la emergencia del poder norteamericano en 1895.
–Usted dio cursos en Venezuela para miembros de las Fuerzas Armadas. ¿Cómo ve la situación allá?
–La situación es preocupante porque Venezuela es la frontera real con Estados Unidos. Venezuela tiene una particularidad geopolítica única: es latinoamericana, es sudamericana y es caribeña simultáneamente. Y el que descubrió eso fue Chávez. Hay un saboteo permanente a través de los paramilitares vinculados a Uribe y de los grupos económicos vinculados a los Estados Unidos contra el gobierno. Es una provocación activa, lo que se está tratando de realizar en Venezuela es un golpe blando, para ir luego contra Brasil y contra el Río de la Plata. La muerte de Chávez produjo gran vacío, pero al mismo tiempo hay que destacar la unidad entre Fuerzas Armadas y pueblo a través de algo que acá todavía nos cuesta entender, pero que en Venezuela es cotidiano como es el concepto de la Defensa Integral. Hay cinco componentes: el Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada, la Guardia Nacional –que vendría a ser la Gendarmería– y las Milicias Populares. Por supuesto que se vive una crisis económica que no podemos dejar de reconocer y hay un problema de formación de precios de los grandes monopolios, pero al mismo tiempo decir que Venezuela se está cayendo a pedazos es una difamación tremenda.
–El gobierno de Dilma Rousseff en Brasil está sufriendo embates mediáticos y judiciales.
–El resultado de la segunda vuelta mostró que en Brasil todavía hay fuerzas que históricamente no están compenetrados con la visión de integración. Si ganaba la oposición, el Mercosur quedaba destruido. Llama poderosamente la atención que una vez que ganó Dilma, de un hecho de corrupción que pudo haber existido en Petrobras hacen un problema de política mundial. Evidentemente es un ataque sincronizado que está habiendo contra América Latina en el cual no es ajeno también el gobierno argentino, independientemente de que hay que diferenciar la causa AMIA y la muerte de Nisman de la cual, por supuesto, todos nuestros dolores y condolencias. Pero evidentemente, como está comprobado a través de Wikileaks, Nisman respondía a las directivas de la Embajada de los EE UU, entonces todo aparece como un movimiento sincronizado de ataque hacia América Latina del que estar muy atento, que empezó en Venezuela. Tiene que ver con la doctrina del general Gene Sharp, quien ha escrito un libro sobre cómo ir generando procesos de desestabilización a partir de generar incredulidad en el sistema político, saboteando el sistema político, no a través de los golpes de Estado clásicos sino de lo que se llama «golpe blando». Hay un movimiento sincronizado del imperio. Lo dijo John Kerry el año pasado en la comisión de relaciones exteriores de la Cámara de Senadores: «América Latina debe ser el patio trasero nuevamente de los Estados Unidos». No se debe escapar nuevamente como ocurrió con los procesos de integración de Unasur.
–¿Cómo se implementaría ese proyecto?
–El 6 de febrero pasado la Casa Blanca presentó su Segunda Estrategia de Seguridad Nacional (ESN). Algo menos de cinco años después de su Primera ESN, y con dos años más de presidencia, Barack Obama quiere reafirmar el papel de EE UU en un sistema-mundo en transición hacia un nuevo «orden» mundial. En 2010, los EE UU, estaban en el pantano de dos guerras perdidas: Afganistán e Irak, con una grave recesión, un desempleo que superaba el 10% y un déficit de un billón de dólares. Siguiendo las categorías del Pentágono, un Imperio fallido. En el 2015 si uno mira superficialmente se encuentra ante un EE UU supuestamente más potencializado internamente, con la reducción del déficit, con mejores cifras macroeconómicas, y la reducción del desempleo a un 5,5% actual con la creación de más de once millones de puestos de trabajo. Pero esto es un engaño geopolítico, una falsedad estratégica en la que no debemos caer, la nueva ESN reafirma la centralidad de EE UU como nación Indispensable frente a las «amenazas» mundiales. La crisis de Ucrania y la «agresión rusa» como llama el documento, es un fracaso de lo planificado en 2010, ya que allí hablan de la cooperación con Rusia, tal vez pensando en quebrar la dupla Medvedev y Putin, lo que no ocurrió. Además, la aparición de un actor en la política internacional como el Papa Francisco, latinoamericano y partidario de un sistema multipolar y de la Patria Grande como lo deja en claro en su primer Encíclica «El Evangelio de la Alegría» y la irrupción de (Alexis) Tsipras en Grecia, son la demostración elocuente de que la historia fluye, y de que no es un tablero electrónico manejado desde un comando. En esta visión multidimensional de la seguridad, el documento expresa la obsesión de no perder en ningún campo de acción, y en especial en el cibernético.
Tiempo Argentino
Febrero 21 de 2015
por Alberto López Girondo | May 16, 2014 | Sin categoría
(La ilustración es gentileza del gran Sócrates)
El portavoz de la Cancillería rusa, Alexander Lukashevich, fue bastante preciso: No hay ninguna petición de los distritos rusoparlantes que el domingo pasado aprobaron su independencia de Ucrania. «En los medios se escribe mucho sobre eso, pero oficialmente no llegó ninguna petición de ese tipo», recalcó el funcionario desde Moscú. Mientras tanto, el gobierno provisional de Kiev confirmó la realización de elecciones presidenciales el 25 de mayo, a pesar de que el este del país es una zona de conflicto a punto de estallar. ¿Qué ocurrirá en esa zona del mundo tan sensible? ¿Habrá una inminente anexión a Rusia o el presidente Vladimir Putin preferirá esperar acuerdos gasíferos con Europa y demorarse hasta que las aguas se aquieten para actuar en consecuencia? Preguntas por ahora sin una respuesta razonable.
Mientras tanto, y si bien nadie garantiza que una mirada a la historia permita prever lo que ocurrirá, al menos como ejercicio lúdico no está mal ver cómo actuaron algunas de las potencias involucradas en este entuerto en un pasado no tan remoto. Y en sus propias fronteras.
Por lo pronto, el nacimiento de Rusia está tan íntimamente vinculado con el de Ucrania que no está mal decir, a la manera de José Mujica en relación a Argentina y Uruguay, que son hijos de la misma placenta. En efecto, el que con los siglos sería uno de los territorios imperiales más extenso bajo la dinastía de los Romanov, nació en el llamado Rus de Kiev, alrededor del año 880 de nuestra era. De hecho, algunos historiadores traducen la palabra eslava «krajina», de la que derivaría Ucrania, como «región de la frontera».
La expansión rusa crece de manera asombrosa desde Iván el Terrible, a mediados de 1500, y se consolida luego del 1700 con el zar Pedro el Grande, llamado así porque realmente medía poco más de dos metros, según las crónicas. Entre esos años y en el próximo siglo los zares llegarían a administrar un territorio de más de 21 millones de kilómetros cuadrados -casi como toda Latinoamérica- que iba desde Polonia, en Europa, hasta Alaska, en América del Norte. Ya era una potencia que amenazaba las ansias imperiales de Francia y Gran Bretaña en el corazón de Europa.
La guerra de Crimea, en 1854, significó un límite inesperado para el imperio zarista, sin embargo la batalla de Sebastopol representaría un hito para la nacionalidad rusa por el valor con que tropas menos pertrechadas resistieron a los ejércitos mejor preparados de los imperios occidentales.
Las consecuencias de la contienda perdida se hicieron sentir económicamente en Moscú y esa sería una de las razones para que en 1867 el zar Alejandro II decidiera aceptar la oferta del secretario de Estado norteamericano, William Seward, de comprar Alaska por 7,2 millones de dólares de entonces.
Estados Unidos acababa de terminar la guerra civil dos años antes, y continuaba con una política expansionista que en algunos casos se desarrolló a través de la compra de territorios, como había ocurrido en 1803 con la región central del país, conocida como la Luisiana, al gobierno del propio Napoleón Bonaparte, en 15 millones de dólares. Como se escribió en otra columna, el sobrino nieto del Corso, Napoleón III, había ordenado la invasión de México en 1862 con las tropas remanentes de Crimea, en un intento por interceder y, quién sabe, tomar ventaja en medio del conflicto que devastaba a Estados Unidos desde 1860.
Con sólo haber visto un par de películas, cualquier latinoamericano sabe que la guerra civil estalló en torno del deseo de los estados sureños por mantener la esclavitud como modo de producción económica. El gran Arturo Jauretche la llamó «la guerra de las camisetas», porque decía con bastante buen tino que se luchó para determinar si el algodón cosechado en el sur iba a alimentar la industria textil del norte o terminaría en los talleres de Gran Bretaña. Lo que suele olvidarse de un modo igualmente puntilloso, es que el esclavismo había sido un problema en toda esa amplia región desde cerca de medio siglo antes.
Bajo el dominio español, Texas y Coahuila formaban un mismo territorio dependiente de México. Mayormente despoblado, hacia allí fueron a parar las tribus indígenas de comanches, kiowas y apaches, cuando los estadounidenses comenzaron a perseguirlos para colonizar Luisiana.
Hubo entonces un fenomenal crecimiento de la flamante república federal asentado en un detalle que desde estas pampas anotó Domingo Faustino Sarmiento y llegó a publicar en las polémicas con Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853.
Señala el sanjuanino que el estado central dictó leyes para la entrega gratuita de tierras a inmigrantes en las regiones incorporadas, con la salvedad de que no podían ser demasiado extensas. El promedio rondaba menos de una milla cuadrada, algo así como 260 hectáreas. Dice Sarmiento –en un texto que la oligarquía terrateniente no suele resaltar como aquel en que pedía no ahorrar sangre de indios– que la cifra «puede chocar con nuestras ideas de ocupación de tierras y división de las leguas por esa mezquindad y pequeñez de las propiedades de los Estados Unidos, pero con aquella pequeñez sabiamente calculada se aviene las riquezas pasmosa de aquel país, su rápido engrandecimiento y el acrecentamiento instantáneo de la población». Interesante reflexión que además fue escrita antes de la mal llamada «conquista del desierto».
Esta percepción sarmientina también había seducido a las autoridades españolas en la primera década del siglo XIX y a los gobiernos criollos posteriores, que para 1820 aceptaron el petitorio de un inversor estadounidense, Moses Austin, para poblar y explotar amplias extensiones en Texas en términos que se prometían tan exitosos como los del otro lado de la frontera. Su hijo Stephen sería el encargado de negociar la concesión con el gobierno mexicano del efímero emperador mexicano Agustín de Iturbe. Los colonos debían convertirse al catolicismo, hablar castellano, ser hombres probos moralmente, obtener nacionalidad mexicana y «traducir» sus nombres a su versión hispana. Cada uno recibió 1600 hectáreas y se puso manos a la obra.
Hubo un par de pequeños problemas: nunca se asimilaron realmente al mundo hispánico y para colmo, la Constitución mexicana de 1824 prohibió la esclavitud y daba libertad de vientres. Luego de ingentes esfuerzos, negociadores aceptaron cambiar el modo de contratación: en lugar de esclavitud, un contrato por 99 años. Que es lo mismo.
Como consecuencia de nuevos cambios en la situación mexicana, los colonos angloparlantes se declararon independientes en 1836, tras una breve guerra. Al mando de Antonio López de Santa Anna, las tropas mexicanas debieron enfrentar las milicias de los colonos, reforzadas con mercenarios que por paga recibían ricas y amplias parcelas. Pidieron la pronta anexión a Estados Unidos, pero en Washington interpretaron que esa medida crearía problemas con las potencias de entonces y no vieron prudente embarcarse en una nueva contienda.
No habían pasado diez años cuando fue elegido presidente James Knox Polk, un ferviente partidario de la expansión territorial hacia el Pacífico, quien asumió en 1845 con el mandato de repartirse el Oregón con Gran Bretaña y de sumar a Texas. En 1846, el Congreso aceptó el pedido de los texanos, lo que desató la guerra con México, que todavía esperaba la forma de recuperar un territorio que le pertenecía. Dos años más tarde, Estados Unidos se quedaba además con la Alta California, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. El sueño imperial se hacía realidad, aunque como parte del arreglo con Texas, el tema de la esclavitud fue barrido debajo de la alfombra.
Si de algo conocen los gobernantes rusos es de historia de su país. Saben, por lo tanto, del valor de la paciencia. Lo mismo ocurre con la dirigencia estadounidense. Desde la caída de la Unión Soviética, Moscú fue cediendo poder real y, como se sabe, en política no hay espacios vacíos. La OTAN, la Unión Europea y sobre todo Estados Unidos fueron ocupando rápidamente esos rincones.
Hace algunos meses Putin decidió que es tiempo de mostrar los dientes. El conflicto en Ucrania es, por supuesto, una jugada mucho más grande que involucra a los mismos que vienen disputando el poder mundial en los últimos dos siglos. Por un lado está Rusia, que reclama su lugar en las grandes ligas, al igual que China y la India, socios mayores del grupo BRICS junto con Brasil y Sudáfrica. Por el otro la alianza occidental, que el 6 de junio conmemora el 70 aniversario del desembarco en Normandía. Pero que antes tiene otro Día D en las europarlamentarias, cruciales para el futuro de la unidad continental.
Tiempo Argentino, 16 de Mayo de 2014
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