El 25 de diciembre de 2021 se cumplieron 30 años de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Para ese entonces, el presidente ruso, Vladimir Putin, hacía meses que venía reclamando un acuerdo amplio de convivencia en Europa. Cuatro días antes había declarado: «Es extremadamente alarmante que elementos del sistema de defensa global de EE UU se estén desplegando cerca de Rusia. Los lanzadores Mk 41, que se encuentran en Rumania y se desplegarán en Polonia, están adaptados para lanzar los misiles de ataque Tomahawk. Si esta infraestructura continúa avanzando, y si los sistemas de misiles de EE UU. y la OTAN se despliegan en Ucrania, su tiempo de vuelo a Moscú será de solo siete a diez minutos, o incluso cinco minutos para los sistemas hipersónicos. Este es un gran desafío para nosotros, para nuestra seguridad».
Desde mediados de año la situación era cada vez más tensa. El gobierno de Joe Biden había ordenado el retiro de tropas de Afganistán luego de una aventura desastrosa de 20 años y la entrega del poder a los talibán. Los mismos contra los que había combatido durante todo ese tiempo y a los que había armado y entrenado desde la década del ’80 del siglo XX ante la invasión soviética. Así como la aventura en esa nación asiática había acelerado la debacle de la URSS, no le fue mejor a los estadounidenses, que se habían enterrado con la OTAN y la anuencia de las Naciones Unidas. El orgullo estadounidense, otra vez golpeado como en Vietnam, necesitaba recuperar el discurso «excepcionalista» propio de su ADN.
Vayamos a esas tres décadas para atrás entonces. La disolución de la URSS, para muchas generaciones, era un hecho imposible. Fue, además, sorprendente que esa utopía se esfumara en tan breve tiempo.
Pero la URSS era una potencia militar de alto rango y el armamento nuclear que atesoraba no daba para que Occidente se sentara a disfrutar semejante acontecimiento sino a maniobrar la salida menos conflictiva a corto plazo. De modo que esa caída –buscada con ahínco por el mundo capitalista desde aquel lejano octubre de 1917– fue un proceso negociado con las autoridades que se fueron sucediendo en Moscú. Primero la reunificación alemana, luego el cambio de régimen en el resto de las naciones soviéticas. ¿Luego?
Mijaíl Gorbachov, ex presidente de la URSS
Foto: AFP
Mijail Gorbachov, fallecido en agosto pasado a los 91 años, quedó como un personaje controvertido para la historia de aquellos tiempos. Premio Nobel de la Paz en 1990, por haber «contribuido a la distensión» entre el este y el oeste, popularizó dos palabras en ruso: perestroika (reforma política y económica) y glasnost (transparencia). Sus críticos, en vista del resultado, lo acusan de haber sido un agente extranjero. Los que lo defienden, que intentó salvar a la URSS, sumida en una crisis interna que la dirigencia se negaba a reconocer. En concreto, el modelo colapsó y ese 25 de diciembre de 1991, tras la negativa de nueve de las 15 las repúblicas a permanecer en la Unión, Gorbachov renunció a la presidencia y se decretó el fin del mayor experimento del socialismo real de la historia. El 1 de diciembre de ese año los ucranianos habían votado mayoritariamente por la independencia.
Boris Yeltsin, el sucesor de Gorbachov, asumió como propio el discurso del libre mercado y lanzó a la ahora Federación Rusa a un viaje sin paracaídas hacia el neoliberalismo, Consenso de Washington incluido. Cerca del final de esa década comenzaría a tallar otro hombre fuerte en Moscú: Vladimir Putin, quien asumiría como presidente del gobierno (primer ministro) en agosto de 1999. En marzo, la OTANhabía aceptado la incorporación de Hungría, Polonia y República Checa, violando el compromiso de no avanzar «ni una pulgada hacia el este». *Pero la Declaración de Roma de 1991** y las incursiones del organismo militar en el Adriático desde 1992 y su responsabilidad en la sanguinaria guerra civil en Yugoslavia marcaban tendencia.
Putin había sido oficial de inteligencia y estuvo destinado a la central de la KGB de Dresde. A la caída de la URSS volvió a su Leningrado natal (ahora San Petersburgo) y decidió emprender una carrera política. En poco tiempo descolló sobre la nueva camada de dirigentes surgidos en ese período. Se carga al hombro el gobierno, formalmente en manos de un hombre enfermo como era Yeltsin, quien renuncia el 31 de diciembre.
Ya como presidente, Putin va reconstruyendo en principio, el orgullo ruso, y luego avanzó en la recuperación económica. El país había quedado devastado y sin rumbo y sus empresas más importantes en manos de camarillas en muchos casos ligados al viejo poder soviético o las ventajas de estar cerca de las nuevas dirigencias.
La Federación Rusa conserva una superficie de más de 17 millones de km2. Conviven allí ocho diferentes etnias, aunque la mayoritaria es la eslava. Las riquezas minerales son incalculables, lo que despierta la codicia de las multinacionales. Durante los distintos gobiernos de Putin, Rusia se convirtió en el principal proveedor de energía barata para un proyecto de integración con Alemania no escrito pero que se consolidó durante toda la era de Angela Merkel como canciller. De esa sociedad son los proyectos Nord Stream I y II, la tubería para el gas que alimentaba la industria alemana hasta las primeras sanciones contra Rusia luego del 24F. Fueron destruidas por un atentado en noviembre pasado.
Para los países occidentales –Europa, el Reino Unido y luego EE UU– el «oso ruso» fue tanto una amenaza como una tentación. Pretendieron invadir Rusia primero Napoleón y luego Hitler. Viejos temores y cierto racismo antieslavo generaron antiguas desconfianzas. Por el lado ruso, sin embargo, siempre existió la aspiración a ser europeos. Está en su ADN desde Pedro el Grande, en el siglo XVIII. La ciudad que hizo erigir a orillas del Báltico es un buen ejemplo.
En 2004, un nuevo desafío de la OTAN levantó quejas de Moscú, con la incorporación de siete países de siete naciones de la exórbita soviética de un saque. En 2018 quedó plasmado el viejo objetivo de desmembrar a Rusia en una hoja de ruta de la consultora del Pentágono Rand Corporation. ***
Vale la pena ver el nivel de análisis frío y especulativo de cada acción y contrastarlo no con lo que la Casa Blanca dice, sino con lo que hace. «
**Declaración de Roma: https://www.nato.int/docu/comm/49-95/c911108a.htm
***Sobreextender y desbalancear Rusia: https://www.rand.org/pubs/research_briefs/RB10014.html
Zelenski, el presidente que está solo y espera
Horas antes, Volodimir Zelenski había vuelvo a pedir a sus aliados occidentales que le cumplieran las promesas de entrega de armas y tanques a Ucrania. «La guerra iniciada por Rusia no permite demoras. Puedo agradecerles cientos de veces, pero cientos de ‘gracias’ no son cientos de tanques”, urgió el ucraniano. Pero desde Alemania, el denominado Grupo de Contacto para Ucrania decidió no suministrar los tanques «Leopard2» de fabricación alemana, que reclama Kiev. Dejó abierta, si la posibilidad de enviar más adelante sistemas de defensa antiaérea. La información la dio el secretario de Defensa de EE UU, Lloyd Austin, tras una reunión en la base de Ramstein y aseguró, además, que su país tampoco enviará tanques «Abrams».
No le sale una al presidente ucraniano que, horas antes había dudado sobre la salud de Vladimir Putin. «No sé si todavía está vivo», dijo antes de regresar a Kiev tras la reunión con líderes mundiales en Davos, quienes le dieron la espalda. Mientras el Ministerio de Defensa ruso informaba que pasaba a controlar el pueblo de Lobkove, en Zaporiyia, al sur de Ucrania.
El 24 de febrero de 2022 el presidente Vladimir Putin anuncia el inicio de una «Operación Militar Especial» con el objetivo de «proteger a las personas que han sido objeto de abusos y genocidio por parte del régimen de Kiev durante ocho años» para lo cual, agregó el mandatario ruso «nos esforzaremos por desmilitarizar y desnazificar Ucrania y también para llevar ante la justicia a quienes han cometido numerosos y sangrientos crímenes contra la población civil, incluidos los ciudadanos de la Federación de Rusia».
Pasaron diez meses y medio y si algo queda claro es que el 24F será recordado como el día en que los cambios geopolíticos que se venían macerando en el mundo ingresaron en el punto de no retorno. Caben pocas dudas de que Europa es el escenario de una disputa global en el que el bloque de la OTAN pone las armas y ucranianos y rusos, la sangre.
Tampoco deberían quedar dudas de que no se trata una puja entre democracias y autocracias, o civilización y barbarie. Hay presentes y futuros pero también mucho pasado puesto en juego. No se trata de una región naturalmente pacífica que repentinamente se ve envuelta en una contienda sin sentido. Hay siglos de enfrentamientos y en el caso de Ucrania y Rusia, Kiev y Moscú, un componente de identidad nacional que se hunde en los orígenes de los pueblos eslavos.
Sin un orden cronológico demasiado estricto, intentaremos desde estas páginas aportar elementos para tener en consideración a la hora de analizar lo que sucede en esa parte del mundo. Habida cuenta de que quizás en esos campos de batalla se está decidiendo la suerte de la humanidad. Desde la crisis de los misiles entre Estados Unidos y la Unión Soviética, hace seis décadas, no se vivía una tensión como la de estos meses ante la posibilidad de una guerra nuclear. Es que iniciar una guerra es relativamente fácil, resulta complicado terminarla, pero es imposible evitar sus consecuencias. Sobre todo cuando se enfrentan potencias atómicas.
Pero hagamos andar el reloj hacia atrás y podremos ver que veinte días antes de que tropas cruzaran las fronteras, Putin y el presidente chino Xi Jinping habían firmado un Acuerdo de Amistad que fue presentado en la inauguración de los XXIV Juegos Olímpicos de Invierno en Beijing. Un certamen que había sido prolijamente boicoteado por la administración de Joe Biden con el argumento de «el genocidio y el crimen contra la humanidad que está llevando a cabo la República Popular China en Xinjiang y otros abusos de los Derechos Humanos».
El documento que firman Putin y Xi* dice que las relaciones internacionales están ingresando en una «nueva era de rápido desarrollo y profunda transformación». Y pone el acento en el inminente rediseño del mundo. De tal manera que al lema de la Casa Blanca para justificar sus puntos de vista sobre respetar «el orden internacional basado en reglas», el documento chino-ruso habla de «defender el orden mundial basado en el derecho internacional, incluidos los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas». Xi y Putin cuestionan el propósito de Estados Unidos de arrogarse el derecho de fijar unilateralmente las reglas y obligar a respetarlas manu militari. Por eso, sostienen su observancia de los valores de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Pero le quitan entidad a la interpretación que les da Occidente. «Una nación puede elegir las formas y métodos de implementar la democracia que mejor se adapten a su estado particular, en función de su sistema social y político, sus antecedentes históricos, tradiciones y características culturales únicas. Corresponde únicamente al pueblo de cada país decidir si su Estado es democrático».
El documento se extiende sobre el medio ambiente y el rol que a cada una de ambas potencias cree que le cabe en el mundo. Pero lo más sustancial es que tras la caída de la URSS, es el primer desafío explícito a Washington y sus aliados de la OTAN.
Cuatro meses antes, el 15 de septiembre de 2021, Estados Unidos, el Reino Unido y Australia anunciaron la creación del AUKUS**, una alianza militar destinada al control y la vigilancia de la región Indo-Pacífico. «Como primera iniciativa bajo AUKUS, reconociendo nuestra tradición común como democracias marítimas, nos comprometemos con la ambición compartida de apoyar a Australia en la adquisición de submarinos de propulsión nuclear para la Marina Real Australiana», dice el texto, que generó la indignación de Francia, que había firmado un contrato multimillonario para la venta de artefactos similares elaborados en país galo con las autoridades australianas.
Dos semanas antes, el 31 de agosto, Estados Unidos había retirado sus últimos representantes en Kabul, un momento caótico que hizo recordar la derrota en Vietnam en 1975. Invadido por fuerzas estadounidenses y de la OTAN en 2003, Afganistán ya había significado el inicio del fin de la Unión Soviética. Continuará. «
*Versión en inglés del documento según el Kremlin.http://en.kremlin.ru/supplement/5770
**Texto original del AUKUS según la Casa Blanca. https://www.whitehouse.gov/briefing-room/statements-releases/2021/09/15/joint-leaders-statement-on-aukus
Navidad en medio de la batalla
Rusos y ucranianos celebraron la Navidad ortodoxa enfrentados en lo que seguramente es la batalla más sangrienta desde que se desató la guerra, la de Bajmut, la ciudad de Donetsk por la que disputan desde hace meses Kiev y Moscú. El presidente Vladimir Putin había decretado un alto el fuego unilateral para la celebración cristiana, pero desde el otro lado respondieron que no le creían y que no iban a cesar las hostilidades. AFP registró bombardeos a lo largo de la mañana de este sábado, dice la agencia francesa.
Putin asistió solo a la misa en una iglesia del Kremlin la medianoche del viernes y felicitó a los cristianos ortodoxos tras indicar que este día inspira «buenas acciones y aspiraciones». Por la parte ucraniana, cientos de fieles asistieron a una misa histórica en el célebre monasterio de las Cuevas de Kiev, que antes dependía del patriarcado de Moscú, pero que pasó ahora a manos de Ucrania debido a la guerra. La homilía fue oficiada por primera vez por el metropolitano Epifanio, líder de la Iglesia ortodoxa ucraniana formada en 2018-2019 tras un cisma con el patriarcado de Moscú.
El presidente Vladímir Putin aseguró que el objetivo de Rusia no es destruir Ucrania. Fue en Kasajistán, en una conferencia de prensa tras una cumbre de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), integrada por repúblicas de la ex URSS, en la que también señaló que «por el momento no serán necesarios» más ataques con misiles como los que desató entre el lunes y martes en territorio ucraniano como respuesta al atentado en el puente de Kerch el sábado pasado. Esa andanada de misiles destruyó infraestructura energética y provocó cortes de luz y agua en todo el país. «Actualmente hay otros objetivos. Ya veremos después», concluyó.
Moscú acusó a servicios de inteligencia ucranianos por la explosión que causó tres muertos y dejó graves daños en el complejo vial que une a Crimea con la región de Krasnodar y calificó de atentado terrorista. El Servicio Federal de Seguridad (FSB) detuvo a ocho personas (cinco rusos, tres ucranianos) y detalló que el artefacto estaba en un camión disimulado como material de construcción que salió por mar de Odesa a un puerto en Bulgaria, de allí a uno de Georgia y por tierra pasó a Armenia para ingresar a Rusia.
Putin ya había catalogado como ataque terrorista a la perforación en los oleoductos Nord Stream 1 y 2, que proveen de gas ruso a Alemania. Esta semana, autoridades suecas informaron que ya no se ven pérdidas en el mar Báltico. Al mismo tiempo, se informó que otra tubería, la de Druzhba, que transporta petróleo de Rusia a Alemania pasando por Ucrania, restableció su funcionamiento. Uno de sus dos ramales había sido cerrado tras una sospechosa fuga en territorio polaco. En simultáneo con el sabotaje a Nord Stream entró en funcionamiento el Baltic Pipe entre Noruega y Polonia. En La Coruña, el gobierno español y el alemán insistieron en la necesidad de construir el gasoducto MidCat, paralizado en 2019 por la oposición de Francia a que cruce por los Pirineos. El proyecto pondría al país ibérico como distribuidor del fluido proveniente del norte de África.
Foto: AFP
Los franceses, por su lado, protagonizan escenas de pugilato en las estaciones de servicio para conseguir combustible por la huelga de los trabajadores de las refinerías. Total Energies aceptó, bajo presión del gobierno de Emmanuel Macron, otorgar un aumento del 7% y una prima de entre 3000 y 6000 euros por cabeza, pero la CGT rechazó la propuesta por insuficiente. Los sindicatos CFC-CGC y CFDT, sin embargo, firmaron el acuerdo, según la primera ministra Élisabeth Borne. Las dos refinerías de Esso-ExxonMobil volvieron al trabajo, pero para normalizar la distribución se necesitarán hasta tres semanas.
En el Reino Unido, en tanto, tuvo que dejar el puesto el ministro de Finanzas, Kwasi Kwarteng, tras menos de 40 días en el cargo. Su reemplazante es Jeremy Hunt, que fuera canciller y es uno de los pesos pesados del partido Conservador. Si la ida de Kwarteng tiene que ver con el desplome de la libra y las protestas por su plan de reducir impuestos a los ricos mientras da subsidios a luz y gas, la propuesta de Hunt es que «algunos impuestos no serán recortados tan rápido como la gente querría, y algunos aumentarán». Llamó a su iniciativa «tomar decisiones difíciles». Nadie apuesta por la continuidad de la primera ministra, Liz Truss en Downing Street 10.
En Estados Unidos las cosas tampoco se ven brillantes y el panorama para los demócratas el 8 de noviembre es por lo menos complicado. Podrían perder el control de ambas cámaras y dejarían al presidente Joe Biden en una debilidad también extrema en medio de una guerra de la que es responsable.
Esta semana, la exprecandidata presidencial Tulsi Gabbard anunció que deja el partido oficialista luego de 20 años de militancia. Lo hizo a través de su canal de Youtube en el que explicó que se va porque «ahora el partido está bajo el control total de una camarilla elitista de belicistas» que arrastran al país a una guerra nuclear y persiguen a opositores políticos.
La mujer, de 41 años, participó como médica de la Guardia Nacional en una zona de combate en Irak y luego fue enviada especial a Kuwait. Con un perfil componedor y pacifista, se llegó a entrevistar con Bashar al Assad en busca de formas de terminar con el conflicto en Siria. Así como entonces la acusaron de estar contra la Casa Blanca, ahora algunos recuerdan que su actual posición podría ser una cobertura para correr por izquierda a los demócratas en el marco de una operación encubierta.
La que lo padeció fue la representante por Nueva York Alexandria Ocasio-Cortéz quien en una charla en el Bronx fue increpada por militantes del Movimiento LaRouche, por el estadounidense Lyndon LaRouche. José Vega y otro identificado como Kynan Thistlethwaite en las redes sociales le cuestionaron su voto sobre el conflicto en el este de Europa. «Te postulaste como outsider, pero estuviste votando para comenzar esta guerra en Ucrania. Estás votando para comenzar una tercera guerra nuclear con Rusia y China. ¿Por qué estás jugando con las vidas de los ciudadanos estadounidenses?», le gritaron, dejando sin argumentos a la joven que hace tres años era una promesa de renovación en el partido del burro y ahora cuestionan por haberse plegado al establishment. «
A 60 años de la crisis de los misiles en Cuba
El 14 de octubre de 1962, hace justo 60 años, comenzó la crisis más grave entre dos potencias nucleares. Ese día, según los registros, fotos de un avión espía estadounidense revelaron lo que eran rampas para misiles en suelo cubano. La revolución que comandaba Fidel Castro, tras haber rechazado la invasión en Playa Girón, en abril de 1961, se definió como socialista y se acercó a la Unión Soviética. Para el gobierno de John Kennedy era inaceptable una amenaza como sus asesores le decían que era esa, a 90 millas de su territorio.
Desde ese momento los cruces entre la administración Kennedy y Nikita Kirchev, en el Kremlin, hicieron temer lo peor. Fueron dos semanas de terror para la población mundial, con una escalada que incluyó el bloqueo naval a barcos soviéticos y la amenaza de respuesta de Moscú y los temores de Castro sobre una cruenta invasión estadounidense. Nunca se habían enfrentado los dos países que se disputaban el control del mundo.
El 27 de octubre, finalmente, hubo fumata blanca: la URSS retiraría sus misiles de Cuba a cambio del compromiso de que EE UU no invadiría Cuba y retiraría los misiles Júpiter que tenía desplegados en una base en Turquía. Castro le recriminaría al jefe de Estado soviético que no hubiera exigido también el retiro de la base de Guantánamo, una vieja aspiración de los cubanos.
Las conversaciones públicas y en secreto entre dirigentes de ambos lados se sucedieron en esos 13 intensos días. Algunos meses después se estableció el Teléfono Rojo, para que los líderes de las dos potencias pudieran hablar directamente ante cualquier posibilidad de que alguien apriete el botón equivocado y desencadene una hecatombe. Ese teléfono ya no existe.
La incorporación de cuatro provincias ucranianas a la Federación Rusa y el retiro de las tropas rusas de la ciudad de Liman ante el avance de las brigadas de Kiev impactaron en la última semana del mes de setiembre en el marco del conflicto iniciado el 24 de febrero en el Este de Europa. Pero si algo faltaba para demostrar que lo que se juega es la reconfiguración del mundo, se produjeron otros dos hechos sospechosamente simultáneos: resultaron seriamente dañados los gasoductos Nord Stream I y II, que conectan a Rusia con Alemania, mientras se inauguraba el Baltic Pipe, que llevará gas desde una plataforma noruega a Polonia. Desde ahora, el país de Chopin tiene fácil acceso al precioso combustible y deja a la tierra de Beethoven en terapia intensiva, no solo porque se avecinan los fríos del invierno, sino porque el desarrollo industrial de la principal potencia económica europea estaba basado en los precios convenientes del fluido ruso.
Este sábado, el Kremlin confirmó el retiro de Liman, en la región de Dontesk. «Desplegamos nuestra bandera nacional y la colocamos en nuestro territorio. Limán siempre formará parte de Ucrania», celebró el ministerio de Defensa ucraniano. Para Kiev es un triunfo importante que se suma al avance en Jarkov, a principios del mes. Fuentes rusas le bajaron el precio y, como aquella vez, calificó al repliegue como un «reagrupamiento» de tropas ante una inferioridad numérica insalvable. Y destacan que no hubo pérdida de vidas.
Horas antes, el presidente Vladimir Putin había dado un discurso en el acto de aceptación de la reincorporación de los cuatro distritos separatistas que este martes culminaron con los referendos de adhesión a Rusia en el que, entre otras cosas (ver aparte) dijo que Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jerson «son ahora parte de Rusia para siempre».
A esa altura ya se sabía de lo ocurrido en los tubos submarinos que desvelaron a Estados Unidos desde el mismo día que anunciaron los acuerdos. El gasoducto Nord Stream I fue inaugurado el noviembre de 2011, el Nord Stream II está listo desde setiembre pasado pero las presiones de Washington bloquearon la certificación del gobierno de Olaf Scholz. Mientras tanto, se terminaba de poner en marcha el llamado Baltic Pipe (literalmente Tubería Báltica) entre el Mar del Norte, en jurisdicción noruega, y Goleniow, en Polonia.
El mismo día que terminaban los referendos, abrumadoramente favorables a la incorporación –son las regiones que vienen sufriendo violencia de parte de Kiev desde 2014 – se detectaron fugas en uno de los caños. Luego se sabría de una fuga en el otro. Más tarde se confirmaría que no se trataba de una falla sino de un atentado.
El caso es quién podría querer destruir esos conductos. Fuentes occidentales culparon a los rusos de hacerlo para presionar aún más a los gobiernos europeos en favor de su posición sobre Ucrania. Pero en estos casos siempre conviene buscar quiénes no querían que se construyesen los gasoductos y a quiénes beneficiaría que no existieran.
Ucrania, con los caños bajo el Báltico, perdían el peaje de los tubos que pasan por su territorio. Estados Unidos se perdía de vender combustible de sus propias cuencas de shale gas. Polonia y Noruega tenían en carpeta el proyecto Baltic Pipe –que pasa por Dinamarca– desde 2001.
Esta operación le da el tiro de gracia al proyecto de integración entre Europa y Rusia. O mejor dicho, entre Francia y Alemania con Moscú. Pero sobre todo, puede ser un punto de inflexión para la poderosa industria germana, basada en el empuje y la tecnología propia más el combustible ruso.
Si las guerras mundiales del siglo XX se produjeron por la voluntad alemana de abrirse paso ante los anglosajones, qué no deberían hacer ahora los europeos con EE UU. Pero quien hizo ese tipo de planteos fue Putin, que específicamente mencionó a Rusia como la potencia encargada de romper con la hegemonía anglosajona.
¿Qué dicen los gobiernos? EE UU culpa a Rusia, los europeos prefirieron tirar la pelota afuera y los medios dominantes están con la OTAN y contra Putin. Algunos analistas recordaron un tramo de una entrevista a Joe Biden este año. «Si Rusia invade Ucrania –dice, a principios de febrero– le pondremos fin al Nord Stream II». Una periodista le pregunta: «¿Cómo harán eso, si está bajo control de Alemania?». A lo que replica, con una media sonrisa: «seremos capaces de hacerlo, se lo prometo».
Esa media sonrisa, para la especialista en política internacional estadounidense Diana Johnstone, recuerda la semiótica de la mafia. «Las guerras imperialistas se hacen para conquistar pueblos, territorios. Las guerras de gángsters se libran para eliminar a los competidores. En las guerras de gángsters emites una oscura advertencia, luego rompes las ventanas o quemas el lugar». En EE UU saben de eso.
Otros encontraron evidencias de naves de EE UU merodeado la zona donde se produjeron las fugas de gas, cerca de la isla de Bornholm, donde la Otan realizó en junio maniobras militares bajo el mando de la Sexta Flota estadounidense, cuya Fuerza de Tarea 68 se especializa en operaciones submarinas. Detectaron en las inmediaciones a la unidad anfibia LHD 3 USS Kearsarge, a pocas millas del lugar de los ¿presuntos? atentados.
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