La incorporación de Crimea a la Federación Rusa causó fuerte rechazo diplomático en todo el mundo occidental. En ese territorio está ubicada la base naval más importante de Rusia, en Sebastopol. No es casual que Moscú aceptara el desafío de enviar tropas a Siria para sostener al gobierno de Bashar al Assad, en 2015, acosado por grupos terroristas fundamentalistas armados y entrenados por EE UU a la vieja usanza de Afganistán en los ’80. Isis, Estado Islámico, Daesh, arrasó en pocos meses zonas de Irak y Siria y era una amenaza para los valores occidentales, según los medios masivos. Un legado que la administración Barack Obama-Hillary Clinton dejaba a la posteridad.
No casualmente, tampoco, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca el grupo se desinfló muy rápidamente. La estrategia del empresario derechista no pasaba por financiar a grupos paramilitares. Pero no le salió gratis esa postura, ya que fue acusado de tener acuerdos subrepticios con Vladimir Putin y de que hackers rusos interfirieran a su favor en la campaña electoral de 2016.
Siria, para Rusia, fue un punto de inflexión. Luego de haber aceptado a regañadientes las invasiones a Irak y Afganistán, y de una Primavera Árabe a la que entendía como una operación finamente orquestada por la CIA, era el momento de defender a un aliado consecuente del Kremlin desde la era soviética, que Bashar heredó de su padre Hafez. Además, en las costas sirias del Mediterráneo está la base naval de Tartus. Sebastopol y Tartus son puntos clave y las únicas bases de Rusia en mares cálidos. Contrastadas con las alrededor de un millar de EE UU es menos que nada. Pero para un país boreal que siempre supo que para ser potencia necesitaba el mar pueden serlo todo. Por otro lado, desde Sebastopol se puede controlar el acceso por el estrecho de Bósforo y Tartus es punto de vigilancia privilegiado en el Mediterráneo.
Crimea había sido incorporada a la administración de la República Socialista de Ucrania por el líder soviético Nikita Jruschev en 1954. Una compensación para Ucrania, que había padecido una hambruna en el período de la colectivización forzosa, en los años ’30. Millones murieron en lo que llaman el Holodomor u Holocausto ucraniano, reconocido como genocidio por el Parlamento Europeo en el marco de la actual guerra, el 12 de diciembre de 2022.
Pero Ucrania también era la zona más industrializada de la URSS y donde más inversiones en desarrollo realizó el gobierno de Josif Stalin. Así lo atestiguó el que fuera embajador de Franklin Roosevelt, Joseph Edward Davies. *
Otra de las causales que se elucubra para la debacle de la URSS es la explosión de la central atómica de Chernobyl, en abril de 1986. Ubicada en Prípiat, al norte de Kiev, era una de las 15 diseminadas en todo el país. El accidente provocó puntualmente más un centenar de muertes pero contaminó unos 30 kilómetros alrededor de la planta y expandió altas dosis de radiación hasta a unos cinco millones de personas. El costo político del estallido fue enorme.
Como sea, para cuando se produjo el golpe en Kiev contra el presidente Viktor Yanukovich, en febrero de 2014, la reacción de las poblaciones de raíces rusas del sur y del este del país fue de temor. En Crimea, en tanto, se le sumaría la necesidad rusa de no ceder a Occidente la base naval.
La cúpula político-empresarial que tomó el control del país estaba decidida a lanzarse de lleno a ingresar a la Unión Europea y a sumarse a la OTAN, lo que para el Kremlin es una línea roja. Desde 1991, Crimea formaba parte de las fronteras reconocidas para Ucrania. Los acuerdos para la independencia incluyeron la entrega de todo el armamento nuclear a la Federación Rusa, que alquilaría la base de Sebastopol a Kiev. Pero en marzo de 2014 el parlamento ruso aprobó un decreto que denunció el acuerdo basado en que la Marina estaba allí desde 1783. Luego vendría un referéndum para incorporarse a la Federación.
Las poblaciones del Donbass –Lugansk y Donetsk– sufrieron ataques del gobierno central ucraniano. Estas regiones serían marginadas en un período de «desrusificación» del país. Prohibición del uso del idioma ruso, de emblemas y cultura rusa, prohibición de medios considerados prorusos y de la religión ortodoxa que responde al Patriarcado de Moscú.
El gobierno de Putin reclamó airadamente por las persecuciones que sufría la población y luego de ingentes negociaciones se llegó a un primer acuerdo, el llamado Protocolo de Minsk, firmado en septiembre de ese año en la capital de Bielorrusia entre representantes de la Federación Rusa, Ucrania y las ya autodenominadas República de Lugansk y República de Donetsk bajo la supervisión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación de Europa (OSCE), destinado a un alto el fuego inmediato. Era obra del llamado Cuarteto de Normandía, por los representantes de Alemania, Rusia, Ucrania y Francia que se reunieron en el Castillo Bénouville, Normandía, con el objetivo de alcanzar la paz en el Donbass.
El fracaso de este primer compromiso llevó a un acuerdo de Minsk II. Fue una propuesta elaborada por los gobiernos alemán y francés con el entonces presidente de Ucrania, Petró Poroshenko. El mandatario galo, François Hollande, y la canciller alemana, Angela Merkel, presentaron la propuesta el 7 de febrero de 2015. Hollande dijo esa vez que el plan era la «última oportunidad» para resolver el conflicto de manera pacífica. El documento tiene las rúbricas de Putin, Poroshenko, Merkel, Hollande, el líder de Donetsk, Alexánder Zajárchenko, y el de Lugansk, Ígor Plótnitski.
Planteaba, entre otras cosas, un alto el fuego, el retiro de las armas pesadas a ambos lados de la frontera, y la redacción de una nueva constitución ucraniana que contemplaba una mayor autonomía para ambas regiones.
Putin denunció reiteradamente que Kiev no cumplía el acuerdo. Se calcula que alrededor de 15 mil pobladores fueron asesinados por ataques de paramilitares ligados a Kiev. El 7 de diciembre pasado, Merkel reconoció al diario Die Zeit, que los acuerdos de Minsk se firmaron para darle tiempo a Ucrania de rearmarse y fortalecerse. «Dudo mucho que en ese tiempo los países de la OTAN podrían haber hecho tanto como hoy para ayudar a Ucrania», afirmó. En una entrevista con el ucraniano The Kyiv Independient, Hollande confirmó a Merkel. «Los acuerdos de Minsk detuvieron la ofensiva rusa por un tiempo», agregó el exmandatario socialista. ***
El 25 de diciembre de 2021 se cumplieron 30 años de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Para ese entonces, el presidente ruso, Vladimir Putin, hacía meses que venía reclamando un acuerdo amplio de convivencia en Europa. Cuatro días antes había declarado: «Es extremadamente alarmante que elementos del sistema de defensa global de EE UU se estén desplegando cerca de Rusia. Los lanzadores Mk 41, que se encuentran en Rumania y se desplegarán en Polonia, están adaptados para lanzar los misiles de ataque Tomahawk. Si esta infraestructura continúa avanzando, y si los sistemas de misiles de EE UU. y la OTAN se despliegan en Ucrania, su tiempo de vuelo a Moscú será de solo siete a diez minutos, o incluso cinco minutos para los sistemas hipersónicos. Este es un gran desafío para nosotros, para nuestra seguridad».
Desde mediados de año la situación era cada vez más tensa. El gobierno de Joe Biden había ordenado el retiro de tropas de Afganistán luego de una aventura desastrosa de 20 años y la entrega del poder a los talibán. Los mismos contra los que había combatido durante todo ese tiempo y a los que había armado y entrenado desde la década del ’80 del siglo XX ante la invasión soviética. Así como la aventura en esa nación asiática había acelerado la debacle de la URSS, no le fue mejor a los estadounidenses, que se habían enterrado con la OTAN y la anuencia de las Naciones Unidas. El orgullo estadounidense, otra vez golpeado como en Vietnam, necesitaba recuperar el discurso «excepcionalista» propio de su ADN.
Vayamos a esas tres décadas para atrás entonces. La disolución de la URSS, para muchas generaciones, era un hecho imposible. Fue, además, sorprendente que esa utopía se esfumara en tan breve tiempo.
Pero la URSS era una potencia militar de alto rango y el armamento nuclear que atesoraba no daba para que Occidente se sentara a disfrutar semejante acontecimiento sino a maniobrar la salida menos conflictiva a corto plazo. De modo que esa caída –buscada con ahínco por el mundo capitalista desde aquel lejano octubre de 1917– fue un proceso negociado con las autoridades que se fueron sucediendo en Moscú. Primero la reunificación alemana, luego el cambio de régimen en el resto de las naciones soviéticas. ¿Luego?
Mijaíl Gorbachov, ex presidente de la URSS
Foto: AFP
Mijail Gorbachov, fallecido en agosto pasado a los 91 años, quedó como un personaje controvertido para la historia de aquellos tiempos. Premio Nobel de la Paz en 1990, por haber «contribuido a la distensión» entre el este y el oeste, popularizó dos palabras en ruso: perestroika (reforma política y económica) y glasnost (transparencia). Sus críticos, en vista del resultado, lo acusan de haber sido un agente extranjero. Los que lo defienden, que intentó salvar a la URSS, sumida en una crisis interna que la dirigencia se negaba a reconocer. En concreto, el modelo colapsó y ese 25 de diciembre de 1991, tras la negativa de nueve de las 15 las repúblicas a permanecer en la Unión, Gorbachov renunció a la presidencia y se decretó el fin del mayor experimento del socialismo real de la historia. El 1 de diciembre de ese año los ucranianos habían votado mayoritariamente por la independencia.
Boris Yeltsin, el sucesor de Gorbachov, asumió como propio el discurso del libre mercado y lanzó a la ahora Federación Rusa a un viaje sin paracaídas hacia el neoliberalismo, Consenso de Washington incluido. Cerca del final de esa década comenzaría a tallar otro hombre fuerte en Moscú: Vladimir Putin, quien asumiría como presidente del gobierno (primer ministro) en agosto de 1999. En marzo, la OTANhabía aceptado la incorporación de Hungría, Polonia y República Checa, violando el compromiso de no avanzar «ni una pulgada hacia el este». *Pero la Declaración de Roma de 1991** y las incursiones del organismo militar en el Adriático desde 1992 y su responsabilidad en la sanguinaria guerra civil en Yugoslavia marcaban tendencia.
Putin había sido oficial de inteligencia y estuvo destinado a la central de la KGB de Dresde. A la caída de la URSS volvió a su Leningrado natal (ahora San Petersburgo) y decidió emprender una carrera política. En poco tiempo descolló sobre la nueva camada de dirigentes surgidos en ese período. Se carga al hombro el gobierno, formalmente en manos de un hombre enfermo como era Yeltsin, quien renuncia el 31 de diciembre.
Ya como presidente, Putin va reconstruyendo en principio, el orgullo ruso, y luego avanzó en la recuperación económica. El país había quedado devastado y sin rumbo y sus empresas más importantes en manos de camarillas en muchos casos ligados al viejo poder soviético o las ventajas de estar cerca de las nuevas dirigencias.
La Federación Rusa conserva una superficie de más de 17 millones de km2. Conviven allí ocho diferentes etnias, aunque la mayoritaria es la eslava. Las riquezas minerales son incalculables, lo que despierta la codicia de las multinacionales. Durante los distintos gobiernos de Putin, Rusia se convirtió en el principal proveedor de energía barata para un proyecto de integración con Alemania no escrito pero que se consolidó durante toda la era de Angela Merkel como canciller. De esa sociedad son los proyectos Nord Stream I y II, la tubería para el gas que alimentaba la industria alemana hasta las primeras sanciones contra Rusia luego del 24F. Fueron destruidas por un atentado en noviembre pasado.
Para los países occidentales –Europa, el Reino Unido y luego EE UU– el «oso ruso» fue tanto una amenaza como una tentación. Pretendieron invadir Rusia primero Napoleón y luego Hitler. Viejos temores y cierto racismo antieslavo generaron antiguas desconfianzas. Por el lado ruso, sin embargo, siempre existió la aspiración a ser europeos. Está en su ADN desde Pedro el Grande, en el siglo XVIII. La ciudad que hizo erigir a orillas del Báltico es un buen ejemplo.
En 2004, un nuevo desafío de la OTAN levantó quejas de Moscú, con la incorporación de siete países de siete naciones de la exórbita soviética de un saque. En 2018 quedó plasmado el viejo objetivo de desmembrar a Rusia en una hoja de ruta de la consultora del Pentágono Rand Corporation. ***
Vale la pena ver el nivel de análisis frío y especulativo de cada acción y contrastarlo no con lo que la Casa Blanca dice, sino con lo que hace. «
**Declaración de Roma: https://www.nato.int/docu/comm/49-95/c911108a.htm
***Sobreextender y desbalancear Rusia: https://www.rand.org/pubs/research_briefs/RB10014.html
Zelenski, el presidente que está solo y espera
Horas antes, Volodimir Zelenski había vuelvo a pedir a sus aliados occidentales que le cumplieran las promesas de entrega de armas y tanques a Ucrania. «La guerra iniciada por Rusia no permite demoras. Puedo agradecerles cientos de veces, pero cientos de ‘gracias’ no son cientos de tanques”, urgió el ucraniano. Pero desde Alemania, el denominado Grupo de Contacto para Ucrania decidió no suministrar los tanques «Leopard2» de fabricación alemana, que reclama Kiev. Dejó abierta, si la posibilidad de enviar más adelante sistemas de defensa antiaérea. La información la dio el secretario de Defensa de EE UU, Lloyd Austin, tras una reunión en la base de Ramstein y aseguró, además, que su país tampoco enviará tanques «Abrams».
No le sale una al presidente ucraniano que, horas antes había dudado sobre la salud de Vladimir Putin. «No sé si todavía está vivo», dijo antes de regresar a Kiev tras la reunión con líderes mundiales en Davos, quienes le dieron la espalda. Mientras el Ministerio de Defensa ruso informaba que pasaba a controlar el pueblo de Lobkove, en Zaporiyia, al sur de Ucrania.
El 24 de febrero de 2022 el presidente Vladimir Putin anuncia el inicio de una «Operación Militar Especial» con el objetivo de «proteger a las personas que han sido objeto de abusos y genocidio por parte del régimen de Kiev durante ocho años» para lo cual, agregó el mandatario ruso «nos esforzaremos por desmilitarizar y desnazificar Ucrania y también para llevar ante la justicia a quienes han cometido numerosos y sangrientos crímenes contra la población civil, incluidos los ciudadanos de la Federación de Rusia».
Pasaron diez meses y medio y si algo queda claro es que el 24F será recordado como el día en que los cambios geopolíticos que se venían macerando en el mundo ingresaron en el punto de no retorno. Caben pocas dudas de que Europa es el escenario de una disputa global en el que el bloque de la OTAN pone las armas y ucranianos y rusos, la sangre.
Tampoco deberían quedar dudas de que no se trata una puja entre democracias y autocracias, o civilización y barbarie. Hay presentes y futuros pero también mucho pasado puesto en juego. No se trata de una región naturalmente pacífica que repentinamente se ve envuelta en una contienda sin sentido. Hay siglos de enfrentamientos y en el caso de Ucrania y Rusia, Kiev y Moscú, un componente de identidad nacional que se hunde en los orígenes de los pueblos eslavos.
Sin un orden cronológico demasiado estricto, intentaremos desde estas páginas aportar elementos para tener en consideración a la hora de analizar lo que sucede en esa parte del mundo. Habida cuenta de que quizás en esos campos de batalla se está decidiendo la suerte de la humanidad. Desde la crisis de los misiles entre Estados Unidos y la Unión Soviética, hace seis décadas, no se vivía una tensión como la de estos meses ante la posibilidad de una guerra nuclear. Es que iniciar una guerra es relativamente fácil, resulta complicado terminarla, pero es imposible evitar sus consecuencias. Sobre todo cuando se enfrentan potencias atómicas.
Pero hagamos andar el reloj hacia atrás y podremos ver que veinte días antes de que tropas cruzaran las fronteras, Putin y el presidente chino Xi Jinping habían firmado un Acuerdo de Amistad que fue presentado en la inauguración de los XXIV Juegos Olímpicos de Invierno en Beijing. Un certamen que había sido prolijamente boicoteado por la administración de Joe Biden con el argumento de «el genocidio y el crimen contra la humanidad que está llevando a cabo la República Popular China en Xinjiang y otros abusos de los Derechos Humanos».
El documento que firman Putin y Xi* dice que las relaciones internacionales están ingresando en una «nueva era de rápido desarrollo y profunda transformación». Y pone el acento en el inminente rediseño del mundo. De tal manera que al lema de la Casa Blanca para justificar sus puntos de vista sobre respetar «el orden internacional basado en reglas», el documento chino-ruso habla de «defender el orden mundial basado en el derecho internacional, incluidos los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas». Xi y Putin cuestionan el propósito de Estados Unidos de arrogarse el derecho de fijar unilateralmente las reglas y obligar a respetarlas manu militari. Por eso, sostienen su observancia de los valores de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Pero le quitan entidad a la interpretación que les da Occidente. «Una nación puede elegir las formas y métodos de implementar la democracia que mejor se adapten a su estado particular, en función de su sistema social y político, sus antecedentes históricos, tradiciones y características culturales únicas. Corresponde únicamente al pueblo de cada país decidir si su Estado es democrático».
El documento se extiende sobre el medio ambiente y el rol que a cada una de ambas potencias cree que le cabe en el mundo. Pero lo más sustancial es que tras la caída de la URSS, es el primer desafío explícito a Washington y sus aliados de la OTAN.
Cuatro meses antes, el 15 de septiembre de 2021, Estados Unidos, el Reino Unido y Australia anunciaron la creación del AUKUS**, una alianza militar destinada al control y la vigilancia de la región Indo-Pacífico. «Como primera iniciativa bajo AUKUS, reconociendo nuestra tradición común como democracias marítimas, nos comprometemos con la ambición compartida de apoyar a Australia en la adquisición de submarinos de propulsión nuclear para la Marina Real Australiana», dice el texto, que generó la indignación de Francia, que había firmado un contrato multimillonario para la venta de artefactos similares elaborados en país galo con las autoridades australianas.
Dos semanas antes, el 31 de agosto, Estados Unidos había retirado sus últimos representantes en Kabul, un momento caótico que hizo recordar la derrota en Vietnam en 1975. Invadido por fuerzas estadounidenses y de la OTAN en 2003, Afganistán ya había significado el inicio del fin de la Unión Soviética. Continuará. «
*Versión en inglés del documento según el Kremlin.http://en.kremlin.ru/supplement/5770
**Texto original del AUKUS según la Casa Blanca. https://www.whitehouse.gov/briefing-room/statements-releases/2021/09/15/joint-leaders-statement-on-aukus
Navidad en medio de la batalla
Rusos y ucranianos celebraron la Navidad ortodoxa enfrentados en lo que seguramente es la batalla más sangrienta desde que se desató la guerra, la de Bajmut, la ciudad de Donetsk por la que disputan desde hace meses Kiev y Moscú. El presidente Vladimir Putin había decretado un alto el fuego unilateral para la celebración cristiana, pero desde el otro lado respondieron que no le creían y que no iban a cesar las hostilidades. AFP registró bombardeos a lo largo de la mañana de este sábado, dice la agencia francesa.
Putin asistió solo a la misa en una iglesia del Kremlin la medianoche del viernes y felicitó a los cristianos ortodoxos tras indicar que este día inspira «buenas acciones y aspiraciones». Por la parte ucraniana, cientos de fieles asistieron a una misa histórica en el célebre monasterio de las Cuevas de Kiev, que antes dependía del patriarcado de Moscú, pero que pasó ahora a manos de Ucrania debido a la guerra. La homilía fue oficiada por primera vez por el metropolitano Epifanio, líder de la Iglesia ortodoxa ucraniana formada en 2018-2019 tras un cisma con el patriarcado de Moscú.
El presidente Vladímir Putin aseguró que el objetivo de Rusia no es destruir Ucrania. Fue en Kasajistán, en una conferencia de prensa tras una cumbre de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), integrada por repúblicas de la ex URSS, en la que también señaló que «por el momento no serán necesarios» más ataques con misiles como los que desató entre el lunes y martes en territorio ucraniano como respuesta al atentado en el puente de Kerch el sábado pasado. Esa andanada de misiles destruyó infraestructura energética y provocó cortes de luz y agua en todo el país. «Actualmente hay otros objetivos. Ya veremos después», concluyó.
Moscú acusó a servicios de inteligencia ucranianos por la explosión que causó tres muertos y dejó graves daños en el complejo vial que une a Crimea con la región de Krasnodar y calificó de atentado terrorista. El Servicio Federal de Seguridad (FSB) detuvo a ocho personas (cinco rusos, tres ucranianos) y detalló que el artefacto estaba en un camión disimulado como material de construcción que salió por mar de Odesa a un puerto en Bulgaria, de allí a uno de Georgia y por tierra pasó a Armenia para ingresar a Rusia.
Putin ya había catalogado como ataque terrorista a la perforación en los oleoductos Nord Stream 1 y 2, que proveen de gas ruso a Alemania. Esta semana, autoridades suecas informaron que ya no se ven pérdidas en el mar Báltico. Al mismo tiempo, se informó que otra tubería, la de Druzhba, que transporta petróleo de Rusia a Alemania pasando por Ucrania, restableció su funcionamiento. Uno de sus dos ramales había sido cerrado tras una sospechosa fuga en territorio polaco. En simultáneo con el sabotaje a Nord Stream entró en funcionamiento el Baltic Pipe entre Noruega y Polonia. En La Coruña, el gobierno español y el alemán insistieron en la necesidad de construir el gasoducto MidCat, paralizado en 2019 por la oposición de Francia a que cruce por los Pirineos. El proyecto pondría al país ibérico como distribuidor del fluido proveniente del norte de África.
Foto: AFP
Los franceses, por su lado, protagonizan escenas de pugilato en las estaciones de servicio para conseguir combustible por la huelga de los trabajadores de las refinerías. Total Energies aceptó, bajo presión del gobierno de Emmanuel Macron, otorgar un aumento del 7% y una prima de entre 3000 y 6000 euros por cabeza, pero la CGT rechazó la propuesta por insuficiente. Los sindicatos CFC-CGC y CFDT, sin embargo, firmaron el acuerdo, según la primera ministra Élisabeth Borne. Las dos refinerías de Esso-ExxonMobil volvieron al trabajo, pero para normalizar la distribución se necesitarán hasta tres semanas.
En el Reino Unido, en tanto, tuvo que dejar el puesto el ministro de Finanzas, Kwasi Kwarteng, tras menos de 40 días en el cargo. Su reemplazante es Jeremy Hunt, que fuera canciller y es uno de los pesos pesados del partido Conservador. Si la ida de Kwarteng tiene que ver con el desplome de la libra y las protestas por su plan de reducir impuestos a los ricos mientras da subsidios a luz y gas, la propuesta de Hunt es que «algunos impuestos no serán recortados tan rápido como la gente querría, y algunos aumentarán». Llamó a su iniciativa «tomar decisiones difíciles». Nadie apuesta por la continuidad de la primera ministra, Liz Truss en Downing Street 10.
En Estados Unidos las cosas tampoco se ven brillantes y el panorama para los demócratas el 8 de noviembre es por lo menos complicado. Podrían perder el control de ambas cámaras y dejarían al presidente Joe Biden en una debilidad también extrema en medio de una guerra de la que es responsable.
Esta semana, la exprecandidata presidencial Tulsi Gabbard anunció que deja el partido oficialista luego de 20 años de militancia. Lo hizo a través de su canal de Youtube en el que explicó que se va porque «ahora el partido está bajo el control total de una camarilla elitista de belicistas» que arrastran al país a una guerra nuclear y persiguen a opositores políticos.
La mujer, de 41 años, participó como médica de la Guardia Nacional en una zona de combate en Irak y luego fue enviada especial a Kuwait. Con un perfil componedor y pacifista, se llegó a entrevistar con Bashar al Assad en busca de formas de terminar con el conflicto en Siria. Así como entonces la acusaron de estar contra la Casa Blanca, ahora algunos recuerdan que su actual posición podría ser una cobertura para correr por izquierda a los demócratas en el marco de una operación encubierta.
La que lo padeció fue la representante por Nueva York Alexandria Ocasio-Cortéz quien en una charla en el Bronx fue increpada por militantes del Movimiento LaRouche, por el estadounidense Lyndon LaRouche. José Vega y otro identificado como Kynan Thistlethwaite en las redes sociales le cuestionaron su voto sobre el conflicto en el este de Europa. «Te postulaste como outsider, pero estuviste votando para comenzar esta guerra en Ucrania. Estás votando para comenzar una tercera guerra nuclear con Rusia y China. ¿Por qué estás jugando con las vidas de los ciudadanos estadounidenses?», le gritaron, dejando sin argumentos a la joven que hace tres años era una promesa de renovación en el partido del burro y ahora cuestionan por haberse plegado al establishment. «
A 60 años de la crisis de los misiles en Cuba
El 14 de octubre de 1962, hace justo 60 años, comenzó la crisis más grave entre dos potencias nucleares. Ese día, según los registros, fotos de un avión espía estadounidense revelaron lo que eran rampas para misiles en suelo cubano. La revolución que comandaba Fidel Castro, tras haber rechazado la invasión en Playa Girón, en abril de 1961, se definió como socialista y se acercó a la Unión Soviética. Para el gobierno de John Kennedy era inaceptable una amenaza como sus asesores le decían que era esa, a 90 millas de su territorio.
Desde ese momento los cruces entre la administración Kennedy y Nikita Kirchev, en el Kremlin, hicieron temer lo peor. Fueron dos semanas de terror para la población mundial, con una escalada que incluyó el bloqueo naval a barcos soviéticos y la amenaza de respuesta de Moscú y los temores de Castro sobre una cruenta invasión estadounidense. Nunca se habían enfrentado los dos países que se disputaban el control del mundo.
El 27 de octubre, finalmente, hubo fumata blanca: la URSS retiraría sus misiles de Cuba a cambio del compromiso de que EE UU no invadiría Cuba y retiraría los misiles Júpiter que tenía desplegados en una base en Turquía. Castro le recriminaría al jefe de Estado soviético que no hubiera exigido también el retiro de la base de Guantánamo, una vieja aspiración de los cubanos.
Las conversaciones públicas y en secreto entre dirigentes de ambos lados se sucedieron en esos 13 intensos días. Algunos meses después se estableció el Teléfono Rojo, para que los líderes de las dos potencias pudieran hablar directamente ante cualquier posibilidad de que alguien apriete el botón equivocado y desencadene una hecatombe. Ese teléfono ya no existe.
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