Teivo Teivainen es docente de Política Mundial en la Universidad de Helsinki y autor de una gran cantidad de publicaciones sobre su especialidad tanto en Finlandia como en América Latina. En esta entrevista, explica las razones para que una gran mayoría en su país esté de acuerdo en abandonar la neutralidad y pedir la incorporación a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan). Una decisión que no cuenta con la aprobación de todos los integrantes de la alianza militar y ya generó una fuerte reacción del gobierno de Vladimir Putin, que justificó la intervención en Ucrania por la extensión de la Otan hacia el este. Finlandia tiene 1340 kilómetros de frontera con Rusia. “En la población, según las encuestas, hay un 75% a favor, y 10% o 12% en contra de entrar a la Otan; en el Parlamento, hay 188 a favor y ocho en contra”, se apura Teivainen.
–¿Cómo se entiende ese consenso?
–El ataque de Rusia a Ucrania cambió todo. En guerras anteriores, tipo Georgia en 2008, la población o los políticos estaban en contra de la membresía de la Otan de manera firme, pero el 24 de febrero cambió todo de una manera drástica. Hasta ahora, para Finlandia era útil tener la opción de entrar en la Otan. Con la cercanía con la Unión Soviética, Finlandia como Estado soberano tenía opción, pero no la iba a usar, de convertirse en miembro. Pero en diciembre de 2021 el gobierno ruso estaba diciendo que se debería hacer un acuerdo con EE UU para no aceptar nuevos miembros en la organización atlántica. En Finlandia se veía como que nos estaban quitando nuestra opción, que se estaban haciendo arreglos por sobre nuestras cabezas y eso olía a los acuerdos de (Adolf) Hitler y (Iosip) Stalin. Fue un tema importante incluso para el presidente de la República (Sauli Niinistö). Tradicionalmente, la derecha estaba a favor y la izquierda en contra. Pero ahora hay mucha gente que dice “OK, la Otan es una mierda, pero Putin no nos ha dejado otra alternativa”.
–¿No ven un riesgo en ponerse demasiado en la vereda de enfrente de Rusia?
–Sí, hay riesgo. Pero Finlandia está desde hace mucho tiempo integrado la Otan. Es un socio estratégico, como Suecia. Todo el sistema militar es casi un 100% compatible, entrenan juntos, pero falta lo que viene con la membresía formal: el artículo 5, “si atacan a uno atacan a todos”. La lógica es que eso te provee seguridad. La cuestión es qué país de la frontera con Rusia, que antes perteneció a la URSS o al imperio zarista, podría estar amenazado, y luego de Ucrania queda Finlandia, que no tiene la protección del artículo 5 de la Otan. El mismo Putin dijo que iba a Ucrania a corregir errores de Lenin.
–Pero Helsinki fue un lugar de encuentro donde incluso podían dialogar EE UU y la URSS en plena Guerra Fría.
–Claro, pero ¿cuál es el otro error de Lenin? Otorgar la independencia a Finlandia. Esa es la lectura.
–¿No ocurre que tanto Finlandia como Europa terminan sometidos a EE UU?
–Existe ese riesgo, pero en Finlandia hay ahora una ola nacionalista militar muy fuerte de tensar todo desde la lógica de la seguridad nacional. Se militarizaron los debates y los razonamientos. Desde esa lógica nacionalista hay un período peligroso, “período gris”, cuando todavía no hay garantías del artículo 5 pero ya se ha molestado a Rusia, por el temor de que pueda venir una respuesta incluso militar, y no existe todavía ese paraguas de protección.
–La posición de Turquía, que bloquea el ingreso, ¿cómo se explica?
–Hay especulaciones sobre algún tipo de acuerdo entre Putin y (Recep Tayyip) Erdogan. Pero ellos tienen el tema de los kurdos y el partido de (Abdulá) Ocalan, el PKK (de los Trabajadores Kurdos). En Suecia hay muchos kurdos, en Finlandia menos, pero hay actividades de PKK. Se dice que hay miembros del Parlamento sueco muy cercanos al PKK. Erdogan dice que Suecia y Finlandia albergan terroristas y por eso no va a aceptar el ingreso. Y la UE puso restricciones a la exportación de armas a Turquía.
–¿Por que razón?
–Turquía es percibido como un país que viola derechos humanos y ataca a los kurdos en el norte de Siria. Por otro lado, Erdogan es visto como autoritario, por ataques a la libertad de prensa y todo eso. Por un lado, en Finlandia dicen “bueno vamos a conversar”, pero del otro lado es “bueno, pero vamos a ver…”. El gobierno turco dice que quiere que les regresen a algunos individuos que ellos buscan. En Finlandia se hizo eso con algunos judíos en el año 1942 hacia Alemania y se hizo eso con gente que se escapaba de la URSS. En la historia de Finlandia esas cosas son vistas como unas manchas morales muy grandes. Resulta impensable que se hiciera eso con Turquía. Hay que ver cómo se puede negociar. A Erdogan le molesta que el PKK tenga cierto apoyo en Europa, pero su pelea no es tanto contra Suecia y Finlandia como con los EE UU. También el presidente de Croacia (Zoran Milanović) dice que no va a aceptar que ingresen estos dos países. Si bien el cargo de presidente en Croacia es más bien simbólico, está pidiendo que en Bosnia Herzegovina se cambie la ley electoral para que la etnia croata tenga mejores posibilidades. Quiere llamar la atención sobre eso y ahora tiene su bala de plata. Como cada país miembro tiene que aceptar el ingreso de otro, cada uno puede pescar cosas.
–¿Cómo ve lo que puede ocurrir de aquí en más en el este de Europa?
–Es una pregunta grande, no pretendo tener una respuesta. Lo que se ve es que para Putin es difícil salir como perdedor y tampoco EE UU puede resultar perdedor en Ucrania: es difícil saber cuáles serían las bases para un acuerdo de paz. No se ve qué puede ocurrir. Tampoco sé cómo le va a ir militarmente a Ucrania. Su base de acuerdo es que salgan todas las tropas, y desde la lógica de la soberanía del país es justo. “Ustedes entraron, ustedes son los invasores”. Tu puedes decir que la invasión fue causada por algo que estaba haciendo la Otan, pero lo que tienes es un país que ataca a otro. Y en Finlandia se ve una analogía con su pasado y explica por qué el sentimiento es tan fuerte con Ucrania. Se ve mucha similitud con 1939, cuando la URSS ataca Finlandia después de un acuerdo que habían hecho Stalin y Hitler. Por eso todos los medios de comunicación se han militarizado en favor de Ucrania. Se la ve luchando contra el invasor ruso… No quedan países con el historial de haber pertenecido al imperio ruso. Por eso se piensa que cada tanque ruso destruido en Ucrania es un tanque menos para invadir Finlandia. «
Biden logró 40 mil millones para la guerra, Rusia controla Mariupol
El Ministerio de Defensa ruso anunció la “liberación total” de la ciudad de Mariupol luego de la rendición de los últimos efectivos ucranianos en la siderúrgica de Azovstal, donde informaciones no confirmadas indican que fueron apresados ex altos mandos de EE UU, Gran Bretaña y la Otan que actuaban como mercenarios para Kiev. La cancillería rusa publicó una lista de 963 estadounidenses que tienen prohibida la entrada a Rusia. Entre ellos figuran el presidente Joe Biden; el secretario de Estado, Antony Blinken; el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, y el actor Morgan Freeman. En otra vuelta de tuerca, la empresa Gazprom cortó el suministro de gas a la estatal finlandesa Gasum porque el país nórdico se negó a pagar en rublos al proveedor ruso.
Biden, en tanto, firmó durante su gira por Corea del Sur, la primera por el extremo Oriente desde que asumió su cargo, la ley para destinar un fondo de 40 mil millones de dólares para el suministro de armas y apoyo económico destinados a la guerra en Ucrania. Es bastante más de lo que había solicitado hace dos semanas –33 mil millones– y logró un apoyo legislativo importante (86 contra once). Lo que demuestra una vez más que toda crisis económica y toda grieta política en Estados Unidos se salva con una buena guerra. El armamento será provisto por las corporaciones del complejo industrial-militar-legislativo de EE UU.
Se trata del mayor paquete de ayuda exterior aprobado por el Congreso en 20 años, y computando todas las remesas enviadas desde febrero a Ucrania, el gasto en sostener al gobierno de Kiev contra Rusia suma unos 54 mil millones de dólares.
Activistas y figuras de los medios ultraconservadores habían presionado para no aprobar el proyecto de Biden y 57 republicanos se opusieron. Pero votaron con las dos manos los líderes del ala dura, Ted Cruz, Marco Rubio y Tim Scott, que se lanzan decididamente a candidatearse para la futura ronda de elecciones presidenciales.
Volodimir Zelenski agradeció en un tuit el gesto mayoritariamente bipartidario. «El apoyo del Poder Ejecutivo, del presidente Biden y del pueblo estadounidense a la lucha contra el agresor ruso es crucial», escribió.
El secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, dijo hace unos días que ante “la nueva normalidad para la seguridad europea, hemos pedido a nuestros comandantes militares que brinden opciones para lo que llamamos un reinicio, una adaptación a más largo plazo de la OTAN”. La nueva normalidad, el reinicio, también se verifica y sobre todo, en el plano de la economía de Europa.
Las sanciones contra Rusia apuntaron explícitamente a devastar la economía del país euroasiático, golpeando básicamente en su principal fuente de ingresos, la exportación de combustibles. El objetivo a largo plazo, coincidían analistas de toda laya, era impedir que Rusia recupere antiguos esplendores como potencia mundial. Pero en realidad, el formateo golpea directamente en el corazón de Europa, que pugnaba por fortalecerse como potencia industrial con la energía rusa. Y que geopolíticamente estaba a las puertas de una alianza que pondría fin a siglos de derramamientos de sangre en esa región del este europeo.
Las presiones contra el gasoducto Nord Stream II y a favor de la venta de gas de esquisto estadounidense desde tiempos de Donald Trump eran una forma de bloquear esa sociedad, fruto de una amistad estratégica entre la canciller alemana Angela Merkel y el presidente ruso Vladimir Putin. El combustible de EE UU es hasta un 40% más caro. Las ganancias para las empresas estadounidenses serían fabulosas. Pero abastecerse a un precio mayor impacta directamente en la competitividad de los productos europeos y puntualmente de los alemanes.
Merkel protestaba en octubre de 2010 contra la guerra de divisas desatada en perjuicio del euro. La canciller germana lideró la resistencia al embate monetario en tiempos de Barack Obama, a expensas de un corset a Portugal, Italia, Grecia y España, los llamados PIGS, cerdos en inglés, por la sigla de los países del sur europeo que padecían una crisis de deuda fenomenal. El euro resistió y el dólar se debilitó.
Ahora ya no está Merkel y el ataque impacta directamente contra la industria alemana a través de una guerra en Ucrania, que se venía preparando desde hace mucho y ahora se ve más claro cómo se fueron encadenando los acontecimientos.
Alemania, el motor económico de la Unión Europea, había apostado a energía “verde”. En este proyecto, el gas resultaba un paso intermedio. Por eso desactivó 27 centrales nucleares desde 2011 y planteaba cerrar las últimas tres para fines de este año. Italia ya había abandonado el uso de esa fuente de energía tras un referéndum realizado en 1987 y en 2011 los italianos volvieron a manifestarse en contra en otra consulta popular.
El año pasado, mucho antes del conflicto bélico, el aumento en los precios de la energía en todo el continente hacía presagiar algo malo en el futuro y comenzaron a alzarse voces en favor de la energía atómica. Los más audaces intentaron sumar el átomo a las llamadas energías verdes. El actual presidente francés y el premier británico abrieron el juego a la construcción de nuevas centrales, Alemania analiza reabrir sus centrales y hasta Italia se plantea dejar de lado el rechazo. El precio de la energía tiene cara de hereje.
Alemania, hoy por hoy, compra más el 50% del gas, el 30% del petróleo y el 50% del carbón mineral a Rusia. Resulta un objetivo económico y militar para la ofensiva de EE UU y la OTAN: comprarle al enemigo es como ser un cómplice, porque lo financia. Tal vez por eso el gobierno de Olaf Sholz se sometió mansamente a la voluntad estadounidense y no dio la certificación para el funcionamiento de Nord Stream II, que está juntando mojo desde septiembre pasado. No quería terminar acusado de prorruso.
La Comisión Europea propone aumentar la producción de hidrógeno verde para sumarse así al “castigo” contra Rusia. Con un plan de ahorro de gas hogareño dicen que pueden reemplazar 15.500 millones de m3 de gas en 2022 y acelerando el desarrollo de energía eólica y solar pueden reemplazar otros 20.000 millones de m3. EE UU promete enviar tanques con unos 50.000 millones de m3. Pero Europa consume unos 540.000 millones de m3 y Rusia provee aún 216.000 millones. El formateo será duro, costoso y tan letal como una guerra.
Mientras se lanzan acusaciones mutuas por la instauración de un “corredor humanitario” que debe permitir la evacuación de población civil de las ciudades de Mariupol y Volnovaya, representantes de Ucrania y Rusia se disponían a una nueva ronda de negociaciones por un alto el fuego, la tercera desde que Vladimir Putin ordenó la incursión militar, el 24 de febrero pasado. Desde entonces, con tropiezos y ante una resistencia que da la impresión de ser mucho mayor de la esperada, las tropas rusas avanzan lentamente para cubrir todo el territorio y fundamentalmente, se acercan para rodear a Kiev, la capital del país y el bastión del gobierno proeuropeo de Volodimir Zelenski.
La estrategia de Moscú parece estar centrada en demoler todas las instalaciones militares ucranianas y este sábado el presidente ruso aseguró que ya fue destruida la mayor parte de las infraestructuras que atienden a las tropas de Kiev. El ministro de Defensa ruso Igor Konashenkov estipuló en 2037 la cantidad de objetivos destruidos. Las autoridades computan en este rubro almacenes de armas, depósitos de municiones, sistemas de aviación y defensa antiaérea y estaciones de radar.
De acuerdo a datos filtrados de la OTAN, desde la organización atlántica brindan información de inteligencia satelital sobre la ubicación de tropas y desplazamiento de la parafernalia de Rusia, lo que permitió la destrucción, a su vez, de gran cantidad de la maquinaria bélica utilizada en el operativo. Eso explicaría en parte la resistencia ante el avance ruso.
Entre las bajas más sonantes de esta semana figuró la muerte del mayor general Andrei Sukhovetsky, de 47 años, comandante general de la Séptima División Aerotransportada rusa y subcomandante del 41° Ejército de Armas Combinadas, alcanzado por el proyectil disparado por un francotirador desde 1500 metros.
Una medida de que el cerco sobre Kiev y el resto del occidente ucraniano se estrecha, sin embargo, tal vez la muestre la desesperación del presidente Zelenski por convencer a sus aliados europeos y de Estados Unidos para que se comprometan más intensamente en el apoyo y la defensa de Ucrania. Tras un encuentro desarrollado de manera virtual este viernes, el mandatario acusó a la Otan de haber mantenido “una cumbre débil, una cumbre confusa» y les endilgó: «Todas las personas que morirán a partir de este día también morirán por tu culpa, por tu debilidad, por tu desunión».
Zelenski pedía, entre otras cosas, más armas y que declaren zona de exclusión aérea sobre su país para evitar las incursiones de la aviación rusa. Putin, desde Moscú, advirtió lo que era obvio: que eso podría implicar una guerra abierta de final impredecible pero indudablemente letal para el continente. Zelenski repitió el pedido ante senadores de EE UU. El jefe de Estado Mayor estadounidense fue el encargado de responder y descartó desde Letonia toda posibilidad de una medida semejante. «Si se declarase una zona de exclusión aérea, alguien tendría que hacer que se respetara», dijo Mark Milley. «Tendríamos que ir y combatir activamente a las fuerzas aéreas rusas –explicó luego– y eso es algo que ni el secretario general de la OTAN (Jens Stoltenberg) ni ningún otro responsable político entre los Estados miembro hayan dicho que quieran hacer».
El presidente ucraniano oscila entre pedidos desesperados de ayuda, lamento por la falta de resultados y declaraciones en las que se muestra dispuesto a negociar una salida. Dijo que aceptaría reunirse con Putin para hablar en persona sobre la forma de resolver la cuestión sin condiciones, pero desde Moscú no recogieron el guante. Se limitan a sostener que toda posibilidad de arreglo por ahora debe ser tratada en la mesa de negociaciones, mientras entienden que los planes originales de “desmilitarizar y desnazificar” al país no tienen por qué ser negociados. Pero si al principio no querían saber nada con el ex comediante, ahora estarían más dispuestos a que siga en el cargo de cumplirse el objetivo de entrar a Kiev.
En la segunda reunión entre ambas partes, se había acordado un cese el fuego puntual para evacuar a población de las ciudades sureñas Mariupol y Volnovaya, que sufren la falta de artículos esenciales, electricidad y gas por el bloqueo ruso. Sería un corredor para transportar a varios cientos de miles de personas durante un tiempo determinado. Pero hubo denuncias de ambas partes de violación al compromiso de “silencio de armas” y de que no se estaba cumpliendo.
El miembro de la delegación ucraniana para la mesa de diálogo, David Arakhamia, confirmó desde su cuenta de Facebook que el lunes se reanudarán las conversaciones, sin especificar el lugar del encuentro. Rusia pretendía que se desarrollaran en Minsk, la capital de Bielorrusia, donde en 2014 y 2015 se firmaron los Acuerdos que, con anuencia de Alemania, Francia y Gran Bretaña, deberían haber puesto fin a la crisis en el Donbass, pero que nunca fueron cumplidos por Kiev.
Zelenski, precisamente por el contenido simbólico que hubiesen tenido esas entrevistas en ese preciso lugar, quiso se fueran en otro lado. La primera fue en Gómel, la segunda en Belovezhskaya Pushcha, en la región bielorrusa de Brest, cerca de la frontera con Polonia.
Putin, mientras tanto, sigue con una febril actividad diplomática y mantuvo un encuentro de más de dos horas con el primer ministro israelí, Naftali Bennett, para hablar de la situación regional en relación con la guerra en Ucrania y el impacto que tiene sobre ese escenario también lábil. Durante la semana, Putin también habló con el presidente francés, Emmanuel Macron, quien intenta por todos los medios convertirse en una suerte de mediador para acercar cabezas y bajar tensiones, hasta ahora con poco éxito.
En el delicado tablero europeo, la invasión rusa removió viejos temores y desempolvó antiguas disputas. Hubo manifestaciones en Hamburgo en contra de la guerra, mientras que en Munich se organizó una cadena humana entre los consulados de Ucrania y de Rusia. En Düsseldorf se juntaron varios miles en una marcha bajo el lema «Juntos contra la agresión rusa». En Serbia, en tanto, se desarrolló una manifestación a favor de Rusia. “Crimea es Rusia, Kosovo es Serbia”, se escuchaba en alguno de los cánticos.
Foto: AFP
Bitácora
Kiev acusó a Rusia de «terrorismo nuclear» y despertó alarmas tras un ataque en instalaciones de la central nuclear de Zaporiyia.
Tras una conversación telefónica con Vladimir Putin, el presidente francés Emmanuel Macron consideró que «lo peor está por venir», por la determinación de su par ruso para «tomar el control» de todo el país.
Más de 1,37 millones de personas huyeron de Ucrania desde el 24 de febrero, según la ONU. La mayoría cruzó a Polonia, pero también a Hungría, Moldavia, Eslovaquia y Rumania.
EEUU y Rusia establecieron una línea directa entre ambas cúpulas militares para prevenir errores de cálculo en Ucrania, dijo un alto cargo de Defensa estadounidense al The Wall Street Journal.
La guerra en Ucrania y las sanciones contra Rusia tienen un impacto significativo en la economía mundial y los mercados financieros, evaluó el Fondo Monetario Internacional (FMI).
El magnate Elon Musk dijo que el servicio de banda ancha satelital Starlink, que brinda su compañía Space X, no bloqueará a los medios de comunicación rusos «a menos que sea a punta de pistola».
Alemania cerró un acuerdo para construir una terminal para importar gas licuado (GNL) en la desembocadura del río Elba, la primera del país, con el objetivo de disminuir su dependencia del gas ruso, dijo el Ministerio de Economía.
En una guerra siempre pierden los mismos: la población de los países donde se combate y quienes pelean en los campos de batalla. También se sabe quiénes ganan, inevitablemente. Fabricantes de armas, acaparadores, especuladores, productores de energía. En la “Batalla de Ucrania”, también hay ganadores y perdedores en la política internacional.
Estados Unidos, Joe Biden y la OTAN se anotan un poroto. Luego del manejo errático e injurioso de Donald Trump y de una estampida para huir de Afganistán, los tres habían quedado muy golpeados. En pocas semanas, la Casa Blanca logra ordenar nuevamente a Europa detrás de la organización atlántica, y él se posiciona en el frente interno.
Venía golpeado por el bloqueo de la oposición republicana a cada una de sus propuestas y perdiendo popularidad día a día. Para colmo, el imperio está en decadencia. Quizás, como dice algún historiador, la caída de la Unión Soviética castigó más a EE UU, que a duras penas puede mantener su cohesión interna, como se vio con Trump en el poder. En el 2001, esa unidad nacional perdida al disolverse la Guerra Fría se recompuso con la Guerra al Terrorismo de George W. Bush. Ahora necesitaba un enemigo y Vladimir Putin es ideal.
Lo venían construyendo desde la administración Obama, con una ideóloga que ahora volvió a cargos clave en la Secretaría de Estado, Victoria Nuland, la promotora del golpe de 2014 en Ucrania. Beligerante, encabeza los sectores más antirrusos dentro del “estado profundo” y es esposa de un teórico del Imperio, Robert Kagan, impulsor del Proyecto del Nuevo Siglo Estadounidense. Junto a Hillary Clinton, forman parte de lo que algún analista bautizó cáusticamente de Excepcionalistán, ese país extraordinario elegido por Dios para conducir a la civilización en el camino del Bien.
Dentro de la alianza occidental, Boris Johnson sacó del eje de debate a las críticas por las fiestas clandestinas durante lo peor de la pandemia, y encabeza el sueño de regreso imperial que se aloja en el alma británica. El Bréxit fue el primer paso para “sacarse el lastre” de la UE. El segundo fue la alianza militar con Australia y EE UU en el AUKUS, un club anglosajón exclusivo para el control de la región Indo Pacífico, la puerta del mundo hoy día.
La OTAN, nacida como una entente defensiva contra la URSS, se proponía –otra broma- tener “a los rusos afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”. Ahora vuelve a tener algo que justifica su presupuesto. Si Trump, a lo bruto, pretendió que los europeos aportaran más dinero para su propia defensa, sin éxito, ahora ya todos se ven dispuestos a abrir el bolsillo para enfrentar al oso ruso.
Curiosamente, también Trump pretendía clausurar el Nord Stream 2 para impedir que Alemania se provea de gas ruso y venderle el combustible de fracking estadounidense. El deseo de Trump lo consigue Biden.
Putin, por su lado, también tiene una parte de éxito, siempre y cuando consiga no empantanarse en Ucrania y revolver el entuerto sin mayor derramamiento de sangre. Demostró que no le tiembla la pera para desenfundar las armas de ser necesario y puso a Rusia otra vez arriba del ring.
También gana China, que luego del acuerdo de «amistad sin límites» con Rusia a principios de mes, ahora aparece como moderador en una crisis que le pega cerca.
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