por Alberto López Girondo | May 14, 2011 | Sin categoría
En la campaña aérea de la OTAN en Libia hay demasiadas violaciones de la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas”, protestó el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, luego de que la Alianza Atlántica, que lleva adelante las acciones bélicas contra el gobierno que responde a Muammar Khadafi, matara a un hijo del líder libio, tres nietos y a decenas de civiles en ataques centrados en objetivos civiles dentro de Trípoli.
El canciller contrastó el propósito con que la OTAN cruzó el Mediterráneo –el bloqueo aéreo contra supuestos ataques de aviones khadafistas a la población civil– con la realidad de que el operativo se convirtió en una política de destrucción de edificios y equipos productivos de ese país. Tal cual denunció el propio Khadafi en una de sus incursiones televisivas. Lavrov dijo que la posición rusa cuenta con el apoyo de Brasil, India, China y Sudáfrica, los países emergentes nucleados en el grupo conocido como BRICS.
Pero se acordó tarde de rezongar, porque tanto Rusia como China, con poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, eligieron abstenerse en la votación que “encomendó” a la OTAN ocuparse del tema libio. Y no porque faltaran las señales de cómo venía la mano.
Otro funcionario ruso, el director del Servicio Federal de Control de Drogas, Víctor Ivanov, aceptó en una cumbre del grupo G-8 desarrollada en París esta semana una propuesta de los organizadores tendiente a consolidar los esfuerzos en la lucha contra el crimen organizado en torno al narcotráfico. El encuentro de los países más ricos contó también con representantes de Latinoamérica y África, de naciones donde se producen narcóticos o figuran en la lista de países de tránsito de la droga a nivel internacional. Si se tiene en cuenta que los principales consumidores de estupefacientes están en ese selecto club de los más desarrollados, en esta extensa lista cabe literalmente el resto del planeta.
Sarkozy, que últimamente protagoniza las posiciones más extremas contra Khadafi y sobre los asuntos árabes y africanos en general, arrastrando a sus socios europeos, se puso también a la cabeza de este reclamo. Para lo cual llegó a proponer que se use el dinero incautado a las bandas de traficantes –no dijo si esto incluye vender la mercadería obtenida– para solventar el costo de las operaciones que esa lucha acarrea. El detalle es que para esa cruzada global pretende patrullar las costas de las regiones donde se producen los narcóticos o los puertos desde los que son trasladados para su comercio. Una excelente excusa para que las tropas occidentales vigilen a todo el planeta sin la incómoda necesidad de explicar qué hacen allí. Simplemente vigilan que nadie venda mercadería ilegal, con la cobertura de la OTAN, que es la misma que se aplica en Irak, Afganistán y Libia, por si hiciera falta aclarar.
Esto representa una vuelta al imperialismo más desembozado de fines del siglo XIX, ahora con la mayor tecnología disponible por la humanidad y la incorporación del aparato militar de los Estados Unidos. No por nada, siempre la OTAN tuvo dirección civil europea, pero el comando militar es provisto por el Pentágono.
Poco importó el pedido del funcionario ruso, en ese encuentro parisino, para que se discuta también la ruta de la heroína que proviene de las plantaciones de Afganistán, el principal productor del mundo de la adormidera de la que se extrae el preciado opio. Víctor Ivanov señaló que todas las medidas tomadas en el combate de la “narcoamenaza” afgana resultaron ineficaces. Rusia se queja de que no consigue consensuar acciones de ese tipo con la OTAN, y de que las tropas emplazadas en Afganistán no se muestran decididas a terminar con las plantaciones de las amapolas, aunque sendas resoluciones de la ONU de 1998 y 2009 lo piden expresamente.
Más allá de todo posible debate sobre el comercio de drogas, el cultivo de la adormidera es una extraordinaria fuente de ingresos para poblaciones locales, jefes tribales que juegan a favor de la OTAN en ese rincón del mundo, y también para solventar gastos corrientes de ejércitos de ocupación por fuera del presupuesto oficial.
Pero la cumbre del G-8 no se proponía calar tan hondo, sino apenas ir delineando los futuros enemigos de la coalición occidental luego del asesinato de Osama bin Laden hace un par de semanas. Por eso, tanto en los Estados Unidos como en la OTAN el caso puntual de Afganistán fue barrido debajo de la alfombra.
Y en cualquier caso, ya sea que se aplique la Guerra Santa contra las drogas, o se profundice la versión no menos sagrada de la lucha contra el terrorismo, de todas maneras la OTAN tendrá una posición privilegiada de gendarme global subsidiario de la estrategia militar del Pentágono.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte nació en plena Guerra Fría, en abril de 1949. Cuando el “peligro para la paz mundial” era el comunismo soviético y el que ya se preveía seguro triunfo de Mao Tse-tung en China. Los países fundadores fueron Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, como ganadores de la Segunda Guerra, más Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Dinamarca, Italia, Islandia, Noruega, Portugal y Canadá. Pero a poco de andar se fue viendo que el interés que representaba el organismo estaba más ligado a los anglosajones que al resto de los afiliados.
Por eso ya en 1958 el francés Charles de Gaulle fue planteando una estrategia para abandonar la alianza. Primero retiró su flota del Mediterráneo, luego prohibió el despliegue de armamento nuclear en su territorio, y finalmente ordenó devolver las diez bases militares estadounidenses en Francia. La sede del organismo militar se trasladó entonces a Bélgica. Para 1966 ya no había tropas galas en el comando integrado. Recién en 2009, con Sarkozy en el poder, volvió al redil. En el medio, había caído el sistema socialista soviético, Alemania se había vuelto a unificar y China avanzaba a pasos agigantados hacia el capitalismo. Es más, ya es otra vez una amenaza, ahora como potencia económica, al igual que Rusia más ese “puñado de advenedizos” que integran el BRICS.
Es tal vez en este escenario que debe entenderse la insistencia de Sarkozy para querer acaudillar cuanta operación militar se desarrolle en el tablero internacional. Para conquistar los lugares que ya no ocupa España desde que el derechista José María Aznar dejó el gobierno, y competir con el que sostiene a duras penas Gran Bretaña tras el alejamiento de Tony Blair de la gestión pública.
Pasa, además, que Sarkozy entendió perfectamente que la OTAN es la Santa Alianza de estos días. O más acá en el tiempo, que es una coalición que intenta reeditar, como sostiene el escritor estadounidense Rick Rozoff –director del sitio Stop NATO International– el Congreso y la Conferencia de Berlín que entre 1878 y 1885 convocó a las potencias europeas de entonces a resolver la cuestión de los Balcanes y repartirse las colonias africanas.
“Asistieron representantes de Austria-Hungría, Bélgica, Gran Bretaña, Dinamarca, Francia, Italia, Holanda, Portugal, Prusia, España y Suecia-Noruega. Y abrió toda África a las formas más brutales y cínicas de rapiña y saqueo”, recuerda Rozoff. El almirante italiano Giampaolo Di Paola, presidente del Comité Militar de la OTAN, no pudo ser más claro: “Es necesaria una nueva forma de gobernanza mundial, en la cual la OTAN, la UE y otras importantes organizaciones internacionales tienen que jugar un papel.”
En eso andan esos mismos aspirantes a imperio de hace más de un siglo, ahora bajo la férula estadounidense.
Tiempo Argentino, 14 de Mayo de 2011
por Alberto López Girondo | Abr 30, 2011 | Sin categoría
Estos son los líderes que elegí para ayudar a guiarnos a través de los difíciles días que vendrán.” Con estas palabras, el presidente Barack Obama anunció una serie de enroques en un área altamente sensible de su gestión como es el saturado frente bélico estadounidense. Lo hizo cuando se conocían filtraciones de WikiLeaks sobre la barbarie cometida en la cárcel de Guantánamo. Fue también cuando tuvo que sacar a relucir su partida de nacimiento para demostrar de qué lado de la frontera nació. Rara coincidencia.
Los cambios pasan por el retiro del secretario de Defensa, Robert Gates, que había sido designado por George W. Bush. En cadena, el actual titular de la CIA, Leon Panetta, tomará el lugar que deja vacante Gates y el hasta ahora jefe de las operaciones de la OTAN en Afganistán, el general David Petraeus, ocupará el sillón principal en la agencia de los espías estadounidenses.
Las razones que esgrimió el mandatario fueron de orden práctico, pero debajo de esta decisión hay una puja sobre el rumbo en la política exterior de Washington ante el escenario que plantean los levantamientos en el mundo árabe, los resabios de la invasión a Irak y la ocupación de Afganistán, que para la mayoría de la población de los Estados Unidos se convirtió en una pesada carga, no sólo económica sino moral.
Es así que los analistas se devanan los sesos tratando de adivinar cómo reaccionarán los distintos actores de esta movida presidencial. Y sobre todo en la CIA que, como resaltan al unísono, no es una oficina demasiado dispuesta a dejarse dirigir por ajenos “que creen saber más” que quienes la vienen remando desde adentro, según sugieren Adam Goldman y Kimberley Dozier para la agencia AP.
Los especialistas en la trama de la inteligencia estadounidense se relamen para ver cómo Petraeus abordará su nuevo trabajo en “la compañía”. Robert Dreyfuss, en The Nation, descuenta que el general de cuatro estrellas se las verá difíciles frente a un personal en su mayoría civil, famoso “por haberse masticado y escupido a los jefes que no les gustan”. Como pasó con James Schlesinger en 1973 y Porter Goss en 2006. Irónico, Dreyfuss agrega que si tuviera que apostar en una guerra entre “Petraeus y los burócratas de la CIA y sus agentes operativos, yo me quedaría con el personal de la CIA”.
Sin embargo, el prestigioso general tiene avales como para dar batalla en las oficinas de Langley, en Virginia, y de asentarse –como parece que lo están tentando− hacia una carrera política. Ente los lauros de Petraeus, que sucedió al controvertido y dicharachero Stanley McChrystal en el comando de las tropas en Irak y Afganistán, se cuenta un trabajo que culminó en 2006: la actualización del Manual de Contrainsurgencia, que venía de la época de Vietnam y modernizó sus consignas para aplicarlas en tierras árabes luego del 11-S.
El militar, además, se opone a la retirada de tropas de combate de la región, donde según su dossier, todavía da para quedarse y desplegar en toda su extensión las teorías desarrolladas en el Manual, conocido en sus siglas militares como COIN, que significa literalmente “moneda”.
El plan, que inauguró McChrystal, combina tácticas de la más dura línea militar con políticas de seducción a los pobladores. “Uno puede ganar batallas y perder la guerra”, piensa Petraeus. Por eso en uno de los apartados del trabajo (que puede consultarse en ) sostiene que el éxito del COIN requiere alejar a los terroristas del lugar, luego consolidar estrechas relaciones con los habitantes –conociendo no sólo el idioma sino también las costumbres y tradiciones− y más tarde crear las bases para que esa relaciones fructifiquen en instituciones que garanticen que “la subversión” no vuelva. Esto implica el establecimiento de un gobierno legítimo apoyado por la población −cosa que no se hizo en ninguno de los países donde se empleó, como es notorio− y una gran cantidad de tropas durante bastante tiempo. Quizás hasta que una nueva generación “entienda” de qué viene la ocupación.
El convencimiento, supone el estudio, vendrá de acciones en concreto que en su momento entusiasmaron a la actual secretaria de Estado, Hillary Clinton. Puesto que la doctrina de contrainsurgencia exige que los servicios sociales en zonas de guerra −las escuelas, la justicia, el desarrollo económico− sirvan como apoyo de las acciones de los militares.
“Usted no puede luchar contra ex saddamistas y extremistas islámicos del mismo modo que lo hizo contra el Viet cong, los Moros (filipinos musulmanes) o Tupamaros; la aplicación de principios y fundamentos para tratar a cada uno varía considerablemente”, dice el voluminoso expediente elaborado por un equipo que dirigió Petreus, egresado de West Point, la academia militar estadounidense, en 1974, un año después de la derrota en Vietnam.
Entre las técnicas bélicas, el COIN propone el uso de toda la tecnología vigente y sobre todo de imágenes satelitales y de aviones no tripulados Predator. Por eso es que la CIA cada vez trabaja más estrechamente con el Pentágono en todo el mundo, ya que la información básica sobre qué objetivos atacar desde las centrales de comando de los drones debe ser provista por la central de inteligencia. Pero sucede que ya hubo demasiados “errores” y “daños colaterales”.
Por eso, el cambio de un hombre del Pentágono −y el más prestigioso de ellos, con título universitario en Relaciones Internacionales en Princeton y todo− tiene también sabor de ajuste de cuentas. Es que en el geométrico edificio militar se acusa a los espías de recopilar data pero no compartirla con sus colegas uniformados, lo que obliga a crear fuentes de información duplicadas.
“Como un consumidor permanente de inteligencia, sabe que la inteligencia debe ser oportuna, precisa y actuar en forma rápida”, dijo Obama cuando dio cuenta del nuevo rol de Petraeus. “Entiende que mantenerse un paso por delante de adversarios ágiles requiere intercambio y coordinación de la información.”
Petraeus buscará solucionar este problema y fortalecer las operaciones de la agencia, pero además ya dio señales hacia el sector militar. Como que McChrystal fue declarado inocente de cualquier ilícito en la investigación que hizo el Pentágono sobre las declaraciones que publicó el año pasado la revista Rolling Stone y que derivaron en su despido como máximo comandante de las tropas estadounidenses en Asia.
El informe oficial, difundido hace diez días, resalta que al citar a individuos no identificados cercanos a McChrystal, “el artículo le atribuyó al general declaraciones despectivas sobre miembros del grupo de seguridad nacional del presidente Barack Obama, incluido el vicepresidente Joe Biden”, que no se pudo probar que haya hecho realmente.
El documento firmado por el Departamento de Defensa sostiene que la evidencia disponible no alcanza para concluir que McChrystal haya violado alguna norma legal o ética aplicable. Cuando echó a McChrystal, Obama dijo que se había comportado por debajo de “los estándares que debe establecer un general al mando”. Ahora, para resarcirse, lo designó al frente de un organismo que asesorará a familias de militares que padecen las consecuencias de las guerras.
Dicen que Panetta alguna vez recomendó a Obama que ante cualquier duda sobre algún tema en el que el Pentágono tuviera opinión, lo más recomendable sería seguir la línea que le marcaban los militares. Últimamente le está dando la razón.
Tiempo Argentino, 30 de Abril de 2011
por Alberto López Girondo | Abr 9, 2011 | Sin categoría
Nicolas Sarkozy viene perdiendo imagen puertas adentro de Francia. Y como parecen indicar las normas no escritas de la política imperial, apela al recurso de las acciones en el plano internacional para recuperar protagonismo interno. Al precio de no resistir las frías evidencias de ningún archivo. Como su apurada, nerviosa, incursión en Libia, cuando todavía ni la Unión Europea ni la OTAN habían decidido qué hacer en torno a un conflicto que no veían de fácil resolución, como efectivamente está ocurriendo en relación con Muammar Khadafi.
Una incursión que decidió apenas días después de que su ministra de Relaciones Exteriores tuviera que renunciar por su estrecha vinculación con el ex mandatario tunecino, Ben Ali, expulsado del poder por movilizaciones populares que reclamaban democracia en un país sometido a gobiernos autoritarios por décadas. Y luego de haber apoyado al egipcio Hosni Mubarak –caído en circunstancias similares– hasta que no tuvo más remedio que soltarle la mano.
Vieja potencia imperial en el continente africano desde que ocupara Argelia, en 1830, Francia venía retirándose de sus antiguas colonias, donde aún ejerce una suerte de protectorado, por razones básicamente presupuestarias. Sin embargo, y luego de ese renacer ensayado en Libia –contra la voluntad de los italianos, que repentinamente también recordaron su pasado colonizador y no quieren perder influencia en los asuntos norafricanos– el Elíseo mantiene su rol protagónico en la crisis de Costa de Marfil, antigua posesión en la que se juegan no pocos intereses económicos, más que la salida democrática que argumentan los entidades políticas multinacionales y varios gobiernos, incluido el de Barack Obama, que mira expectante el resultado de esta lucha por el control del principal productor mundial de cacao. No quedaría mal decir, entonces, que el revival imperial en África tiene color negro, y olor a petróleo en Libia y a chocolate en Costa de Marfil.
Pero para entender algo más de lo que sucede en Abidjan, conviene recordar algunos antecedentes, sobre todo de sus principales protagonistas. Porque para los grandes medios, todo el problema se reduce al empecinamiento de un presidente, Laurent Gbagbo, que perdió las elecciones de noviembre pasado y se niega a dejar el poder a su sucesor reconocido por todos los organismos internacionales, Alassane Dramane Ouattara (ADO). Pero no se menciona tanto el apuro de las trasnacionales del cacao para solucionar un problema que, como consecuencia del bloqueo al que se sometió al gobierno de Gbagbo para que deje el poder, impide desde diciembre la venta (al menos la legal) del principal componente de ese Alimento de los Dioses inventado por los aztecas.
Gbagbo, el malo de la película, es profesor de historia graduado en su país y con un master en la Sorbona. De tendencia socialista, fue arrestado por primera vez en 1971 por su lucha contra el derechista Félix Houphouet-Boigny, presidente “democrático” desde la independencia, en 1960, hasta su muerte, en 1993. Gbagbo fue uno de los fundadores del Sindicato Nacional de la Investigación y la Enseñanza Superior (Synares) y alcanzó renombre como para postularse a presidente en 1990. Fue declarado perdedor, a pesar de las denuncias de un fraude escandaloso que en ese momento no despertó críticas de los centros del poder mundial. Otro intento de despojo, en 2000, terminó con una revuelta popular sólo aplacada cuando las autoridades de entonces reconocieron su triunfo. Ensayó como mandatario una política contraria a los designios de Francia y, sobre todo, del Fondo Monetario Internacional, con el que se propuso negociar un reescalonamiento en los pagos de la deuda marfileña para no realizar los ajustes a que lo obligaban.
Pero ya por entonces su enemigo político era Ouattara. Que precisamente había sido ministro en tiempos de Houphouet-Boigny y de sus no menos “democráticos” sucesores (Aimé Henri Bédié y Robert Guéi). ADO también fue mano derecha del ex director del FMI Michel Camdessus.
Porque Ouattara, musulmán del norte de Costa de Marfil, educado en Burkina Faso y los Estados Unidos, al que le costó mucho le reconocieran la nacionalidad marfileña, ya que toda su familia es burquinesa, desde joven rumbeó como cuadro de los estamentos financieros internacionales. Y tras recibirse de bachiller en Ciencia en la Universidad Drexel, de Filadelfia, se doctoró en Economía en la Universidad de Pensilvania a los 23 años, en 1965, y tres años más tarde ingresó al FMI. Allí Camdessus, que dirigió el organismo de crédito en los años de oro del neoliberalismo y sin dudas es uno de los responsables de la gran crisis argentina de 2001, lo nombró director general adjunto en 1994.
Casado en segundas nupcias con Dominique Nouvian, una ambiciosa empresaria de nacionalidad francesa nacida en Argelia, ADO conformó un matrimonio que, según informes de organismos de inteligencia franceses, entre alianzas y contactos, le permitió afianzar una cuantiosa fortuna, con propiedades y empresas en África, Francia, los Estados Unidos y cuentas bancarias en las más sólidas instituciones, si las hay. Pero nunca dejaron de levantar sospechas por la rapidez con que se construyó ese imperio personal. Premonitores, el casorio de los Ouattara-Nouvian, en 1990, había sido apadrinado por el entonces alcalde de Neuilly-sur-Seine, Nicolas Sarkozy.
Sin entrar en detalles, para 2002 estalló en Costa de Marfil una feroz guerra civil que partió el país en dos. En el Norte se ubicaron los “rebeldes” de las Forces Nouvelles, dirigidas y financiadas por el ouattarismo, mientras que el sur quedaba en poder de Gbagbo. Los cascos azules de la ONU ingresaron a ese territorio en 2004, con la justificación de cumplir tareas humanitarias. Las tropas francesas, acantonadas en la base de Port Bouet, pusieron su granito de arena en esta contienda que tuvo también ingredientes étnicos y religiosos, pero una base económica innegable.
Así las cosas, y luego de ingentes negociaciones que involucraron a la mayoría de los países africanos –deseosos de poner fin a la matanza– el presidente llamó a elecciones en 2010. Ouattara, para todos los veedores, fue el ganador, con 54% de los sufragios. Gbagbo desconoció ese resultado, explicando que, como ya lo habían hecho otras veces, metieron mano en las urnas en complicidad con franceses y empresas transnacionales.
Esta es la razón por la cual, para acelerar la caída de Gbagbo, al amparo de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU de protección de la seguridad de los civiles que también se aplica en Libia, las tropas francesas iniciaron la llamada “Operación Unicornio” junto con los cascos azules internacionales.
El documentalista dinamarqués Miki Mistrati presentó el año pasado un film en que refleja otra vertiente del drama marfileño. El lado oscuro del chocolate muestra que gran parte de la producción de cacao que sale de la región está hecha por mano de obra infantil y esclava. Se compran niños por unos 230 euros para que trabajen en plantaciones por la comida diaria, sostiene el testimonio, fue publicado por Tiempo Argentino el 12 de diciembre pasado.
Las denuncias hechas durante una década desataron investigaciones contra Cargill y Archer Daniels Midland (ADM) como comercializadoras del cacao y Barry Callebaut, Nestlé, Kraft Foods, Ferrero y Mars como fabricantes del dulce néctar. Todos se comprometieron a combatir el problema.
Tiempo Argentino, 9 de Abril de 2011
Comentarios recientes