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Giro conservador en Francia

Giro conservador en Francia

A veces los gestos dejan traslucir mucho más de lo que muestran. Que el gobierno de François Hollande haya decidido dejar de lado la discusión sobre una nueva ley de Familia, que permitirá la adopción a parejas homosexuales, en el marco de masivas manifestaciones de los sectores más conservadores de la sociedad, es todo un símbolo. Cuando se aprobó la ley de Matrimonio Igualitario, el año pasado, la gran sorpresa fue que verdaderas multitudes salieron a las calles a protestar contra lo que sin tapujos llamaron un «ataque a la familia». Sorpresa porque Francia siempre se caracterizó por el espíritu anticlerical y la liberalidad en las costumbres. Pero algo cambió en ese país en forma imperceptible en las últimas décadas, algo que se viene reflejando en un lento pero persistente corrimiento hacia los valores más tradicionales en amplios sectores de la sociedad. Quizás en este corrimiento haya que ubicar también la beligerancia cada vez mayor que muestra el Elíseo en política exterior, a esta altura toda una política de Estado que echa por tierra lo poco que quedaba de las promesas electorales de un presidente que iba a rescatar el ideario de la izquierda luego de varios gobiernos derechistas; promesas que impidieron la reelección de Nicolás Sarkozy, que había colocado al país a la cabeza de las respuestas neoliberales en economía, con un racismo inquietante en lo social mientras al mismo tiempo aprobaba con particular vehemencia las intervenciones militares que propuso la coalición angloestadounidense desde que el inefable mandatario de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) sustituyó a Jacques Chirac en 2007.

Maten a De Gaulle
Recordar que el no menos conservador Chirac fue en 2003 uno de los adalides en la oposición a la invasión del Irak de Saddam Hussein –capitaneada por Estados Unidos y Gran Bretaña pero también por la España de José María Aznar– es toda una lección para cualquier francés de hoy en día. Yendo un poco más atrás en la historia de esa nación, fue durante la gestión del también derechista Valery Giscard D’Estaing, en 1975, cuando se aprobó la ley de aborto. Eran épocas en que Francia mantenía una política exterior «independentista» en relación con el imperio anglo, como solía mencionarlo Charles De Gaulle. Francia ni siquiera participaba de la OTAN –de donde se había retirado en 1966– y mientras el general de la Resistencia vivió, rechazaba el ingreso del Reino Unido a la Comunidad Europea, por la permanente desconfianza hacia Londres. Pero algo fue cambiando en la mentalidad de los descendientes de Astérix para que en 2009 Sarkozy lograra aprobar el regreso a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, el organismo militar creado con la vista puesta en el bloque soviético. Durante la gestión del XXII presidente francés –recordado por su agitada vida privada y su histrionismo en la arena internacional– comenzaron los recortes presupuestarios y se inició el desmantelamiento del Estado de Bienestar, con la excusa de la crisis financiera que se había desatado en 2008, un año después de su llegada al Elíseo. Paralelamente, se iban extendiendo concepciones más extremas en lo social, al punto que el país fue objeto de no pocos tirones de orejas de los organismos de la Unión Europea por el maltrato y la expulsión de las comunidades gitanas rom, que se habían asentado en ese país en busca de una vida mejor al amparo de las políticas de libre circulación de personas que garantiza la integración continental.

Competencia feroz
Cierto es que el giro xenófobo y racista del electorado les marcaba a las autoridades de entonces que algo estaba cambiando en la otrora cuna de los derechos humanos y la igualdad. Pero poco hizo Sarkozy para revertir el discurso retrógrado en la sociedad. Más bien buscó competir con él para mantenerse en el poder.
No le alcanzó en 2012 frente a la oferta de Hollande de volver a los postulados del progresismo. Pero pronto el nuevo gobernante, como se dice, «mostró la hilacha». Y de su ímpetu inicial de voltear el tratado de austeridad que se conoció irónicamente como Merkozy, por la estrecha alianza en los ajustes que habían sostenido la canciller alemana Angela Merkel con su antecesor, pasó sin una transición suave a una política adecuada a los designios de Berlín, aunque con un toque francés. Hubo recortes y el impuesto a las riquezas se quedó a mitad e camino. Además, promovió la creación de una zona euro exclusiva para los socios más influyentes de la Unión Europea (otra vez Berlín-París), luego de haberse presentado como defensor de las castigadas repúblicas del sur (España, Italia, Grecia).
Pero el gobierno de Hollande mantenía al menos el deseo de imponer algunas de sus propuestas sociales. Es el caso de la ley de Matrimonio Igualitario, que, luego de intensos debates en sesiones interminables, fue aprobada en abril pasado. Sin embargo, no había pasado una semana de la puesta en vigencia de la normativa cuando las calles de todo el país se poblaron de cientos de miles de ciudadanos indignados por lo que consideraron un atentado contra los valores de la familia occidental. Según los organizadores de las marchas –agrupaciones ultracatólicas junto con sectores de la derecha más tradicional– sólo en París había un millón de personas, una cifra que la policía rebajó a 150.000. Quizá ninguno de los dos dijo la verdad, pero de cualquier modo se trata de una cantidad abrumadora de ciudadanos que sorprendieron a propios y ajenos dada la imagen de sociedad abierta que Francia se había sabido construir a lo largo de su historia moderna.
Sucede que el partido de Marine Le Pen, la nieta del anciano líder ultranacionalista Jean-Marie Le Pen, en las elecciones del 2012, había crecido hasta arañar los 20 puntos con un discurso extremo. En un contexto de oscuras expectativas económicas, prende por su rechazo a la «invasión» de gitanos o norafricanos, que en esa versión simplona de la economía les quitan trabajo a los franceses. En setiembre de 2013, incluso, el FN ganó un municipio clave por lo que representa simbólicamente, Brignoles, donde históricamente triunfaban los sectores más progresistas. Pero la desocupación es allí una realidad concreta y demoledora que no permitió el debate ideológico. Para peor, las encuestas afirman que el partido de Le Pen mantiene una intención de voto cercana al 24% y aparece en primer lugar para las parlamentarias europeas de mayo.

Gitanos go home
Será por eso que el ministro de Interior de Hollande, Manuel Valls, apareció en el centro de las críticas para esa misma época, cuando ordenó expulsar a una familia gitana. El caso provocó protestas estudiantiles porque entre los deportados estaba Leonara Dibrani, de 15 años, que iba a un colegio destinado a la integración. El gobierno tuvo que salir a relativizar las palabras de Valls, de origen catalán, quien había dicho, sin que le temblara la pera, que los rom tenían que volver a sus países de origen. Los Dibrani son kosovares. En un intento de resolver la cuestión, el gobierno autorizó el regreso de la adolescente, aunque sin sus padres, que están acusados de haber violado las leyes de inmigración.
Al giro en la política económica y en cuestiones de inmigración, Hollande sumó la decisión de mantener el rumbo que le había impreso a la política exterior Sarkozy, uno de los mas fervientes impulsores de la invasión a la Libia de Muammar Khadafi en 2011, a pesar de que el líder árabe –como se reveló por estas semanas– había sido un fuerte sponsor de su campaña para la presidencia en 2007. Hollande no cambió un ápice esta posición, que une a Francia con los anglos de los que De Gaulle recelaba. En tal sentido, exacerbó mucho más que sus «socios» la postura de una intervención armada para derrocar a Bashar al Assad en Siria. Eso sí, ni bien el presidente estadounidense Barack Obama aceptó la gestión de Rusia encaminada a un plan de negociaciones con la oposición, se bajó sin chistar. Ya en enero de 2013 Hollande había mostrado de qué venía su política exterior. Fue cuando desplegó tropas en la república africana de Mali, inmersa en una guerra civil contra grupos salafistas que controlan parte del país. La excusa originaria fue «proteger a sus residentes en Bamako», la capital maliense, y apoyar al mandatario Dioncunda Traoré. Pero las tropas francesas siguen allí, ahora junto con una misión de la ONU.
Antes de terminar el año pasado, Hollande ordenó intervenir en otro conflicto interno en una ex colonia francesa en la misma región, la República Centroafricana. Durante varias semanas hubo enfrentamientos entre militantes de Séléka, que en marzo derrocó al presidente François Bozizé, y las milicias partidarias del mandatario, los «Anti-Balaka» («antimachete» en la lengua oficial del país). Hubo centenares de muertos y Hollande arguyó motivos humanitarios para pedir el apoyo de la ONU y desembarcar soldados en ese territorio.
Como colofón de esta política «anglófila», a fines de enero el presidente galo se reunió en Londres con el premier británico David Cameron para tratar el futuro de la UE y hablar de «seguridad internacional». El dato más relevante fue el anuncio de que Francia y el Reino Unido construirán aviones no tripulados (drones) y un sistema misilístico en conjunto. «Ambos vemos el vínculo entre nuestra prosperidad interna y ser protagonistas activos en la escena mundial y reconocemos que si aumentamos nuestros presupuestos de defensa, nuestras fuerzas armadas se beneficiarán de un mejor equipamiento y las industrias seguirán siendo las líderes del mundo», se explayó Cameron.
Fue el cierre de un acuerdo aeronáutico como no se veía desde que se clausuró el proyecto Concorde, el avión de pasajeros supersónico construido por ambas naciones que voló entre 1976 y 2003, pero ahora enfocado en la vigilancia planetaria. Un giro copernicano perfecto.

Vidas paralelas
Cecilia Ciganer Albéniz, bisnieta del músico español Isaac Albéniz, fue la esposa legítima de Nicolás Sarkozy hasta pocos meses después de haberse convertido en primera dama. Los rumores de infidelidades circulaban desde la campaña electoral, pero no parecía el mejor momento para romper una relación que llevaba 11 años. Todo se precipitó cuando se difundió que ella mantenía una relación oculta con un publicista. Pero él no le iba en zaga y por entonces vivía un romance con la periodista Anne Fulda, de Le Figaro. Pocos meses más tarde, Sarkozy se casaría, en cambio, con la ex modelo y cantante Carla Bruni.
A fines de enero, y antes de viajar a la cumbre con Cameron en Londres, Hollande anunció que se separaba de la periodista Valérie Trierweiler. Semanas antes había estallado el escándalo cuando se publicó que Hollande –quien había sido esposo de Ségolène Royal, la candidata presidencial por su mismo partido, el PSF, que en 2007 perdió en segunda vuelta con Sarkozy–, vivía un romance con la actriz Julie Gayet. Hollande declaró escuetamente que ya no habría primera dama mientras él estuviera en el Palacio de gobierno.

Revista Acción, 15 de Febrero de 2014

Un nuevo Papa para el mundo del nuevo siglo

El tablero de la geopolítica en este siglo se está moviendo aceleradamente en el plano internacional. Apurado por la reelección de Barack Obama, pero también porque la crisis europea no tiene fin. Mientras tanto, China y las potencias emergentes avanzan a paso redoblado con políticas económicas de otro cuño que no solo ponen en cuestión al neoliberalismo imperante en el norte, sino que además demuestran ser más exitosas.
En este contexto debe leerse el anuncio de Obama en su discurso del Estado de la Unión en que ofreció públicamente un acuerdo comercial amplio con Europa, de modo de ir construyendo, se desprende, el más grande y poderoso bloque comercial del planeta. Una especie de OTAN pero volcada a la economía y con un leve toque de intervencionismo estatal, si se toman en cuenta algunos ejes explícitos en el pensamiento del mandatario estadounidense.
Recursos no le faltan a ese bloque de los países ricos, por cierto. Ni humanos, ni económicos, ni tecnológicos, ni militares. Por otro lado, ¿Qué otra le queda a eso que se llama difusamente Occidente?
La Unión Europea nació como una forma de que el mal llamado Viejo Continente recuperara influencia ante los Estados Unidos luego de haberse devastado durante la Segunda Guerra Mundial. Paralelamente, el Pentágono llenó el continente de tropas ante la amenaza de un avance soviético, ya sea político como militar, y forzó la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en 1949. Diez años más tarde, la orgullosa Francia de Charles de Gaulle dejaría la entidad y trataría de cortarse sola. Volvería al redil recién en 2009, de la mano de Nicolás Sarkozy. Mientras tanto tuvo que abandonar sus colonias en el norte de África, entre ellas la joya más preciada, Argelia. Aunque un país colonial nunca se va del todo.
No debe ser casualidad que Francia tuviera una actuación tan decisiva en ese continente desde entonces, como una forma de mostrar presencia en un territorio que había ocupado por añares amparada en el viejo reparto del mundo de la Conferencia de Berlín de 1885. En los últimos diez años, tropas francesas se desplegaron en reiteradas ocasiones en el Congo, Chad y Eritrea. Fue crucial el giro copernicano de Sarkozy para terminar con el régimen de Muammar Khadafi en Libia en 2011, como lo fue para deponer a Laurent Gbagbo en Costa de Marfil, quien había perdido las elecciones con Alassane Ouattara y no se quería ir. El socialista François Hollande no cambió demasiado esa postura con la intervención en Mali de estos meses.
No es un dato menor que China mantiene desde hace años una agresiva política comercial en África para la obtención de recursos primarios y la colocación de sus productos industrializados. El fenómeno preocupa en Europa, porque cada paso que los chinos dan inevitablemente se hace en detrimento de posiciones que los europeos consideran como propias, a pesar del proceso de independencia de los ’60. Y lo ven como un peligro para su propia subsistencia. Las intervenciones francesas representan una respuesta desesperada por no perder influencia. Y por cierto, con apoyo de Wáshington, que ya destinó 50 millones de dólares para una inédita “ayuda militar de urgencia imprevista” a París.
Mientras tanto, la cumbre de la UE en Bruselas aprobó un presupuesto más escuálido que el anterior por primera vez desde que Francia y Alemania decidieron que debían arreglar su voluntad de poder con acuerdos comerciales mejor que a los tiros. Una señal de que la tesis neoliberal de la alemana Ángela Merkel, fuertemente apoyada por el británico David Cameron, ganó la partida contra las tímidas variantes menos ortodoxas que planteaba Hollande.
En este escenario, la renuncia del Papa también representa un barajar y dar de nuevo. Con la dimisión de Benedicto XVI se abre otro ciclo para la Iglesia Católica del que se abrió en los estertores de la guerra fría, en 1978, con la llegada al trono de Pedro del polaco Karol Wojtyla. Juan Pablo II era el primer no italiano en tres siglos y venía con el objetivo manifiesto de terminar con el comunismo primero en su patria y luego en el resto del mundo.
Logró armonizar entonces con un sindicalista opositor al poder sustentado en Varsovia vía Moscú, Lech Walesa, y juntos terminaron por crear las condiciones para que, apenas diez años más tarde, la Europa diseñada en la Segunda Guerra y el proyecto socialista que había nacido con la primera se cayeran como un castillo de naipes. Y a una Polonia “liberada” le siguió la reunificación de Alemania y esta ola neoliberal en el mundo.
Hacia adentro de la Iglesia, el alemán Joseph Ratzinger comenzaría en 1981 la tarea de «limpiar» al catolicismo institucional de la tendencia ligada a los cambios sociales, representada por los curas tercermundistas. Fue así que desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, la continuadora de la Santa Inquisición, logró el alejamiento de los principales teóricos de la Teología de la Liberación, entre ellos el brasileño Leonardo Boff.
A la muerte de Juan Pablo II era natural que ocupara su lugar Ratzinger. Y su etapa coincidió con el destape de escándalos a granel que venían barriéndose debajo de la alfombra por décadas, como los abusos infantiles y el lavado de dinero en la banca vaticana. Pero también con el ascenso de Alemania como el verdadero árbitro y motor de la economía europea, al mando de una mujer de hierro formada en la antigua República Democrática y ella misma militante comunista, aunque posteriormente pasaría a integrar las filas de la Democracia Cristiana.
La renuncia a su trono, la primera en un cargo vitalicio en 600 años, también forma parte de esta nueva disposición del mundo, que se prepara para enfrentar nuevos desafíos, pero que ya encuentra nuevos protagonistas en el campo de juego. ¿Qué Iglesia vendrá? Los cardenales que elegirán al Papa número 266 son entre conservadores y muy conservadores. No fueron designados por Juan Pablo y Benedicto de casualidad. Tal vez su dimisión también sea una forma de que el ala más rancia del catolicismo institucional siga teniendo influencia y que Benedicto sea el gran elector en las sombras.
Pero quién sabe se cumpla eso que pedía Boff, que ya que el 52% de los fieles católicos pertenecen al tercer mundo, el próximo pontífice sea latinoamericano o africano. Los brasileños ya cantaron presente, teniendo en cuenta que son el país con mayor cantidad de católicos del mundo. Y que en el plano comercial integran el otro bloque que se disputa la hegemonía del siglo XXI, los BRICS, junto con Rusia, India, China y Sudáfrica.
Un dato curioso es que el reinado de Ratzinger también coincidió con el ascenso de esas naciones. Y que en el mismo año que llegó al trono, en 2005, el ALCA, el mercado común que pensaba Estados Unidos con América Latina fue sepultado en Mar del Plata. ¿Será que Obama admite la impotencia para convencer al resto del continente de otro ALCA y ahora propone aliarse con Europa?
Si esto es así ¿el próximo no terminaría siendo un Papa tan cercano a Washington como Juan Pablo II, que se reunía regularmente con el jefe de la CIA de Ronald Reagan, William Casey, para monitorear juntos cómo iba la caída de la Unión Soviética?

Tiempo Argentino, 15 de Febrero de 2013

El enemigo público

Sirte, la ciudad natal de Muammar Khadafi, es el último objetivo de la OTAN y de las tropas que obedecen al Consejo Nacional de Transición (CNT), el grupo opositor que inició la revuelta contra el líder libio en febrero y ya ocupa una gran porción del territorio de ese país del norte de África y de hecho es el representante oficial del país reconocido por gran parte de las naciones del mundo.
Distrito clave en el esquema de poder armado por Khadafi desde que derrocó al rey Idris I en 1969, en esa ciudad también nació la Unión Africana, en 1999, a instancias del coronel cuya cabeza hoy vale 1,7 millones de dólares. En Sirte, además, y luego de ingentes negociaciones para poner fin a una matanza horrorosa, se firmó uno de los tratados que llevaron al fin de la Segunda Guerra del Congo, uno de los primeros logros de la entidad regional que marcaba el inicio de nuevas formas de resolver conflictos en el continente africano.
Es que la UA pretendía replicar la organización que dio paso a la Unión Europea. Y Khadafi, diez años más tarde, ya hablaba de tomarla como base para crear los Estados Unidos de África, una gran nación con 1000 millones de habitantes y múltiples y apetecibles recursos naturales en la que se proponía unificar modelos de desarrollo, promover una moneda común y eliminar fronteras. Pero ahí pueden haber nacido algunos de los males que terminaron por hundir al gobierno de Khadafi. Porque de las arcas libias salieron en gran medida los fondos para crear y mantener a la UA. Pero a medida que la organización iba creciendo, Libia iba perdiendo contacto con el resto de los países árabes.
De modo que mientras Khadafi se proclamaba cada vez más africano y estrechaba vínculos con la África negra, iba perdiendo sustento y ganando desconfianzas en la comunidad musulmana, tanto la que vive puertas adentro del país como en el resto de las naciones que mantienen con Libia el mismo tronco étnico y religioso.
Por eso en cuanto apareció una cuña entre el líder libio y las tribus del oeste, asentadas en Benghazi, la Liga Árabe (LA) mostró su distancia de Khadafi al punto que ya en febrero pidió “el fin de los ataques sobre la población civil”, en coincidencia con el argumento que sirvió de base para la intervención de Europa y Estados Unidos en Libia.
Una injerencia que simultáneamente la UA trató de evitar proponiendo una salida negociada para la crisis que Trípoli mantenía con sus opositores. El periodista Pepe Escobar lo refleja claramente en un artículo donde sostiene que en esta contienda están por una parte la OTAN y la LA y por la otra la UA y el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Sería, agrega el corresponsal de The Real News, una pugna entre “el Occidente atlantista y sus aliados árabes contrarrevolucionarios contra África y las potencias económicas emergentes (que dio lugar a) un trueque a fin de que la Casa de Saud (la monarquía que rige en Arabia Saudita) tuviera las manos libres para reprimir las protestas por la democracia en Bahrein”, y también en Yemen.
Menudo problema entonces para la UA y el presidente Jacob Zuma, como representante de la principal potencia de esta entidad, Sudáfrica. Porque el mandatario, que siempre mantuvo una relación muy intensa con Khadafi, no puede olvidar el apoyo que recibió del libio el Congreso Nacional Africano, el partido que llevó al poder a Nelson Mandela. Y del que regularmente servía para sustentar los gastos burocráticos de la UA.
El entramado de las naciones emergentes, del que también forma parte Brasil, llevó al ex presidente Lula da Silva hasta Guinea Ecuatorial a fines de junio para debatir el caso libio. Allí, el metalúrgico brasileño aprovechó para pedir una ONU que tenga el coraje de “imponer un alto el fuego en Libia”. Para lo cual, evaluó, solo queda cambiar las reglas de juego en el organismo creado para institucionalizar el poder de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya no expresa las necesidades de los 193 estados que pueblan la tierra.
“No es posible que América Latina con 400 millones de habitantes no tenga representante en el Consejo de Seguridad. No es posible que el continente africano, con 53 países, no tenga representante en el Consejo de Seguridad. No es posible que cinco países decidan lo que hay que hacer y cómo”, insistió Lula.
Lo que sobrevuela es la sospecha de que la caída de Khadafi podría herir de muerte también a la UA. Pero también que esta escalada de los países todavía centrales del planeta repercuta negativamente en ese organismo regional que pacientemente y con mucho esfuerzo intentan los países de Sudamérica, la Unasur.
De este ángulo puede entenderse que el venezolano Hugo Chávez saliera con tanto entusiasmo a cuestionar la incursión de la OTAN y el insólito apoyo que recibieron los insurgentes desde que anunciaron la creación del CNT. Insólito porque para nuestro continente significaría algo parecido a que las principales potencias del mundo reconocieran a las fuerzas de la guerrilla que desde hace décadas combaten en las selvas colombianas y la apoyaran con un escudo aéreo, instructores, armas y mercenarios.
Sin embargo, en este caso Estados Unidos –que ahora se apresuró al reconocimiento oficial a la CNT junto con sus socios de la OTAN– impuso el Plan Colombia, la estrategia del Pentágono para desplegar tropas y bases militares en ese territorio sudamericano a partir del gobierno de Andrés Pastrana, que luego profundizó a niveles demenciales con Álvaro Uribe.
El venezolano no es el único que alerta sobre el procedimiento empleado para deshacerse de un enemigo público como Khadafi. Un método que, sobre todo, terminó por poner una cuña en la primavera árabe que prometía un soplo de aire democrático en el norte de África y en amplias regiones del Medio Oriente.
Es que el procedimiento para construir la arremetida sobre Trípoli se parece mucho a la que se utilizó contra el mismo Chávez en 2002, cuando un golpe cívico mediático que lo alejó momentáneamente del poder y que refleja el excelente documental La revolución no será transmitida, de los irlandeses Kim Bartley y Donnacha O’Briain. Una escalada similar pudo abortar la Unasur contra Evo Morales, cuando el intento de golpe de los comités cívicos derechistas, a mediados de 2008.
No se trata de una defensa de Khadafi, quien de un pasado honroso fue virando hacia posiciones cada vez más criticadas, que incluyen relaciones poco transparentes con algunos de los más encarnizados enemigos de hoy, como el francés Nicolás Sarkozy o el italiano Silvio Berlusconi y habría que ver si violaciones a los Derechos Humanos.
Pero tampoco de admitir sin chistar la injerencia de tropas extranjeras en otras naciones. Se trata de no permitir que ahora, Sarkozy y el premier David Cameron sueñen con pasearse por las calles de Trípoli con aire triunfal como en una típica invasión colonialista del siglo XIX. O que todo un continente pretenda calmar mercados alterados por una crisis económica con la promesa de petróleo y oro a voluntad.

Tiempo Argentino, 27 de Agosto de 2011

La gobernanza mundial

En la campaña aérea de la OTAN en Libia hay demasiadas violaciones de la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas”, protestó el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, luego de que la Alianza Atlántica, que lleva adelante las acciones bélicas contra el gobierno que responde a Muammar Khadafi, matara a un hijo del líder libio, tres nietos y a decenas de civiles en ataques centrados en objetivos civiles dentro de Trípoli.
El canciller contrastó el propósito con que la OTAN cruzó el Mediterráneo –el bloqueo aéreo contra supuestos ataques de aviones khadafistas a la población civil– con la realidad de que el operativo se convirtió en una política de destrucción de edificios y equipos productivos de ese país. Tal cual denunció el propio Khadafi en una de sus incursiones televisivas. Lavrov dijo que la posición rusa cuenta con el apoyo de Brasil, India, China y Sudáfrica, los países emergentes nucleados en el grupo conocido como BRICS.
Pero se acordó tarde de rezongar, porque tanto Rusia como China, con poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, eligieron abstenerse en la votación que “encomendó” a la OTAN ocuparse del tema libio. Y no porque faltaran las señales de cómo venía la mano.
Otro funcionario ruso, el director del Servicio Federal de Control de Drogas, Víctor Ivanov, aceptó en una cumbre del grupo G-8 desarrollada en París esta semana una propuesta de los organizadores tendiente a consolidar los esfuerzos en la lucha contra el crimen organizado en torno al narcotráfico. El encuentro de los países más ricos contó también con representantes de Latinoamérica y África, de naciones donde se producen narcóticos o figuran en la lista de países de tránsito de la droga a nivel internacional. Si se tiene en cuenta que los principales consumidores de estupefacientes están en ese selecto club de los más desarrollados, en esta extensa lista cabe literalmente el resto del planeta.
Sarkozy, que últimamente protagoniza las posiciones más extremas contra Khadafi y sobre los asuntos árabes y africanos en general, arrastrando a sus socios europeos, se puso también a la cabeza de este reclamo. Para lo cual llegó a proponer que se use el dinero incautado a las bandas de traficantes –no dijo si esto incluye vender la mercadería obtenida– para solventar el costo de las operaciones que esa lucha acarrea. El detalle es que para esa cruzada global pretende patrullar las costas de las regiones donde se producen los narcóticos o los puertos desde los que son trasladados para su comercio. Una excelente excusa para que las tropas occidentales vigilen a todo el planeta sin la incómoda necesidad de explicar qué hacen allí. Simplemente vigilan que nadie venda mercadería ilegal, con la cobertura de la OTAN, que es la misma que se aplica en Irak, Afganistán y Libia, por si hiciera falta aclarar.
Esto representa una vuelta al imperialismo más desembozado de fines del siglo XIX, ahora con la mayor tecnología disponible por la humanidad y la incorporación del aparato militar de los Estados Unidos. No por nada, siempre la OTAN tuvo dirección civil europea, pero el comando militar es provisto por el Pentágono.
Poco importó el pedido del funcionario ruso, en ese encuentro parisino, para que se discuta también la ruta de la heroína que proviene de las plantaciones de Afganistán, el principal productor del mundo de la adormidera de la que se extrae el preciado opio. Víctor Ivanov señaló que todas las medidas tomadas en el combate de la “narcoamenaza” afgana resultaron ineficaces. Rusia se queja de que no consigue consensuar acciones de ese tipo con la OTAN, y de que las tropas emplazadas en Afganistán no se muestran decididas a terminar con las plantaciones de las amapolas, aunque sendas resoluciones de la ONU de 1998 y 2009 lo piden expresamente.
Más allá de todo posible debate sobre el comercio de drogas, el cultivo de la adormidera es una extraordinaria fuente de ingresos para poblaciones locales, jefes tribales que juegan a favor de la OTAN en ese rincón del mundo, y también para solventar gastos corrientes de ejércitos de ocupación por fuera del presupuesto oficial.
Pero la cumbre del G-8 no se proponía calar tan hondo, sino apenas ir delineando los futuros enemigos de la coalición occidental luego del asesinato de Osama bin Laden hace un par de semanas. Por eso, tanto en los Estados Unidos como en la OTAN el caso puntual de Afganistán fue barrido debajo de la alfombra.
Y en cualquier caso, ya sea que se aplique la Guerra Santa contra las drogas, o se profundice la versión no menos sagrada de la lucha contra el terrorismo, de todas maneras la OTAN tendrá una posición privilegiada de gendarme global subsidiario de la estrategia militar del Pentágono.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte nació en plena Guerra Fría, en abril de 1949. Cuando el “peligro para la paz mundial” era el comunismo soviético y el que ya se preveía seguro triunfo de Mao Tse-tung en China. Los países fundadores fueron Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, como ganadores de la Segunda Guerra, más Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Dinamarca, Italia, Islandia, Noruega, Portugal y Canadá. Pero a poco de andar se fue viendo que el interés que representaba el organismo estaba más ligado a los anglosajones que al resto de los afiliados.
Por eso ya en 1958 el francés Charles de Gaulle fue planteando una estrategia para abandonar la alianza. Primero retiró su flota del Mediterráneo, luego prohibió el despliegue de armamento nuclear en su territorio, y finalmente ordenó devolver las diez bases militares estadounidenses en Francia. La sede del organismo militar se trasladó entonces a Bélgica. Para 1966 ya no había tropas galas en el comando integrado. Recién en 2009, con Sarkozy en el poder, volvió al redil. En el medio, había caído el sistema socialista soviético, Alemania se había vuelto a unificar y China avanzaba a pasos agigantados hacia el capitalismo. Es más, ya es otra vez una amenaza, ahora como potencia económica, al igual que Rusia más ese “puñado de advenedizos” que integran el BRICS.
Es tal vez en este escenario que debe entenderse la insistencia de Sarkozy para querer acaudillar cuanta operación militar se desarrolle en el tablero internacional. Para conquistar los lugares que ya no ocupa España desde que el derechista José María Aznar dejó el gobierno, y competir con el que sostiene a duras penas Gran Bretaña tras el alejamiento de Tony Blair de la gestión pública.
Pasa, además, que Sarkozy entendió perfectamente que la OTAN es la Santa Alianza de estos días. O más acá en el tiempo, que es una coalición que intenta reeditar, como sostiene el escritor estadounidense Rick Rozoff –director del sitio Stop NATO International– el Congreso y la Conferencia de Berlín que entre 1878 y 1885 convocó a las potencias europeas de entonces a resolver la cuestión de los Balcanes y repartirse las colonias africanas.
“Asistieron representantes de Austria-Hungría, Bélgica, Gran Bretaña, Dinamarca, Francia, Italia, Holanda, Portugal, Prusia, España y Suecia-Noruega. Y abrió toda África a las formas más brutales y cínicas de rapiña y saqueo”, recuerda Rozoff. El almirante italiano Giampaolo Di Paola, presidente del Comité Militar de la OTAN, no pudo ser más claro: “Es necesaria una nueva forma de gobernanza mundial, en la cual la OTAN, la UE y otras importantes organizaciones internacionales tienen que jugar un papel.”
En eso andan esos mismos aspirantes a imperio de hace más de un siglo, ahora bajo la férula estadounidense.

Tiempo Argentino, 14 de Mayo de 2011