por Alberto López Girondo | Dic 12, 2014 | Sin categoría
Russell Brand es conocido como humorista, actor, presentador televisivo y comediante. Muchos de sus comentarios de actualidad suelen viralizarse a través de Youtube. En uno de los últimos, con la cama de su habitación como fondo, desmenuza el informe del Senado de Estados Unidos sobre el uso de la tortura en la CIA. «De acuerdo con Amnesty International, programas de televisión como 24, creado por Fox, en el cual un par de tipos neoconservadores le dan glamour y justifican la idea de la tortura, ayudan a aceptar que esto es un aspecto normal del espionaje internacional».
Los datos más oscuros del informe que presentó la senadora demócrata Dianne Feinstein ya circulaban hace un tiempo. Y desde 2001, se conocían a través de la prensa alternativa, pero fueron invisibilizados por los grandes medios, que los tildaron de teorías conspirativas. Barack Obama ya había denunciado las prácticas de tortura. Pero el informe del Senado le da una sustancia que no tenían las palabras del presidente porque surge luego de cinco años de investigación y ocupan más de 6000 páginas con pruebas documentales y evidencias incontrastables. ¿Por qué se hizo el anuncio ahora? Era el Día de los Derechos Humanos y el quinto aniversario de la entrega del Nobel de la Paz a Obama. Además, en pocos días los republicanos recuperan el senado, lo que significa que lo hubieran cajoneado sin el menor reparo.
Los detalles más amarillos se difundieron masivamente. También se resaltó que esas prácticas no aportaron información eficaz ni sobre golpes de Al Qaeda ni sobre ningún otro tema sensible para la seguridad del país. «La información más precisa sobre Abu Ahmad al-Kuwaiti, el ‘facilitador’ cuya identificación y seguimiento condujo a hallar el refugio de Osama bin Laden y a la operación que resultó en la muerte de Osama, fue obtenida de un detenido de la CIA que aún no había sido sometido a las ‘técnicas de interrogatorio mejorado’ (Enhanced Interrogation Program)de la CIA; mientras que los detenidos (que sí habían sido sometidos a esos métodos) retuvieron y fabricaron información sobre Abu Ahmad al-Kuwaiti», dicen los senadores .
Pero hay otros detalles que quedaron en el tintero. Es el caso de los personajes que desarrollaron esas técnicas criminales y andan por el mundo sin muestras de sonrojo. Uno de ellos es un puertorriqueño que trabajó 31 años en la CIA –tuvo un cargo en la embajada de EE UU en Buenos Aires en tiempos de «relaciones carnales»–. Los otros son dos psicólogos que formaron una proveedora del Pentágono en esos menesteres y que si bien no llegaron a cobrar el total pactado de 180 millones de dólares, alcanzaron a llevarse 81 millones de indemnización por los «trabajitos» que hicieron hasta 2007, dos años antes de terminar el contrato. La CIA puso un millón más para protegerlos judicialmente.
El «hispano» José A Rodríguez, nacido en Puerto Rico hace 66 años, es un ejemplo de cómo actúa el organismo y quienes hacen el trabajo sucio. Con un bigotazo modelo galán mexicano de los ’50, Rodríguez tuvo su primer affaire en la década del ’80, en el escándalo Irán- Contras; la venta de armas al régimen iraní en tiempos de Ronald Reagan para financiar a las milicias que luchaban contra la revolución sandinista. Del ’94 al ’96 anduvo por Buenos Aires –tras un paso por Panamá, Dominicana, Perú y México-, y en el 2004 llegó a la cima en la división Operaciones Clandestinas de la CIA.
Un año más tarde se encargó de destruir grabaciones de interrogatorios a detenidos en cárceles de varios países donde la CIA alojaba sospechosos. El Senado pidió entonces una investigación, pero el jefe de Rodríguez dijo que la información contenida en los cassettes no era relevante, que incluso podría comprometer a los interrogadores, un argumento que defensores de presos en Guantánamo, por ejemplo, desmintieron fervorosamente. Para ellos eran evidencias que ya no podrían utilizarse en ningún juzgado.
Para 2007, el puertorriqueño anunciaba su retiro de la organización. Como tenía tanto para dar aún, pasó a la actividad privada como asesor en Blackwater, entonces la mayor contratista de mercenarios del planeta. También encontró empleo en la National Interest Security Company de Fairfax, Virginia, luego adquirida por el gigante IBM. En 2012 cerraría el círculo con un libro, Hard Measures: How Aggressive CIA Actions After 9/11 Saved American Lives (Medidas duras: qué tan agresivas fueron las acciones que salvaron la vida de los estadounidenses después del 9/11). Allí fundamenta la tortura como elemento de investigación válido y aceptable.
James Elmer Mitchell y Bruce Jessen son dos psicólogos que formaron parte de las fuerzas armadas estadounidenses. Luego armaron Mitchell Jessen & Associates, un emprendimiento para enseñar a la CIA novedosas formas de obtener información mediante métodos que llevan a la mayor degradación humana. Tanto para la víctima como para el victimario, como se pudo observar con el tiempo.
Mitchell tiene más exposición mediática que su socio y en una entrevista con VICE News, un medio vinculado a la cadena FOX, no tuvo empacho en mostrar sus habilidades como navegante a través del río Myakka, cerca de Tampa, Florida, donde tiene una mansión con amarradero propio. Allí recibió al periodista Kaj Larsen para un especial «El arquitecto del programa de interrogatorios de la CIA».
Mitchell fue experto en explosivos y no es un secreto que fue muy ducho en el programa SERE (Survival, Evasion, Resistance, and Escape) para endurecer cuerpos y espíritus ante la tortura. Era un modelo para entrenar a los soldados estadounidenses en resistir las formas más violentas de castigo, lo que implica someterse a las más bárbaras vejaciones, aceptadas por el bien de la patria, para recibir la ciudadanía en el caso de inmigrantes o simplemente por dinero. De paso, ese entrenamiento lleva conocer los puntos débiles de un potencial enemigo.
Mitchell aparece en el video como un señor que representa los 64 años que tiene, pero con fuerte espíritu deportivo. Una especie de tío piola que dirige su kayak entre los cocodrilos y muestra algunos trofeos en una casa como las típicas de una isla del Tigre bonaerense. Con una cuidada barba blanca, se parece al Donald Sutherland que compartía secretos militares con el fiscal Garrison (Kevin Costner) en la película JFK. Pero no se le suelta la lengua. Dice que no tiene permitido hablar,que no confirma no rechaza su participación en el método aunque si, cree que la tortura es una forma de obtener información valiosa.
En los informas de la CIA, Mitchell es Grayson Swigert y su socio Hammond Dunbar. Podrían haber quedado ocultos tras esos sobrenombres, pero alguien reveló a la prensa su identidad. Esto fue hace tiempo, y en 2008 los colegios de psicólogos estadounidenses se plantearon si era ético o no participar en esos programas represivos. Finalmente ninguno de los dos «arquitectos» perdieron su licencia, aunque tampoco se sabe que atiendan a pacientes particulares.
Muchos de los datos sobre lo que sucede en las cámaras de tortura son atribuidos a las filtraciones de alguien que participó en algunas de esas sesiones y no resistió las consecuencias éticas. Estuvo, como Mitchell, frente al prisionero Abu Zubaydah, un militante de Al Qaeda. El caso Zubaydah es clave en el informe del Senado. El hombre fue encadenado a una silla semanas enteras y lo dejaron en una caja del tamaño de un ataúd durante horas. Lo tuvieron once días sin dormir y quedó reducido a un ser balbuceante sin el menor raciocinio.
Fue tal vez el que más veces pasó por el waterboarding (submarino), el método preferido de Mitchell. Los investigadores afirman que Zubaydah no dijo nada que valiera la pena. Rodríguez, de todas maneras, se sinceró a CBS: «Hicimos a algunos terroristas de Al Qaeda con sangre estadounidense en sus manos sentirse incómodos por unos días. Estoy seguro de que lo que hicimos ayudó a salvar vidas.»
Ninguno de estos personajes enfrenta riesgos judiciales. Distinto es el horizonte de John Kiriakou, un ex analista de la CIA que siendo jefe de Contraterrorismo en Pakistán lideró la captura de Zubaydah en 2002.
En 2007, Kiriakou confirmó a un periodista de ABC que la CIA aplicaba métodos de tortura para obtener información. Lo procesaron por violar la Ley de Espionaje, como sucedió con Edward Snowden o el soldado Manning. En enero del año pasado, Kiriakou fue condenado a 30 meses de prisión. Todavía tiene para seis meses y medio más.
En estos días un grupo de presos de Guantánamo llegó a Montevideo, que les dio refugio luego de años de prisión, tortura y vacío legal. «Si no hubiera sido por Uruguay, hoy aún estaría en ese agujero negro en Cuba», declaró Omar Mahmud Faraj, uno de los seis.
En coincidencia, Dilma Rousseff presentó en Brasil el informe de la Comisión de la Verdad sobre crímenes de la dictadura, entre 1964 y 1985. La ley de Amnistía impide juzgar a los culpables de cientos de muertes y vejámenes. El general del ejército Nilton Cerqueira, uno responsable de aquellos delitos, se quejó de lo que considera una injusticia: «¿Yo, que cumplí la ley, soy el que violó Derechos Humanos? ¿Y los terroristas? ¿Y la terrorista que hoy preside el país?»
Tiempo Argentino
Diciembre 12 de 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Nov 21, 2014 | Sin categoría
El general Rubén Darío Alzate, a los 55 años, tiene un historial que puede llenar de orgullo a sus pares. Estudioso, decidido, hizo cursos de liderazgo y de contrainsurgencia en la academia de Fort Leavenworth, en Kansas, y el Army War College (AWC), de Pensilvania. En un país tan íntimamente ligado a Estados Unidos, la carrera de Alzate (nombre simbólico si los hay para un general latinoamericano) puede decirse brillante. Para lo cual necesita, claro, olvidar que se trata de la misma nación que para obtener beneficios leoninos con la construcción del Canal Interoceánico, inaugurado hace justo un siglo, forzó la independencia de la provincia de Panamá.
Como parte de los acuerdos Torrijos-Carter, en 1999 el canal pasó a manos del gobierno panameño. Para la misma fecha, Bill Clinton y Andrés Pastrana firmaban el Plan Colombia, con el objetivo de «terminar con el conflicto armado y crear una zona antinarcótica». Diez años más tarde, Barack Obama firmaba otro acuerdo con Álvaro Uribe que, ante el cierre de la base de Manta en Ecuador, otorgaba a las tropas estadounidenses prácticamente el control total de siete bases militares desde las que se puede vigilar todo el subcontinente y enviar aviones de guerra a cualquier rincón en pocas horas. El contrato era incluso más leonino que el del viejo Theodore Roosevelt en 1903 y la Corte suspendió su vigencia en 2010.
Los acuerdos que se suelen considerar en todo nuevo «contrato» hablan de los pactos militares previos desde 1952, tras la Segunda Guerra, y no olvidan cuestiones económicas ni el cada vez más creciente combate al tráfico de drogas. Casi la misma edad tiene la guerrilla en ese país.
El desafío de Juan Manuel Santos de pacificar a Colombia colisionó desde el principio con quien fuera su mentor, Uribe. Convencido de que la paz es el mejor negocio, Santos fue quien más avanzó en negociaciones con los grupos insurgentes y quien más garantiza el cumplimiento de los documentos que se firmen. En este marco desarrolló su carrera el general Alzate.
Como se dijo, es un hombre muy preparado para la guerra y con mejor instrucción aun para trabajar sobre poblaciones civiles en conflictos armados internos. Según recordaba Joshua Goodman, de la agencia AP, Alzate hizo su tesis en el AWC sobre el modo de actuar en escenarios de insurgencia. Para lo cual se basó en textos de Mao Tse Tung y de un intelectual francés, David Galula. Goodman destaca que el alto oficial recibió la insignia de general de manos de otro de esos militares estudiosos, el estadounidense David Petraeus.
Eran los tiempos de crecimiento profesional de ese hijo de un holandés emigrado a Nueva York, quien alcanzaría su zenit y también su caída en la era Obama. Petraeus formó parte de un grupo de oficiales de élite y sólida ilustración que desde la guerra de Bosnia en adelante el Pentágono desplegó en Oriente Medio y Afganistán. Integraba este selecto club otro general de cuatro estrellas y alcance mediático, Stanley McChrystal.
Hay una historia interesante que involucra a este dúo en maniobras y manipulaciones de grueso calibre que en gran medida explican el fracaso de Estados Unidos en sus últimas incursiones armadas. Todo comienza con el almirante William Fallon, designado durante la gestión de George W. Bush comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para las guerras de Irak y Afganistán.
En marzo de 2008 la revista Esquire publicó el artículo «El Hombre entre la Guerra y la Paz» donde el autor, que mantuvo un contacto muy estrecho con el militar, lo describe como contrario a la estrategia de imponer medidas más duras contra Teherán por su plan nuclear. Fallon tuvo que renunciar y su lugar fue ocupado por Petraeus.
Meses más tarde, otro «top», Stanley McChrystal, se hacía cargo de ambos frentes de batalla. Era el inicio de la administración Obama y todo apuntaba a que el nuevo mandatario iba a cumplir con su promesa de que las tropas volvieran a casa.
En junio de 2010 la nota de tapa de la revista Rolling Stone (RS) causaba estupor en la Casa Blanca. En un extenso artículo firmado por Michael Mahon Hastings, McChrystal se despachaba con todo tipo de críticas y brulotes contra el gabinete demócrata y ridiculizaba especialmente al vicepresidente Joe Biden. Convocado de urgencia a Washington, tuvo que dimitir.
Muchos entendieron que no había sido inocente al aceptar la entrevista, como tampoco habían creído en la ingenuidad de Fallon dos años antes. Eran sin dudas señales del descontento por cómo se estaban llevando a cabo las acciones en los dos países asiáticos, invadidos luego de los atentados a las Torres Gemelas.
Petraeus popularizó desde las arenas de Irak la que tal vez haya sido su contribución más importante a la estrategia militar estadounidense. Su doctrina de contrainsurgencia, basada en los mismos textos de las guerrillas en Vietnam y Malasia pero con signo inverso, buscaba captar a las poblaciones locales con políticas de seducción más que la sola aplicación de la violencia. Fue como una Biblia que convenció a la dirigencia política de que había una forma de que iraquíes y afganos amaran a los estadounidenses. Y además, que se amaran entre sí, sin diferencias entre talibanes, moderados, chiítas y sunnitas.
«Petraeus casi redefinió el concepto de guerra en un nuevo manual de su autoría (Counterinsurgency Field Manual) que puso en práctica en Irak. Su idea principal era que los Estados Unidos no podían salirse de la guerra. Tenían que proteger y ganarse a la población, vivir entre ellos, para que un gobierno estable y competente pudiera prosperar. El nuevo soldado, según él, debía ser un trabajador social, un planificador físico, un antropólogo y un psicólogo», lo definió Hastings en RS.
Catalogado no sólo como intelectual sino también deportista y de costumbres austeras, Petraeus llevó su experiencia a la CIA, donde fue nombrado director en abril de 2011. Fue su cuarto de hora: el mundo le sonreía y parecía girar según sus predicciones. Daba para confiar en que al dejar Irak y Afganistán las tropas estadounidenses dejarían dos sociedades estables y agradecidas. Si todo hubieses seguido así, Petraeus estaba destinado a ser el nuevo Dwight Eisenhower que le pronosticaban los asesores de imagen. Pero ese soldado adusto y frugal tenía una debilidad. Y cuando en noviembre de 2012 se publicó que mantenía una relación extramatrimonial con una mujer que estaba escribiendo un libro sobre su vida, que para colmo, también era casada, su final quedó echado. Estas horas de violencia en la región prueban que ni siquiera su plan estratégico era lo que hizo creer.
Hastings murió en un accidente automovilístico en junio de 2013 en Los Ángeles, a la edad de 33 años. Poco antes había dejado otro hallazgo, también en la RS, cuando escribió que desde una unidad militar estadounidense se habían puesto en marcha operaciones de inteligencia y manipulación psicológica para conseguir dinero y apoyo político destinado a las guerras asiáticas. Las víctimas habrían sido, según Hastings, desde el senador republicano John McCain hasta el propio jefe de las fuerzas armadas, Mike Mullen. Uno de los mandos de esas operaciones citados en la revista, el teniente coronel Michael Holmes, explica su tarea como «acciones psicológicas aplicadas a la cabeza de la gente para conseguir que el enemigo se comporte como nosotros queremos que se comporte».
El domingo pasado. Alzate, actualmente jefe de la Fuerza de Tarea Conjunta, un grupo de élite contrainsurgente conocido como Titán, junto con un cabo primero y una abogada que trabaja en esa institución navegaban en bote, vestidos de civil por el río Atrato. El botero les avisó que estaban cruzando un área de conflicto, pero el general lo hizo seguir. Un poco más adelante fueron detenidos por efectivos de las FARC.
Pudo pasar cualquier cosa, pero los guerrilleros simplemente dejaron ir al botero y se llevaron a los demás. El primero en hablar del secuestro de un general fue el solicito Uribe. Santos confirmó la noticia más tarde, pero agregaba algo que pone las cosas en perspectiva. «Mindefensa y Cdte Gral: quiero que me expliquen por qué BG Alzate rompió todos los protocolos de seguridad y estaba de civil en zona roja», tuiteó el presidente, para anunciar luego que suspendía el diálogo de paz en La Habana.
Todo indica que los tres «retenidos» serán liberados en breve y las negociaciones continuarán. Y sí, el alumno dilecto de Petraeus y sus jefes deberán dar explicaciones. El caso se parece demasiado a una operación «para que el enemigo se comporte como nosotros queremos que se comporte». Por suerte las FARC no pisaron el palito.
Tiempo Argentino
Noviembre 21 de 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Nov 7, 2014 | Sin categoría
Si algo dejaron en claro las elecciones en Estados Unidos es que el último tramo del mandato de Barack Obama no será precisamente un lecho de rosas. Y parafraseando a Bon Jovi en su canción homónima, el presidente está «sentado frente a un viejo piano, golpeado y herido, tratando de capturar ese momento de la mañana en que no sabe porque todavía la cabeza le da vueltas».
No por previsto, el mazazo electoral duele menos a los demócratas. Es que tanto el resultado como el índice de votantes que prefirieron continuar con su trabajo de cada día en lugar de ir a las urnas, es una prueba, la mas tangible, del descontento con la gestión del primer mandatario negro que ocupa el salón oval de la casa de gobierno de Washington.
Como se sabe, los republicanos recuperan empuje tras la derrota de 2008 y la última de 2012 y ahora tendrán el control total de ambas cámaras. Para el imaginario popular, un presidente de la principal potencia económica y militar del mundo es un señor superpoderoso que hace y deshace a voluntad. Pero si hay un sistema que limita precisamente la voluntad del inquilino de la Casa Blanca es el legislativo estadounidense. Muy pocas cosas se le permiten al mandatario sin lograr el aval del Congreso. Para lo cual, un Parlamento amigo es la mejor noticia que pueda resultar de cualquier comicio, ya sea presidencial como de medio término.
Cierto es que el caso de Obama no es inédito en la historia reciente de Estados Unidos. De hecho, el líder demócrata Bill Clinton había perdido su primera legislativa en 1994, a Ronald Reagan le ocurrió lo mismo en 1986 y el propio Dwight Eisenhower, recordado por Obama el martes mismo, debieron enfrentar escenarios fuertemente opositores y de todas maneras se las arreglaron para terminar reelectos dos años mas tarde.
Pero para Obama, quien deberá dejar el cargo en enero de 2017, la situación tiene aristas más complicadas. Es que llegó al gobierno con la promesa de cambios tan profundos como para hacer pensar en el nacimiento de una nueva era para Estados Unidos. Su triunfo hace seis años ya era en sí mismo una señal de cambios, teniendo en cuenta al color de su piel en un país que para el año de su nacimiento, en 1961, mantenía graves problemas de discriminación con un resultado en violencia racial que hoy podría parecer exagerado.
Además, su promesa de modificar el sistema de salud creado con la matriz individualista del más rancio liberalismo en la época de Richard Nixon, y la de terminar con las guerras en Irak y Afganistán, le habían acarreado la voluntad de millones de ciudadanos del amplio círculo progresista y de las comunidades minoritarias, incluidos negros y lo que genéricamente se conoce como latinos o hispanos.
A poco de andar, sin embargo, Obama pretendió más convencer a las grandes mayorías que forzar las nuevas propuestas. Sabía que los medios iban a ser su gran opositor, pero también que lo sería el consenso generalizado en la sociedad acerca de ciertos marcos legalistas que conforman lo que el estadounidense medio considera positivo y deseable.
No es moralmente aceptado que un presidente, y menos proviniendo de una comunidad étnica que ciertamente una gran masa crítica desprecia, se enfrente enérgicamente con los poderes constitucionales ni con los medios de comunicación. Así fue que eligió el camino de negociar su principal emblema, la ley sanitaria, antes que imponerla, con lo que logró aprobar una normativa que se parece bastante poco a su propuesta original.
Hubo otras dos promesas que en su momento alentaron expectativas: el cierre de la cárcel en Guantánamo, donde acusados de terrorismo pasan años en prisión sin ningún juicio ni derecho a una defensa digna.
La otra fue crear un nuevo régimen para legalizar la inmigración que cada día cruza la frontera sur para buscar mejores condiciones de vida en el país del norte.
En ambos casos los republicanos y los medios masivos –con su impronta amarillista y sobre todo conservadora– le fueron con todo a las reformas que pretendía Obama. Que justo es decirlo, tampoco es que contaba con el apoyo total de los miembros parlamentarios de su propio partido. Es que el sesgo conservador atraviesa a toda la sociedad estadounidense, que se permitió apenas el desliz de elegir a Obama y de allí no pasó.
Esos sectores derechizados, tomaron la posta y llegaron a decir que Obama no era nativo de Estados Unidos, porque su madre había vivido muchos añois en Hawaii y en Indonesia y su padre era nigeriano, hasta considerad que las políticas que se proponía eran de tinte socialista.
La respuesta de Obama siempre fue una moderación rayana con la inmovilidad. En algún momento dijo que prefería hacer las cosas como manda el ideario democrático occidental y no terminar acusado de totalitario, como le sucedía al venezolano Hugo Chávez. Elegía exagerar su fervor constitucionalista para no generar mayores rechazos. Una política que no sólo le acarreó tanto a él como al partido demócrata una derrota apabullante y dos años que prometen ser de espanto –ya los líderes republicanos adelantaron que harán lo posible para voltear la ley de salud, y nada indica que no volverán a bloquear iniciativas presupuestarias para dejar otra vez sin presupuesto a la administración pública– sino que le hicieron un daño muy profundo a las esperanzas de los millones que ansían y necesitan de cambios de raíz en el concepto de lo que un estado debe ser y hacer.
Esa decepción se reflejó en la escasa asistencia a la elección, el principal castigo que se le puede hacer a los demócratas. La experiencia indica que los republicanos suelen ser más fieles a la hora de acudir a las urnas. En un país donde el voto no es obligatorio y se necesita anotarse previamente para ejercer ese derecho, y donde además la elecciones siempre son en martes, un día laborable –lo que compromete la voluntad ciudadana– los demócratas ganan cuando logran convencer a los remisos de que los representan. Si no van es que no se sienten representados, que es lo que está ocurriendo.
No viene a cuento repetir que el premio Nobel de la paz fue a una esperanza fallida. Si alguien pensaba en 2008 que todo podría estar peor en política exterior –la única que maneja un presidente de Estados Unidos con cierta libertad– ya habrá comprobado qué lejos estaba de la verdad. Todo fue para peor en cada uno de los lugares en donde Washington intentó meter baza. Y esa es otra cuenta que se le carga a Obama.
Las cifras del ausentismo son para preocupar a quienes se reconocen democráticos. Sobre 227.224.334 ciudadanos autorizados a votar, solo fueron a hacerlo 83.255.000, o sea, el 36,6% en la general, aunque en estados de predominancia hispana, y sobre todo los sur, no llegó ni al 30 por ciento.
Algunos think tanks estadounidenses, como el Pew, se plantean quiénes son ese principal partido estadounidense, el de los no votantes. Y encuentra que un gran sector de ellos son jóvenes de menos de 30 años (se los conoce como «millennials», y son la tercera parte) pero que siete de cada diez son menores de 50 años. Casi el 43% de los no votantes son de las minorías étnicas, entre ellos hispanos, afroamericanos. Pero hay otros datitos interesantes. El 43% de los «milennials», están convencidos de que «Washington está roto». Y en la general, sin distinción de edades, el 54% ciento no les cree ni a los demócratas ni a los republicanos.
Este descrédito de los partidos, que en España alumbra movimientos como el de Podemos, fue un indicativo de cambios en 2008 en Estados Unidos. Lo percibió Obama, que utilizó como lema de campaña «Yes, We Can». O sea, «si, podemos».
Seis años después, la sociedad protestó por lo que Obama no supo, no quiso o no pudo. Y lo hizo como se hace en Estados Unidos, sin votar. Porque entendieron que daba lo mismo. Grave señal.
Tiempo Argentino
7 de Noviembre 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Nov 6, 2014 | Sin categoría
Fue el notable historiador Eric Hobsbawm quien acuñó el concepto «corto siglo XX» para referirse al período entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial y la disolución de la Unión Soviética, 1914- 1991. Razones no le faltan al investigador de origen británico, porque hay una continuidad significativa en esos 87 años que marcan el surgimiento del primer ensayo comunista y su posterior derrumbe, en medio de la desaparición de los imperios europeos y el surgimiento de Estados Unidos como potencia global dominante.
Hay sin embargo una fecha que simbólicamente preanuncia ese final. En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, hace justo un cuarto de siglo, comenzó literalmente la demolición del muro de Berlín, ese paredón de unos 120 kilómetros de extensión y casi 4 metros de altura que había separado a las dos Alemanias desde 1961. Era el fin efectivo de la Guerra Fría en su principal campo de batalla de esa disputa entre el mundo occidental o capitalista y el oriental o socialista.
Esa permanente tensión que se expresaba en el territorio desde donde el nazismo intentó construir un imperio para mil años, implicó a partir de 1945 la creación de dos entidades diversas: la República Democrática de Alemania, dentro del campo soviético, y la Republica Federal de Alemania, alineada con Estados Unidos y ocupada con tropas estadounidenses, francesas y británicas.
El paredón se había levantado en agosto de 1961 entre los sectores que dividían la Berlín oriental de la que ocupaban los países occidentales. Mucho se dijo sobre las razones y sinrazones de esa construcción.
Lo cierto es que de un lado de la pared los europeos iban tejiendo alianzas entre tradicionales enemigos como Alemania y Francia que llevaron a la creación de la actual Unión Europea. También cimentaron una coalición de tipo militar con Estados Unidos a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ambos dos son protagonistas principales de esa disputa que no cesa, ahora en una de las ex repúblicas soviéticas, Ucrania (ver aparte).
Porque ese momento histórico dio para pensar en qué mundo estaba naciendo en ese adelantado inicio del siglo XXI. Fue en ese contexto que un hasta ese momento desconocido politólogo de origen japonés, Francis Fukuyama, lanzó desde la tapa de un libro una frase de la que después se arrepentiría. La humanidad había llegado, según el catedrático de la Universidad John Hopkins, a la cima de su desarrollo, era «el fin de la historia». Que es como decir, el futuro terminó.
Ese lugar paradisíaco, según deslizaba Fukuyama, era el momento de las democracias liberales, el capitalismo como sistema económico excluyente y el dominio absoluto de Estados Unidos desde un lugar de imperio político, faro cultural y gendarme mundial. El neoliberalismo, que primero prosperó en América Latina mediante el consenso de Washington en el marco de gobiernos afines, dio lugar a la extensión del poder financiero hasta los últimos rincones del planeta.
UNIPOLARIDAD
Fue entonces que Estados Unidos emprendió cruzadas como la primera guerra del Golfo pérsico, en 1991, tras la invasión de Kuwait por tropas iraquíes enviadas por el gobierno de Saddam Hussein. Hussein, que había fluctuado en acercamientos a la Casa Blanca tras la revolución iraní al punto de ser funcional al combate de la República Islámica, de pronto aparecía como enfrentado a los ganadores de la Guerra Fría.
La administración del republicano George Bush padre, el hombre que había sido director de la CIA de 1976 a 1977 y luego vicepresidente de Ronald Reagan entre 1981 y 1989 fue protagonista fundamental de todo ese período previo a la caída de la URSS. Conocía a fondo y había incluso promovido muchas de las decisiones que llevaron a Fukuyama y a muchos otros líderes internacionales a pensar que efectivamente ya no había más que hacer, la historia había llegado a su conclusión. Bush llegó a decir que su lucha era por un Nuevo Orden Mundial. Y pocos lo intentaban desmentir.
Fue en este contexto que la operación contra el Irak de Hussein encontró un fuerte apoyo en las Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad, que comenzaría a integrar Rusia como heredera del sitial que correspondía a la Unión Soviética, aprobó junto con las otras cuatro potencias –EE UU, China, Francia y Gran Bretaña- una incursión para desplazar a los ejércitos iraquíes de Kuwait. La operación recibió, además, el apoyo de 34 países entre los que estaba la Argentina de Carlos Menem, que envió dos fragatas para sumarse a la Operación Escudo del Desierto.
Durante estos años de oro del imperio estadounidense, ya sea con el primer Bush o con el demócrata Bill Clinton, Estados Unidos y la OTAN tuvieron un rol fundamental por acción o por omisión en algunos de los conflictos más dramáticas de la posguerra fría, como las guerras balcánicas tras la desaparición de Yugoslavia y la de Somalia. Pero poco a poco, esa alianza férrea se fue a su turno disolviendo. Un poco por el propio peso de errores y de los enormes costos que implicaba poner tropas a lo largo y a lo ancho del globo y por el despliegue de bases militares en los lugares clave para consolidar la Pax Americana.
«La última década del Siglo XX ha sido testigo de cambios teutónicos en los asuntos mundiales… La derrota y el colapso de la Unión Soviética fue el paso final en el rápido ascenso de una potencia del hemisferio occidental, los Estados Unidos, como único, y, en realidad, primer poder verdaderamente mundial», escribió por esos años Zbigniew Brzezinski, quien fuera consejero de seguridad del gobierno de Jimmy Carter y es uno de los estrategas geopolíticos más respetados por los círculos de poder de Washington y alrededores.
«La cuestión de cómo los Estados Unidos, comprometido mundialmente, se enfrentaría a las complejas relaciones de poder en Euro Asia—y particularmente si ha de prevenir el surgimiento de un poder euroasiático dominante y antagonista—es crucial para poder ejercer su dominio mundial» agregó en «El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos», su libro publicado en 1997 donde desde el título adelanta la conclusión.
EL HIJO PRODIGO
Sin embargo, poco duraría esa era de supremacía por la que luchaba Brzezinski. Tras los dos períodos de Clinton sobrevendría una nueva gestión de los Bush, esta vez en manos de George W, un hombre de escasas luces que se había aferrado al metodismo –esa vertiente puritana protestante nacida en la Gran Bretaña del siglo XVIII- para escapar del alcoholismo. GWB llegó al gobierno luego de una elecciones con el que fuera vicepresidente de Clinton, Al Gore, que terminaron ajustadamente y con denuncias bastante certeras de que hubo fraude en el conteo de votos en el estado de Florida, gobernado entonces por Jeb, otro hermano de la dinastía. Un baldón para la democracia que se mostraba como ejemplar y que tras más de un mes de incertidumbre y de presiones políticas de todo calibre, fue laudado por la Corte Suprema dándole el triunfo a Bush pero en medio del mayor de los desprestigios, que pusieron al sistema electoral estadounidense a la altura de las repúblicas bananeras que habían auspiciado a lo largo de sus intervenciones en al sur del Río Bravo.
Como fuera, Bush hijo tendría su bautismo de fuego el 11 de setiembre de 2001, cuando dos aviones de línea se estrellaron contra las Torres Gemelas, provocando lo que para algunos representa el primer ataque a gran escala fronteras adentro de los Estados Unidos, y justo en lo que era el símbolo máximo del poder financiero internacional, en el corazón de Nueva York.
Fue entonces que la historia daría una nueva voltereta, aunque más no fuera para demostrar que seguía habiendo futuro. Los temores azuzados por los medios y los poderes fácticos desde entonces sirvieron para justificar eso que para los estadounidenses mas aferrados a las libertades civiles comenzaría a ser una de las épocas más oscuras, mediante la profundización de los mecanismos de control social y el endurecimiento de penas por nuevos delitos en el marco de la lucha antiterrorista. Si Bush padre tejió alianzas para un Nuevo Orden Mundial, Bush hijo lo intentaría hacer lo propio para una lucha a muerte contra el «eje del mal».
Para ejercer el control, GWB contó con las nuevas herramientas tecnológicas que se habían desarrollado en Estados Unidos, como internet, y que había explotado a través de la red web durante los años 90, en la era Clinton. Nacida como una red militar y defendida desde entonces como un arma estratégica fundamental por el Pentágono, internet es el principal reservorio de información sensible de ciudadanos de todo el mundo para las agencias de espionaje estadounidense.
Los años de Bush hijo sumieron a EE UU y al mundo en una catarata de guerras por el dominio de los recursos cada vez más sofisticadas y al mismo tiempo más desembozadas. La invasión de Afganistán en ese mismo 2001 tuvo como excusa el combate del terrorismo y la búsqueda del presunto autor intelectual de los ataques en Nueva York, el saudita Osama bin Laden y de los talibanes que lo acompañaban, quienes también habían sido aliado de Washington durante la invasión soviética en los 80.
La invasión a Irak en 2003 fue la forma de culminar la guerra que había iniciado su padre una docena de años antes. La excusa en este caso sería la peligrosidad de Hussein, que tenía un arsenal de armas de destrucción masiva listas para utilizar contra las «naciones libres». El argumento fue expuesto ante la Asamblea de la ONU por el entonces secretario de Defensa, Colin Powel y logró el apoyo de una coalición occidental bastante menor. La poca credibilidad de argumento, que desoía la información de un comité de el mismo organismo internacional y pasaba sobre las sospechas que se extendían desde varios gobiernos, lograría solo el sostén político y militar de los gobiernos del español José María Aznar y el británico Tony Blair.
INQUILINO NEGRO
Barack Obama pasará a la historia por haber sido el primer ciudadano de raza no blanca en ocupar el Salón Oval de la Casa Blanca. Llegó en representación de los demócratas tras la caída del banco Lehman Brothers en 2008, que desencadenó la crisis económica más importante en el capitalismo desde la de 1930. Llegó, también, en medio de la aversión generalizada por el estado belicista que dejaba Bush y con la promesa, no solo de reimpulsar el crecimiento de la todavía principal economía del mundo y de poner fin a todas las guerras que llevaba adelante Estados Unidos. Asumió, como es de rigor en ese país, un 20 de enero y a fines de ese mismo año de 2009, basados en las promesas de cambio y en medio de lo que se llamó la Primavera Árabe, que hacía presagiar nuevas realidades, le entregaron el Premio Nobel de la Paz.
Pero el mundo de Obama ya era otro. China y Rusia son ahora cabezas de puente de una nueva multipolaridad en la que, a través de entidades como los BRICS, nuclea a Brasil, India y Sudáfrica, cada uno con su propio esquema de ambiciones pero con el objetivo común de disputar el futuro de los próximos años. Europa, con sus contradicciones, ahora marcha al ritmo que le marca Alemania, una nación que fue superando viejas antinomias internas y desde 2006 tiene como líder a una mujer formada en lo que fuera el área comunista, pero que es ferviente defensora del sistema capitalista.
Poco a poco, las promesas de Obama se fueron convirtiendo en esquivas realidades incluso para quienes habían sostenido con fervor su candidatura en tiempos de Bush. Para peor, no solo no pudo dejar de lado las guerras –de hecho si bien retiró tropas de Irak y Afganistán, terminó forzando nuevas intervenciones- sino que perfeccionó métodos que escandalizarían a los «padres fundadores». Los procedimientos de asesinatos selectivos, como hizo un comando en el refugio de Bin Laden en Pakistán, se suman a la extensión del espionaje en las redes informáticas y los teléfonos celulares de ciudadanos y mandatarios internacionales, como demostró el ex agente Edward Snwoden. Y también apañó golpes en América Latina –Honduras y Paraguay- y hasta en Egipto cuando las cosas amenazaban con irse de rumbo.
No pudo hacerlo en Siria para derrocar a Bashar al Assad por el rechazo firme del presidente ruso Vladimir Putin –en ese país está una de las bases militares que queda de la era soviética- como tampoco pudo intervenir en Crimea, donde hay otra. Pero el escenario que enfrenta Obama no desmerecería a su antecesor: guerras e inestabilidad en Irak, Afganistán y Libia y un nuevo enemigo, el grupo yihadista Estado Islámico, que justificaría una intervención militar con los aliados que le quedan: Gran Bretaña, Francia y en menor medida la OTAN.
A nivel político, la orfandad de Estados Unidos tal vez quedó reflejada con la nueva votación en la Asamblea de la ONU contra el embargo a Cuba: de 193 naciones miembro, 188 votaron por el levantamiento del castigo impuesto en 1961 a la revolución. Hubo tres abstenciones de países que poca influencia tienen a nivel diplomático, como Palau, Islas Marshall y Micronesia, y solo dos a favor de la permanencia del embargo, Israel y el propio Estados Unidos. La situación resulta tan comprometida en términos diplomáticos que un editorial del influyente The New York Times, que viene generando consenso para la apertura hacia el gobierno de La Habana, lo resumió así: « Es irónico que una política destinada a aislar a Cuba ha causado el efecto contrario y el que se ha quedado solo es Estados Unidos».
Noviembre 6 de 2014
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