por Alberto López Girondo | Ago 15, 2014 | Sin categoría
El suburbio de Saint Louis, de población mayoritariamente negra pero con una policía mayoritariamente blanca, se levantó por el asesinato de un chico de 18 años a manos de un agente policial.
“La nuestra es una nación de leyes: tanto para los ciudadanos que viven bajo ellas como para los ciudadanos que las hacen cumplir, (por eso digo) a la comunidad de Ferguson que está haciendo daño y buscando respuestas, que debemos procurar un entendimiento en lugar de simplemente gritar el uno contra el otro. Debemos curar en lugar de herir a los otros».
Parece la homilía de algún obispo compungido por el levantamiento de la población negra de ese pequeño suburbio de Saint Louis, Missouri, Estados Unidos. Pero no, es una de las primeras frases que pronunció el presidente Barack Obama cuando interrumpió brevemente sus vacaciones en la isla de Martha’s Vineyard, en Massachusetts. Suspendidas en parte para dar algún tipo de respuesta a los incidentes generados por el asesinato de un adolescente negro a manos de un policía blanco en un caso difícil de catalogar de otra forma que no sea «gatillo fácil racial». Un descanso básicamente interrumpido también para resolver cuestiones logísticas en torno de la nueva incursión aérea estadounidense en Irak, pero que necesariamente debió enfocarse en ese espinoso tema.
«Nunca se puede excusar la violencia contra la policía o los que se ocultan tras esta tragedia para vandalizar o robar», abundó Obama. El centro de las quejas radica en que, siendo el primer presidente afroamericano en ocupar la Casa Blanca, poco hizo por limar las diferencias que permanecen en la sociedad entre los WASP (blanco americano sajón protestante, como se autodenomina la mayoría dirigente del país) y los afrodescendientes.
En tren de aquietar las aguas luego de varios días de protestas, saqueos y detenciones masivas, el gobierno federal decidió enviar al fiscal general, Eric Holder, también el primer afroamericano en ocupar un cargo semejante. El gobernador del estado de Missouri, el demócrata Jay Nixon –sin parentesco alguno con el protagonista del Watergate, el republicano Richard Nixon– pidió la intervención de la Guardia Nacional, la milicia estatal conformada por voluntarios que suele movilizarse en catástrofes naturales y también para afrontar situaciones de desorden público.
Pero hay coincidencia en organismos de derechos civiles acerca de que esto es más bien agregar combustible al incendio. Por si hiciera falta, el fósforo para acelerar el estallido viene de la mano de grupos supremacistas xenófobos de vieja data, como el Ku Klux Klan, que ya avisó que está juntando dinero para solventar los gastos que demande la defensa del policía implicado en el crimen.
Seis balazos
Ferguson es un distrito de la principal ciudad de Missouri, con un 67% de población negra y un 29% de blancos, pero cuya policía está integrada por 50 blancos y sólo tres negros. Las tensiones eran palpables y si ahora salieron a la luz fue porque el pueblo se rebeló contra al asesinato a mansalva de Michael Brown, de 18 años, cuando caminaba por una de las calles del poblado, Canfield Drive, el 9 de agosto pasado el mediodía junto con un amigo.
Según los datos más certeros, desde un patrullero el agente Darren Wilson le exigió al dúo que caminaran por la vereda y no por el pavimento. Una tontería irritativa en cualquier distrito del planeta con una mínima circulación de autos como ese. Lo que sigue es difícil de reconstruir, pero según una pericia encargada en forma particular por la madre de Brown, Lesley McSpadden, el chico recibió seis disparos, todos de frente. Dos de ellos fueron en la cabeza, de arriba hacia abajo, lo que indicaría que sea lo que fuera que hubiera ocurrido, el muchacho estaba arrodillado frente al autor de los disparos. Es decir, estaba literalmente entregado. Y para colmo, no tenía armas en su poder.
Tras las primeras manifestaciones de indignación por las calles de Ferguson, la revuelta comenzó a tomar peso en otras comunidades estadounidenses. Recién cuando habló Obama y Jay Nixon pidió la Guardia Nacional, la policía local aceptó dar el nombre del agente que había disparado. Lo hizo con una pequeña trampa: difundió al mismo tiempo un video de un local cercano donde presuntamente se demostraría que los adolescentes habían robado cigarrillos. De ser cierto, se trataría de un delito menor, pero el agente Wilson no tenía ese dato cuando interceptó a los muchachos, según atestigua un vecino que colgó en Twitter el relato de la matanza.
Al cierre de esta edición, las autoridades aún no habían difundido el resultado de la autopsia oficial al cuerpo de Brown. Y Holder –autor por otro lado de un memo que justifica constitucionalmente el asesinato selectivo de ciudadanos en cualquier parte del mundo, que se difundió a pedido de una ONG de derechos civiles tras el homicidio en Irak de un estadounidense que adhería a Al Qaeda, en 2011– dijo que comprometía al gobierno federal para realizar una investigación independiente. Enseguida los sabuesos del FBI se desplegaron sobre el terreno.
Mala imagen
El asesinato de Brown no hizo más que destapar las hondas diferencias que se mantienen entre dos poblaciones íntimamente vinculadas desde el nacimiento de la nación. Es que, como decía el actor Denzel Washington, los negros fueron el único pueblo que fue a Estados Unidos para estar peor que en sus países de origen. Fueron llevados a la fuerza para convertirse en esclavos y acrecentar así la riqueza de los WASP. Según estudios de una entidad de respeto como el Centro de Investigaciones PEW, con base en Washington, el 65% de los negros del país acusa de excesos a la policía de Ferguson, mientras que un tercio de los blancos dicen que actuó como corresponde.
Gallup, una encuestadora privada muy activa en cuestiones de imagen política, señala a su vez que entre 2012 y 2014, el 64% de los encuestados sin distinción de etnias tenían poca, muy poca o ninguna confianza en la policía, en tanto el 58% de los blancos tenían mucha o muchísima confianza en los uniformados. Un estudio previo, realizado entre 2009 y 2011, revelaba que el 61% de los negros tenían poca o ninguna confianza en la policía, mientras el 62% de los blancos tenía mucha confianza en las fuerzas de vigilancia. Lo que implica decir que desde la gestión de Obama las cosas empeoraron.
Por un lado ocurre que desde las grandes revueltas de los 60, que llevaron la firma de la Ley de Derechos Civiles dictada por Lyndon Johnson –precisamente el 2 de julio se cumplieron 50 años de ese acontecimiento– se fueron registrando cambios demográficos profundos en muchos lugares de Estados Unidos que ahora generan nuevas complicaciones, porque el racismo sigue vigente, sólo que es políticamente incorrecto mencionar ese detalle.
Ferguson es un ejemplo de estos cambios. Ubicada a unos 15 kilómetros del centro de Saint Louis, esta localidad que ahora tiene 21.000 habitantes era hasta hace medio siglo un poblado mayoritariamente blanco. Pero luego de las leyes antisegregacionistas en las escuelas, hubo un éxodo hacia otras regiones. Hacia el inicio de este siglo, los blancos dejaron de ser mayoría y desde entonces la diferencia se acrecentó hasta los niveles actuales, cuando representan un cuarto de la población total. Dice Joan Faus en un artículo del diario español El Pais que «Saint Louis es la gran urbe de EEUU que ha experimentado una mayor pérdida de población desde 1950, del 62%». Elizabeth Kneebone, de la Brookings Institution, agregó a la agencia alemana DPA que el desempleo en Ferguson pasó de menos del 5% en 2000 a más del 13% en 2012 y que además, uno de cada cuatro habitentes vive por debajo de la línea de pobreza. En este contexto de una isla de dirigencia blanca en un mar de población negra, no extraña que según datos oficiales del fiscal general de Missouri, Bob McCulloch, la policía de Ferguson haya arrestado casi dos veces más a conductores negros que a blancos en iguales circunstancias.
Principales víctimas
«Más afroestadounidenses y latinos que estadounidenses blancos creen que la policía detiene sin causa, emplea fuerza excesiva y comete abusos verbales», corroboró a la agencia The Associated Press Ronald Weitzer, sociólogo especialista en cuestiones raciales. Los ejemplos que recuerda el periodista Jesse Holland en ese despacho de la agencia son ilustrativos: en 1992 cuatro agentes de Los Angeles fueron absueltos tras el juicio por una terrible golpiza a Rodney King que desató los más graves incidentes raciales en décadas. En 1967 hubo un caso similar con una paliza al taxista John Smith en Newark, Nueva Jersey. Seis uniformados fueron absueltos en Miami en 1980 a pesar de haberse comprobado que mataron a palos al motociclista negro Arthur McDuffie. La muerte en Cincinnati en 2001 de Timothy Thomas, de 19 años, también quedó impune.
«Nos encaminamos hacia un período de creciente protesta social», pronostica Lawrence Hamm, presidente de la Organización para el Progreso del Pueblo (POP, por sus siglas en inglés), con sede en Newark, que nuclea aproximadamente a 10.000 miembros en todo el país. Entrevistado por el periodista Chris Hedges para el sitio Truthdig (algo así como «extraer la verdad»), Hamm, que viene de aquellas luchas de hace 50 años y por lo tanto lo ha visto todo o poco menos, es muy claro sobre lo que ocurre. «El péndulo se balanceó demasiado hacia la derecha después del 11 de setiembre de 2001. El miedo y la parálisis se apoderaron del país y crearon nuestro Estado policial autoritario. Estamos superando ese miedo, la rebelión de Ferguson no fue planeada, fue espontánea. La gente dijo “basta” y estalló de la única forma que sabía. Vamos a tener otras rebeliones pero con los cambios demográficos serán en lugares donde previamente hubo incidentes».
Pero Hamm dice más. El hombre, protagonista de mil batallas, señala que «la policía es el instrumento de control social primario», pero que tras las rebeliones de los 60, Nixon –el presidente que debió renunciar en 1974– se dio cuenta de que no resultaría suficiente y comenzó entonces a responder con la Guardia Nacional y la policía estatal e incluso con las Fuerzas Armadas. Recuerda Hamm que en 1967 Richard Nixon envió a la 82ª División Aerotransportada para controlar un levantamiento en Detroit y que en 1999 tropas SWAT con pertrecho bélico de última generación intervinieron para sofocar protestas en Orange, Nueva Jersey. La manifestación, de la que participó el activista de los derechos civiles, se produjo contra la muerte en una sesión de tortura de Earl Faison. Hamm cuenta que los reprimieron «y éramos los manifestantes no violentos. Los verdaderos criminales –quienes mataron Faison– estaban dentro de las filas de la policía».
Silencio presidencial
En 2009, Obama se había corrido del protocolo de la Casa Blanca cuando afirmó que la policía había actuado «estúpidamente» al arrestar a Henry Louis Gates, un profesor negro de la Universidad de Harvard, en su propia casa al confundirlo con un ladrón. Esa vez el incidente terminó con un par de cervezas entre los protagonistas con el presidente.
En febrero de 2012 otro joven negro, Trayvon Martin, fue asesinado por George Zimmerman, quien vigilaba un suburbio de Orlando, en Florida, tras una serie de robos, lo que provocó protestas en toda Florida. En ese momento Obama declaró que se sentía muy ligado con el caso porque el muchacho le hacía acordar a él mismo 35 años antes.
Pero no abrió la boca en julio pasado, cuando George Zimmerman fue declarado «no culpable» porque un jurado determinó que había actuado en defensa propia ante un ataque –no probado– de Trayvon Martin. Salió libre tres días después del homicidio de Michael Brown.
Revista Acción, 15 de Agosto de 2014
por Alberto López Girondo | Abr 15, 2010 | Sin categoría
La intrincada aprobación de la ley de Atención Accesible y Protección del Paciente, o más sencillamente ley de Salud, puso foco en algunos personajes que sin dudas serán protagonistas de la política estadounidense en los próximos años. El primero en esta lista es Marcelas Owens, ese chico que muchos confundieron con el inefable Gary Coleman, el pequeño Arnold de la serie Blanco y negro de fines de los 70. En segundo plano, pero con una importancia decisiva para torcer voluntades en la áspera votación en el Congreso fue la líder de la bancada demócrata, Nancy Pelosi. Otro «invitado especial» al estrellato es el pediatra y sanitarista Donald Berwick, candidato oficial para ocupar el puesto de director de los programas Medicare y Medicaid, vacante desde 2006, los organismos que llevarán a la práctica la nueva cobertura.
Tangencialmente, la ley también revitalizó a los grupos ultraconservadores nucleados en el Tea party que a regañadientes van encolumnándose detrás de la ex candidata a vicepresidenta, Sarah Palin, una de las abanderadas de la oposición, que se proponen judicializar la ley para trabar en los tribunales lo que no pudieron –por escaso margen– conseguir en el Capitolio.
Porque más allá de la polémica desatada en EE.UU. por las nuevas reglas de juego en el multimillonario negocio de la atención sanitaria, lo que sin dudas está en disputa es el rol del Estado en la atención de la población en general y especialmente la de menores recursos. Y, de paso, la vieja lucha en las antiguas colonias británicas entre el más crudo individualismo y la idea de que la intervención estatal representa un contrapeso a las fuerzas más despiadadas del mercado en favor de la ayuda solidaria a los más pobres.
Ese y no otro es el fundamento de la tremenda oposición a la ley y del empecinado esfuerzo de los grupos progresistas por apoyar al presidente Barack Obama, a pesar de las críticas que su política exterior despierta dentro y fuera de los Estados Unidos. No es casual que coincidan tirios y troyanos en que la ley podría representar el fin de la era neoliberal que comenzó en la época de Nixon y se consolidó siete años después de su estrepitosa caída, en 1981, cuando asumió la primera magistratura el actor de Hollywood, Ronald Reagan.
Pequeño militante
Marcelas Owens tiene once años y perdió a su madre hace cuatro. Tiffany Owens murió de una enfermedad curable, pero con un tratamiento que no pudo costear porque no tenía seguro médico. En un demencial círculo vicioso, había perdido ese beneficio porque se había quedado sin trabajo. La echaron porque estaba demasiado enferma como para poder cumplir horarios y rutinas de servicio en un restaurante en Seattle. Era una de los 32 millones de estadounidenses sin cobertura sanitaria. Tenía 27 años y era madre de tres niños que habían crecido sin padre. Demasiadas ausencias al mismo tiempo.
Marcelas y sus hermanitos quedaron a cargo de la abuela. Pero él llevó adelante su empecinada lucha por cambiar las cosas, a una edad en que otros chicos piensan en juegos electrónicos o deportes. De alguna misteriosa manera, los tiempos de Marcelas coincidieron con los de su país. Y su lucha llegó a oídos de la senadora demócrata por Washington, Patty Murray, en un mitin por la ley organizado en Seattle en octubre pasado. Ella lo presentó al presidente Obama, quien también había quedado huérfano al cabo de una tenebrosa lucha contra las aseguradoras de salud por parte de la mujer que le había dado la vida y lo crió en un hogar sin padre. Por eso el niño fue símbolo de lo que estaba en juego con la ley. Y por eso estuvo junto al presidente en el Salón Este de la Casa Blanca cuando Obama promulgó la ley y se quedó con una de las 22 lapiceras que utilizó para tan magno acontecimiento.
El mandatario dijo entonces que la reforma era una deuda pendiente con su propia madre, Stanley Ann Dunham, muerta en 1995 a los 51 años, de cáncer. Pero ese toque de dolor personal molestó sobremanera a la oposición. Y quien mejor mostró el cariz del rechazo fue Russ Limbaugh, un conductor radial de extrema derecha tan ingenioso como corrosivo: «Marcelas, tu madre se habría muerto de cualquier manera, porque el Obamacare no empieza sino hasta 2014». Pero no se quedó allí. «Esto es simplemente explotación de un niño de 11 años forzado a contar su historia para beneficio del Partido Demócrata y de Barack Obama», insistió.
«¿Dónde estaba la abuelita cuando la mamá estaba enferma?», se preguntó desde la misma trinchera Glenn Beck, presentador de la Fox, la cadena enfrentada a Obama desde su nominación en las internas demócratas. «¿Dónde estaban todos esos izquierdistas que ahora pasean a Marcelas cuando su madre vomitaba sangre?», agregó, tan brutal como se puede ser en Estados Unidos sin que tiemble el pulso.
El Tea party
La ceremonia del té es un rito que se cumple religiosamente en Japón, China y hasta a su manera en Inglaterra. Para los estadounidenses, sin embargo, el Tea party es una liturgia ligada con el más profundo nacionalismo. Es un sello de identidad. Porque recuerda el Motín del té (otra versión de la frase) que se produjo el 16 de diciembre de 1773 en Boston, cuando un grupo de colonos enardecidos lanzaron al mar un cargamento de la valiosa infusión en protesta por el aumento de gravámenes a la importación en Gran Bretaña. Ese es uno de los principales antecedentes para la Declaración de Independencia, tres años más tarde.
Los grupos Tea Party, y en general la derecha estadounidense, reivindican este acto como fundante de la nacionalidad, lo mismo que el de portar armas. Valores sagrados que debe defender todo ciudadano que se precie de good american. Por eso promueven como virtud patriótica el individualismo, la responsabilidad fiscal, la limitación en los poderes del gobierno y la libertad de mercado. «Estas ideas de libertades individuales que Dios nos ha dado han sido escritas por los padres fundadores», dice uno de estos grupos, TPN. A esto agregan «la libertad de expresión, la Enmienda 2 (relativa al uso de armas), nuestras fuerzas armadas y fronteras seguras para Estados Unidos de América». Sobre estos ideales es que se sustentó el neoliberalismo en los 80. Y subsiste a pesar de triunfos escuetos como la ley aprobada por Obama luego de muchas concesiones a propios y ajenos para lograr la sanción.
Mamma a la antigua
Se llama Nancy Patricia D’Alesandro Pelosi y acaba de cumplir 60 años. No hace mucho que se dedica a la política. Recién a los 47, cuando sus hijos ya estaban criados, decidió involucrarse en una actividad que siempre le había atraído, herencia de su padre Thomas, que había sido alcalde de Baltimore, o de su madre, feminista cuando la sola palabra escandalizaba al vecindario.
Pero buena continuadora de la estirpe italiana y del rito católico y apostólico romano, a Nancy le tocó el gen de la maternidad a la antigua. Hasta que el menor de sus cinco hijos terminó el secundario y a coro le dijeron: «Mamá, es hora de que hagas tu vida».
En poco tiempo esa vida propia la llevó a la Cámara Baja y en mucho menos a liderar el bloque demócrata. Casada con Paul Pelosi –empresario inmobiliario y dueño del equipo Sacramento, de la United Football League–, Nancy tiene dos virtudes que cotizan en cualquier parlamento. Es flexible, pero dura. Suave, pero persistente. Suele lograr lo que se propone, aunque en el camino tenga de dejar algunos jirones. Así consiguió sumar los votos para aprobar la ley e impidió la dispersión de los demócratas de la derecha. La reforma pasó la Cámara de Representantes por 219 votos contra 212. Ningún republicano votó a favor. En contra lo hicieron 34 demócratas.
En el camino, la ley perdió contundencia: ya no hay una opción pública, es decir, un sistema de salud estatal que compita y fije precios al privado. El precio para que Obama consiguiera lo que no pudieron Bill Clinton ni Harry Truman.
Revista Acción, 15 de Abril de 2010
por Alberto López Girondo | Ene 1, 2010 | Sin categoría
Con un puñado de gestos y otras tantas frases cargadas de contenido, el presidente Barack Obama terminó por definir de qué lado se ubica en el intrincado juego en que se metió el día que asumió la presidencia, hace un año. El apoyo solapado al golpe de Estado en Honduras, la instalación de bases en Colombia, el rol en la cumbre de Copenhague y el anuncio del envío de más refuerzos militares a Afganistán fueron apenas el prólogo para lo que, de un modo más explícito, expresaron el mandatario al recibir el Premio Nobel de la Paz y su secretaria de Estado ante el acercamiento de algunos gobiernos sudamericanos al presidente Mahmud Ahmadinejad.
«Los instrumentos de la guerra tienen un rol a jugar en la preservación de la paz», sostuvo Obama en Oslo, sin inmutarse ninguno de los presentes, en el meduloso discurso con que intentó explicar las razones que asisten a Estados Unidos para usar la violencia en conflictos internacionales. Hillary Clinton no le fue en zaga, días más tarde, cuando amenazó a los mandatarios del sur del río Bravo: «Si desean coquetear con Irán, deben observar cuidadosamente cuáles podrían ser las consecuencias».
«Podría decirse que Obama ha avanzado todo lo que se podía avanzar desde la perspectiva tímidamente progresista que planteó, que es bastante poco –dice Gabriel Puricelli, analista político– Porque el consenso político en EE.UU. en la era Bush, pero sobre todo desde el 11 de setiembre de 2001, se corrió tan a la derecha que ni en la época del macartismo puede encontrarse un cuadrante tan radicalmente conservador, tan reaccionario como el actual».
Profesor de Historia de Estados Unidos en la UBA, Pablo Pozzi es fuertemente crítico de la gestión del demócrata, aunque considera que Obama «no puede hacer otra cosa. Estamos a casi 30 años de Ronald Reagan. No se debe perder de vista que en este período cambió el gobierno federal en EE.UU., que es fuertemente privatizado y que no tiene poder decisorio en gran parte de los temas en discusión. Baste pensar simplemente que la cantidad de mercenarios en Irak y en Afganistán, es casi el doble que la de soldados norteamericanos».
Francisco Corigliano, doctor en Historia y docente en Política Internacional en varias instituciones de la Argentina y el exterior, también observa un Obama esquivo a los cambios. «Tanto en política doméstica como externa los elementos de continuidad respecto del segundo mandato de Bush hijo son más notorios que los de ruptura. Y esta continuidad no sólo se debe al peso del complejo industrial-militar, sino también a la necesidad del Partido Demócrata de no aparecer demasiado concesivo en temas de defensa y seguridad nacional respecto a los republicanos».
Es curioso, pero ese concepto fue acuñado por el general Dwight Eisenhower, comandante de las tropas aliadas en la Segunda Guerra mundial, en su discurso de despedida de la presidencia, el 17 de enero de 1961. «La conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria armamentística es nueva en la experiencia americana. La influencia total –económica, política, incluso espiritual– se deja sentir en cada ciudad, cada capitolio estatal, cada oficina del gobierno Federal. (…) Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación haga peligrar nuestras libertades o procesos democráticos. (…) Sólo una ciudadanía alerta e informada puede imponerse al engranaje propio de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros pacíficos métodos y objetivos, para que la seguridad y la libertad prosperen juntas». Su sucesor, John Kennedy, sería víctima de ese mismo aparato en 1963. A su manera, todos los gobiernos demócratas que lo siguieron también resultaron acosados por este inmenso poder, en términos económicos, pero también como proveedores de mano de obra y desarrollo tecnológico.
«Es un karma con el que lidian al menos desde la administración demócrata de Jimmy Carter, defenestrada por la derecha republicana por su falta de eficacia en un operativo de rescate de rehenes norteamericanos en la embajada en Teherán, en 1979. Fracaso que, entre otros muchos factores, catapultó a Ronald Reagan a la presidencia en 1980», recuerda Corigliano. Obama decidió muy pronto no alejarse de esta línea, y sin haber mostrado demasiada lucha.
Política del garrote
En un capítulo de la vieja serie Sledge Hammer (virtualmente «garrote de madera»), que por estas tierras se llamó Martillo Hammer el protagonista, un detective brutal enamorado de su Magnum 44, hace un allanamiento no autorizado. Ante una prenda íntima encontrada en un mueble del sospechoso, su compañera policía pregunta: «¿Estás pensando lo mismo que yo?».
–No sé tú, estoy pensando en invadir Afganistán yo solo –responde, mientras mira embelesado su arma. Graciosa para la época, 1987, cuando ese país era una piedra en el zapato de la Unión Soviética y Washington apoyaba a los jefes tribales que se oponían a la invasión.
La comedia, que todavía puede verse en algún canal de cable, refleja no solamente el placer irracional por las armas, sino el deseo de expansión imperial que finalmente concretó Bush Jr. luego de los atentados del 11S. Obama también explicó «su» guerra, en una conferencia en la academia militar de West Point: más tropas, más acciones contra los talibán, instrucción a las fuerzas armadas locales y una fecha para el retiro total en 18 meses. «No sea otro presidente de la guerra», le había rogado Michael Moore en una carta abierta. De nada sirvió el pedido del cineasta.
«Plan McCrystal light», lo denominaron los medios estadounidenses. El general Stanley McCrystal comanda las fuerzas de EE.UU. y la OTAN en Afganistán. A fines de agosto presentó a Robert Gates, secretario de Defensa, el Commander’s Initial Assessment (Evaluación Inicial del Comando) ante el pedido de Obama de discutir una retirada más o menos honrosa. El acrónimo refiere al COIN strategy (Estrategia de Contrainsurgencia, aunque juega con un término que podría entenderse literalmente como «estrategia de la moneda»), el plan explicitado en 66 páginas que se plantea el envío de refuerzos para terminar con los talibán y el apoyo a políticas «antisubversivas», poniendo foco en la población más que en los militantes «insurgentes». Un método que diseñaron los franceses para Argelia y enseñaron a las fuerzas armadas sudamericanas en los años 70 con resultados demasiado conocidos. El «McCrystal light» sería una versión mínima: en lugar de 40 mil soldados pedidos, 30.000; en lugar de entrenar 240.000 tropas afganas, 120.000 y así.
Para completar el cuadro, el número de enero de la revista Vanity Fair publica un extenso perfil al creador y dueño de la agencia de «servicios militares» más grande del mundo: Blackwater. Erik Prince, heredero de una fábrica de autopartes en Michigan y ferviente militante católico, fue «comando especial» de la Marina en Irak en los 90 y allí trabó amistad con muchos Sledge Hammer. Desde entonces convirtió a su emprendimiento en una rentable empresa que facturó 1500 millones en Irak y en Afganistán.
El reportaje fue escrito por Adam Ciralsky, un ex abogado de la CIA, que le hizo juicio a la agencia porque, dice, trabó su ingreso al gobierno central por su origen judío. Prince (40 años y siete niños) se jacta de su método de enseñanza. Para el que aplica una escena de la película Taken (conocida aquí como Venganza), en la que Liam Neeson hace de un viejo agente secreto al que le secuestran su hija adolescente.
–No tengo el dinero. No sé qué hará usted, pero si no deja a mi hija lo buscaré, lo encontraré, y lo mataré –dice el personaje Bryan Mils, el espía retirado, a los secuestradores.
«Quiero que mis hijos entiendan los peligros que hay por allí. Y que sepan cómo respondería yo», explica Prince a Vanity Fair.
Esta nota provocó revuelo en los círculos progresistas ligados a los demócratas. La sospecha es que, tratándose del dueño de una agencia de mercenarios reporteado por un ex CIA, habría un intento de chantajear al gobierno.
Burocracia bélica
Dana Priest es periodista en el The Washington Post y ganó dos Pulitzer por trabajos de investigación, uno de ellos con su libro The Mission. Waging War and Keeping Peace with America’s Military. Allí muestra que la política exterior de Estados Unidos es dictada por el aparato militar. Porque tiene más cantidad de personal, está altamente capacitado y dura en su gestión mucho más que cualquier secretario de Estado.
«Mientras que a mediados de los ochenta el gasto militar de Estados Unidos no alcanzaba al 30% de los gastos militares mundiales, hoy es casi el 50%. El presupuesto de defensa equivale a la suma del resto de los 191 países miembros de Naciones Unidas», dice Juan Gabriel Tokatlián, doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad John Hopkins y docente en la Universidad Torcuato di Tella.
Las cifras de este conglomerado son abrumadoras: más de 800 bases en todo el mundo, 440.000 soldados, un presupuesto 15 veces más grande que el destinado al resto de los asuntos exteriores y 200 veces más personal en el Pentágono que en el Departamento de Estado, sin contar a las tropas privadas, dan una idea de lo que se está hablando.
«Si hay un sector que creció en los últimos 20 años fue la burocracia militar. Y lo hizo invadiendo áreas de competencia de otros sectores del Estado. Además, tiene planes que van mucho más allá de los años que le pueden tocar a Obama. Es un ente autónomo que permanentemente tensiona con las autoridades civiles para tener mayores grados de autonomía», señala Puricelli, co-coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.
Corigliano añade otro elemento a tener en cuenta. «La incidencia de los lobbies étnicos, económicos y religiosos, y particularmente la derecha cristiana evangélica y los judíos ortodoxos, es muy fuerte. Sin dejar de lado el peso e influencia que la red de medios, los intelectuales y los think-tanks conservadores y neoconservadores tienen sobre la opinión pública. Algo que no es suficientemente contrapesado por la red de medios e intelectuales liberales (progresistas)».
Esta influencia se manifiesta en la concepción privatista predominante en la sociedad. «Cuando sucedió lo del huracán Katrina, la Armada no podía rescatar a las víctimas. Terminaron alquilando los barcos de Circle Line, una empresa turística, para que saquen a los tipos, turísticamente», ironiza Pozzi, para agregar luego que nada cambió desde entonces.
Algo que a Obama le quedó claro no bien quiso aprobar la Ley de Salud, que propone ampliar la cobertura para el 15% de la población de menores recursos. Para Corigliano, hay dos fuerzas opuestas que se juegan en ese tema. «Por un lado, el presidente pertenece a un partido que está claramente identificado con las medidas de estado de bienestar adoptadas por Woodrow Wilson, Franklin Roosevelt, Harry Truman, John Kennedy y Lyndon B. Johnson, quien prometió erradicar la pobreza y dejó programas sociales como Medicare y Medicaid». Pero muchos de esos logros fueron barridos por la revolución conservadora de los 80 «a tal punto que Clinton y ahora Obama no pueden volver al grado de intervencionismo estatal y medidas progresistas que se adoptaron entonces. En buena medida por el impacto de la crisis económica pero también por el peso del Estados Unidos conservador».
Pozzi, doctorado en la State University of New York, lo analiza a su manera: «El plan de Salud que en 1992 quiso aprobar Bill Clinton era por lejos mucho mejor». Reconociendo también que el plan de Hillary Clinton era más ambicioso, Puricelli explica que Obama propuso una reforma que apenas subsidia a los privados para dar cobertura a 36 millones de norteamericanos que no la tienen. Aun así, «los lobbies particulares introdujeron cambios en la Cámara Baja, como el diputado Bart Stupak, que planteó una enmienda para que ningún subsidio del Estado pueda ser utilizado en el financiamiento de abortos».
«Actualmente los Estados Unidos tienen la distinción nada envidiable de ser la única gran nación industrial sin el seguro médico obligatorio», recordaba un artículo del diario Washington Post. Agregando que la frase pertenece al economista de Yale Irving Fisher «y fue dicha en diciembre. En diciembre de 1916».
Camino de centro
El mote de encabezar una gestión de corte socialista le cabe a Obama –según las usinas ultraconservadoras– por su postura ante la crisis económica. Se lo acusa de haber convertido a la General Motors (GM) en Government Motors, por ejemplo. Pero en sus últimos meses Bush había destinado varios miles de millones de dólares más para el salvamento de los principales grupos financieros.
«En términos económicos, Obama es claramente un centrista –dice Puricelli– y de hecho es donde ha demostrado más continuidad con la política de un centrista como Bill Clinton. Todo el equipo económico de Obama es de ahí». Podría agregarse que los colaboradores más íntimos de Obama creen firmemente en el libre mercado «y entienden que el estado capitalista está para evitar las crisis del capitalismo».
Pozzi añade que tanto republicanos como demócratas «han gastado casi un billón de dólares en subsidios al mundo financiero y todos dicen que la cosa mejoró. Pero no hay control, no se ha creado una Comisión de Seguridad de Acciones como hizo Roosevelt en su momento para controlar bonos basura o acciones truchas. ¿Cómo saben que el balance de Citibank mejoró si no tienen controles?».
El historiador sostiene luego que «la suposición de que Obama pueda hacer una política distinta nombrando a los mismos tipos que vienen haciendo la política económica en los últimos 30 años es inocente». Lo peor es que, según esta perspectiva, no puede hacer mucho más. «Cuando él dice “vamos a entregar dinero para paliar la crisis” dice algo equivocado. No tiene los canales para que ese incentivo llegue a los pobres. Todo pasa por los punteros municipales, hay un plata para gente que promete repartirla y la esperanza de que eso funcione. Pero sin instituciones estatales para lograrlo», agrega Pozzi.
«El Partido Demócrata es un aparato que se pone en funcionamiento sólo cuando hay elecciones», señala Puricelli. Recién en estos últimos años, dice, algunos estamentos liberales se han puesto a trabajar en una militancia más consecuente. Sobre todo en los estados de mayor tradición sindical y de luchas civiles. Pero, paradoja de los tiempos que corren, los republicanos siguen contando con el apoyo del electorado de mayor poder adquisitivo y también con el de los más pobres.
El premio Nobel de Economía de 2008, hasta no hace mucho ferviente apoyo de Obama, resumió el momento de un modo bastante sintético: «Pasó algo raro camino a un nuevo New Deal. Hace un año lo único que debíamos temer era el temor mismo; hoy la doctrina dominante en Washington parece ser “tengan miedo, mucho miedo”», analiza Paul Krugman.
En eso están.
Revista Acción, 1 de Enero de 2010
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