por Alberto López Girondo | Oct 30, 2015 | Sin categoría
Hace apenas seis años Evo Morales era un gobernante que al decir de Patrick Hall en un artículo que tituló «La presidencia fallida», no podía durar mucho. Venía de enfrentamientos con la derecha golpista y de una dura pelea por aprobar una nueva constitución que institucionalizó la República Plurinacional. Es más, a principios de ese año se lo veía haciendo una huelga de hambre porque el Congreso no aprobaba una convocatoria a comicios generales que le permitiría la reelección. Evo, el primer presidente aymara en la historia de Bolivia, era para los medios del establishment un hombre autoritario y una mala palabra para los inversores, luego de que en sus primeros mandatos había expropiado empresas públicas privatizadas durante la «larga noche neoliberal», como gusta decir al ecuatoriano Rafael Correa.
Lula da Silva, por entonces, era «El hombre del año» para el diario francés Le Monde y el británico Financial Times lo ponía al tope de las 50 personalidades más destacadas de la década que terminaba, mientras que The Economist ilustró una tapa con un Cristo Redentor que parecía un cohete despegando que simbolizaba el Brasil que crecía sin límite de la mano del líder metalúrgico. A tal punto llegaba el fervor por el fundador del Partido de los Trabajadores brasileño que el presidente Barack Obama llegó a decir «amo a este hombre, el político más popular de la Tierra».
En Venezuela, Hugo Chávez era el demonio que, para Estados Unidos y la derecha regional, envenenaba las mentes de sus colegas latinoamericanos con ideas revulsivas. Hacía poco que en Honduras se había echado al presidente democráticamente elegido con un golpe institucional, el mismo día en que en Argentina el Frente para la Victoria era derrotado en elecciones de medio término. Dos gobiernos, el de Manuel Zelaya y el de los esposos Kirchner, que contradecían los deseos de los centros de poder mundial. Cuatro años antes, los países habían gritado en Mar del Plata un rotundo NO al proyecto de construir un mercado común de Alaska a Tierra del Fuego, el ALCA.
Algo ha cambiado en América Latina en este período. Principalmente porque tanto Chávez como Néstor Kirchner murieron, dejando un hueco difícil de llenar. Pero los vientos también trajeron acomodamientos y sorpresas que no se podrían explicar como no sea por los vaivenes de la política y las turbulencias de los tiempos.
Porque ahora Evo Morales es el nuevo «niño mimado» del Financial Times, que dedicó una amplia separata ahora que el mandatario boliviano se paseó por el centro financiero del planeta, Nueva York, en búsqueda de inversiones para esta nueva etapa en la vida de su país. El viaje coincidió con una decisión de al Corte de Justicia que autoriza el llamado a consulta para una reforma constitucional que le habilite una nueva reelección cuando venza su actual período, el 22 de enero de 2020.
Lula, en tanto, padece el declive del gobierno de su «delfina», Dilma Rousseff, que está enrollada en una crisis que hace temer a muchos por el futuro no sólo de su gestión sino del partido oficial, embarrado por denuncias mediáticas y con varios procesados -propios y aliados- por delitos de corrupción. Entre las acusaciones figura en primer lugar el llamado Petrolao, por el presunto pago de coimas surgidas de las arcas de la petrolera estatal a distintos dirigentes políticos. Ayer, sin ir más lejos, el ex presidente argumentó con muy buen criterio que el objetivo de los ataques que ahora buscan enlodarlo a él y a sus allegados apunta a socavar su base de apoyos en vista de la campaña para la renovación presidencial, que será en 2018. «Nadie debe tener lástima. Aprendí con la vida a enfrentar la adversidad. Si el objetivo es truncar cualquier perspectiva de futuro, entonces serán tres años de mucha golpiza. Y pueden estar seguros: voy a sobrevivir», declaró el ex «hombre del año».
Ácido como en sus mejores momentos, Lula replicó al proceso contra uno de sus hijos por sus presuntos contactos con una red de corrupción para el pago de sobornos. «Tengo otros tres hijos que no fueron denunciados, siete nietos y una nuera que está embarazada. Bueno… esto no va a terminar nunca. Y me generaron un gran problema. Dijeron que una nuera mía recibió 2 millones de reales. Ahora van a querer saber quién es el rico de la familia. Dentro de poco una nuera procesará a otra», destaca Lula, según testimonia un cable de la agencia dpa.
En Venezuela, en tanto, el presidente Nicolás Maduro, que enfrenta elecciones legislativas el 6 de diciembre, redobla esfuerzos por encarrilar una economía bastante golpeada por la escasez de productos de consumo y la inflación. Una de las medidas fue el cierre de parte de la frontera con Colombia, por donde muchos de los productos terminan contrabandeados ante la diferencia de precios en cada país. Por allí también se cuelan paramilitares que vienen asolando en los distritos más pobres desde hace meses, causando actos de violencia que elevan el temor en la población más expuesta a estos actos de vandalismo.
Estos días el presidente anunció un plan antigolpista para garantizar los comicios, que resultan cruciales en vista de los tiempos que se vienen en ese país. Una de las medidas que había propuesto era la firma de un compromiso en el tribunal electoral para que todos los partidos reconocieran el resultado de las urnas. Pero la oposición, nucleada en el Mesa de Unidad Democrática, MUD, se negó a refrendar el documento.
En este marco, el que mostró las cartas de un modo grosero fue jefe del Comando Sur estadounidense, el general John Kelly, quien en un reportaje a la cadena CNN declaró que todos los días reza «por lo que está sufriendo el pueblo venezolano». Y en lo que sin dudas debe ser leído como una amenaza, no descartó la posibilidad de una intervención militar. Claro que, aclaró, una «intervención humanitaria», que es la figura con que Estados Unidos logró aprobación de las Naciones Unidas para operaciones militares en Irak en 1991, en Somalia en 1992 y en los Balcanes en 1994.
¿Cuál podría ser la excusa para desembarcar tropas en Venezuela? Surge de la propia declaración del muy piadoso Kelly: «estamos viendo una inflación de 200% y faltan productos básicos». Dos cuestiones que podrían ser claves para declarar una crisis humanitaria. Con lo que se demuestra que el desabastecimiento resulta un arma en esta lucha contra un gobierno democráticamente elegido y que se dispone a someterse nuevamente a las urnas (¿valdrá la pena recordar los ataques desabastecedores contra el presidente chileno Salvador Allende en 1973?). «Ellos tienen un plan bien detallado. Lo repiten para decir que es un fracaso de la revolución. No, es una guerra económica planificada al más alto nivel», protestó Maduro al reclamar solidaridad latinoamericana.
El problema para acudir en ayuda del gobierno bolivariano es que cada uno de los países que vienen sosteniendo la cruzada latinoamericanista también están en el medio de batallas difíciles y muy bien orquestadas. Bien lo dice Lula, a quien se podría agregar Rafael Correa, que tuvo un par de meses de levantamientos contra leyes que rechazaban las clases pudientes.
En el caso de Argentina, la incertidumbre electoral dificulta acciones más concretas y del resultado electoral dependerá el rumbo que tome la cancillería. No es casual la alegría con que recibieron el resultado del domingo pasado referentes de la derecha como Henrique Capriles. Devolución de gentilezas, porque Macri ya había dicho que, de ganar la elección, pediría a Maduro por la libertad del opositor Leopoldo López, preso por golpista.
Queda Evo Morales, que sigue siendo consecuente aún ahora que está arriba en el subibaja. Pero también Bolivia es un objetivo de las fuerzas de la reacción, que por ahora en el altiplano están agazapadas. ¿Alguien imagina un NO al Alca con Macri y Capriles en el poder?
Tiempo Argentino Octubre 30 de 2015
Ilustró, como siempre, Sócrates
por Alberto López Girondo | May 5, 2015 | Sin categoría
Si algo dejó la VI Cumbre de las Américas de Panamá fue la comprobación de que Estados Unidos ya no puede imponer su voluntad sobre el resto de los países del continente como solía hacerlo hasta hace 10 años. Lo supo Barack Obama, quien en su último encuentro como mandatario estadounidense debió aceptar no solo que Cuba existe, sino que debía hacerse cargo del reclamo de los gobiernos latinoamericanos para una nueva relación con los vecinos a los que despectivamente su secretario de Estado, John Kerry, todavía llama «patio trasero».
Como una parábola perfecta para el inquilino de la Casa Blanca, en su primera participación en este encuentro de presidentes, en 2009, recibió de Hugo Chávez un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina, libro clave de Eduardo Galeano para entender el despojo que durante siglos padecieron los pueblos al sur del Río Bravo. En Panamá, varios de sus colegas le recordaron en diferentes tonos y sin mencionarlo explícitamente que América Latina había cambiado. Como para que la muerte de Galeano, unos días más tarde, sonara a cierre de una etapa que ya parece irreversible para la región.
Esta serie de rondas de jefes de Estado americanos, que comenzó en Miami en 1994 para poner en marcha el proyecto neoliberal expresado en el Consenso de Washington, viró 180 grados en Mar del Plata en 2005. Allí, al enterrar el Área de Comercio de las Américas (ALCA), frente al propio George W. Bush, la integración latinoamericana comenzó a andar.
Hay varios acontecimientos que no se pueden entender sin ese paso inicial. En principio, sería justo preguntarse hasta qué punto la crisis que se desató primero en Estados Unidos y que luego se extendió a Europa no tuvo su origen en la clausura de ese proyecto pensado para beneficio de la economía estadounidense en detrimento de los pueblos latinoamericanos.
Es más evidente, en cambio, que la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) hace 8 años, y luego la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) es la consecuencia más directa e irrefutable de este avance. En ambos casos, las organizaciones cumplieron un rol destacado en defensa de la democracia y del estrechamiento de lazos entre los pueblos sin la participación de los países sajones, Estados Unidos y Canadá. Un hecho del que tomaron en cuenta los estrategas de Washington para decidir que Obama diera un paso que los 10 presidentes que lo antecedieron no se atrevieron a dar: sentarse a conversar con el gobierno de la Revolución Cubana para intentar restablecer relaciones diplomáticas.
Esta nueva era convirtió la OEA, el organismo del que había sido expulsada Cuba en 1962, en una cáscara vacía. Lo mismo que las cumbres presidenciales. ¿Qué sentido tiene un encuentro de jefes de Estado de países que poco y nada tienen en común, salvo que comparten la región con la principal potencia económica y militar del planeta?
El sentido se lo dieron en Panamá los líderes regionales que le pusieron al presidente estadounidense «los puntos sobre las íes», como se dice popularmente. Fueron categóricos especialmente Rafael Correa, Daniel Ortega y Evo Morales. Obama se ausentó en dos ocasiones, una cuando Nicolás Maduro le reclamaba por haber calificado a Venezuela como una «amenaza a la seguridad de Estados Unidos». La otra cuando habló Cristina Fernández, que hizo una encendida defensa de la dignidad cubana para soportar el embate norteamericano durante más de 60 años pero que también habló de Malvinas, otra causa latinoamericana contra un aliado de Washington.
A los pocos días, Obama envió al Congreso la recomendación de retirar a Cuba de la lista de naciones patrocinadoras del terrorismo. Y prometió hacer lo necesario para levantar el embargo. No las tiene fácil el presidente de los
Estados Unidos con un Legislativo opositor en el último tramo de su gestión. Sobre todo porque la voz cantante entre los republicanos la tienen representantes extremos del Tea Party, como Marco Rubio y Ted Cruz –precandidatos a suceder a Obama en 2017– e Ileana Ros Lehtinen, de origen cubano.
Se entiende entonces el pedido de Raúl Castro de creer en las buenas intenciones de Obama.
Revista Acción
Mayo 1 de 2015
por Alberto López Girondo | Abr 10, 2015 | Sin categoría
Dicen en Panamá que desde la invasión estadounidense del 20 de diciembre de 1989 no se veían tantos helicópteros sobrevolando la ciudad. Esa vez, tropas de la 82 División Aerotransportada de Estados Unidos enviadas por orden del presidente George Bush padre bombardearon el barrio En Chorrillo, donde estaban ubicados los cuarteles donde se alojaba el presidente Manuel Noriega. Hombre de la CIA y protegido de los organismos de seguridad estadounidenses, Noriega de pronto se convirtió en enemigo público de Washington.
¿Sabían los estrategas de la Casa Blanca que Noriega era el asesino y narcotraficante que a fines de los ’80 llegó a ser para los medios de comunicación masivos? Sí, pero mientras les sirvió para combatir al sandinismo, entre otros «favores», no tuvieron problemas en bancarlo. El caso es que cuando se quisieron deshacer de él aparecieron denuncias de su relación con el cártel de Medellín, que comandaba Pablo Escobar, y de sus tendencias homicidas contra opositores políticos. Así fue que un contingente de unos 26 mil soldados de elite inició el ataque para expulsar del poder al gobierno que antes había hecho lo posible por mantener en el poder.
Hubo un hecho tragicómico en la denominada Operación Causa Justa, que costó la vida a unos 6000 panameños inocentes de todos esos delitos compartidos. Porque tras los profusos tiroteos contra el búnker de Noriega, el dictador temía por su vida y se refugió en la Nunciatura Apostólica de Panamá. Como una agresión a la sede católica hubiese sido demasiado incluso para un gobierno como el de Bush padre (que por otro lado, había sido director de la CIA cuando Noriega era «amigo de la casa»), los invasores colocaron los equipos de música más poderosos frente al edificio y pusieron rock pesado a todo volumen. Unas horas más tarde, ante la alteración de sus anfitriones eclesiásticos, Noriega se entregó mansamente. Juzgado en Miami, fue condenado en 1992 a 40 años de prisión. En 2011, tras haber cumplido parte de su sentencia en Estados Unidos por narcotráfico y otra en Francia por lavado de dinero, regreso a Panamá, donde todavía debe pagar por sus crímenes políticos.
Ahora los helicópteros sobrevolaban Panamá como parte de la custodia de Barack Obama, que viajaba al país centroamericano para participar de la Cumbre de presidentes americanos más caliente desde aquella de 2005 en Mar del Plata en que un grupo de díscolos le dijo No al ALCA a George Bush hijo en persona.
Al anunciado regreso de Cuba a este foro continental, una posibilidad abierta con la reapertura del diálogo entre Washington y La Habana iniciado en diciembre pasado, se sumó la avanzada de Obama sobre el gobierno venezolano. Lo que levantó protestas y críticas de un amplio abanico de mandatarios latinoamericanos que no saldrían jamás en defensa de Noriega, pero no aceptan esa imagen de los golpes de Estado auspiciados y financiados por Estados Unidos, desde el del guatemalteco Jacobo Arbenz hasta el de Salvador Allende y la dictadura argentina. Y tampoco admiten golpes institucionales como los que derrocaron a Manuel Zelaya o Fernando Lugo.
Por esta razón, Obama le bajó un poco los decibeles al rock pesado que había desplegado contra el presidente Nicolás Maduro cuando firmó el decreto en que declaraba a Venezuela como una amenaza contra Estados Unidos. Así fue que en una entrevista con la agencia española EFE dijo que no cree que «Venezuela sea una amenaza para Estados Unidos y Estados Unidos no es una amenaza para el gobierno de Venezuela», y se promovió como abierto al diálogo con Caracas. Eso sí, dijo que está «preocupado por cómo el gobierno venezolano sigue esforzándose por intimidar a sus adversarios políticos».
La actitud de fiscal de la democracia y los derechos humanos que se atribuye la dirigencia estadounidense es el principal escollo para un buen entendimiento entre vecinos incómodos como los países latinoamericanos y los de origen anglosajón. A eso se refieren quienes llaman a esas acciones unilaterales como injerencia en los asuntos de otras naciones. El jefe de Gabinete argentino, Aníbal Fernández, lo expresó en su tono ácido cuando le recordó a la subsecretaria para Asuntos Hemisféricos de EE UU, Roberta Jacobson, que había cuestionado la marcha de la economía vernácula, que «no está bien eso de mirar la paja en el ojo ajeno». Una frase adecuada sobre todo si se destaca que el mismo día un afrodescendiente era asesinado por un policía en North Charleston, en el enésimo caso de gatillo fácil racial en los últimos meses en ese país.
Que Panamá iba a ser un escenario de debates, polémicas y enfrentamientos era un tema clavado por el regreso de Cuba y el embate contra Venezuela. Y las expectativas no resultaron defraudadas. Un grupo de 25 ex presidentes latinoamericanos, todos ellos de derecha y que no pudieron dejar herencia política en los nuevos tiempos que se viven en la región, se juntaron con el no menos derechista español José María Aznar para emitir una declaración donde hablan del «silencio complaciente» de los actuales mandatarios sobre la situación venezolana. Como era de prever, también dijeron que convocarán a otras fuerzas de la región e incluso a demócratas y republicanos de Estados Unidos en esta cruzada en defensa de «la libertad y la democracia». A esta lista de antichavistas se unió semanas atrás el representante del PSOE Felipe González, que se presentó como defensor de dos dirigentes opositores presos en Venezuela, junto con otro puñado de ex presidentes latinoamericanos.
No muy lejos de allí, un grupo de opositores al gobierno cubano habían organizado un foro contra el acercamiento de Obama con Raúl Castro. El gobierno cubano lanzó una protesta inmediata contra la presencia en Panamá de Félix Rodríguez Mendigutía, un antiguo miembro de la CIA que participó en decenas de ataques terroristas contra la revolución cubana y es considerado como el asesino del Che Guevara.
Las autoridades cubanas salieron a denunciar la presencia del agente, a quien sindican como ligado a la CIA desde que Fidel Castro y el Che tomaron el poder en La Habana, en 1959. «Comenzó a entrenarse, en una base del Canal de Panamá, en explosivos, demoliciones, sabotajes y otras técnicas de operaciones encubiertas» (…), sus acciones subversivas se extienden por Cuba, Uruguay, Brasil, Costa Rica, Honduras, Guatemala y El Salvador, entre otras naciones de nuestro continente», señaló Ricardo Guardia Lugo, presidente de la Organización Continental Latinoamericana y Caribeña de Estudiantes (Oclae), en una carta pública dirigida a los organizadores del Foro de la Sociedad Civil que se realizó en paralelo.
Rodríguez Mendigutía, de 73 años, participó en la invasión de Playa Girón y es otro de los vinculados con el escándalo Irán- Contras, para contribuir con actividades ilegales en la financiación de los grupos antisandinistas en los primeros años ’80. Noriega era la otra pata del «negocio». Pero fundamentalmente será recordado por haber sido el agente enviado por la CIA a Bolivia en 1967 cuando se confirmó la presencia del Che en Ñancahuazú, donde fue encubierto bajo la personalidad del empresario Félix Ramos. Fue el que envió al Batallón Ranger a La Higuera, donde fue capturado el guerrillero argentino-cubano.
La actitud de Obama en relación con lo que por sus pagos se conoce como «el patio trasero» es ambigua. Por un lado está buscando un acercamiento, no por propia voluntad sino por la fuerza de los hechos, como sucede con Cuba. Pero por el otro quiere demostrar que no es blando y entonces «castiga» a gobiernos que lo enfrentan. El caso de Venezuela es paradigmático. Como una muestra de que piensa ir un paso más adelante, intenta ahora minar parte de sus apoyos en el Caribe. Por eso, antes de hacer escala en Panamá pasó por Jamaica, donde se reunían los países del Caribe nucleados en el Caricom. Espera poder torcer voluntades prometiendo petróleo subsidiado, como le viene entregando Venezuela desde la época de Hugo Chávez.
Otra forma de poner rock pesado en la región caribeña, como hace un cuarto de siglo.
Tiempo Argentino
Abril 10 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Mar 27, 2015 | Sin categoría
El 10 de noviembre de 2007, en plena Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado en Santiago de Chile, el líder bolivariano Hugo Chávez increpó en forma persistente al presidente de gobierno español por la injerencia de un ex jefe de estado hispano en la situación interna de Venezuela. La incomodidad del PSOE José Luis Rodríguez Zapatero era evidente. ¿Cómo defender al PP José María Aznar, que viajaba con frecuencia para asistir a encuentros en ONG de la derecha y en contra del gobierno chavista? La frutilla del postre fue el ya famoso «¿Por qué no te callas?» con que el rey Juan Carlos I intentó silenciar las denuncias del mandatario venezolano.
Pasaron casi ocho años. España ya no es la orgullosa nación que se pretendía faro para las naciones latinoamericanas, donde había desembarcado una década comprando a precio de ganga bancos, medios de comunicación y empresas proveedoras de servicios. La crisis que se desató en 2008 golpeo fuerte en España y paralelamente al abrupto crecimiento del desempleo se fue destapando una extendida trama de corrupción en la dirigencia política. Las denuncias también llegaron hasta el Palacio de la Zarzuela y Juan Carlos de Borbón eligió abdicar a favor de su hijo Felipe antes que seguir enfrentado el descrédito de la casa real.
El PP llegó con su receta de recortes al poder en 2012 y ambos partidos terminaron envueltos en las críticas más feroces de la sociedad. Hasta que un grupo de jóvenes irreverentes se calzó la protesta al hombro, elaboró el concepto de que todos forman parte de una casta y se convirtió en una amenaza para el bipartidismo que se enseñoreaba en la península desde la Constitución de 1978.
La crisis política hace temblar al PP, en el gobierno, pero también a la oposición socialista. Rápida de reflejos, la presidenta de la Junta de gobierno de Andalucía, un feudo del PSOE, adelantó elecciones. Enric Juliana, periodista de La Vanguardia, sostiene con bastante buen criterio que la jugada de Susana Díaz apuntaba a poner en un aprieto a Podemos, el partido de los irreverentes fundado por Pablo Iglesias y un grupo de intelectuales muy cercanos al populismo latinoamericano. Y fundamentalmente a no seguir perdiendo adeptos. Juliana ve detrás de esta movida a un gran titiritero, Felipe González Márquez. La estrategia funcionó bastante bien: el domingo pasado el PSOE mantuvo la misma cantidad de bancas que tenía, 47; el PP se desbarrancó y de 50 escaños le quedaron 33, al tiempo que Podemos sumó 15. Para un debut no está mal, pero la expectativa era mayor. El PSOE, a su vez, salvó los papeles, aunque en realidad perdió 118 mil votos en relación a 2012.
No espero nada Felipe González para anunciar un viaje a Venezuela donde asumiría la defensa de dos dirigentes opositores presos por conspirar contra el gobierno, Leopoldo López y Antonio Ledezma. Hombre de mirada gatuna como lo definen los analistas españoles, el ex jefe de Estado que más duró en su cargo desde la vuelta de la democracia a ese país apuntaba a sostener a sus amigos latinoamericanos. Pero en medio de una campaña mediática que hostiliza a Podemos con los peores brulotes –entre los cuales figura en primer término el de «chavistas» porque efectivamente colaboraron en trabajos con el gobierno bolivariano– Felipe no se iba a perder la ocasión de embestirla contra el presidente Nicolás Maduro para pegarle a Pablo Iglesias.
Alguna vez Felipe González Márquez fue Isidoro. Eran los últimos años del franquismo y el joven abogado laboralista sevillano utilizaba ese «nom de guerre» como clandestino en sus tiempos de militancia en el socialismo, un partido que todavía mantenía entre sus premisas el marxismo. A los 32 años, en Suresnes, Francia, los exiliados lo eligieron secretario general del PSOE. Dicen que con el apoyo explícito de sus aliados de la Internacional Socialista, el italiano Pietro Nenni, el sueco Olof Palme y el alemán Willy Brandt entre ellos. Un año más tarde, a la muerte del dictador, Isidoro pasó a ser Felipillo, el joven e impetuoso líder de la izquierda admitida por el régimen. El poder le llegaría recién en 1982. Ocupó el cargo hasta 1996.
Se fue envuelto en cuestionamientos por el combate a ETA con un grupo parapolicial llamado GAL, una rémora de la Triple A de Argentina. También por haber instaurado modalidades de contratación de trabajadores que fueron cada vez más a la baja.
Fuera del gobierno también lo esperaba una carrera brillante. Sería personaje habitual de consulta de gobiernos y empresas por sus relaciones con gobiernos de todo el mundo, especialmente de América Latina. Y sería sumado al Comité de Sabios de Europa, un grupo de celebridades que se supone que piensan el futuro del continente.
La palabra lobista, con que lo definió Maduro estos días, ya le cabía en la era del neoliberalismo, y en 2010 González fue designado oficialmente consejero de la empresa Gas Natural Fenosa, con intereses incluso en Argentina.
Cuando el modelo privatista entró en crisis, González también salió a defender al establishment. Así fue que viajó de urgencia a Buenos Aires a fines de diciembre de 2001. Quería convencer a Fernando de la Rúa de que no renunciara. Sabía que con el representante aliancista iba a caer la Convertibilidad y con ello las increíbles ganancias de las empresas españolas durante esos tiempos. Llegó tarde, cuando aterrizó De la Rúa ya se había tomado el helicóptero. Eso no impidió que intercediera ante sus sucesores, con menor suerte a medida que el kirchenirsmo se fue consolidando con otro proyecto. Para colmo, en el resto del continente surgieron gobiernos menos proclives a recibirlo.
A Felipe González, sin embargo, todavía le quedan amigos en la región. En diciembre pasado, Juan Manuel Santos le otorgó la nacionalidad colombiana. «Es un ser extraordinario», lo definió Santos. «He estado vinculado una parte de mi vida política muy importante a América Latina y dentro de ese vínculo ha tenido un lugar siempre especial Colombia», respondió el sevillano, tras calificarse de tan español como colombiano.
En la vida privada tampoco le fue mal. Separado de su primera esposa luego de 39 años de matrimonio, se volvió a casar con una mujer 17 años más joven, María del Mar García Vaquero. Con ella compraron un campo de 49 hectáreas en Extremadura donde construyó una mansión de 600 metros cuadrados. Un artículo de la revista Vanitatis asegura que el terreno donde se erigió la finca El Penitencial costó 425 mil euros. Para adquirirla, recuerda el magazine de chismes de ricos y famosos, vendió una casa en Tánger de 5000 metros cuadrados a orilla del mar que tenía con su ex esposa, Carmen Romero. La compradora es la familia real saudita. La ocupante, señala la publicación, es la «princesa Lalla Meryem, la hermana díscola del rey de Marruecos».
Tentado de hacer otra alianza continental, González quiere sumar a su cruzada en tierras de Bolívar a los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil, Luis María Sanguinetti, de Uruguay, y Ricardo Lagos, de Chile. El canciller español, José García Margallo, le deseó suerte porque, declaró, «defender las libertades, los derechos humanos y el estado de derecho es una tarea muy digna».
Pero no sólo de lo que la dirigencia española –»la casta, diría Podemos– considera Derechos Humanos o democracia viene a hablar. También, según el corresponsal en Washington del diario El Mundo de España, va a dar lecciones de economía. Anota Pablo Pardo en el periódico madrileño que en una charla en el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS por sus siglas en inglés) Felipe González Márquez estimó que el problema más grave que padece la Venezuela de estos días es económico. «Tienen que sentarse a hablar gobierno y oposición y después hablar con los sectores productivos y hacer un plan de ajuste porque, con el 15% de déficit de la Administración central –que no incluye los de las provincias–, es imposible que el país salga adelante, y menos aún con el petróleo a la mitad de lo que valía hace 4 meses.»
Más claro…
Tiempo Argentino
Marzo 27 de 2015
Ilustró Sócrates
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