Inacio Lula da Silva asumió su tercer mandato, el número 39 de Brasil desde que se constituyó como una república federativa, el 15 de noviembre de 1889. Fue el último país americano en terminar con la monarquía y con la esclavitud y hoy es la esperanza de nuevos aires para muchos en la región y en el mundo, habida cuenta del embate de la extrema derecha que golpea en Europa y que se extendió con suerte dispar en esta parte del planeta. De hecho, los dos líderes más destacados de esa regresión histórica, Donald Trump y Jair Bolsonaro, se encuentran en Florida, Estados Unidos, en una suerte de refugio dorado luego de sendas aventuras y a la espera de poder reconstruirse como opción a futuro.
Por estos antecedentes es que el líder metalúrgico recalcó en su discurso ante el Congreso el principal objetivo que se fijó para su nueva su gestión. “Bajo los vientos de la redemocratización decíamos: ¡dictadura nunca más! Hoy, tras el terrible reto que hemos superado, debemos decir: ¡democracia para siempre!”, dijo Lula, al tiempo que anunciaba una reestructuración del funcionamiento del Poder Ejecutivo “para que el Gobierno vuelva a funcionar de forma racional, republicana y democrática”.
“El mandato que hemos recibido, frente a adversarios inspirados en el fascismo, será defendido con los poderes que la Constitución confiere a la democracia. Al odio responderemos con amor. A la mentira, con la verdad. Al terror y a la violencia responderemos con la Ley y sus más duras consecuencias”, detalló.
Luego señaló algunos de los proyectos con los que aspira a revertir esa tendencia violenta a la que el bolsonarismo fue llevando a la sociedad brasileña, con inspiración indudable en los peores ejemplos que Estados Unidos despliega en el mundo. «Hay mucha inseguridad y Brasil no quiere y no necesita tener armas en las manos del pueblo. Necesitamos cultura, libros, para que podamos ser un país más justo».
El otro eje, en el que Bolsonaro también se destacó -y no para bien- fue el del medio ambiente. «Vamos a iniciar la transición energética y ecológica. Nuestro meta es lograr la emisión cero de gases invernadero y la deforestación cero de la Amazonia. Vamos a vivir sin cortar un árbol», abundó, para, a renglón seguido, prometer una reparación de la histórica con los pueblos originarios, tan amenazados como la destrucción de su lugar en el mundo y que se amplió en los cuatro años que finalizan. «Vamos a denunciar todas las injusticias cometidas contra los pueblos indígenas», se comprometió Da Silva.
Sin dejar de recordar que su llegada al Planalto no es para una simple sucesión sino para dar un giro tajante a la anterior administración brasileña, Lula dijo que “la libertad que hemos defendido es la de vivir en libertad, incluyendo el derecho de expresión. La libertad que ellos defienden es la de imponer sobre los más débiles, eso es barbarie” y señaló a continuación que «los controles republicanos serán recuperados para defender el interés público».
Más adelante refrescó la memoria de sus dos períodos presidenciales. “Se demostró que sí era posible gobernar este país con la más amplia participación social, incluyendo a los trabajadores y a los más pobres en el presupuesto y en las decisiones de gobierno (…) Se ha demostrado que un obrero sí podría dialogar con la sociedad para promover el crecimiento económico de forma sostenible y en beneficio de todos, especialmente de los más necesitados”.
Como parte de este cambio de rumbo, y en vista de la realidad de que el bolsonarismo tiene un apoyo importante en el Congreso pero también controla los estados más grandes de Brasil y tiene simpatizantes en las fuerzas militares y de seguridad, Lula señaló en su discurso ante el Congreso la necesidad de un nuevo pacto democrático. “Quiero saber cuáles son los principales proyectos de cada uno de los gobernadores, para poder discutir el apoyo, la financiación y lo que el Gobierno federal pueda hacer para colaborar con los estados”.
Para alentar la esperanza de los otros mandatarios latinoamericanos que asistieron al acto de transmisión de mando -al que por cierto, viene bien recordar que no estuvo Bolsonaro- fijó el cuadrante para su derrotero: “Nuestro compromiso será con Mercosur y el resto de las naciones soberanas de nuestra región. Tendremos un diálogo activo con Estados Unidos, la Unión Europea y China. Haremos más alianzas para tener más fuerza de ahora en adelante. Brasil tiene que ser dueño de su destino, tiene que ser un país soberano».
Entre los que aplaudieron especialmente estuvo el argentino Alberto Fernández, que anunció una bilateral este lunes, y la delegación uruguaya, encabezada por Luis Lacalle Pou acompañado por los expresidentes Julio María Sanguinetti y José “Pepe” Mujica. Finalmente no viajó el venezolano Nicolás Maduro, pero el aire de cambio que representa la vuelta de Lula se manifestó en que el propio Bolsonaro tuvo que levantar unos días antes la prohibición a su ingreso. Pero sobre todo en que los mismos que habían ungido al exdiputado Juan Guaidó como “presidente interino”, durante la administración Trump en EEUU, decidieron poner fin a ese mandato inexistente este mismo 1 de enero.
Como cierre de su discurso, Lula dijo: «Vamos a reconstruir este país, viva la democracia y viva el pueblo brasileño». En el plenario de diputados y senadores estalló el grito de «Lula, guerrero del pueblo brasileño».
Pero luego de la ceremonia el ya presidente comenzó a lanzar una serie de tuits en cascada en lo que se pareció a una autoreivindicación histórica para quienes no vivieron aquellos tiempos, que en muchos casos «compraron» el mensaje del bolsonarismo por desconocimiento.
«Recientemente releí el discurso de mi primera asunción, en 2003. Y lo que leí vuelve aún más evidente cuánto volvió para atrás Brasil. Aquí, en este mismo lugar, asumimos el compromiso de recuperar la dignidad y la autoestima del pueblo brasileño y las recuperamos».
«Pero el principal compromiso que asumimos fue luchar contra la desigualdad y la extrema pobreza y garantizar a cada persona el derecho a tomar café a la mañana, almorzar y cenar y hemos cumplido ese compromiso. 20 años después volvemos a un pasado que creíamos enterrado», dicen dos de esos textos.
Lula da Silva vuelve al gobierno y como siempre que un pobre se divierte, diría el Gaucho Martín Fierro, «nunca faltan encontrones». Estuvo divertido la primera vez, cuando por esas cosas del destino coincidió con Néstor Kirchner Hugo Chávez y armaron aquella fiesta de los primeros años del siglo, a la que luego se sumaron Evo Morales, Tabaré Vásquez, Rafael Correa y Fernando Lugo.
Perseguido como el personaje definitorio de la idiosincrasia argentina escrito por José Hernández –de cuya publicación se cumplieron hace poco 150 años– este obrero metalúrgico que cuando un juez lo quiso chucear en una indagatoria declaró como profesión «tornero mecánico». Y ya había sido dos veces presidente de Brasil, y había logrado construir no solo un gremio y un partido político de masas sino un camino para otro mundo posible, como decían aquellos encuentros en Porto Alegre al despuntar el siglo. Pero eligió ese, el título logrado con tanto esfuerzo en su juventud. Y hablemos de meritocracia.
Como a Fierro, a Lula un juez y un sistema que rechazan la diversión del pobre lo sacaron de juego tanto a él como a su sucesora, Dilma Rousseff. No les fue mejor al cura paraguayo, al economista ecuatoriano y al dirigente cocalero boliviano. Con tal de acabar con la fiesta, apelaron a golpes y persecuciones. Lo que deja en claro que por las buenas no hubieran podido. Una suerte similar corre en Argentina la vicepresidenta.
Este 1 de enero vuelve al Planalto el hombre que como buen metalúrgico, tiene fierro en la sangre. Para volver tuvo que armar alianza, hacer concesiones, juntar cabezas que apostaran a derrotar a la ultraderecha. ¿Es una vuelta como la de Fierro? Resultaría tan tentador asimilar a ambos personajes…
Lo que si queda claro es que ante la inminencia del regreso de Lula da Silva, no faltaron encontrones para advertirle que si antes no la tenía fácil, ahora están dispuestos a hacérsela imposible. El golpe contra Evo en noviembre de 2019, unas semanas antes de que Alberto Fernández asumiera su cargo, tenía un sentido similar. Marcar la cancha, mostrar de qué son capaces y de qué viene la cosa. La arremetida de la derecha boliviana desde hace meses, comandada por el gobernador de Santa Cruz, Fernando Camacho tenía ese sentido.
Camacho es aquel que en un éxtasis místico ingresó en el Palacio Quemado con una Biblia en la mano y se arrodilló frente a una bandera de Bolivia desplegada en el piso. Líder racista de una región que abomina de las raíces indígenas del pueblo boliviano, es uno de los responsables de las atrocidades cometidas en el interinato de Jeanine Añez. En su terruño es imbatible electoralmente. En las calles sus esbirros lucen una violencia comparable solo a los grupos nazis de entreguerras. La fiscalía boliviana lo acusa de aquel golpe y de los paros que organizó ahora contra el gobierno de Luis Arce bajo la excusa de la fecha para el censo de población.
Unas semanas antes, los poderes fácticos terminaron de concretar el golpe contra Pedro Castillo en Perú. No lo querían dejar asumir en julio de 2021 y no lo dejaron gobernar. Como en Bolivia hace tres años, la represión desatada por la interina Dina Boluarte se ensañó con quienes apoyaban a este dirigente docente de sangre indígena y hubo un reguero de muertes. Si uno se pusiera a hilar fino, podría sumarse a este rosario de advertencias los últimos fallos judiciales contra Cristina Fernández y el de la Corte Suprema a favor de la ciudad de Buenos Aires. Muy oportunas decisiones para aguar la fiesta popular por el triunfo del seleccionado argentino en Qatar.
Este domingo habrá fiesta en Brasil, pero los bolsonaristas no se fueron. Seguían en las puertas de los cuarteles exigiendo que los militares no dejen asumir a Lula. El último gesto de Jair Bolsonaro fue la designación del nuevo jefe del Ejército. Se dice que con acuerdo de las autoridades que llegan. En todo caso, una señal preocupante de malestar en la institución que fue el principal sostén de Bolsonaro. El sostén armado. Y que no se fueron.
No hay ninguna originalidad en sostener que Brasil muestra en espejo el drama que atraviesan las democracias en Occidente. Y asociar a Jair Bolsonaro con Donald Trump, o Giorgia Meloni, o Viktor Orban es casi de manual. Más difícil sería encuadrar a Lula da Silva con alguna personalidad equivalente en el resto del planeta.
Cuando se popularizó, en los 80, era la versión “sudaca” del polaco Lech Walesa, dirigentes metalúrgicos y protagonistas de huelgas memorables ambos. Pero el líder sindical está casi retirado luego de que en 2000 apenas logró el 1% de los votos al presentarse a un tercer período de gobierno.
Si Bolsonaro es Trump, ¿Lula es Biden o Barack Obama? El primero está enfrascado en una guerra en Ucrania en la que EE UU juega sus cartas de potencia hegemónica al precio de una guerra nuclear. El segundo ganó el Premio Nobel de la Paz y fue uno de los presidentes más belicosos. ¿Lula hubiera comenzado una guerra en algún rincón del mundo? Trump, por su parte, no inició ninguna.
¿Bolsonaro sintetiza mejor los tiempos que corren? La respuesta es que sí. Por la innegable influencia de sus hijos, sabe sacarle el jugo como nadie a las redes sociales. Y en esos vociferantes meandros de la cultura actual, el lema es “el que dice la verdad y es civilizado pierde”.
Bolsonaro llegó al Planalto utilizando lo peor de las nuevas tecnologías y desde allí legitimó la manipulación y la violencia. No es el único, pero tal vez es el mejor en ese universo extremo y antisocial.
En el último debate presidencial los cruces más ásperos se dieron cuando Lula y Bolsonaro se acusaron mutuamente de mentirosos. Pero a Lula le cuesta más esa disputa. No porque no sepa qué es la lucha o sea originario de ese pueblo de los problemas de lógica donde todos dicen la verdad. Viene curtido de un movimiento sindical en el cordón industrial más grande de América Latina durante la dictadura. Pero aquellas eran otras peleas.
Hace mucho que el discurso político no es sobre programas o enfoques, salvo en círculos más politizados como las páginas de este diario. Pero en los medios hegemónicos, en ambientes familiares, la verdad asume un valor secundario. En el primer caso porque en el negocio de los algoritmos garpa más el “Gri-Gri” (Grieta y Grito). En el segundo, porque con tal de no romper con la armonía, mejor no hablar de ciertas cosas.
La gran batalla de hoy en Brasil es por dos modelos políticos y económicos, pero de última por dos formas de compartir. Un dirigente sindical que conoce la palabra “compañero” y un representante del egoísmo, el individualismo más deshumanizado.
En condiciones normales, el resultado de hoy debería estar cantado. Lula ganó en primera vuelta, le falta menos del 2% de los votos para derrotar al ultraderechista. La diferencia debería ser indescontable. Y sin embargo…
¿Por qué será que parientes, amigos y favorecedores preguntan, preocupados, cómo vendrá la mano? ¿Será que necesitan confirmar que sus deseos y evidencias no serán traicionados por la realidad? No esperan análisis sesudos y centrados, la lógica también murió estos años. Apenas una esperanza, aunque sea una mentira piadosa.
Pero la pregunta clave sigue en el aire, ¿Cómo vendrá la mano? Porque bueno, en términos matemáticos, los bolsonaristas son menos de la mitad de los brasileños. Pero son cerca de la mitad. Y la mano queda entre antibolsonaristas y antilulistas.
Finalmente, cuando se habían escrutado el 97% de los sufragios, el Tribunal Supremo Electoral (TSE), el órgano encargado de verificar la transparencia de los comicios en Brasil, confirmó que matemáticamente era imposible modificar el resultado y habrá un balotaje entre el actual presidente Jair Bolsonaro y el challenger, Lula da Silva, el 30 de octubre. A cuatro años de esa otra que el juez Sergio Moro se encargó de bloquear encarcelando al líder del PT.
Contra los pronósticos de la mayoría de las encuestadoras, que volvieron a fallar como lo vienen haciendo en casi todo el mundo, el excapitán del Ejército brasileño tiene un caudal de votos propios realmente impactante, más de 50 millones de ciudadanos habilitados. Lo mismo podría decirse del dos veces presidente, que superó los 55 millones, con lo cual esta segunda vuelta tendrá un toque de incertidumbre importante hasta el último domingo del mes.
Por lo pronto, habrá que ver como toma el actual ocupante del Palacio del Planalto este resultado. Había adelantado que si no ganaba con 60% es porque le habían hecho fraude. Intentó por todos los medios cambiar el sistema de votación electrónico, cuestionó al TSE y, para peor, tiene un núcleo duro de seguidores que no duda en recurrir a la violencia con tal de llevar a cabo sus propósitos.
Sus hijos son los primeros en esa lista de personajes iracundos. Al cierre de esta edición, ninguno de ellos había recurrido a su cuenta de Twitter, una de las armas de mayor filo que suelen utilizar, para poder prever si reconocerán el resultado o habrá más amenazas como las que fueron desplegando desde que la ultraderecha está en el gobierno.
El balotaje será inédito también porque la diferencia entre los dos casi exclusivos contendientes es la menor desde que el sistema fue instaurado en ese país: apenas cuatro puntos. El escenario de polarización deja afuera a contendientes relegados a espacios ni siquiera testimoniales. Ciro Gomes quedó en cuarto lugar, con poquito más de 3% de apoyos, certificando que los votantes que alguna vez lo siguieron se corrieron hacia un voto útil, quizás más cercano a Bolsonaro que a Lula, pero habrá que ver. Simone Tebet, en tercer lugar y representando una suerte de “avenida del medio”, es toda una incógnita. En todo caso, su paso por las urnas atestigua que no hay espacio para quedar en el medio, al menos por el momento. Los otros ocho candidatos apenas superan el 1% del electorado.
Un punto aparte para las encuestadoras. El pronóstico de que Lula podría ganar en primera vuelta era casi más un deseo que una certeza, pero salvo una de ellas, Atlas, que le dio 41% de intención a Bolsonaro, estuvo cerca. El margen para las otras fue desde el 36% al 31% para el actual mandatario. Estuvieron más cerca, si, en relación a los votos para Lula
Eso y que los primeros cómputos eran de las regiones donde el bolsonarismo -o mejor dicho en “antilulismo”- es mayor, hicieron pensar que sería un triunfo incluso en primera ronda para el exmilitar. Finalmente, como alguien pudo deslizar en broma, haciendo analogías locales, llegaron los votos de “A Matança” -Nordeste brasileño y el ex metalúrgico pasó al frente.
El 30 de octubre, tres días después de cumplir los 77 años, Lula enfrentará a Bolsonaro. Ahora si, será la gran final que en 2018 un juez -devenido luedo en ministro del presidente Bolsonaro- y un fiscal rabiosamente conservadores impidieron. La gran final en que se juega buena parte del futuro de Brasil y de la región. Una gran final con sabor a revancha pero nada fácil para Da Silva.
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