por Alberto López Girondo | Sep 12, 2017 | Sin categoría
La foto es de Ricardo Stuckert para el Instituto Lula
En Brasil se desató una carrera contra el tiempo y a esta hora es difícil prever quién cruzará primero la bandera a cuadros. O incluso quienes llegarán. Por lo pronto, el ex presidente Lula da Silva inició una gira para darse un baño de pueblo por el Nordeste en una Caravana que lo llevará de Bahía a Maranhao. Mientras tanto, el poder judicial, normalmente reacio a los apurones, esta vez batió un récord al abrir un expediente de segunda instancia en apenas 42 días. Cuando el juez Sergio Moro lo condenó a nueve años y medio de prisión por la presunta compra irregular de un departamento en Guarujá, se especuló con que no daban los tiempos para tener una sentencia firme que impediría su candidatura en 2018. Pero la justicia brasileña parece también interesada en no dejar que avance la incertidumbre en vista de que Lula sigue cosechando el fervor de sus votantes en los rincones más empobrecidos de Brasil. Simultáneamente, el presidente de facto Michel Temer también puso sexta velocidad en su proyecto privatizador neoliberal (ver aparte), cosa de que si no hay forma de evitar el regreso de Lula al Planalto, tenga las manos atadas para volver a políticas populistas.
En su recorrida por el territorio amigo del Nordeste, su tierra de nacimiento, Lula tuvo algunas frases destacadas que merecen recordarse. Como esa con que calificó a Temer de «marido que no trabaja y vende las cosas de la casa». Quizás fue que su llegada a Pernambuco, el estado al que pertenece el pueblo de Caetés, donde nació hace casi 72 años, le haya traído remembranzas de su propia niñez: séptimo hijo de un matrimonio de labradores, su padre se fue de la casa cuando él era un bebé y no lo conoció sino a sus cinco años. Su madre crió a los siete niños prácticamente sola y emprendió con ellos una caravana desesperada hacia San Pablo para salir de la miseria. En esto, Lula es un fiel representante de un drama que cotidianamente viven millones de personas en el mundo y quienes lo escuchan en los actos que viene realizando en esa región lo saben, por eso esperan su vuelta a la presidencia. Por eso despierta el rechazo de las élites políticas, judiciales y hasta mediáticas.
Lula tuvo otras definiciones en su recorrida, que ya lo llevó por 15 ciudades pero espera completar el 5 de septiembre en Sao Luis, estado de Maranhao, luego de visitar 28 ciudades de nueve estados. No es la primera vez que el ex tornero mecánico sale a las rutas para darse «un baño de pueblo». Entre 1993 y 1996, en sus primeros intentos por ser presidente, recorrió con sus «Caravanas de la Ciudadanía» 359 ciudades brasileñas.
Mientras, tanto, el 4º Tribunal Regional Federal, con sede en Porto Alegre, inició el miércoles la tramitación del recurso de segunda instancia en el proceso por corrupción por la presunta transferencia de un dúplex en Guarujá. El 12 de julio, el juez de Paraná Sergio Moro había condenado a Lula pero no lo mandó tras las rejas porque le dio la oportunidad de defenderse en libertad. Los abogados y el mismo ex mandatario insisten en que no le mostraron pruebas del supuesto delito, que hay una persecución judicial y que el magistrado solo se guió por indicios.
Si Lula es encontrado también culpable por este tribunal, se complica su posibilidad de presentarse como candidato a una nueva ronda presidencial en octubre de 2018. Señalan los expertos en estos trámites leguleyos que en ese mismo distrito judicial el promedio en casos similares es de 96 días pero que la resolución llega normalmente no antes de los 182 días. Todo indica que esta vez la intención es terminar con el caso cuanto antes y según la interpretación del entorno del ex dirigente gremial, lo quieren sacar del medio porque es el único que puede impedir que se consume el proyecto neoliberal que se impuso desde la destitución de Dilma Rousseff, su sucesora, hace justo un año.
Desde esas tribunas populares y populosas, el fundador del Partido de los Trabajadores (PT), insiste en que si gana en 2018 -y las encuestas no dudan de esa posibilidad hoy día- va a anular las reformas de Temer. Entre ellas la nueva ley laboral que echa atrás con leyes instauradas por Getulio Vargas hace tres cuartos de siglo.
Pero no todas fueron rosas, y Da Silva tuvo que enfrentar no pocas críticas cuando enPenedo, en el estado de Alagoas, luego de reunirse con pobladores indígenas, y campesinos de las principales comunidades locales, se abrazó con el senador RenánCalheiros, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), agrupación con la que se alió para llegar al gobierno en 2003 pero que finalmente tumbó a Dilma en 2016. De hecho, Temer es el presidente del PMDB y Calheiros fue clave para el golpe institucional, hasta que cayó en desgracia por la investigación de la causa Lava Jato.
Es cierto que el hombre es senador por el estado que visitaba y el hijo, Renán Junior es el gobernador. Pero Lula fue más lejos que esa cuestión meramente protocolar. «Renan puede tener todos los defectos, pero Renan me ayudó a gobernar este país; yo soy de la opinión de que todo el mundo es inocente hasta que se pruebe lo contrario», dijo a radio Universitaria de Pernambuco, para rematar: «Lo que quiero para mí lo tengo que querer para los otros también, (y además) cuando un partido como el PT busca esas alianzas es porque ve con claridad que solo no gana las elecciones, y si las gana no puede gobernar si no tiene mayoría en el Congreso». En resumen, que «la hipótesis más soñada» es que la izquierda tenga votos suficientes para no tener que ponerse un broche en la nariz antes de ir a las urnas. «pero esa no es la realidad del Brasil de hoy».
El PT no es el único que mira el 2018 con ansiedad y en el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) ya mueven sus fichas el alcalde de San Pablo, Joao Doria, quien asumió el cargo el 1 de enero pasado, y el gobernador estadual Geraldo Alckmin. Doria es presentado como el paladín de la nueva política, es empresario y recuerda a Donald Trump. Incluso condujo en la televisión paulista el programa El Aprendiz, que catapultó a la fama al actual presidente estadounidense.
Por la derecha más retrógrada tiene aspiraciones el ex militar Jair Bolsonaro. Además, el partido Laborista Nacional de Brasil ahora se hace llamar Podemos. Pero no porque adhieran al partido español sino porque se dicen seguidores de Barack Obama y de su latiguillo Yes, We Can.
Tiempo Argentino
Agosto 27 de 2017
por Alberto López Girondo | Ago 26, 2017 | Sin categoría
El principal contrincante de Lula da Silva para las elecciones presidenciales de 2018 es un ex militar de ideas cercanas al neonazismo, que reivindica la tortura y fue condenado a pagar una multa a una diputada del PT de la que dijo que “no merecía ser violada”. Jair Messias Bolsonaro, que obtendría un cuarto de los votos en una eventual votación y disputaría el balotaje con el ex presidente brasileño, suele hacer comentarios de corte medieval en sus redes sociales pero logra al mismo tiempo ponerse al margen de las disputas en torno al Lava Jato, lo que para muchos sectores sociales es garantía de anticorrupción.
Bolsonaro trascendió las fronteras brasileñas cuando comenzó el juicio político contra Dilma Rousseff al dedicar el voto por su separación del cargo al coronel Carlos Brilhante Ustra, el sádico personaje de la dictadura militar que gobernó el país entre 1964 y 1985 y que se ufanaba de haber torturado a la joven Dilma, por entonces militante de un grupo guerrillero.
Desde las redes sociales, que aprovecha al máximo –tiene cuatro millones de seguidores en Facebook, sin ir más lejos-, este ex capitán de paracaidistas de 62 años que fue arrestado en 1986 bajo el cargo de haber planeado la colocación de un artefacto explosivo en un cuartel del ejército en Río de Janeiro, acostumbra despotricar contra lo que considera un “legado comunista”, como las políticas implementadas por el PT desde que llegó al gobierno, en 2003.
Tuvo otras intervenciones provocativas que levantaron críticas a granel, según recopiló el periodista “gaúcho” Pedro Henrique Leal. Como cuando dijo que el ex presidente Fernando Henrique Cardoso debería ser “fusilado en una plaza pública”. O como cuando llamó “animales” a los activistas negros y por tanto, pidió que regresen “al zoológico”. En esa misma línea, llegó a tildar a refugiados haitianos, africanos y de Oriente Medio que pidieron asilo en Brasil de ser “la escoria de la humanidad” y considerar que el ejército debería “encargarse de ellos”.
Por si fuera poco, reveló su homofobia extrema cuando dijo que los homosexuales tienen esa preferencia sexual por “no haber recibido suficientes palizas”. Padre de tres hijos que ya comenzaron sus respectivas carreras políticas, dijo en consecuencia que no estaba preocupado por posibles desviaciones de sus vástagos (como salir con mujeres afrodescendientes o ser gay”, porque les dio “una educación adecuada”.
Sin pelos en la lengua, como se dice –aunque en su caso con gruesa pelambre en todo el cuerpo por su inaudito “gorilismo”- sostiene que si cometieron un error los militares que protagonizaron las más cruentas dictaduras en la historia latinoamericana en los 70 fue “no haber matado a suficientes personas”. Sobre todo, a militantes y simpatizantes de sectores de izquierda, a los que califica, sin distinciones, como comunistas.
Para combatir el delito y las costumbres que considera desviadas tanto en lo sexual como en lo político, propone aplicar mano durísima. Lo que incluye autorizar el uso de armas, a la manera de la sociedad estadounidense.
Por lo pronto, una de sus bravuconadas le costará algo más de tres mil dólares. La causa fue refrendada en segunda instancia por la Tercera Sala del Superior Tribunal de Justicia brasileño, que ratificó por unanimidad la condena en una causa promovida por la diputada del Partido de los Trabajadores María do Rosario Nunes.
Hace tres años, en un discurso en la Cámara de Diputados, Bolsonaro tuvo y fuerte cruce con la legisladora, que condenaba las violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen militar. Despectivo, como siempre, el entonces representante del Partido Social Cristiano espetó: «No la voy a violar porque ni eso merece».
No contento con el revuelo que levantó, en una entrevista posterior al diario Zero Hora insistió: «Ella no lo merece porque es muy mala, muy fea; no califica para mi gusto. Jamás la violaría. No soy violador, pero si lo fuese, no la violaría porque no lo merece».
Lo llamativo y al mismo tiempo peligroso, desde otra perspectiva, es que Bolsonaro -que ya anunció su postulación a presidente con una nueva agrupación política, Partido Ecologista Nacional (PEN)- según una última encuesta del instituto DataPoder360 sigue creciendo en las preferencias del electorado brasileño y ya araña el 25 % de voluntades. Lula, condenado el mes pasado por el juez Sergio Moro en una causa por la supuesta compra de un departamento en Guarujá, también creció y ronda el 32 % del electorado. Lo que implica que si las elecciones fueran hoy, el ex metalúrgico y el ex paracaidista irían a segunda vuelta.
Cierto es que Bolsonaro no está implicado en los escándalos que sacuden a la política brasileña, lo que quizás le granjee la simpatía de sectores sociales hastiados de las denuncias de corrupción.
El riesgo es que este personaje salido de las cavernas estaría a las puertas de gobernar la mayor economía de América Latina, con lo que esto implica para el resto de los países de la región.
Tiempo Argentino
Agosto 17 de 2017
por Alberto López Girondo | Jul 5, 2017 | Sin categoría
Foto: Soledad Quiroga
Asesor en política internacional de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, Marco Aurelio García es uno de los fundadores del PT y uno de los máximos referentes de la izquierda regional. Exiliado durante la dictadura militar en Chile y luego Francia, conoce al dedillo lo que ocurre en esta parte del mundo. Por eso no extraña que use sin equivocaciones términos bien porteños como «despelote total» o «ir en cana». De eso habla en esta entrevista con Tiempo, a su paso por Buenos Aires, donde dio una conferencia organizada por Le Monde Diplomatique y la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM)
–Desde Argentina siempre se vio a Itamaraty como un modelo de diplomacia decidida a convertir a Brasil en una potencia mundial. Se vio con la conformación de los BRICS, el planteo de tener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ahora parece haber dado un vuelco. ¿Comparte esta perspectiva?
–Es un poco verdad. Hoy día, en primer lugar los ministros ya no son de carrera, son políticos; y en segundo lugar, el primer canciller (de Michel Temer, José) Serra, llenó de los suyos a Itamaraty, que no permite funcionarios que no sean de carrera. Serra estaba tratando de transformar a la cancillería en un comité electoral en una supuesta candidatura a la presidencia. Lo más interesante ahora es que grandes decisiones en política internacional que Brasil está tomando no son tomadas por Itamaraty sino por los equipos económicos o la Casa Civil (Jefatura de Gabinete). Una de ellas es el ingreso en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Es un tema que viene de nuestra época y había mucha resistencia porque implicará compromisos que van a pesar mucho en el futuro de la política externa. Lo mismo ocurre con el ingreso al Club de París. En los dos casos había resistencia de Itamaraty pero les quitaron la decisión, o como nosotros decimos: bateram carteira (punguearon). Además ahora crearon un grupo también contrario a la política de Itamaraty en la Secretaría de Asuntos Estratégicos. Yo creo que hay un despelote total.
–¿Hay ahora un renunciamiento a ese rol de liderazgo que viene incluso desde la época imperial?
–Siempre en Itamaraty hubo dos tendencias. Una decía que no debía tener aspiraciones de ir más allá de la región. Eso fue claro en el gobierno de (Fernando Henrique) Cardoso, cuando el canciller (Luiz Felipe) Lampreia decía «nosotros no podemos subir mas allá de nuestros zapatos». Otros sectores, que básicamente estaban liderados por (Celso) Amorim (canciller con Itamar Franco y luego con Lula y titular de Defensa con Dilma), planteaban que además de los compromisos más fuertes con América del Sur, Brasil podía tener un rol internacional más amplio, sobre todo en un mundo en cambios muy importantes de los que creo que las autoridades actuales no tienen la menor idea. Ahora dicen que ese intento de acuerdo sobre el plan nuclear con Irán (de 2010, junto con Turquía) fue un absurdo. Algunos dicen que fracasó la política exterior brasileña porque no se consiguió el asiento en el Consejo de Seguridad. Lo mismo se podría decir entonces de la política exterior de India, Japón y Alemania, porque éramos los cuatro que estábamos buscando un asiento permanente como los que tienen China, Rusia, EE UU, Francia y Gran Bretaña. Tuvimos también un peso importante en el G20. Yo creo que eso estaba muy vinculado a que estábamos en transformaciones muy importantes. Brasil era visto como un país con profunda desigualdad e inestabilidad económica y nosotros conseguimos reducir esa desigualdad dentro de un régimen democrático, con derechos plenamente garantizados con la oposición, tanto que dieron un golpe parlamentario. Eso nos dio una credibilidad muy fuerte, mas allá de un hecho que no puede ser soslayado como que Lula era una personalidad fuerte que impulsaba un liderazgo fuerte. Ahora tienen un gobierno con una situación económica pésima, una situación social en regresión y un liderazgo de una mediocridad impresionante en un país hundido en la crisis política y la corrupción. Es muy difícil así tener un peso internacional más significativo.
–Da la impresión, como decimos nosotros, «con el diario del lunes», de que el PT cayó en la trampa de creer que se podía gobernar con estos sectores de la derecha.
–Siempre tuvimos conciencia de eso, pero fuimos impotentes para cambiar el sistema político brasileño. Otros países lo hicieron, con correlaciones de fuerza distintas que las nuestras. Ecuador, Bolivia, incluso Venezuela, hicieron una refundación institucional con democracia, elecciones. Nosotros quedamos prisioneros de una institucionalidad que, más allá de algunas conquistas en el ámbito de políticas sociales, mantenía perversiones políticas muy grandes. La principal es eso que se llama «presidencialismo de coalición». Tú logras una mayoría extraordinaria en la presidencial y sin embargo no tienes mayoría en el Congreso. Es un problema global. Los franceses establecieron un sistema interesante que es hacer la elección parlamentaria un mes después de la presidencial. Nosotros no tuvimos fuerza, y a lo mejor tampoco la conciencia suficiente. Como íbamos avanzando y con ese modelo habíamos logrado tantas conquistas, pensamos que eso se podría mantener.
–¿Y ahora qué se puede esperar?
–Absoluta imprevisibilidad. Como yo digo, cualquier previsión sobre lo que pueda pasar en Brasil es para hasta hoy a las 4 de la tarde, después tenemos que constituir otro escenario. Mi impresión es que habrá una tendencia a que Temer quede porque no hay cómo reemplazarlo, y que se vaya pudriendo todo. Eso dejará un olor político tremendo en el país. Tuvimos una situación semejante al final del gobierno Sarney, muy bajo en las encuestas, cercano a lo que hoy tiene Temer, 5%, y fue pudriéndose hasta que terminó su mandato, dejando una mala herencia. No sé si el país aguanta, porque sería un año y medio, y eso es mucho. Los que hicieron el golpe son una coalición de medios –el principal partido político del país–, empresarios –mucho mas unidos porque cada vez están más abajo en la hegemonía financiera aunque tengan actividades productivas– y esta capa política que mantiene una mayoría en el Congreso y está muy involucrada en la corrupción, con corporaciones como algunos jueces, fiscales e integrantes de la burocracia estatal. Creo que la estrategia de ellos frente a la imposibilidad de encontrar una salida en las soluciones tradicionales es enfatizar más la corrupción de todos los sectores y crear un clima de «que se vayan todos» en la expectativa de que pueda aparecer un hombre providencial. No es casual que se hable mucho de (el nuevo presidente francés, Emmanuel) Macron tratando de presentar al alcalde San Pablo (João Doria) como un Macron. O que se abra camino para una solución de extrema derecha. No creo que (el exmilitar y diputado Jair) Bolsonaro tenga peso para llegar, pero sí para desplazar un poco el eje del debate
–¿Y Lula?
–Como dice Lula, «es un problema que en el PT tengamos solo una carta, que soy yo». Hay una memoria muy fuerte de la sociedad pro Lula en la medida en que se agrava la situación social. El lulismo juega un rol parecido al que acá jugó el peronismo en la memoria de la sociedad, no solo en torno de cuestiones de naturaleza socioeconómica, sino también en cuanto a empleo, identidad, jóvenes, educación, y temas más actuales, como la situación de la mujer. El gobierno de Temer es el gran aliado del feminismo, porque hace tantas cosas horrendas que lo convierte en un movimiento de masas, lo mismo que con los negros, los jóvenes, el LGBT. La manifestación del domingo pasado en San Pablo tenía 3 millones de personas con una consigna muy clara, en defensa del Estado laico.
–¿Y con América Latina?, porque lo que pase en Brasil va a influir de forma contundente. ¿No estamos ante una década…?
–No es todavía una década perdida, tengamos eso en claro, por una razón muy sencilla: porque cuando perdimos en los ’60/’70, perdimos. La gente murió, fue en cana, fue al exilio. Ahora no, ahora la gente se está moviendo, está en situación difícil, tiene incluso que hacer su análisis crítico de las políticas llevadas a cabo, pero se está moviendo. Como le encanta decir a la izquierda, perdimos una batalla pero no la guerra. Sí, hay que ver si tenemos la capacidad de cambiar el cuadro, para lo cual tenemos que cambiar nosotros mismos. «
Una salida a la crisis de Venezuela
«La refundación democrática de Venezuela con (Hugo) Chávez estuvo siempre bajo cuestionamiento de la oposición, que hasta intentó un golpe de Estado. Estas cosas dejan sus marcas. Me acuerdo de que cuando Lula ganó en 2002 me pidió que fuera a tratar de ayudar en una solución negociada puesto que el país vivía un lockout patronal. Algo hicimos y se constituyó el grupo de Amigos de Venezuela. Eso permitió un diálogo civilizado durante un tiempo. La comunidad sudamericana, Argentina y Brasil, ayudamos mucho para que no hubiera un enfrentamiento tan fuerte como ahora. En los últimos años la oposición brasileña, que tenía mucho peso en el Senado, dio apoyo irrestricto a la venezolana. En Argentina hubo un vuelco aunque quizás no tan radical como el de Brasil, y entonces el gobierno de Venezuela empezó a rechazar cualquier intento de mediación. Entiendo que sería útil, no sé si hay tiempo para eso, que la comunidad sudamericana pudiera ejercer una mediación.
–Pero los países más influyentes han dado un giro de 180 grados y no están buscando una mediación sino un cambio de régimen.
–Eso es cierto, y les quita completamente la autoridad. En el caso de Argentina eso es menor porque surgió de elecciones, en el de Brasil eso no es así. Yo vi el voto del diplomático brasileño en la OEA y era un voto, si se quiere, moderado, pero el delegado venezolano hizo una réplica diciendo: «¿Qué autoridad tienen ustedes, un gobierno que surgió de un golpe parlamentario dirigido por un señor corrupto etc., etc.? » Eso quita autoridad completamente.
Tiempo Argentino
Julio 2 de 2017
por Alberto López Girondo | Jun 14, 2017 | Sin categoría
Nació hace 38 años en Ecuador, de madre brasileña exiliada durante la dictadura militar y padre ecuatoriano. Amauri Chamorro tiene residencia en Brasil desde los 11 años, aunque podría decirse que su patria es Latinoamérica. Con su doble ciudadanía, se da el gusto, dice, de votar en dos hermosos países. Especialista en Comunicación Política, trabaja en campañas electorales desde los 23, cuando impulsó la candidatura de un representante del PT en Sorocaba, San Pablo. Desde entonces, integró equipos de comunicación para la chilena Michelle Bachelet, la brasileña Dilma Rousseff, los ecuatorianos Rafael Correa y Lenin Moreno, el salvadoreño Salvador Sánchez y el colombiano Gustavo Petro. Descendiente de dos familias ligadas a la política desde siempre: su abuelo materno formó parte del Comité Central del Partido Comunista brasileño y el abuelo paterno fue miembro del PC en Ecuador. No se ruboriza cuando le dicen que en cierto modo los estrategas de comunicación política son herederos del ministro de Ilustración Pública y Propaganda de Adolf Hitler, tal como alguna vez sostuvo Jaime Duran Barba. «Desde (Joseph) Goebbels para acá no se hizo nada muy diferente, y todos lo estudiamos en la facultad», asegura Chamorro. Pero, aclara, también hay un posicionamiento ético y político que hace la diferencia.
–En Argentina el asesor de comunicación del presidente es considerado como un gurú, pero también como un amoral por las estrategias que utiliza para lograr sus objetivos.
–Normalmente, los asesores de la derecha son muy cuestionados por sus tácticas y estrategias comunicacionales contra los gobiernos progresistas. Pero (Jaime) Duran Barba tuvo una ventaja, porque la candidatura de Daniel Scioli no tuvo la fuerza que se esperaba. La comunicación allí tuvo sus tropiezos. La comunicación política debe partir de un análisis del ámbito político, del comunicacional y también del entorno político, social y económico del país. Y este trabajo no se hace solo en el período electoral.
–La candidatura de Macri se construyó desde muchos años antes.
–Uno llega a la elección con un trabajo de por lo menos un par de años antes. En Ecuador, el opositor (Guillermo) Lasso estuvo en campaña seis años antes para llegar ahora contra Lenin Moreno. En Argentina había una gran radicalización contra el gobierno de Cristina Fernández, causada en gran parte por las empresas de comunicación privadas. En Argentina, como en Brasil, con los grandes monopolios, el partido siempre se juega en una cancha inclinada en contra de los movimientos progresistas. Ahora es al revés, los medios producen una cortina que no permite que salga el volumen de insatisfacción, las marchas en contra del gobierno y cómo el aumento de los servicios públicos afecta a la clase media y los obreros. Y eso la izquierda tiene que saber capitalizarlo. Hubo un cambio generacional, demográfico, en casi dos décadas de progresismo en la región. Y en eso Duran Barba fue muy inteligente: hizo un estudio profundo de ese nuevo ciudadano nacido a partir de las políticas públicas progresistas. Una de mis hipótesis es que en realidad el progresismo fortaleció al capitalismo, fortaleció a un ciudadano vinculado al individualismo, a la mejora material. El resultante es una clase media que mide su calidad de vida en si puede o no comprarse un celular nuevo todos los años. El progresismo no ha comprendido eso. No basta hacer políticas públicas para el pueblo, es necesario traer siempre al pueblo dentro del gobierno.
–¿Se necesitaría construir un nuevo ciudadano?
–Claro, pero yo sé que es muy difícil. La gran mejora que hubo en el progresismo fue la capacidad de incorporar a toda esa pobreza en un mercado de consumo. Pero no estuvimos ni cerca de ganar el proceso de formación política, el cambio cultural, la disputa de lo cultural simbólico. Les facilitamos acceso a bienes y servicios creados con un lenguaje capitalista mucho más conectado al estilo de hacer política de Macri que de Cristina Kirchner. No entendiendo esos nuevos códigos, esa nueva demografía, se nos hace mucho más difícil ganar elecciones. Sin contar con la arremetida de las empresas de comunicación. Y eso Duran Barba lo supo manejar extremadamente bien.
–¿Cómo se lucha contra ese formidable aparato comunicacional que tiene apoyo desde el exterior?
–Lo primero es volver a construir puentes con la ciudadanía, reconstruir desde las bases hacia arriba. En estos años hemos creado una élite, una burguesía progresista que está dentro de los despachos de los gabinetes, que viaja en primera clase, que tiene su coche con guardaespaldas, y es gente que hace diez años estaba en las calles, en las esquinas, peleando cada voto. Tenemos que retomar las esquinas. Esa ha sido una falencia. Si no pueden tumbar al gobierno de Venezuela es porque el gobierno chavista sí está en cada esquina, entonces el grueso de la ciudadanía comprende políticamente lo que está pasando.
–Sin embargo, perdió apoyo electoral hace dos años.
–El gobierno no fue transparente con el tema del desabastecimiento. Podría haber aprovechado esa guerra económica, pero al principio no quisieron generar más pánico en la población sobre la falta alimentos y fármacos: es algo que la derecha expuso y comenzó a dialogar con la ciudadanía. Hubo una identificación como si la derecha fuera a resolver el problema. Ahí están los resultados, no ha pasado absolutamente nada.
–¿Dirías que en Ecuador eso sí se hizo y por eso el oficialismo ganó, o que en Bolivia ocurre algo parecido?
–En Ecuador ganamos las elecciones por una diferencia muy corta. El país está relativamente bien, con las dificultades de tener una economía dolarizada, y ahora Lenin Moreno viene a dialogar con ciertos sectores que rompieron con el presidente (Rafael) Correa. Lo que posiblemente permita crear una gobernabilidad más tranquila, menos conflictiva, pero también exige una serie de concesiones que Correa ni los correístas tolerarían. En el caso de Bolivia, el presidente Evo Morales, con más del 80% de aprobación, perdió un referéndum por la continuidad de su presidencia en gran parte también por un proceso de desconexión con las calles. Se desconsideró el impacto por las denuncias por el fondo indígena, royalties por recursos naturales a las naciones indígenas para su autogestión. Se instaló en la sociedad que había mucha corrupción, y también hubo un exceso de confianza pensando que bastaba con que Evo hablara para ganar la elección. Hubo un cambio muy drástico en Bolivia. Hoy cada vez menos personas se autodefinen como indígenas. Tú ves chicos que hablan aimara, se les nota claramente que son aimaras, pero no se consideran indígenas.
–¿Porque ahora tienen plata?
–Sí. Y esa gente se va distanciando cada vez más del gobierno. Pero es antagónico semejante aprobación y un rechazo a la reelección. Correa tiene un 70% de aprobación y Moreno gana con las justas. Él es más moderado, no tiene ese discurso que enciende las emociones de Correa y eso también hizo perder el apoyo de los sectores progresistas y de las calles. Argentina se caracteriza por la pasión que pone en todo lo que hace. Esa pasión tiene que ser recuperada por el movimiento progresista, por las fuerzas de izquierda que consiguieron construir capacidad territorial de despliegue. Exige una capacidad de articulación muy compleja pero ahí está la gran pelea electoral. Es fundamental entender que quien sale a la calle a buscar votos es el militante, y es peligroso cuando el militante dice «yo voy a votar por ti pero no voy a salir a hacerte campaña».
–En resumen, más que marketing lo que falta es militancia.
–El progresismo manejó muy bien su comunicación, el problema es que dejó de hacer política. Primero hay que articular en la sociedad, porque la política no es como vender Coca Cola. Y la derecha construyó allí. En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff no hizo política, no hablaba con los movimientos sociales. Lo primero que hizo al ganar la reelección fue implementar políticas neoliberales, traicionando a las fuerzas sociales que trabajamos meses en acuerdos mínimos para que organizaciones históricas como la CUT y el MST no rompieran con el oficialismo, lo que hubiera garantizado la victoria de la derecha. El golpe parlamentario sucede por una cuestión política y también comunicacional: la gente no comprendía. Quedó impactada con los procesos comunicacionales de la Globo, de Folha de Sao Paulo, de la revista Veja, sustentado por el proceso judicial, que también es conservador, y se hizo muy difícil defender a Dilma. Por eso lo primero que digo por donde voy es: «Vamos a recuperar las calles y después hablemos de comunicación». Primero es la política. Hacer una campaña es muy fácil, contrato a tres o cuatro creativos y ya está, pero hacer un proceso de articulación social de norte a sur y de este a oeste es un trabajo inmenso, una epopeya de día a día. Hoy, con un mundo hipermediatizado, con la fantasía de las redes sociales, se superdimensiona la importancia de la comunicación dejando a un lado a esos procesos políticos, y ahí es donde estamos muy vulnerables, y ahí es donde la derecha nos gana. «
O Globo, ese gran parásito
–Sorprendió que O Globo rompiera con Temer.
–La Globo es como un gran parásito y se junta con los grandes grupos políticos siempre que ellos no le representen una amenaza. Cuando los audios de la JBS salen de la Suprema Corte y se van a hacer públicos la Globo, que tanto había defendido a Temer, tuvo la precaución de que ese rechazo al gobierno no se transformara en un ataque a la red. Trabajé con ellos tres años y sé cómo hacen esas cosas.
–La intención es no quedar pegados.
–Ahorita la ciudadanía brasileña de izquierda y de derecha comienza a culpar a la Globo del caos porque su manejo editorial permitió legalizar un golpe de Estado.
–Ya apoyaron el de 1964.
–Es muy interesante como la red Globo creció durante la dictadura militar, facilitada por el que era ministro de Comunicación, Antonio Carlos Magalhaes, uno de los grandes coroneles de la política brasileña. Ahora O Globo decide defender y proteger su reputación creyendo que hay posibilidad de sobrevivir a la caída. Hay un colapso en el funcionamiento del país. Brasil se acabó, ninguna institución tiene credibilidad, no hay capacidad de gobernar. La única posibilidad de legitimación sería la vuelta de Lula, porque se comienza a instalar la sensación de que hubo un abuso contra Lula. Sobre todo tras la muerte de su esposa, Marisa, que fallece ante la sospecha de que venían a llevarlos presos.
–El tema es si lo procesan.
–Si lo procesan, lo meten preso. Es la forma de operar del juez Sergio Moro. Así hizo con José Dirceu (exjefe de Gabinete de Lula). Por primera vez en la historia de Brasil una persona fue presa sin que hubiera sido juzgada en segunda instancia. Eso es inconstitucional.
–Pero eso es un atropello a la Constitución.
–Sí, pero la sociedad los acepta porque el escándalo de corrupción instalado es tan grande que la gente dice: «No me importa si la ley dice o no dice, lo que quiero es ver gente presa». Lo que importa es que un ícono de la corrupción –construido a partir de la red O Globo– vaya preso, no importa cómo. Lo que pasa en Argentina no es muy diferente.
Tiempo Argentino
Junio 11 de 2017
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