Donald Trump no para de cometer tropelías. Y a los enemigos que supo ganarse en la prensa en general desde su campaña electoral de 2016, a partir del ataque de un antisemita en la sinagoga Árbol de Vida, de Pittsburgh, que causó once muertos, también debe enfrentar a los propios familiares de las víctimas. Ahora le agregó la airada protesta del músico Pharrell Williams, que protestó por el uso de una de sus canciones, Happy, en un acto en Indiana a horas de esa masacre. No solo porque el tema fue usado sin consentimiento del autor, sino porque precisamente luego de semejante tragedia, «no había nada feliz para festejar».
El sábado, Robert Bowers, de 46 años, ingresó armado con un rifle semiautomático AR-15 y tres pistolas Glock 57 en el templo judío del barrio de Squirlel Hills y disparó a mansalva a las personas que participaban de una ceremonia de bautismo. Ocho hombres y tres mujeres de entre 54 y 97 años murieron en forma inmediata y otras seis resultaron heridas, entre ellas cuatro policías. Luego fue detenido.
Horas más tarde, Trump fue a un acto de campaña en Indiana y utilizó Happy (Feliz) el tema de Williams, como parte del acompañamiento a lo que pretendía ser un festejo.
Pero según el abogado del músico, compositor y rapero, Howard King, cometió dos graves deslices al tocar «Happy», «el día del asesinato en masa de 11 seres humanos de manos de un nacionalista loco». Y puntualiza: «No hubo nada ‘feliz’ respecto a la tragedia infringida a nuestro país el sábado y no se concedió ningún permiso para el uso de esta canción para este propósito».
El tema en sí es lo menos apropiado para un día como el de este domingo.
Para King, además, el intento de Trump era hacer pasar a Williams como apoyando al mandatario, algo lejos de estar en su imaginario. El cantante «no le ha otorgado y no le otorgará permiso para difundir públicamente su música».
No es la primera vez que Trump se enfrenta con músicos por el uso de temas sin autorización para su campaña. La había ocurrido en agosto cuando tomó «Livin’ On The Edge», de Aerosmith y tuvo que enfrentar la protesta de Steven Tyler, el líder del grupo. Neil Young, Rolling Stones y hasta Queen resultaron como acompañantes de Trump sin haberlo autorizado y mucho menos, sin tener la menor intención de resultar asociados a su administración.
Pero el ataque en Árbol de Vida también generó su propio alboroto contra el presidente y dentro de la propia comunidad judía. La primera reacción de Trump no fue de condolencia con los familiares de las víctimas sino para cuestionar que no tuvieron guardias armados para defenderse del ataque. «Si tuvieran algún tipo de protección dentro del templo, podría haber sido una situación mucho mejor. Ellos no lo hicieron … Este es un caso en el que si tuvieran un guardia armado dentro podrían haberlo detenido de inmediato, tal vez no hubieran matado a nadie, excepto a él tal vez «.
Partidarios del presidente tuitearon, algo que escandalizó en las redes, que las puertas del templo estaban durante toda la semana cerradas pero ese sábado estaban abiertas y por allí pudo entrar tranquilamente el homicida.
La matanza de Pittsburgh desnudó también la interna entre los miembros de la comunidad judía de Estados Unidos y en Israel mismo. La sinagoga Árbol de Vida pertenece a un grupo de los más liberales y entre las motivaciones del asesino algunos señalan la posición de esa comunidad frente al drama de los refugiados e inmigrantes. De allí el encono que despierta Trump entre ellos y que generó el rechazo a la visita que hizo este miércoles al templo, ubicado en Squirrel Hills, un barrio de población mayoritariamente judía pero con grandes componentes musulmanes y cristianos que conviven desde hace décadas sin diferencias.
Franklin Foer, un periodista de The Atlantic descendiente de una prominente familia judía de Washington, señaló que las palabras del presidente en contra de los inmigrantes destilaron el odio en las redes sociales y elcriminal, de profesión camionero y sin antecedentes, que creía que los judíos estaban detrás de la entrada de inmigrantes indocumentados. Foer incluso llamó a que la comunidad rechace a los sponsors judíos de Trump, a quein acusa de haber despertado sentimientos de idio que ahora no encuentran cauce civilizado. “Su dinero debe ser rechazado, su presencia en las sinagogas no es bienvenida. Han puesto en peligro a su comunidad“.
Se sabe que Bowers tenía tendencia antisemita, pero el discurso xenófobo de Trump contra la inmigración centroamericana parece haber despertado sus peores instintos. Es que en un rincón de la sala de ceremonias de la sinagoga había información publica sobre voluntariado en comités de refugiados e inmigrantes de parte de la organización Sociedad de Ayuda para Inmigrantes Hebreos (HIAS), una institución creada en 1881 en Nueva York para ayudar a los judíos que huían de los progroms del régimen zarista. Y que ahora aplica su plataforma para proteger a los que emigran de todo el mundo sin importar color ni credo.
Lo explica muy bien a New York TImes Mark Hetfield, presidente de HIAS. «Solíamos dar la bienvenida a los refugiados porque eran judíos. Hoy HIAS da la bienvenida a los refugiados porque somos judíos «. Un cartelito en la sinagoga de Pittsburg decía «Mi gente también era refugiada».
Por lo que parece, Bowers culpó a HIAS por la caravana que intenta cruzar al frontera sur, alentado por el mensaje de Trump, al que, por otro lado, dijo admirar.
En Israel, en tanto, el líder de la oposición, Avi Gabbay, dijo que luego de esta matanza «los judíos de Estados Unidos deben emigrar a Israel, porque esta es su casa». Si es por la estadística, razones no le faltan. Datos de la Liga Anti-Difamación (ADL), indican que los incidentes antisemitas aumentaron un 57 % ciento en Estados Unidos en 2017. También registran un peligroso incremento de grupos neonazis en un país que tiene un fuerte componente racista y supremacista.
Para el Southern Poverty Law Center, otra ONG estadounidense, el ataque en Árbol de Vida recuerda la matanza de 9 afrodescendientes en una iglesia de Charleston en 2015, o la de seis sikh en el templo Oak Creek de Wisconsin en 2012 o el asesinato de cuatro niñas negras en Birmingham, Alabama, en 1963.
«¡Presidente del odio, vete de nuestro estado!» y «Trump, renuncia ya al nacionalismo blanco», decían pancartas cerca de la sinagoga del Árbol de la Vida, contra la presencia de Trump. «Simplemente da mucha rabia que pueda ocurrir un crimen de odio así aquí y que el líder de nuestro país no denuncie el antisemitismo, no denuncie el nacionalismo blanco, no denuncie el neonazismo. Y ese es el problema», dijo a la agencia AFP Joanna Izenson, una de las manifestantes.
En su defensa, voceros oficiosos de Trump deslizan que su hija Ivanka se hizo judía al casarse con Jared Kushner, qiue por otro lado es uno de sus asesores privilegiados. Y que ordenó el traslado de la embajada en Israel a Jerusalén.
Fue una arremetida épica, pero no alcanzó. Ahora habrá que apechugar con un gobierno del que no se espera nada bueno para las mayorías populares y para la democracia en general. Sin embargo, nadie llega al 55% de los votos sin el apoyo de una parte importante de esas mayorías que sufrirán políticas como las que promete Jair Bolsonaro, de mano dura y sin miramientos.
En favor del ex capitán, de 63 años, corresponde decir que no se calló conceptos que hasta no hace tanto eran mal vistos en el discurso político de casi todo el mundo. Palabras que no le hubieran aportado voluntades en ninguna contienda, fueron calando en el imaginario popular como una salida a medida que las realidades cotidianas se fueron haciendo cada día mas complejas para la gente común.
En el caso de Brasil, el segundo gobierno de Dilma Rousseff empezó una debacle fruto de una crisis del sistema capitalista que arrastró a la economía brasileña como lo hizo con la de toda la región. La respuesta de la presidenta del PT fue tomar algunas medidas propias del neoliberalismo y desmentir en los hechos las promesas electorales de no hacer recortes antipopulares.
Eso generó en sus propios partidarios el desconcierto y el enojo de muchos que terminaron mirante la caída de la presidenta en un impeachment amañado por la derecha más acérrima como si fuera algo ajeno. Ya el gobierno del PT había dejado de ser sentido como propio.
El día del tratamiento del juicio político a Rousseff, Bolsonaro saltó a la fama internacional. Hubo diputados que votaron contra Dilma por la Biblia, por Dios y contra el marxismo -algo muy alejado de esa gestión- pero el polémico legislador por Río de Janeiro lo hizo recordando al coronel de la dictadura que había torturado a la presidenta en su juventud, cuando fue detenida como integrante de un grupo guerrillero.
A los sectores democráticos de todas las sociedades occidentales les cuesta creer que un discurso semejante pueda ser carta de triunfo en una elección. Sin embargo, las pruebas en los países más «avanzados» muestran que hay algo que se perdió en el sentido común actual. Y gran parte de la culpa, en Estados Unidos y Europa, la tienen los partidos socialdemócratas, que fueron rompiendo los compromisos básicos que formaron parte de su ideario. Si todos hacen neoliberalismo, qué más da que el candidato se diga de derecha o de izquierda.
Si en Estados Unidos un candidato que juraba terminar con las guerras en Irak y Afganistán y traer los soldados nuevamente a casa se desdice a poco de entrar en la Casa Blanca, como hizo Barack Obama desde 2009 en adelante -recordar que le habían dado el Nobel de la Paz en diciembre de ese año por sus promesas- qué más da quien ocupe el Salón Oval.
No debería extrañar que en este escenario pululen los grupos de la derecha extrema, como pasa en Italia, Francia, Holanda, Gran Bretaña, Alemania, o que llegue al poder Donald Trump. Personajes o partidos que encarnan desembozadamente idearios racistas, misóginos, antidemocráticos y que allá reciben el nombre de «populismo».
En América Latina populismo siempre fue otra cosa, y los gobiernos del comienzo del siglo XXI tenían otras características. A diferencia de Europa, donde había un Estado de Bienestar que la izquierda no dudaba en entregar en el altar de la estabilidad de los mercados, hubo presidentes que intentaron romper con esa lógica neoliberal.Lula da Silva fue uno de ellos.
Pero la crisis que estalló en 2008 arrastró también a las economías latinoamericanas. El viento de cola de los altos precios de las commodities culminó en un huracán en contra. Azuzado además por un enemigo que no pudieron superar en los medios de comunicación y en los poderes judiciales. Lo sabía Edward Snowden cuando reveló que los servicios electrónicos estadounidenses vigilaban a la presidenta Rousseff y a Petrobras, el mascarón de proa del despegue económico del Brasil «trabalhista».
Lo que vino después fue la andanada de denuncias y procesos por corrupción en Brasil primero, pero desde allí se diseminaron en el resto del continente. Petrobras, las constructoras Odebrecht y Camargo Correa se había extendido en toda al región y era natural que en su caída arrastraran a todos.
No se trata aquí de indagar en culpas y responsabilidades con los casos de corrupción en concreto, que los hubo, sin dudas. Pero es bueno recordar que la Italia del Mani Pulite, en los 90, dejó en el poder al empresario Silvio Berlusconi, -multiprocesado por corrupción- mientras en el camino fue perdiendo relevancia en el concierto de las naciones y ahora, con una alianza de gobierno integrada por un partido xenófobo, ya no tiene ni su principal industria, la Fiat, internacionalizada y con bases en Amsterdam y Londres. Lejos del Milán de su nacimiento.
Dicen que de un laberinto se sale por arriba. En el caso de Brasil, se salió por la extrema derecha. Dicen que Bolsonaro es fascista. Pero es un modo de fascismo diferente al que muestran los libros de historia. Es un modelo individualista, al uso de los grupos evangélicos que lo apoyan y ante los que se hizo bautizar como Messias de segundo nombre. y de los sericios de inteligencia que le aportan ideas.
Bolsonaro tiene entre sus mentores a un estadounidense que fue también promotor de Trump, Steve Bannon. Ideólogo de esa nueva derecha «sin culpas», Bannon se jacta de haber aconsejado políticamente a Víktor Orbán en Hungría, Mateo Salvini en Italia, al Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia y mantuvo reuniones con los hijos de Bolsonaro en Nueva York.
Bannon (Bolsonaro) apunta a un populismo opuesto «a las élites globalistas que han pasado a llevar la soberanía de países individuales y el valor de la ciudadanía». Bannon, de 64 años, declaró hace unos meses a la CNN que en breve “el mundo se verá obligado a elegir entre dos formas de populismo: el de derecha o el de izquierda. El centro está desapareciendo, eso es un hecho”.
Esa fue el sabor amargo que dejó la elección brasileña. Era el populismo, estúpido, podría parafrasearse. Pero el latinoamericano.
Los días del príncipe Mohamed bin Salmán bin Abdulaziz Al Saud, más conocido como Mohamed bin Salman o simplemente MbS, tienden a opacarse aceleradamente. En un régimen como el saudita esto puede no querer decir gran cosa, pero muchos de los socios más añejos de la dinastía comienzan a esquivar el bulto, algo que el heredero de la corona, de 33 años, parece no entender demasiado. Es que en el marco de tropelías bastante escandalosas como las que viene cometiendo personalmente y siendo descendiente de una tribu que gobierna Arabia Saudita con parámetros no tan diferentes, la muerte de un periodista en el consulado en Estambul no daba la impresión de ser algo que llamaría tanto la atención. Aunque para eso hayan ido especialmente un grupo de 15 personas, hayan descuartizado el cuerpo y presumiblemente lo hayan destruido en ácido. Pero con Jamal Khashoggi algo estalló sino en las conciencias al menos en los estándares habituales en esa parte del mundo y el caso es un escándalo internacional de proporciones inéditas.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan es uno de los que presiona para saber qué paso aquel 2 de octubre cuando el periodista, que había puesto distancia con la monarquía reinante en Arabia Saudita y desde el Washington Post se enfrentaba a MbS, entró en el edificio del consulado en Estambul a buscar documentación personal para casarse con una ciudadana turca y nunca más salió.
Al principio, desde Riad se dijo que Khashogi salió tranquilamente tras hacer el trámite y pretendían mostrar el video donde se lo veía cruzar la puerta trasera de la sede. Pero no se tardó mucho en determinar que se trataba de un hombre algo más corpulento que el periodista, de 59 años, pero que usaba su ropa, una barba postiza y cabello, algo que no debía escapársele a un equipo comando con todas las luces ya que Khashoggi tenía una calvicie incipiente.
De inmediato, Donald Trump mandó a su secretario de Estado, Mike Pompeo, a hablar con el rey, Salman bin Abdulaziz y el heredero, MbS. Dijo que buscaba que los monarcas investigaran el caso y que ellos se habían comprometido a hacerlo en forma transparente. Ya Trump les había tirado un centro: para él, se trataba de «un grupo de asesinos deshonestos», con lo cual exculpaba al príncipe, que cumple la más alta función ejecutiva en el reinado de su padre, de 83 años.
Pero las certezas que fueron desplegando las investigaciones de las autoridades turcas eran demoledoras. A pesar de que las oficinas sauditas son legalmente territorio con inmunidad diplomática, ordenaron un allanamiento que dio como resultado que había vestigios de haber sido repintado el día anterior, y encontraron indicios de que algo terrible se había producido allí adentro.
Por lo demás, se sabe que los servicios trucos tienen grabaciones de la sesión de torturas a las que había sido sometido Khashoggi. Para colmo, están filmados los 15 comandos que el mismo lunes fueron a Estambul en un vuelo privado desde Riad y regresaron a la noche. Se los ve en el aeropuerto y entrando y saliendo del consulado.
El miércoles pasado, la cadena CNN adelantó que MbS estaba dispuesto a reconocer que el periodista había estado en el consulado y que algo terrible había sucedido adentro. Tardó dos días más modificar su primera versión, la de que entró, hizo el trámite y salió tranquilamente. Para el viernes, Khashoggi había discutido con alguien a trompadas y que en ese intercambio de puñetazos violento había muerto. También informaron que habían detenido a 18 personas involucradas en el incidente.
Pero la cosa seguía sin cerrar y este lunes la versión cambió a que Khashoggi fue torturado y como comenzó a gritar desaforadamente, le taparon la boca y ahí fue que murió. Para lo cual se creó una Comisión Investigadora.. a cargo de MbS.
La primer obvia pregunta de los analistas -no se necesita demasiada perspicacia- es qué pasó con el cuerpo del columnista de Washington Post. La segunda es cómo puede ocurrir que 15 personas que luego se descubriría, son todos cercanos al equipo de seguridad de MbS, hayan viajado a a Estambul en vuelos privados sin conocimiento de su jefe.
A esto se agrega que Turquía ya dijo que se habían detectado llamadas a MbS desde el consulado a poco de entrar Khashoggi. La hipótesis es que el propio periodista fue puesto en contacto con MbS, que quería hacerlo volver a Arabia, y que el hombre se negó. Lo que habría ocurrido después es fácil de imaginar.
Trump reconoció que romper con Arabia Saudita no está en sus cálculos, que de por medio hay una vente de 110 mil millones de dólares en armas, que se utilizarán en la guerra de Yemen, donde desde 2015 la monarquía interviene en un conflicto interno en contra de rebeldes chiitas hutíes. Esa guerra ya causó miles de muertos y dejó a más de seis millones en la indigencia.
Riad no solo compra armas en EEUU sino también en Alemania, el reino Unido y España. Por eso ciertos silencios estruendosos del rey Felipe VI y del gobierno británico. Pero la canciller germana, Angela Merkel fue de las primeras en indignarse públicamente por el caso, lo mismo que el francés Emmanuel Macron. Lo que forzó a que Washington tuviera que dar volteretas para explicar su posición.
Socios fundamentales para sostener la presencia de EEUU en el Medio Oriente -y hasta de financiar grupos extremistas en contra de Siria-, Arabia Saudita también es clave para mantener la provisión y el precio del petróleo y en ese mercado, para conservar el uso del dólar como moneda de cambio internacional. Sin ese sostén, la divisa estadounidense se desmoronaría estrepitosamente.
Esas evidencias fueron suficientes por décadas para que los árabes tengan carta blanca y desde la Casa Blanca hayan sido puntillosamente tolerantes con sus desvíos. Conviene recordar que tras los atentados del 11 S de 2001, el FBI detuvo a 19 sospechosos, 15 de ellos sauditas. Y que el enemigo público número 1 en esos años, Osama bin Laden, pertenecía a una de las familias sauditas más vinculadas el régimen. Lo mismo puede decirse de los Khashoggi, uno de los cuales, Emad, lejano pariente del periodista, terminó en 2011 de construir el Castillo Luis XIV, ubicado en un suburbio de Paris. Se trata de una fastuosa construcción de 5000 metros cuadrados en un terreno de 23 hectáreas que en 2015 pasó a manos de MbS por 301 millones de dólares.
El príncipe fue designado sucesor del trono de su padre en 2017 en lugar de su primo Mohammed bin Nayef, al que desde entonces mantiene detenido con prisión domiciliaria. El hotel Ritz Carlton de Riad fue centro de detención, vaya el término, de unos dos centenares de oligarcas de ese país y uno de ellos, el general Ali al Qatani, habría sido torturado hasta la muerte. El militar había sido asistente del príncipe Turki bin Abdulah, ex gobernador de Riad y rival en la línea sucesoria del reino saudita. Los «ricos» habían sido acusados de haberse enriquecido de manera ilícita y conminados a devolver su dinero para recuperar la libertad.
Es en este contexto es que se produce uno de los casos más inexplicables desde que MbS tomó las riendas del poder. El viernes 3 de noviembre del año pasado el primer ministro libanés, Saad Hariri, fue convocado de urgencia por MbS a Riad. Desde ese momento se lo dio por desaparecido.
Luego se sabría que también había sido «invitado» a permanecer en el Ritz Carlton hasta arreglar sus cuentas con el régimen. Horas después se difundió un video en que se lo veía, no muy convincente, renunciando a su cargo. Esa vez Macron llamó al príncipe para decirle que esas cosas no se hacen, o al menos no se hacen así, y Hariri volvió a Líbano cono si nada hubiese ocurrido.
Por eso muchos sostienen que cuando trascendió el caso Khashoggi, MbS se sorprendió. ¿Cuál es el problema? arguyen que se preguntó, acostumbrado a que esas cosas, en ese país, a nadie escandalizan. Pero esta vez había sido demasiado incluso para él y para su principal socio, Trump, que intenta desde entonces de calmar las aguas y hacer digerible un hecho que indigna hasta a los tibios.
MbS se presentaba como una apertura para un régimen de corte cuasi feudal. Lo quiso demostrar cuando permitió que las mujeres puedan tener carnet de conducir automóviles. Y había organizado un encuentro para inversores, al que se llamó el «Davos del desierto», para presentar sus planes para desarrollar a Arabia Saudita más allá de la enorme riqueza que representan las mayores reservas petroleras del planeta.
Pero el foro Future Investment Initiative (FII) que comenzaba este lunes se fue vaciando. Es que a medida que los detalles más escabrosos de la muerte de Khashoggi fueron saliendo a la luz se fueron quedando en el camino la mayoría de los asistentes. Los más conocidos son el secretario del Tesoro de EEUU, Steven Mnuchin; la directora del FMI, Christine Lagarde; ejecutivos de Siemens, Uber, el HSBC, además de los medios especializados, como Bloomberg, CNN y el Financial TImes.
Florencia Grieco hizo dos largos recorridos por ese rincón del mundo. Su libro En Corea del Norte: viaje a la última dinastía comunista muestra cómo es ese extraño, misterioso e intrigante país.
–¿Cómo se le dio por ocuparse de Corea del Norte?
–Trabajaba como periodista, y al principio era pura curiosidad. En 2006 Corea del Norte había hecho su primera prueba nuclear y la cosa estaba como tema en 2008 cuando yo estaba en Crítica. Acá no se hablaba mucho, lo empecé a seguir como tema raro. La información que había era muy escasa y fue en ese contexto que decidí hacer mi primer viaje, en 2015. Era un viaje a un espacio muy particular pero también se parecía mucho a un viaje en el tiempo, ir a una época que ya no existe, la del comunismo de la Guerra Fría que allí sobrevive.
–¿Es el comunismo?
–Corea del Norte fue un país de la órbita soviética pero siempre con particularidades que la diferenciaron un poco de Europa del Este. El culto a la personalidad fue muy potente y se profundizó aun luego de la época de Stalin. Y también es una dinastía. Tiene rasgos del comunismo, tiene una impronta soviética fuertísima hasta los años ’90 porque la asistencia, la ayuda financiera y el conocimiento eran soviéticos. Hay que pensar que el país deja de ser colonia japonesa cuando termina la guerra y la península se divide a partir de 1950. Comunismo soviético al norte y capitalismo al sur. Es muy difícil separar a los Kim de Corea, no sólo porque es la tercera generación y gobierna desde hace 70 años, sino porque el país se creó con Kim il-Sung. Son una unidad. No estoy de acuerdo en definirla sólo como una dictadura, porque es mucho más que eso. Dictadura da la idea de un grupo que tomó el poder y antes había otra cosa. Y en Corea del Norte no había otra cosa. Había habido una colonia pero no un país. La fundación del país está ligada a los Kim.
–Pero había una nacionalidad, una cultura previas, tienen un idioma, una escritura propia, una identidad particular.
–Antes de los japoneses tenían sus propios reinos, pero con los Kim se crea el país. Una cosa es la civilización y la cultura, y otra el país.
–¿Qué es el concepto Juche, del que habla en su libro?
–Es difícil traducirlo, lo más aproximado es autosuficiencia. Hay una reivindicación de cierta independencia, tanto de la URSS como de China. El país siempre reclamó cierto espacio propio. Autosuficiencia es cierta distancia de las potencias del mundo. El extranjero es percibido en general como una amenaza. Corea del Norte tiene el tamaño de la provincia de Santa Fe pero está rodeada de megapotencias: Rusia, China, Japón y EE UU en Corea del Sur. Juche habla de eso, Corea del Norte es otra cosa. Es comunismo, pero de otra forma.
–En el libro habla de un término, songbun, que remite a clases sociales muy estratificadas.
–Después de la guerra, Kim Il-sung desarrolla un sistema podríamos decir de castas, una división basada sobre todo en las lealtades, tanto sea a Kim como a los que pelearon contra los japoneses y en la guerra de 1950. Las familias más leales fueron localizadas en la capital y están en la cúspide de la pirámide. Los menos confiables fueron localizados en el interior del país, lejos de las costas y las fronteras. Por eso se desarrolló con muchas desigualdades regionales que a la vez son desigualdades sociales. Aunque en los últimos años empezó a surgir un elemento nuevo, los comerciantes, la nueva clase del dinero.
–¿Cuándo surge?
–Después de la hambruna de los años ’90, con el segundo Kim (Kim Jong-il). Kim Jong-un (el actual) promovió reformas que favorecen estos elementos de mercado que explican entre el 30% y el 40 % de la economía norcoreana hoy. Este tercer Kim basa su política en dos patas: el desarrollo económico y el programa nuclear.
–¿Quién inicia el proyecto nuclear?
–Con el segundo Kim, pero Jong-un le da una velocidad que el mundo no esperaba. Y con un desarrollo científico bastante propio.
–¿La razón para este programa es meramente militar?
–En parte sí, pero hoy se percibe que el plan nuclear es lo único que garantiza la supervivencia respecto de las potencias que amenazan su integridad.
–La imagen que se muestra de Kim Jong-un es la de un loco que lidera un régimen con bombas atómicas.
–Es difícil saber cómo es, pero yo creo que no es un loco, y lo digo a partir de cosas que hace. Se trata de una familia que gobierna desde hace 70 años y para mantenerse en el poder en condiciones tan adversas claramente alguna estrategia más o menos exitosa hay. La locura supone que uno no tiene coherencia en sus actos, que es errático. Corea del Norte no es errática. Uno puede estar de acuerdo o no con lo que hacen, sobre todo en temas como los Derechos Humanos o las libertades, pero tienen una lógica propia, una racionalidad. Kim es muy coherente, no es un loco.
–En todo caso, se lo ve como un ser medio diabólico que asesinó al hermano y a su tío de manera horrorosa.
–Él no era el sucesor natural porque es el menor. El heredero era Kim Jong-nam, asesinado en el aeropuerto de Singapur el año pasado. Algunas fuentes muy confiables coinciden en que estas purgas, ejecuciones, desplazamientos, fueron en la cúpula, no en las jerarquías más bajas. Y eso revela tensiones internas, posibilidades de golpes palaciegos. Lo del tío al parecer tiene que ver con eso. Uno puede horrorizarse por las formas y la decisión, pero es algo que resulta muy aleccionador internamente. Eso ocurrió cuando su liderazgo era nuevo, hoy ya no ocurre.
–Se dice que estudió en Suiza.
–Sí, y tal vez eso lo haya preparado mejor para entender estos tiempos. Una de las cosas que se vio en su entrevista con Donald Trump es que habla inglés, cosa rara en su país.
–Muchos se sorprendieron por esa cumbre.
–Es la primera vez que un presidente de EE UU en funciones se sienta con un Kim. Probablemente Kim sea uno de los líderes del mundo que más entendió o supo leer a Trump y qué botones tocar para que funcione. Probablemente Kim esté trabajando sobre la arrogancia de Trump para conseguir cosas que de otro modo nadie conseguiría. Todos los presidentes previos trataron de evitar esa reunión porque implica un reconocimiento como quiere Corea del Norte, en términos de «somos un país nuclear nosotros también». A mí me parece además que la mejor política con Kim es el diálogo, y en ese sentido me parece muy bien lo que hace el presidente surcoreano, Moon Jae-in.
–Ese diálogo ahora está mediado por la ONU
–Moon tiene unas capacidades diplomáticas asombrosas, porque dialoga con Kim y con Trump y de alguna manera logró que ellos también dialogaran.
–¿Cómo son las relaciones entre ambas Coreas?
–La anterior presidenta (Park Geun-hye, presa por corrupción y opuesta al diálogo con Kim) había suspendido un experimento muy interesante de cooperación directa en la ciudad de Kaesong. Era mano de obra bastante calificada y barata del norte y, mucha tecnología y dinero del sur. Está la posibilidad de reabrirlo. El norte tiene mucha minería, que para el sur es fundamental porque importa todo. Pero todavía están las sanciones internacionales.
–¿Cómo repercutiría un acercamiento? ¿Hubo separación de familias como ocurrió entre las dos Alemanias?
–Ese fue un tema muy sensible, muchas familias quedaron separadas durante la guerra. Pero fue perdiendo consenso la idea de la reunificación a medida que los más viejos se van muriendo y además la diferencia económica es abismal, muy superior a la que había entre las dos Alemanias. El norte no tiene Internet, el interior no está mecanizado y el sur es una de las economías más tecnologizadas.
–¿Cómo es la situación de los DD HH?
–Sigue habiendo campos de reeducación. Ya no son lo que eran con los otros Kim, cuando hubo purgas masivas. Antes eran más parecidos a campos de concentración, ahora se dice que ya no son eso, pero de todas maneras son centros de prisioneros que atentan contra los estándares de DD HH universales.
–Habría que ver qué tan diferentes pueden ser de la cárcel de Guantánamo, por ejemplo.
–Sí, pero en este caso hay más información para trabajar, en Corea del Norte sólo se sabe lo que dicen los que lograron escapar. Son la parte más oscura, la más inaccesible de ese país.
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