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Murió el creador de la doctrina que provocó muerte y destrucción en Irak y Afganistán

Murió el creador de la doctrina que provocó muerte y destrucción en Irak y Afganistán

Donald Rumsfeld, ex secretario de Defensa durante las gestiones de George W Bush y Gerald Ford y uno de los creadores de la doctrina que llevó no solo a las invasiones de Afganistán e Irak a principios de siglo sino a la destrucción de gran parte del Medio Oriente. A los 88 años, el belicoso estratega derechista falleció plácidamente en su finca de Taos, Nuevo México, informó su familia en un escueto comunicado que alaba su rol como “estadista estadounidense y devoto padre, esposo y bisabuelo”.

Como parte de un grupo ultraconservador que comenzó a desplegar su influencia en la administración pública estadounidense a través del Partido Republicano desde los años 70, Rumsfeld ocupó la cartera de Defensa entre 1975 y 1977, cuando Ford culminó el mandado de Richard Nixon tras su estrepitosa renuncia.

Siempre en pos de la construcción de un imperio todopoderoso, Rumsfeld fue también jefe de Gabinete del mandatario al que sus detractores decían que era incapaz de manejar una carretilla y silbar al mismo tiempo. Y que llegó al cargo luego del escándalo Watergate.

Rumsfeld volvió al candelero en 2001 con Bush hijo y, desde ese lugar, impulsó la invasión a Afganistán luego de los ataques a las Torres Gemelas, hace 20 años, en búsqueda del presunto organizador, Osama bin Laden, que comandaba y financiaba al grupo Al Qaeda. Ya que estaba, elaboró el discurso (que demostró ser falso) de que el líder irakí Saddam Hussein había logrado construir un arsenal de armas de destrucción masiva.

En el contexto del estupor mundial por el atentado del 11S de 2001, la administración Bush -mediante esa excusa- consiguió el apoyo de las potencias más importantes -salvo Francia- para invadir Irak, en 2003.

Con fuertes intereses en la industria farmacéutica, de construcciones y básicamente militar, Rumsfeld logró financiación para varios proyectos destinados al Pentágono, como el Future Combat System, el avión F-35, el buque de guerra clase Zumwalt.

A nivel internacional, fue promotor de la ley Patriot, también de 2001, que restringió derechos y garantías de ciudadanos de su propio país y extendió un sistema de vigilancia global al resto del mundo en aras del llamado combate al terrorismo.

En ese marco, también propició una estrategia para mantener y expandir el poderío estadounidense a todos los rincones de la tierra. La llamada Doctrina Rumsfeld-Cebrowski aparece como un plan de rediseño del llamado Medio Oriente ampliado que tomó como horizonte el Estado Mayor Conjunto de EEUU en ese mismo año.

En vista de lo difícil que resulta ganar una guerra en el campo de batalla para someter a los enemigos reales o ficticios del imperio -como mostró la derrota en Vietnam- para mantener el poder se hace imprescindible crear y administrar el caso en esas regiones.

El plan surgió del trabajo de la Oficina de Transformación de la Fuerza (Office of ‎Force Transformation) que dirigió el almirante Arthur Cebrowski. Como señaló en su momento el especialista francés Thierry Meyssan, para seguir siendo la primera potencia mundial, ‎Estados Unidos tendría que adaptarse al capitalismo financiero. “La mejor manera de hacerlo ‎sería garantizar a los países desarrollados que podrán explotar los recursos naturales de los países ‎pobres sin obstáculos políticos”.

El mundo que establecieron Rumsfeld-Cebrowski se dividía en dos: Por un lado EEUU, la Unión Europea, China y Rusia. Del otro lado, el resto del planeta, rico en recursos pero con el inconveniente de que para aprovecharlos debían tener algún tipo de relaciones con los estados nacionales.

El ejemplo de Libia es uno de los más claros para entender un esquema que dio sus frutos a un costo altísimo en vidas humanas. Derrocado Mohammar Khadafi en 2013, el país quedó devastado en tribus que se disputan territorios ricos en petróleo. Las multinacionales aprovechan este caos para extraer el fluido sin ningún tipo de controles estatales.

El mismo método se intentó aplicar en Venezuela, con el resultado que se conoce por la resistencia del chavismo. El intento de hacer lo mismo chocó en Siria con la obstinación del presidente Bachar al Assad, pero fundamentalmente con el rechazo de Rusia, que apoyó al líder sirio y forzó una derrota de las tropas alimentadas por la coalición occidental.

Allí, la ofensiva se desarrolló a través de grupos yihadistas apoyados por EEUU y la UE y que fueron claves en la destrucción de amplias estructuras locales. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, en 2016, cortó el suministro de recursos a Estado Islámico y de pronto -milagrosamente- desaparecieron del escenario.

Fue el primer reconocimiento de que la estrategia Rumsfeld-Cebrowski ya no era posible. Había cumplido su objetivo pero resultaba peligrosa esa “Guerra sin fin” en el mismo escenario donde en los 80 se había estrellado la Unión Soviética -Afganistán- y comprometía al futuro de EEUU como potencia. O ponía a Washington al borde de un enfrentamiento total con Rusia y llegado el caso, China, algo que sabe imposible de sostener a esta altura.

El retiro de tropas de esas regiones, un anuncio de Barack Obama que intentó sin éxito llevar a cabo Trump, es el objetivo declarado de Joe Biden. Ya Alemania retiró su contingente esta semana, falta el último toque de la Casa Blanca, algo que el mandatario demócrata prometió para antes del 11S.

No se supo mucho de lo que hablaron Biden y Vladimir Putin en Ginebra la semana pasada. Los trascendidos indican que el estadounidense reconoció que tenía que irse lo más dignamente posible y que EEUU enterraba oficialmente la Doctrina Rumsfeld-Cebrowski.

La muerte de su creador -Cebrowski se había ido en noviembre de 2005- luego de los millones de muertos que provocó esa estrategia, es en este momento una señal piadosa de los nuevos tiempos. Aunque quienes no quieren tan bien el ex secretario de Estado como su familia lamentan que no haya pagado por esos crímenes.

Tiempo Argentino, 30 de Junio de 2021

Biden plantea al G7 un plan para rivalizar con la Ruta de la Seda de China

Biden plantea al G7 un plan para rivalizar con la Ruta de la Seda de China

Los líderes de los países occidentales más desarrollados culminan hoy la primera cumbre del grupo G7 desde la pandemia, en la ciudad inglesa de Cornualles con una agenda en la que se destaca, fundamentalmente, la necesidad de Joe Biden de demostrar que la tormenta Donald Trump quedó atrás y se avecinan tiempos de relaciones mutuas más ventajosas. Lo dijo claramente al llegar a ese paraíso veraniego del suroeste de la isla británica. “Estados Unidos está de vuelta” fue el lema para la ocasión. Y, a diferencia de su antecesor, se ocupo y preocupó por estrechar vínculos con el resto de los mandatarios que, en diferente grado, padecieron los exabruptos del polémico empresario.
En ese contexto, en las discusiones que se llevan a cabo en el exclusivo centro turístico de Carbis Bay, aparecieron los problemas más acuciantes para el mundo actual, como la pandemia, la provisión de vacunas y el cambio climático. Pero el inquilino de la Casa Blanca insistió en que se debe contrarrestar la creciente influencia china, para lo cual hablaron de un megaplan de infraestructura global que rivalice con la Ruta de la Seda que Beijing impulsa desde el Imperio del Centro. Washington denominó a la iniciativa “Build Back Better World” (B3W, Reconstruir un Mundo Mejor), que invertiría 40 billones de dólares en los países en desarrollo hasta el año 2035.
Al mismo tiempo, los líderes del G7 -Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Japón y Canadá- respaldaron la propuesta de aplicar un impuesto global a las grandes sociedades del 15 por ciento. “EE UU está arengando al mundo para que las grandes corporaciones multinacionales paguen lo que les corresponde para que podamos invertir en nuestra clase media en casa”, dijo en un tuit el asesor en Seguridad Nacional de Biden, Jake Sullivan.
El mensaje de Biden es que defiende los intereses de la clase media, “que fue la que hizo grande a EE UU”. Y agrega: “La clase media fue construida por los sindicatos”. El apoyo a esta medida, que va contra las concepciones de las cúpulas mundiales desde hace décadas, sumó a los titulares de la cartera de Economía de EE UU, Alemania, Indonesia, México y Sudáfrica, a través de una columna que publicó el Washington Post esta semana.
Otro tema para Biden fue el Nord Stream II, el proyecto de provisión de gas de Rusia a Alemania. Trump intentó, por todos los medios, dinamitar el proyecto. Pretendía llevar el combustible desde EE UU en barcos y, además, implica una ligazón estratégica de la UE con Moscú que va contra los intereses estadounidenses. En una bilateral con Angela Merkel en el G7 acordaron bajar un cambio a la disputa. “El diálogo va por buen camino”, dijo la canciller alemana tras su reunión. El problema es Ucrania, que luego del golpe de Estado de 2014 perdió la ocasión de que el gasoducto pasara por su territorio, lo que le hace perder millones de dólares de regalías. Biden se reunirá con el presidente ruso (ver aparte), y hablarán del asunto.
“Es algo nuevo para el G7 considerar juntos, de forma muy pragmática, quién puede aportar qué (para el plan de infraestructura) y dónde, y cómo esto puede convertirse en un proyecto global (…) pero aún no hemos especificado los recursos financieros”, se ilusionó Merkel.
El que no la pasó tan bien fue el anfitrión, Boris Johnson. Fue Merkel en persona la que lo recriminó por las maniobras para torcer el espíritu del Brexit en favor del Reino Unido. La mandataria germana le hizo saber que a la Unión Europea le preocupa que no se introduzcan controles aduaneros entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda. El francés Emmanuel Macron también le dijo a Jonhson que debe respetar lo que se firmó y hacerse cargo de las consecuencias.

Tiempo Argentino, 12 de Junio de 2021

La Mesa Judicial de EEUU está servida: allanaron a Rudy Giuliani, abogado de Trump

La Mesa Judicial de EEUU está servida: allanaron a Rudy Giuliani, abogado de Trump

Todo indica que también en Estados Unidos la solución a los problemas políticos pasa por el Poder Judicial. Incluso, por una buena Mesa Judicial como la que Donald Trump sostiene que armó Joe Biden para avanzar contra su abogado Rudolph Giuliani, a quien el FBI allanó este jueves en el marco de una investigación por sus actividades como lobista en la Ucrania post golpe de 2014.

La causa contra Giuliani se relaciona con supuestos trabajos de “cabildeo” a favor de funcionarios ucranianos a cambio de un estipendio durante la gestión de Trump en la Casa Blanca. Pero también lo imputan buscar que la justicia de aquella nación investigara las actividades del hijo de Biden, Hunter Biden, como beneficiado por negocios con una empresa energética luego del golpe de estado prooccidental contra el prorruso Viktor Yanukovich en 2014 que desencadenó un conflicto que desde entonces viene escalando entre Kiev, Moscú. la OTAN y Washington.

En el medio de este cruce, Trump fue llevado a juicio político en 2019 por esas presiones al gobierno de Volodímir Zelenski para avanzar contra Biden Jr, aunque no pudo ser destituido. Los demócratas denuncian desde 2016 una presunta injerencia rusa en las elecciones que depositaron en el Salón Oval al polémico empresario inmobiliario y dejaron en la puerta del lado de afuera a Hillary Clinton.

Si aquella movida de Trump tenía que ver con presiones judiciales en el país europeo, esta que compromete a Giuliani puede inscribirse en una maniobra de los demócratas para terminar de dejar fuera de carrera a ese sector ultra de los republicanos. “Rudy Giuliani es un gran patriota. Simplemente ama a su país, y allanaron su apartamento”, protestó el ex presidente en el canal Fox Business. “Es un doble estándar tan grande que no creo que nadie haya visto algo así antes… Es muy, muy injusto”, prosiguió Trump.

Biden, por su parte, replicó en la NBC que no estaba informado sobre el avance de la causa contra Giuliani. “No es el rol del presidente decir quién será procesado, cuándo será procesado, quién no debe ser procesado (…) El Departamento de Justicia es el abogado del pueblo, no el abogado del presidente”, agregó, para afirmar finalmente que “Trump politizó el Departamento de Justicia, y muchos funcionarios renunciaron, simplemente se fueron”.

Efectivos de la agencia federal allanaron el departamento de Giuliani en Nueva York y sus oficinas en el mismo edificio. Andrew Giuliani, hijo del ex alcalde, afirmó que el caso tiene ribetes políticos y “es la continuación de la polarización del Departamento de Justicia, que debe terminar”. Y agregó que la medida judicial es algo “extremadamente perturbador, asqueroso y absolutamente absurdo”.

Dos colaboradores de Giuliani en Ucrania, Lev Parnas e Igor Fruman, habían sido acusados en 2019 de violar las leyes de financiamiento de campañas mientras que en enero el Departamento del Tesoro sancionó a cuatro ucranianos que ayudaron a Giuliani en sus gestiones, por cargos de injerencia electoral. Un asesor de campaña de Trump, Paul Manafort, también había sido involucrado en negocios no muy claros con dirigentes ucranianos y Michael Cohen, el anterior abogado del exmandatario, Michale Cohen, había sufrido un allanamiento espectacular en abril de 2018.

Giuliani, de 76 años, fue alcalde de Nueva York entre 1994 y 2001 y viene de varios traspiés. Representó a Trump en sus denuncias sobre fraude en las elecciones de noviembre pasado con poco éxito. Y el sábado pasado fue “premiado” con los Razzles, sarcásticos galardones que se otorgan a la peor actuación en una película, previo a los Oscars. Sucede que Giuliani aparece en un par de escenas -contra su voluntad- que lo dejan mal parado en el la última de Borat, el personaje creado por el actor y guionista Sacha Baron Cohen.

Había alcanzado su momento cúlmine luego de su actuación tras el ataque a las Torres Gemelas, cuando estuvo en todos los frentes mostrando empatía con los rescatistas y familiares de las víctimas. Por estas tierras había sido ejemplo de mano dura un poco antes, cuando arreciaba la crisis de la convertibilidad y crecían los índices de delitos.

Su lema de “tolerancia cero” fue emblema de dirigentes locales. Uno de los que más miga hizo con Sergio Massa, actual titular de la Cámara baja de la Nación. El eje de la campaña del diputado oficialista a la intendencia de Tigre y desde su banca en el Congreso fue el combate a la inseguridad urbana. Giuliani estuvo en Argentina en 2017 para presentar el libro “Así lo hicimos”, donde Massa cuenta cómo le fue con esos planes durante su gestión en Tigre, entre 2007 y 2013.

Tiempo Argentino, 29 de Abril de 2021

Biden cambia el rumbo de Trump para enfrentar a China en el medio ambiente

Biden cambia el rumbo de Trump para enfrentar a China en el medio ambiente

En la película Vice, dirigida por Adam McKay, sobre el ex vicepresidente Dick Cheney -en una soberbia caracterización de Christian Bale- se revela algo que pasó inadvertido durante la administración de George W. Bush, que impulsó una política agresiva en favor de las corporaciones vinculadas a la energía fósil. En un tramo del filme, de 2018, un asesor de imagen del Partido Republicano sugiere esquivar el debate entre ambientalistas y negacionistas de un modo sutil: “¿Y si en lugar de calentamiento global, que todos estamos de acuerdo que suena muy aterrador, lo llamamos … Cambio climático?”.

Cheney, como gran parte del gabinete de Bush, formaba parte de ese grupo de dirigentes que aprovechan lo que se llama “puertas giratorias”. Cuando están en la función pública, diseñan políticas que benefician a empresas que luego los contratan hasta una nueva ronda en la administración. Con Bush hijo, las multinacionales de la energía, la industria bélica y la construcción prosperaron como nunca gracias a las guerras iniciadas desde el 2001 en varios países petroleros asiáticos, desde Afganistán e Irak, luego del 11-S, hace de esto 20 años. Un negeocio redondo.

El interregno de Barack Obama significó una pequeñísima diferencia en relación con esta política de “genocidio ambiental”, ya que se convirtió en uno de los impulsores de las Cumbres por el Medio Ambiente (o debiera decirse, del Cambio Climático), a las que adhirió con un convencimiento poco usual en Washington.

Se trata de un encuentro anual del más alto nivel organizado por la ONU desde hace un cuarto de siglo en el que Estados Unidos cumplió un papel de morigerador, de calmar las aguas para que nada sustancial pase. O para que hayan diseñado políticas de resultado apenas declarativo.

Así y todo, entre el Protocolo de Kyoto, de 1997, y el Acuerdo de París de 2015 hubo un acercamiento estadounidense a coordinar acciones para reducir la emisión de gases de efecto invernadero y otras medidas que deberían haber entrado en vigencia en 2020.Pero pasaron cosas. Con Donald Trump, en 2017, la Casa Blanca retomó su agenda negacionista.

Entre las primeras medidas del empresario inmobiliario figuró dar un portazo al Acuerdo de París. Por si quedaban dudas, designó como secretario de Estado a Rex Wayne Tillerson, que era director ejecutivo de Exxon Mobil Corporation. Venido de la industria petrolera y vinculado a Rusia por negocios del ramo.

Trump lo echó brutalmente en marzo de 2018 y nombró en su lugar a Mike Pompeo, un político habitualmente financiado por los hermanos Koch, dueños de empresas ligadas a la energía fósil y grandes sponsors del negacionismo. Que habían sido, también, los mayores apoyos de Cheney, que también había trabajado en sus tiempos fuera del poder político, para firmas como Halliburton, con intereses en el petróleo, en la guerra, y en la reconstrucción de Irak, sin ir más lejos.

Ahora Joe Biden quiere dar un volantazo a la política ambiental de Estados Unidos y se propone modificar el perfil energético de su país. Sería un giro revolucionario en el país que tiene uno de los índices per cápita más elevado del planeta en contaminación ambiental, y en total arroja a la atmósfera el 13% de las emisiones globales. Pero conviene tener en cuenta un dato: el hijo de Biden, Hunter, integró el directorio de una empresa de energía ucraniana luego del golpe contra Viktor Yanukovich, en 2014, como le recordó agriamente Trump en 2019. 

En su enfrentamiento con China, el gran competidor en la lucha por la primacía mundial, EEUU esgrime ahora una política defensora del medio ambiente que puede hacer mella en el gigante asiático, que es el mayor contaminador de la Tierra, con casi el 30 % de las emisiones totales. El argumento que siempre utilizaron los chinos fue que, por persona, son menos contaminantes. Solo que tienen una población de 1400 millones y eso explica en nivel general.

El otro argumento, que comparten en cierto modo países en vías de desarrollo, es que naciones que ahora están a la cabeza de la lucha contra el calentamiento global -llamémoslo así, para que rabie Cheney- son las mayores potencias industriales del mundo. Para llegar a esa instancia pasaron por una etapa de altas contaminación. Lo que oculta es esa “repentina” vocación ambientalista es la estrategia de no dejar crecer a otros países.

Lo concreto es que si no hay consenso entre los más grandes y no se financia la reconversión necesaria para reducir las emisiones, solo quedará una nueva cumbre con efectos declarativos para seguir pateando la pelota para adelante. Y adelante, coinciden los investigadores, hay un futuro cargado de gases letales para la humanidad, cuando menos.

Tiempo Argentino, 22 de Abril de 2021