por Alberto López Girondo | Jul 14, 2015 | Sin categoría
Si hay alguien que entendió claramente de qué venía el juego entre Grecia y la Eurozona fue el ex ministro de Finanzas Yanis Varoufakis. Economista y docente de prestigio en su país, Gran Bretaña y Australia, Varoufakis pronto encontró rechazo en su par germano Wolfgang Schäuble, que reclamó expulsarlo de las reuniones conjuntas. Tenía dos buenas razones: no es fácil embaucarlo porque sabe de lo que habla. Pero lo peor es que publicó en su twit todo lo que se discutía puertas adentro, y eso es particularmente irritativo para las «fuerzas oscuras» de la troika.
En un reportaje a la publicación británica New Statesman, Varoufakis tira un puñado de frases que desnudan el trasfondo que llevó al premier Alexis Tsipras a convertirse en la contracara de lo que prometía. «Los ‘poderes reales’ son como temías…»; «quizás los países endeudados simplemente deberíamos dejar de celebrar elecciones»; «nuestra Eurozona es un lugar muy inhóspito para la gente decente».
La pregunta que se hacen todos quienes apoyaron a Syriza y le habían dado crédito al último discurso antes del referéndum del 5 de julio es: ¿Por qué Tsipras se entregó tan rápidamente? ¿Es que no tenía opciones? Mejor aún: ¿Para qué la consulta popular?
Que la deuda griega es impagable se sabe desde hace cinco años. Las comparaciones con la Argentina del 2001 no son posibles, pero es bueno recordar cómo Néstor y Cristina respondieron ante las amenazas de los acreedores: doblando la apuesta. Así demostraron que cuando hay voluntad política se puede mucho más de lo que parece.
¿Tsipras pensó que podía correr a Schäuble con un referéndum demoledor? Para eso faltó la última puntada, doblar la apuesta. Pero pidió a Varoufakis que diera un paso al costado y después llevó al parlamento una serie de recortes que mostraban sus temores. Era muy probable que en ese contexto desde Bruselas le respondieran que no era suficiente.
A Grecia se le pide disciplina fiscal y económica. Pero en realidad se le exige simplemente disciplina, acatamiento, humillación. ¿Por qué Tsipras no aceptó ofertas de ayuda que le hizo Vladimir Putin? ¿Por qué no aceptó convites de los BRICS de hace unos días?
Grecia tiene mucho más en común con el mundo europeo oriental que con el occidental. Desde la religión ortodoxa hasta los caracteres con que escriben. ¿Es que no quería convertirse en la Ucrania del Mar Egeo? Varoufakis dice que en sus cinco meses de gestión le vio la cara al poder real. Y que esos «poderes oscuros» son como se los imaginaba. ¿Tsipras entendió que los griegos no se querían ir del euro ni de Europa? ¿Comprendió que la democracia ya estaba muerta y fue un gesto inútil convocarla hace apenas diez días?
Tiempo Argentino
Julio 14 de 2015
por Alberto López Girondo | May 2, 2015 | Sin categoría
El futuro de las relaciones exteriores argentinas en el contexto del proceso electoral que se avecina fue el disparador para una charla que bajo el título convocante de «Más integración regional o cambio de rumbo», organizó Tiempo en la Feria del Libro. Al encuentro en la Sala Juan Rulfo asistieron los especialistas en política internacional Ricardo Aronskind, Carlos Escudé y Khatchik DerGhougassian.
Abrió el debate Aronskind, economista y magister en Relaciones Internacionales. La pregunta inquietante de la que partió fue clara y contundente: «¿Por qué no hay más integración y por qué existe una probabilidad de cambio de rumbo?» Su análisis no fue menos perturbador. El primer lugar, dijo, las elites regionales no tienen interés en la integración. «Los partidos de centro o de derecha están en contra o plantean alternativas como la Alianza del Pacífico, que son un amontonamiento de países ligados a la economía estadounidense».
Luego, el también docente en la UNGS, UBA, UNSAM y Flacso anotó una lista de déficit en el proceso de unidad regional. Entre ellos señaló a lo que llamó «alma dividida de Brasil», que por un lado parece intentar sumarse al resto de los vecinos mientras que por el otro apuesta a «aliarse al elenco estable de potencias intermedias internacionales» entre las que están las que conforman el grupo BRICS. Que a principios de 2014 Brasil no haya mostrado la mínima intención de querer ayudar en la crisis de reservas que padecía la Argentina para el experto es toda una señal.
Economista al fin, Aronskind fue muy crítico de la posición argentina en relación a los socios menores del Mercosur, y especialmente Uruguay. “La política proteccionista en ese sentido es un error. Si un empresario local tiene que protegerse de Uruguay debe cerrar las puertas. La integración es superior a ese empresario”, sostuvo.
Otra cuestión pasa por esa suerte de comodidad ideológica de pensar que tras el No al ALCA en noviembre de 2005 el proceso de integración era indetenible. Es que Estados Unidos no iba a descansar en esa derrota parcial, como lo demuestra la historia reciente.
Escudé, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Yale con más de 20 publicaciones y docente invitado en Harvard y Madrid en los ’90, disparó, por oposición, que en realidad América Latina «es la región más integrada del planeta». Y que precisamente por serlo, es que resaltan ese tipo de dificultades. Como prueba, Escudé señala que «entre Tijuana y Ushuaia hay 10 mil kilómetros a lo largo de los cuales se habla el mismo idioma”. Es como si entre Lisboa y Shanghai se hablara un mismo lenguaje, resaltó.
Esa es la razón para el que fuera asesor del canciller Guido Di Tella en el gobierno de Carlos Menem y teórico del realismo periférico que explica que especialmente el cono sur sea la región más pacífica del mundo. «Entre Argentina y Chile nunca hubo una guerra en 200 años de historia y con Brasil solo hubo una de baja intensidad entre 1825 y 1828». Eso, destacó, fue décadas antes de la unificación tanto de Alemania como de Italia. Y recordó que tras ese proceso político europeo, franceses y alemanes protagonizaron tres guerras, dos de las cuales «fueron las más holocáusticas (sic) en la historia de la humanidad».
Escudé agregó que este proceso integrador latinoamericano, que mira en cierto modo como modelo al europeo, está hecho en base a una iniciativa regional, mientras que Alemania y Francia fueron forzadas a la unidad por Estados Unidos, que no estaba dispuesto a tolerar nuevas carreras armamentistas y conflictos bélicos en el viejo continente. «La integración europea fue fruto del miedo», concluyó.
Cerró el encuentro Khatchik DerGhougassian, doctor en Estudios Internacionales de la Universidad de Miami en Coral Gables, Florida. El docente en las universidades de San Andrés y Lanús acotó que en Latinoamérica hay una suerte de costumbre de «multiplicar las siglas y las cumbres» que al principio generan mucho entusiasmo pero “terminan en una oficina y no se habla más”.
En tal sentido rememoró lo que fue el continente desde la crisis de 2001. «El giro a la izquierda indicó que algo pasaba en América Latina», y la creación de la Unasur elevó esperanza de que se podría «institucionalizar una iniciativa estratégica». Luego el No al Alca fue el principal capital político para la construcción de grandes proyectos de infraestructura, como gasoductos y hasta un Banco del Sur. Pero esos proyectos están bastante estancados en general, más aún en un momento en que al crecimiento económico es bastante menor en líneas generales.
DerGhougassian destacó que aún no se sabe qué ocurrirá tras la nueva amistad entre el presidente Barack Obama y el gobierno de Cuba, un país que siempre fogoneó la unidad continental. Pero llamó a considerar dos cuestiones que sobrevolaron todo el debate: si es por hablar un lenguaje común, el llamado mundo árabe podría ser un buen ejemplo de integración y eso dista mucho de ser cierto. Y Rusia, desde el zarismo y puntualmente durante la Unión Soviética, integró con infraestructura a naciones disímiles bajo una misma identidad. Ambos resultados, sintetizó, marcan la dificultad de la empresa que buscan los sectores más progresistas de la región.
Tiempo Argentino
Mayo 2 de 2015
por Alberto López Girondo | Jul 25, 2014 | Sin categoría
Como en Juego de Tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya. Por cada segundo que pasa sin que aspiremos a democratizar los lugares donde se decide lo importante, aumenta sin cesar el enriquecimiento privado ilegítimo y el sufrimiento gratuito de la gente corriente. Democratizar es sencillamente devolver a las personas la capacidad para decidir sobre sus propias vidas, una capacidad que nos ha sido robada y debe ser restituida.»
La frase corresponde a un adelanto del libro que Pablo Iglesias acaba de compilar bajo el título Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de Tronos, la serie que hace furor desde hace algunos años, basada en las novelas del estadounidense George R. R. Martin y que detalla las impiadosas guerras dinásticas entre las familias «principales» por el control del poder en el continente de Poniente.
Iglesias se catapultó como líder de un sector en España que reniega de los partidos que gobernaron el país desde el retorno democrático –socialistas y «populares»– a los que acusa de comandar un sistema de castas que se reparten los cargos y lucran para sus propios bolsillos a espaldas del pueblo. Con esa crítica furibunda a lo que llama el «Régimen de 1978» llegó al Parlamento europeo en mayo pasado y aspira a construir una nueva opción para alcanzar La Moncloa más temprano que tarde.
En estos días, la realidad no hizo más que corroborar los argumentos de Iglesias y del partido que pergeñó, Podemos. Es que el gobierno de Mariano Rajoy sacó a subasta el Catalunya Banc, la ex Caixa Catalunya quebrada en 2011 y a la que el estado le inyectó fondos por 12,6 mil millones de euros para que no se fuera a pique definitivamente. Con el argumento de que «nada de lo que deba ser privado quedará en manos del Estado», como dijera algún ex funcionario menemista, se sacó a la venta el paquete nacionalizado. ¿La mejor oferta? Del BBVA, que prometió 1100 millones de euros, bastante más que sus competidores inmediatos pero muy por debajo de los 2500 millones de patrimonio neto que mantiene la entidad. Con lo cual la sociedad española pierde 11,6 mil millones, el equivalente a los recortes en sanidad y educación que forzó el PP para reducir el déficit presupuestario.
El problema financiero no se reduce sólo a España, ya que por estas horas el dueño de un banco portugués fue detenido en el marco de una investigación por blanqueo de capitales. Ricardo Salgado dirigió el banco Espirito Santo –por la familia propietaria– en los últimos 22 años y aparece en medio del escándalo por el giro de fondos provenientes de la institución hacia negocios oscuros tanto en Portugal como en Estados Unidos. Para evitar una corrida, las autoridades económicas habían decretado hace diez días un corralito para sus clientes.
Ese nuevo escenario que reclama Iglesias para España es el mismo por el que los países de esta parte del mundo bregan, con suerte dispar, desde hace diez años. La creación de instancias paralelas y hasta opuestas a los organismos que desde el fin de la Segunda Guerra mundial vienen gobernando el planeta tuvo un notorio avance desde la llegada de Hugo Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner al poder, a principios del milenio.
La derecha regional, que para sobrevivir no tiene otra que alinearse con los «poderes constituidos» –léase el establishment proestadounidense– intenta por todos los medios poner freno a estos avances. Lo logró en parte con la creación de la Alianza del Pacífico. Pero se le escapa con la Unasur, Celac y también con los BRICS, que tienen una pata asentada en Brasil. Un golpe fuerte contra la unidad fue el derrocamiento del paraguayo Fernando Lugo. Y otro muy poderoso, de consecuencias aún impredecibles, es la arremetida de los fondos buitres contra Argentina en tribunales neoyorquinos. Un juicio punitivo contra la rebeldía de una nación que se opone a los poderes establecidos. Con lo que despierta afinidades y simpatías muy proclives a fomentar esos nuevos escenarios de los que se hablaba.
Es interesante detectar a quiénes incomoda la posición que sostiene el gobierno argentino, sobre todo fronteras adentro. Más allá de que algunos puedan ser socios locales de los buitres, lo que les preocupa no es tanto una cuestión de plata –si esperaron una década para llegar hasta acá bien pueden aguardar otros diez años– sino de obediencia a la ley dictada por el amo. Fue claro el semanario británico The Economist al comparar a la Argentina con el uruguayo Luis Suárez. A ambos los acusan de no querer respetar las reglas. La cuestión es ¿reglas dictadas por quién y en qué contexto? De eso se trata el Juego de los Tronos.
La que fue más clara quizás haya sido la diputada Elisa Carrió. Luego de protestar ante la posibilidad de caer en default, la chaqueña despotricó contra la «malvinización» de la pelea con los holdouts. Según su óptica, la Argentina debería mostrarse sumisa a los cánones para lograr mejores condiciones, algo que la realidad desde el menemato a esta parte se demostró falso de toda falsedad.
Se entiende que la ex radical tenga prurito en formar parte de un país al que se pueda abochornar por ser un deudor. Que incluso se avergüence de que los argentinos seamos de lo peor de la cuadra por la supuesta despreocupación de funcionarios y consejeros ante semejante catástrofe.»
Pero si estos pudorosos críticos buscaran información histórica descubrirían que ningún país estuvo a salvo de crisis como la que asolaron Argentina en el 2001 –y sus consecuencias actuales– y que además, el país ni siquiera es el que más veces pasó por crisis financieras de esta magnitud.
Así lo refleja una producción de la BBC firmada por Mark Sietz con el explícito título de «¿Cuáles son los peores deudores de la historia?» En esta lista figura en primer lugar España, con 14 defaults, seguida por Venezuela, Ecuador con 11 y, Brasil con 10. Entre los peores que la Argentina, que computa siete reestructuraciones, están Francia, Alemania, México y Chile, entre otros. Con siete «convocatorias de acreedores» figuran también Portugal, Colombia y Uruguay, mientras que Estados Unidos, Rusia y Grecia aparecen con seis, junto con el desaparecido imperio austrohúngaro.
Podría recordarse que a las crisis de Alemania se les suma la situación de Prusia, Hesse, Schleswig-Holstein y Westfalia, que se integraron al Reich a fines del siglo XIX. Por otro lado, Berlín terminó de pagar las indemnizaciones de la Primera Guerra Mundial, establecidas en el tratado de Versailles, el 3 de octubre de 2010. Cierto que esa es otra historia. Pero por lo que parece, para Lilita Carrió mantiene su vigencia, porque la legisladora arremetió contra la visita del presidente ruso Vladimir Putin, a quien califica como «el más perverso de los líderes mundiales» y lo acusó de estar desarrollando «una estrategia de dominación de todo Occidente». Es que, para Carrió, «volver a cometer el error de la segunda guerra sería trágico, hoy debemos conducir a la Argentina a la paz».
Para la derecha gorila, la única explicación para la pérdida de influencia del país desde la década del 40 sería el persistente populismo peronista pero, sobre todo, haber mantenido la neutralidad con la Alemania nazi, lo que según esta visión del mundo, hizo perder los favores del imperio, que desde entonces apoya el desarrollo del Brasil, que envió un batallón para combatir en Europa. Algo así piensa la derecha brasileña, que ya prometió en boca de dos de sus candidatos, Eduardo Campos y Aécio Neves, que en caso de ganar las elecciones de octubre romperán con el «eje Mercosur-Unasur» para acercarse a la AP.
«Podemos elegirnos a nosotros mismos como buenos al modo de Ned Stark (el Señor de Invernalia en la serie, según describe Iglesias), o como la Khaleesi (Daenerys Targaryen, la heredera de la Casa Targaryen en busca recuperar el trono perdido), podemos aspirar a que todos puedan tener una vida que merezca la pena ser vivida.»
De eso se trata.
Tiempo Argentino, 25 de Julio de 2014
por Alberto López Girondo | Jul 18, 2014 | Sin categoría
Las esperanzas que despertó la cumbre de BRICS en Fortaleza fueron, para algunos medios locales, mayores que las realidades que se podían concretar en la primera participación argentina en ese foro exclusivo. Se juntaban dos escenarios particularmente complicados: por un lado, la crisis con los fondos buitre que jaquea a la Argentina en un momento crítico. Pero paralelamente son muchos los que ansían desde hace décadas la construcción de un poder que contrapese la asfixiante expansión de Estados Unidos hacia todos los rincones del mundo tras la caída de la Unión Soviética a inicios de la década del ’90.
Esta vez se unieron el deseo y la necesidad de este lado del Plata de lograr apoyos en su pelea de fondo en la Corte de Griesa y la expectativa de poder ingresar a BRICS para potenciar la voluntad de un desarrollo autónomo. Sin embargo, no es eso lo que fue a buscar Cristina Fernández y tampoco es eso lo que le estaban ofreciendo cuando recibió la invitación al encuentro de los presidentes en la ciudad brasileña.
BRICS es una construcción de los principales países emergentes, los que están destinados, según las especulaciones más sensatas, a liderar el mundo del siglo XXI. Cierto que el acrónimo surgió de un evaluador del banco Goldman Sachs (GS), una institución financiera que pocas ganas tiene de que cambie el mundo que hay. Y menos si ese cambio no lo puede controlar, como en cambio lo viene haciendo con la crisis europea. El mismo analista, Jim O’Neill, encontró otra sigla, PIGS (cerdos, en inglés) para definir a los que «se iban a ir para la B», Portugal, Italia, Grecia y España. Países estos donde el GS tiene mucha responsabilidad en el desastre.
En cuanto a los BRICS, puede decirse que hubo acercamientos en Asia de las principales potencias, Rusia, India y China, desde mucho tiempo antes de que O’Neill se pusiera a jugar con acrónimos. La aparición de Brasil en este horizonte se explica por la presencia de Lula de Silva en el gobierno, a partir de 2003. Y la de Sudáfrica le puso la frutilla al postre: sí, la visión del BRICS puede tener relación con factores económicos –representan el 43% de la población mundial y el 21% del PBI y ya explican la mitad del crecimiento mundial– pero mucho más la tiene con la geopolítica.
No solamente este grupo de naciones es fuerte en Asia, de donde son originarias y donde ocupan los primeros lugares en población y PBI. Ahora también tienen un pie en África y otro en América. Por otro lado, lograron unir a tres diferentes culturas que cada una a su manera buscan recuperar los lugares decisivos que han tenido a lo largo de la historia de la humanidad: la China milenaria, la trascendente India y el viejo hálito imperial de los zaristas. Todo bien sazonado con otra tierra que también supo ser imperio como Brasil y el país más europeizado del África negra. Hay que decir que una alianza entre el régimen racista de Sudáfrica ya se había producido durante los años de plomo en el Cono Sur, donde participaron las dictaduras brasileña y argentina. La idea era en esos tiempos setentistas armar una Organización del Tratado del Atlántico Sur de tinte fuertemente anticomunista. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que luego del embate inicial de Washington tras la debacle de la URSS –que a partir de los atentados a las Torres Gemelas avanzó para ocupar espacios territoriales en el entorno de Rusia y de China– se produjo la crisis económica del neoliberalismo y van apareciendo espacios para otros protagonistas en un nuevo escenario. China avanza a paso redoblado desde la apertura económica de 1979, de modo que no sorprende su nuevo rol de gran comprador y gran equilibrador internacional. La India, con el antecedente del gobierno de Rawahalal Nehru para «surfear» entre Moscú y Washington en los años de la Guerra Fría, ya ocupaba un espacio que por desarrollo y población le cabe. A esto se agrega Rusia, que con Putin y a caballo de la crisis europea busca retomar sus antiguas posesiones –con Crimea ya lo logró– y sus áreas de influencia, como hizo en Siria. Tres actores con intereses y armamento nuclear, dos de ellos con un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. No es poco.
Por eso es que a medida que fue pasando el tiempo, BRICS se va consolidando como eje de un poder aún incierto pero creciente. Una característica es que van paso a paso, como dijera un DT argentino. De modo que la ampliación hacia otros actores globales, como sería el caso de Argentina, por ahora deberá esperar. Por otro lado, habrá que analizar si es que es necesario estar en ese club, y de qué modo intervendrían los otros organismos de los que con más pertinencia forma parte el país, como Mercosur, Unasur y la Celac.
A pesar de esto, la sola sospecha de que se pudiera tratar esa cuestión en Fortaleza bastó para que desde una de las centrales empresarias brasileñas se tirara a petardear cualquier ampliación. Lo más probable es que si alguna vez es oportuno contar con un nuevo socio, como todo lo que se hace en BRICS suele obedecer a los tiempos chinos, todos estén avisados de la novedad y no sorprenda a nadie.
Lo que sí se anunció en Brasil fue la creación de un Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) y un fondo común de reservas para casos de contingencia; 50 mil millones de dólares en el primer caso, 100 mil millones en el segundo. La directora del FMI, Christine Lagarde, se apuró a celebrar la iniciativa, con el tono protocolar que se aplica en contiendas de alto nivel como esta. Pero no es una buena novedad para la entidad que forzó medidas neoliberales en todo el mundo con la excusa de la ayuda financiera, de modo que no habrá que augurar una buena convivencia.
Suele decirse que los bancos prestan un paraguas cuando hay sol y lo reclaman cuando llueve. Un banco de los BRICS es la promesa de un banco que preste a los países necesitados cuando llueva y sin exigencias neoliberales. Algo que podría ayudar al desarrollo de la región con créditos accesibles, pero no en este preciso momento. Es que el NBD, que se comenzó a diseñar en 2012, entraría en vigencia recién para 2016.
Lo que gradualmente sí está en marcha es el intercambio de mercaderías en monedas locales entre los socios de BRICS. Acuerdos similares se llevan a cabo entre Argentina y China, y también con Brasil. El Banco del Sur también tiene ese propósito, pero se viene demorando y no son pocos los que acusan de la lentitud al Planalto, que apostó más a sus relaciones extraterritoriales.
Habrá que decir que un banco «multipolar» tendrá que resolver el problema de fondo que subyace detrás de todo este debate: el fetiche capitalista del dólar como moneda de reserva e intercambio. Es decir, que ponga el último remache al féretro de Bretton Woods de 1946, que estableció las reglas financieras internacionales al fin de la guerra. Hay analistas que avizoran que la divisa china, el yuan, será en pocos años un fuerte competidor del dólar, la divisa en que aún se realiza más del 80% del comercio internacional. Pero si es por experiencia concreta, el euro nació el 1º de enero de 1999 para competir directamente con el «verde» y no sólo todavía no lo logró sino que sufre un embate desde 2008 que lo hizo trastabillar bastante. Y para colmo, habrá que ver cómo queda posicionado el euro luego de que Estados Unidos y la Unión Europea firmen el Tratado de Libre Comercio por el que vienen bregando aceleradamente.
Todo tiene que ver con todo, dicen las malas lenguas. Y el derribo del avión de Malaysia Airlines en Donetsk también entra en el inventario de este nuevo escenario global. Aunque es pronto para decir de qué manera.
Se entiende que la urgencia de un título periodístico es abrumadoramente más perentoria que las necesidades de los líderes que se vienen juntando desde hace un quinquenio para buscarle la forma a un mundo multipolar.
Tiempo Argentino, 18 de Julio de 2014
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