por Alberto López Girondo | Jun 26, 2022 | Sin categoría
La XIV Cumbre de Jefes de Estado de los países BRICS sirvió para marcar la cancha sobre quiénes son los contendientes de este nuevo escenario mundial que desnudó la intervención militar en Ucrania el 24 de febrero. Si desde Washington el desafío a la supremacía estadounidense parece centrarse en Rusia y China, este grupo de países que se constituyeron oficialmente en 2009 es bastante más grande e influyente en el concierto de las naciones en todos los rubros. Como resaltó el Kremlin en un mensaje de bienvenida al encuentro del presidente Vladimir Putin, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica –los titulares del acrónimo– tienen 3000 millones de habitantes y representan no solo el 40% de la población del planeta, sino la cuarta parte del PBI, el 20% del comercio, cerca del 25% de las inversiones directas, y acumulan el 35% de las reservas internacionales. Suficiente como para comenzar a desplegar un programa de gobernanza global sin pruritos, que fue lo que hicieron.
De la reunión, que fue organizada por China como país en ejercicio de la presidencia pro témpore del organismo, participó también como invitado Alberto Fernández (ver aparte), quien expresó el deseo de incorporar a la Argentina como miembro pleno. No es la primera vez que desde la Casa Rosada se expresa la voluntad de sumarse al grupo que se vislumbra desde 2001 –una visión acertada del economista británico Jim O’Neill– como los países destinados a convertirse en líderes del siglo XXI. Ya lo había hecho Cristina Fernández en su mandato.
Para tener en cuenta la importancia que alcanzaron los BRICS, sobre todo en el contexto de la guerra en Ucrania, baste decir que uno de los más activos resultó ser el presidente brasileño Jair Bolsonaro que, a pesar de las diferencias con Lula da Silva –quien fue el principal impulsor de la primera cumbre durante su gestión–, no solo respaldó cada una de las propuestas esbozadas en esta ocasión sino que avanzó en el reclamo de reformar organismos como la ONU. Itamaraty impulsa un lugar en el Consejo de Seguridad permanente para Brasil desde hace décadas. Lo mismo pretenden la India y Sudáfrica.
Ese apoyo quedó plasmado en la Declaración de Beijing, que pide además “intensificar la actividad de la Asamblea General y fortalecer los Consejos Económico y Social” de ese organismo. En ese documento, los BRICS expresan el apoyo a conversaciones de paz entre Moscú y Kiev. Unos días antes, el presidente chino, Xi Jinping, había reafirmado la alianza con Putin en torno a cuestiones de soberanía y seguridad, lo que fue leído desde la Casa Blanca como un nuevo desafío a su hegemonía, al punto que le reclamó a China no ubicarse “en el lado equivocado de la historia”.
Pero los BRICS también se dieron tiempo para promover los “esfuerzos de paz y estabilidad en Oriente Medio y África del Norte” y “para resolver las diferencias por el plan nuclear iraní por medios pacíficos y diplomáticos”.
Putin fue bastante específico en cuanto a la crisis desatada por las sanciones económicas dictadas por Occidente tras la invasión a Ucrania. «Los empresarios de nuestros países están obligados a desarrollar sus actividades en condiciones difíciles ya que los socios occidentales omiten los principios de base de la economía del mercado, del comercio libre», dijo.
Sin embargo, destacó que esas medidas llevaron al fortalecimiento de las relaciones dentro del bloque. «Las entregas de petróleo ruso a China e India aumentan. La cooperación agrícola se desarrolla de forma dinámica», dijo. Esto le da pie para esbozar su propuesta de que los BRICS elaboren una política unificada para crear un sistema económico y financiero multipolar.
Ante la suspensión del sistema de transferencias Swift y la incautación de las reservas internacionales de Rusia en bancos extranjeros, por ejemplo, una medida que estratégicamente representa una amenaza para otros países que quieran “sacar los pies del plato” occidental, Putin dijo que “el sistema ruso de transmisión de datos financieros está abierto a la conexión de bancos de los cinco países”. Y afirmó que se expande “el uso del sistema ruso de pagos Mir”, al tiempo que, aseguró, “se está resolviendo la creación de una moneda de reserva internacional a partir de una canasta de monedas de nuestros países”. Un contragolpe abierto de los BRICS contra el “sistema dólar”.
Tiempo Argentino, 26 de Junio de 2022
por Alberto López Girondo | Feb 1, 2016 | Sin categoría
Este gobierno, que se presentaba como el que iba a sellar la «grieta» en la sociedad argentina, no mostró hasta ahora sino una peligrosa inclinación a profundizar abismos en las relaciones internacionales. Y mientras se presentaba en campaña como continuador de las cosas bien hechas del período anterior y deslizaba la necesidad de respuestas no ideologizadas en todos los ámbitos, se revela como uno de los más ideologizados en los foros exteriores. El papel que el país representó en la IV Cumbre de la Celac en Quito es otra manifestación de esa cuña que el gobierno de Mauricio Macri pretende incrustar en la región y que ya había asomado en el encuentro del Mercosur en Paraguay.
Vayamos a lo concreto: al volver del Foro de Davos, el presidente se jactó de que Argentina «volvió a hablar con el mundo». Lo acompañaron en el festejo sus principales voceros mediáticos, asentados en la vieja retahíla de que en estos años la Argentina permaneció aislada o viviendo en alguna suerte de limbo internacional. Cosa que la realidad desmiente.
Nadie duda de la necesidad de que el país se inserte en el concierto de las naciones. El caso es cómo y para qué. Esto es, para defender qué intereses y con qué objetivos. Porque detrás de las fronteras hay diferencias y amenazas que no se resuelven con marketing político. El mundo actual es un sitio lleno de incertidumbres y riesgos y no el espectáculo brillante de un parque de Orlando.
No es la primera vez que la dirigencia vernácula se plantea la disyuntiva de donde poner sus fichas para encontrar un lugar bajo el sol. Resulta ilustrativo ver que la clase dominante insiste en los mismos caminos, desde la deuda con la banca Baring en tiempos de Bernardino Rivadavia y la sumisión al imperio británico que terminó en el genocidio del pueblo paraguayo en la época de Bartolomé Mitre.
Es bueno recordar estas referencias por varias razones, entre ellas el contexto internacional y la posición de Brasil en cada momento pero sobre todo por un detalle anecdótico en momentos en que la actual administración decidió no poner «próceres» en los billetes de la moneda nacional. Porque alguna vez Rivadavia estuvo presente en el papel de un austral, durante el gobierno de Raúl Alfonsín y Mitre lo está en el de dos pesos. Los primeros en ser devorados por la inflación y que hoy casi son piezas de coleccionistas.
Como se sabe, Rivadavia inauguró el endeudamiento argentino y tuvo que huir del gobierno luego de firmar una paz inconcebible y sospechosa con el Brasil. Mitre, en otro gran proyecto de inserción global, se asoció en cambio con el imperio brasileño para destruir el modelo de desarrollo nacional paraguayo. Ambas decisiones costaron sangre, sudor y lágrimas al pueblo argentino y sólo beneficiaron a unos pocos socios de la oligarquía local.
Durante las dos guerras mundiales del siglo XX, Argentina permaneció neutral y en el caso de la segunda solo tomó parte cuando Alemania ya estaba derrotada. La neutralidad de Roque Sáenz Peña e Hipólito Yrigoyen no despertó mayores críticas, pero la de los gobiernos militares del 40 y especialmente la posición de Juan Domingo Perón es objeto de fuertes cuestionamientos entre las clases dominantes. La idea que prima es que ahí empezó la debacle del país, que no habría sabido «leer» el momento como hizo el gobierno de Getulio Vargas, que envió tropas para colaborar con los aliados en Europa y a cambio recibió las bendiciones y todo el soporte del nuevo imperio global para su espectacular desarrollo desde entonces. Entre esos favores figura sin dudas la apertura de la Asamblea anual de Naciones Unidas, que siempre en homenaje a aquel gesto, le corresponde al representante brasileño. Una afrenta al orgullo de una oligarquía acostumbrada a las mieles de su relación con la corona británica.
El odio contra el peronismo tuvo también mucho de exagerado fanatismo por Occidente en plena guerra fría, como para remediar errores pasados. Ni qué decir que entre las primeras medidas de la dictadura de Aramburu-Rojas estuvo el ingreso al FMI y el pedido de créditos. El dictador Leopoldo Galtieri, tildado por los medios estadounidenses de «general majestuoso», creyó que el pago del trabajo sucio que uniformados argentinos realizaban en América Central contra la revolución sandinista sería aceptar la recuperación de las islas Malvinas. La paradoja es que su canciller, Nicanor Costa Méndez, terminó aceptando apoyos del Tercer Mundo, de Muhammar Khadafi, del Perú de Fernando Belaúnde Terry y de Fidel Castro, en una pirueta tan inútil como grotesca.
Tras el interregno alfonsinista -que promovió una solución latinoamericana para la situación en Nicaragua y al mismo tiempo intentó revisar la deuda espuria contraída por los militares con una mirada regional- el gobierno de Menem-Cavallo planteó otro gesto de desborde carnal con EE UU como salida a la crisis de la deuda y la hiperinflación. El envío de naves para bloquear al Irak de Saddam Hussein y la política blanda sobre Malvinas no sirvieron demasiado para evitar la crisis que finalmente estalló en 2001.
Ahora Macri volvió de Davos, el foro de los poderosos, ilusionado con arreglar el tema con los buitres para obtener inversiones y créditos insertando a la Argentina en ese mundo que, no hace falta más que informarse desapasionadamente, se desmorona en varios frentes simultáneos.
Desde 2003 América Latina siguió otro rumbo, tras la fundación de una herramienta alternativa como fue el Foro Mundial Social de Porto Alegre, que nació con la consigna de que «otro mundo es posible». Durante estos años los gobiernos regionales – encolumnados detrás de una sólida relación Argentina-Brasil- crearon instituciones como Unasur y la Celac mediante un esfuerzo por construir consensos en la diversidad, entre las derechas más conservadoras y las izquierdas más rebeldes.
Mucho se avanzó en establecer algunas reglas de comportamiento, como la no injerencia en los asuntos de los otros países, en declarar a América Latina como zona de paz y sin armamento nuclear, y la profundización de las relaciones comerciales. Argentina logró en estos años un amplio apoyo para la causa Malvinas y frente a las amenazas de los fondos buitre.
Así como el gobierno de Macri habla de desideologizar el debate dentro del país, buscó desmalvinizar la relación con el Reino Unido en el encuentro con el premier David Cameron. Y le hace guiños a la derecha estadounidense e israelí en relación a Irán con la esperanza de abrir los grifos para nuevos endeudamientos a la manera rivadaviana. Justo cuando el mundo arregla las paces con Teherán.
En el camino, decidió exagerar el antichavismo y candidatearse como el «campeón» de la vuelta al ALCA. Pero esa estrategia tiene vuelo corto, como se demostró en las alturas de Quito, donde se aprobó un nuevo documento a favor de la recuperación pacífica de las islas, ya una causa continental. Incómodo apoyo que abrumó a la vicepresidenta Gabriela Michetti, quien insistió en su ataque al gobierno de Venezuela como para probar que el macrismo viene para crear una grieta a nivel continental que hasta ahora no existe. A riesgo de romper con una agenda que se dicta en conjunto y no por oportunismo o capricho personal.
El resultado de los otros intentos de inserción en ese mundo de fantasía fue desastroso. No se trata de ideología sino del pragmatismo más crudo. Si la historia demuestra la ineficacia del alineamiento automático y hasta la cancillería brasileña, tan preclara en sus objetivos a largo plazo, lo entendió y formó un club de disidentes con los países BRICS,
¿Cómo se justifica este giro de 180 grados que se le quiere imponer a la política exterior argentina? ¿Es sólo una ideología retrógrada o esa miopía es la máscara que oculta razones más oscuras? Porque el mundo no es un territorio de paz y prosperidad y, además, Argentina limita con los hermanos latinoamericanos, los únicos dispuestos a dar una mano en caso de necesidad.
por Alberto López Girondo | Nov 20, 2015 | Sin categoría
Se nota que en Latinoamérica hay un reflujo de los movimientos progresistas, para qué barrer debajo de la alfombra. Luego del proceso de integración regional más importante en dos siglos de historia, es notorio el grado de recuperación de la derecha tradicional, ligada a los poderes hegemónicos, en Brasil, en Ecuador, incluso en Venezuela y ni qué decir en Argentina.
Se lo percibía en octubre de 2014, cuando Dilma Rousseff ganó el balotaje sobre Aecio Neves por muy poco. Lo que auguraba -y quedó plasmado en esta columna- que no tendría tiempos fáciles la presidenta brasileña, cosa que pudo verificar ni bien asumió su segundo mandato.
Un año antes, en abril de 2013, Nicolás Maduro también obtuvo el cargo por muy poca diferencia, tras lo cual, la derecha generó todo tipo de acciones primero para deslegitimar al sucesor de Hugo Chávez y luego para crear una atmósfera de violencia de la que aún se pagan las consecuencias.
Se trata de una derecha que aprendió de sus errores y no tiene problema en reconocer logros de los gobiernos progresistas con tal de acceder al poder. Lo que harían luego ya se sabe, es como la fábula del escorpión y la rana. No pueden más que obedecer a los dictados de su naturaleza.
En lo que hace a las relaciones con el mundo, sin embargo, es donde han sido más explícitos y coincidentes. Allí no hubo subterfugio alguno, tal vez porque descubrieron que no es un tema que impacte en las campañas o porque el tema de las alianzas exteriores tiene para un sector determinante del electorado mucho de aspiracional. Define qué queremos ser, dónde y con quién queremos estar.
Cuando Lula llegó por primera vez al gobierno, y luego de sus primeras entrevistas con Néstor Kirchner, en aquel ya mítico 2003, dijo una frase que resultaba toda una muestra de los tiempos que se avecinaban. «Los brasileños siempre miramos más a Europa y Estados Unidos que a América Latina». Tenía que llegar al Planalto un metalúrgico nacido en la miseria nordestina para expresar lo que el resto de los latinoamericanos ya había anotado desde los orígenes, que Brasil daba la espalda a la región, que miraba con resquemor su destino sudamericano. Son razones históricas que no es dable expresar en estas líneas y que marcan los rumbos del Brasil desde tiempos del imperio.
El lema «civilización o barbarie» caló hondo no solo en la patria argentina de Sarmiento. Fue y es una consigna para las elites ilustradas del resto de los países independizados de España en el siglo XIX. En esta parte del Río de la Plata no solo acarreó guerras sangrientas sino también definió los dos campos en que se debate la nacionalidad. ¿Queremos ser latinoamericanos o nos sentimos europeos en el exilio, como planteaba Jorge Luis Borges?
Resultan interesantes vistas hoy las agudas polémicas entre Sarmiento y Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853. La crítica de Sarmiento a la Carta Magna se hace, como bien le marca contemporáneamente Alberdi, desde la óptica de su exacerbado apego a los Estados Unidos como un modelo a copiar. Sarmiento, impulsor de la educación estatal, esto también es cierto, buscaba el destino nacional mirando al norte. Alberdi escribió para esa época en un diario de Valparaíso que «los Estados Unidos no pelean por glorias ni laureles, pelean por ventajas, buscan mercados y quieren espacio en el Sur. El principio político de los Estados Unidos es expansivo y conquistador.»
Este debate posterior al rosismo cruza toda la historia latinoamericana desde la independencia y es el trasfondo del Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó. Ni qué decir que tanta disputa de sentido llega hasta la Filosofía de la Liberación en los 70, de la mano de un puñado de seguidores del mendocino Enrique Dussel. En la misma senda se ubica la Teología de la Liberación, que promovió la renovación más impactante de la Iglesia Católica que resultó envuelta en la tragedia de aquellos años y fue clausurada por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger. Un Papa latinoamericano no es sólo un gesto de generosidad de los cardenales que lo eligieron en Roma. Es, utilizando términos eclesiásticos, una «intervención estratégica del espíritu santo» en tiempos del crecimiento de esta parte del mundo.
No es casual que en la ciudad administrada por Mauricio Macri la versión del programa de entrega de computadoras a los alumnos de las escuelas públicas, que la Nación bautizó Conectar Igualdad, se llame Plan Sarmiento. Expresa claramente un proyecto de país y de región. No es casual tampoco que este proyecto se lleve de la mano del que propone la oposición venezolana encarnada en Henrique Capriles y el PSDB brasileño, que se encolumnó detrás de Neves.
A la pregunta de qué queremos ser, los gobiernos populistas respondieron «latinoamericanos» y obraron en consecuencia, creando y fortificando instituciones para cristalizar ese proyecto común. El conservadurismo ofrece acercarse a Estados Unidos y Europa, el Occidente difuso que pretendían defender los militares en los años de plomo. La derecha regional impulsa una amalgama de esa cultura la que los latinoamericanos, por razones obvias, no podemos desconocer porque forma parte de las raíces.
En el caso concreto del alcalde porteño, su visión sobre los vecinos más cercanos, sobre todo de paraguayos y bolivianos, las dos comunidades más pobladas, es como la de cualquier vecino de Recoleta. Si a alguien quisieran parecerse no es precisamente a ellos, que representan a lo que permanece de los pueblos originarios. Esa clase de citadinos despliega una mezcla de desprecio y racismo muy ostensible que incluso resultaría peligroso para el mantenimiento de las relaciones con esos países en caso de que esta opción política se haga de la presidencia.
Pero como en esa misma derecha el componente empresarial y que privilegia el interés monetario es clave, convendría mostrar las reflexiones que los poderes financieros internacionales, a los que se identifica con los reales factores de poder en estos días, piensan. En tal sentido, uno de los bloques armados en estos años, el BRICS, conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, puede decirse que es una creación de un perspicaz analista de la banca Goldman Sachs, Jim O´Neill, quien en un estudio sobre los mercados emergentes que podrían ser el gran imán para las inversiones hacia mediados del siglo XXI, elaboró el acrónimo con los nombres de esas naciones, que le sonó a «ladrillo», brick en inglés. La decisión política de conformar el bloque es posterior.
Con las prospecciones de O’Neill coincide un reciente estudio de la consultora Price Waterhouse & Co -a la que tampoco se la podría considerar populista ni algo semejante- que considera que «los activos bancarios nacionales del E7 (China, India, Brasil, Rusia, México, Indonesia y Turquía), así como las ganancias potenciales del sector, serían mayores que los del G7 (EE UU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá) hacia 2036», adelantando en 14 años su evaluación inicial.
Ese rumbo esperado explica el acercamiento a China y Rusia y el proyecto en marcha de ampliar el Mercosur con nuevos componentes, como Bolivia y Ecuador. Pero además de las justificaciones materiales, también hay cuestiones ideológicas. Cuando la derecha desliza la necesidad de «reinsertar» al país en el mundo, es claro que hablan de ese mundo occidental al que pertenece por razones culturales e históricas.
Pero entonces cabría la pregunta ¿a qué Europa proponen ligarse, a que Estados Unidos? Porque si es la Europa del estado de bienestar y de la justicia social no habría voces en contra. En cambio, la Europa actual es la de la troika que somete a griegos, españoles e italianos al ajuste perpetuo. Igualmente, al New Deal de Franklin Roosevelt no habría problemas en acordar, pero al del recorte de beneficios de las Reaganomics…
Por otro lado, la Europa está al rojo vivo por los ataques yihadistas, consecuencia de tropelías cometidas por algunos de sus países coloniales. La Europa de estos días, como hizo Estados Unidos luego del 9/11, recorta las libertades civiles, tal vez su máxima contribución a la humanidad, y levanta muros para evitar las «invasiones bárbaras». ¿A esa Europa en conflicto proponen ir? ¿No se corre el riesgo de comprarse conflictos ajenos innecesariamente?
Tiempo Argentino
Noviembre 20 de 2015
por Alberto López Girondo | Ago 14, 2015 | Sin categoría
La noticia volvió a ser la moneda china. Por tercer día consecutivo las autoridades económicas corrigieron el tipo de cambio, que suma alrededor de un 5% de caída en tres días. Una decisión que despertó todos los fantasmas de una profundización de la crisis económica que asola en los países desarrollados desde 2008 y que ahora podría estar extendiéndose a los emergentes, del que China es como un faro.
Para los popes de la entidad monetaria china, estaría «concluida en lo esencial» la tarea de fijarle un nuevo valor al renminbi en relación con el dólar. Una medida que, aclaran, es técnica porque lo que se hizo fue cambiar el modo en que se fija el tipo de cambio.
Ningún procedimiento económico es neutro. Sobre todo para ese genérico que se denomina «mercados», que como se sabe, son entes esencialmente temerosos hasta la histeria y quedaron aterrados con la idea de que estalle una guerra de divisas que desnude la debilidad actual del sistema capitalista. Por eso cayeron las bolsas en todo el mundo, aunque luego vieron señales de que o todo podría mejorar a un plazo relativamente corto o, quién sabe, encontraron nichos dónde obtener ganancias rápidas con un toma y daca en un clima de zozobra.
Por lo pronto, el que habló desde Beijing, señala un cable de la agencia oficial Xinhua, fue Zhang Xiaohui, vicegobernador del Banco Central de China (BCCh), quien dijo que el yuan ahora debería «permanecer fuerte a largo plazo» y quitó expectativas de otra devaluación como las que desde el martes levantan tensiones en todos los rincones del planeta.
Zhang justificó las medidas correctivas en que la cotización de la divisa que ostenta el rostro de Mao Zedong había estado demasiado tiempo «alejada del valor real del mercado». Una forma elíptica de mostrar el hecho que se había estado revaluando contra las monedas fuertes.
Durante los últimos meses, en paralelo con la crisis por la deuda griega, el renminbi se espejó con el dólar pero con relación a la moneda europea, su valor creció un 20%, lo que dificultaba el ingreso de productos chinos en el mercado más apetecible y del que proviene una parte sustancial de inversiones y tecnología.
Mientras el crecimiento de China fue explosivo, todo parecía marchar sobre rieles, aunque las protestas por la forma en que el gigante asiático fijaba el valor de cambio estaban a la orden del día. Pero desde 2010 ese crecimiento se fue desacelerando. Un poco porque el gobierno decidió dejar de ponerle gas al desarrollo para privilegiar inversiones sociales, y otro poco porque el resto del mundo no es precisamente un jardín de flores.
Algunos datos ayudan a entender este panorama. Si bien la inversión extranjera directa (IED) fue un 5,2% mayor que el año pasado, la cifra es significativamente menor que en años anteriores. De todas maneras, casi el 20% de esa inversión proviene de la Unión Europea.
Para algunos analistas, la señal de alarma sobre la situación china la dio la baja en las exportaciones, que entre julio de 2014 y julio de 2015 cayeron un 8,3% y de importaciones, un 14,3 por ciento. El otro dato fue que la producción industrial creció en 12 meses un 6%, mucho menos de lo esperado, al igual que el gasto estatal en infraestructura, que lo hizo «apenas» el 11,2%, el nivel más bajo desde el año 2000.
Cierto que para economías a escala humana estos números distan de ser exiguos. Para quien mira el mundo desde este lugar modesto del sur de América, este debate por una baja de tres o cuatro puntos podría resultar inverosímil. Pero desde que China ingresó de lleno a competir en el mundo capitalista, a partir de 1979, con guarismos que llegaron a parecer ridículos, con años de alrededor de un 15 % de crecimiento del PBI. El enorme mercado potencial chino, 1350 millones de personas, y el de su clase media, de unos 250 millones, debería seguir siendo un enorme imán para la reproducción continua de los capitales durante los próximos decenios. Por eso cualquier signo de debilitamiento crea pánico en los inversores.
Más allá de lo que se piense en términos del hombre de a pie rioplatense, estas cifras y las perspectivas de que todo podría ir peor comenzaron a minar la confianza y aparecieron números para avivar esos temores. El fabricante chino de computadoras Lenovo anunció el despido de 3200 empleados, el 5 % de su plantel, luego de contabilizar pérdidas de 105 millones de dólares en el segundo trimestre del año. Esto a pesar de que en ese mismo lapso sus ingresos aumentaron un 3 por ciento. La empresa, sin embargo, culpa de su momento poco feliz a que la expectativa por la salida de Windows 10 demoró decisiones de compra de muchos clientes. Cabe decir que Lenovo se hizo hace diez meses del negocio de celulares de Motorola.
Donde sí hubo un bajón fue en la industria siderúrgica, que cayó en un año un 1,3% hasta un mínimo de producción que no tenía desde hace dos décadas. Citado por Xinhua, Zhang Guangning, presidente de la asociación que nuclea a las acerías china, consideró que «la producción china de acero crudo probablemente alcanzó su tope en 2014”.
Estos datos ya estaban latentes hace algunas semanas, cuando la principal bolsa de China, Shanghai, comenzó una caída que tras un par de fuertes tumbos arroja un 20% desde junio. Debe tenerse en cuenta que había crecido un 150% en los meses previos sin que la economía real le hubiese dado indicadores de un crecimiento que acompañara esta expectativa.
Esta vez, los mercados parecieron ser funcionales al establishment estadounidense-europeo, que sin dudas veía mal el encuentro entre los países BRICS en Shanghai que había decidido poner el marcha el Banco de Desarrollo de los países miembro, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Una entidad financiera destinada a cumplir el rol al que el FMI renunció en los 80 cuando se hizo vocero y promotor de las ideas neoliberales. Cuesta creer que no se tratara de un golpe de mercado contra la iniciativa de los principales emergentes en el contexto de una aceleración de las negociaciones de Estados Unidos para la firma del Tratado Transpacífico (TTP), que liberalizaría el comercio entre las naciones de la Cuenca del Pacífico de América latina y de Asia sin la participación de China ni Rusia, con costas en ese océano.
Por eso hay quienes avizoran en esta movida una respuesta en el plano de una guerra de divisas ante el embate bursátil y la amenaza del TTP. En Estados Unidos ya aparecieron voces críticas, como la del inefable Donald Trump, que lanzó otra andanada de diatribas contra la posibilidad de que los chinos invadan el mercado con sus productos. El senador republicano por Iowa Chuck Grassley no le fue en zaga: «China ha manipulado su moneda por un largo tiempo. Esto es sólo el ejemplo más reciente, y es más allá de la hora de hacer algo al respecto «, advirtió.
En esta ocasión, el FMI se apresuró a aplaudir la medida. Ahora viene a cuento detallar que en realidad lo que hizo el BCCh fue cambiar el modo en que determina el valor de su moneda en relación al resto de las divisas relevantes. Hasta el martes, fijaba el valor de acuerdo a pautas económicas y de crecimiento. De ahora en más será el resultado de las cotizaciones diarias y del precio del cierre anterior. ¿Por qué celebra el FMI ? Porque esto implica que China acepta que el valor de su moneda se mueva de acuerdo a oferta y demanda. «Parece un buen paso que debe permitir a las fuerzas del mercado desempeñar un papel más importante para determinar el tipo de cambio», indicó.
Otra cuestión que sobrevuela es el deseo de China de que su divisa forme parte del selecto círculo de las monedas de cambio y reserva internacional, que integran el dólar, el euro, el yen y la libra esterlina. La llave –la bolilla negra, como sucede en cualquier club exclusivo – la tiene el FMI. Las señales que se dieron el Fondo y el BCCh son auspiciosas en tal sentido. Conviene recordar que ya el 22% del comercio internacional se hace en yuanes. También sería bueno analizar cómo repercutiría en el dólar la llegada de un nuevo socio. Y hasta qué punto la Eurozona no tenía más remedio que someter a brutales ajustes a los griegos con tal de demostrar la fortaleza del euro.
El Banco Central Europeo (BCE), que entiende cuál es el juego, dijo que la devaluación del renminbi podría tener un impacto negativo mayor de lo esperado en esa región. «Este riesgo –señala un informe emitido ayer en Francfort- podría agravarse por efectos negativos colaterales de los incrementos en las tasas de interés de Estados Unidos sobre las economías emergentes.»
Por ahora la situación es de incertidumbre, y la influencia de esas decisiones no se hizo ver en América Latina. Acá hay una guerra contra los gobiernos populares que por ahora se desarrolla en el plano de la política. También en esto habrá que estar alerta.
Tiempo Argentino · 14 de Agosto de 2015
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