Donald Trump y el Pentágono aceleran el modelo injerencista contra los gobiernos reacios a alinearse a los intereses estadounidenses. La diferencia con otros momentos de la ríspida historia con la región es que lo hace sin el mínimo cuidado por las formas de la diplomacia. Es así que la red Twitter del Comando Sur de EE UU publicó, en castellano, una “sugerencia” para que los militares venezolanos “respeten el derecho a protestar pacíficamente” este fin de semana. Esta advertencia se suma a la declaración oficial de Donald Trump desde la Casa Blanca del lunes en la que aplaudió “al ejército boliviano” por el golpe contra Evo Morales. El mensaje iba acompañado por (textual) “una fuerte señal a los regímenes ilegítimos en Venezuela y Nicaragua”.
El Comando Sur es una de las diez unidades militares con que EE UU vigila el planeta. Cubre a las tres Américas y el Caribe, un área de casi 25 millones de kilómetros cuadrados conocida como el “patrio trasero”. Técnicamente, para el Departamento de Estado –por eso así la define el comunicado Trump- es el Hemisferio Sur.
La amenaza del jefe del Comando Sur, el almirante Craig Faller, aparece en una entrevista para el canal de internet venezolano VPItv en el que habla sobre la situación en el país sudamericano sin ningún prurito. El tuit de ese órgano militar también postea el discurso del autodesignado presidente de Venezuela, Juan Guaidó, frente a una multitud en Caracas. El diputado opositor celebró el golpe en Bolivia y pidió permanecer en las calles hasta la caída de Nicolás Maduro.
«Calle sin retorno significa que tenemos una agenda de conflicto permanente, que tendremos calle sostenida. Aquí la lucha es hasta que cese la usurpación, hasta lograr elecciones libres», repitió Guaidó en video que también dirigió a los militares.
La ofensiva estadounidense sobre la región no es un invento de Trump. Bajo el gobierno de George W. Bush la Casa Blanca reactivó la Cuarta Flota naval. Había sido creada en 1943 para combatir contra a la armada nazi en aguas del Atlántico.
“En reposo” desde 1950, en abril de 2008 el almirante Gary Roughead anunció su retorno ante las “nuevas amenazas” para la seguridad de EE UU. Los gobiernos de Cristina Fernández y Lula da Silva, preguntaron a Washington los pormenores de las operaciones que harían sobre un espacio marítimo internacional pero que afectaba a la soberanía de todos los países.
La sospecha era que los portaviones apuntaban al gobierno de Hugo Chávez, que había vencido a un golpe en 2002. Luego, en 2005, los países latinoamericanos le habían dicho No al Alca, el acuerdo de libre comercio con EE UU y Canadá.
La reactivación de la Cuarta Flota tenía olor a petróleo, pero más bien al brasileño. Petrobras había anunciado el descubrimiento de un yacimiento de al menos 176 mil millones de barriles de petróleo, lo que convertía a Brasil, hasta ese momento neto importador, en una potencia energética de primer orden.
Lo que vino después es conocido: el golpe iniciado en Honduras 2009, ya con Barack Obama en el gobierno, prosiguió en 2012 en Paraguay contra Fernando Lugo y en 2016 contra Dilma Rousseff. La presidenta brasileña, primero como Ministra de Minas y Energía y posteriormente jefa de Gabinete, había impulsado la investigación de Petrobras que culminó con el descubrimiento de esa gema en el océano, bajo 2000 metros de sal.
En 2013 el exagente de la NSA Edward Snowden reveló que Rousseff había sido un objetivo de las agencias de vigilancia global estadounidenses, al igual que Petrobras. Casi en simultáneo, el entonces secretario de Estado, John Kerry, explicó su política regional ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara baja. “América Latina es nuestro patio trasero (…) tenemos que acercarnos de manera vigorosa”, dijo el canciller, reviviendo la doctrina de James Monroe de 1823.
Donald Trump tiene una política que muchos consideran sinuosa en Medio Oriente, donde alterna golpes de efecto militar con retiro escalonado de tropas, ante el estancamiento de las guerras en Irak, Afganistán y Siria.
El presidente está al borde de un impeachment. Enfrentado con “el estado profundo”, para analistas como el francés Thierry Meyssan y el italiano Manlio Dinucci, su pelea contra la burocracia estatal se relaciona con su oposición a la doctrina Rumsfeld-Cebrowski. Se trata de la llamada “estrategia del caos dirigido” que consiste en la destrucción del estado en los países no alineados con el poder hegemónico para que las multinacionales expriman sus recursos naturales sin impedimentos.
Es la línea seguida por Bush hijo en Irak y Afganistán y por Obama en Libia y Siria. Es la que el Pentágono y al Departamento de Estado siguen para la región latinoamericana, donde EEUU se repliega ante ese costoso desgaste en el resto del mundo que Trump busca limitar.
La Bolivia de estos días es una avanzada en esa línea, con Caracas y Managua en la mira, según adelantó Trump. Sin descuidar a La Habana y, de paso, como para que Buenos Aires tome en cuenta cómo se mueven sus fichas en Washington.
Como suele ocurrir en tiempos electorales uruguayos, las calles porteñas también son motivo de proselitismo, especialmente de parte de dirigentes del Frente Amplio, ya que en Buenos Aires y otras ciudades argentinas, con miles y miles los uruguayos cercanos al actual partido gobernante del otro lado del charco. A sólo una semana de la segunda vuelta de las presidenciales, Juan Castillo, senador del Frente Amplio y secretario general del PC uruguayo, junto a Fernando Gambera, secretario de Relaciones Internacionales del PIT CNT, estuvieron en Buenos Aires mientras Alberto Fernández se reunía en Montevideo con el presidente Tabaré Vázquez y almorzaba en la tradicional parrilla El Berretín, con los candidatos del FA, Daniel Martínez y Graciela Villar.
Arranca Juan Catillo: «Es una elección muy compleja, en un momento complejo de la región que veremos cómo impacta. La derecha utiliza mucho nuestro posicionamiento solidario con los pueblos venezolano, chileno, ecuatoriano y ahora con el boliviano. Tomaron el discurso más reaccionario». Sigue Gambera: «El FA fue el que sacó más votos en las últimas cinco elecciones, aun cuando en las dos últimas electorales ganó en segunda vuelta. A los demás los une el propósito de ganarle al FA, que a su vez está en un proceso de renovación de líderes: ya no los tenemos como candidatos ni al Pepe (Mujica), ni a Tabaré (Vázquez) ni a Danilo (Astori).
–Pero Daniel Martínez tiene amplia experiencia de gestión en Montevideo.
JC: –Sí, es su lado fuerte, como el discurso no es su fuerte frente a un rival como Lacalle Pou (Partido Nacional) que sí tiene oficio parlamentario. Fueron 15 años de golpear, socavar y generar contradicciones. Nos acreditan todos los males del mundo. Hay que ver el papel de los grandes medios de comunicación.
–En estos 15 años gobernaron con los medios en contra.
FG: –Estamos en medio de la batalla y cuando estás en la batalla, se batalla. Por supuesto que luego deberemos hacer un análisis crítico de por qué llegamos a una situación en la que está en peligro nuestra continuidad. No lo hemos descifrado del todo. Es el lógico desgaste que supone haber estado 15 años al frente del Ejecutivo. Pero además, el FA mantiene su electorado fiel que siempre fue del 40 y pico. Hoy apenas superamos el 40. No hay gran diferencia. Sí que una parte del electorado se corrió un poco a la derecha. La izquierda sigue ganando ampliamente entre los jóvenes.
–Si tuvieran que hacer un punteo sobre los grandes cambios que produjo el FA, en estos años, ¿cuáles serían?
JC: –Una afirmación tajante que nadie puede desmentir es que el Uruguay de 2019 está diez, 15, 20 veces mejor que el de 2004. Aquella marcaba un 18% de desocupación: hoy oscila los 7/ 9 puntos; la pérdida del poder adquisitivo era del 32%; la pobreza del 33%, la indigencia del 7 por ciento. Se recuperación fue jamás vista. Las jubilaciones y las pensiones se potenciaron enormemente, se redujo la pobreza al 7% y la indigencia ni puede medirse… La fotografía del Uruguay de hoy incluye políticas de derechos, no es que haya llovido plata pero se le fueron dando las instrumentos a nuestra población. Libertad sindical, negociaciones colectivas, consejo del salario en manos de los trabajadores como el principal instrumento de la distribución más equitativa de las riquezas, y a partir de ahí crecimiento del salario y de las jubilaciones. Los que viven de un salario, que son los más, pasaron a tener otra calidad de vida. Políticas de derechos legislados en materia de diversidad sexual, oportunidades para las mujeres, para los jóvenes, la ley del aborto, las políticas inclusivas… Aplicaciones que hoy parecen obvias, pero en el Uruguay había dos tipos de trabajadores: el de la ciudad y el del interior profundo, que no tenía ley de ocho horas, que no había horas extras… Ni qué hablar en otras cuestiones, como la cultura.
–¿Todo eso está en peligro?
FG: –Sí, no es intuición: antes el militante debía presuponer qué pasaría si ganaba la derecha, que su discurso no era real… Ahora lo dicen. En Uruguay hay sólo dos proyectos de país. O logramos continuar por esta senda, seguir avanzando y corrigiendo errores, hacer el mea culpa, debatir en qué situación estamos y las carencias que tenemos, o retrocedemos 15 casilleros, y nos ponemos a la cola del mundo con las concesiones neoliberales. De las que se va desprendiendo el pueblo argentino, las que no resiste más el chileno o el ecuatoriano. Sólo para tomarnos de uno de los derechos en peligro: el candidato opositor confiesa que va a pegar en el corazón mismo del movimiento sindical. Que sólo negociarán el salario mismo, cuando el 80% de los trabajadores uruguayos negocian siempre más y mejores derechos. No son cosas nimias, son cambios muy fuertes, estructurales. Por caso, el sistema nacional integrado de salud, con tendencia a ser universal al que se han ido incorporando inclusive los jubilados. Otra: hoy Uruguay es el quinto o sexto país más digitalizado del mundo, a partir del trabajo de la ANTel (la empresa de comunicaciones del Estado, que tiene el manejo monopólico de la transmisión de datos) y la implementación de políticas como el Plan Ceibal, para estudiantes y para jubilados, o la creación de las universidades tecnológicas del interior… O tenés un Banco de la República que el FA tomó fundido y desfinanciado por los créditos que les daban a los amigos sabiendo que no iban a pagarlos; lo tomó la izquierda y hoy es «el banco de los tres millones y medio de accionistas» y deja ganancias que permiten financiar a miles y miles de pymes. Todo eso está en riesgo porque los de la coalición opositora son los mismos que siempre quisieron privatizar las empresas públicas.
JC: –Cuando votás a Lacalle Pou también votás a Sanguinetti. O a Manini Ríos, que ahora dijo que en Bolivia las FF AA y la policía se habían puesto del lado del pueblo.
–¿Por qué, pese a todos esos logros, hay requerimiento de una parte importante de la población de que haya un recambio, incluso a pesar del ejemplo de la Argentina neoliberal de estos cuatro años?
JC: –Son necesarios debates colectivos de las fuerzas populares, no sólo del Uruguay. Cuando sale de la cárcel, Lula dice que va a recorrer América Latina para dar un debate necesario. Sin proponérselo, en el ejercicio de gestionar, las fuerzas progresistas descuidaron las relaciones con el entramado social para tener inserción en el pueblo.
–Gestionaron, pero no cuidaron la militancia.
FG: –Sobre todo la llegada a la gente. Pero hay movilización. El domingo pasado, más allá de nuestros actos, sólo en Montevideo había actividad en el barrio sur, tambores por todos lados, actividad en el parque Rodó con murgas: todo militancia de esta época. Pase lo que pase en las elecciones, vamos a tener que pensar y buscar conclusiones sobre cómo volvemos al redil.
JC: –Hay que colocar un debate sobre el nivel de involucramiento que logramos en nuestro pueblo y los sectores sociales desde la izquierda. ¿Estuvimos a la altura de esa demanda? ¿Logramos despertar conciencia? ¿Acaso no ve la población lo que hemos construido en 15 años y que efectivamente el Uruguay está mucho mejor? ¿Alcanza que alguien haga un gobierno por…?, ¿o hay que hacer un gobierno con…? Es importante el involucramiento. Los únicos seres que se sientan a tomar mate y mirar TV esperando que el otro le resuelva los problemas son los lumpen, y en un proceso de izquierda no hay lugar para lumpen.
La dirigencia sindical francesa prepara con gusto a triunfo una enorme manifestación para este martes en una nueva jornada de huelga contra la reforma previsional del gobierno de Emmanuel Macron. Porque si bien las medidas de fuerza ya llevan una docena de jornadas y no ceden, esta vez tiene un aliciente adicional que abona la tesis de que la modificación al sistema de jubilaciones que promueve el oficialismo era un plan de negocios y no una necesidad de poner en caja las cuentas públicas. Este lunes tuvo que renunciar el artífice de ese proyecto, el asesor del gabinete Jean-Paul Delevoye, luego de que se revelaran públicamente sus relaciones económicas con las empresas aseguradoras y la estatal ferroviaria, y que cobraba unos 5000 euros al mes de una firma de formación.
Lo más escandaloso de la cuestión, si cabe, es que el buen hombre, un viejo dirigente conservador que acompañó la gestión de Jacques Chirac y fue sostén de la candidatura de Macron, argumentó que no había declarado esos conflictos de interés por un olvido. Y que en realidad dejaba al gobierno porque ya no generaba confianza como para continuar hasta el final con la reforma.
Más allá de la desmemoria selectiva de Delevoye, el caso salió a la luz cuando la asociación anticorrupción Anticor reclamó a la Alta Autoridad para la Transparencia de la Vida (HATVP por sus siglas en francés) el ente autárquico de la administración pública francesa para vigilar por al transparencia en los actos de gobierno y de sus integrantes. Con apenas 6 años de existencia, es la oficina encargada de la lucha contra la corrupción en la burocracia estatal de esa nación.
El requerimiento de Anticor del 10 de diciembre, basado en una denuncia anónima, reveló que Delevoye solo había anotado en su historial tres posibles conflictos de intereses, pero tenía 13. Un olvido colosal ya que entre esos cargos figuraban sus remuneraciones como presidente de un instituto de investigaciones sobre educación, Parallaxe que le otorgaba un jugoso ingreso extra al que cobraba como Alto Comisionado para las Pensiones, el puesto con rango ministerial que le había dado Macron ni bien llegó al Elíseo.
A pesar de que sus acciones están estrictamente reguladas por las normas administrativas del estado francés, el resto de los ministros salió a defenderlo diciendo que había actuado de buena fe.
La oficina de prensa de Macron se limitó a indicar que había aceptado la renuncia de Delevoye y que le está buscando un reemplazante en forma urgente. “El presidente elogia su compromiso personal y su trabajo en la reforma pensional. Su renuncia permite aclarar la situación», dijo el comunicado.
La huelga contra la reforma previsional paralizó a Francia a principios de mes por la adhesión masiva de los trabajadores del transporte (ver acá). De hecho, hace 12 días que viajar en París se ha convertido en un caos. Las quejas de los usuarios se dirigen a las autoridades y no, como podrían considerar algunos medios hegemónicos, a los trabajadores.
Es que el cambio de régimen de jubilaciones habrá de afectar en mayor o menor medida a cada uno de los ciudadanos con trabajo registrado. La normativa, que aún no llegó a tratamiento parlamentario, contempla unificar 42 diferentes regímenes en un sistema único por puntos que, además, plantea incrementar los años de aportes y la edad de retiro.
Los paros habían producido este lunes más de 600 kilómetros de embotellamiento en los accesos a la capital gala. A la huelga ferroviaria se sumaron bloqueos producidos por los camioneros.
Delevoye, en tanto, señaló en una carta publica que tenía que irse porque “la confianza se debilita bajo los ataques violentos y las acusaciones falsas” destinadas, según su particular interpretación, a “socavar un proyecto esencial para Francia”. Y añadió que su única culpa había sido “la ligereza” en su declaración ante la oficina anticorrupción francesa.
La semana pasada, cuando el caso comenzaba a crecer en la opinión publica, Delevoye le había dicho a Liberation, el diario fundado por Jean Paul Sartre en 1973, que estaba pensando en renunciar y que se sentía afectado porque es “alguien cuya reputación depende de preocuparse por la transparencia y los principio”.
Pero después de esta declaración se conocieron más “olvidos” y ya no tuvo espacio para mantenerse en el puesto sin comprometer seriamente la reforma. Que de todas maneras queda muy golpeada porque los intereses del funcionario reformista están íntimamente ligados con empresas de seguros, que serían las beneficiarias de un proyecto que a largo plazo tiende al privatizar el modelo de pensiones francés.
La CGT mantuvo la convocatoria a la huelga y manifestación de este martes.
Mientras tanto, Actazone, un proyecto de comunicción alternativo de izquierda no partidario ue produce videos para difundir noticas que no salen en los medios concentrados, llamó a un “que se vayan todos” así, en castellano.
El 27 de junio de 1973 una de las democracias más estables de América Latina, Uruguay, protagonizó el primer golpe de estado de su historia. Unos días antes, el 25 de mayo, había asumido en la Argentina el presidente Héctor Cámpora, luego de las primeras elecciones libres desde el golpe de 1955. El líder más importante del país, Juan Domingo Perón, había sido proscripto por los militares, que durante 18 años habían impedido una verdadera democracia en esta orilla del Plata.
No es cuestión de recordar aquí las convulsiones políticas que vivían los argentinos por entonces. Solo baste decir que Cámpora renunció el 13 de julio y se abrió entonces si, el canal para el regreso de Perón por los votos populares.
Cuánto influyó el golpe en Uruguay para acelerar los tiempos locales es difícil de saberlo, el caso es que en Chile, otro ejemplo de democracia institucional duradera, el gobierno de Salvador Allende estaba acosado por la oposición y el 11 de setiembre el general Augusto Pinochet encabezó la dictadura más violenta que recordaría el país trasandino, un ejemplo, esta vez, de ferocidad militar al servicio de una clase social.
Doce días más tarde, Perón-Perón ganó la elección con el 61.85% de los votos. Un gobierno con una enorme fortaleza institucional, pero acosado en el exterior. Bolivia estaba gobernada por la dictadura de Hugo Banzer desde 1971 y Brasil, desde 1964.
Decir que Washington había digitado un cerco alrededor de Perón no es una interpretación conspiranoica, porque hay documentos que lo prueban. Invitar a la asunción de Cámpora al presidente de Cuba en tiempos de la guerra fría y luego darle crédito a la revolución para la compra de productos industriales elaborados en Argentina era un desafío a la política del Departamento de Estado que la Casa Blanca no habría de perdonar. El resto es historia.
Alberto Fernández también recibirá el bastón de mando con el país cercado. Incluso podría decirse que cercado en honor de la fórmula Fernández-Fernández. La apuesta a la continuidad de Mauricio Macri fracasó por inoperancia del intérprete de esas políticas. La vuelta de una coalición de fuerte componente peronista incomoda a los que estrategas de Washington. En esta, el Estado Profundo coincide claramente con Donald Trump.
La prueba más contundente de este aserto es el mensaje de Trump felicitando a los militares bolivianos que dieron el ultimátum para que Evo Morales deje el cargo. ¿Barack Obama hubiera hecho algo diferente? Si, el Premio Nobel de la Paz 2009 hubiese demorado unos días más en un mensaje semejante, pero la ola golpista la inaguruó su gestión en Honduras hace exactamente diez años. Después de todo, Henry Kissinger también recibió el Nobel de la Paz, en 1973, a pesar de haber apoyado los golpes en la región desde que asumió en la Secretaría de Estado, en enero de ese año.
Alberto Fernández sabe con qué bueyes le toca arar, por eso su primer viaje como electo fue a México y marca diferencias con Jair Bolsonaro y el propio Trump. ¿Le serviría de algo entrar a la Rosada como lamebotas de la Casa Blanca o del Palacio del Planalto, como le recomiendan desde los medios conservadores?
El golpe en Bolivia se venía adobando desde que en febrero de 2016 Morales perdió el referéndum para una nueva reelección. Fue, esa vez, víctima de una fake news colosal: El 3 de febrero de 2016 el periodista Carlos Valverde, desde Santa Cruz de la Sierra -el epicentro de la oposición más furiosa a Morales- informa que el Presidente tuvo un hijo, al que nunca había reconocido, con Gabriela Zapata, que se presentaba como ejecutiva de una empresa china beneficiada con millonarios contratos del Estado, .
Para los valores de la sociedad boliviana, un escándalo por donde se lo mire. Luego de descubriría que ese hijo nunca existió, que la joven no era lobista de ninguna empresa y el propio comunicador debió reconocer que era una información falsa. Pero Evo perdió ese comicio por 51,3 a 48,7%.La joven cumple una condena hasta 2027 por legitimación de ganancias ilícitas, falsedad ideológica, uso de instrumento falsificado, contribuciones y ventajas ilegítimas y uso indebido de bienes y servicios públicos.
En concreto, Evo Morales fue perdiendo apoyo ante muchos sectores que lo habían sustentado desde su primer gobierno. Al deslegitimar la elección del 20 de octubre, la oposición se montó sobre un imaginario ya construido contra el presidente. Enfrentado a ese imaginario, el mejor mandatario que tuvo Bolivia en su historia -según cualquier parámetro que se utilice para medir su gestión- quedó contra las cuerdas.
Su período presidencial culminaba el 22 de enero. Había ofrecido nuevas elecciones con otro Tribunal Electoral y quizás hasta hubiese aceptado no presentarse. Pero al establishment eso no le convenía.
El viernes anterior, desde Buenos Aires, el Grupo de Puebla, la organización creada por Fernández y el chileno Marco Enríquez Ominami, celebraban como un triunfo del progresismo la liberación de Lula da Silva. Si Bolsonaro cumple el rol de antediluviano que amenaza a una Argentina de centro-izquierda, había que responder con un impulso igual y de sentido contrario al de esos líderes que esparan inclinar la balanza para el lado de los más débiles. Para aguar la fiesta.
Fue un golpe celebrado por el racismo latinoamericano y esos sectores religiosos neofascistas que acompañan tanto al presidente brasileño como al “antievismo” boliviano. Lo peor es que frente a un planteo militar como no se recordaba en la región desde los años 70, muchos periodistas y medios para los que trabajan ponen en la mesa el debate de si hubo o no un golpe de estado.
El regreso de los peores fantasmas de las dictaduras militares le sirve a estas derechas ultrareaccionarias para meter miedo. Y para decirles a los gobiernos democráticos que siguen ahí, agazapadas, pero siempre pueden volver, y peores.
En dos semanas los uruguayos eligen presidente en segunda vuelta. También allí hay una decisión crucial, entre gobiernos progresistas -aquí alternados dentro de una misma alianza- que ampliaron derechos y bienestar a la población, contra un discurso reaccionario. Aquí se puede cerrar un círculo o mantener una ventana abierta, justo ahora que parece ir despejándose el cielo del otro lado de la cordillera.
Como suele decir el ex vicepresidente boliviano Álvaro García Linera, la consigna es “luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse, hasta que se acabe la vida. Ese es nuestro destino”.
Comentarios recientes