Fue una jura con mucha simbología, desde la vestimenta, calcada de la que popularizó hace años Evo Morales. Algunas frases del primer discurso de Pedro Castillo como presidente del Perú también son ilustrativas de un cambio profundo en ese castigado país andino y presagian nuevos aires para toda la región. “La historia del Perú silenciado es también mi historia” fue una que destacaron todos los medios. Pero no son las más determinantes para lo que puede ser el regreso de tiempos virtuosos para esta parte del mundo que sueña construir una Patria Grande.
El sindicalista docente juró su mandato en la celebración de los 200 años de la independencia, lograda por un general nacido en tierras guaraníticas, José de San Martín, al frente de soldados provenientes de lo que hoy es Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay y Bolivia.
Sin embargo, el Perú no había nacido ese 28 de Julio de 1821, como resaltó Castillo. “A pesar de que conmemoramos una fecha tan simbólica, nuestra historia en este territorio viene de mucho más atrás. Somos una cuna de civilizaciones desde hace más de 5000 años. Durante 4 milenios y medio nuestros antepasados convivieron en armonía con la naturaleza”, destacó.
El flamante mandatario fue contundente, frente a jefes de estado de varios países y a Felipe VI, el Borbón rey de España, descendiente de Fernando VII: “(Hasta que) llegaron los hombres de Castilla, que lograron conquistar el estado. La derrota del incanato dio inicio a la era colonial, y fue entonces, con la fundación del virreinato, que se establecieron las castas y diferencias que hoy persisten. La represión a la justa revuelta de Túpac Amaru y Micaela Bastidas terminó que consolidar el régimen racial impuesto por el virreinato, y subordinó a los habitantes indígenas de este país”.
Lo que dijo luego era una consecuencia casi obligada. “Yo no gobernaré desde la Casa de Pizarro. Debemos romper con las ataduras de la colonización. Cederé este Palacio para el Ministerio de las Culturas, para que sea usado que muestre nuestra historia desde orígenes”, insistió, apuntando al corazón de ese Perú al que las clases dominantes tratan de enterrar en el olvido.
Porque como también recordó el flamante presidente, hasta la constitución de 1979 hubo sucesivas restricciones para que no todos los peruanos pudieran ejercer su derecho al voto. El último escollo se derrumbó ese año al contemplar que también pudieran votar los analfabetos. Se habían ido incorporando lentamente al cabo de casi un siglo las mujeres, Antes se abrió a ciudadanos mayores sin la obligación de que pagaran impuestos. Una restricción que tenía como objetivo dejar afuera de aquella “democracia” a los no propietarios. Hoy podría ser útil para dejar afuera a quienes evaden en paraísos fiscales, pero esa es otra cuestión
El triunfo de Castillo es clave para reconstruir ese proceso de integración que en la primera década y media del siglo XXI forjaron un grupo de líderes y partidos políticos del campo popular, como Hugo Chávez, Lula da Silva, Néstor Kirchner, a los que se fueron sumando Evo Morales, Fernando Lugo, el Frente Amplio uruguayo, Rafael Correa.
Desde el 2015 se oscureció ese panorama -Mauricio Macri, golpe a Dilma Rousseff, giro de 180º de Lenin Moreno, entre otros “detalles” mediante- y la Unasur fue la primera víctima de ese proceso de reconstrucción conservadora. Hasta que el golpe a Evo Morales mostró la existencia de límites que ya no se podían cruzar tan fácilmente.
En ese escenario fue clave el triunfo de Alberto Fernández y su apoyo a Morales, cuando corría peligro su vida. Ahora van saliendo a la luz las acciones injerencistas del gobierno de Macri a pocos días de dejar el cargo y tras haber sido derrotado su proyecto derechista en las urnas.
Fernández mantuvo este 28J un encuentro bilateral en Lima con Guillermo Lasso, el banquero presidente de Ecuador. No era el candidato del gobierno argentino en los comicios de abril, ciertamente. Pero la construcción se hace con todos. Como se erigió la Unasur y la Celac, de la que participaron desde Sebastián Piñera y Álvaro Uribe a Hugo Chávez o Raúl Castro.
México, con Andrés Manuel López Obrador, se incorporó a este proceso virtuoso a fines de 2018. AMLO ahora propone sustituir a la Organización de los Estados Americanos (OEA) por un organismo que sea “verdaderamente autónomo”. Algo parecido a eso que pretende ya existe, un tanto malherido, pero firme. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), creada en 2010 e integrada por 33 países y que comanda el propio AMLO. Sin Estados Unidos ni Canadá. Una institución que Fernández aspira a conducir en el próximo cambio de presidencia pro témpore, en enero próximo.
Es bueno recordar quiénes fueron los primeros en comandar la Celac: Sebastián Piñera hasta enero del 2013, cuando fue reemplazado por Castro. Morales estaba al frente cuando se produjo el golpe al que dio cauce sin dudas la OEA. Jefes de Estado de todos los países miembro se fueron sucediendo sin preguntar por ideología o posición social.
Porque esa es la historia y el futuro de los americanos. Venidos de barcos, salidos de las selvas, bajados de los Andes en el mismo rumbo.
Abogado y economista, Ernesto Samper Pizano fue el último secretario general de la UNASUR, presidente de Colombia entre 1994 y 1998 y uno de los máximos referentes del Grupo de Puebla. Descendiente de una de las familias más tradicionales de Colombia, que alumbró intelectuales y dirigentes políticos desde la época de la colonia, comparte lazos afectivos muy fuertes con Argentina junto con su hermano Daniel, autor de libros con el luthier Jorge Maronna. En una charla por Zoom a horas de la segunda vuelta en Ecuador en la que ganó el conservador Guillermo Lasso y la primera en Perú, Samper consideró que en la región «hay un virus peor que el del COVID-19: el de la polarización ideológica», que la derecha utiliza «para pescar en el río revuelto de la izquierda dividida». Y señala que las oligarquías latinoamericanas, «siguen todavía con el cordón umbilical amarrado al programa de Trump». –Se aleja la posibilidad de que la UNASUR vuelva a Quito, ¿verdad? –Desde la Casa de la Patria Grande, en Buenos Aires, estamos montando programas sectoriales como el tema de la salud y podemos sobrevivir en la medida en que vayan concretándose espacios progresistas en la región. El Grupo de Puebla ha acordado trabajar en la CELAC, que es el organismo al que están concurriendo todos los países. Es una pena que no vayamos a poder utilizar la sede de UNASUR en la Mitad del Mundo a menos de que el nuevo presidente de Ecuador decida volver a considerar a Quito como la capital de la Integración. Pero no sería una reunión de países contra Venezuela y a favor de la agenda que impulsaba Donald Trump. Así es la democracia, tenemos que aceptar los resultados y también aprender las lecciones y es que hay un virus peor que el del COVID-19 y es el de la polarización ideológica, que es el arma que está utilizando la derecha para que la gente no concurra a las elecciones a escoger entre distintas alternativas políticas sino para decidir sobre un enfrentamiento que se plantea de manera violenta con el apoyo de los poderes fácticos que han venido reemplazando en la región a los partidos políticos. –La sensación es que Donald Trump le facilitó la tarea a Joe Biden con la destrucción de organismos regionales. –No hay que tener una visión tan pesimista. Hay vientos progresistas que soplan sobre la región. La elección de López Obrador en México, Alberto Fernández en Argentina, la posibilidad de una Constitución antipinochetista en Chile, habrá un candidato de centroizquierda en la segunda vuelta de Perú. La llegada de Biden representa una bocanada de oxígeno político para la región. Hay señales de que va a desradicalizar las relaciones de Estados Unidos con América Latina. Debemos aceptar que este tipo de episodios como el de Ecuador no son retrocesos sino tropiezos que se presentan en el camino de recuperar la gobernabilidad progresista en la región. –¿Cómo cree que impactó el uso de herramientas como el lawfare y las fake news a través de las redes en el voto en Ecuador? –Es evidente que Andrés Arauz compitió en las más difíciles circunstancias. Hasta último momento se discutió la legitimidad de su candidatura y padeció acciones hostiles en materia electoral, la persecución de Rafael Correa, la intervención desvergonzada del fiscal colombiano en los asuntos internos de Ecuador para tratar de vincularlo con el narcotráfico y el terrorismo en Colombia. No fue propiamente una campaña limpia. Estuvo llena de obstáculos, llena de sobresaltos, de zancadillas, esto nos debe llevar a reflexionar a los sectores progresistas sobre cuál es el sistema democrático en el que nos estamos moviendo. Las guerras jurídicas que ocurren en Argentina o Brasil muestran que hay enemigos poderosos que debemos enfrentar en esas condiciones, con los fiscales convertidos en actores políticos. –Los medios de comunicación concentrados también son enemigos poderosos. –A esto llamaba poderes fácticos, que son nuevos actores políticos que hacen política sin responsabilidad política, dentro de los cuales están los grupos económicos, los grupos comunicacionales, las ONG internacionales, los jueces y fiscales convertidos en protagonistas mediáticos y hasta las agencias calificadoras de riesgo. Si no abrimos los ojos a estas dificultades vamos a tener lo que se vivió en Ecuador: un enfrentamiento de una derecha polarizada apoyada por estos poderes fácticos y una izquierda dividida y fragmentada, huérfana de cualquier acceso mediático y defendiéndose como gato panza arriba en las redes sociales. –En lo personal usted ha sufrido este tipo de situaciones y ahora aparece convocado a declarar en relación con el asesinato del dirigente político Álvaro Gómez Hurtado en 1995. –Esto forma parte del folclore nacional. En Colombia también hay un Gobierno de derecha y un fiscal de derecha y hay unos organismos oficiales que están detrás de los mismos intereses. En Colombia las causas contra los expresidentes no se tramitan en la Justicia ordinaria. Se hacen a través de las comisiones de acusación del Congreso y ese es el escenario por el que debo responder por todos mis actos de gobierno. No he sido convocado ni siquiera en condición de investigado. Simplemente es un tema que produce efecto mediático como para que aparezca la inquietud de si voy a algo a lo que no tengo que ir.
(Horacio Paone)
–Hablando de Colombia, la situación sobre los acuerdos de paz parece bastante dramática: siguen asesinando militantes y dirigentes. –Digamos que el vaso de los acuerdos de paz esta a medio llenar. La parte que está llena es la de que se desmovilizaron 12.000 combatientes. También que se creó una Justicia para la paz donde hay una comisión de la verdad, una jurisdicción de paz, una búsqueda de personas desaparecidas. A pesar de todos los intentos de este Gobierno (el de Iván Duque) por derribarlo, por quitarle recursos y posibilidades de acción y gracias al respaldo de la comunidad internacional, este acuerdo sigue funcionando. La parte que está vacía del vaso es que el Gobierno no ha puesto ningún interés en la protección de los sectores que deberían estar beneficiados por los acuerdos: no ha hecho una entrega de tierras, no ha reparado adecuadamente a las víctimas y está destruyendo los cultivos ilícitos de manu militari cuando lo que se convino en La Habana es que deberían ser sustituidos a través de un proceso voluntario. Todo esto sumado a la presencia del narcotráfico en algunas regiones. Tenemos la sensación de que el vaso está más desocupándose que llenándose. Es preocupante porque nos queda un año de un Gobierno que no cree en la paz, no cree en los acuerdos, y no está dispuesto a hacer nada para dar el paso de reactivar las conversaciones con el ELN, que en este momento está sentado a la mesa en La Habana esperando a que llegue alguien a negociar. –La situación sanitaria en la región es preocupante y eso también hace lamentar la parálisis de la integración latinoamericana. –Tenemos el 8% o el 9% de la población mundial, el 30% de los contagios y el 28% de las muertes. Hay casos atípicos como Brasil, que ha tenido un manejo desafortunado de la pandemia, como lo tuvo Trump. En términos generales podríamos decir que estamos pagando el costo de haber privatizado la salud en muchos países, de haber abandonado los programas epidemiológicos que se habían conseguido a través de mecanismos como el Instituto de Salud de UNASUR, y la presencia de un sector informal que supera el 50% de personas para las cuales medidas como el aislamiento no las aísla solo del virus sino de la comida, del trabajo y de la vida misma. Esa es una diferencia con lo que ocurre en Europa. Allí hay sectores formales, subsidios, canales que no los tenemos. Registramos estos niveles de contagios porque la gente esta saliendo para comer. Para sobrevivir. –¿No cree que la dirigencia europea muestra mayor interés en el cuidado de sus habitantes, que las oligarquías locales que se inclinan más por salidas a lo Bolsonaro? –Es que en muchas partes estas oligarquías ya se vacunaron en EE.UU. y eso establece un contraste con lo que está pasando en la región. Pero a mí me parece que Europa ha sido una de las regiones más desafortunadas en el manejo de la pandemia. Cada país se ha comportado con un nacionalismo sanitario que va en contra de todas las declaraciones políticas de unidad europea. Alemania cerrando totalmente sus fronteras, quitando el acceso a respiradores a cualquier país, las decisiones de prohibir la exportación de vacunas, la falta de capacidad de países como Francia e Italia para iniciar un proceso de vacunación masiva, han probado la incapacidad total de Bruselas de poner en marcha una solución a la más grave crisis que haya tenido la integración europea en muchos años. Aunque aquí tampoco hemos sido capaces de poner en marcha mecanismos conjuntos, existen por lo menos unas bases de solidaridad que se están haciendo presentes en muchos países. Si nosotros hubiéramos logrado, como hemos pedido en el Grupo de Puebla, que las vacunas se convirtieran en bienes universales –es decir, de libre acceso a costos aceptables o a la concesión de licencias obligatorias para poder clonar las vacunas– no estaríamos en la situación en que hoy día estamos. En Colombia se están planteando reformas tributarias con las cuales los contribuyentes van a ser las víctimas de la pandemia. Van a ser los pensionados, los asalariados, los desempleados los que van a tener que pagar más impuestos dentro de este concepto neoliberal de que lo que hay que hacer es quitarle impuestos a los de arriba para que generen más empleo. –Joe Biden y su secretaria del Tesoro, Janet Yellen, anunciaron planes que hacen hincapié en lo contrario, en que la rebaja de impuestos en verdad no ha generado puestos de trabajo. –Exacto. Y a mí me llama la atención que las oligarquías latinoamericanas, que están siempre tan dispuestas a imitar lo que haga el presidente de EE.UU., en este caso no lo están siguiendo. Y no lo hacen porque tienen una concepción de derecha que va más allá de sus afectos por el señor Biden. Siguen todavía con el cordón umbilical amarrado al programa de Trump. Hay dos maneras de salir de esto: reduciendo gasto social y el déficit fiscal, que es la vía neoliberal que ha fracasado, o imitar el modelo de Keynes en los años 30 cuando puso dinero en el bolsillo de los consumidores para que a través del aumento de la demanda se pudiera reactivar la economía. Es la única forma sensata de hacerlo. Que eso implique que haya que buscar otras fuentes de financiación sí, pero no puede ser lo único ponerle un impuesto a la clase media para sacar a un país de la crisis. Nosotros seguimos encasquetados en el modelo neoliberal y eso es lo que nos va a reventar realmente.
«El mío fue un gobierno social»
–Usted forma parte de una de las familias más tradicionales de Colombia, sin embargo tiene una visión del mundo diametralmente opuesta a la de la oligarquía. –No hay que confundir oligarquía con aristocracia. Nosotros somos más aristócratas que oligarcas. No nos distinguen por grandes cantidades de dinero o patrimonio sino por tareas que hemos venido cumpliendo en favor de la sociedad. Yo podría decir que mi cercanía a esas oligarquías desde mi condición aristocrática me ha permitido conocer las entrañas del monstruo. Y precisamente si algunas dificultades he tenido con las oligarquías de Colombia y de Estados Unidos es que pensaban que yo era una especie de oveja negra en el rebaño de los oligarcas blancos. Por eso soy atípico en ese sentido y lo son los de mi familia que han estado trabajando… Mi abuelo que formó una biblioteca, mi hermano que no solamente es admirado en Argentina, sino que uno de sus sueños era haber nacido en Argentina. Porque es un fanático del fútbol, de Les Luthiers, de la carne. Yo creo que una de sus grandes tragedias es no haber nacido argentino. Ahí estamos y así se explica por qué sabemos dónde hay que aplicar el dedo en la llaga. –¿Qué tipo de padecimientos sufrió por ser oveja negra? –Obviamente la incomprensión de los poderes oligárquicos colombianos, que han llegado a armar una conspiración para tumbar a mi gobierno, que ha sido quizás el último gobierno social que ha existido en Colombia. No lo digo yo, lo dicen las cifras. Llevamos la salud de 8 millones a 23 millones de personas que hoy día se están beneficiando de esos canales para salir de la pandemia. Eso ha implicado una reorientación del gasto público y una diferencia con EE.UU. que se mantuvo hasta el final de mi gobierno. El mío no fue muy complaciente con EE.UU., fue un gobierno social, soberano e independiente y eso es algo que cuesta en América Latina. –Lo llamativo es cómo hizo para llegar a la presidencia, siendo que a los progresistas les cuesta todo mucho más. –Hubo una coyuntura histórica. El Partido Liberal que yo integraba, era más un partido socialista que un partido liberal en términos europeos, con una larga tradición histórica y alimentado por realizaciones de movimientos sociales, reformas agrarias, sindicatos. Era una especie de peronismo a la colombiana. Ese sentimiento se expresó durante muchos gobiernos liberales. Yo creo que fui el último presidente de ese peronismo colombiano de mitad del siglo. Después llego Álvaro Uribe y todo voló como en átomos y hoy día tenemos una gran fragmentación y eso es lo que aprovecha la derecha para pescar en el río revuelto de la izquierda dividida.
Entre las urnas y la dinamita. Las imágenes de aquella Bolivia de principios de siglo, cuando enardecidos trabajadores marchaban en reclamo de sus derechos tras la política de despojo de los sucesivos gobiernos de derecha, parecían un mal recuerdo hasta hace un año. Todavía algún memorioso se tope en algún pliegue de su memoria con la escena de aquel minero que cargado de cartuchos de TNT se inmoló frente al Palacio del Quemado en protesta porque le habían quitado la jubilación.
Tras aquella larga noche neoliberal en la que hasta los recursos del agua habían pasado a ser una mercancía más, vino un largo día protagonizado por los movimientos sociales y las comunidades indígenas, que fueron construyendo un Estado Plurinacional del que podrían aprender muchos países que son conglomerados de nacionalidades y no encuentran el modo de armonizar las diferencias. Los bolivianos también fueron construyendo un Estado más justo y con mejores oportunidades para todos.
No fue casual que ese proceso virtuoso coincidiera con la aparición de gobiernos progresistas en la región. Hasta tal punto lo es que difícilmente Evo Morales hubiera podido resistir las pujas secesionistas de la oligarquía de la rica Media Luna de Oriente en 2008 si no fuera por la existencia de la Unasur, que prontamente salió en defensa de la democracia.
Para la estrategia de la Casa Blanca, ningún gobierno que intente correrse de los dictados del Departamento de Estado puede respirar tranquilo. Así, siendo secretaria de Estado Hillary Clinton, se desarrolló el golpe contra Manuel Zelaya, en junio de 2009 en Honduras.
Hace algunos días se cumplieron diez años del intento de golpe policial contra el gobierno de Rafael Correa, en Ecuador. También allí la Unasur fue clave para evitar un golpe que amenazaba con ser sangriento. Pero nada pudo hacer para evitar la caída del presidente paraguayo Fernando Lugo, en 2012. Desde entonces, una sucesión de movidas destituyentes y el triunfo de candidatos conservadores fueron diezmando la institucionalidad regional. Esto sin olvidar el peso que tuvo para ese modelo de integración la muerte en 2013 de Hugo Chávez, el que la tuvo más clara desde que asumió el gobierno, allá por 1999.
El golpe contra Dilma Rousseff en 2016 no podría haberse producido sin el triunfo de Mauricio Macri en Argentina. Pero para redondear el giro pro estadounidense era necesario en Brasil sacar del medio a Lula, mediante una operación judicial que se deshilacha porque como todo esquema de lawfare, se caracteriza por la flojedad de papeles.
La traición de Lenin Moreno en Ecuador fue otro modo de torcer el rumbo latinoamericanista. Correa padece la misma ofensiva judicial que Lula, que Cristina Fernández, que la dirigencia del Mas de Bolivia. Por si con esto no alcanzaba, necesitaban asfixiar a la Unasur y a todo vestigio de integración horizontal entre los países del sur del Río Bravo.
En Argentina, hace un año, volvió al poder una coalición que va contra esa corriente derechista. Una semana antes del comicio nacional, en Bolivia el binomio Morales-García Linera ganaba en primera vuelta una nueva reelección.
La alianza entre Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador, el mandatario mexicano, tenía un asociado natural en Evo con quien podían reconstruirse las aspiraciones de soberanía regional.
Voltear a Morales antes del 10 de diciembre pasado era un imperativo categórico para los planes estadounidenses. Para rodear a la Argentina de Fernández-Fernández desde el primer día.
Este domingo en Bolivia se juega no solo el futuro de los bolivianos, sino el de América Latina. Eso lo saben muy bien en Washington y lo saben todos los mandatarios entregados a la Casa Blanca, comenzando por Luis Almagro. De allí los temores y desconfianzas sobre lo que pueda ocurrir De allí los temores y desconfianzas sobre lo que pueda ocurrir.
«Unasur no era sólo un mecanismo, era un espíritu de integración», afirma Ernesto Samper, expresidente colombiano y el último secretario general de esa organización regional. «Ahí donde había problemas como la amenaza a la continuidad democrática que ocurre hoy en Bolivia; ahí donde había estallidos sociales como los de Chile, que requirieran medidas incluyentes; ahí estaba Unasur», repite.
Samper -hermano de Daniel, periodista y autor de libros de humor junto con Jorge Maronna, uno de los miembros de Les Luthiers– es abogado y economista, fue presidente entre 1994 y 1998, padeció lo que ahora se conoce como lawfare y define el rol que cumplen en su país los exmandatarios como el de «esas señoras gordas que ponían en las fiestas de quinceañeras para cuidar a las niñas. Todo el mundo las saludaba con mucho respeto pero nadie las sacaba a bailar». Tal vez ahí esté su explicación para haberse involucrado en la Unasur, que dirigió entre 2014 y 2017. Se fue cuando no hubo acuerdo para elegirle un sucesor.
–¿Qué agenda hubiera tenido Unasur hoy?
–Unasur fue clave en Bolivia en ese brote secesionista en 2009 en Santa Cruz de la Sierra. La intervención de la presidenta Michelle Bachelet y la respuesta muy rápida de todos los presidentes de la región fueron clave. Lo mismo ocurrió cuando el intento de golpe a (Hugo) Chávez en Venezuela, o el intento de golpe policial a (Rafael) Correa en Ecuador. En este momento se está viendo la ausencia de un mecanismo regional y vemos con mucha preocupación lo que pasa en Bolivia. La OEA no jugó allí un papel constructivo: primero avaló los resultados, luego señaló irregularidades. De alguna manera enturbió el ambiente. La Unasur hoy podría resolver esa crisis.
–¿Qué llevó a esta situación actual?
–Ideologizaron la relación dentro de Unasur. Mientras fui secretario general nunca hubo confrontación de tipo ideológico al interior de la organización. Había una norma que obligaba al consenso, que podía generar dificultades para avanzar pero tenía el mérito de que debían estar todos de acuerdo para tomar decisiones fundamentales. Cuando estos gobiernos de derecha tuvieron una mayoría llevaron el tema de Venezuela a Unasur en términos ideológicos y no políticos. Esto precipitó la crisis. Ideologizaron tanto que terminaron armando una especie de sindicato de gobiernos de derecha, Prosur, que es más bien Pronorte.
–¿Cómo actuaría hoy la Unasur en Venezuela?
–Nosotros hicimos un gran esfuerzo durante dos o tres años para institucionalizar el diálogo en Venezuela. Creo que fue la etapa en que se produjeron los mayores resultados. En noviembre de 2016 habíamos logrado con un delegado del Papa acordar reformas al Consejo Nacional Electoral, que era un reclamo válido de la oposición; se implementaron cuestiones relacionadas con la unificación cambiaria; sobre una Comisión de la Verdad que yo mismo instalé. Nunca habíamos llegado tan lejos, pero se hizo muy difícil implementar esos acuerdos por parte del gobierno y de la oposición. Y cuando se lanzó la Asamblea Constituyente yo marqué distancias porque consideré que estábamos trabajando en mecanismos extraconstitucionales. Pero sigo siendo un firme convencido de que la única salida debe ser pacífica y democrática.
–Desde entonces la sensación es que más que crisis hubo un vaciamiento de Unasur.
–Hubo responsabilidad de muchos países. Hubo resistencia de gobiernos progresistas a que se designara un sucesor mío que no fuera de sus simpatías. Lo que hay es un choque entre dos visiones sobre lo que es la integración. Para muchos de estos gobiernos la integración son solamente acuerdos de libre comercio y un relacionamiento económico: inversión, comercio, algo de propiedad intelectual y punto. Para nosotros la integración tiene que ver con infraestructura, conectividad, programas conjuntos. Es un concepto mucho más complejo. Unasur tenía que ver con la preservación de la región como una zona de paz que llevó a la creación del Consejo Suramericano de Defensa, que cumplió un rol muy importante como el de las bases militares entre Colombia y Venezuela. Hacia adentro había 23 grupos entre consejos sectoriales y de temas especiales en los que se concertaban agendas en temas de salud, educación. Era un modelo bastante parecido al de la Unión Europea, que lamentablemente se abandonó.
–Llama la atención con qué facilidad se lo pudo hacer.
–Con el tiempo, los países que precipitaron su salida de Unasur se han encontrado con que en términos formales no era tan sencillo, porque había un tratado constitutivo con la firma del Ejecutivo y la ratificación del Congreso. El retiro debería tener los mismos trámites y eso no ha ocurrido en Argentina, Brasil, Chile. También había programas en marcha que resultó costoso abandonar. Como el permiso temporal de trabajo que permite a cualquier ciudadano sudamericano trabajar en otro país de la región. Más de 3 millones están con ese permiso temporal, que quedó en el limbo. Otro caso: el Instituto de Salud de Unasur, que estaba en Río de Janeiro, contrataba las vacunas consolidando la oferta. Fue liquidado. La gente de derecha es muy rápida y efectiva en destruir y poco eficaz en construir. No descarto la posibilidad de que cuando asuma el presidente Fernández se reviva un canal para mantener el espíritu y los programas básicos de Unasur.
–En Ecuador, al edificio ya se le dio otro destino, sacaron la estatua de Néstor Kirchner…
–La estatua está bien protegida, se lo puedo asegurar. Está a buen resguardo.
–¿Dónde está?
–Es un secreto de Estado (ríe). Fue oportunamente desmontada por los equipos que trabajaron conmigo en Unasur.
–En algún momento habrá que preguntarle entonces dónde está para volver a colocarla.
«Tal vez Néstor Kirchner quisiera volver a Argentina a partir del 10 de diciembre», culmina, con una mirada cómplice.
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