En una guerra siempre pierden los mismos: la población de los países donde se combate y quienes pelean en los campos de batalla. También se sabe quiénes ganan, inevitablemente. Fabricantes de armas, acaparadores, especuladores, productores de energía. En la “Batalla de Ucrania”, también hay ganadores y perdedores en la política internacional.
Estados Unidos, Joe Biden y la OTAN se anotan un poroto. Luego del manejo errático e injurioso de Donald Trump y de una estampida para huir de Afganistán, los tres habían quedado muy golpeados. En pocas semanas, la Casa Blanca logra ordenar nuevamente a Europa detrás de la organización atlántica, y él se posiciona en el frente interno.
Venía golpeado por el bloqueo de la oposición republicana a cada una de sus propuestas y perdiendo popularidad día a día. Para colmo, el imperio está en decadencia. Quizás, como dice algún historiador, la caída de la Unión Soviética castigó más a EE UU, que a duras penas puede mantener su cohesión interna, como se vio con Trump en el poder. En el 2001, esa unidad nacional perdida al disolverse la Guerra Fría se recompuso con la Guerra al Terrorismo de George W. Bush. Ahora necesitaba un enemigo y Vladimir Putin es ideal.
Lo venían construyendo desde la administración Obama, con una ideóloga que ahora volvió a cargos clave en la Secretaría de Estado, Victoria Nuland, la promotora del golpe de 2014 en Ucrania. Beligerante, encabeza los sectores más antirrusos dentro del “estado profundo” y es esposa de un teórico del Imperio, Robert Kagan, impulsor del Proyecto del Nuevo Siglo Estadounidense. Junto a Hillary Clinton, forman parte de lo que algún analista bautizó cáusticamente de Excepcionalistán, ese país extraordinario elegido por Dios para conducir a la civilización en el camino del Bien.
Dentro de la alianza occidental, Boris Johnson sacó del eje de debate a las críticas por las fiestas clandestinas durante lo peor de la pandemia, y encabeza el sueño de regreso imperial que se aloja en el alma británica. El Bréxit fue el primer paso para “sacarse el lastre” de la UE. El segundo fue la alianza militar con Australia y EE UU en el AUKUS, un club anglosajón exclusivo para el control de la región Indo Pacífico, la puerta del mundo hoy día.
La OTAN, nacida como una entente defensiva contra la URSS, se proponía –otra broma- tener “a los rusos afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”. Ahora vuelve a tener algo que justifica su presupuesto. Si Trump, a lo bruto, pretendió que los europeos aportaran más dinero para su propia defensa, sin éxito, ahora ya todos se ven dispuestos a abrir el bolsillo para enfrentar al oso ruso.
Curiosamente, también Trump pretendía clausurar el Nord Stream 2 para impedir que Alemania se provea de gas ruso y venderle el combustible de fracking estadounidense. El deseo de Trump lo consigue Biden.
Putin, por su lado, también tiene una parte de éxito, siempre y cuando consiga no empantanarse en Ucrania y revolver el entuerto sin mayor derramamiento de sangre. Demostró que no le tiembla la pera para desenfundar las armas de ser necesario y puso a Rusia otra vez arriba del ring.
También gana China, que luego del acuerdo de «amistad sin límites» con Rusia a principios de mes, ahora aparece como moderador en una crisis que le pega cerca.
Las cifras son alarmantes: en lo que va del año los incendios forestales devastaron cerca de un millón de hectáreas en todo el país. Este dato dramático incluye las 800.000 que el fuego ya arrasó en Corrientes y otras 180.000 de 13 provincias. El fenómeno, según los especialistas, es atribuible al cambio climático, sin embargo, más del 90% de los incendios, de acuerdo con un estudio de la organización internacional World Wildlife Found (Fondo Mundial para la Vida Silvestre, WWF), son provocados por el hombre. A través de torpezas y descuidos o voluntariamente para el aprovechamiento de las tierras o incluso renovar pasturas, una práctica muy común en ciertas regiones. Es así que el Ministerio Público Fiscal correntino inició más de 70 causas por denuncias de incendios provocados. Como sea, todo parece indicar que salvo las mínimas intervenciones de la naturaleza a través de sus ciclos normales (La Niña en este caso) o la caída de algún rayo, para el resto de los incendios la mano del hombre no es inocente. En torno de la crisis correntina, concretamente, el debate político y mediático se centró más en quién es responsable de una situación por momentos totalmente fuera de control. De tal manera que, en la Cámara de Senadores, el ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable Juan Cabandié debió responder más sobre el viaje a Barbados con el presidente Alberto Fernández mientras el fuego comenzaba a avanzar. Desde el oficialismo nacional, veladamente daban cuenta, por su lado, de dónde vacacionaba el gobernador radical Gustavo Valdés cuando se desataba la tragedia. Como suele ocurrir, tampoco faltaron acusaciones de que el Gobierno nacional no acudió con rapidez para colaborar con el provincial. Mientras tanto, en el fondo de la escena, brigadistas de todo el país y hasta de Bolivia trataban de controlar los focos ígneos de manera desesperada y a riesgo de su propia vida. Para colmar el vaso, el debate saltó a los medios en modo de crítica al rol del Estado en circunstancias como esta. La colecta de un «influencer», Santiago Maratea, para los damnificados se sumó a los aportes solidarios de muchos ciudadanos y a donaciones de entidades rurales de todo el país. Para los medios que hegemonizan el discurso neoliberal, la respuesta individual superó a la supuesta desidia estatal. El tema de fondo sería, sin embargo, por qué ocurren los incendios que se vienen sucediendo desde hace algunos años y cómo se les puede poner freno. En un escenario de imputaciones cruzadas, lo que queda como corolario es que poco y nada se hace por determinar las causas y poner en marcha respuestas adecuadas. En octubre pasado, un documento de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) y la Sociedad Rural Argentina (SRA) advirtió que no compartían la posición del Gobierno argentino en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP 26) que se desarrolló en Glasgow. «Nos ocupa y preocupa que las propuestas de técnicos y funcionarios nacionales solo sean restringir actividades, reducir el stock ganadero, limitar el cambio de uso del suelo, sin mostrar los fundamentos que llevan a estos cálculos», escribieron.
Contradicciones El 11 de febrero pasado, la Comisión de Enlace de Entidades Agropecuarias (CEEA) manifestó su «preocupación ante la catastrófica situación que viven los productores en las provincias del litoral argentino como consecuencia de los fenómenos climáticos que azotan la región» y reconoció que «las alteraciones producidas por el cambio climático no son un fenómeno eventual, por lo que se sabe que no alcanza con las declaraciones de emergencia». En un documento reclamaron a autoridades nacionales y provinciales «que pongan a disposición de los productores herramientas modernas para combatir estos flagelos y un eficiente apoyo financiero e impositivo para recuperar el capital de trabajo que permita reencauzar la actividad productiva». Diez días más tarde, la Sociedad Rural Argentina, una de las organizaciones firmantes del pedido de auxilio estatal, presentó un recurso de amparo ante la Justicia federal de Córdoba para que «cese el cobro de retenciones» a la exportación de productos agropecuarios por entender que como no se aprobó la Ley de Presupuesto 2022 ese impuesto no tiene sustento legal. Otra contradicción entre el discurso y los hechos surge del desastre que se registra en los Esteros del Iberá, el humedal más grande del país y uno de los más importantes del planeta. Las imágenes de especies nativas huyendo del fuego resultan escalofriantes. «Son la última muestra en América del Sur de pastizales subtropicales en buen estado de conservación en grandes extensiones», resumió en un comunicado la Fundación Rewilding Argentina. «Además de los múltiples beneficios ecosistémicos y económicos que aportan, son el lugar ideal para reintroducir especies extintas localmente», concluye la ONG. Pero este año volvió a caer –por tercera vez– el proyecto de Ley de Humedales, destinada a la protección de esos recursos. El Senado de Corrientes había rechazado la sanción ya en 2020 «por las implicancias negativas que esos proyectos deparan hacia el sistema productivo» y la Coordinadora de Entidades Productivas de Corrientes indicó entonces que «no existen evidencias objetivas que demuestren algún daño provisorio o irreparable sobre los humedales de Corrientes a pesar de convivir con actividades productivas y culturales desde hace más de 300 años. (…) Por lo cual es inoportuno, inconveniente e innecesario aprobar algún proyecto de ley con tales características». Otra cámara empresaria, la Federación Argentina de la Industria de la Madera y Afines (FAIMA), reclamó en este contexto «un nuevo abordaje al drama de la sequía, los incendios forestales y el impacto del cambio climático en un sector que genera 100.000 empleos» en todo el país y que exporta por valor de unos 700 millones de dólares. La otra cara de este reclamo viene por parte de Irene Wais, bióloga por la UBA y ecóloga por la Universidad de Oregon, Estados Unidos, y la UNAM de México, además de docente en la Universidad del Salvador. En un artículo para Perfil, Wais señala que reemplazar ecosistemas naturales por especies arbóreas exóticas como el pino y el eucalipto provenientes de EE.UU., Canadá y Australia, todas ellas resinosas –con su alta y persistente combustibilidad– y con una demanda de agua importante por su rápido crecimiento, «deja una huella hídrica enorme en el área donde se implantan». Wais muestra una postal del drama que el país vive desde hace varios años pero ahora estalla en Corrientes. «La provincia de más agua de la Argentina, la de los esteros por excelencia, cubierta por llamas, humo y cenizas. Y no solo en los humedales secos, también en las riberas de los arroyos y ríos, en los bosques, en las selvas ribereñas en galería e, incluso, en los amenazados campos sembrados y malezales».
La escalada bélica en Ucrania fue condenada con distintos tonos por los Gobiernos latinoamericanos. La Cancillería argentina rechazó el uso de la fuerza y destacó que no apoya ninguna guerra «empezada por ningún país», al tiempo que reiteró la necesidad de ceñirse a «los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas» para resolver los conflictos. El vicepresidente brasileño, Antônio Hamilton Mourão, fue más enfático al señalar que Brasil dejó muy claro que respeta la soberanía de Ucrania, así que Brasil no está de acuerdo con la invasión del territorio ucraniano». Los mandatarios de ambos países, Alberto Fernández y Jair Bolsonaro, fueron los últimos latinoamericanos en reunirse con Vladimir Putin en Moscú antes de los ataques ordenados sobre objetivos ucranianos. Y por ello recibieron fuertes críticas aunque con contenido dispar. Mientras que a Alberto Fernández los medios y la oposición le endilgaban su acercamiento a Rusia y a China en el contexto de negociaciones por la deuda con el FMI; a Bolsonaro le cuestionaban que había declarado a Brasil como un gran amigo de Rusia.
La primera pregunta a Telma Luzzani sobre Crónicas del fin de una era en realidad es un comentario. “Sorprende la actualidad que conservan los textos y cómo ayuda a entender lo que está sucediendo en esa parte del mundo. Como que el tiempo se detuvo hace 30 años y el conflicto Bielorrusia, Ucrania, Rusia sigue en el mismo lugar”. Crónicas… recopila el material publicado en la cobertura realizada sobre el terreno de los últimos estertores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que hace justo tres décadas iniciaba su última semana de existencia al cabo de 70 años del primer Estado socialista en la historia. Son escritos que mantienen el clima de la época pero tamizado por el paso del tiempo, que permitió decantar los hechos de otra manera.
-Dos cosas me pasaron cuando releí las crónicas después de 30 años. Por un lado, el tema Ucrania y Rusia. Estaba todo ya en germen, se veía. Hay una anécdota de un coronel, que es el que va a organizar el nuevo ejército ucraniano. El tipo es ruso. Le pregunto entonces cómo si es ruso puede jurar fidelidad a otro país. Nosotros no concebimos a un militar argentino que jure por la bandera de Bolivia.
-A lo mejor en 1810, sí.
-Era eso, estaba naciendo el proceso de separación. Y otro tema que me sorprendió fue cómo se estaba sembrando y penetrando el discurso neoliberal. Porque uno podía pensar que llegaba a un país que dejaba de ser soviético y que no había tenido un contacto con el neoliberalismo. Y sin embargo, ya la gente común repetía lo que decía el ministro de Economía de ese momento. Y era la receta que yo escuchaba acá con Carlos Menem.
-El libro tiene un ritmo y una tensión que atrapa. ¿Tuviste que cortar mucho?
-Corté porque había referencias muy puntuales a personajes que ya no los conoce nadie. Y también me parecía que llenar de apellidos que en aquel momento eran importantes y dejaron de serlo no aportaba nada. Incluí mucho más la primera persona, cosa que en las crónicas no somos muy afectos. Pero me pareció que tenía también que transmitir lo que me pasaba. Por ejemplo el cansancio, que tenía que ver con el frío. O lo que me pasaba cuando entendía el sufrimiento de lo que esa gente estaba encarando con una fortaleza impresionante. Me parecía que tenía que aparecer aunque sea moderadamente lo que me estaba pasando.
-¿Había dificultad para conseguir hablar con le gente?
-La verdad que no. Era un momento de verdadera apertura y no había dificultad ninguna. Por supuesto que con muy altos cargos como (Boris) Yeltsin no, pero ministros sí, en las conferencias de prensa se prestaban para responder mientras iban pasando.
-¿Los medios argentinos leían lo que ocurría en clave de política nacional?
-Creo que no, creo que era algo que se presentía que iba a cambiar el mundo. Y era un momento en el que estábamos con la convertibilidad y había una posibilidad de viajar.
-¿Se sabía que la disolución de la URSS estaba por ocurrir?
-No se sabía el día exacto, se sabía que podía ocurrir en cualquier momento. Creo que incluso estaba la fecha en que se anunciaba que iba a hablar (Mijail) Gorbachov.
-Una cosa que siempre llama la atención cuando se habla con gente que vivió aquella época es la sorpresa y hasta la angustia por la disolución de la URSS. Parecía algo imposible, como si se viera la desaparición del Vaticano.
-Sí, sí, yo creo que esa sensación había en la población soviética. Si bien la mayoría deseaba un cambio, aunque no uno como ese que sucedió después. Pero en aquel momento no se sabía cuán duro iba a ser. Y creo que había una parte, como ocurre con los seres humanos, muy negadora. Yo les decía “miren que yo vengo de un país capitalista y no es todo como parece”. Ellos se visualizaban como Alemania, como EE UU. Probablemente, tenían razón por ser una potencia, no se referenciaban como un país de América Latina. Pero los cambios iban a ser en la vida cotidiana, iban a ser enormes. Al principio no lo veían, salvo algunos funcionarios o académicos que decían que primero debían hacer otros cambios antes de emprender reformas tan drásticas. Ahí jugaron los intereses políticos de Yeltsin, que se quería sacar a Gorbachov de encima y jugó a full sin pensar en las consecuencias. Y una dosis importante de ingenuidad. De pensar que EE UU iba a ser amigo, porque eran todos del Consejo de Seguridad de la ONU, “somos todos hermanos”, y además, recibieron promesas de que la Otan iba a respetar los límites y no iba a avanzar como lo hizo desde entonces.
-¿La llegada de Putin al gobierno de Yeltsin fue una manera de poner un orden a todo ese caos?
-Yeltsin venía de varios derrapes. A veces llegaba el avión presidencial a un aeropuerto y no bajaba porque estaba con copas de más, había tenido problemas graves en el corazón, había casos de corrupción vinculados con su familia, con sus hijas. La situación ya no daba para más. Eso no se decía oficialmente, pero ya no se podía ocultar el tema del alcoholismo. Putin asume el 31 de diciembre de 1999 y en marzo de 2000 hubo elecciones que ganó ampliamente. Y ahí empezó esta nueva etapa de Rusia, que se recuperó tal vez no económicamente pero que recuperó su voz internacional.
-¿Como se te ocurrió publicar las crónicas?
-Tiene que ver con cuestiones personales, porque trabajé menos, no hice radio todos los días como antes. Sabía que se cumplían los 30 años y esa es una cifra que a los periodistas nos atrae mucho. La idea no es nueva, desde que volví de aquel hecho histórico tenía la idea de recopilar el material. Al principio me pareció que no había pasado el tiempo suficiente, que no había corrido suficiente agua debajo del puente. En aquel tiempo se decía que el capitalismo había triunfado para siempre, había ciertas consignas o ideas instaladas que a mí no me convencían y sentía que tenía que pasar un poco más de tiempo para que decantara y ver realmente lo que significa. Después, por una cosa o por la otra fue pasando el tiempo, y ahora se dieron todos los elementos para poder hacerlo. Porque tuve que digitalizar todo y tuve que hacer un trabajo que solo con tiempo podés hacerlo.
–Para los más grandes el tema es muy significativo, ¿pensás que les puede interesar a los más jóvenes, que ven a la URSS como algo ajeno a su realidad?
-Es la gran pregunta. Ojalá los jóvenes lo leyeran, pero no sé si será de interés para una generación más joven. Pero creo, sí, que el mundo de hoy tiene que ver con aquel momento. Lo de Ucrania y en general cómo se ve hoy la decadencia del liderazgo de EE UU. Y uno dice, tal vez ese contrapeso que tenía con la URSS lo mantenía vital, mantenía ese Estado de bienestar que desapareció.
-Para Lula, la caída de la URSS fue una desgracia para la clase trabajadora de Occidente, que vivía mucho mejor incluso que los propios soviéticos.
-Pienso muchas veces en pueblos como el cubano o el ruso, que hicieron su sacrificio pero nosotros nos beneficiamos de ese sacrificio. Porque, por ejemplo, los cubanos han padecido heroicamente ese acoso norteamericano y sin embargo nosotros al principio del siglo XXI tuvimos a Chávez, a Lula, a los Kirchner, y eso no hubiera sido posible si no existía Cuba. «
Los secretos de la KGB
Para Telma Luzzani, gran parte de los últimos dirigentes soviéticos pecaron de ingenuidad en creer que Occidente iba ser amigable con la potencia que se disolvía. Y aporta una crónica del 25 de enero de 1992, cuando el embajador de EE UU en Moscú, Robert Schwartz Strauss, reveló una sorprendente entrevista con el flamante director de la KGB, la agencia de espionaje de la URSS. Según él, Vadim Viktorovich Bakatin lo llamó a su despacho en el edificio Lubianka: “Hay algo que quiero contarle (…) Estos son los planos que revelan cómo su embajada era espiada por nosotros y estos -abriendo un maletín- son los instrumentos que usamos. Quiero entregárselas a su gobierno”.
Luzzani entrevistó al vocero del entonces vice. “El edificio (de la embajada) no tiene un solo micrófono, pero cada uno de los materiales usados en su construcción servía de antena”. Un genio de la ingeniería, Viacheslav Astashin, había desarrollado un sistema para que “los procesos naturales se convirtieran en energía de alimentación, vibración, circulación dentro de las paredes”. En los bloques de hormigón había pequeños puntos negros del tamaño de una cabeza de alfiler que eran un sistema general de escucha.
Ni el Superagente 86 había llegado tan lejos, y fueron secretos entregados a cambio de nada. Según como se mire, una traición o un golpe de inocencia inaceptable…
El último año de una utopía
*El 15 de marzo de 1990 el secretario general del PCUS, Mijail Gorbachov, es elegido presidente y propone enfrentar la crisis política que envuelve a la URSS con la firma de un Nuevo Tratado de la Unión.
*El 17 se lleva a cabo un referéndum en el que el 70% de la población acepta mantenerse con el respeto de su soberanía dentro de una renovada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que había nacido en 1922.
*En junio, se aprueba la Soberanía Estatal de Rusia y en julio, la de Ucrania. Boris Yeltsin gana las elecciones presidenciales de Rusia. Las dos principales repúblicas van alejándose del gobierno central.
*El 8 de diciembre, los presidentes Yeltsin, Leonid Kravchuk, de Ucrania, y Stanislav Shushkévich, de Bielorrusia, firman el Acuerdo de Belavezha, que crea la Comunidad de Estados Independientes (CEI).
*El 21 de diciembre once de las 15 repúblicas de la URSS se unen a la CEI.
*Asumiendo que gobierna una cáscara vacía, Gorbachov renuncia en 25 de diciembre. El 26 el Soviet Supremo decreta la disolución de la URSS. Rusia asume internacionalmente los atributos de la desaparecida Unión. Ucrania cada vez se distanciará más de Rusia.
*A fines de 1992 ya no existe tampoco el Ejército Rojo.
La puja diplomática entre Estados Unidos y Rusia ascendió un nuevo escalón esta semana luego de que el gobierno de Joe Biden expulsara a 10 funcionarios de la embajada rusa y desde Moscú respondieron con el típico “uno por uno”, exigiendo que diez diplomáticos abandones perentoriamente el país euroasiático. La Casa Blanca, además sancionó a 32 personas físicas y jurídicas y prohibió que instituciones financieras estadounidenses participen en el mercado primario de bonos de deuda en rublos. La justificación de Washington es que debe penalizar la supuesta interferencia rusa en las elecciones de 2020 el presunto pago a talibanes afganos para que asesinen a efectivos de las fuerzas de ocupación de EEUU.
Esta ofensiva diplomática coincidió con otra escalada en Ucrania, donde se amontonan tropas en las fronteras rusoucranias en una zona donde el combustible está muy volátil y el presidente Volodimir Zelenski viene reclamando mayor intervención de la OTAN ante lo que considera una agresión rusa.
En ambos escenarios, sin embargo, la disputa de fondo pasa por otro lado. Más bien por el fondo de mar por donde se continúa con la construcción del ducto Nord Stream 2, destinado a proveer de gas ruso a Alemania y que Estados Unidos trata infructuosamente de detener por razones estratégicas pero también económicas. En este caso, el gobierno Biden no encuentra la forma de obligar a que Alemania deje de lado ese proyecto multimillonario que podría ponerse en marcha en un mes. Para los germanos, se trata de dinero, para los estadounidenses, de impedir que Rusia se convierta en el gran jugador de la política europea a través de un caño que alimenta las industrias de la economía más desarrollada del continente.
Biden, que asumió el 20 de enero, necesita recomponer relaciones con los países europeos, duramente denostados durante la gestión de Donald Trump. El ex mandatario los humilló en público para que pusieran más dinero con que solventar al organismo militar creado en la Guerra Fría para enfrentar en el campo de batalla a la Unión Soviética. Desde hace 30 años, la OTAN es un cuerpo armado en busca de enemigos, al que la UE soportó mientras el gasto fuerte corriera por cuenta de Washington, pero ante el cambio de enfoque de Trump, comenzaron a crecer las resistencias de los principales sponsors, como Francia y Alemania.
Para colmo, los alemanes encararon un plan de reconversión para trocar la energía nuclear por fuentes renovables. Pero ese no es un proceso fácil y por ahora necesitan desesperadamente de gas. Trump pretendía que Berlín aceptara comprar gas licuado de los yacimientos de esquisto estadounidenses. Pero su producción es más cara y además, con el costo del transporte, sería un suicidio para la industria germana. La solución pasó por una inversión de 10 mil millones de euros para llevar un gasoducto desde Vyborg, en la costa del Mar Báltico, a Grieswald, en Alemania.
Kiev tiene mucho que ver con este asunto, porque el primer proyecto contemplaba pasar por territorio ucraniano, pero el golpe de estado de 2014 -en tiempos de Barack Obama- y el acercamiento de los gobiernos que sucedieron a Viktor Yanukovich a EE UU y la UE y sus posturas neofascistas, llevaron a un reordenamiento de la región. Los sectores de población rusa, como la península de Crimea y el este del país, se inclinaron por integrarse a la Federación Rusa. Crimea, donde Moscú tiene su más grande base naval, volvió oficialmente a integrarse a la nación en los primeros meses de 2014. Donetz y Lugansk se declararon repúblicas independientes pero sin reconocimiento internacional.
Ese es el territorio donde Rusia podría terminar envuelta en una guerra no solo contra Ucrania sino contra la OTAN. De un lado de esa lábil frontera -donde debería regir un alto el fuego y una hoja de ruta para la pacificación acordado en febrero de 2015 en Minsk, la capital bielorrusa entre Alemania, Francia, Ucrania y Rusia, el denominado Cuarteto de Normandía- la OTAN y Kiev organizaron ejercicios militares. Del lado ruso, acumularon efectivos y pertrechos como para mostrar los dientes.
Los medios occidentales, siguiendo el libreto de la OTAN, hablan de amenaza rusa y dicen que el organismo de defensa apoyará “en forma inquebrantable la soberanía e integridad territorial de Ucrania”. A una pregunta del secretario de Estado Antony Blinken, el canciller ruso Segei Lavrov, respondió, ácidamente: “¿Qué está haciendo Rusia en la frontera con Ucrania? La respuesta es muy simple: vivimos allí, este es nuestro país. Pero qué están haciendo los barcos y el ejército estadounidenses en Ucrania, a miles de millas de su propio territorio, esta pregunta sigue sin respuesta”.
Por ahora, Rusia ordenó cerrar el estrecho de Kerch, que comunica el mar de Azov con el Mar Negro. Ucrania reclama que Europa y Estados Unidos exijan la apertura de ese estratégico paso. Los analistas consideran que nadie quiere una guerra en ese lugar del mundo. Y Biden invitó a Putin a una entrevista para resolver los entredichos. Pero donde hay nafta, cualquier chispa podría ser fatal.
Afganistán, otra invasión desastrosa
“Es hora de poner fin a esta guerra eterna”, dijo Joe Biden al anunciar que cumplirá promesas de Barack Obama de 2009 y de Donald Trump de 2017 y el 11 de septiembre, cuando se cumplan 20 años de los atentados a las Torres Gemelas, retirará las últimas tropas en ese territorio asiático.
Fue la guerra más prolongada en la historia de EE UU, costó la vida de 2441 militares norteamericanos y allí se dilapidaron 2 billones de dólares. Pero en total segó la vida de más de 240 mil personas, entre civiles afganos y pakistaníes, mercenarios, tropas aliadas, periodistas y miembros de ONGs.
“Juntos fuimos para ocuparnos de quienes nos atacaron y asegurarnos de que Afganistán no volviera a convertirse en un refugio para terroristas que pudieran atacar a cualquiera de nosotros -dijo Antony Blinken en su visita de esta semana a Europa para tratar de convencer de que Rusia es el peligro de la hora-. Hemos logrado las metas que nos propusimos lograr. Ahora es el momento de traer nuestras fuerzas a casa”.
En 1978 la Unión Soviética invadió Afganistán en una desastrosa operación que quizás aceleró la caída de la potencia comunista. Terminó en 1992 tras la disolución de la URSS. Tampoco EE UU se retira indemne y tal vez demoró esta decisión por temor a terminar igual que su enemigo de la Guerra Fría.
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